El Mundo

Recreación de un 'Australopitecus', a la izquierda, y de un 'Homo erectus', a la derecha. EM

Recreación de un ‘Australopitecus’, a la izquierda, y de un ‘Homo erectus’, a la derecha. EM

Los primeros humanos, los primeros representantes del género Homo, empezaron a consumir carne hace alrededor de 2,6 millones de años en África, y esta fuente de alimentación fue un elemento clave en la evolución humana hasta la aparición de la agricultura. Después de ese momento, los homínidos primitivos desarrollaron industrias líticas y técnicas de cocinado que pudieron también tener un efecto sobre la morfología de la boca, la cara y la dentición de los primeros Homo. Pero, aunque se ha especulado mucho en el ámbito de la paleoantropología sobre esto, aún no se puede afirmar cuál fue el efecto de estos cambios en la alimentación sobre los humanos que comenzaban a conquistar el mundo desde África en aquel momento.

Hace alrededor de dos millones de años, los humanos evolucionaron hacia el desarrollo de cerebros y cuerpos de mayor tamaño. De una forma directa, esa transformación tuvo que ir de la mano de una mayor demanda energética, de la necesidad de una mayor ingesta de comida. Pero paradójicamente, mientras de estaba produciendo ese cambio hacia individuos de mayor tamaño y con cerebros más grandes, la dentición de esos primeros humanos se hacía cada vez más pequeña, sus músculos mandibulares más débiles y la mandíbulas y gargantas más afiladas y estrechas que las que tenían sus ancestros de géneros como Australopitecus, por ejemplo.

Ahora parece cada vez más claro que la introducción de la carne cruda en la dieta y el uso de herramientas líticas primitivas podrían explicar estos cambios evolutivos ocurridos en la dentición y en el aparato masticador de los primeros humanos, de los individuos ancestrales del género Homo.

Una investigación publicada en la revista Nature, revela que la carne y las herramientas, y no la posterior técnica de cocinar los alimentos con fuego, podrían haber permitido a los humanos primitivos desarrollar una maquinaria masticadora -mandíbulas y dientes- de menor tamaño, lo que podría haber tenido un efecto sobre otras funciones como la capacidad para hablar, la termorregulación o incluso cambios en el tamaño y la forma del cerebro.

Muchas científicos ya habían especulado antes con la posibilidad de que la incorporación de la carne a la dieta de aquellos primeros humanos, el uso de herramientas -para machacar o cortar pequeños trozos de carne- o el cocinado de los alimentos pudieran haber hecho posible esos cambios en la morfología de su aparato masticador. No obstante, los datos arqueológicos indican que los primeros Homono controlaron el fuego hasta hace cerca de un millón de años y no cocinaron los alimentos hasta hace unos 500.000 años.

Para tratar de despejar dudas sobre qué llevó a los primeros humanos a esos cambios morfológicos, los autores del trabajo -ambos de la Universidad de Harvard (EEUU)- diseñaron una serie de experimentos para reproducir los cambios que pudieron introducir en el masticado de alimentos la incorporación de la carne, el uso de herramientas y la cocina. Las pruebas consistieron en dar de comer carne cruda y otros alimentos vegetales ricos en almidón consumidos en el Paleolítico inferior como el boniato, la remolacha o la zanahoria a tres grupos de personas -34 individuos en total- divididos por edades para analizar la fuerza y el tiempo requeridos en la masticación de cada alimento antes de ser triturados y de poder ser tragados.

Las conclusiones no dejan espacio para la duda: Consumir una dieta compuesta en una tercera parte de carne y trocear o machacar los alimentos con ayuda de herramientas líticas podría haber reducido en un 17% el tiempo de masticado y en un 26% la fuerza requerida para procesar y poder tragar esa comida.

El tejido muscular es más denso desde un punto de vista calórico que la inmensa mayoría de los vegetales, pero es muy difícil de masticar con las muelas romas y con pocas crestas propias de los homínidos y grandes simios. “Los carnívoros, por el contrario, tienen molares afilados y dientes diseñados para cortar que les permiten masticar la carne cruda”, ha asegurado Katherine Zink, del Departamento de Biología Evolutiva Humana de Harvard y coautora del trabajo.

“La carne cruda en grandes pedazos es algo muy difícil de masticar. Puedes masticar y masticar y masticar… y no ocurre nada. Esto pasa porque es algo muy elástico y se necesita una dentición afilada, diseñada para cortar, para poder comerla de forma eficiente”, ha explicado Daniel Lieberman, autor del trabajo, en una teleconferencia de prensa. “Nuestra dentición no está preparada para eso, por eso los primeros humanos necesitaron la ayuda de las herramientas. Es algo que también le ocurre a otros grandes simios. En nuestro experimento vimos cómo un chimpancé adulto puede tardar 11 horas en consumir un pequeño mono de 4 kilos de peso, del tamaño de un gato, y aunque el cuerpo incluye huesos, cartílagos y otras estructuras difíciles de masticar, la mayor parte del tiempo se requiere para el consumo de carne cruda con una dentición poco afilada”, ha asegurado el investigador.

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