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  • Durante la batalla de Toro, el alférez real luso cogió la bandera de su soberano con la boca después de que un soldado fernandino le cortase sus dos extremidades superiores

 

 Almeida defiende el estandarte ante los fernandinos - Wikimedia

Almeida defiende el estandarte ante los fernandinos – Wikimedia

El Gran Capitán, Horatio Nelson… Todas las naciones necesitan héroes a los que recurrir cuando -en plena batalla- la situación se complica y toca tirar de valor para salir del atolladero a base de espada y arcabuz. Por ello es por lo que nació el mito de Duarte de Almeida, un alférez mayor portugués que, durante la batalla de Toro -en la que Fernando el Católico y Alfonso V dirimían el destino de la Península Ibérica-, terminó asiendo el estandarte de su monarca con la boca después de que varios soldados del ejército fernandino le cercenaran los brazos de raíz. Además de hacerle ganar un curioso mote (el «decepado» -el «cortado» en la lengua de nuestros vecinos-) su supuesta heroicidad le granjeó un espacio en los libros de Historia. Con todo, lo cierto es que su gesta (que se sucedió presuntamente el 1 de marzo de 1476) ha sido discutida durante 540 años por cronistas e historiadores. Unos expertos que no se ponen de acuerdo en datos tan básicos como si este heroico militar logró sobrevivir a la contienda y tener descendencia, o murió desangrado.

La historia de Almeida aparece recogida solo en las crónicas portuguesas, pero no en las castellanas ni aragonesas

Poco se sabe de la vida de los orígenes de Duarte. Se dice que su padre pudo ser el Conde de Abrantes, Lopo de Almeida, aunque se desconoce con seguridad. Lo mismo sucede con su fecha de nacimiento, la cual se empieza a ubicar desde el año 1400 en adelante. De hecho, apenas existen datos sobre él hasta que comienza su participación en la batalla de Toro. Lo más que se llega a obtener en relación a su persona son datos genéricos escritos, por ejemplo, por el editor Narciso Oliva en su «Diccionario histórico o biografía universal compendiada» (S. XVIII). En el mismo, el autor determina que nuestro protagonista «militó en los ejércitos de Alfonso V, rey de Portugal, donde se distinguió en varias ocasiones». No obstante, hubo que esperar hasta 1476 para lograr que su hazaña más valerosa (la última de su carrera de armas) empezase a ser narrada por los bardos. Para entonces, la situación por estos lares era totalmente irreconciliable. Y es que, se había iniciado una guerra tras la muerte del rey de Castilla –Enrique IV– para decidir quién sería su sucesor y se haría con un buen trozo de la región.

En un bando estaba Isabel, hermana del muerto y una vieja conocida en lo que a problemas dinásticos se refiere. A la vera de esta, además, se hallaba Fernando. Su esposo desde 1469 y fiel defensor del honor de su señora. En el otro bloque, por el contrario, se hablaba portugués, pues estaba formado por el monarca luso Alfonso V y su prometida, Juana la Beltraneja -la pequeña y presunta hija bastarda del fallecido Enrique-. Una pintoresca alianza esta que se cimentaba en el matrimonio entre el soberano y la niña (su sobrina y menos que una adolescente por entonces).

Decidido a presentar batalla, y tropa por aquí, tropa por allá, Alfonso reunió un gran ejército en febrero de 1476 en Toro -su base de operaciones-. Su plan era dirigirse desde allí a Zamora -donde se defendía a capa y espada el ejército de Fernando– y cercarla, algo que terminó haciendo a pesar del considerable frío. Al menos hasta el 1 de marzo, jornada en la que prefirió recoger su campamento y salir por piernas antes de que sus hombres fallecieran por hambre o enfermedades. Aprovechando que se retiró de forma sumamente caótica, el monarca aragonés salió de las murallas en su busca para arrasar su retaguardia. Los ejércitos se encontraron a una legua de Toro. La contienda por el destino de varios reinos, y a la larga de un país, iba a comenzar.

Un hombre de bandera

En el año del Señor –como se decía entonces- 1476, y más concretamente el 1 de marzo, los dos generales decidieron cruzar sus espadas. A eso del medio día Fernando, ansioso por hacer valer el derecho al trono de Isabel, formó tres grandes cuerpos de ejército. El primero –ubicado en el centro- estaba dirigido por él mismo y contaba con su guardia real y un considerable contingente de infantería. A su derecha tomaron posiciones hasta siete escuadrones, la mayoría de jinetes ligeros, al mando de varios militares de renombre entre los que destacaban Álvaro de Mendoza y Pedro de Ledesma. Para terminar, a su siniestra enarbolaban los estandartes tres grupos de caballeros pesados a cuyo frente se encontraban –entre otros tantos- el duque de Alba y el almirante de Castilla Alonso Enríquez. A día de hoy existe controversia a la hora de determinar el número exacto de hombres que componían este ejército, pero oscilan entre 3.000 peones y 2.000 caballos, hasta 5.000 infantes y 3.000 militares en jamelgo.

Alfonso no se quedaba corto en lo que respecta a soldados. Dicen los textos de Hernando del Pulgar (cronista de sus majestades los Reyes Católicos) que sus hombres formaron en tres grupos de ejército. El de su ala izquierda contaba con los hombres de su hijo, el infante Juan, quien podía presumir de dirigir hasta 800 caballeros pesados. En el ala derecha se ubicaron las tropas cristianas contrarias a Isabel y partidarias de la Beltraneja. Entre ellas destacaba la figura de Alfonso Carrillo, el Arzobispo de Toledo. En el cuerpo central del soberano portugués, aquel que tendría que soportar el peso de la contienda, preparaba sus armas nuestro protagonista, el alférez real Duarte de Almeida, acompañado de la guardia personal del soberano. El contingente contaba aproximadamente con unos 10.000 peones y 3.5000 jinetes, un número bastante superior a la fuerzas que llevaba Fernando a la batalla.

Aunque pueda parecer baladí, la labor de Almeida era sumamente importante en batalla pues, como alférez real, era el encargado de portar la bandera de su monarca en la lid y dar su vida para que no fuese robada. «Dábase antiguamente este nombre al general que llevaba el pendón o estandarte Real en las batallas en que se hallaba el Rey, y en su ausencia mandaba el ejército como general», explica Federico Moretti, mariscal de campo del ejército español en el S. XIX, en su obra «Diccionario militar español-francés».

Su cargo le imponía además una severa responsabilidad, pues perder una insignia de tal valor en plena lucha era una auténtica vergüenza desde tiempos inmemoriales. Así lo fue hasta bien entrado el S. XIX. «Perder la bandera o el estandarte era un […] desastre; a menudo se arrancaba la tela del poste para prevenir que el enemigo se apoderase de ella. […] Las insignias eran usadas como símbolos de victoria o derrota. […] Estos trozos de tela encarnizaban los objetivos de la lucha», explica el escritor Peter Englund en su obra «La batalla que conmocionó Europa: Poltava y el nacimiento del imperio ruso».

Puedes conocer en profundidad el despliegue y el desarrollo de esta batalla sigue el siguiente enlace: «Toro, la batalla en la que Fernando el Católico empezó a forjar España con sangre».

Comienza la batalla

Cuando cayó la noche, y bajo una intensa lluvia, comenzó la batalla. Los primeros soldados en cargar fueron del bando fernandino. Concretamente, del flanco izquierdo del esposo de Isabel salieron al galope 300 jinetes a las órdenes de Álvaro de Mendoza para tratar de romper las líneas lusas. Fueron recibidos con un vivo fuego de arcabucería y una amplia hilera de espadas y lanzas cargadas por 800 militares del infante Juan. La lid comenzó entre sablazos y hojas enastadas. Al poco, el mayor número de los defensores se hizo valer y los caballeros tuvieron que retirarse para salvar su vida. Rápidamente, el duque de Alba y el cardenal se posicionaron para cubrir su retirada. El primer encontronazo había teñido los campos peninsulares con la sangre de los soldados de Fernando, algo que embraveció a los partidarios de la Beltraneja y al Arzobispo de Toledo, que ordenó -por su parte- lanzarse contra el enemigo mientras este aún estaba desconcertado.

Como en ese flanco las cosas pintaban de un tono muy luso, Alfonso ordenó a sus cuatro contingentes centrales cargar contra el cuerpo principal del ejército enemigo, comandado por el mismísimo Fernando. Iba a comenzar la batalla para Almeida quien, a lomos de su caballo, el estandarte real en la mano izquierda y una espada en la derecha, se disponía a elevar a los cielos el nombre de la Beltraneja, una niña que apenas sí sabía atarse el vestido, pero que ya había sido prometida a un monarca y estaba provocando ríos de sangre desde Lisboa hasta Madrid. Al poco tiempo, ya andaban a mandoblazos ambos bandos. «Todos [estaban] revueltos unos con otros, sonaban los golpes de las armas y el estruendo del artillería e las voces; unos nombrando su apellido, otros gimiendo sus llagas e caldas, otros demandando ayuda, otros reprehendiendo los que veían negligentes en pelear, y esforzándolos que le peleasen. E porque entre los castellanos e portugueses había la vieja qüestion sobre la fuerza y el esfuerzo de las personas, cada uno por su parte se disponía a la muerte por alcanzar la victoria», explica del Pulgar en sus crónicas.

La leyenda del último defensor

En lo más cruento de la refriega, y viendo el empuje del bando fernandino, algunos investigadores como Mario Arellano García afirman que los portugueses decidieron dar media vuelta y salir por piernas para no irse al otro barrio de un espadazo. No era para menos pues -como se suele decir- «pintaban bastos» para los lusos debido a la bravura de las milicias y la guardia personal del futuro Fernando el Católico.

Fernando Denis -historiador del S. XIX- deja claro que es de la misma opinión en su obra «Historia de Portugal»: «Llevaba la bandera real Duarte de Almeida que, en lo más recio de la batalla, se vio abandonado por los suyos». Lo lógico hubiera sido salir corriendo con aquel poste entre las manos. Sin embargo, el alférez lo consideró indigno -además de sumamente dañino para la moral de los soldados-, por lo que le puso naso y se plantó en el campo de batalla decidido a no dar ni un paso atrás. Así lo transmite la tradición portuguesa. «Duarte, al ver ya el trágico desenlace, se quedó plantado en el lugar, luchando espada en mano y chorreándole la sangre de los castellanos por el codo del brazo con el que repartía los mandobles», determina, en este caso, Ricardo González Padierna en su obra «Toro».

En este punto es donde comienza la leyenda de la valentía de Almeida, engrandecida en palabras de varios historiadores por los escritores portugueses de la época. Dice la tradición lusa que los fernandinos se abalanzaron sobre el alférez deseosos de arrebatarle la enseña de su monarca. A la cabeza de estos iba un soldado enjuto llamado Pero Vaca de Sotomayor. Ávido de sangre, entró en combate singular con nuestro protagonista, que le plantó cara dándole de espadazos con su mano hábil y sosteniendo el pendón con la otra.

Así, hasta que su enemigo le cercenó de un cruel tajo su extremidad superior derecha. Dentro de la propia fábula existen incluso dos versiones, una que determina que se le arrancó de cuajo el brazo, y otra que sentencia que fue únicamente la mano. El cronista Rui de Pina (luso hasta la médula y contemporáneo de la época) es partidario de esta última idea. Fuera como fuese, en lo que coinciden todas las fábulas es que Almeida asió entonces el palo que sujetaba aquella bandera con la mano diestra tras soltar la espada. No estaba dispuesto a que su valiosa enseña tocase el suelo ni a que fuese robada por los contrarios.

Para su desgracia, los fernandinos volvieron a la carga y, con un nuevo y certero tajo, le cortaron el brazo con el que cogía ahora el estandarte (el derecho). Robar una bandera enemiga no era algo como para dejarlo pasar, y si había que hacer que se le desprendiesen hasta las piernas, así estaban decididos a hacerlo los vasallos de los futuros Reyes Católicos. Sin embargo, y para evitar que cayese al suelo, nuestro protagonista lo asió con lo único que le quedaba libre…

«Los castellanos pararon el ataque y, contraatacando a las órdenes del mismo Rey, cerraron a Duarte al que, en medio de la fiera lucha, le volvieron a cortar un brazo, esta vez el otro, pero el estandarte no cayó, Don Duarte de Almeida lo agarró con los dientes», determina Padierna. Rui de Pina narra así el suceso: «El valiente alférez mayor Duarte de Almeida se vio rodeado por el enemigo que intentaba apoderarse del estandarte, sufrió una cuchillada que le amputó la mano derecha, pasándose el Pendón a la mano izquierda que también le fue amputada, luego se sirvió de los dientes y de lo que le quedaba de los brazos». Al final, sin embargo, no pudo resistir más el acoso enemigo. «En tal estado siguió defendiendo todavía el estandarte. Herida de repetidas lanzas y cuchilladas no se apoderaron de la bandera solo después de que sus heridas le hubiesen derribado del caballo», añade, en este caso, Denis.

¿Cuál fue la verdad?

Tras la contienda -la cual acabó en tablas a pesar de que Fernando logró que se considerara una victoria de su ejército– fueron muchas las teorías que se vertieron sobre Duarte de Almedia y la defensa de la bandera real. La versión más extendida afirma que falleció en combate poco después de que le cercenaran los brazos o las piernas (algo que cree Fernando Fulgosio). Sin embargo, el cronista Antonio de Nebrija es partidario de que fue hecho prisionero -exactamente lo mismo que considera el historiador luso del S. XVII Antonio de Sousa de Macedo– y que vivió en Portugal sin más comida que echarse a la boca que aquella que le daban en limosna: «Duarte de Almeida escapó, y vivió después en Portugal, y por señas bien pobre, y sin manos».

De esta cruel teoría es también partidario Duarte Nunes de Leão (un cronista luso del S. XVI): «Por este hecho honroso, Duarte de Almeida no tuvo otra recompensa, según la costumbre del país donde los mayores servicios son los menos premiados, que el vivir más pobremente que antes de haber perdido las manos y de granjearse tan digna nombradía. Hacíase en Castilla tan sumo aprecio de él, que el rey Don Fernando había mandado colgar las armas de que le habían despojado en la capilla de los reyes de la catedral de Toledo, como un trofeo, y todavía están allí ahora. En Zamora, a donde fue llevado prisionero, los enemigos le honraron más que no le honraron después en su país sus conciudadanos».

Por otro lado, las crónicas castellanas y aragonesas hacen plantearse a los historiadores la posibilidad de que la última defensa del estandarte portugués no fuera más que una entera falsedad. Y es que, ninguno de ellos nombra un suceso de un valor tal en sus textos. Algo que solían hacer a pesar de que fuese el enemigo quien lo protagonizase. La descripción que más se acerca es la que afirma Alfonso de Palencia, un humanista del S. XV. Este, explica que Vaca de Sotomayor, un soldado de «corta estatura», logró acercarse hasta el portaestandarte de Alfonso y, tras un forcejeo, tirarle de su caballo y arrebatarle el paño. Sin embargo, también determina que no tuvo tiempo en ningún caso de andar demostrando su maestría con la espada cortando brazos o manos, pues los portugueses se arremolinaron para proteger la posición y tuvo que salir de allí como alma que lleva el diablo para no acabar ensartado. «La llegada de los [lusos] fue ocasión de que se empeñase terrible refriega. No pudo menos que escapar de la muchedumbre enemiga», determina.

 

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