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  • La joven era dada a jugar desnuda en lugares públicos, así como en general a escandalizar a los aristócratas y al servicio. Eructaba y lanzaba ventosidades sin disimulo alguno

 

 Retrato de Luisa Isabel de Orleans, por Jean Ranc - Wikimedia

Retrato de Luisa Isabel de Orleans, por Jean Ranc – Wikimedia

La locura forzó la abdicación de Felipe V a favor de su hijo mayor, Luis, en 1724. El Rey tomó aquella decisión porque veía que los estragos de su enfermedad no le permitían seguir en el trono o, tal vez, porque el Monarca albergaba la ambición de reinar en Francia si fallecía prematuramente su hermano Luis XV. La locura nunca estuvo reñida con la ambición. Tras renunciar a la corona, los Reyes se retiraron al Palacio Real de La Granja de San Ildefonso, donde recibieron en al menos una ocasión la visita del nuevo soberano y de su esposa, la inestable Luisa Isabel de Orleans. La joven se dedicó a corretear por los jardines con un camisón transparente, lo que casi provocó un síncope en el melancólico Felipe V. La Reina Isabel sentenció resignada, como si de un electrodoméstico estuviera hablando: «Hemos hecho una terrible adquisición».

Luisa Isabel apenas recibió educación, siendo el único interés de sus padres el que casara lo más pronto posible

Isabel de Farnesio estuvo siempre perfectamente informada de lo que sucedía en la Corte de Madrid en los siete meses que reinó su hijastro. Sabía, por supuesto, de los desequilibrios de su nuera. Lo sabía desde su «adquisición», a la que se había motrado en contra. Luisa Isabel de Orleans y Borbón nació el 9 de diciembre de 1709 en el Palacio de Versalles, siendo hija del Duque de Orleans. El poco interés del duque en sus hijos, sobre todo en los de sexo femenino, provocó en ellos comportamientos extremos y disolutos en su edad adulta.

Luisa Isabel apenas recibió educación, siendo el único interés de sus padres el que se casara lo más pronto posible. De hecho se dice que la decepción de la familia porque no fuera un varón provocó que ni siquiera recibiera nombre ni fuera bautizada. La niña se crió en un convento cercano a París hasta que fue reclamada para casarse con el heredero a la Corona española.

Luis I no comprende la conducta de su mujer

El 9 de febrero de 1724 Luis I fue proclamado Rey, cuatro semanas después de la renuncia de Felipe V a la Corona. Una vez en el trono, Luisa Isabel desplegó un comportamiento extravagante, que ya se le intuía a su llegada a España pero nadie imaginaba tan marcado. El embajador inglés Stanphone se alarmó ante las acciones de la joven: «No hay nada que justifique la conducta inconveniente de la Reina. A sus extravagancias, como jugar desnuda en los jardines de palacio; a su pereza, desaseo y afición al mosto; a sus demostraciones de ignorar al joven monarca, responde el alejamiento cada vez más patente de Luis hacia ella».

Luis no podía comprender qué es lo que le ocurría a su esposa, si bien la ciencia ha catalogado su conducta como la propia de un trastorno límite de la personalidad, que se caracteriza primariamente por la inestabilidad emocional, el pensamiento extremadamente polarizado y dicotómico y relaciones interpersonales caóticas.

En otra anécdota picante acontecida en los jardines, la Reina se encaramó ligera de ropa en lo alto de una escalera de mano que apoyaba sobre el tronco de un manzano. El Mariscal Tessé relató en un informe para el Rey de Francia la escena que se encontraron los mayordomos al intentar bajar a la Reina de la escalera: «Estaba subida en lo alto de una escalera y nos mostraba su trasero, por no decir otra cosa. Creyó caerse y pidió ayuda; Magny [el mayordomo] la ayudó a bajar delante de todas las damas, pero, a menos de estar ciego, es evidente que vio lo que no buscaba ver y que ella tiene por costumbre mostrar libremente».

La joven era dada a jugar desnuda en lugares públicos, así como en general a escandalizar a los aristócratas y al servicio. Esto iba desde eructar, lanzar ventosidades en público, no probar bocado en las comidas oficiales (aunque luego en privado comiera con gula), a emborracharse en las situaciones más inesperadas y a descuidar su higiene personal.

El colmo: limpiar los cristales desnuda

La actitud de su esposa llevó a Luis I a buscar consuelo en numerosas correrías nocturnas por Madrid y en la caza; y, en última instancia, a ordenar el encierro de la joven en Palacio. Cómo relata Alejandra Vallejo-Nágera en «Locos de la Historia» (La Esfera de los Libros, 2006), el hartazgo tuvo lugar tras una recepción pública en la que la soberana se desnudó y empleó su vestido para limpiar los cristales del salón. «No veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento», escribió el joven Rey a su padre.

«No veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento»

Parece ser que el encierro de casi dos semanas hizo recapacitar a la joven, que envió varias cartas a Luis pidiéndole perdón. Su arrepentimiento quedó patente cuando el Rey cayó enfermo de viruela, a mediados de agosto. La joven permaneció a su lado durante los diez días de agonía. De hecho se contagió de la misma enfermedad, aunque ella sí consiguió sobrevivir. El 31 de agosto de 1724, fallecía Luis apenas seis meses después de su nombramiento como Rey de España y sin dejar herederos. Es más, hubo quien dijo que ni siquiera consumó el matrimonio con Luisa Isabel.

El efímero reinado devolvió la Corona a su padre, Felipe V, que, en contra de lo que decían las condiciones de su abdicación, asumió el trono. Si bien su locura iría en aumento en los siguientes años, fue Isabel de Farnesio quien se hizo realmente cargo de las responsabilidades de la Corona.

Mientras «El Rey Loco» regresaba a Madrid, Isabel de Farnesio, concluyó que en esa Corte no había hueco para más desequilibrados y envió de vuelta a Francia a la Rena viuda. Lo hizo así, además, como respuesta recíproca a la devolución de la la prometida española (María Ana Victoria) del heredero francés. En los siguientes años, Luisa Isabel se estableció en el Palacio de Luxemburgo con la escasa pensión que le asignó la Corona española. Pero al saber que la joven retornó su vida disoluta, España retiró la pensión y la forzó a pasar unos meses en el convento en el que había avanzado su infancia. Finalmente falleció en París el 16 de junio de 1742.

 

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