El madrileño que guió a «La Nueve», la compañía republicana que liberó París del nazismo


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  • Federico Moreno es uno de los integrantes de este batallón al que el Ayuntamiento de Madrid quiere homenajear dándole su nombre a un jardín de la capital
 Uno de los vehículos de «La Nueve» entrando en París - ARCHIVO ABC

Uno de los vehículos de «La Nueve» entrando en París – ARCHIVO ABC

«Eran hombres muy valientes, difíciles de mandar, orgullosos y temerarios». Eso dijo de ellos el capitán francés Raymond Drone, su jefe cuando irrumpieron en París a finales de agosto de 1944. Todos eran españoles, de distintas partes de la geografía e integraban «La Nueve», la 9ª compañía encuadrada en la 2ª División Blindada del Ejército de la Francia Libre. Además, entre los miembros más destacados, había un madrileño.

Se llamaba Federico Moreno y, como los miembros de dicho batallón, era uno de esos republicanos que salieron de España después de la victoria de Franco en la Guerra Civil. Provenían de organizaciones distintas pero todos encontraron refugio en las filas del ejército francés, bando para el que combatieron en la Segunda Guerra Mundial, cuando cosecharon una importante victoria al arrebatarle la capital francesa a los nazis.

Entonces fueron debidamente homenajeados y, de hecho, hasta tienen un jardín con su nombre en París. Ahora, varias décadas después, el Ayuntamiento de Madrid quiere reconocer su labor del mismo modo: poniéndole su nombre a un jardín de la capital. De hecho, para que el reconocimiento cristalice, únicamente falta que el Pleno del Consistorio apruebe esta iniciativa.

«Hombre mesurado»

Junto con sus compañeros, Moreno irrumpió en París, donde por sorpresa no encontraron ninguna oposición, a los mandos de sus vehículos de guerra que, como buenos españoles, tenían nombres como «España Cañí», «Don Quijote», «Madrid» o «Belchite». Causó sorpresa entre los parisinos que, finalmente y tras ver que acudían al rescate, pronto salieron a las calles para celebrarlo.

Al parecer, y también en virtud del general Dronne, Moreno era un hombre que hacía gala de una gran calma, «de juicio mesurado, lúcido y valeroso», aunque no hacía gala de ningún tipo de ostentación. Se especula, también, que era tipógrafo de profesión y socialista de orientación política.

Utrecht, el humillante tratado con el que España perdió Gibraltar


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  • Aprovechando la firma del acuerdo de paz entre las FARC y el Gobierno colombiano, repasamos algunos «tratados imposibles» que detuvieron las hostilidades tras un dilatado período de guerra
 Batalla de Almansa, en la Guerra de Sucesión - Wikimedia

Batalla de Almansa, en la Guerra de Sucesión – Wikimedia

«Se acabó la guerra, díganle a Mauricio Babilonia que ya puede soltar las mariposas amarillas». Con esta curiosa frase (una clara referencia al personaje de «Cien años de soledad») fue con la que Luciano Marín Arango («Iván Márquez») selló, hace menos de una semana, la paz entre las FARC y el Gobierno Colombiano. Unas palabras, además, que pusieron fin a más de medio siglo de conflicto. Este acuerdo, sin duda, pasará a los libros como algunos que cambiaron la historia de la humanidad. Entre ellos, el de Utretch, en el que se puso fin a un conflicto dinástico que acabó con miles de personas en nuestro país.

1192: La paz entre Saladino y Ricardo Corazón de León

Desde que el Papa Urbano II promovió la Primera Cruzada en 1095, fueron miles los soldados que partieron hacia Tierra Santa para proteger los denominados Santos Lugares: zonas de peregrinación que estaban situadas en torno a Jerusalén -una ciudad sagrada tanto para cristianos como para musulmanes- y Palestina. Aquella campaña fue exitosa, pues terminó con la conquista de dicha urbe.

Años después, y tras el desastre que significó la Segunda Cruzada para los enemigos del Islam (pues el ejército de la cruz se terminó disolviendo sin haber logrado cumplir objetivos que en principio se habían considerado básicos como la toma de Damasco), los problemas se multiplicaron en 1187 cuando el sultán Saladino conquistó a los seguidores de Jesucristo la ciudad de Jerusalén.

Este gran revés llevó a tres reyes (Enrique II de Inglaterra, Felipe II de Francia y al anciano Federico I Barbarroja) a llamar a las armas a sus ciudadanos para retomar la región y expulsar de allí al invasor musulmán. Aunque el plan inicial se modificó sensiblemente en 1189 tras la muerte del monarca britano (lo que provocó el ascenso al mando de sus ejércitos de Ricardo Corazón de León), aquel fue el comienzo oficial de la Tercera Cruzada. Una campaña, por cierto, que también buscaba recuperar la «Vera Cruz» (los restos de la cruz en la que había muerto Jesucristo), después de que hubiese caído en manos «infieles» tras la batalla de los Cuernos de Hattin.

Federico I Barbarroja
Federico I Barbarroja– Wikimedia

La que fue denominada la «Cruzada de los Reyes» fue, desde sus inicios, una campaña maldita para los cristianos. Así lo pudieron atestiguar los soldados de Barbarroja (quienes tuvieron que ver como -en los primeros meses de campaña- su general y emperador moría ahogado mientras se daba un baño) o la famosa orden de los Templarios (que perdió cientos de miembros combatiendo contra el enemigo).

Con todo, tampoco fue mejor para Saladino, el líder absoluto de las diferentes tribus musulmanas. Y es que, sus soldados murieron a cientos en batallas como la de Konya. Esta tensa situación se recrudeció, más si cabe, con la llegada de Ricardo Corazón de León a Tierra Santa en junio de 1191.

En principio, Barbarroja exigió Jerusalén y la «Vera Cruz», pero rebajó sus expectativas poco después

Lejos de calmar los ánimos, el monarca arribó deseoso de demostrar a los «infieles» que no había fisuras en su moral cristiana. Esa determinación religiosa le llevó, por ejemplo, a aniquilar a casi 3.000 prisioneros sarracenos capturados en batalla después de algunas diferencias con Saladino.

Así se dio pie a un conflicto todavía mayor entre ambos líderes. Un enfrentamiento que provocó multitud de batallas en las siguientes semanas y que -al igual que sucedía con la disputa milenaria entre cristianos y musulmanes- no parecía estar destinado a solventarse. Por el contrario, lo único que se avistaba por entonces en el horizonte era un futuro fabricado con espadas y sangre.

Eso parecía en principio. Sin embargo, las continuas muertes, las enfermedades, los escasos avances en materia militar de ambos bandos y (en definitiva) el hartazgo de Ricardo y Saladino, provocaron que ambos iniciaran una serie de conversaciones para lograr la paz. Y es que, el inglés andaba ansioso de regresar a su amada isla y, por su parte, el musulmán buscaba vivir lo que le quedaba de vida (era ya un anciano) lejos de la contienda.

Así pues, tras el verano comenzó un proceso para detener las matanzas con una carta enviada por el inglés al musulmán. Una misiva en la que, para llegar a un acuerdo, le exigía abandonar Jerusalén, devolver a la cristiandad la «Vera Cruz» y renunciar a los países «allende al Jordán». De esta forma, al menos, lo explica el historiador italiano del XIX Cesare Cantú en su obra «Historia universal».

Saladino
Saladino– Wikimedia

Aunque sus exigencias fueron inicialmente rechazadas (lo cierto es que eran bastante abusivas para la época), aquella carta fue el principio del fin de la Tercera Cruzada. Tras varios tratados fallidos, y un año después (en septiembre de 1192) se firmó un pacto que terminó con las hostilidades y propició que el monarca inglés regresase a su país.

«En septiembre de 1192 se firmaba el tratado de Jaffa. Jerusalén quedaba en manos de Saladino, con garantía de libre acceso para los cristianos al Santo Sepulcro. Los cristianos obtenían su porción de Palestina con capitaldiad en Acre; era la primera división formal del territorio palestino», determina el divulgador histórico Gonzalo Terreros.

1713: El tratado de Utrecht

Para entender el que fue uno de los tratados de paz más destacados de toda la historia de España es necesario retrotraerse en el tiempo hasta el año 1700, cuando el embajador francés en nuestro país envió el siguiente mensaje al rey galo, Luis XIV: «Empeora el Rey Católico. Me dicen que parece un cadáver».

Así pues, se iba a suceder algo inevitable: el fallecimiento de Carlos II (de la casa de los Austrias), y que lo iba a hacer sin descendencia. La inevitable partida de este mundo se produjo el 1 de noviembre de ese mismo año. En principio, y con el testamento en la mano, se estableció que la corona correspondía a Felipe V (Borbón), nieto de Luis XIV.

La solución, en principio satisfactoria, no gustó demasiado a algunos monarcas que vieron como, con el paso de los años, la familia del nuevo rey español podría unir en un bloque una amplia extensión de territorios en Europa.

Felipe V
Felipe V– Wikimedia

«Fue una decisión que levantó suspicacias en varias cancillerías europeas y fue rechazada de plano en Viena por el emperador Leopoldo I, representante de la otra rama de los austrias. La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra», explica el doctor en historia José Calvo Poyato en su dossier «Los Tratados de Utrecht y Rastatt. Europa hace trescientos años».

Ingleses, holandeses e imperiales formaron entonces la denominada Gran Alianza y propusieron, como alternativa a Felipe V, al archiduque Carlos de Austria (hijo del propio Leopoldo). Así comenzó la Guerra de Sucesión, un conflicto que se empezó allá por 1701 y que no tardó en convertirse en uno de los más cruentos en la historia de nuestro país.

«Fue un proceso lleno de largas y complicadas conversaciones, no siempre celebradas con conocimiento de todos los implicados»

«Se calcula que en esta guerra murieron 1.251.000 personas […]. En el momento de mayor intensidad, en 1710, luchaban cerca de 1.300.000 soldados. Y Francia, la potencia más implicada, llegó a movilizar 900.000 hombres […] entre 1701 y 1713», explica el historiador español Joaquim Albareda Salvadó en su obra «La guerra de Sucesión de España (1701-1714)».

Ya fuera por las muertes, ya fuera por lo extensa que fue la contienda, pocos años después se iniciaron una serie de conversaciones en las que se intentó lograr la paz entre ambos contendientes. Tal y como afirma Poyato en su obra, fue un proceso «lleno de largas y complicadas conversaciones, no siempre celebradas con conocimiento de todos los implicados».

Concretamente, las primeras reuniones en favor de la paz se remontan hasta 1709, cuando se alumbró en La Haya un documento que fue presentado al monarca francés posteriormente. «Entre las exigencias que se le plantearon se incluía que las tropas del monarca francés luchasen contra su propio nieto para expulsarlo de España», destaca el historiador. El galo se negó, pero retiró a los soldados de su país de la Península Ibérica para no entrometerse más de lo necesario y no favorecer un conflicto internacional.

Tratado de Utrecht
Tratado de Utrecht– Wikimedia

Tres años después, tras una extensa lista de intentos fallidos de negociación, comenzó el verdadero camino hacia la paz. Y es que, fue entonces cuando comenzaron las conversaciones que -a la postre- darían como resultado la paz. Estas se iniciaron en Utrecht y, para desgracia general, fueron acompañadas de constantes batallas. Algo lógico en aquellos años, pues se consideraba que cualquier victoria lograda por las armas en el campo de batalla derivaría en ventajas diplomáticas y presionaría todavía más al perdedor a firmar un pacto poco favorable.

En 1713, finalmente, se llegó a un acuerdo entre los diferentes contendientes, lo que llevó a la firma de los tratados de Utrecht y Rastadt.

«Lo acordado en Utrecht, una vez asumido que Felipe V sería rey de España, […llevó a que] los británicos se hicieran con grandes extensiones en lo que hoy es Canadá […]. Por lo que respecta a España se produjeron notables amputaciones territoriales de las cuales dos resultaron particularmente dolorosas. Nos referimos a la isla de Menorca […] que los ingleses habían ocupado en 1708. La otra cesión territorial era la plaza fuerte de Gibraltar, ocupada en el verano de 1704. […]. El llamado “caso de los catalanes” rodó por las cancillerías europeas […] pero el rey se mantuvo inflexible. Consideraba que aquellos súbditos habían faltado al juramento de lealtad que habían hecho cuando […] visitó Barcelona y juró respetar los fueros y leyes del Principado. Consideraba que los territorios que habían proclamado al archiduque habían roto su juramento y se habían rebelado contra su legítimo soberano», añade el experto.

1998: Los acuerdos de paz de Viernes Santo

Las guerras armadas no son solo cosa de la antigüedad. De hecho, a principios del siglo XX comenzó una lucha civil que, durante años, sembró el pánico en las islas de nuestros vecinos británicos. Todo ello, como parte del denominado conflicto de Irlanda del Norte. Una contienda que enfrentó, desde 1968, a los católicos y a los protestantes de la región. ¿La razón? Que los primeros eran partidarios de emanciparse del Reino Unido, mientras que los segundos buscaban seguir bajo el paraguas inglés. A partir de ese momento se desató la violencia en la zona, lo que terminó provocando la friolera de 3.500 víctimas.

La situación de 1968 fue aprovechada por el IRA (Ejército Republicano Irlandés), cuyos miembros dieron rienda suelta a la violencia y a la guerra callejera. «La intensificación del conflicto nacional supuso un nuevo impulso para el IRA, aunque sus disidencias internas dividieron a la organización en dos facciones: el IRA oficial, de ideología marxista y que acentúa la caracterización política de la lucha por la independencia del país, y el IRA provisional, que recalca la necesidad de una profundización de la lucha armada de un contexto ideológico de naturaleza exclusivamente nacionalista», explica el Gerry Adams (el líder del Sinn Féin -el brazo político del IRA durante años-) en su autobiografía.

Mientras esta insostenible situación se recrudecía, se iniciaron conversaciones de paz entre ambos bandos. La mayoría, favorecidas por John Hume (anteriormente presidente de una organización de partidaria de la Defensa de los Derechos Civiles y, entonces, miembro del Partido Socialdemócrata y Laborista). Este político se encargó, a partir de los años 80, de mantener contactos activos con todas las partes del conflicto (entre ellas el Sinn Féin -algo que posteriormente le granjeó el odio de no pocos compañeros- y el gobierno británico). Eso sí, siempre bajo la premisa de que la violencia debía detenerse en favor de las conversaciones políticas.

Tras multitud de negociaciones, se dio un gran paso para la paz el 15 de septiembre de 1997, cuando todos los partidos políticos (también el Sinn Féin) se reunieron para llegar a un acuerdo que empezase a normalizar la delicada situación existente en el país. «La premisa fundamental para poder participar se basaba en aceptar que las organziaciones políticas debían mantenerse al margen de la violencia», explica el divulgador histórico Luis Antonio Sierra en su obra «Irlanda del Norte. Historia del conflicto». En aquellos días, Gerry Adams aseguró que el IRA se comprometía a aceptar una tregua (algo que ratificó después de declarar, en julio de ese mismo año, un «alto el fuego»).

A pesar de las diferencias, 21 meses después (el 10 de abril de 1998) se firmaron los «Acuerdos de Viernes Santo». Un pacto que terminó con la brutalidad que se vivía en las calles y que estableció que serían los ciudadanos los que decidirían sobre el futuro de Irlanda del Norte. Además, se llegó a la conclusión de que era necesario un «compromiso absoluto» de llegar a acuerdos mediante «vías exclusivamente democráticas y pacíficas», y el establecimiento de una Asamblea legislativa autónoma con la capacidad de elegir representantes a los bloques.

Marte tuvo una cadena de volcanes tan grande como Norteamérica


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  • Pudieron ser explosivos y causar cambios climáticos en el Planeta rojo
 Un mapa de Marte, que incluye la región llamada Thaumasia Planum - Wikimedia

Un mapa de Marte, que incluye la región llamada Thaumasia Planum – Wikimedia

Gran Thaumasia es una región de Marte del tamaño de Norteamérica que está rodeada por una alineación montañosa. Un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Lousiana (LSU) ha estudiado la geografía y mineralogía de la zona con datos de la sonda Mars Odyssey y ha concluido que en el pasado esas crestas rocosas fueron en realidad una cadena de volcanes. Los resultados han sido publicados recientemente en la revista Journal of Geophysical Research-Planets.

«Nuestra investigación apoya que toda esta zona se forjó como una construcción volcánica», indica Don Hood, investigador del Departamento de Geología y Geofísica de la LSU y autor principal del artículo.

La composición química cambia a través de la región. El sílice y el H20 se incrementa y el potasio se reduce desde el sureste al noroeste. «El cambio en la composición química es la progresión clave que nos dice que este ambiente fue probablemente determinado por una serie de eventos volcánicos que estallaron de una composición del manto cambiante», explica Hood en un comunicado de la LSU.

Hood y sus colegas de la Universidad de Stony Brook, de la Universidad de Tokio y la Lehigh University, descartan la hipótesis de que la abundancia de H20 y potasio fuese causada por el agua que interactúa en roca. «Buscamos evidencia de alteración acuosa a través de otros medios geoquímicos y no lo encontramos», dice.

La geografía de la región tiene muchos volcanes que son similares a los que se encuentran en Hawái. Sin embargo a partir de análisis geoquímicos, los investigadores encontraron que el azufre que está presente fue depositado probablemente en forma de ceniza volcánica.

La ceniza volcánica de diversas áreas podría ser la evidencia de un vulcanismo explosivo en Marte, lo que sería una pista importante para unir las piezas de la historia del planeta. Es significativo debido a que las erupciones explosivas emiten una gran cantidad de gas que puede permanecer en la atmósfera y puede causar eventos de enfriamiento y calentamiento global.

«Si hubo vulcanismo explosivo en Marte y cuánto es una cuestión importante en términos de averiguar cómo fue su clima en el pasado», señala Hood.

La batalla de Bicocca, la infantería española de Carlos V aplasta la fama de los imbatibles piqueros suizos


ABC.es / César Cervera C_Cervera_M

  • La facilidad con la que los españoles vencieron ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Las tropas de Carlos V apenas registraron bajas, frente a los más de 3.000 suizos muertos
 Mala guerra, de Hans Holbein «el Joven» - Wikimedia

Mala guerra, de Hans Holbein «el Joven» – Wikimedia

A principios del reinado de Carlos I de España y V de Alemania, el ambicioso rey francés vio la ocasión perfecta de apropiarse de la mayoría de los reinos italianos. Tal vez cada noche ante el espejo se decía que la juventud y la inexperiencia de su rival debía ser su perdición. O al menos esa es la única razón posible a tanta cerrazón. La guerra resurgía de forma cíclica cada vez que Francisco I de Francia lograba fondos para levantar un nuevo ejército, aunque casi siempre con un mismo desenlace. Dos derrotas casi seguidas, Bicocca y Pavía, demostraron al galo que, aunque Carlos era joven, contaba con temple y estaba respaldado por una brillante generación de consejeros y militares.

En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

La facilidad con la que los españoles vencieron en Bicocca, de hecho, ha dado lugar a una expresión popular: una bicoca es algo sumamente fácil, o de escaso valor. Y como siempre en esa eterna guerra italiana, todo aquel desastre empezó por un exceso de confianza francés. Tras ser desalojados de Milán y Parma recientemente, los franceses se propusieron a principios de 1522 recuperar el terreno perdido con la ayuda de un gigantesco ejército de mercenarios suizos, cuya habilidad con las picas habían revolucionado los campos de batalla europeos. En ese momento se les consideraba la mejor infantería mercenaria de Europa; y eran la mejor baza con la que contaba Francisco I.

Lautrec contra Colonna, la oveja contra el zorro

Como relata Antonio Muñoz Lorente en su excepcional libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Nowtilus, 2015), «el 10 de febrero de 1522 los suizos asomaron por Bellinzona y ocho días después la totalidad de los 16.000 hombres contratados se concentraron en Gallarate». Se dirigían todos a recuperar Milán, entre ellos la infantería gascona dirigida por el español Pedro Navarro, un antiguo oficial de los ejércitos del Gran Capitán que había cambiado de bando. En total, incluyendo mercenarios, franceses y venecianos, se contaban 28.000 infantes. Al frente de este ejército francés estaba Odet de Cominges, Vizconde de Lautrec, el hombre que iba a servir la victoria española en bandeja.

Los españoles por su parte contaban en su dirección con Prospero Colonna, un condotiero italiano, veterano en decenas de batallas y conocedor de los pormenores de la guerra en Italia. Suya fue la decisión de alistar dos regimientos de lansquenetes, mercenarios alemanes, cuando los suizos le comunicaron que no habría más levas ese año. Abriéndose paso a través de un invierno terrible, los alemanes contactaron con las huestes de Colonna el 21 de febrero y el ejército imperial al completo se replegó hacia Milán. Allí reforzó las defensas y multiplicó el cerco al castillo de la ciudad donde seguía resistiendo una pequeña guarnición francesa.

Lautrec intentó cercar Milán, aunque la nieve impedía mover los cañones y los suizos no estaban hechos para cavar. El asedio se quedó en amago, por lo que el ejército francés se desplazó a los alrededores de Pavía con la intención de que sus acciones de saqueo hicieran sacar a Colonna de su guarida. El general francés se pasó seis semanas en Cassino sin apenas realizar nuevas maniobras.

A esas alturas de campaña lo único que estaba claro, y así lo reseña Antonio Muñoz en el citado libro, es que los suizos estaban dictándo lo que debía hacer a Lautrec, en vez de ser el comandante el que ordenaba a sus hombres. Le habían obligado primero a lanzarse a por Milán, luego se habían negado a cavar y ahora le habían condenado a semanas de inactividad solo por el saqueo.

Una estrategia impuesta por los chantajes

Mientras los franceses estaban parados, las fuerzas imperiales lograron reforzarse con un pequeño contingente a cargo de Francesco Sforza, aliado de Carlos V, de las tropas papales de Francesco Gonzaga y de las españolas del riojano Antonio Leyva. Hostigado por varios frentes, los franceses tuvieron que esperar a la llegada del buen tiempo para poder aumentar ellos sus fuerzas. Con la llegada el 4 de abril de las Bandas negras y de su mítico capitán, Giovanni de Médici (protagonista de la película de culto «El oficio de las armas»), se completó el tablero de los participantes de la batalla de Bicocca.

Lautrec acometió al fin el 9 de abril una acción de envergadura, asediar Pavía, pero ni siquiera era lo que quería hacer. De nuevo los suizos incluyeron en una decisión poco meditada. Es posible que Pavía no estuviera bien defendida, si bien el problema residía en que Prospero Colonna se encontraba apostado con sus tropas en Binasco a la espera de cerrar la pinza sobre su enemigo.

En cualquier caso, la única razón por la que el comandante francés había iniciado un asedio ante la atenta mirada española es porque los suizos llevaban semanas sin cobrar y las enfermedades habían matado a una quinta parte de sus hombres.

El 13 de abril Lautrec ordenó el asalto sobre la ciudad, prometiendo a los mercenarios el botín íntegro del saqueo. No obstante, éstos se negaron por tratarse de Domingo de Ramos. Y al día siguiente también se negaron a atacar porque, simple y llanamente, querían cobrar primero.

La indecisión francesa permitió a Colonna llegar al fin a los campos de Pavía. El enemigo le doblaba en número, pero no en inteligencia. Cuando los suizos clavaron en el suelo sus picas y se prepararon para el combate, el astuto zorro que había en Colonna supo que lo mejor que podía hacer era desesperar aún más al enemigo y retirarse de nuevo. No se equivocaba ni un pelo: coléricos, los suizos exigieron a Lautrec que los llevara cuanto antes al combate.

«¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala

El 20 de abril, el capitán Albert von Stein trasladó al francés las intenciones mercenarias: o había batalla o al día siguiente se marcharían. Solo ante la promesa de que cobrarían el doble y de la proximidad del convoy con nuevos fondos, los mercenarios accedieron a seguir bajo las filas galas.

También aquí Colonna respondió con astucia. Tras retrasar la llegada del convoy con el dinero todo lo que estuvo en su mano, el comandante imperial se trasladó a una posición bien defendida (tras un foso de un metro de profundidad y fortificado con estacas) entre Milán y Monza, la Bicocca, y esperó cruzado de brazos a que los suizos retomaran el discurso de los ultimátum. Y así fue. Stein y otro mítico capitán suizo, Winkelried, exigieron a Lautrec entrar en combate: «¡Dinero, licencia o batalla!». De las tres opciones, un desesperado Lautrec eligió la que parecía la menos mala y ordenó un ataque el 27 de abril.

Los arcabuceros destrozan la fama suiza

Fieles a la confianza en sí mismo que les había hecho imbatibles en Europa, los mercenarios suizos alardearon ante los franceses de que no tendrían problemas en desalojar a la infantería hispano-alemana de su posición, por muy ventajosa que fuera. Evidentemente estaban lanzándose un farol, como poco. Las armas ligeras de fuego, arcabuces y mosquetes de posta, habían evolucionado tanto como para que los piqueros suizos ni siquiera tuvieran ocasión de chocar sus aceros.

Los dos mil arcabuceros españoles, italianos y alemanes se situaron en primera línea imperial y causaron una auténtica matanza entre los envalentonados «ordeñavacas» (la forma despectiva que usaban las otras naciones para dirigirse a los suizos). Asimismo, la compañía de lansquenetes y 8.000 piqueros españoles e italianos les esperaban atrás una vez superaran la lluvia de pólvora.

Originalmente, Lautrec había dispuesto que los suizos fueran secundados en su avance por arcabuceros venecianos y gendarmes franceses. Sin embargo, los mercenarios se arrojaron de forma suicida en dirección recta sin esperar a sus apoyos. Al sonido de los cuernos de Uri, dos gigantescos cuadros de cinco mil hombres cada uno avazaron compitiendo incluso entre ambas formaciones por ser el primero en llegar a la vanguardia imperial. El resultado fue desastroso: los cañones borraron del mapa a un millar de hombres antes de que llegaran al foso. Allí, en una zona fangosa y repleta de obstáculos, apenas un puñado de suizos logró escalar y batirse en batalla contra la infantería imperial.

Uno de ellos fue el propio Winkelried, que se topó de frente con el capitán de los lansquenetes, Georg von Frundsberg. Recordándole que en otro tiempo habían combatido juntos, el suizo afirmó

–Viejo compañero, ¿te encuentro aquí? ¿Has de morir por mi mano?

–¡Por Dios que no ha de ser así! –respondió el alemán–.

Winkelried murió a consecuencia del disparo de un arcabuz, así como la mayoría de los 3.000 suizos que perdieron la vida en aquella jornada. El resto huyó en mil direcciones.

Mientras se producía la mastodóntica huida, el otro plan ideado por los franceses también fracasó con estrépito. La caballería franco-italiana se internó en el corazón enemigo valiéndose de la treta de coserse cruces rojas en la ropa, que eran el distintivo de los ejércitos imperiales, pero fueron finalmente rodeados por miembros de la infantería española. Es por ello que ni siquiera fue necesario que interviniera la caballería española, al mando de Antonio de Leyva. La batalla fue un paseo triunfal.

Suiza perdió a un gran número de compatriotas ese día, mientras que los imperiales apenas sufrieron bajas. Se dice que solo hubo un muerto, pero no fue por un arma suiza sino por una coz de mula. No en vano, quebrar su fama era peor que la muerte en aquel siglo loco de militares románticos: «Las pérdidas sufridas en La Bicocca les afligieron de tal forma que ya no volvieron a mostrarse en los años que habían de seguir con el ardor de costumbre», afirmó el historiador Francesco Guicciardini sobre lo que verdaderamente extraviaron los suizos aquel día.

La principal ventaja para el Imperio español obtenida en la fácil victoria en Biccoca fue la sucesiva conquista de Génova. Colonna aprovechó la victoria para lanzarse a por esta ciudad de simpatías francesas, así como uno de los más importantes puertos mediterráneos. El 30 de mayo de 1522 cayó la ciudad y Francia sacó uno de sus últimos pies de Italia. La nueva ofensiva de Francisco I había devenido en otro desastre.

El Día D peligró por la pelea doméstica de un espía español


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  • La mujer de Juan Pujol, «Garbo», amenazó con desenmascararlo porque no la había llevado a una fiesta, según documentos desclasificados ayer
 Hitler fue engañado por la habilidad de Garbo en el Día D - ABC

Hitler fue engañado por la habilidad de Garbo en el Día D – ABC

Aunque no es tan conocido como debería por sus compatriotas, el español Juan Pujol García (Barcelona, 1914-Caracas, 1988) tal vez fue el doble agente más importante de la historia. Lo cual no está mal para un hombre que empezó su vida laboral como criador de pollos. Con mañas picarescas y un desparpajo atrevidísimo, logró engatusar al mismísimo Hitler con sus informes falsos. Le hizo creer que el desembarco del Día D, el 6 de junio de 1944, se llevaría a cabo por Paso de Calais, a 249 kilómetros de la ofensiva real en las playas de Normandía.

Los embustes de Juan Pujol -agente Garbo para el MI5 británico, Arabel o Rufus para la Abwehr, el espionaje alemán- otorgaron a los aliados unas horas de ventaja preciosas. Valiente hasta lo extravagante, acabó logrando algo único: ser condecorado por las dos naciones en guerra. El 29 de julio de 1944, semanas después del desembarco, Hitler le concedió la Cruz de Hierro. Garbo lograba así mantener su engaño ante los alemanes, pese a haberles colado una trola sin parangón, «mi pequeña contribución a la historia del siglo XX», la llamaba él. Pero también fue distinguido con la Orden del Imperio Británico. Su osadía le llevó a cobrar en Madrid 25.000 pesetas del espionaje alemán tras la derrota nazi, cantidad que pagó su fuga a Venezuela para evitar represalias, tras simular su muerte por malaria en Angola.

La vida de Juan Pujol es una novela. Papeles desclasificados del MI5 han revelado que un conflicto doméstico en su hogar estuvo a punto de mandar al traste la «Operación Fortitude», el meticuloso plan para engañar a Hitler sobre el desembarco. Su mujer, una belleza gallega llamada Araceli González Carballo, harta de las ausencias de su marido y de vivir enclaustrada con sus dos hijos por orden del espionaje británico, reventó. En un brote de morriña e ira, que estalló después de que Garbo no la llevase a una fiesta en la Embajada de España, amenazó con presentarse allí y destapar la condición de doble agente de su marido y toda la mentira de su red de espías inventados: «Quiero irme de Inglaterra. No voy a estar aquí ni un día más. ¡Tendré mi venganza! Y no es una amenaza, ¡es un hecho! Aunque me maten, voy a ir a la Embajada de España», gritó en su domicilio de Harlow, una pequeña ciudad al noroeste de Londres, para pavor del controlador de Pujol, el agente Thomas Harris.

Araceli era una mujer de buena familia de Lugo, que conoció a Pujol en la sede del Gobierno de Franco en Burgos, donde ella trabajaba como secretaria del gobernador del Banco de España y él era un soldado nacional. El barcelonés había desertado antes del ejército republicano, asqueado por la violencia anarquista y comunista, pero pronto se desencantó también de la del bando nacional. Araceli, de fuerte temperamento, lo ayudó en la escapada vía Lisboa que acabó con Garbo como doble agente en Londres, a donde llegaron con un pírrico inglés.

A oídos de Churchill

El enfado y las amenazas de Araceli se convirtieron en asunto de Estado y hasta llegaron a oídos de Churchill. Tommy Harris, el controlador, fingió que había despedido a Pujol para tranquilizar a Araceli. No funcionó. Entonces entró en acción el maestro del embuste, el propio Garbo. Su plan sí resultó. Fingieron que el espía había sido arrestado por su mando inglés. Vendándole los ojos, condujeron a su esposa a un campo de detención para verlo. Los informes desclasificados cuentan lo que sucedió en aquel encuentro: «Él le recordó que no tenía tiempo que perder con gente incómoda y le dijo que si alguna vez le volvían a mencionar su nombre, se encargaría de que la encarcelasen. Ella volvió a casa muy escarmentada y esperando el regreso de su marido».

Los documentos, que incluso citan de pasada al corresponsal de ABC en Londres, Luis Calvo, explican también el origen del tenaz odio de Juan Pujol por el nazismo: su hermano Joaquín fue arrestado por hacer fotos de la entrada de los alemanes en París y los nazis lo mataron a tiros.

Pujol García, bajito (1.60), de mirada vivaracha, orejas puntiagudas y personalidad atrabiliaria, había nacido en 1914 en la calle Muntaner de Barcelona. Tras trabajar en una granja de pollos y como gerente de un hotelito en Madrid, cuando arranca la Guerra Mundial decide hacerse espía y se ofrece reiteradamente a los ingleses, que se lo toman a chufla. Llama entonces a la embajada alemana en Madrid, alaba a Hitler y presenta su candidatura como agente en el Reino Unido. Los alemanes, por puro hastío, acaban aceptando a aquel atrabiliario entusiasta. Pujol dice a los alemanes que se va a Londres. Pero con su osadía habitual se instala en Lisboa y desde allí comienza a enviar informes fechados en Inglaterra. Inmensas patrañas, que compone con una guía de viajes, los horarios de los trenes y lo que ve en los noticiarios del cine.

En abril de 1942, logra la confianza de los ingleses, gracias a una gestión de Araceli ante el agregado militar estadounidense en Lisboa. El MI6 lo traslada a Londres, con un ficticio empleo en la BBC. Allí se torna más osado. Llega a inventarse una red de 17 espías pro alemanes. En 1944 escribe su obra de arte. La Abwehr le demanda información sobre el gran desembarco. Pujol envía 500 mensajes de radio a Berlín advirtiendo de que Normandía es un simulacro, que lo letal vendrá por Paso de Calais. Incluso se inventa un falso ejército presto para la acción.

Tras instalarse en Venezuela, Pujol y su mujer se divorciaron. Araceli rehízo su vida en Madrid y se casó en 1958 con Edward Kreisler, con el que fundó una galería de arte. Muchos años después, cuando nadie contaba con él, Pujol reapareció para ver a los hijos de su primer matrimonio y conocer a sus nietos. Hubo paz.

El amargo final de Escipión «El Africano», el general que derrotó a Aníbal acabó desterrado de Roma


ABC.es César Cervera C_Cervera_M

  • A sus 30 años, uno de los hombres que salvaron Roma del desastre había logrado todo a lo que un senador puede aspirar en su vida. Solo cabía que el sistema republicano frenara de alguna forma su ascenso: le acusaron a él y a su hermano de apropiarse de un botín de guerra y se vio obligado a exiliarse
 Escipión «El Africano» ordena liberar al sobrino del Príncipe de Nubia después de que fuera capturado por Roma - The Walters Art Museum

Escipión «El Africano» ordena liberar al sobrino del Príncipe de Nubia después de que fuera capturado por Roma – The Walters Art Museum

Cuando Aníbal Barca arrasó a un ejército romano muy superior en número al suyo en la batalla de Cannas, un joven oficial romano, de 20 años, destacó por su coraje en medio del desastre. Publio Cornelio Escipión actuó con la «virtus» que cabía esperar de un aristócrata romano y cargó contra aquellos supervivientes del ejército romano que proponían abandonar a la moribunda república. Prorrumpiendo en un «consilium» donde las tropas supervivientes discutían el asunto, el tribuno alzó la espada y juró por Júpiter Optimus Maximus que no abandonaría nunca Roma y mataría con sus manos a todos los que lo hicieran.

Inteligente, carismático y una gota supersticioso, Escipión se caracterizó desde muy joven por los golpes teatrales

Como relata Adrian Goldsworthy en «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel), Escipión poseía desde joven de «la ilimitada confianza en sí mismo de un patricio, conocedor desde la infancia que estaba destinado a ocupar un papel preeminente en la vida pública de Roma».

Inteligente, carismático y una gota supersticioso, Escipión se caracterizó desde muy joven por los golpes teatrales envueltos en una supuesta aura de divinidad. Tal vez por ello se decía –como en el caso de Alejandro Magno– que se había descubierto a su madre yaciendo con una serpiente gigante antes de quedarse embarazada. ¿Creía el general romano realmente en aquellas leyendas y en que los dioses guiaron sus victorias? Probablemente no. Los historiadores se inclinan a pensar que simplemente Escipión se valía de estos gestos para motivar a sus tropas y aumentar su popularidad.

 La guerra en Hispania: el origen de la leyenda

Durante la guerra contra Cartago, el padre y el tío de Escipión se hicieron cargo del frente en Hispania, buscando cortar el envío de más tropas y suministros a Aníbal. En el año 211 a.C, sin embargo, ambos fallecieron a consecuencia de la traición de las tribus celtíberas, entre ellas la ciudad de Iliturgi, y de la acometida de Asdrúbal, hermano del genio cartaginés. Los dos hermanos romanos llevaban años pidiendo más recursos y advirtiendo del riesgo, como así ocurrió, de que Roma perdiera todos sus aliados españoles si mostraba debilidad.

Fue en esas fechas cuando el joven Escipión se postuló para ponerse al frente de los escasos ejércitos de Roma en España. Incapaces de encontrar candidatos que quisieran ir a una misión tan incierta, el Senado convocó a los Comitia Centuriata para la elección. Solo Escipión se presentó y, por tanto, le fue otorgado automáticamente el cargo de España en calidad de procónsul. Eso a pesar de su juventud (25 años) y de su inexperiencia. Decisiones extraordinarias para una situación de urgencia.

Escipión inició la expulsión de los cartagineses de España con una fuerza de cerca de 28.000 soldados de infantería y 3.000 jinetes. Frente a él se encontraban tres poderosos ejércitos, si bien distantes entre sí: el de Asdrúbal Barca, el de Magón Barca y el de Asdrúbal Gisco. Su objetivo fue el de vencer a cada una de estas fuerzas por separado y sin que les diera tiempo a coordinarse.

Escipión eligió la conquista de la ciudad de Cartago Nova (la actual Cartagena) para anunciar su llegada a la península. Fundada por el padre de Aníbal, la ciudad era la principal base de operaciones de los cartagineses en España, la sede de su gobierno, su puerto más grande y una de sus plazas mejor fortificadas. Si bien un asedio en la Antigüedad podía durar meses, y eso precisamente es lo que querían evitar los romanos; Escipión logró rendir la ciudad en un asalto directo gracias a la información de unos marineros de la ciudad aliada de Tárraco (Tarragona), que le contaron que al norte de Cartago Nova había un lago por el cual se podía pasar cuando bajaba el nivel del mar. El propio general romano participó de la batalla, donde se disputó cada metro del recinto amurallado y la victoria romana dio paso al saqueo. Magón Barca estaba fuera de juego.

La conquista de Cartago Nova otorgó a Escipión prestigio, una base en la España meridional y al menos 18 navíos de guerra. Estas nuevas fuerzas permitieron a Escipión dirigirse con garantías al encuentro de Asdrúbal Barca en el año 206 a.C. No está claro hoy en día si hubo realmente un enfrentamiento a gran escala, pero lo cierto es que Asdrúbal tuvo que salir de la península para reforzar a su hermano en Italia (aunque nunca llegó a su destino; solo su cabeza decapitada) dejando un reguero de bajas tras de sí. Un ejército menos al que derrotar, debió tachar Escipión.

La conquista de Cartago Nova otorgó a Escipión una base en la España meridional, prestigio y al menos 18 navíos de guerra

Faltaba el contraataque. En el año 206, Gisco unió sus fuerzas a los supervivientes del ejército de Magón y organizó una fuerza temible: 60.000 infantes y 4.000 jinetes, entre ellos la fuerza mercenaria de númidas dirigida por el príncipe Masinisa, más tarde aliado de Escipión en Zama.

En Ilipa, hoy cerca de Sevilla, se enfrentaron al fin ambos ejércitos. Tras una infinidad de escaramuzas en los días previos, al inicio del combate los vélites (infantería ligera reclutada entre las clases bajas) arrojaron lanzas contra la veintena de elefantes cartagineses. Los animales huyeron y dejaron paso a que las caballerías ligeras retomaran la lucha donde lo habían dejado en las vísperas. A continuación, las tropas romanas atacaron a los aliados españoles de Asdrúbal, situados en los flancos, con menos ganas que nadie de dar su vida en una guerra extranjera donde solo eran meros invitados locales.

Cuando los celtíberos empezaron a ceder terreno, Escipión mantuvo la calma y se contuvo de adelantar a su infantería aliada, puesto que confiaba ciegamente en la resistencia física de sus tropas puramente romanas. Sus soldados habían comido antes de la batalla y sabían que las horas correrían a su favor conforme aumentara el calor. Además, a diferencia de su rival, Escipión había situado a los hispanos en el centro porque no confiaba mucho en ellos (más cuando su padre y su tío habían muertos traicionados por tropas locales) y esperaba que la batalla se resolviera sin que apenas intervinieran. La diferencia entre la fe que ambos comandantes tenían en estas fuerzas auxiliares marcó el devenir de la jornada.

Camino de Zama, el ocaso de Aníbal

La presión romana obligó al ejército de Gisco a retirarse con cierto orden. Pero aunque volvieron a reorganizarse en la colina del campamento, en poco tiempo comenzaron las deserciones entre los cartagineses y muchos de los soldados fueron capturados en medio de la confusión. En los siguientes meses, uno a uno fueron cayendo en manos romanas todos los enclaves enemigos en España. Tras superar un motín de sus tropas y varias rebeliones de los celtíberos aliados, Públio Cornelio Escipión partió al fin hacia Roma con la misión cumplida.

Y lo cierto es que no le esperaban los vítores que él había imaginado. En el año 205 recibió uno de los consulados, a pesar de que no cumplía con la edad exigida, pero a cambio comenzó a formarse un partido de senadores que recelaba del poder creciente de Escipión. Solo su popularidad evitó que este grupo de senadores, encabezados el rígido Catón «El viejo», pudieran arrebatarle el consulado a raíz de un escándalo protagonizado por uno de los oficiales de Escipión.

No obstante, Roma seguía en estado de guerra y necesitaba cerca a sus mejores militares. Las derrotas en España hicieron insostenible que Cartago pudiera seguir su guerra en Italia, aunque eso solo suponía la solución de la mitad del problema. Fabio Máximo, el escudo, y Marco Claudio Marcelo, la espada, habían contenido las acometidas de Aníbal en el momento más oscuro de la guerra, pero iba a ser ahora una generación más joven la que finiquitara el conflicto.

Los planes de Escipión pasaban por trasladar las operaciones al terreno enemigo, usando Sicilia primero como base de adiestramiento para desembarcar un ejército invasor en África cuanto antes. Una vez en este continente, el general romano venció sin dificultad a los dos primeros ejércitos que mandaron contra él valiéndose de ataques nocturnos a sus campamentos. Aníbal se vio obligado así a regresar a África, cuando Escipión exigió un comandante a su altura.

Los romanos se encargaron de que los nerviosos elefantes pasaran de largo a través de los pasillos que había dejado Escipión

El genio cartaginés fue vencido en la batalla de Zama, en el 202 a.C. y Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin a su sueño de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental. Escipión neutralizó la amenaza de los 80 elefantes reunidos por el Aníbal aplicando varias tácticas: por un lado ordenó a sus hombres bruñir corazas, cascos y cualquier cosa de metal, de tal modo que el sol se reflejara en ellos y deslumbrara a los animales; además, pidió a varios músicos militares que desconcertaran con su ruido a los elefantes.

Los romanos se encargaron de que los nerviosos animales (aterrados por el ruido y los reflejos) pasaran de largo a través de los pasillos que había dejado Escipión entre sus tropas. Atacados desde los flancos por las lanzas de los legionarios, los elefantes murieron o retrocedieron hacia las líneas cartaginesas. Al final del combate, las bajas cartaginesas se elevaron a alrededor de 20.000 muertos y 15.000 prisioneros. Los romanos capturaron también 133 estandartes militares y once elefantes.

A Escipión le fue otorgado el apelativo de «El Africano» por su victoria, así como un espectacular triunfo a su vuelta a Roma.

Un final amargo, acusaciones y exilio forzado

El problema al que debió enfrentarse entonces era que, a sus 30 años, Escipión ya había logrado todo a lo que un senador puede aspirar en su vida. Solo cabía que el sistema republicano frenara de alguna forma su ascenso, como acostumbraba a hacer para evitar que un hombre acumulara demasiado poder. En 194 fue elegido para un segundo consulado, durante el cual dirigió sus tropas contra las tribus galas del norte de Italia. Nada que, en cualquier caso, le pudiera reportar grandes reconocimientos.

En el año 190, asistió a su hermano Lucio cuando le fue otorgado un consultado y se vio forzado a combatir contra el Imperio seléucida de Antíoco III, que curiosamente tenía a Aníbal contratado en calidad de consejero militar después de que éste hubiera tenido que huir de Cartago.

Durante la aplastante victoria de Lucio sobre Antíoco en la batalla de Magnesia, se insiste en los textos del periodo en que Escipión «El Africano» se encontraba gravemente enfermo y no pudo participar en la contienda. Tal vez es una forma de reseñar que Lucio fue el único responsable de la victorio, o precisamente de ocultar que pudo ser su hermano el que mandaba en verdad. Más fama es lo último que necesitaba Escipión en ese momento, con sus enemigos en Roma presumiendo de colmillos.

A su vuelta a la política romana, los dos hermanos fueron acusados de apropiación indebida del botín de guerra y de dar un trato de favor a Antíoco a cambio de que liberara al hijo secuestrado del general romano. Catón y los suyos lanzaron una campaña de acoso y derribo contra la familia Escipión que, de hecho, desembocó en un juicio donde «El Africano» trató de escabullirse invocando su popularidad. En una de las jornadas del juicio, que coincidía con el aniversario de la batalla Zama, Escipión se ausentó porque quería elevar sacrificios a los dioses en señal de agradecimiento. Este exceso de autoestima iba a costarle muy caro.

Los cargos siguieron en pie, a pesar de todas las maniobras populistas de los Escipiones, hasta el punto de que las propiedades de Lucio fueron violentamente confiscadas. La persecución, de hecho, solo se frenó cuando Escipión se vio forzado a una especie de destierro de Roma. «Yo mismo me destierro si es que crecí más de lo que te convenía», afirmó según la versión mitificada. Se exilió a su casa de campo en Liternum y pasó sus últimos cinco años allí. Al morir se dice que reclamó que su cuerpo no regresara a la ingrata tierra romana.

Si bien no hay unanimidad sobre el año exacto de su muerte, Polibio y Rutilio sostienen que falleció en el mismo año que murió su más íntimo enemigo, Aníbal, al que guardó siempre cierta admiración.

La épica batalla que enfrentó a la 101ª Aerotransportada y a la élite de los paracaidistas alemanes el Día D


ABC.es

  • El director Laureano Clavero ha recreado en un pequeño pueblo de Cataluña el asalto norteamericano a la ciudad de Carentan para una sesión fotográfica. Por ello, repasamos esta olvidada contienda
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Un paracaidista de la 101ª, antes de partir hacia Normandía – ABC

Decir «Día D» evoca en los amantes de la historia una serie de cruentas imágenes. La mayoría, de soldados norteamericanos siendo masacrados mientras pisan la arena de las playas del norte de Francia. Sin embargo (y a pesar de que las primeras horas de la Operación Overlord provocaron una gigantesca oleada de heroicidades) los días posteriores al Desembarco de Normandía suelen quedar difuminados en las páginas de los libros.

Y todo ello, a pesar de que en ellos se vivieron batallas determinantes para la historia de Europa como la que enfrentó a paracaidistas norteamericanos y a sus homólogos alemanes por la ciudad de Carentan. Un punto clave en el devenir del desembarco y que, tras una ingente cantidad de balas y muertes, acabó bajo bandera estadounidense.

Hasta ahora, esta contienda había sido pasada por alto en nuestro país (de hecho, poco se ha escrito sobre ella en español). No obstante, a finales del pasado mayo volvió a estar de actualidad gracias al popular director Laureano Clavero y a la productora «MIRASUD PRO». Y es que, esa fue la fecha en la que el también fotógrafo transformó un pequeño pueblo abandonado de Tarragona en Carentan como parte de su último proyecto.

La iniciativa consiste en llevar a cabo una serie de sesiones fotográficas recreando tres de las contiendas más destacadas de los Estados Unidos en la lucha contra Hitler: la ya comentada batalla de Carentan; el ataque de los Rangers americanos de las baterías nazis en el Día D (la cual se materializará en noviembre) y la defensa de Bastogne. En el caso que nos ocupa, el artista ha contado con la participación de varios grupos de recreación histórica: la «First Allied Airborne Catalunya», la «Airborne Lleida 101 Division Easy Company» y la «Asociación Normandía 101 de Benicarló».

PUEDES LEER MÁS SOBRE EL PROYECTO DE LAUREANO EN EL SIGUIENTE ENLACE:

La 101ª División Aerotransportada aterriza en Cataluña comandada por Laureano Clavero

El Día D

«La flota de invasión apareció en el horizonte como una ciudad gigantesca de grandes edificios en el mar, una cosa enorme». Así es como definió el «Obergefreiter» Alfred Sturm (un cabo primero del ejército alemán) el colosal número de buques que vio arribar a las playas de Normandía el 6 de junio de 1944.

Otro soldado se limitó a decir, simplemente, que la flota «se extendía frente a nuestra costa hasta donde alcanzaba la vista». Una afirmación que, no por ser más sencilla, dejaba de ser cierta. Y es que, los aliados habían reunido la friolera de 160.000 soldados y 7.000 barcos (6.939 según el historiador Chris Mann) para romper las defensas costeras dirigidas por el mariscal de campo germano Erwin Rommel y liberar por fin Europa del yugo nazi.

Para organizar la ofensiva, el mando combinado dividió el norte de Francia (el objetivo final de las fuerzas) en cinco zonas de desembarco: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword (ubicadas de izquierda a derecha de la costa gala). Conquistar las dos primeras sería tarea de las fuerzas norteamericanas. Los ingleses, por su parte, se encargarían de hacer lo propio en la tercera y la quinta. Finalmente, los canadienses tendrían la responsabilidad de acabar con la resistencia germana en la última zona.

Todos y cada uno de estos hombres se enfrentarían a unas defensas nazis mermadas, pero bien posicionadas. «Los alemanes habían desplegado cinco divisiones de infantería, una división aerotransportada y una división de tanques y tenían la ventaja en el posicionamiento de batalla», explica el «UU.EE. Holocaust memorial museum».

No obstante, muchas de las unidades alemanas contaban con una experiencia mínima en combate o sufrían de algunos problemas físicos. «Al “Muro Atlántico” los alemanes enviaron muchas unidades que, realmente, no eran aptas para el combate en otros frentes. Rommel consideraba que, al tener solo que defender una posición, podían solventar la situación. Así pues, había unidades con soldados mayores de 45 años o enfermos con problemas gastrointestinales» explica, en declaraciones a ABC, Joan Parrés, miembro del grupo de recreación histórica «First Allied Airborne Catalunya» (especialistas en la 101ª División Aerotransportada y colaboradores en el proyecto fotográfico de Laureano Clavero).

Las órdenes de los «paracas»

Sin embargo, para cuando el sol desplegó sus rayos dando paso al 6 de junio (el momento en el que los barcos iniciaron la mayor invasión marítima de la historia) unos 23.000 hombres ya habían comenzado su ataque sobre Normandía. Estos aguerridos militares eran aquellos pertenecientes a las unidades aerotransportadas aliadas, y tenían unos objetivos determinantes para el éxito de los compañeros que iban a desembarcar en el norte de Francia: aterrizar tras las líneas de defensa germanas, tomar los puentes ubicados en retaguardia para evitar que los refuerzos nazis llegaran a las playas, neutralizar los cañones contrarios ubicados a varios kilómetros de la zona de desembarco, y -por descontado- acabar con cualquier enemigo que viesen en su camino.

Las unidades designadas para estas misiones fueron, por el lado americano, las Divisiones 82ª y 101ª (esta última, de reciente creación y entrenada específicamente para asaltar las playas de Normandía).

«El plan era que los paracaidistas de la 82ª cayeran a ambos lados del río Merderet para asegurar las localidades de Saint-Mére-Église. De este modo, habrían cortado la línea ferroviaria que conducía a Cherburgo. También debían conquistar varios puentes […] para que las fuerzas llegadas por mar avanzaran con rapidez. […] La 101ª, que saltaría más cerca de la playa de Utah, sería la encargada de ocupar las carreteras elevadas que conducían a ella a través de los pantanos inundados de agua, así como los puentes y una esclusa del río Douve», explica el historiador Antony Beevor en «El Día D».

«Un soldado escribió que varios de sus compañeros saltaron a tan baja altura que no pudieron abrir los paracaídas y se estrellaron haciendo un ruido similar al de calabazas estallando contra el suelo»

A su vez, la 101ª División recibió las órdenes de arrebatar a los alemanes Sainte-Mère-Eglise (ubicada en la retaguardia de la zona de desembarco Utah) y apoderarse posteriormente de la pequeña población de Carentan lo antes posible. La razón fue que el mando había establecido que, debido a su ubicación, este pueblecito sería el punto en el que se unirían las fuerzas norteamericanas tras asegurar Utah y Omaha. Todo ello para partir, posteriormente, hacia el interior de Europa.

En esta operación, tal y como explica el «Centro histórico paracaidista del Día D», participaron un total de 2.000 hombres. «El 1er y el 2º batallón del 506º Regimiento [de la 101ª], el 3er batallón del 502º y el 1er batallón del 401º Regimiento de Planeadores fueron designados para esta misión», explica la divulgadora histórica Susan Bryant en «Screaming Eagles». No obstante, también participarían en la batalla otras unidades (algunas del 501º).

Un salto desastroso

En la noche del 5 al 6 de junio de 1944, la 101ª División Aerotransportada fue llevada en volandas mediante aviones de transporte hasta la retaguardia de las líneas alemanas. Sus primeras horas en el aire fueron desesperantes, pues los pilotos de los aeroplanos tuvieron que enfrentarse al fuego de las baterías antiáereas germanas.

«En el Día D hubo cierto caos. Todo ocurrió porque los pilotos americanos de transporte siempre habían sido tratados como aviadores de segunda. Para ellos eran meros transportistas que no solían recibir entrenamiento para la batalla. Muchos entraron por primera vez en combate en el Desembarco de Normandía y se encontraron con un fuerte fuego de artillería que les iba derribando. Eso provocó que cometieran errores como dar la luz verde [permitir a los paracaidistas que saltaran] a velocidades muy altas y a alturas muy bajas. Un soldado escribió, por ejemplo, que varios de sus compañeros saltaron a tan baja altura que no pudieron abrir los paracaídas y se estrellaron haciendo un ruido similar al de calabazas estallando contra el suelo» explica, en declaraciones a ABC, Parrés.

El desconcierto hizo que una buena parte de los soldados fueran desperdigados por toda la cosa de Normandía sin ton ni son (no pocos a muchos kilómetros de las zonas que debían conquistar); perdieran una buena parte de su equipo en los saltos; y -en muchos casos- murieran antes siquiera de pisar tierra.

Aquel contratiempo provocó también que los «paracas» no pudieran reunirse en grandes fuerzas de combate con las que asaltar las posiciones alemanas. Por el contrario, los miembros de la 101ª (al igual que la 82ª) tuvieron que juntarse en pequeños grupos y atacar a los nazis como si fueran comandos.

Con todo, las baterías germanas también dieron lugar a momentos curiosos como los protagonizados por el capitán Francis Sampson, capellán de la 101ª. Este religioso cayó por error sobre una marisma y, con el ajetreo, perdió su misal bajo las aguas y el barro. ¿Cuál fue su reacción? Tal y como afirma Cornelius Ryan (presente en el Día D) en su obra «El día más largo», obviar el fuego enemigo y bucear «repetidamente buscando el saco que contenía sus objetos de culto».

Hacia Carentan

Más allá de los curiosos saltos que se produjeron durante el Día D, tras el desconcierto inicial (y después de organizarse en regimientos) los miembros de la 101ª se pusieron manos a la obra. Así fue como partieron desde Sainte-Marie-du-Mont (su principal lugar de aterrizaje) hasta el siguiente pueblo, Saint-Côme-du-Mont, ubicado a menos de 8 kilómetros de la posición.

«Tuvimos que meternos en el agua. Nos cubría hasta el pecho y llevábamos las armas pesadas con nosotros. Pero no teníamos más remedio que hacerlo así»

En aquella región los combates fueron sumamente cruentos debido como se explica en la obra «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944») al fuego de «armas de pequeño calibre, ametralladoras y a los disparos de los antitanques y cañones de 88 mm». A pesar de todo, los paracaidistas (entre los que se destacaron los miembros del 3er batallón del 501º) lograron conseguir que los alemanes (la mayoría, también paracaidistas germanos a las órdenes del «Major» Von der Heydte) se retiraran hasta Carentan. Por entonces, el calendario marcaba ya el 8 de junio de 1944.

Así narró el mismo Heydte aquella huida hacia el pueblo: «Fue al segundo o tercer día cuando a todas las fuerzas que estábamos al norte de Carentan, […] se nos mandó retirarnos hacia el sur, ante el temor de que nos rodearan. Los americanos atacarían hacia el oeste y tal ataque podría colocarles al sur y detrás de mi. Por ello pensé que no tenía ningún sentido el permanecer en St. Cosme du Mont y que era preferible, en su lugar, defender Carentan. En mi opinión, ésta localidad era mucho más importante. ¿Pero como demonios podríamos llegar a Carentan? Todos los puentes habían sido volados. Por eso […] tuvimos que meternos en el agua. Nos cubría hasta el pecho y teníamos que llevar las armas pesadas con nosotros. Pero no teníamos más remedio que hacerlo así».

Las defensas de Carentan

Después de la pérdida de Saint-Côme-du-Mont, Carentan (enclave de vital importancia para los estadounidenses y -por ende- para los alemanes) acabó traba defendida por dos regimientos de paracaidistas alemanes. Los llamados Fallschirmjäger. Ambos al mando de Heydte. En principio (durante los años en los alemanes habían dominado Europa), unidades de élite entrenadas para llevar a cabo todo tipo de operaciones especiales.

«Formaban una tropa de élite basada en el alistamiento voluntario, la instrucción y el espíritu de cuerpo. Características todas ellas imprescindibles, puesto que las condiciones técnicas del salto de combate, en pequeños grupos, debían hacerlos capaces de poder tomar por sí mismos decisiones de gran importancia para la marcha de las operaciones», explican los divulgadores históricos Miguel del Rey y Carlos Canales en su obra «Fallschirmjäger» (editada por Edaf).

Sin embargo, durante el Día D las principales fuerzas de Heydte estaban formadas por soldados novatos pertenecientes al 6º Regimiento Paracaidista. «Para entonces, ni la formación de los paracaidistas era ya la adecuada para ser considerados auténticos Fallschirmjäger, ni la aviación alemana tenía posibilidades de lograr el control del espacio aéreo», añaden los expertos.

Además, las unidades habían quedado mermadas durante los combates en las regiones cercanas. «El 2º batallón llegó con bajas. Del 1º, aniquilado durante la retirada, solo pudieron regresar a Carentan 25 paracaidistas», determinan los españoles.

A pesar de ello, estos hombres tenían de su parte el número (eran 6.500 efectivos, según el «Centro Histórico Paracaidista») y la historia, pues los Fallschirmjäger habían participado a lo largo de la Segunda Guerra Mundial en batallas como la de Montecassino donde habían demostrado su destreza. Por si fuera poco, Heydte había recibido la orden del mismísimo Rommel (quien, a su vez, la había escuchado de los labios de Hitler) de resistir «hasta el último hombre» en Carentan.

Primer contacto

Poco después de hacer retroceder a las fuerzas alemanas hasta Carentan, la 101ª División Aerotransportada hizo los preparativos para asaltar la ciudad. Algo difícil, pues la situación del pueblo (construido sobre varios ríos) hacía que, prácticamente, solo se pudiese acceder a él mediante cuatro puentes construidos en línea.

Cole dirigió una carga a bayoneta contra la posición alemana de Carentan

De ellos, los primeros habían sido derrumbados. Y el último, por su parte, había sido bloqueado. «El 9 de junio, el Coronel Sink -del 506º- hizo un reconocimiento de las afueras de la ciudad. Un avión informó de que la ciudad había sido evacuada [de civiles] y que habían sido volados sus accesos», se determina en la obra «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944».

El ataque, a pesar de todo, se ordenó. Y la unidad encargada de llevarlo a cabo fue el 3er batallón del 502º regimiento de la 101ª División Aerotransportada. Este grupo, al mando del Coronel Cole. Cuando el reloj dio aproximadamente la media noche del día 9, una patrulla se dirigió en barco hasta el cuarto puente (el que daba acceso a las afueras de la ciudad) para ver en qué condiciones se encontraba. Para su desgracia, había sido bloqueado con un artilugio metálico (una «puerta belga»).

Ataque inicial

Tras informar de la situación en la que se hallaba el terreno, se estableció que se lanzaría el ataque esperado en la tarde del día 10. Un asalto que se llevaría a cabo con apoyo de artillería.

Gracias a una pasarela, los norteamericanos lograron superar los primeros puentes. No obstante, los alemanes, que de tontos no tenían ni un pelo de la «kartoffel», esperaron hasta que la línea de los «paracas» americanos estuvo sumamente extendida para disparar sus conocidas ametralladoras MG42 desde una casa de campo ubicada más allá del último puente.

Así fue como se desató el infierno y comenzó un tiroteo gigantesco que provocó que la 101ª viera su avance sumamente ralentizado. Para terminar el día, además, se unieron al combate dos aviones nazis. Algo sumamente extraño en aquellos días debido a que el dominio de los cielos era totalmente aliado.

A la carga

A las cuatro de la madrugada del 11 de junio, y tras lograr acabar con el obstáculo que impedía el paso por el puente número 4, se ordenó al 3er batallón del 502º tomar por las bravas aquella casa de campo infernal que daba acceso a la ciudad de Carentan. Cansado de tanto disparo para arriba, y ametralladora para abajo, Cole ordenó a sus hombres cargar con la bayoneta calada contra la dichosa posición.

Al las 6:15, Cole hizo sonar su silbato y dirigió el asalto. De los 250 hombres que deberían haberle seguido, tan solo 20 se levantaron para acompañarle. Aunque 50 más se unieron después. Al menos, así se afirma en «Utah Beach to Cherbourg, 6 – 27 June 1944»: «A pesar del desorden inicial, los hombres avanzaron hasta la casa de campo».

El combate siguiente, tanto en la casa como en las inmediaciones de la misma, fue brutal tanto para los Fallschirmjäger y para los hombres de la 101ª. Con todo, los norteamericanos lograron finalmente abrirse paso a base de cuchillos y granadas. Cuando el humo se disipó y los gritos cesaron, los estadounidenses habían logrado tomar la posición, pero las bajas habían sido tan sumamente brutales que Cole solicitó ser reforzado con otra unidad.

A partir de ese momento comenzó una nueva pesadilla para los americanos. Y es que, aunque habían logrado conquistar un enclave de suma importancia para acceder posteriormente al centro de Carentan, tuvieron que resistir una serie de sangrientas embestidas de los «paracas» nazis. «La lucha fue tan dura que […] entraron en el pueblo 700 hombres y la noche del 11 solo quedaban 132», destacan los autores españoles. En la tarde del día 11, los estadounidenses sometieron a los alemanes a un intenso fuego de artillería.

Mientras todo aquello sucedía, los hombres del 327º Regimiento de Infantería Aerotransportada (reforzados por el 1er batallón del 401º de Infantería Aerotransporada) avanzaron hacia el sur para tratar de entrar en Carentan. Terminaron el desplazamiento a última hora de la tarde y crearon un perímetro defensivo para atrapar a los paracaidistas enemigos en un movimiento de pinza cuando recibieran la orden de ataque.

Posteriormente fueron reforzados por más paracaidistas. Otro tanto hicieron los combatientes del 501º y el 506º. Los momentos finales se acercaban para los defensores de la ciudad. Los alrededores habían sido tomados y solo era cuestión de tiempo que las defensas flaqueasen.

La retirada alemana

Sin comida y con un gran número de bajas a sus espaldas, Heydte entendió que todo estaba perdido y ordenó la retirada. La fecha en la que se tomó esta decisión genera a día de hoy controversia. Así pues, Beevoor afirma que la marcha se sucedió el día 10; Canales y del Rey sentencian que fue el 11 y, finalmente, otras tantas fuentes hablan del 12.

«Heydte tenía escasez de municiones y no podía establecer contacto con el Cuartel General»

«Heydte tenía escasez de municiones y no podía establecer contacto con el Cuartel General […] así que ordenó al 6º regimiento paracaidista que se retirase. […] Su retirada debía ser protegida por una retaguardia, encargada de mantener a raya a los paracaidistas americanos la mañana siguiente», determina Beevor. Fuera como fuese, cuando los americanos iniciaron su asalto, apenas tuvieron que enfrentarse a 80 enemigos. Habían ganado la batalla de Carentan.

Por su parte, Heydte (cuya defensa le granjeó a sus hombres el apodo de «Los leones de Carentan») tuvo que enfrentarse a una vergüenza mayor que la de retirarse: la de ser denigrado por sus superiores. «Por la noche, mientras estaba realizándose la retirada, el Brigadeführer Ostendorff, al mando de la 17ª División de Granaderos Acorazados de las SS Götz von Berlichingen, apareció en el puesto de mando de Heydte, haciéndole saber que [la unidad] había pasado a sus órdenes. Debían conservar Carentan a toda costa. Heydte dijo que ya había ordenado la retirada, pues desconocía que la 17ª de las SS estaba de camino», añade Beevor. El oficial se quejó de no haber sido avisado, pero el alto mandó le reprochó haber huido.

¿Reconquista?

El 13 de junio, ávido de arrebatar Carentan a los paracaidistas americanos (y a sus pertinentes refuerzos) los alemanes recién llegados trataron de recuperar la ciudad. Pero poco pudieron hacer. Y es que, la aparición de la 2ª División Acorazada (formada principalmente por carros de combate Sherman), al mando del general de brigada Rose decantó la batalla del lado estadounidense.

Después de ello, los ojos se posaron en Heydte. «Aunque acusado de cobardía, Heydte se libró del consejo de guerra poruque acababa de ser condecorado con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble», añade Beevor.

Desde entonces, se reconoce a nivel internacional la valentía de los paracaidistas americanos en la toma de Carentan. Un coraje que no se concede a los alemanes defensores. Por ello, hace pocos años, uno de los germanos supervivientes al ataque (Jo Dahms) publicó un libro recordando que, a pesar de que defendían a Hitler, el valor militar de sus compañeros.

«Lejos de las escenas de espectacularidad de la invasión, el 6º Regimiento Paracaidista se batió día y noche, abandonados a su suerte y sin víveres, viviendo el más sangriento combate de su historia. Unido en la vida y la muerte a su comandante, fue la única unidad cuya intervención en la zona del Desembarco de Utah fue ininterrumpida. Pese a la superioridad en material y en número del enemigo, el avance de las tropas aliadas pudo ser momentáneamente detenido. La energía con la que el 6º Regimiento hizo frente a la potencia enemiga permitió retrasar el reagrupamiento [la unión] de los cuerpos de ejército de Utah y Omaha durante más de diez días».

Todo ello, según determina el alemán, a pesar de que las fuerzas enemigas eran entre cuatro y cinco veces superiores.

 

La NASA descubre siete grandes géiseres de agua en la luna Europa de Júpiter


ABC.es

  • Forma parte de ese pequeño grupo de lunas del Sistema Solar en las que podría haberse desarrollado la vida

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Desde que la NASA anunció hace unos días que se disponía a hacer un «sorprendente anuncio» sobre Europa, una de las lunas más esperanzadoras de Júpiter, la expectación no ha dejado de crecer. Europa, en efecto, forma parte de ese pequeño grupo de lunas del Sistema Solar en las que podría haberse desarrollado la vida. La corteza de Europa consiste en una gruesa capa de hielo de agua, bajo la que se cree que existe un gran océano subterráneo.

[Así han contado en ABC.es en directo el anuncio de la NASA]

La rueda de prensa se llevó a cabo para explicar los últimos hallazgos, obtenidos a partir de una serie de imágenes del Telescopio Espacial Hubble. Aunque para empezar, los investigadores, saliendo al paso de los rumores que han asaltado estos días internet, han explicado que el anuncio no tiene nada que ver con la detección de vida en Europa, aunque sí con sus océanos subterráneos. «Antes de poder enviar una misión a Europa -explicaron los científicos- pasará mucho tiempo. Por eso, para verlo ahora hemos recurrido al Hubble».

Nuevos géiseres de agua han sido descubiertos en Europa, nuevas evidencias de que bajo sus hielos se esconde un enorme océano global, similar al descubierto en Encélado, un satélite de Saturno que también está cubierto por una gruesa capa de hielo. El hallazgo fue hecho en el hemisferio sur del satélite joviano, y para descubrir los géiseres, que alcanzan hasta 200 km. de altura, hubo que llevar las capacidades de detección del Hubble hasta el límite. Las nuevas imágenes sugieren que los géiseres se producen durante su órbita alrededor del gigantesco Júpiter, al que, como nuestra Luna, está “anclado” gravitatoriamente, lo cual significa que siempre ofrece la misma cara al planeta. Siete géiseres han sido descubiertos en total.

La observación incrementa, según los investigadores, las posibilidades de que la NASA se decida a enviar pronto una misión específica para estudiar de cerca la enigmática luna joviana.

«El océano subterráneo de Europa está considerado como uno de los lugares más prometedores del Sistema Solar para albergar vida -afirmó Geoff Yolder, administrador asociado de la NASA-. Estos géiseres, si realmente están ahí, pueden proporcionarnos otra forma de obtener muestras del subsuelo de Europa».

Con sus cerca de 200 km. de altura, los chorros, presumiblemente, vuelven a depositar su contenido sobre la superficie del satélite en forma de lluvia. Se estima que el océano global subterráneo de Europa contiene más del doble de agua que la suma de todos los océanos terrestres. Pero toda esa agua está oculta y protegida por una capa de hielo extremadamente frío y duro y cuyo grosor se desconoce, aunque algunas investigaciones apuntan a que podría llegar a tener hasta 100 km. Por eso, los géiseres constituyen una posibilidad tentadora para obtener muestras del océano subterráneo sin necesidad de perforar la superficie.

El equipo de científicos, capitaneado por William Sparks, del Instituto de Ciencias del Telescopio Espacial (STScl) observó los géiseres «como largos dedos que se proyectaban al espacio» mientras la Luna pasaba frente al planeta gigante.

El propósito original de los investigadores era determinar las características de la atmósfera de Europa. Utilizando los mismos métodos que permiten detectar atmósferas alrededor de planetas alrededor de otras estrellas, el equipo se dio cuenta de que había vapor de agua procedente de la superficie.

«La atmósfera de un planeta extrasolar bloquea parte de la luz de la estrella que tiene detrás -explica Sparks-. Si existe una delgada atmósfera alrededor de Europa, ésta tendría el potencial de bloquear, del mismo modo, parte de la luz de Júpiter, y nosotros veríamos eso como una silueta».

En diez ocasiones diferentes a lo largo de 15 meses de trabajo, los investigadores observaron cómo Europa pasaba frente a Júpiter. Y pudieron ver los géiseres en plena actividad en tres de esas ocasiones. El trabajo constituye una nueva y sólida evidencia de la presencia de géiseres de agua en Europa. En 2012, otros científicos ya habían detectado evidencias de vapor de agua surgiendo de la superficie de la luna helada y alcanzando unos 160 km. de altura. Ahora, aunque utilizando un método diferente, los científicos de la NASA han reforzado esa conclusión. Sin embargo, para confirmar definitivamente el hallazgo se necesita más resolución de la que puede aportar el Hubble.

Si los resultados se confirman de forma definitiva, Europa se convertirá en la segunda luna del Sistema Solar con géiseres activos de vapor de agua. En 2005, en efecto, la sonda Cassini ya confirmó su existencia en la luna de Saturno Encélado.

En el futuro, los científicos podrán utilizar la visión infrarroja del nuevo telescopio espacial James Webb, que será lanzado e 2018, para confirmar esta «actividad de ventilación» en Europa. Al mismo tiempo, la NASA planea ya una misión específica para confirmar la existencia de los géiseres y estudiarlos más de cerca. Aunque eso llevará más tiempo.

«Las capacidades únicas del Hubble para observar estos chorros -afirmó Paul Hertz, director de la división de Astrofísica de la NASA en Washington-, demuestra una vez más la habilidad del telescopio espacial para llevar a cabo observaciones para las que no había sido programado. Esta observación abre todo un mundo de posibilidades, y ahora no tenemos más remedio que esperar a que futuras misiones, y el telescopio espacial James Webb, aporten nuevos datos a este excitante descubrimiento».

El día que las Ventas homenajeó a Himmler


ABC.es

  • El jefe de las sangrientas SS de la Alemania nazi de Adolf Hitler llegó a la capital y visitó España tras la Guerra Civil
 Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid - ABC

Llegada del jefe de las SS, Heinrich Himmler, a la Estación del Norte en Madrid – ABC

El 21 de octubre de 1940, Heinrich Himmler, Reichsführer de la Schutzstaffel (SS) y uno de los principales líderes del Partido Nazi (NSDAP), aterrizaba en la Estación del Norte de Madrid después de su paso por San Sebastián, la primera ciudad que pisó española, Y Burgos. Para la ocasión, la estación vestía engalanada con tapices y banderas españolas y esvásticas del III Reich, y también las calles lucían las banderas de los dos países.

El Diario ABC conserva las publicaciones e imágenes en las que se informó de aquella visita de la posguerra; gracias a ellas, hoy es posible saber los detalles de la estancia del oficial nazi desde que pusiera pie en el país, a las 9 de la mañana de aquel domingo.

A la llegada de Himmler a Madrid, Ramón Serrano Suñer, entonces ministro de Asuntos Exteriores, fue quien recibió y condujo al Führer hasta el hotel Ritz, donde se hospedó durante sus días en la capital. En su recorrido, la Policía armada y formaciones de Falanje Española Tradicionalista y de las Jons le escoltaron al ritmo de música y desfile de las fuerzas, mientras miles de personas saludaban con el brazo en alto y vitoreaban a España y Alemania.

Tras su encuentro con el general Francisco Franco, que se prolongó hasta una hora en el Palacio de El Pardo, Himmler acudió a la Monumental de Las Ventas, la plaza de toros que esperaba al nazi con esvásticas, banderas españolas y un público eufórico ante su presencia. Se celebró una corrida en su honor –hubo rumores de que se mareó durante la misma–, seguida de ovaciones y brazos en alto; el mismo gesto que utilizaba el fürer para responder a los ciudadanos.

El alemán, junto a su séquito de las SS, conoció El Escorial y Toledo, donde visitó fortificaciones históricas como el Alcázar de Toledo, donde se libró una de las sangrientas batallas de la Guerra Civil Española, terminada un año antes de la visita del comandante nazi.

Sobre la visita de Himmler a Madrid, las fuerzas del régimen anunciaron oficialmente que se trataba de un «viaje turístico», mientras que historiadores aseguran que el objetivo era reunirse con el Caudillo para tratar temas de seguridad internacional.

Adiós a Rosetta, la exploradora del origen del mundo


ABC.es

  • El próximo 30 de septiembre finaliza un viaje de 10 años cuyo objetivo era llegar y tocar un cometa, por primera vez. La nave Rosetta se estrellará contra la roca que ha transformado lo que se sabe sobre los orígenes del Sistema Solar

En 1986 el cometa Halley iluminó el cielo. Durante un tiempo su cola blanca y azulada se convirtió en una cicatriz de luz en el fondo de estrellas, pero luego su viaje le sumergió en la oscuridad del espacio. La próxima vez que el Halley brille en el cielo, los hombres lo verán con una nueva mirada. Sabrán que los cometas son «criaturas» vivas, que cambian y se conmueven cuando el Sol abrasa su superficie, y que duermen cuando la oscuridad les envuelve. Sabrán que los cometas son también probablemente una de las chispas que encendieron el origen de la vida, puesto que transportan moléculas orgánicas, los ladrillos básicos de los seres vivientes. Y si sabrán todo esto, será en gran parte gracias a la misión Rosetta, la exploradora de los orígenes.

Rosetta es apenas una cajita metálica diseñada para flotar alrededor de un cometa, el llamado 67P/Churyumov Gerasimenko. Está repleta de instrumentos y sensores, y a sus lados dos grandes paneles solares la alargan hasta los 32 metros. En su interior llevaba a Philae, otra cajita que tenía la importante misión de aterrizar y tocar un cometa por primera vez en la historia del hombre. Después de un viaje de 10 años, de fatigas y aventuras, la misión de las dos acaba para siempre el próximo 30 de septiembre. Con su último aliento, Rosetta chocará contra el cometa que fue a explorar. Hasta el último momento, hará fotografías y tomará datos completamente nuevos para la ciencia.

«El cometa es como un cofre del tesoro guardado en una habitación oscura durante 5.500 millones de años. Y Rosetta es la llave que lo abrirá», explica a ABC Mark McCaughrean, asesor científico de la Agencia Espacial Europea (ESA), la artífice de la misión Rosetta. «Ese cofre guarda los restos que quedaron tras la formación del Sistema Solar, y que nos dicen cuáles fueron las materias primas con que se construyó».
En medio de un Sistema Solar loco y sujeto a constante cambio, donde los planetas se transforman y evolucionan y hay multitud de impactos, viajar hasta un cometa como el 67P/Churyumov Gerasimenko es como viajar al pasado. Desde hace más de 5.500 millones de años ha estado sumido en el frío del espacio. Así que hoy en día es una nevera donde se pueden encontrar los fósiles de los orígenes, una especie de Atapuerca del Sistema Solar.

«El proceso es parecido al de hacer una tarta. Tenemos la tarta, por ejemplo la Tierra, y tenemos la harina, los cometas. También tenemos la mantequilla, que son los asteroides, pero sabemos que no hay que añadir demasiada salsa de tabasco, porque queremos que la tarta sepa bien», añade McCaughrean. «Así que si miramos uno a uno los ingredientes, podemos entender de qué estamos hechos».

El auténtico aspecto de los cometas

Y es ahí donde Rosetta se forjó un nombre en la ciencia. Gracias a ella se descubrió de qué estaba hecho el cometa 67P/Churyumov Gerasimenko y qué papel pudieron tener sus «congéneres» en el origen de la Tierra y en el nacimiento de la vida. Dentro de los ingredientes de la tarta, se detectaron moléculas orgánicas que no se sabía que estuvieran en los cometas. También se encontró nitrógeno y oxígeno molecular por primera vez. Además, se descubrió que el agua helada que transporta este cometa no es como la de la Tierra, lo que tiene una consecuencia inmediata: no fueron los cometas sino los impactos de millones de asteroides los que trajeron el agua hasta el planeta, cuando la Tierra era apenas una gran roca fundida que se estaba enfriando.

Representación de la misión Rosetta, con la sonda orbitadora del mismo nombre al fondo, y el pequeño módulo de aterrizaje Philae, en el centro- ESA

Representación de la misión Rosetta, con la sonda orbitadora del mismo nombre al fondo, y el pequeño módulo de aterrizaje Philae, en el centro- ESA

«Rosetta ha conseguido resultados espectaculares. Hay tantos datos que harán falta años o décadas para poder procesarlos», opina Guillermo Muñoz Caro, astrofísico del Centro de Astrobiología (CAB-CSIC) y participante de la misión Rosetta. Es experto en las etapas más tempranas de la formación de los sistemas planetarios, en especial con relación a la aparición del agua, y destaca muchos de los hallazgos hechos por la misión: «Se detectaron moléculas complejas, se averiguó la composición del hielo, se hicieron mapas en alta resolución del cometa, se vio su morfología… Rosetta ha confirmado lo que antes solo se podía sospechar sobre los cometas primitivos».

Hoy se se sabe que, a pesar de las temibles dimensiones de 67P/Churyumov Gerasimenko, que mide casi cuatro por cuatro kilómetros, este cometa es en realidad una frágil roca de hielo ensuciado con polvo y repleta de pozos y poros. Eso la hace débil, en algunas zonas se podría desmenuzar con la mano, y tan ligera, que si el cometa se colocara en un océano flotaría mucho mejor que cualquier iceberg: la mitad del cometa sobresaldría del agua. También se comprobó con sorpresa que el cometa está formado por dos lóbulos, una cabeza y un cuerpo, que le hacen parecerse a un pato de goma. Y que su superficie está poblada por acantilados, pozos y llanuras.

A pesar de su fragilidad, este cometa es un «barco» capaz de surcar el espacio. Alrededor del núcleo del cometa se forma una coma, una capa de polvo y rocas, que actúa como un escudo frente al viento solar. Cuando se acerca al Sol, la coma aumenta su tamaño, y la poderosa radiación solar produce una cola luminosa, de millones de kilómetros.

Navegar entre explosiones

Precisamente es en este momento en el que el cometa se acerca al Sol cuando Rosetta ha tenido más problemas para explorar al cometa y a la vez ha sacado conclusiones más interesantes. La radiación de la estrella es tan intensa y abrasadora, que el hielo comienza a convertirse en gas de forma explosiva. Este bombardeo libera al espacio polvo y rocas de varios metros de longitud y las partículas desorientan los sistemas de navegación de la nave.

Laurence O´Rourke, ingeniero de operaciones de la misión, conoce muy bien este problema. Fue el primero en controlar a la nave desde la tierra, allá por 2004, y el principal ingeniero de los sistemas de la pequeña sonda Philae, que aterrizó en el cometa. «La misión ha sido todo un reto. Hubo que volar muy cerca de la superficie, aun cuando libera gas y sufre explosiones. Hemos aprendido mucho pero también ha sido muy estresante».

La sonda Rosetta tuvo que ajustarse a la gravedad del cometa, y adaptarse a su órbita en forma de «spaguetti» trenzado. Se colocó a distancia de cientos o decenas de kilómetros, y sobrevoló la zona «terminator», la franja que separa el día y la noche en el cometa (en sus días de un poco más de 12 horas), para evitar las explosiones que el Sol provoca.

Desde el comienzo, su viaje no fue sencillo. El lanzamiento se produjo en marzo de 2004, y fue aplazado después del accidente de un cohete. Esto hizo que Rosetta cambiara su objetivo, que inicialmente iba a ser un cometa de apenas 500 metros llamado 46P/Wirtanen. La nave viajó alimentándose de sus paneles solares e impulsándose con la gravedad de la Tierra y Marte. Después de pasar por los alrededores de dos asteroides, Stern y Lutecia, durmió durante dos años y siete meses.

Y Philae rebotó

Al poco tiempo de despertar ya comenzó a sorprender a los científicos con los nuevos datos sobre el cometa. Pero el momento cumbre ocurrió el 12 de noviembre de 2014, cuando el módulo de aterrizaje Philae se desenganchó de la nave en dirección al cometa. Después de siete horas, los científicos recibieron una noticia como un jarro de agua fría. En vez de aterrizar y adherirse al cometa, Philae salió rebotada y cayó kilómetros más allá. «Fue muy emocionante. Es verdad que los arpones no se activaron y que la nave no se enganchó a la superficie, pero incluso con ese fallo, pudimos hacer mucha ciencia», recuerda O´Rourke. Así, durante las 72 horas que Philae estuvo activa, sus instrumentos se adaptaron como pudieron a las circunstancias y hablaron de lo que veían.

Pero todo llega a su fin. El cometa 67P/Churyumov Gerasimenko se aleja día a día del Sol, y no volverá hasta dentro de casi seis años. Así que, tal como explica O´Rourke, a medida que la nave se aleja del Sol los paneles solares van consiguiendo menos energía. Esto acabaría por convertirse en una especie de enfermedad terminal de Rosetta: Primero sería incapaz de usar sus instrumentos,luego no podría maniobrar, por último ni siquiera podría calentar su interior, y los circuitos dormirían para siempre en el frío del espacio.

La nave ya ha empujado más allá los límites de la ciencia del espacio. Ha sido la primera en llegar y en tocar un cometa, y ha demostrado que Europa puede ir a la vanguardia. España ha jugado un importante papel en este esfuerzo, y su colaboración ha permitido procesar gran cantidad de datos, por ejemplo relacionados con la presencia de moléculas orgánicas. Pasará mucho tiempo hasta que se vuelva a tocar un cometa, pero dos misiones, la Hayabusa II, de la JAXA, y la OSIRIS-Rex, de la NASA, estudiarán en los próximos años la receta del Sistema Solar explorando dos asteroides.

Último acto

Rosetta aún se guarda un as en la manga. Con sus últimas reservas de energía, desciende hacia el cometa 67P/Chyurumov Gerasimenko. Ahora está suspendida a unos 20 kilómetros de altura, y a partir del 29 sus cohetes la acercarán hasta su destino final. Sus cámaras y sus sensores rastrearán la región Ma´at, una zona poblada por pozos por los que salen gases y se puede ver la estructura interna del cometa. Ninguna imagen ni medición igualará el nivel de detalle de esta última misión. Después, Rosetta chocará y quedará destruida.

La normativa impide que una nave muerta ocupe la limitada y valiosa banda de radiofrecuencias, así que está programada para apagar todos sus sistemas. Cuando choque, sus antenas y sus paneles solares se romperán. «Enviará datos hasta el último segundo, y de repente, hecho», afirma el ingeniero Laurence O´Rourke. Entonces llegará sus descanso. Rosetta dormirá durante miles de años a pocos kilómetros de la pequeña Philae, la primera máquina humana en tocar un cometa.