Aumenta el nivel del mar por el calentamiento global


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  • Las aguas crecerán más de un metro en las próximas décadas si el mundo sigue dependiendo de los combustibles fósile
  • Desde 1993 la tasa ha aumentado a hasta 30 centímetros (un pie) por siglo.

 

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Los niveles del mar están subiendo mucho más rápidamente que en los últimos 2,800 años y la tendencia se acelera debido al calentamiento global causado por los seres humanos, según nuevos estudios.

Un equipo internacional de científicos excavó en dos docenas de sitios en distintas partes del mundo para registrar las alzas y bajas de los mares a lo largo de siglos y milenios. Hasta la década de 1880 y la industrialización mundial, las alzas más pronunciadas fueron de 3 a 4 centímetros (1 a 1.5 pulgadas) por siglo. Durante ese tiempo, el nivel de los mares no oscilaba mucho más que 5 centímetros (3 pulgadas) en comparación con el promedio de 2,000 años.

Pero en el siglo XX el nivel de los mares subió 14 centímetros (5.5 pulgadas). Desde 1993 la tasa ha aumentado a hasta 30 centímetros (un pie) por siglo. Y dos estudios publicados el lunes en la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias, dicen que para el 2100, los océanos subirán entre 28 y 131 centímetros (11 a 52 pulgadas), dependiendo de cuántos gases de efecto invernadero emitan las industrias.

“No hay duda de que el siglo XX es el más acelerado”, comentó Bob Kopp, profesor de ciencias terrestres y planetarias en Rutgers, autor central del estudio que revisó el nivel de los mares en los tres últimos milenios. “Se debe al aumento de las temperaturas en el siglo XX impulsado por el uso de combustibles fósiles”.

Para determinar el nivel de los mares en el pasado y las tasas de alzas o bajas, los científicos se abocaron a una “historia detectivesca geológica”, afirmó el coautor del estudio Ben Horton, experto en ciencias marinas en Rutgers. Recorrieron varios sitios en el mundo en busca de marismas y otros sitios costeros, y revisaron distintas características para calcular el nivel de los mares en épocas diferentes. Utilizaron organismos unicelulares sensibles a la salinidad, manglares, corales, sedimentos y otros factores, dijo Horton. Además comprobaron sus cifras por medio de marcadores conocidos como el aumento del plomo con el comienzo de la era industrial, e isótopos solo posibles en la era atómica.

Cuando Kopp y sus colegas trazaron los cambios en el nivel de los mares a lo largo de los siglos —se remontaron 3,000 años, aunque no están tan seguros en los 200 primeros— comprobaron que el nivel de los mares estuvo en baja hasta la era industrial.

El aumento en el nivel de los mares en el siglo XX se debe principalmente a la acción de los seres humanos, dijeron los autores del estudio. Otro estudio todavía no publicado de Kopp y colaboradores halló que, desde 1950, unos dos tercios de las inundaciones costeras en 27 sitios en Estados Unidos tienen el sello del calentamiento global causado por el hombre.

Y si el nivel de los mares sigue subiendo, como se proyecta, otros 28 centímetros (18 pulgadas) de aumento causará grandes problemas y gastos, dijo el coautor del estudio Stefan Rahmstorf, del instituto de Postdam para la Investigación sobre el Impacto Climático en Alemania.

Una impresionante bola de fuego cruza el cielo del centro de España


ABC.es

  • Mucho más brillante que la Luna llena, ha sido vista esta mañana por numerosos testigos de punta a punta de la Península

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«Me sorprendió muchísimo. Era como una bengala muy grande y muy lenta llegada de ninguna parte que cruzó el cielo delante de mí. No sabía qué pasaba, si había caído un meteorito o restos de un avión». Minutos antes de las siete de la mañana, Paloma conducía a la altura de Puerta de Hierro en Madrid camino de su trabajo cuando una gigantesca bola de fuego apareció en su campo de visión. Como ella, numerosos ciudadanos de punta a punta de la Península han sido testigos esta mañana del vuelo de un bólido, una estrella fugaz de gran luminosidad.

El meteoro, de nombre científico SPMN230216, ha sido «enorme, impresionante» y mucho más brillante que la Luna llena que a esa hora lucía en el cielo, según explica Josep Mª Trigo, investigador del Grupo de Meteoritos, Cuerpos Menores y Ciencias Planetarias del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña (IEEC-CSIC).

La trayectoria del meteoro todavía debe ser estudiada, pero los investigadores creen que sobrevoló el triángulo comprendido por Aragón, Castilla y León y Madrid. Sin embargo, por los primeros informes recibidos por la Red Española de Investigación sobre Bólidos y Meteoros, la bola de fuego ha sido vista por «un aluvión de testigos» desde distintos puntos de la Península. Han llegado informes desde Andalucía, Aragón, Asturias, Islas Baleares, Castilla-La Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana, Madrid, Navarra, País Vasco y Murcia. El fenómeno, cuyo origen se desconoce, ha podido ser captado por las cámaras del Observatorio del Ebro (CSIC-Universitat Ramon Llull), coordinadas por un servidor desde el Instituto de Ciencias del Espacio. (En el vídeo sobre estas líneas).

Los científicos estudian ahora las características del bólido y solicitan a aquellas personas que lo han observado que reporten su experiencia, especialmente si han escuchado un silbido, lo que significaría que ha habido fragmentación al desintegrarse en la atmósfera «y bien podría haber producido meteoritos», indica Trigo.

 

La gran mentira sobre Nelson, el almirante depresivo que «aplastó» a los españoles en Trafalgar


ABC.es

  • A pesar de que la historia habla de él como un revolucionario de las técnicas militares, el británico no inventó la táctica que usó contra la armada combinada y era demasiado arrojado
  • Quieres saber mas de la “Batalla de Trafalgar

 

 Nelson, combatiendo en Trafalgar - Wikimedia

Nelson, combatiendo en Trafalgar – Wikimedia

 

Un hombre valiente, de un ingenio desconocido para la época y un arrojo encomiable. Nadie lo niega. Pero también un adúltero (se acostaba con la mujer de un famoso noble que le creía su amigo), un marino que fue derrotado en repetidas ocasiones por los españoles, y un soldado demasiado temerario al que no le importaba poner en riesgo una flota entera si así lograba doblegar al enemigo. Horatio Nelson es considerado a día de hoy como uno de los grandes hitos de la historia naval de Gran Bretaña. Para ello tuvo a su favor el haber salido vencedor de batallas aparentemente imposibles y, sobre todo, el haber muerto heroicamente en la contienda de Trafalgar luchando contra la flota franco española de Churruca y Lucas. Y todo eso, después de haber servido a sus compañeros la victoria en bandeja de plata. Sin embargo, tan cierto como estos datos es que su leyenda fue engrandecida por los cronistas ingleses quienes, ávidos de encumbrar a este almirante de la «Royal Navy», le dieron a conocer ante el mundo como un experto en humillar a los buques de su majestad católica.

Ahora, pocos días después de que se haya celebrado el aniversario de su victoria sobre la flota española en el Cabo San Vicente (acaecida el 14 de febrero de 1797), desde ABC nos hemos propuesto revisar las grandes batallas de este gran héroe británico. Un personaje cuyo entierro se celebró sin escatimar un céntimo y que se produjo después de que el marino falleciese combatiendo contra el navío de línea «Redoutable» de Jean Jacques Etienne Lucas -más conocido por medir menos de 1,50 metros de altura- en la batalla de Trafalgar. Los ingleses, en 1805, hicieron de su fallecimiento una heroicidad increíble afirmando que había tenido la valentía de dirigirse a la cabeza de una columna de navíos contra la formación enemiga. No obstante, y aunque su táctica resultó revolucionaria para la época, tampoco es mentira que su vanidad le hizo lanzarse el primero contra los aliados y no cubrirse -a pesar de ser todo un icono para sus paisanos- mientras sus hombres luchaban a sangre y cañón contra galos y españoles.

Primeros años y depresiones iniciales

Nuestro protagonista, cuarto hijo de Eduard Nelson (un conocido predicador) y Catalina Suchling, vino a este mundo el 23 de septiembre de 1758 en Burnham-Thorpe, un minúsculo pueblo ubicado en el condado de Norfolk (al oeste del país). Llamado Horatio en conmemoración del popular poeta romano, el futuro gran almirante inglés no se sintió nunca demasiado atraído por los estudios o por las artes, por lo que –después de haber terminado de aprender lo básico en la escuela de Norwich- entró en la marina de manos de su tío materno, un tal Suchling (según parece, los «enchufes» estaban a la orden del día en la «Royal Navy»). El calendario se había detenido por entonces en 1770, y su destino fue el navío de 64 cañones «Razzonable». Con todo, aquel primer trabajo era demasiado aburrido incluso para un nuevo grumete como Horatio, por lo que su familiar le acabó mandando a hacer las Indias Occidentales en un barco mercante.

«Volvió de allí en el mes de junio de 1772, y se unió otra vez en Chatan al Capitán Suchling, su tío, quien mandaba entonces el navío “Triunfo”, en donde le hizo instruir en el pilotage, trasbordándole unas veces a un paquebot o otras a una lancha que iba desde Chatan a Londres, y de Swin hasta Nort-Foreland», explica Juan López Cancelada (un periodista español contemporáneo de Nelson) en su obra «Vida del Vicealmirante Nelson», una traducción de las memorias del propio marino. Todo aquel viaje para arriba, y viaje para abajo, le valió al británico para ir curtiéndose en el manejo de las olas y en el manejo de un barco en costas peligrosas. Algunos historiadores, de hecho, se atreven a decir que Inglaterra le debe a estos trayectos el haber forjado a un marino de la pericia de Horatio.

Horatio Nelson
Horatio Nelson– Wikimedia

Su primera gran aventura la vivió pocos meses después, en 1773, año en que tuvo el honor de acompañar al capitán Phipps en un viaje a través del Polo Septentrional para hallar una ruta hacia el Norte de América. La decisión sorprendió soberanamente a su tío quien, cuando su sobrino entró en la marina, dijo lo siguiente de él: «¿Qué pecado habrá cometido Horace para que tenga que ingresar en la Marina? Lo mejor que le podrá pasar es que, cuando entre en combate, una bala de cañón le vuele la cabeza». Sus palabras no eran crueles, sino realistas, pues aquel niño era enjuto, extremadamente delgado y «debilucho». Con todo, el adolescente se hizo un hueco en la expedición. «En el momento más crítico del viage fue nombrado Comandante de un bote de cuatro remos para ir con 12 hombres a romper el hielo y reconocer las canoas», añade el experto español. Se dice, incluso, que mató un oso polar para enviar la piel a sus padres como regalo.

Con todo, hasta entonces Nelson solo había surcado las olas, pero no se había enfrentado a ningún enemigo borda con borda. Para eso hubo que esperar hasta meses después, en el momento en el que fue destinado al «Seahorse» en el Océano Índico. Sobre su cubierta entró en combate por primera vez y puso a prueba su entrenamiento. Para su suerte, mantuvo la cabeza sobre los hombros. Aunque poco después su penoso estado de salud (probablemente padeció malaria) provocó que tuviese que ser enviado de vuelta a casa. Se dice que en aquellos meses perdió tanto peso que, cuando llegó a las islas, tan solo era un saco de huesos andante (algo que, curiosamente, se repitió en varias ocasiones durante su vida debido a su precario estado de salud perpetuo). A su vez, y según explica la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial en su dossier «Enfermedades y muerte y Horatio Nelson», durante su recuperación sufrió una fuerte depresión de la que nunca terminaría de salir.

Nelson sufrió una depresión tras ser rechazado por la hija de un clérigo

Así lo denotan las palabras que él mismo escribió posteriormente en su diario: «Después de profundas meditaciones en las cuales deseé en más de una ocasión arrojarme por la borda, una racha súbita de patriotismo se encendió en mí y comprendí que pertenecía al Rey y a mi País. Mi mente se complació con la idea y exclamé: “Me parece muy bien, y con la ayuda de la Divina Providencia superaré todos los peligros hasta convertirme en un héroe”». Ese episodio se sucedió antes de recibir su nuevo destino el 24 de septiembre de 1776, cuando fue enviado al «Wolcester» bajo las órdenes del capitán Robinson. Según escribe el cronista español, nuestro protagonista se hizo tan conocido encima de aquel buque que el mismo Robinson solía afirmar que «estaba tan descansado quando Nelson entraba de quarto [hacía su guardia] como si entrase el más antiguo oficial que se hallaba a bordo de su navío».

En apenas dos años vivió dos ascensos. El primero, en 1777, cuando fue elevado a la categoría de teniente. El segundo, en 1779 (el 11 de julio), año en que –con apenas 20 primaveras- se convirtió en el capitán más joven de la «Royal Navy». En los meses posteriores se dedicó a luchar contra la piratería y el contrabando que asolaban las posesiones británicas en las Américas. Un trabajo que –según dicen las malas lenguas- le costó ser licenciado con media paga allá por 1787. Y es que, molestó al oficial equivocado señalándole que hacerse rico en contra de las normas de Su Graciosa Majestad iba en contra de la corona. Oficialmente, sin embargo, se dijo que le apartaban debido a que la paz había llegado a las aguas. Con todo, aquel no fue el único disgusto que tuvo que aguantar su «carcasa» (como solía llamar a su cuerpo) ya que, durante aquellos días, padeció nuevamente una severa depresión acompañada de tensión nerviosa y ansiedad al ser rechazado por la hija de un clérigo. Regresó a la marina allá por 1792, cuando se le dio el mando del «Agamemnon», de 64 cañones.

1º-San Vicente, la torpeza de Córdova le hace Vicealmirante

Si existe una batalla reseñable de entre las decenas que libró Horatio Nelson, esa es la del Cabo San Vicente. Y es que, en ella se ganó sus galones como Vicealmirante gracias a su valentía y arrojo. No obstante, tan cierto como la gallardía que mostró aquel día fue la ineptitud del almirante español –José de Córdova– y su mal planteamiento de la contienda que se avecinaba. Una estupidez que, a corto plazo, favoreció que Horatio obtuviese sus medallas. Para entender esta contienda es necesario retroceder en el tiempo hasta el siglo XVIII. Por entonces España se había convertido ya en la «Espagne» debido a que –más por obligación que por interés- había tenido que ponerse a las órdenes de la «France» para no ser invadida por sus militares. A su vez, nuestro país se había visto obligado a sumar a su lista de enemigos a Gran Bretaña, eterna contraria de los galos.

Deseoso de lucir bien ante sus nuevos «amos», Manuel Godoy (Manolito para los ciudadanos, valido de Carlos IV y, según se rumorea, amante oficial de la reina) ordenó a la flota hispana salir viento en popa, y todo lo demás, hacia el sur de Portugal. El objetivo era acabar con un convoy de apenas 10 navíos de guerra británicos (según le habían dicho sus espías) al mando de John Jervis, un almirante sesentón muy «british» él. Para asegurarse la victoria puso al mando al tal Córdova de 27 navíos de línea y otros tantos buques menores. Pero, vaya con el preferido de los reyes, prefirió que salieran zumbando (o navegando) antes que pertrecharse adecuadamente, por lo que los bajeles adolecían de tripulación, víveres y entrenamiento. Fuera por lo que fuese, el hispano llegó a aguas de Cartagena a finales de enero y, en los primeros días del mes siguiente, partió hacia el Cabo San Vicente, donde esperaba hallar a su enemigo.

El 14 de febrero, día de San Valentín, las flotas se encontraron entre una espesa bruma frente al Cabo San Vicente. Sin embargo, no fue en las condiciones que Córdava hubiese preferido, Y es que, cuando se divisó la primera vela inglesa, la armada hispana navegaba en tres vagas columnas con muchos huecos entre barco y barco (la primera, de cinco bajeles, en vanguardia; la segunda, de dos buques escorados que habían sido enviados a explorar y, finalmente, la última y principal formada por el resto). Esto era algo sumamente peligroso para los españoles, pues impedía concentrar el fuego a la hora de cañonear al enemigo y permitía que los contrarios metiesen hasta la cocina (entre los cascarones rojigualdos) sus propias máquinas de matar. ¿La razón de tan absurda maniobra? El mandamás hispano dejó libertad a sus hombres para moverse sin orden alguno pensando que, con tanta gente como llevaba, era imposible que perdiese la contienda.

Los «british» aprovecharon el error y formaron para dar hasta en la toldilla a los españoles. Mal empezaban las cosas para los nuestros. Y todo, por la torpeza de Córdova. Un hombre, por cierto, que –según parece- debió hacerse aguas mayores cuando vio el desorden que reinaba en su armada y que el enemigo se dirigía hacia ella, pues ordenó a voz en grito hacer virar a sus buques en redondo para cubrir los huecos que había entre navío y navío. Esta inesperada solución fue todavía peor, ya que –debido a la niebla- los cinco navíos ubicados en vanguardia no vieron las señales y se alejaron todavía más (si cabe) del grupo principal. Jervis se relamió y, sabedor de que tenía las de ganar con aquel caos reinando, puso proa hacia el centro de las dos columnas restantes. A las 11 de la mañana comenzó el cañoneo con la siguiente estampa: la mayoría de los navíos británicos enfrentándose a solo 6 españoles del grupo principal que habían conseguido unirse para resistir a los contrarios.

Batalla del Cabo San Vicente- Wikimedia

Batalla del Cabo San Vicente- Wikimedia

Además de todos los fallos que ya había cometido, cuando comenzó la batalla Córdova no logró enviar órdenes concisas a sus capitanes, lo que provocó que muchos barcos se estorbasen. El «San José» y al «San Nicolás» (dos de ellos) llegaron incluso a embestirse, algo que fue aprovechado por Nelson para lanzarse al abordaje del segundo sin oposición y ganarse sus medallas sobre el «Captain». «Habiéndose enredado en aquella confusión, desmantelados ambos, y habiendo caído los aparejos y velas por el costado, delante de las baterías, tuvieron que suspender sus disparos para no incendiarse con ellos, y quedaron sin defensas. (…) En esta disposición abordó Nelson con el “Captain” al “San Nicolás”, entrando por popa», explica el historiador y marino Cesáreo Fernández Duro en su recopilación de las principales batallas navales españolas.

Nelson acabó entonces con los defensores del navío y usó este como plataforma para pasar al siguiente, el «San José», que estaba a su lado. «Rendido el bajel, sirvió de puente a los ingleses para pasar al inmediato “San José”, no desembarazado aún, y que no estaba tampoco en estado de prolongar la defensa. El general Winthuysen, mutilado en el combate de la Leocadía por una bala de cañón, acababa de ser despedazado por otra, y siete oficiales y 149 individuos de todas clases, muertos o heridos, henchían la cubierta», completa el español. Aquellos dos combates le valieron la victoria a Gran Bretaña, además del ascenso a Vicealmirante a Horatio.

2º-Aboukir, los errores franceses y la victoria inglesa

La segunda contienda que hizo que el apellido Nelson fuese reconocido en toda Inglaterra fue la acaecida en la bahía de Aboukir. Una batalla cuyo origen se remonta al 19 de mayo de 1798. Fue precisamente esa jornada cuando 32.300 hombres, 13 navíos de línea y más de 300 buques menores partieron del puerto de Tolón hacia Egipto comandados por el mismísimo Napoleón (entonces un prometedor general, pero aún no un Emperador). El objetivo de este gigantesco contingente era conquistar la tierra de los faraones y, una vez asentado en la región, tomar la India para fastidiar –cuanto más se pudiera mejor- la que era una de las colonias más prósperas de Gran Bretaña. Un plan que, sobre el papel, parecía impecable. Y es que, además de un gigantesco ejército, el «Pequeño corso» contaba con uno de los buques más grandes del mundo construidos hasta la fecha: el «L’Orient». Este coloso sumaba 120 cañones que podían disparar balas de hasta 15 kilos.

Sin embargo, Inglaterra no estaba dispuesta a permitir las correrías del enano francés, así que envió para contrarrestarle a su flota del Mediterráneo a las órdenes de un viejo conocido nuestro: Nelson. Este, armado con más paciencia que buques, se dedicó a buscar a la flota francesa para enviarla al fondo del mar pues, sin ella, Napoleón perdería el único enlace con su querida «France». «Durante semanas, la escuadra británica recorrió el Mediterráneo, tocando en posibles objetivos de desembarco, desde Siracusa hasta Morea», explica Julio Gil Pecharromán (Profesor de Historia Contemporánea de la UNED) en su dossier «Napoleón en Egipto. Sólo fue un sueño». Ola para arriba, ola para abajo –y mientras los «british» peinaban los mares- los galos llegaron a la costa egipcia a finales de junio y desembarcaron sus fuerzas en los tres principales puertos de la zona: Alejandría, Damietta y Rosetta.

Por su parte, y tras meses de búsqueda, Nelson recibió durante el verano noticias de que la flota gala se hallaba en Alejandría. Viento en popa dirigió sus barcos hacia allí y, ya sea gracias a la providencia o a la suerte, se topó de bruces con ella a finales de julio de 1798 en la bahía de Aboukir –al noroeste de la susodicha Alejandría-. La batalla estaba a punto de sucederse. «Nelson sabía que, sin su escuadra, el ejército expedicionario perdería todo contacto con la metrópoli y que ello comportaría en el fracaso de la estrategia oriental de Francia», añade el experto español en su dossier.

Al amanecer del 1 de agosto, los 13 navíos galos estaban anclados en el interior de la bahía de Abukir por orden de su almirante, François-Paul Brueys D’Aigalliers. La situación no era la idónea para mantener una contienda, pues Napoleón se había marchado tierra adentro con una buena parte de las tripulaciones de los navíos para reforzar sus fuerzas. Con todo, el mandamás gabacho había ideado un plan que consideraba perfecto para resistir cualquier posible ataque enemigo. «Brueys ordenó formar un semicírculo bastante regular, y nuestros 13 navíos formaban una línea semicircular paralela a la rivera», explica el cronista de la época Adolphe Thiers en su obra «Historia de la Revolución francesa». De esta forma, el marino lograba que uno de los lados de sus buques (el de babor, en este caso) no pudiese ser rodeado por los contrarios por estar protegido por la costa. A su vez, estableció que se echara el ancla para, así, evitar los bamboleos provocados por la marejada, los cuales solían derivar en errores fatales a la hora de apuntar.

¿Un plan infalible, verdad? Eso creía él. Sin embargo, la forma de llevarla a cabo, no. Y es que, el almirante francés cometió un error fatal al amarrar la flota, pues no lo hizo lo suficientemente cerca de la costa y dejó una gran área entre la playa y sus barcos. Un espacio en el que se podían «colar» los buques enemigos para rodear por ambas bandas a los «cascarones» franceses y atraparles entre dos fuegos. «Cuando fondeas y te defiendes al ancla sabes que tienes que cumplir dos condiciones: que no te envuelvan por la costa (que no haya calado entre tu barco y tierra) y que no se estorben unos barcos a otros. Los franceses no cumplieron ni una ni otra. Fondearon lejos de tierra pensando en que con eso va a ser suficiente para acabar con los ingleses», explica, en declaraciones a ABC, Víctor San Juan, autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil, 2014).

Para saber más: Así se hundió el «L’Orient» en Aboukir

Aquel imperdonable fallo le costó la batalla a los franceses pues, cuando Nelson hizo su aparición con su flota ese mismo día, se percató claramente de que, si envolvía a los navíos galos por su lado izquierdo en lugar de lanzarse contra ellos por el centro, lograría que dos de sus buques se enfrentasen únicamente a uno enemigo cada vez. Así lo hizo, y logró una victoria que fue sumamente aplaudida en su país al no perder ni un bajel y hacer estallar por los aires al «L’Orient». Sin embargo, autores como San Juan consideran que –aunque demostró gallardía y tenacidad en el ataque- simplemente se aprovechó de un error enemigo. «En Aboukir hizo algo de manual. Es cierto que Nelson les pasó por encima atenazándoles y solo dejó dos barcos vivos, pero venció más por errores franceses que por aciertos ingleses. Los franceses violaron las normas para combatir al ancla, y cuando el enemigo se dio cuenta ya era tarde. Se aprovechó de un error», completa.

Por otro lado, cabe destacar que Nelson sufrió en Aboukir un ataque de pánico después de que un proyectil le impactase en la cabeza, encima de su ojo bueno. De hecho, la herida fue de tales dimensiones que fue bajado –durante una buena parte de la contienda- a la enfermería para ser atendido. «Al conducir el ala que atacaba por fuera, resultó herido. Pero no era un cobarde, le bajaron para que le tratasen pensando que era una herida mortal, pero resultó que no le pasaba nada serio más allá de que era una herida muy fea, pero sufrió un ataque de pánico», destaca San Juan.

3º-Trafalgar, la mentira de la táctica revolucionaria y el falso mito

Si en el Cabo San Vicente comenzó a ser conocido y en Aboukir demostró sus dotes como estratega, en la batalla de Trafalgar fue en la que Nelson logró convertirse en una leyenda para Gran Bretaña. El origen de esta contienda se remonta a la alianza entre Napoleón Bonaparte (Emperador de Francia desde 1804) y Manuel Godoy (valido de Carlos IV) que España no tuvo más remedio que firmar a comienzos del S.XIX. Por entonces, la que antes era una pequeña obcecación del «Pequeño corso» -desembarcar con su ejército en las costas británicas para acabar con su Graciosa Majestad– se había convertido ya en toda una obsesión que pretendía llevar a cabo. Por ello, el «Empereur» había ordenado formar una flota combinada gala e hispana de 32 navíos (15 «rojigualdos» y 18 napoleónicos) con la que pretendía trasladar, a través del Canal de la Mancha, un gigantesco ejército desde el norte de Francia al sur de Gran Bretaña.

Pero el plan salió horriblemente mal, pues Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve (el almirante al mando de la flota combinada) se vio cercado por Nelson en octubre de 1805 cerca del Cabo Trafalgar (en aguas de Cádiz) por los 27 navíos de nuestro protagonista, Horatio Nelson, quien estaba dispuesto a saltarse el té para no ver su país convertido en «gabaché». Ambas flotas se enfrentaron a cañonazos el día 21 desde buena mañana. La armada combinada, como era habitual, formó una extensa línea con la que cañonear por una banda a los buques enemigos que se aceran hasta ella. La lógica decía que Nelson tendría que hacer lo mismo. Es decir, alinearse en paralelo con ella para, borda con borda, darse de «zurriagazos» hasta el acabose. Sin embargo, el marino inglés prefirió apostar por una estrategia más novedosa: dividió sus fuerzas en dos columnas y se dirigió en perpendicular hacia el enemigo.

La idea de Nelson –que se puso a la cabeza de una de las dos columnas sobre su «Victory»- era cortar la línea enemiga por el centro y, así, hacerse que sus buques se enfrentaran en superioridad numérica a los de la armada combinada. Era un plan similar al que había realizado en Aboukir. Sin embargo, comprendía muchos riesgos. Para empezar, llegar en perpendicular desde la banda implicaba recibir una ingente cantidad de cañonazos antes siquiera de poder estar cerca del contrario. Con todo –y en parte debido a la ineptitud del almirante francés- el destino jugó a su favor y la estrategia salió a pedir de boca, pues las dos hileras cumplieron su objetivo sin sufrir daños severos y terminaron aplastando a la flota hispano francesa.

Aquella estrategia le convirtió en toda una leyenda e hizo que muchos le definieran como un genio de la táctica. Sin embargo, la realidad es que, por mucho que los británicos le hayan hecho pasar a la Historia como un revolucionario, Nelson usó una idea que ya existía y habían utilizado otros tantos marinos antes que él y que se vio facilitado por la torpeza de su contrario, el almirante francés. «Es cierto que el plan era letal, pero Villeneuve se lo puso en bandeja. Además, el francés le contestó con una buena maniobra, la de virada por redondo, que le permitió salvar a un tercio de la armada combinada. Pero hay que tener en cuenta que Nelson había copiado esta táctica naval de otros oficiales: Duncan (que era mejor y más veterano que él) y Lord Hood en Tolón. Estos ya la habían utilizado con éxito anteriormente», explica San Juan en declaraciones a ABC.

Batalla de Trafalgar- Wikimedia

Batalla de Trafalgar- Wikimedia

Por otro lado, el que Nelson muriese en Trafalgar debido a una bala de mosquete (la cual disparó un tirador desde la cofa del navío «Redoutable») permitió que fuese elevado a la categoría de héroe inglés. «La leyenda de Nelson se ha exagerado. Se le ha convertido en un elemento místico, pero no fue el almirante ingles de todos los tiempos. Quizá no esté ni siquiera entre los cinco principales. Sin embargo, todo ha colaborado para hacer que sea una leyenda: desde lo que cuentan los libros, hasta el lugar en el que fue enterrado y cómo. Los imperios necesitan mitos, y Gran Bretaña decidió que Nelson iba a ser su héroe nacional por una serie de casualidades. Tuvo suerte porque Inglaterra tiene otros grandes almirantes como Cunningham, que demostró ser mejor que él», completa el autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil).

Para el experto español, está claro además el por qué estuvo tan bien considerado en el siglo XVIII Nelson en la «Royal Navy». «Era un capitán combativo, y eso se premiaba y se consideraba mucho en la marina inglesa del siglo XVIII porque anteriormente adolecía de ellos. Se buscaban oficiales agresivos, y él era uno de ellos. También tuvo la suerte de que coincidió en el tiempo con almirantes de gran valía como Duncan o Jervis. Estos inventaron muchas tácticas que él pudo aprovechar y mejorar y que le ayudaron en su carrera. Además, llegó en una época en la que contaba con unos subordinados muy preparados y geniales. Si juntas todo esto con que era un niño prodigio y con que tuvo una muerte gloriosa y heroica, te sale como resultado un personaje con bastante valía y te permite crear un mito. Pero no podemos olvidar que tenía muchos defectos. Entre ellos, era poco reflexivo y se arriesgaba mucho. Cantidad de veces su barco acaba desarbolado porque era demasiado arrojado», finaliza.


 

Tres preguntas a José Luis Olaizola, autor de «De Numancia a Trafalgar. Victorias y derrotas de nuestra historia» (Booket)

1-¿Qué opinión le genera, más de 200 años después, Horatio Nelson?

Nelson fue un almirante que tuvo momentos brillantes, pero también protagonizó actuaciones catastróficas. Algunas de ellas son muy conocidas, como Cádiz o Santa Cruz de Tenerife. Además no tuvo demasiado éxito en su obsesión de cortar el comercio que existía entre las colonias y la Península. Lo curioso es que tuvo la enorme suerte de haber triunfado y muerto en la batalla de Trafalgar, lo que le convirtió en un hito.

2-¿Se ha engrandecido demasiado su mito?

Nelson era un buen marino. Sabía lo que se hacía. Pero la leyenda que se ha creado sobre él es excesiva. Era bastante peor marino que algunos capitanes españoles como Churruca pero, desde siempre, los anglosajones han sabido vender mejor a sus héroes. Nosotros hemos tenido marinos insignes como Juan Sebastián Elcano, que atravesaron mares y conquistaron regiones, pero no sabemos darlos a conocer. Nelson no se merece el excesivo heroísmo que le atribuyen ahora.

3-¿Sabemos en España dar a conocer a nuestros marinos más relevantes?

El problema de España es que no intentamos desarrollar nuestra propia historia. Tenemos cierto complejo de inferioridad en lo que se refiere a estos temas. Un ejemplo es que no ensalzamos a los marinos vascos del XVI y el XVII por temas políticos. Los ingleses y los americanos, por el contrario, han sabido dar a conocer a sus héroes durante la historia. Siempre han vendido bien su imagen.

 

Londres y Washington, los guardianes de la ‘doble’ neutralidad de Franco


El Mundo CLARA FELIS @clarafelis

  • ‘El telegrama que salvó a Franco’ retrata con detalle la postura de Inglaterra y EEUU con el régimen de Franco durante el conflicto
  • La presencia de fuerzas y espías alemanes en España hizo dudar sobre la ‘no beligerancia’ anuciada por el dictador
  • Carlos Collado: ‘Gobernaban los Aliados y si les hubiera parecido derribar a Franco lo hubieran hecho, pero no les convenía’
Franco y Hitler durante su reunión en Hendaya, el 23 de octubre de 1940.

Franco y Hitler durante su reunión en Hendaya, el 23 de octubre de 1940.

 

Mantuvieron la amistad hasta el final de la guerra, a pesar de los obstáculos impuestos por EEUU e Inglaterra. Franco siempre se miró en el espejo de Hitler, incluso cuando el Führer puso en duda la integridad del franquismo y la autoridad del dictador. “No le puedo perdonar a Franco el no haber sabido, en cuanto terminó la guerra civil, reconciliar a los españoles, el haber hecho a un lado a los falangistas, a quienes España debe la ayuda que le hemos prestado, y el haber tratado como a bandidos a los antiguos adversarios que estaban muy lejos de ser rojos todos. No es ninguna solución el poner fuera de la ley a la mitad de un país, mientras que una minoría de salteadores se enriquece a costa de todos”, confesaba el mismo Hitler el 10 de febrero de 1945, en el Cuartel General del Führer.

En las líneas que escribió aquel día, Hitler se desmarcaba de las decisiones tomadas por Franco con un cierto tono victimista. “A nosotros nos han engañado, porque jamás hubiese yo aceptado, sabiendo de qué se trataba en realidad, que nuestros aviones sirvieran para aplastar a pobres muertos de hambre, y para restablecer en sus privilegios horribles a los curas españoles”, como se recoge en ‘El Testamento Político de Hitler: notas recogidas por Martin Bormann’ (Diana, 1962).

Americanos y británicos centraron sus esfuerzos diplomáticos en eliminar cualquier influencia alemana en España. A principios de junio de 1940, el embajador británico enviado a Madrid, Samuel Hoare, describió así la presencia de las fuerzas del Reich en España. “No he visto en ninguna parte un control tan completo de los medios de comunicación, prensa, propaganda, aviación, etc., como el que tienen los alemanes aquí. Incluso me atrevo a decir que la embajada y yo mismo existimos aquí únicamente porque nos toleran los alemanes”.

Para romper ese lazo, -que ya quedó debilitado después de la reunión de Franco con Hitler el 23 de octubre de 1940 en Hendaya y que no llegó a ningún puerto después de las exigencias que Hitler le expuso a Franco para que España entrara en la Segunda Guerra Mundial- los aliados incrementaron sus presiones a España (sanciones económicas como la suspensión del suministro de carburantes) a partir de noviembre de 1942, cuando tiene lugar el desembarco de fuerzas inglesas y norteamericanas en el norte de África.

La ‘benevolencia’ de los Aliados

Esta política ofensiva no afectó sin embargo al engranaje del régimen, que resistió y sobrevivió por la actitud benevolente de los Aliados. Sobre la doble vara de medir y las gestiones que se planificaron en España, sin que ésta estuviera al tanto en muchas ocasiones, trata el libro de Carlos Collado Seidel, ‘El telegrama que salvó a Franco’ (Crítica, 2016).

“Gobernaban los Aliados y si les hubiera parecido conveniente derribar a Franco y poner otro gobierno lo hubieran hecho, pero no les convenía porque siempre consideraron que las desventajas eran mayores. Una España neutral salvaguardaba los intereses Aliados. Al final de la guerra, con la crisis del wolframio, Washington hubiera apretado las clavijas hasta derribar a Franco, y lo intentó, pero Londres se opuso. Se intercambiaron un gran número de telegramas en los primeros meses de 1944 porque no llegaban a ponerse de acuerdo. Los americanos abogaban por imponerse y no por negociar con España. Era un secreto a voces, lo que querían los americanos era derrocar el régimen, que era visto como un régimen franquista”, explica el mismo escritor.

Tanto la postura como las medidas que se tomaron en España inspiraron pocas confianzas en los Aliados. Una muestra se encuentra en la crisis del wolframio, consecuencia directa del apoyo incondicional de Franco a Hitler, que dio cobijo en el territorio peninsular a los nazis fugitivos y dejó operar a las fuerzas aéreas del III Reich. “Alemania siempre tuvo carta blanca en España. Todo lo que fue posible lo hizo. Para Franco, la amistad con Hitler era una cuestión inamovible, a pesar del acuerdo de mayo de 1944, cuando se obligó a que España interrumpiera los envíos de wolframio a Alemania o que se cortara el espionaje alemán en España“, detalla.

Pero el caudillo no hizo caso. “Lo que ocurrió es que los agentes alemanes siguieron operando, que cada expulsión no se decretaba tal cual sino que se trataba con la embajada alemana, que era la encargada de pedirle a los agentes que se volvieran a Alemania y los reemplazaba por otros, incluso los vuelos de Lufthansa continuaron hasta 1945. España siempre siguió atendiendo los intereses del Reich”.

El engaño de Franco

Dichos intereses demostraban esa idea algo equívoca que mantenía Franco sobre el poder de Alemania en la contienda. “Estaba convencido de que el Eje iba a ganar la guerra, no obstante, Franco veía su propia debilidad. Un país que estaba devastado por la guerra y que, además, tenía fracciones dentro de su propio régimen, con una sección importante que era germanófila, que también admiraba a Mussolini, y otros que defendían a Inglaterra como un país de referencia. El régimen de Franco quería ser el último amigo del Reich para luego después de la Guerra Mundial poder ser el primer amigo de esta nueva Alemania. Franco salió engañado. Estaba convencido que cuando acabase la guerra comenzaría la siguiente contra la Unión Soviética”.

Acciones que molestaron a Churchill y a Roosevelt, pero que no afectaron a la continuidad del dictador. “La actitud apaciguadora” de los británicos y la debilidad de las fuerzas opositoras de la dictadura no favorecieron el cambio de sistema político.

Una renovación que según el historiador se podría haber logrado. “Creo que sí que se podría haber hecho. Londres, Washington, los monárquicos y muchos sectores en España que colaboraban con el régimen, pensaban que la restauración de la monarquía era factible, que iba a ocurrir. Entre 1944-1945 existía el convencimiento de que tarde o temprano aquí se lograría y era de esperar una transición pacífica”.

El peso de las fuerzas externas era tal, que incluso las decisiones internas y el papel de los políticos españoles dependían de las valoraciones que les hacían, como ocurrió con el ministro de Asuntos Exteriores, Francisco Gómez-Jordana. “El embajador británico intentó mover a Jordana para que se opusiera a Franco, para promover la restauración, y lo primero que hizo Jordana el 30 de junio de 1944 fue ir a ver al Generalísimo. Él quiso mantener, preservar, lo que consideraba que eran los intereses nacionales españoles. Pero desde mi punto de vista la diplomacia española jugaba bien poco, porque las decisiones se tomaban sin que España entrara en consideración“.