Cuatro siglos desde la ‘herejía’ de Galileo


El Mundo

Óleo anónimo que representa el juicio a Galileo ante el Santo Oficio. ERICH LESSING

Óleo anónimo que representa el juicio a Galileo ante el Santo Oficio. ERICH LESSING

Hace 400 años, la Inquisición Romana censuró la teoría copernicana que postulaba que la Tierra se movía alrededor del Sol. Fue un acontecimiento clave que en buena medida separó Europa en dos realidades diferentes, de manera análoga como había ocurrido un siglo antes con la reforma protestante. El 24 de febrero de 1616, la Inquisición Romana aprobó dos proposiciones que censuraban la teoría heliocéntrica desarrollada por Nicolás Copérnico a mediados del siglo XVI. Negaban la centralidad del Sol (implícitamente que la Tierra orbitaba alrededor de aquél) y calificaban esta creencia como herética y absurda desde el punto de vista filosófico. Al día siguiente amonestaron a Galileo Galilei, uno de los científicos más reputados del continente, y le conminaron a abandonar el sistema copernicano. ¿Por qué se llegó a este punto y qué significó realmente?

En 1543 Copérnico publicó, en su lecho de muerte De Revolutionibus Orbium Coelestium o Sobre el movimiento de las esferas celestiales, un texto muy técnico en el que se proponía que era la Tierra la que se movía alrededor del Sol (en realidad alrededor de un punto muy cercano a éste). Ello implicaba que las estrellas se encontraban increíblemente distantes y modificaba el sistema cosmológico geocentrista que había imperado desde hacía más de 2.000 años, basado en las teorías de Aristóteles.

Curiosamente, parte de la jerarquía católica recibió la obra de manera positiva, quizás porque el nuevo sistema facilitaba el cálculo de las posiciones del Sol, la Luna y los planetas, y representaba una ventaja a la hora de determinar el momento de la Pascua, que ocurre después de la primera Luna llena tras el paso del Sol por el equinoccio de primavera (el inicio de la estación). Sin embargo, inicialmente figuras prominentes del movimiento reformista mostraron un rechazo frontal a la rompedora visión del cosmos. En cualquier caso, la teoría heliocéntrica quedó restringida a los círculos académicos y su efecto fue bastante reducido.

Décadas después, y tras la invención del telescopio, Galileo publicó una pequeña obra que estaría llamada a revolucionar el panorama científico y filosófico: Sidereus Nuncius o Mensajero sideral. En él se anunciaba el descubrimiento de montañas en la Luna y de numerosas estrellas no visibles a simple vista, que conformaban ese camino de apariencia lechosa llamado la Vía Láctea. Pero sobre todo anunciaba la existencia de cuatro satélites que orbitaban alrededor de Júpiter, hecho que rompía una de las premisas esenciales del geocentrismo: que todos los cuerpos celestes giraban alrededor de nuestro planeta.

Para hacernos una idea del impacto que esta nueva ventana tuvo, basta pensar en la reciente detección de las ondas gravitatorias, que también nos abren una original puerta para analizar fenómenos invisibles hasta este momento. Existe una diferencia esencial: mientras que éstas fueron predichas de manera brillante por Albert Einstein, los nuevos fenómenos que Galileo vio por primera vez fueron inesperados y rompieron de manera definitiva con el pasado.

Johannes Kepler, otro de los grandes revolucionarios científicos de inicios del siglo XVII reaccionó con un notable entusiasmo ante estos descubrimientos: “Dadme las naves y adaptadme las velas al viento celeste; habrá gente que no tendrá miedo ni siquiera de cara a aquella inmensidad. Y para estos descendientes que ya dentro de muy poco se aventurarán por estos caminos preparemos, oh Galileo, yo una astronomía lunar y tú una joviana.”

Así, Kepler y Galileo, a pesar de sus distintas confesiones religiosos (uno protestante y el otro católico), encontraron un terreno común: la verdad científica. Sin embargo, la sorpresa que recorrió Europa a raíz de estos descubrimientos no estuvo exenta de polémicas y terminó por provocar un encontronazo con la intelligentsia y la jerarquía eclesiástica. Por ello la comisión de teólogos consultores de la Inquisición Romana censuró la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico y reafirmó la validez de la inmovilidad de la Tierra.

En realidad, el proceso fue algo más complicado. Comenzó el 19 de febrero con la propuesta de censura de una comisión de expertos, entre los cuales no había ningún astrónomo. Continuó con una reunión de la Congregación del Santo Oficio en la que se inició la amonestación a Galileo por orden del Papa Paulo V, realizada al día siguiente por el Cardenal Bellarmino (que también intervino en el proceso de Giordano Bruno, quien terminó en la hoguera), cuando se le prescribió que abandonase la opinión de que la Tierra se movía. El primero de marzo la Congregación del Índice prohibió una serie de libros relacionados con el heliocentrismo y su validez desde un punto de vista teológico, y se suspendió la obra de Copérnico hasta su «corrección».

Recordemos que la teoría heliocéntrica y el modelo matemático que la acompaña eran esenciales para calcular con precisión y sencillez los movimientos planetarios, y estaba relacionada con la reforma del calendario realizada en 1582, por lo que era extremadamente difícil prohibirla completamente. El decreto se publicaría el 5 de marzo.

Soslayando la amonestación, Galileo continuó con su lucha a favor del heliocentrismo con la publicación de Il saggiatore en 1623 y Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo nueve años después. Experto en la ironía, usaría su pluma de maneras despiadada contra sus oponentes y los defensores del geocentrismo, granjeándose multitud de enemigos en diversos estamentos. Este último ensayo le puso en colisión directa con la Inquisición a pesar de que el texto había recibido su imprimatur o permiso de impresión. En 1634, tras un verdadero juicio en el que no se siguió el procedimiento legal de la Inquisición y en el que fue amenazado con la tortura, fue obligado a abjurar de sus creencias, tal y como refleja la obra teatral de Bertolt Brecht que se representa estos días en el Centro Dramático Nacional de Madrid.

Gracias a influyentes amigos, sólo fue condenado a arresto domiciliario en su casa de Florencia, de donde únicamente le sería permitido salir en contadas ocasiones. Aunque Galileo no susurró mientras abjuraba Eppur si muove («Y sin embargo se mueve»), el movimiento de la Tierra se probaría experimentalmente en 1729 por James Bradley mediante un efecto conocido como «aberración de la luz». Aún así, la obra heliocéntrica de Copérnico permanecería en el índice romano de libros prohibidos, el infame Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum, hasta el año 1835. A pesar de la persecución, su lucha por la verdad continuó y cuatro años después publicó Discurso y demostración matemática, en torno a dos nuevas ciencias, en el que fundamentó la física mecánica y que fue coup de grâce que desarmó completamente la visión aristotélica.

Así, el proceso inicial contra el heliocentrismo abrió una brecha entre la jerarquía católica, que hasta ese momento había estado profundamente implicada en la divulgación del conocimiento y el desarrollo científico. Y de manera casi simultánea, en los países protestantes se afianzó un modelo en el que la libre especulación y la difusión de la enseñanza incluso a estamentos de la sociedad poco favorecidos eran esenciales, fomentando así el desarrollo científico y económico, dos actividades íntimamente ligadas. Una dicotomía norte-sur que aun hoy en día no ha sido completamente cerrada.

Ahora honramos la libertad de pensamiento y de búsqueda de la verdad, y la vida y obra de una ingente cantidad de científicos e intelectuales que aún hoy en día pagan un precio extraordinario por defender estos derechos. En Oriente Medio vemos con ya demasiada frecuencia la eliminación del legado cultural que a todos pertenece mientras se acalla con métodos bárbaros a aquél que osa a traspasar los límites de la ortodoxia. Pero sin irnos lejos, en Occidente la ciencia y la cultura parece que se encorsetan, sin dejar sitio a la libre especulación que nos depara sorpresas.

Precisamente en este centenario de la Teoría de la Relatividad General de Einstein es posible preguntarse si una figura así, que se desarrolló en la oscuridad de una oficina de patentes, podría aparecer en la actualidad, dada la presión de la burocracia, que empuja hacia ciertas líneas del conocimiento consideradas útiles, y la imperiosa exigencia de publicar en el mundo académico. La discriminación por motivos de orientación sexual o genero sigue siendo patente, con salarios menores para las mujeres o con carreras científicas más difíciles. Mientras tanto, los ciudadanos nos asentamos en un conformismo desolador: devoradores de tecnología consumista, sin verdaderamente entender el cómo de las cosas, y mucho menos plantearnos el porqué. La actitud crítica, sobre todo la que examina nuestras propias actitudes y creencias, brilla por su ausencia.

Así que estas fechas son un momento para la reflexión y para celebrar también el bienestar que este conocimiento nos aporta: una sociedad que invierte en educación e investigación es una sociedad que realmente cree en un futuro de ciudadanos libres que disfrutan de las mismas oportunidades.

(*) David Barrado Navascués es investigador del Departamento de Astrofísica del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA).

Un submarino nazi y un barco español del siglo XVI, víctimas del vertido de petróleo de BP en el Golfo de México


ABC.es

  • Son algunos de los 2.000 pecios cuya corrosión se ha acelerado a causa del desastre ambiental que en 2010 supuso la liberación al Atlántico de casi 800.000 toneladas de crudo
  • Según un estudio de la Unión de Geofísica Americana (AGU), este evento alteró las comunidades de microorganismos que vivían en el entorno de estos restos

 

 Imagen trideimensional del U-166, un submarino alemán hundido en 1942 - BOEM/C&C Technologies, Inc

Imagen trideimensional del U-166, un submarino alemán hundido en 1942 – BOEM/C&C Technologies, Inc

Los mares y océanos esconden bajo sus aguas una historia terrible de batallas, tormentas y naufragios. Pero alrededor de las naves hundidas, tristes y solitarias, la naturaleza ha sido capaz de tejer un sorprendente tapiz de vida sobre las cuadernas y los cañones navales. Si los pecios son muchas veces la tumba de marinos, son también un oasis de vida en las profundidades abisales, en los que crecen microorganismos, anémonas, corales y crustáceos.

Pero el ser humano no solo deja barcos hundidos en los océanos. Un estudio elaborado por científicos de la Unión de Geofísica Americana y la Sociedad Oceanográfica, entre otros, ha llegado a la conclusión de que el vertido de petróleo del Golfo de México, ocurrido en 2010 y bajo la responsabilidad de BP, no solo causó una degradación gravísima de los ecosistemas, sino que además aceleró la corrosión de multitud de naufragios en la región. En total, los investigadores han calculado que podría haber 2.000 pecios afectados.

«Estamos llenando un enorme vacío en nuestro conocimiento científico sobre el impacto que tuvo este vertido», ha dicho Melanie Damour, coautora del estudio y arqueóloga marina del «Bureau of Ocean Energy Management», en Nueva Orleans. Ese conocimiento, presentado este lunes en el «2016 Ocean Sciences Meeting» podría ayudar, en opinión de los investigadores, a usar los pecios como «termómetros» del estado de las profundidades océanicas.

Los investigadores aseguran que, cuatro años después de la catástrofe ambiental, los cuatro millones de barriles de petroleo vertidos en el accidente del Golfo de México seguían influyendo en estos ecosistemas tan especiales. Según su estudio, el dispersante usado para limpiar el vertido de petroleo alteró las comunidades microbianas, lo que también afectó a otras formas de vida que medran en esos lugares, como son los corales, los cangrejos y los peces. Además, la exposición al crudo aumentó la velocidad de degradación de los cascos metálicos de los barcos.

«Los microbios que viven en esos ecosistemas de aguas profundas, consiguen que la vida se desarrolle en unas condiciones lujosas, aunque se trate de un lugar frío y oscuro alejado permanentemente de la luz», ha dicho Leila Hamdan, ecóloga microbiana de la «George Mason University, en Virginia (Estados Unidos). «Si la actividad humana en el océano puede alterar estas comunidades tan extremadamente importantes, debemos saber cómo».

Cementerios y oasis marinos

Desde 2014, los investigadores han estado estudiando los efectos del vetido de la plataforma «Deepwater Horizon» sobre las comunidades de microorganismos que vivían sobre los pecios del Golfo de México. Estos iban desde el U-166, un submarino alemán de la Segunda Guerra Mundial, a un barco español del siglo XVI y a naves de la época de la Guerra Civil Americana. Aparte del valor histórico de estos restos, los científicos destacan su importancia como arrecifes artificiales capaces de albergar complejos y ricos ecosistemas.

Aparte de estudiar la composición y dinámica de los ecosistemas, el equipo usó modernas ténicas de láser en 3-D y de sonar para obtener imágenes en alta resolución de las naves, para estimar su estado de conervación. Así, por ejemplo, se comprobó que el U-166 estaba más enterrado en los sedimentos de lo que lo estaba en 2001, cuando fue descubierto.

«Estas son piezas de la historia colectiva del ser humano que merece la pena proteger», ha dicho Melanie Damour, quien también recordó que algunos de esos barcos conservan aún restos humanos. «Estamos preocupados por el hecho de que la degradación acelerada de esos sitios cause una pérdida de información que nunca podremos recuperar».

Los investigadores esperan que entender mejor el funcionamiento de estos ecosistemas ayudará a proteger tanto a los animales que ahí viven como a los propios barcos.

 

La triste historia de dos amigos que acabó nombrando una calle de Madrid


ABC.es

  • Gabino y Guillén, dos niños huérfanos de la Edad Media, llevaron su amistad más allá de la vida

 

 Cuadro de los los santos niños Justo y Pastor conducidos al martirio del pintor José del Castillo - ABC

Cuadro de los los santos niños Justo y Pastor conducidos al martirio del pintor José del Castillo – ABC

Gabino y Guillén no tuvieron una vida fácil. Cerca de la fuente de Leganitos, en los terrenos que hoy ocupa la Plaza de España, existía en tiempos de Enrique III de Castilla un par de haciendas fértiles ligadas a la historia de estos dos niños. En 1390 murió Aparicio Guillén, padre de Gabino. Durante el velatorio, el prior de San Martín descubrió que la familia había alquilado plañideros judíos. Una práctica común, pero prohibida desde hacía diez años, que dejó sin un diezmo de la herencia al huérfano. Su madre tuvo que recomprar las tierras para garantizar un futuro al pobre Gabino. Un tiempo después, éste se quedó huérfano definitivamente.

Justo al lado de sus tierras estaban las de otro huérfano, Guillén. Entablaron una amistad y comenzaron a compartir su desdicha, pero también todo cuanto poseían. Ayudaban a sus ancianos criados con los cultivos y las cosechas. «No había ni tuyo ni mío, lo producido era de ambos», recogió Antonio Capmany en 1883 en el libro Origen Histórico y Etimológico de las Calles de Madrid. Paseaban juntos y comían en la misma mesa.

En los días festivos acudían a misa a la primitiva capilla de San Justo y Pastor, hoy desaparecida. Gabino y Guillén admiraban la historia de los niños mártires que daban nombre al templo y pronto se ganaron el cariño del venerable Pedro, capellán de la ermita.

Una terrible tormenta

Cuando todo parecía sonreír a los dos amigos, una terrible tormenta acabó con el esplendor de sus huertas sobre la fuente de Leganitos. La nube descargó con tanta fuerza que destruyó los árboles de las haciendas. Los rayos fueron tan violentos que el destello de uno de ellos dejó ciego a un hortelano.

El capellán decidió entonces recoger a ambos niños y los matriculó en el colegio de la Doctrina, una institución parecida al posterior colegio de huérfanos de San Ildefonso –célebre por la Lotería de Navidad–. Mientras que los educaba, el venerable Pedro trató de reconstruir el paraíso de los pequeños Gabino y Guillén. Pero desgraciadamente, el primero de ellos murió en el colegio y no llegó a ver de nuevo sus preciadas huertas.

Guillén volvió a su casa ya sin su inseparable compañero. La melancolía le invadió hasta tal punto que dejó de trabajar las tierras que tanta satisfacción habían proporcionado a los dos amigos. Se refugió en la capilla de San Justo y San Pastor, donde pasaba las horas rezando por su compañero de aventuras. Allí consumió su vida poco a poco, meditabundo y triste, hasta que murió de «melancolía».

El capellán heredó las tierras y, en honor a los dos niños, llamó a la hacienda la de los «Dos Amigos». El nombre perduró hasta que los terrenos fueron urbanizados y la calle también homenajeó a Gabino y Guillén.