«American Horror Story»: la historia real del pueblo que desapareció sin dejar rastro en 1590


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  • La sexta temporada de la serie esta basada en este misterioso acontecimiento vivido por un grupo de colonos británicos en el siglo XVI

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Se estrenó por todo lo alto el primer capítulo de la sexta temporada de «American Horror Story». Un total de 90 minutos en los que se desveló la historia ocurrida en la isla de Roanoke, en 1590, en la que se centrarán los nuevos capítulos de la serie: la desaparición sin dejar rastro de 117 personas de esta antigua colonia del condado de Dare, actual Carolina del Norte, dejando tan solo una pista en forma de inscripción en un árbol: «Croatoan».

[Ocho claves de la nueva temporada de «American Horror Story»]

La nueva temporada lleva el título de «My Roanoke Nightmare». Pero, más allá de la ficción, ¿cuántos espectadores conocen la verdadera historia que se esconde detrás de esta trama? Lo que acaeció con aquel centenar de personas que, entre 1587 y 1590, desaparecieron sin dejar rastro de esta colonia inglesa del Nuevo Mundo, es aún hoy uno de los misterios más grandes de los últimos cinco siglos de historia.

En agosto de 2014, este episodio volvió a estar de actualidad después de que un equipo de arqueólogos diera a conocer nuevos indicios que podrían desvelar al fin qué fue de estos colonos desaparecidos. Concretamente, y según explicaron los expertos de la «First Colony Foundation», existen posibilidades de que los británicos se introdujeran en lo más profundo de Estados Unidos y se mezclaran con la población nativa. Una teoría que siempre se había barajado pero que, ahora, podría quedar corroborada gracias a una serie de objetos hallados a 80 kilómetros de Roanoke.

El origen de la colonia

Para hallar el origen de esta colonia perdida hay que remontarse a la Reina Isabel I, que a finales del siglo XVI comenzó a bendecir con dinero y tierras a todos aquellos ingleses que quisieran partir hacia el Nuevo Mundo, con el objetivo de hacerse un hueco en la Historia del continente recién descubierto. Uno de ellos fue un tal Walter Raleigh, que en 1584 organizó una expedición a América del Norte con un par de buques que resultó todo un éxito. Tras meses de contacto con un grupo de nativos locales que les proporcionaron provisiones y cobijo, regresaron a su hogar cargados con productos típicos de la zona.

Tras su vuelta, todo fueron cervezas y felicitaciones para Raleigh, que decidió organizar una nueva expedición a la recién creada Virginia. Eso sí, en este caso planeaba llevar muchos más buques, más soldados y más provisiones con el objetivo de establecer una pequeña colonia que se hiciese fuerte en la región. Con todo, parece que al inglés no le gustó demasiado la idea de arriesgar sus nalgas en aquellas tierras inhóspitas y envió al capitán a Richard Greenvil, su propio primo. Este levó anclas el 9 de abril de 1585 desde el puerto de Plinouth al mando de siete navíos, con un grupo de soldados curtidos en decenas de contiendas. No había ni mujeres ni niños. Todo acorde a los objetivos que se buscaban: instaurar un fuerte que pudiese resistir las incursiones hispanas -con quienes andaban a guantazos-, comerciar con los nativos, buscar metales preciosos (oro y plata) y, llegado el momento, meter sus morriones por santa sea la parte a los españoles que se ubicaban en la zona.

La decisión fue clara: el emplazamiento idóneo sería la isla de Roanoke, en la bahía de Chesapeake, pues ?según creían- gozaba de un clima envidiable. Greenvil se marchó tras prometer regresar con provisiones y dejar por allí a 108 colonos que, al poco, ya habían construido varias casas, levantado un pequeño fuerte y establecido relaciones con los indígenas. Todo inmejorable. O eso parecía. «Por muy risueño aspecto que presentasen estas comarcas a la sazón de su descubrimiento [?] conocieron bien pronto los europeos la dificultad de mantenerse en ellas», explica Jean Baptiste Gaspard Roux de Rochelle (geógrafo y escritor entre los siglos XVII y XVIII) en su obra «Historia de los Estados Unidos de América». Y es que, las costas de la zona eran sumamente bajas (lo que hizo que las inundaciones asolasen el lugar a las pocas semanas) y, en contra de lo que rondaba sus cabezas en un primer momento, la isla no producía suficiente comida.

La violencia

Aunque esta última dificultad la suplieron ofreciendo un buen saco de objetos brillantes a los nativos (las tribus croatoan y secotan) a cambio de alimentos, lo cierto es que empezaban a pensar que una maldición pesaba sobre aquella tierra. El no encontrar ni una mísera onza de oro les corroboró que el lugar no era, ni mucho menos, el paraíso que habían creído, así que terminaron haciendo lo que mejor sabían: abusar económicamente de los indios, cuyas provisiones se metieron entre pecho y espalda sin importarles mucho el extenso tiempo que éstos habían tardado en recogerlas. El gobernador al que habían dejado al mando de aquella partida, Ralph Lane, tampoco dudó a la hora de utilizar técnicas violentas para obtener todavía más comida de los nativos y, después, marcharse al nuevo mundo con Sir Francis Drake, el pirata a las órdenes de la reina que estaba de paso.

Habría que haber visto la cara de Greenvil cuando arribó a la zona algunos meses después cargado de víveres y se encontró con que no quedaba allí ni un alma. Poco más pudo hacer que regresar también a Inglaterra perdiendo una importante suma de oro en el trayecto. Con todo, y ya que habían hecho miles de kilómetros, dejó allí a 50 valientes (o locos, que se podría decir) dispuestos a mantener viva la colonia y defenderla de las posibles incursiones enemigas.

En 1587 Raleigh organizó una nueva expedición al mando del artista John White. A este se le dieron órdenes de establecerse en el fuerte de Roanoke e iniciar de nuevo relaciones comerciales con los nativos. En lugar de soldados, esta vez viajarían hasta la zona hombres y mujeres que supieran realizar todo tipo de trabajos manuales y cultivar la tierra. La finalidad, por lo tanto, era dejar a un lado los saqueos y las armas para asentarse de una forma efectiva en la región, a pesar de que Roanoke había sido calificada de «maldita» por sus habitantes.

Un nuevo intento

Nueva colonia, nuevos métodos. Eso pensaban los británicos, que pretendían trabar amistad con los nativos para comenzar su expansión por la zona y poder respirar tranquilos. Sin embargo, los indios no estaban de acuerdo con esa afirmación. Al fin y al cabo, el hombre blanco ya les había arrebatado no hacía mucho sus pertenencias y había usado la violencia para hacerse con sus alimentos. White no logró por lo tanto calmar los ánimos. De hecho, avivó sin pretenderlo las viejas rencillas. A eso se sumó la imposibilidad de cultivar comida debido a la baja calidad de la tierra.

Pero la tensión campaba a sus anchas por Roanoke y, finalmente, un indio asesinó a un colono sin explicación alguna. Aquella muerte puso los nervios de punta a los ingleses, que insistieron en que White debía regresar a Inglaterra, solicitar refuerzos a la reina, cargar una flota hasta los topes de alimentos, y regresar en el menor tiempo posible. El ilustrado aceptó, aunque antes ordenó a los ciudadanos dos cosas: que no salieran del fuerte si la situación no era extrema y que dejasen una marca muy concreta tallada en un árbol del fuerte (una Cruz de Malta), si eran atacados por indios o españoles y se veían obligados a huir.

White viajó hasta Inglaterra en 1587 para explicar la situación a Raleigh, el señor a quien correspondía el dominio de la tierra de Roanoke. Sin embargo, parece que eligió un momento sumamente malo para solicitar ayuda: el instante en el que su soberana, la reina Isabel, andaba a mandobles contra Felipe II y necesitaba cualquier barco que pudiese encontrar para enfrentarse a los españoles.

El regreso

White tuvo que esperar hasta 1590 para poder viajar de vuelta a Roanoke con la ayuda prometida. Cuando él y sus hombres pisaron la isla, no pudieron creer lo que allí había pasado. «El asentamiento estaba completamente desierto. Ninguno de los 90 hombres, 17 mujeres u 11 niños que había dejado fueron encontrados», explica el escritor Michael Rank en su obra «10 civilizaciones que desaparecieron sin rastro». Tras investigar pormenorizadamente la zona descubrieron que todas las casas habían sido desmanteladas, pero que no había señales de lucha, por lo que, aparentemente, no se había sucedido batalla alguna.

A su vez, White y sus hombres se percataron de que no había ni una Cruz de Malta tallada en los árboles del fuerte de Roanoke, por lo que los colonos no habían sido atacados. Tan sólo hallaron dos extrañas pistas sobre su paradero. «La única posible clave encontrada fue la palabra ‘Croatoan’ escrita en un poste», explica el experto en su obra. Además, encontraron la sílaba «Cro» cerca de la primera.

El gobernador tuvo que regresar a Gran Bretaña sin saber qué había pasado en su ciudad. El misterio quedó sin resolver hasta hoy, momento en que se barajan varias teorías sobre su posible paradero. Entre ellas, destacan las que afirman que los ciudadanos de Roanoke decidieron viajar de vuelta hasta Inglaterra cuando se quedaron sin provisiones; las que determinan que fueron asesinados por los nativos y, para terminar, las que consideran que se mezclaron con ellos. Fuera como fuese, este hecho hizo que la ciudad pasase a ser conocida como la «colonia perdida».

Nuevos indicios

Uno de los avances más destacables para desvelar el misterio se dio en el 2012, año en que el Museo Británico halló en un viejo mapa dibujado por el mismísimo White una serie de marcas ocultas que desvelaban la existencia de una supuesta fortaleza a 80 kilómetros de la colonia. Aunque se desconocía si el gobernador hizo esa señal pensando que los británicos podían estar allí, Nicholas Luccketti (arqueólogo de la «First Colony Foundation») se trasladó a la zona posteriormente para encontrar cualquier resto del paso de los ingleses por el lugar.

Tres años después, Luccketti informó del hallazgo de una serie de objetos que, a falta de las pruebas pertinentes, podrían haber pertenecido a los colonos perdidos. Estos van desde algunas piezas de cerámica con un estilo típicamente inglés, hasta varias herramientas de metal de la época (entre ellas, un gancho y un clavo para una tienda de campaña). A su vez, han desenterrado varios fragmentos de espadas típicamente europeas y mosquetes primitivos que podrían haber sido llevados hasta allí desde la metrópoli. Lo más destacable es que todo lo que se ha encontrado data del S.XVI y los nativos no tenían la tecnología necesaria para llevarlas a cabo.

En base a todo ello, Luccketti y su equipo secundan la teoría de que por esa zona (a la que llegaron en 1655 varias partidas de colonos británicos de forma oficial) pasaron los ingleses de Roanoke. Siempre según los expertos, este centenar de personas habría viajado hasta el interior para vivir con los nativos después de haber sido atacados por alguna tribu de indios cercana.

Baltasar Queija, el legionario en el que se inspira la canción del «novio de la muerte»


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  • A pocos días del 96º aniversario de la fundación de la Legión española, recordamos la historia que dio origen a la mítica canción
 Baltasar Queija - ABC

Baltasar Queija – ABC

Baltasar Queija Vega. Un camarero español de poco más de un metro y medio de altura que decidió alistarse en la Legión española (entonces conocida como Tercio de Extranjeros) para defender su patria de los rifeños en los parajes del norte de África. Este es el perfil del primer militar caído en combate de este cuerpo (creado y dirigido en principio por Millán Astray para combatir en la vanguardia de la batalla y evitar la sangría de bajas que se estaba produciendo en Ceuta y Melilla). Un triste fallecimiento que se produjo el 7 de enero de 1921 y que inauguró la lista de caídos de una de las futuras unidades de élite de nuestro ejército.

A pesar de que la historia guarda un lugar especial para aquellos que tienen el honor de ser los primeros de una unidad en dejar este mundo, lo cierto es que la historia de Baltasar Queijo Vega podría haber caído en el olvido de no ser porque, según cuenta la leyenda, sus compañeros hicieron un curioso hallazgo en su cadáver. Este consistió en un papel que había escondido en su camisa y que contenía unos tristes versos dedicados a su novia muerta en los que, según se cuenta, se basó posteriormente la canción del «Novio de la Muerte».

El niño se hace legionario

Baltasar Queija de la Vega (quien se inscribió en el ejército como Baltasar Queija Vega) vino al mundo el 26 de marzo del año 1900 en el pueblo de Minas de Riotinto (Huelva). Al menos, así lo afirma Antonio García Moya (subteniente de infantería ligera) en su dossier «El primer muerto de la Legión».

Nuestro protagonista, futuro poeta y héroe del Tercio de Extranjeros, fue uno de los ocho hijos de Baltasar Queija y Josefa Vega. Con todo, no se conoce demasiado sobre su infancia más allá de que viajó hasta Santa Cruz de Tenerife para ganarse la vida como camarero. Cuando el calendario se encontraba en 1920, este español se enteró casi por casualidad de la creación de la Legión Española.

Esta unidad (llamada entonces Tercio de Extranjeros) había nacido apenas unos meses antes de la mano del coronel José Millán Astray quien, tras observar que los soldados enviados desde España a combatir en Marruecos carecían de experiencia para enfrentarse a los rifeños, decidió idear una unidad entrenada específicamente para resistir las duras condiciones de África. Además, decidió fundarla siguiendo el ejemplo de la Legión Extranjera francesa e incluyendo en su ideario muchas similitudes con el código samurái.

Desde el principio no hubo requisitos para poder acceder. Para los mandos, valía igual un español que un marroquí. De hecho, su fundador jamás despreció a los africanos, pues consideraba que «un extranjero vale por dos soldados, uno español que ahorra y otro extranjero que se incorpora».

Hacia África

Fue en octubre cuando Queija se dio de bruces con un cartel de reclutamiento de la Legión Española. Un pasquín en el que se podía ver la silueta de un combatiente bajo el siguiente rótulo: «Alistaos en el Tercio de Extranjeros». Junto a este, se incluía una extensa información sobre las pagas y las bondades de la nueva unidad: «En la Legión encontraréis un buen haber, primas de enganche, comida sana y abundante, excelente vestuario…».

La información, según parece, fue sumamente atractiva para Baltasar, quien decidió hacer el petate y unirse para empezar a combatir en África, donde los rifeños estaban dando más de un quebradero de cabeza a España.

«A ello ayudaría la sustanciosa prima de enganche de 700 pesetas pues, el 9 de octubre, firmó con el Tercio de Extranjeros un compromiso por cinco años. Antes de embarcar recibiría 2,5 pesetas diarias como viático, suficiente para la manutención hasta llegar a Algeciras, donde embarcó rumbo a África», explica el autor en su dossier. Una vez allí fue asignado a la 6ª Compañía de Ametralladoras de la Segunda Bandera», explica el experto.

Esta unidad que estaba equipada con las famosas Hotchkiss de 7mm. «Era un arma por toma de gases, sencilla y con un mecanismo fiable, aunque necesitaban un cartucho de mayor calidad que los rifles de cerrojo, a pesar de tener el mismo calibre», explica Luis E. Togores en «Historia de La Legión española: La infantería legendaria. De África a Afganistán».

«¡Venís a morir! La Legión os abre sus puertas, os ofrece olvidos, honor y gloria»

Como explica pormenorizadamente García Moya, Queija escuchó al llegar a Ceuta las palabras de bienvenida del mismísimo fundador de la Legión, Millán Astray. Unas frases que ofreció a los primeros hombres que se alistaron para combatir por España. ABC, como testigo de la Historia de España, recogió aquellas palabras en sus páginas.

«¡Venís a morir! La Legión os abre sus puertas, os ofrece olvidos, honor y gloria. Vais a enorgulleceros de ser legionarios. Podeis ganar galones y alcanzar estrellas. Pero a cambio lo tenéis que dar todo sin pedir nada. Los sacrificios han de ser constantes y los puestos más duros y de mayor peligro serán para vosotros. Combatiréis siempre y moriréis mucho. ¡Quizás todos! ¡Caballeros legionarios! ¡Viva el Tercio! ¡Viva la muerte!».

¿Leyenda o realidad?

A partir de ese momento, nuestro protagonista recorrió una buena parte de los alrededores de Ceuta con su unidad. Así, hasta que el 1 de enero se posicionaron cerca de Beni Hassan, donde se asentaron a pesar de verse atacados por una ola de frío.

«El siguiente día comenzaron las patrullas entre el Zoco el Arbaa [Tetuán] y Xeruta, a veces dando protección a los convoyes de la zona, o efectuando reconocimientos y vigilando las diferentes vías de comunicación», añade el experto. En estas jornada fue precisamente donde se generaría una de las leyendas más famosas relacionadas con Queija, la que afirma que recibió una misiva en la que se le informó de que su amada había fallecido.

Así narró el mismísimo Millán Astray este episodio (no exento de cierta leyenda) en su obra «La Legión… Al Tercio»: «Parece una novela, mas sus compañeros lo aseguran: Cierto día, a los muy pocos de salir al campo, dicen que recibió una carta fatal. Allá en su pueblo acababa de morir la mujer de sus amores, y el poeta, en la exaltación de su dolor, se emplazó a sí mismo invocando el unirse a la muerta con la primera bala que llegase».

A pesar de lo heroico del suceso, el que el mismo fundador de la Legión señalase en el texto el carácter novelesco de este hecho ha hecho que algunos historiadores se cuestionen la veracidad del mismo.

El combate final

Poco después, el 7 de enero de 1921 (una jornada como cualquier otra para nuestro militares) se sucedió el trágico pero inevitable suceso: la primera muerte de un Caballero Legionario desde que este cuerpo fuese formado. Aquel día empezó de la forma habitual: con una aguada. Es decir, con la salida de una unidad de las defensas establecidas para buscar agua en algún acuífero cercano. Algo necesario en aquel (habitualmente) seco ambiente. En este caso, la operación corrió a cargo de una pequeña escuadra de la 6ª Compañía. Y entre los seleccionados se encontraba -como no podía ser de otra forma- Queija.

Una vez que la zona estuvo asegurada, los legionarios se llevaron a su compañero hasta la base, pero no se pudo hacer nada por él

Una operación, como ya hemos afirmado, habitual. Sin embargo, la situación se complicó cuando, durante la aguada, la escuadra fue ataca de improviso por un grupo de rifeños. «En medio de la noche -eran las once y media- fue atacada por un grupo rebelde: sonaron “siete disparos”. Posiblemente, el objetivo fuera apoderarse del armamento», añade el militar.

Aunque fueron pocos los tiros, valieron para acabar con la vida de Queija, que cayó gravemente herido frente a sus compañeros. Estos, por su parte, apuntaron sus fusiles y devolvieron la salva a los asaltantes, que prefirieron escapar de la zona a mantener un innecesario tiroteo contra la unidad española. Una vez que la zona estuvo asegurada, los legionarios se llevaron a su compañero hasta la base, pero no se pudo hacer nada por él, pues murió poco después.

Los versos de la muerte

Su fallecimiento, explicado en multitud de telegramas e informes de forma clara, cobró entonces cierto tinte de leyenda. Y es que, se cuenta que, cuando sus compañeros encontraron el cadáver de Queija, hallaron en los bolsillos de su camisa un papel con el siguiente poema: «Somos los extranjeros legionarios / El Tercio de hombres voluntarios / Que por España vienen a luchar». Algo que, a día de hoy, es difícil de corroborar. No obstante, esto le hizo ganarse el apodo de «El poeta», un sobrenombre que le ha acompañado hasta hoy.

«Nadie puede afirmar ni negar que lo fuera [poeta], pero el primer jefe del Tercio de Extranjeros calificaba al primer legionario fallecido en combate como poeta. Consultadas fuentes versadas1 en la historia de La Legión acerca de la producción poética de Queija, ninguno ha podido aportar nada al respecto. Aquellos versos son un misterio y nada podemos decir de ellos aparte de la duda de su existencia», determina el experto.

Millán Astray, por su parte, también ayudó a extender esta idea. «Fieles al juramento, al lema legionario y al honor militar, cuando llegó la hora del supremo sacrificio lo consumaron con heroico desprendimiento. Su bandera es ya gloriosa, sus hazañas son de todos conocidas; la Medalla Militar penderá arrogante en su sagrada insignia patria. ¡Salve, legionarios que disteis la vida por España. Todos se descubren respetuosos ante vuestro inmortal recuerdo! Baltasar Queija de la Vega, el infantil poeta, fue el primer legionario que murió en combate. Era un niño, de inteligente mirada y espontánea presteza. Hizo los versos, de todos conocidos, de exaltada pasión y espíritu guerrero; fue el trovador de la 2 a bandera, y cantó, como el cisne, para luego morir».

«¡Salve, legionarios que disteis la vida por España. Todos se descubren respetuosos ante vuestro inmortal recuerdo!»

Además, en palabras de García Moya, el oficial también extendió la idea de que el joven había fallecido combatiendo cuerpo a cuerpo contra los rifeños, quienes estaban deseosos de quitarle su fusil. Con todo, Millán Astray también escribió en el borrador de su expediente unas sencillas palabras que denotan la importancia que tuvo para él la muerte de nuestro protagonista: «Enterradlo con la mayor solemnidad».

Fuera como fuese, Baltasar pasó a formar parte desde entonces de los legionarios que se reunieron con su amada. Y sus versos, según se afirmó posteriormente, fueron en los que se basó la letra del popular «Novio de la muerte», posteriormente interpretado por Lola Montes y adaptado por Millán Astray a la unidad como canción extraoficial.

El «Novio de la Muerte»

Nadie en el Tercio sabía, quien era aquel Legionario tan audaz y temerario que en La Legión se alistó.

Nadie sabía su Historia, más La Legión suponía que un gran dolor le mordía como un lobo el corazón.

Más si alguno quien era le preguntaba, con dolor y rudeza le contestaba:

Soy un hombre a quien la suerte hirió con zarpa de fiera; soy un novio de la muerte que va a unirse en lazo fuerte con tan leal compañera.

Cuando más rudo era el fuego y la pelea más fiera, defendiendo a su Bandera el Legionario avanzó.

Y sin temer al empuje del enemigo exaltado, supo morir como un bravo, y la Enseña rescató

Y al regar con su sangre la tierra ardiente murmuró el Legionario con voz doliente:

Soy un hombre a quien la suerte hirió con zarpa de fiera; soy un novio de la muerte que va a unirse en lazo fuerte con tan leal compañera.

Cuando al fin le recogieron, entre su pecho encontraron una carta y un retrato de una divina mujer.

Y aquella carta decía: “…Si Dios un día te llama, para mi un puesto reclama, que a buscarte pronto iré”.

Y en el último beso que le enviaba, su postrer despedida le consagraba:

Por ir a tu lado a verte, mi más leal compañera, me hice novio de la muerte, la estreché con lazo fuerte y su amor fue mi Bandera.