ABC.es -Cesar Cervera

  • El historiador británico Simon Sebag Montefiore publica «Los Románov: 1613-1918», un minucioso repaso a la historia de los zares rusos

Románov es sinónimo de ambición, lujuria, elegancia y también de sangre derramada en la nieve. Litros y litros de sangre derramada. El Imperio ruso aumentó durante su largo reinado una media de 142 metros cuadrados al día, o 52.000 kilómetros cuadrados cada año, mientras de fondo se sacrificaban a miles de campesinos, los zares torturaban y mataban a sus hijos, los herederos envenenaban a sus padres, las zarinas asesinaban a sus maridos y un elenco de personajes grotescos desfilaba por la corte.

«El secreto de la supervivencia de esta dinastía rusa está en su comprensión de todo el poder que tenían, pero a la vez del poco poder que tenían. Su poder procedía de una alianza entre el ejército, la aristocracia y la monarquía», explica en una entrevista a ABC Simon Sebag Montefiore (Londres, 1965), quien acaba de publicar «Los Románov: 1613-1918» (Crítica).

A lo largo de casi mil páginas, este historiador inglés narra la aventura de la legendaria dinastía zarista a través del paso de los años. Veinte monarcas y 304 años, en los cuales su sangrienta determinación hizo de los Románov los constructores de un rocoso imperio, tan atrasado en el interior como osado en sus fronteras.

Tras la crisis sembrada con la muerte de Iván el Terrible, la nueva dinastía emergió de la mano de Miguel I, que se encontró con un reino empobrecido y sin apenas peso en Europa. «Era un país aislado y ultrareligioso. Tenía más en común con los mongoles que con el resto de Europa», afirma Sebag Montefiore.

Un pequeño principado

Ningún rey europeo estaba dispuesto a mandar a su hija a un lugar tan remoto, por lo que el zar debió hallar esposa de puertas para dentro. Como si se tratara de un certamen de belleza retransmitido para todo el país, Miguel buscó a su esposa en un concurso entre 500 candidatas procedentes, sobre todo, de la nobleza rural. La elección quedó entre seis candidatas, que fueron trasladadas a una mansión especial del Kremlin hasta que el zar manifestó su decisión entregando su pañuelo y un anillo de oro a la joven.

De aquellos tiempos menos lustrosos se pasó, en cuestión de un siglo, al esplendor que trajo Pedro el Grande y a sus intentos de modernizar el país para hacer frente a los problemas exteriores. Sebag Montefiore define a Pedro como un genio que «sabía lo que quería, y tenía los recursos y las habilidades para llevar a cabo sus planes». Además, el gran zar contaba con la perspicacia para conducir un imperio siempre acosado por el sur, este y oeste del continente.

Retrato de Pedro III «El Grande»- Wikimedia

Retrato de Pedro III «El Grande»- Wikimedia

Y todo ello a pesar de su excesiva personalidad. Alcohólico, juerguista y violento con sus ministros, Pedro acostumbraba a reunirse con un «sínodo de borrachos», con el objetivo de disfrazarse y divertirse a costa de todo, incluso del Papa de Roma.

Catalina la Grande era igual de genial a nivel político y de extravagante a nivel privado, salvo que ella no podía permitirse tanto ruido. Procedente de Prusia, Catalina se alió con parte de la aristocracia para desplazar del poder a su marido, el pusilánime Pedro III, y reinar durante 34 años rodeada de amantes poco discretos. «En verdad ella fue igual de licenciosa que otros zares, pero debió andarse con cuidado al ser extranjera. Tuvo amantes y, de hecho, fue muy abierta a la hora de que la aristocracia lo supiera. Quería evitar así que surgieran rumores peores», asegura el autor de «Los Románov: 1613-1918».

«Catalina II fue igual de licenciosa que otros zares, pero debió andarse con cuidado al ser extranjera. Tuvo amantes y, de hecho, fue muy abierta a la hora de que la aristocracia lo supiera»

Esa misma transparencia a la hora de airear quiénes eran sus amantes ha provocado la controversia histórica de si Pablo I es realmente hijo del zar, lo que en caso contrario supondría que la dinastía, en realidad, se apagó en el siglo XVIII. El historiador británico defiende que sí era un Romanóv, pero que su propia madre propagó el rumor porque odiaba a su marido y a su hijo: «Ambos eran muy parecidos. No tenían empatía con los demás ni eran buenos actores, en el sentido en el que un político necesita serlo».

En cualquier caso, apenas tuvo tiempo de reinar porque su hijo Alejandro I y su camarilla acabarían con su vida el 23 de marzo de 1801. Así actuaban la maquinaria Romanóv con sus miembros más débiles. «El asesinato era normal para ellos; es un problema de diseño, ¿en qué otro trabajo el hijo tiene que esperar a que su padre se muera para ocupar su puesto?», se pregunta el autor de la obra sobre los reyes del periodo.

Rusia exige siempre un zar

El final definitivo de la dinastía, sin embargo, llegaría en los tiempos convulsos de Nicolás II. El último zar fue un personaje inmovilista y débil, «aferrado hasta el final a esta autocracia sagrada». ¿Hubiera evitado otro monarca el final de la dinastía? Simon Sebag Montefiore se muestra crítico con Nicolás («Era, incluso, más rígido que su padre Alejandro III»), aunque recuerda que hasta su caída gobernó tranquilo veinte años: «Puede que, simplemente, la familia hubiera perdido su toque y diera igual quién estuviera en el trono», sentencia el historiador.

Nicolás II y su familia fueron brutalmente asesinados por los bolcheviques en la madrugada del 16 al 17 de julio de 1918. Si bien se apagó la dinastía, no lo hicieron los zares: Rusia siempre parece necesitar uno. De aquellos líderes rojos de la Revolución, Lenin y Stalin, que se enfrentaron a los mismos retos que los Romanóv, se ha evolucionado en la actualidad hacia un nuevo emperador que controla el país con rigidez. El entorno de Putin lo llama «El zar» y se dice que, en varias ocasiones, él mismo ha prometido «no abdicar nunca como sí hicieron los peleles de Nicolás II y Mikhaíl Gorvachov».

«Por lo que nos dice la historia, la única manera para que un zar así sea desplazado del poder es que o bien le asesine su sucesor, o bien sea víctima de una rebelión en palacio o bien se le garantice que se podrá retirar sin que le persigan, al igual que hizo Borís Yeltsin», advierte.