El Mundo CLARA FELIS @clarafelis

  • ‘El telegrama que salvó a Franco’ retrata con detalle la postura de Inglaterra y EEUU con el régimen de Franco durante el conflicto
  • La presencia de fuerzas y espías alemanes en España hizo dudar sobre la ‘no beligerancia’ anuciada por el dictador
  • Carlos Collado: ‘Gobernaban los Aliados y si les hubiera parecido derribar a Franco lo hubieran hecho, pero no les convenía’
Franco y Hitler durante su reunión en Hendaya, el 23 de octubre de 1940.

Franco y Hitler durante su reunión en Hendaya, el 23 de octubre de 1940.

 

Mantuvieron la amistad hasta el final de la guerra, a pesar de los obstáculos impuestos por EEUU e Inglaterra. Franco siempre se miró en el espejo de Hitler, incluso cuando el Führer puso en duda la integridad del franquismo y la autoridad del dictador. “No le puedo perdonar a Franco el no haber sabido, en cuanto terminó la guerra civil, reconciliar a los españoles, el haber hecho a un lado a los falangistas, a quienes España debe la ayuda que le hemos prestado, y el haber tratado como a bandidos a los antiguos adversarios que estaban muy lejos de ser rojos todos. No es ninguna solución el poner fuera de la ley a la mitad de un país, mientras que una minoría de salteadores se enriquece a costa de todos”, confesaba el mismo Hitler el 10 de febrero de 1945, en el Cuartel General del Führer.

En las líneas que escribió aquel día, Hitler se desmarcaba de las decisiones tomadas por Franco con un cierto tono victimista. “A nosotros nos han engañado, porque jamás hubiese yo aceptado, sabiendo de qué se trataba en realidad, que nuestros aviones sirvieran para aplastar a pobres muertos de hambre, y para restablecer en sus privilegios horribles a los curas españoles”, como se recoge en ‘El Testamento Político de Hitler: notas recogidas por Martin Bormann’ (Diana, 1962).

Americanos y británicos centraron sus esfuerzos diplomáticos en eliminar cualquier influencia alemana en España. A principios de junio de 1940, el embajador británico enviado a Madrid, Samuel Hoare, describió así la presencia de las fuerzas del Reich en España. “No he visto en ninguna parte un control tan completo de los medios de comunicación, prensa, propaganda, aviación, etc., como el que tienen los alemanes aquí. Incluso me atrevo a decir que la embajada y yo mismo existimos aquí únicamente porque nos toleran los alemanes”.

Para romper ese lazo, -que ya quedó debilitado después de la reunión de Franco con Hitler el 23 de octubre de 1940 en Hendaya y que no llegó a ningún puerto después de las exigencias que Hitler le expuso a Franco para que España entrara en la Segunda Guerra Mundial- los aliados incrementaron sus presiones a España (sanciones económicas como la suspensión del suministro de carburantes) a partir de noviembre de 1942, cuando tiene lugar el desembarco de fuerzas inglesas y norteamericanas en el norte de África.

La ‘benevolencia’ de los Aliados

Esta política ofensiva no afectó sin embargo al engranaje del régimen, que resistió y sobrevivió por la actitud benevolente de los Aliados. Sobre la doble vara de medir y las gestiones que se planificaron en España, sin que ésta estuviera al tanto en muchas ocasiones, trata el libro de Carlos Collado Seidel, ‘El telegrama que salvó a Franco’ (Crítica, 2016).

“Gobernaban los Aliados y si les hubiera parecido conveniente derribar a Franco y poner otro gobierno lo hubieran hecho, pero no les convenía porque siempre consideraron que las desventajas eran mayores. Una España neutral salvaguardaba los intereses Aliados. Al final de la guerra, con la crisis del wolframio, Washington hubiera apretado las clavijas hasta derribar a Franco, y lo intentó, pero Londres se opuso. Se intercambiaron un gran número de telegramas en los primeros meses de 1944 porque no llegaban a ponerse de acuerdo. Los americanos abogaban por imponerse y no por negociar con España. Era un secreto a voces, lo que querían los americanos era derrocar el régimen, que era visto como un régimen franquista”, explica el mismo escritor.

Tanto la postura como las medidas que se tomaron en España inspiraron pocas confianzas en los Aliados. Una muestra se encuentra en la crisis del wolframio, consecuencia directa del apoyo incondicional de Franco a Hitler, que dio cobijo en el territorio peninsular a los nazis fugitivos y dejó operar a las fuerzas aéreas del III Reich. “Alemania siempre tuvo carta blanca en España. Todo lo que fue posible lo hizo. Para Franco, la amistad con Hitler era una cuestión inamovible, a pesar del acuerdo de mayo de 1944, cuando se obligó a que España interrumpiera los envíos de wolframio a Alemania o que se cortara el espionaje alemán en España“, detalla.

Pero el caudillo no hizo caso. “Lo que ocurrió es que los agentes alemanes siguieron operando, que cada expulsión no se decretaba tal cual sino que se trataba con la embajada alemana, que era la encargada de pedirle a los agentes que se volvieran a Alemania y los reemplazaba por otros, incluso los vuelos de Lufthansa continuaron hasta 1945. España siempre siguió atendiendo los intereses del Reich”.

El engaño de Franco

Dichos intereses demostraban esa idea algo equívoca que mantenía Franco sobre el poder de Alemania en la contienda. “Estaba convencido de que el Eje iba a ganar la guerra, no obstante, Franco veía su propia debilidad. Un país que estaba devastado por la guerra y que, además, tenía fracciones dentro de su propio régimen, con una sección importante que era germanófila, que también admiraba a Mussolini, y otros que defendían a Inglaterra como un país de referencia. El régimen de Franco quería ser el último amigo del Reich para luego después de la Guerra Mundial poder ser el primer amigo de esta nueva Alemania. Franco salió engañado. Estaba convencido que cuando acabase la guerra comenzaría la siguiente contra la Unión Soviética”.

Acciones que molestaron a Churchill y a Roosevelt, pero que no afectaron a la continuidad del dictador. “La actitud apaciguadora” de los británicos y la debilidad de las fuerzas opositoras de la dictadura no favorecieron el cambio de sistema político.

Una renovación que según el historiador se podría haber logrado. “Creo que sí que se podría haber hecho. Londres, Washington, los monárquicos y muchos sectores en España que colaboraban con el régimen, pensaban que la restauración de la monarquía era factible, que iba a ocurrir. Entre 1944-1945 existía el convencimiento de que tarde o temprano aquí se lograría y era de esperar una transición pacífica”.

El peso de las fuerzas externas era tal, que incluso las decisiones internas y el papel de los políticos españoles dependían de las valoraciones que les hacían, como ocurrió con el ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Gómez-Jordana. “El embajador británico intentó mover a Jordana para que se opusiera a Franco, para promover la restauración, y lo primero que hizo Jordana el 30 de junio de 1944 fue ir a ver al Generalísimo. Él quiso mantener, preservar, lo que consideraba que eran los intereses nacionales españoles. Pero desde mi punto de vista la diplomacia española jugaba bien poco, porque las decisiones se tomaban sin que España entrara en consideración“.

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