ABC.es

  • Isabel de Portugal, segunda esposa de Juan II de Castilla, fue una mujer astuta e inteligente que impresionó a la corte castellana. Sin embargo, en términos de la leyenda, el remordimiento por provocar la caída de Álvaro de Luna le causó un proceso de demencia
 La demencia de Isabel de Portugal. Cuadro atribuido al pintor barcelonés Pelegrín Clav - Wikimedia

La demencia de Isabel de Portugal. Cuadro atribuido al pintor barcelonés Pelegrín Clav – Wikimedia

Frente al comportamiento de su hija Juana «La Loca», Isabel sintió probablemente cierto remordimiento por haberle dado unos genes así. Sus extravagancias le resultaban demasiado familiares. La locura había consumido a su madre en Arévalo en unas circunstancias parecidas. Se intuía que la memoria de la loca de Arévalo se reencarnaba en la loca de Tordesillas. Abuela y nieta.

Isabel de Portugal, segunda esposa de Juan II de Castilla, fue una mujer astuta e inteligente que impresionó a la corte castellana. Jorge Manrique menciona que tenía buen «seso» para su edad. Pero ¿cuándo se dispersó ese «seso»? La versión oficial apunta a la ausencia de su marido, muerto en 1454, como el origen de su juicio extraviado. O al menos como el detonante de un desequilibrio que venía gestándose desde hace años.

La «felonía del baúl» y los celos

Las similitudes entre la enfermedad de Juana y la de su abuela Isabel son claras. Ambas padecían celos irracionales tan extremos como para poner en riesgo la integridad de otras personas. En una ocasión, Isabel puso sus sospechas sobre Beatriz De Silva, una doncella portuguesa que la acompañó en su andadura por Castilla. Se cuenta que la reina, consumida por estos celos, encerró durante tres días a la dama portuguesa en un baúl en los sótanos de palacio sin apenas espacio, luz, alimento y agua.

La conocida como «felonía del baúl» se salvó de acabar en tragedia cuando Beatriz fue liberada por un pariente, uno de sus tíos, quien haría todo tipo de averiguaciones sobre su paradero hasta encontrarla con vida. Otra versión más mística asegura que a la joven se le apareció la Virgen María y le comunicó que sería liberada, confiándole la fundación de una orden consagrada al culto de la Inmaculada Concepción. Y sí, San Beatriz fundó años después la Orden de la Inmaculada Concepción.

Pero no solo de celos hacia mujeres vivía la locura de Isabel. La portuguesa se enfrentó a la perversa relación que unió a su esposo, Juan II, con Álvaro de Luna. El valido del Rey fue la figura central de la Castilla de su época y quien moldeaba la voluntad del sugestionable monarca. Juntos combatieron a los nobles revoltosos, protegieron la cultura y frustraron las ambiciones aragonesas y navarras sobre las tierras castellanas. A cambio, Luna acumuló títulos y mercedes: desde Condestable de Castilla a Gran Maestre de la Orden de Santiago, entre otros, sin que la generosidad del Rey pareciera conocer fin con este bastardo (literalmente, era hijo ilegítimo).

La relación entre el Rey Juan II y Álvaro de Luna alcanzó tal cercanía que no han faltado las sospechas sobre la probable homosexualidad o bisexualidad de ambos. El vínculo entre ambos se cimentaba en las diversiones y momentos de ocio que compartían. Un cronista presenta la estampa: «Ni de noche ni de día quería estar sin Don Álvaro de Luna, y lo aventajaba sobre los otros, y no quería que otro alguno lo vistiese ni tratase».

La caída en desgracia de Álvaro de Luna

Sea como fuere, la situación cambió cuando la segunda esposa del Rey, conocedora de sus intrigas y abusos, alejó de la confianza de Juan al favorito. Tras varios destierros, el distanciamiento definitivo solo fue posible tras el nacimiento de sus hijos, Alfonso y de Isabel, los cuales valieron para que la Reina aumentara la influencia sobre su marido. Así logró la caída de Luna, asistida por el hijo de Juan II, Enrique IV, quien tendría una relación parecida con su favorito cuando llegó al trono.

El Condestable fue ajusticiado en Valladolid, en el verano de 1453, acusado de usurpación del poder real y de apropiación de las rentas de la Corona. Aunque la verdad es que el motivo final daba un poco igual: el juicio terminó siendo una pantomima y la sentencia un texto cargado de reproches a los abusos políticos de Luna. De hecho, el proceso fue declarado ilegal cinco años después.

El que sí se despuntó como su rival y el de sus hijos fue el nuevo rey, Enrique IV, el fruto del primer matrimonio de Juan II

Juan II sobreviviría solo un año al hombre de su vida. En su lecho de muerte, consumido por los remordimientos ante lo ocurrido a su valido, el monarca reconoció que lo suyo no era reinar: «Naciera yo hijo de un labrador e fuera fraile del Abrojo, que no Rey de Castilla». Así y todo, la muerte del dúo dejó a Isabel de Portugal descompuesta y sin marido.

Puede que la reina emponzoñara la relación entre su marido y Álvaro de Luna, pero no parece tan claro que fuera la archienemiga del valido que algunos han querido dibujar. Cuando la reina decidió recluirse en Arévalo se acompañó de Gonzalo Chacón, la persona que más había defendido a Álvaro de Luna durante su proceso; y fue a él a quien encargó más tarde la custodia de sus dos hijos. Desde luego ese no es el comportamiento que cabría esperar de una adversaria acérrima de Luna.

El que sí se despuntó como su rival y el de sus hijos fue el nuevo Rey, Enrique IV, el fruto del primer matrimonio de Juan II. El nuevo soberano de Castilla se descubrió todavía más endeble que su padre. Perezoso, cambiante, vestido a todas horas con indumentaria morisca y dado al lujo, Enrique «El Impotente» era incapaz de imponer su autoridad sobre hombres con menos escrúpulos y talento que Álvaro de Luna. El doctor Gregorio Marañón le diagnosticó «displásico eunucoide con reacción acromegálica » (de ahí su impotencia), si bien otros autores han barajado que fuera homosexual o incluso esquizofrénico. La ausencia de una cabeza pensante y de justicia en Castilla durante su reinado provocaron el levantamiento de ejércitos privados por todo el territorio.

Enrique IV, el hijastro que la apartó

A la incapacidad para imponer su autoridad, Enrique debió sumar sus problemas para dar un heredero al reino. El castellano se casó en primera nupcias con la infanta Blanca de Navarra, sin que lograra el efecto deseado ninguno de los remedios a su alcance, desde brebajes y pócimas con presuntos efectos vigorizantes hasta la búsqueda del cuerno de un unicornio en África. En 1453, un obispo declaró nulo el matrimonio a causa de «la impotencia sexual perpetua», que un maleficio había provocado en el castellano, dando paso así al segundo matrimonio. En este contexto de incertidumbre, Isabel y sus dos hijos entraron de golpe en un juego de tronos donde habían evitado participar hasta entonces.

Durante cuatro décadas, Arévalo fue una suerte de prisión voluntaria que agudizó la depresión de la reina viuda. Las crónicas tradicionales la presentan enajenada y vagando por los pasillos del castillo, atormentada por el remordimiento, gritando enloquecida la archiconocida frase: «¡Don Álvaro, Don Álvaro!». Su estado empeoró con la marcha de sus dos hijos a Segovia, donde Enrique IV «El Impotente» tenía establecida su corte. El Rey ordenó traer a sus hermanastros, de modo que ningún noble pudiera emplearlos contra él.

Lejos de lo que había imaginado, el nacimiento al fin de una heredera, en 1462, despertó más suspicacias. La niña nacida fue considerada como el fruto de una relación extraconyugal de su segunda esposa, Juana de Portugal, con Beltrán de la Cueva, el favorito del Rey. Lo peor es que los rumores contaban que el Rey no solo estaba enterado del asunto, sino que supuestamente lo había incentivado para acallar por fin las acusaciones sobre su impotencia. Se le acusó también de mantener relaciones con el propio Beltrán.

Hoy se sabe, sin embargo, que probablemente unos médicos judíos facilitaron una precaria fecundación in vitro al Rey. Según especifica en sus textos Hieronymus Münzer, «fabricaron una cánula (caña) de oro que introdujeron en la vulva de la reina. Que intentaron después que a través de su luz el semen del rey penetrara en la vagina de su esposa pero que éste no pudo y que hubo que recurrir a otros métodos para recoger el semen».

Incluso el monarca vaciló en varias ocasiones sobre los derechos de su hija, llamada con ironía «La Beltraneja». Aquellas dudas aumentaron los partidarios de coronar a Alfonso heredero de su hermanastro. El desafío de la nobleza se escenificó públicamente, el 5 de junio de 1465, en un cadalso de madera fuera del recinto amurallado de Ávila. Allí se sentó en un falso trono a un muñeco, relleno de paja y lana, como si se tratara de Enrique. A continuación, los partidarios de Alfonso, de 11 años, leyeron una serie de agravios contra el Rey de Castilla: impotente, homosexual, cornudo, corrupto y amigo de los moros. Tras los insultos, los nobles congregados en Ávila despojaron al pelele de Enrique las distinciones regias y pisotearon el muñeco al grito de «¡A tierra puto!».

La tragedia de su hijo Alfonso

Alfonso «El Inocente» fue proclamado Rey en Ávila, dividiendo a la nobleza en dos bandos durante tres años. La grave situación creada por la Farsa de Ávila, mucho más cruenta si cabe que los sucesos del reinado de Juan II, se mantuvo vigente, entre treguas y enfrentamientos, hasta la celebración de la segunda batalla de Olmedo (1467) y la muerte del Rey Alfonso (1468), supuestamente envenenado. El joven enfermó tras comer trucha en una posada del pueblo de Cardeñosa (Ávila) y murió pocos días después. Los síntomas registrados, además de las fiebres, fueron la pérdida del habla y la conciencia e insensibilidad al dolor.

Para quienes no creyeron que había muerto por la peste, su hermana Isabel se situó entre los posibles envenenadores del joven

Para quienes no creyeron que había muerto por la peste, su hermana Isabel se situó entre los posibles envenenadores del joven, así como Juan Pacheco, el hacedor de reyes, que en la fatídica cena siguió comiendo con «gran aparato» mientras el resto de los que rodeaban al rey quedaban desolados. No obstante, Pacheco había obtenido a cambio de entronizar a Alfonso la titularidad del Maestrazgo de Santiago, que, en caso de una reconciliación entre hermanos, volvería a manos del joven. Su repentina muerte le resultó muy provechosa.

Al parecer fue la muerte de Alfonso lo que destrozó del todo la mente de la atormentada de Arévalo. Se enlutó de cuerpo y alma. La depresión de la viuda de Juan II evolucionó con la muerte de su hijo pequeño en demencia. O al menos eso hay que suponer de las escasas fuentes disponibles.

Y a pesar de esas turbulencias, Isabel viviría una alegría bien regia antes de su fallecimiento: el encumbramiento de su hija como Reina de Castilla tras la muerte de Enrique, imponiéndose a las reclamaciones de Juana «La Beltraneja». Ya como reina se sabe que Isabel «La Católica» llevó consigo a su hija Juana en varias de las visitas que realizó a su madre. Se antojaba imposible que esa niña lo supiera entonces, pero algún día acabaría en un estado parecido. Murió en agosto de 1496, ya anciana, y fue enterrada en Arévalo.

Anuncios