La triste historia de dos amigos que acabó nombrando una calle de Madrid


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  • Gabino y Guillén, dos niños huérfanos de la Edad Media, llevaron su amistad más allá de la vida

 

 Cuadro de los los santos niños Justo y Pastor conducidos al martirio del pintor José del Castillo - ABC

Cuadro de los los santos niños Justo y Pastor conducidos al martirio del pintor José del Castillo – ABC

Gabino y Guillén no tuvieron una vida fácil. Cerca de la fuente de Leganitos, en los terrenos que hoy ocupa la Plaza de España, existía en tiempos de Enrique III de Castilla un par de haciendas fértiles ligadas a la historia de estos dos niños. En 1390 murió Aparicio Guillén, padre de Gabino. Durante el velatorio, el prior de San Martín descubrió que la familia había alquilado plañideros judíos. Una práctica común, pero prohibida desde hacía diez años, que dejó sin un diezmo de la herencia al huérfano. Su madre tuvo que recomprar las tierras para garantizar un futuro al pobre Gabino. Un tiempo después, éste se quedó huérfano definitivamente.

Justo al lado de sus tierras estaban las de otro huérfano, Guillén. Entablaron una amistad y comenzaron a compartir su desdicha, pero también todo cuanto poseían. Ayudaban a sus ancianos criados con los cultivos y las cosechas. «No había ni tuyo ni mío, lo producido era de ambos», recogió Antonio Capmany en 1883 en el libro Origen Histórico y Etimológico de las Calles de Madrid. Paseaban juntos y comían en la misma mesa.

En los días festivos acudían a misa a la primitiva capilla de San Justo y Pastor, hoy desaparecida. Gabino y Guillén admiraban la historia de los niños mártires que daban nombre al templo y pronto se ganaron el cariño del venerable Pedro, capellán de la ermita.

Una terrible tormenta

Cuando todo parecía sonreír a los dos amigos, una terrible tormenta acabó con el esplendor de sus huertas sobre la fuente de Leganitos. La nube descargó con tanta fuerza que destruyó los árboles de las haciendas. Los rayos fueron tan violentos que el destello de uno de ellos dejó ciego a un hortelano.

El capellán decidió entonces recoger a ambos niños y los matriculó en el colegio de la Doctrina, una institución parecida al posterior colegio de huérfanos de San Ildefonso –célebre por la Lotería de Navidad–. Mientras que los educaba, el venerable Pedro trató de reconstruir el paraíso de los pequeños Gabino y Guillén. Pero desgraciadamente, el primero de ellos murió en el colegio y no llegó a ver de nuevo sus preciadas huertas.

Guillén volvió a su casa ya sin su inseparable compañero. La melancolía le invadió hasta tal punto que dejó de trabajar las tierras que tanta satisfacción habían proporcionado a los dos amigos. Se refugió en la capilla de San Justo y San Pastor, donde pasaba las horas rezando por su compañero de aventuras. Allí consumió su vida poco a poco, meditabundo y triste, hasta que murió de «melancolía».

El capellán heredó las tierras y, en honor a los dos niños, llamó a la hacienda la de los «Dos Amigos». El nombre perduró hasta que los terrenos fueron urbanizados y la calle también homenajeó a Gabino y Guillén.

 

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