El Cristo de las Batallas, que no fue a ninguna


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  • Esta imagen del nazareno del s.XV habría acompañado a los Reyes Católicos en la Reconquista, según la tradición. Un historiador abulense lo cuestiona

 

 El Cristo de las Batallas se conserva en el convento de Mosén Rubí de Ávila - HERMANDAD DEL CRISTO DE LAS BATALLAS

El Cristo de las Batallas se conserva en el convento de Mosén Rubí de Ávila – HERMANDAD DEL CRISTO DE LAS BATALLAS

A las dos de la madrugada del Jueves Santo y en sobrecogedor silencio, el Cristo de las Batallas sale del convento de Mosén Rubí para recorrer las calles de Ávila a la luz de las antorchas. No hay una imagen que se asemeje a este misterioso Cristo nazareno, de apenas 50 centímetros de altura, que según la tradición habría acompañado a los Reyes Católicos en cuantas batallas libraron. De ahí su nombre.

La leyenda y los milagros que de él se cuentan habrían comenzado en una campaña de Isabel y Fernando, en la que «invocando como suelen los españoles al Apóstol Santiago, respondió el Santo Christo que no era necesario estando él allí y en señal de esto le quedó la voca abierta y se le ben los dientes, lengua y el cielo de la voca (sic)», según recoge un escrito que se conserva en el convento de las madres dominicas que custodia el Cristo de las Batallas desde 1866.

A la capilla de Mosén Rubí de Bracamonte lo llevaron las monjas cuando se trasladaron desde el Convento de Santa Cruz de la Magdalena, en Aldeanueva de Santa Cruz. Las crónicas del cenobio, escritas a partir del siglo XVII, indican que «entre las mercedes que los Reyes Cathólicos hicieron a esta venerable mujer (sor María de Santo Domingo, primera priora del convento) la más principal fue darla el Santo Christo que este convento tiene en tanta veneración y estima por los muchos milagros que a obrado y obra (sic)».

Sin embargo, la primera referencia documental del Cristo, en el manuscrito «Grandeça, antiguedad y nobleça del Barco de Ávila y su origen» de Luis Álvarez (inicios del s.XVII), nada dice de los Reyes Católicos cuando se refiere al «sanctissimo Cristo (…) tan milagroso que vienen de infinitas partes en rromeria», al que le faltaban tres dedos de la mano derecha.

David Sánchez estudió minuciosamente el Cristo de las Batallas y su historia, como trabajo final del Master de Estudios Avanzados en Historia del Arte que realizó en la Universidad de Salamanca. «Es complicado que estuviera relacionado con la reina Isabel, por incompatibilidad de fechas», afirma. Isabel la Católica falleció en 1504, antes de la construcción del convento.

Fernando el Católico sí conoció personalmente a Sor María de Santo Domingo en Burgos, en el invierno de 1508. La primera priora, llamada «Beata de Piedrahíta», inició un proceso de renovación dominica que la enemistó con la jerarquía de la Orden. Sánchez relata que sufría visiones místicas y que su actuación al margen de la regla le acarreó hasta cuatro procesos de la Inquisición que se resolvieron favorablemente gracias a la intervención del rey Fernando el Católico, el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros y de don Fadrique Álvarez de Toledo y Quiñones, II duque de Alba, promotor del convento.

«Existe un privilegio que podemos vincular directamente con la relación que existió entre sor María y Fernando de Aragón, una limosna vitalicia otorgada por el rey Católico de cien ducados anuales destinados al cenobio», un pago que se mantuvo hasta el reinado de Fernando VII.

¿Donó Fernando de Aragón a sor María el Cristo de las Batallas? «Es posible», responde Sánchez.

Una pieza única del Quattrocento

El origen italiano de la pieza podría respaldar esta hipótesis. Desde el punto de vista artístico, «es una pieza única en toda España», destaca Sánchez. Tanto por haber sido realizada en barro cocido (una técnica atípica en Castilla y en general en toda la Península), como por sus características estéticas, el historiador abulense vincula este pequeño busto con la escuela florentina de la segunda mitad del siglo XV.

Sánchez tiene «dudas muy serias» de que perteneciera al taller de Lucca Della Robbia, como conjeturó el sacerdote Juan Manuel Aranda tras restaurar la pieza en 1996. «Aunque existen muchas similitudes en su apariencia formal, Lucca Della Robbia cubría el barro cocido con cerámica blanca y en el Cristo de las Batallas no hay ningún resto que lleve a pensar en que hubiera estado revestida», argumenta.

Por sus dimensiones y detalles como la hendidura que tiene la escultura en la parte de atrás de la cabeza para ser transportada, el Cristo de las Batallas habría sido concebida como una pieza devocional para un oratorio privado. ¿De quién? ¿A quién perteneció?

«La aceptación de los modelos renacentistas fue especialmente notable en Fernando durante la última etapa de su vida, tras la muerte de Isabel y su matrimonio con Germana de Foix, cuando se rodeó de algunos personajes de inclinación humanística y proclives a la promoción del arte italiano», explica Sánchez, que recuerda además la estancia de Fernando de Aragón en Nápoles en 1507, donde pudo recibir regalos y adquirir algunas piezas.

El contacto de Sor María con distinguidos miembros de la nobleza, como el cardenal Cisneros o el duque de Alba, también habría permitido que llegaran al convento de Aldeanueva obsequios suyos. Además otro de sus benefactores, el padre Juan de Azcona, peregrinó a Roma y según los documentos de Mosén Rubí trajo presentes a las dominicas, como una reliquia de Santa Catalina de Siena.

«La escultura llegó al convento en su época de mayor auge, entre los primeros años de su fundación y mediados del siglo XVI», sostiene el investigador del Cristo de las Batallas que si bien desmonta la leyenda, relaciona la figura «con personajes muy relevantes de la época».

Excombatientes de la Guerra Civil fundaron en 1952 la Hermandad del Cristo de las Batallas, dando a conocer esta imagen que llevan a hombros para evitar que el traqueteo por las empedradas calles deteriore la escultura. Así fue cómo esta histórica pieza se convirtió en paso procesional, pese a su pequeño tamaño. Hoy alterna con una talla moderna de 1963, más acorde para una procesión de Semana Santa aunque sin el valor histórico y el misterio de su antecesor.

 

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