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  • Aprovechando la firma del acuerdo de paz entre las FARC y el Gobierno colombiano, repasamos algunos «tratados imposibles» que detuvieron las hostilidades tras un dilatado período de guerra
 Batalla de Almansa, en la Guerra de Sucesión - Wikimedia

Batalla de Almansa, en la Guerra de Sucesión – Wikimedia

«Se acabó la guerra, díganle a Mauricio Babilonia que ya puede soltar las mariposas amarillas». Con esta curiosa frase (una clara referencia al personaje de «Cien años de soledad») fue con la que Luciano Marín Arango («Iván Márquez») selló, hace menos de una semana, la paz entre las FARC y el Gobierno Colombiano. Unas palabras, además, que pusieron fin a más de medio siglo de conflicto. Este acuerdo, sin duda, pasará a los libros como algunos que cambiaron la historia de la humanidad. Entre ellos, el de Utretch, en el que se puso fin a un conflicto dinástico que acabó con miles de personas en nuestro país.

1192: La paz entre Saladino y Ricardo Corazón de León

Desde que el Papa Urbano II promovió la Primera Cruzada en 1095, fueron miles los soldados que partieron hacia Tierra Santa para proteger los denominados Santos Lugares: zonas de peregrinación que estaban situadas en torno a Jerusalén -una ciudad sagrada tanto para cristianos como para musulmanes- y Palestina. Aquella campaña fue exitosa, pues terminó con la conquista de dicha urbe.

Años después, y tras el desastre que significó la Segunda Cruzada para los enemigos del Islam (pues el ejército de la cruz se terminó disolviendo sin haber logrado cumplir objetivos que en principio se habían considerado básicos como la toma de Damasco), los problemas se multiplicaron en 1187 cuando el sultán Saladino conquistó a los seguidores de Jesucristo la ciudad de Jerusalén.

Este gran revés llevó a tres reyes (Enrique II de Inglaterra, Felipe II de Francia y al anciano Federico I Barbarroja) a llamar a las armas a sus ciudadanos para retomar la región y expulsar de allí al invasor musulmán. Aunque el plan inicial se modificó sensiblemente en 1189 tras la muerte del monarca britano (lo que provocó el ascenso al mando de sus ejércitos de Ricardo Corazón de León), aquel fue el comienzo oficial de la Tercera Cruzada. Una campaña, por cierto, que también buscaba recuperar la «Vera Cruz» (los restos de la cruz en la que había muerto Jesucristo), después de que hubiese caído en manos «infieles» tras la batalla de los Cuernos de Hattin.

Federico I Barbarroja

Federico I Barbarroja– Wikimedia

La que fue denominada la «Cruzada de los Reyes» fue, desde sus inicios, una campaña maldita para los cristianos. Así lo pudieron atestiguar los soldados de Barbarroja (quienes tuvieron que ver como -en los primeros meses de campaña- su general y emperador moría ahogado mientras se daba un baño) o la famosa orden de los Templarios (que perdió cientos de miembros combatiendo contra el enemigo).

Con todo, tampoco fue mejor para Saladino, el líder absoluto de las diferentes tribus musulmanas. Y es que, sus soldados murieron a cientos en batallas como la de Konya. Esta tensa situación se recrudeció, más si cabe, con la llegada de Ricardo Corazón de León a Tierra Santa en junio de 1191.

En principio, Barbarroja exigió Jerusalén y la «Vera Cruz», pero rebajó sus expectativas poco después

Lejos de calmar los ánimos, el monarca arribó deseoso de demostrar a los «infieles» que no había fisuras en su moral cristiana. Esa determinación religiosa le llevó, por ejemplo, a aniquilar a casi 3.000 prisioneros sarracenos capturados en batalla después de algunas diferencias con Saladino.

Así se dio pie a un conflicto todavía mayor entre ambos líderes. Un enfrentamiento que provocó multitud de batallas en las siguientes semanas y que -al igual que sucedía con la disputa milenaria entre cristianos y musulmanes- no parecía estar destinado a solventarse. Por el contrario, lo único que se avistaba por entonces en el horizonte era un futuro fabricado con espadas y sangre.

Eso parecía en principio. Sin embargo, las continuas muertes, las enfermedades, los escasos avances en materia militar de ambos bandos y (en definitiva) el hartazgo de Ricardo y Saladino, provocaron que ambos iniciaran una serie de conversaciones para lograr la paz. Y es que, el inglés andaba ansioso de regresar a su amada isla y, por su parte, el musulmán buscaba vivir lo que le quedaba de vida (era ya un anciano) lejos de la contienda.

Así pues, tras el verano comenzó un proceso para detener las matanzas con una carta enviada por el inglés al musulmán. Una misiva en la que, para llegar a un acuerdo, le exigía abandonar Jerusalén, devolver a la cristiandad la «Vera Cruz» y renunciar a los países «allende al Jordán». De esta forma, al menos, lo explica el historiador italiano del XIX Cesare Cantú en su obra «Historia universal».

Saladino

Saladino– Wikimedia

Aunque sus exigencias fueron inicialmente rechazadas (lo cierto es que eran bastante abusivas para la época), aquella carta fue el principio del fin de la Tercera Cruzada. Tras varios tratados fallidos, y un año después (en septiembre de 1192) se firmó un pacto que terminó con las hostilidades y propició que el monarca inglés regresase a su país.

«En septiembre de 1192 se firmaba el tratado de Jaffa. Jerusalén quedaba en manos de Saladino, con garantía de libre acceso para los cristianos al Santo Sepulcro. Los cristianos obtenían su porción de Palestina con capitaldiad en Acre; era la primera división formal del territorio palestino», determina el divulgador histórico Gonzalo Terreros.

1713: El tratado de Utrecht

Para entender el que fue uno de los tratados de paz más destacados de toda la historia de España es necesario retrotraerse en el tiempo hasta el año 1700, cuando el embajador francés en nuestro país envió el siguiente mensaje al rey galo, Luis XIV: «Empeora el Rey Católico. Me dicen que parece un cadáver».

Así pues, se iba a suceder algo inevitable: el fallecimiento de Carlos II (de la casa de los Austrias), y que lo iba a hacer sin descendencia. La inevitable partida de este mundo se produjo el 1 de noviembre de ese mismo año. En principio, y con el testamento en la mano, se estableció que la corona correspondía a Felipe V (Borbón), nieto de Luis XIV.

La solución, en principio satisfactoria, no gustó demasiado a algunos monarcas que vieron como, con el paso de los años, la familia del nuevo rey español podría unir en un bloque una amplia extensión de territorios en Europa.

Felipe V

Felipe V– Wikimedia

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Ingleses, holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo). Así comenzó la Guerra de Sucesión, un conflicto que se empezó allá por 1701 y que no tardó en convertirse en uno de los más cruentos en la historia de nuestro país.

«Fue un proceso lleno de largas y complicadas conversaciones, no siempre celebradas con conocimiento de todos los implicados»

«Se calcula que en esta guerra murieron 1.251.000 personas […]. En el momento de mayor intensidad, en 1710, luchaban cerca de 1.300.000 soldados. Y Francia, la potencia más implicada, llegó a movilizar 900.000 hombres […] entre 1701 y 1713», explica el historiador español Joaquim Albareda Salvadó en su obra «La guerra de Sucesión de España (1701-1714)».

Ya fuera por las muertes, ya fuera por lo extensa que fue la contienda, pocos años después se iniciaron una serie de conversaciones en las que se intentó lograr la paz entre ambos contendientes. Tal y como afirma Poyato en su obra, fue un proceso «lleno de largas y complicadas conversaciones, no siempre celebradas con conocimiento de todos los implicados».

Concretamente, las primeras reuniones en favor de la paz se remontan hasta 1709, cuando se alumbró en La Haya un documento que fue presentado al monarca francés posteriormente. «Entre las exigencias que se le plantearon se incluía que las tropas del monarca francés luchasen contra su propio nieto para expulsarlo de España», destaca el historiador. El galo se negó, pero retiró a los soldados de su país de la Península Ibérica para no entrometerse más de lo necesario y no favorecer un conflicto internacional.

Tratado de Utrecht

Tratado de Utrecht– Wikimedia

Tres años después, tras una extensa lista de intentos fallidos de negociación, comenzó el verdadero camino hacia la paz. Y es que, fue entonces cuando comenzaron las conversaciones que -a la postre- darían como resultado la paz. Estas se iniciaron en Utrecht y, para desgracia general, fueron acompañadas de constantes batallas. Algo lógico en aquellos años, pues se consideraba que cualquier victoria lograda por las armas en el campo de batalla derivaría en ventajas diplomáticas y presionaría todavía más al perdedor a firmar un pacto poco favorable.

En 1713, finalmente, se llegó a un acuerdo entre los diferentes contendientes, lo que llevó a la firma de los tratados de Utrecht y Rastadt.

«Lo acordado en Utrecht, una vez asumido que Felipe V sería rey de España, […llevó a que] los británicos se hicieran con grandes extensiones en lo que hoy es Canadá […]. Por lo que respecta a España se produjeron notables amputaciones territoriales de las cuales dos resultaron particularmente dolorosas. Nos referimos a la isla de Menorca […] que los ingleses habían ocupado en 1708. La otra cesión territorial era la plaza fuerte de Gibraltar, ocupada en el verano de 1704. […]. El llamado “caso de los catalanes” rodó por las cancillerías europeas […] pero el rey se mantuvo inflexible. Consideraba que aquellos súbditos habían faltado al juramento de lealtad que habían hecho cuando […] visitó Barcelona y juró respetar los fueros y leyes del Principado. Consideraba que los territorios que habían proclamado al archiduque habían roto su juramento y se habían rebelado contra su legítimo soberano», añade el experto.

1998: Los acuerdos de paz de Viernes Santo

Las guerras armadas no son solo cosa de la antigüedad. De hecho, a principios del siglo XX comenzó una lucha civil que, durante años, sembró el pánico en las islas de nuestros vecinos británicos. Todo ello, como parte del denominado conflicto de Irlanda del Norte. Una contienda que enfrentó, desde 1968, a los católicos y a los protestantes de la región. ¿La razón? Que los primeros eran partidarios de emanciparse del Reino Unido, mientras que los segundos buscaban seguir bajo el paraguas inglés. A partir de ese momento se desató la violencia en la zona, lo que terminó provocando la friolera de 3.500 víctimas.

La situación de 1968 fue aprovechada por el IRA (Ejército Republicano Irlandés), cuyos miembros dieron rienda suelta a la violencia y a la guerra callejera. «La intensificación del conflicto nacional supuso un nuevo impulso para el IRA, aunque sus disidencias internas dividieron a la organización en dos facciones: el IRA oficial, de ideología marxista y que acentúa la caracterización política de la lucha por la independencia del país, y el IRA provisional, que recalca la necesidad de una profundización de la lucha armada de un contexto ideológico de naturaleza exclusivamente nacionalista», explica el Gerry Adams (el líder del Sinn Féin -el brazo político del IRA durante años-) en su autobiografía.

Mientras esta insostenible situación se recrudecía, se iniciaron conversaciones de paz entre ambos bandos. La mayoría, favorecidas por John Hume (anteriormente presidente de una organización de partidaria de la Defensa de los Derechos Civiles y, entonces, miembro del Partido Socialdemócrata y Laborista). Este político se encargó, a partir de los años 80, de mantener contactos activos con todas las partes del conflicto (entre ellas el Sinn Féin -algo que posteriormente le granjeó el odio de no pocos compañeros- y el gobierno británico). Eso sí, siempre bajo la premisa de que la violencia debía detenerse en favor de las conversaciones políticas.

Tras multitud de negociaciones, se dio un gran paso para la paz el 15 de septiembre de 1997, cuando todos los partidos políticos (también el Sinn Féin) se reunieron para llegar a un acuerdo que empezase a normalizar la delicada situación existente en el país. «La premisa fundamental para poder participar se basaba en aceptar que las organziaciones políticas debían mantenerse al margen de la violencia», explica el divulgador histórico Luis Antonio Sierra en su obra «Irlanda del Norte. Historia del conflicto». En aquellos días, Gerry Adams aseguró que el IRA se comprometía a aceptar una tregua (algo que ratificó después de declarar, en julio de ese mismo año, un «alto el fuego»).

A pesar de las diferencias, 21 meses después (el 10 de abril de 1998) se firmaron los «Acuerdos de Viernes Santo». Un pacto que terminó con la brutalidad que se vivía en las calles y que estableció que serían los ciudadanos los que decidirían sobre el futuro de Irlanda del Norte. Además, se llegó a la conclusión de que era necesario un «compromiso absoluto» de llegar a acuerdos mediante «vías exclusivamente democráticas y pacíficas», y el establecimiento de una Asamblea legislativa autónoma con la capacidad de elegir representantes a los bloques.