¿Ha encontrado Manuel la Atlántida?


El Mundo  ANDROS LOZANO / @AndrosLozano

 

  • Una cúpula de 450 metros de ancho, grandes pilares, una ciudadela… y más supuestos restos arqueológicos sepultados a entre 80 y 100 metros de profundidad junto al coto de Doñana. A través de fotos hiperespectrales, un investigador autodidacta cree haber dado con la mítica ciudad de la que escribió Platón. “Sin duda, ahí existe una obra humana”, dice un catedrático

14553864724631

Manuel conduce hacia el norte por una carretera que bordea la margen derecha del Guadalquivir. Por el retrovisor de su coche se dibuja el perfil de Sanlúcar de Barrameda, su pueblo, que pronto deja atrás. Delante aparecen los terrenos del coto de Doñana que se extienden del lado de la provincia de Cádiz. Al fondo, más allá de la desembocadura del río, se divisa Huelva. Llegado a un frondoso bosque de pinos, una valla le obliga a parar la marcha. El hombre se apea de su vehículo, camina unos metros por entre la arboleda y, sin miedo al error, dice: “Enterrada por millones de metros cúbicos de tierra y fango, bajo nuestros pies, yace una ciudad mítica levantada sobre una isla: es la Atlántida”.

Ahora, entre 10 y 12 milenios después de que el mar la hubiera sepultado -así dice el mito, ya que no existe certeza científica alguna-, Manuel Cuevas, un empresario vinícola y de la construcción, de 52 años y apasionado de la arqueología, asegura haber dado con la ubicación exacta de la Atlántida. La prueba de que la urbe descrita por Platón en algunos de sus Diálogos está bajo nuestros pies son unas imágenes hiperespectrales (utilizadas en la agricultura, la minería o la física para ver las diferentes capas de la tierra) que dan cuenta de restos arqueológicos de envergadura sepultados entre 80 y 100 metros bajo tierra. Y que casan bien con el relato platónico de la legendaria ciudad…

Aquella urbe, regida por una monarquía, habría contado con muelles, con inmensos torreones, con un gran edificio coronado por una cúpula esférica o con canales que llegaban a desembocar en el mar. Y Manuel dice ver restos de todo ello en las tomas aéreas que posee. “Las imágenes que tengo -tomadas desde el espacio por satélites- demuestran que bajo esta zona se extiende la Atlántida… No hay duda de que es ella. Calculo que se encuentra a unos 80 metros de profundidad. Quizás 100…”.

[La historia, o la leyenda -o quizás ambas, o ninguna-, cuenta que la Atlántida fue un lugar fundado por el dios Neptuno donde se instaló una civilización avanzada a su tiempo, próspera, combativa… Pero que acabaría sufriendo un castigo por la soberbia de sus habitantes, quienes con el paso de las generaciones olvidaron las tradiciones de sus mayores y las enseñanzas de los dioses.

El pensador heleno la citó, entre otros, mediante uno de sus personajes, Critias -discípulo de Sócrates-, quien la rememora a través del relato llegado a él en boca de sus antepasados. “Los hijos de Neptuno y sus descendientes (…) extendieron su dominación hasta el Egipto y la Tirrenia / La isla suministraba en abundancia todos los materiales que tienen necesidad las artes, y mantenía un gran número de animales salvajes y domesticados / Todos los perfumes que la tierra produce hoy, en cualquier lugar que sea, raíces, yerbas, plantas, se producían o se criaban en la isla”].

Dejó dicho Platón también que la Atlántida “en un solo día y de noche (…) desapareció en las profundidades del mar“. Y dice ahora Manuel que la isla quedó sepultada por un corrimiento de tierras a causa de un gran diluvio o de un maremoto, que en principio taponó la desembocadura del Guadalquivir pero que, al poco, el río fue capaz de remontar por el empuje de las aguas. Originariamente, la Atlántida “estaba a seis kilómetros de tierra firme”. Hoy, bajo tierra en el suelo que ahora pisa, una zona que está unida a Sanlúcar por su cara norte, cerca del poblado agrícola La Algaida.

El investigador, autodidacta desde la adolescencia, cuando empezó a recorrer en vespino junto a sus amigos los bosques que rodean su pueblo en una suerte de “juego a ser arqueólogos en busca de civilizaciones perdidas”, afirma que gracias a las imágenes aportadas por diversos satélites ha podido diferenciar entre naturaleza, sedimentos y estructuras arquitectónicas. Él está “seguro casi al 100%” de que lo que ha encontrado no es un asentamiento cualquiera, sino que está a las puertas de la Atlántida con la que el mismísimo ganador del Cervantes José Manuel Caballero Bonald ha fabulado en alguna ocasión.

En busca del catedrático

Manuel posee las imágenes desde el 4 de julio del pasado año, cuatro meses después de comenzar a cribar toda la información que le suministraban los satélites. Tras analizarlas con detenimiento, sorprendido e impactado por su “hallazgo”, decidió mostrárselas a Ramón Corzo, catedrático de Arqueología de la Universidad de Sevilla. El académico se prestó a reunirse con el investigador en su despacho de la capital andaluza. Corzo admite en una conversación telefónica con este periodista que en las fotos se observan “estructuras arquitectónicas provocadas por la acción humana”. Aunque “son sólo indicios” de la posible existencia de restos arqueológicos, rehúye hablar de la Atlántida, si bien reconoce que sería “interesante” que se practicara algún sondeo para “comprobar la existencia o no” de la ciudad enterrada.

“Hay que ser muy cautos porque no hay ningún dato que nos permita datar el asentamiento ni saber a qué profundidad se encuentra. Sólo lo sabríamos excavando. Pero resulta atractivo conocer con exactitud qué hay bajo esa tierra y la época de la que procede porque, sin duda, existe una obra humana”, precisa más el catedrático Corzo.

¿Entonces, no se puede hablar de la Atlántida?, se le cuestiona. “Es algo hecho por el hombre pero no se puede decir qué es exactamente. Puede haber pozos, muros, estructuras más grandes…”, responde. “Pero esa ciudad tiene tanto atractivo que ha generado mitos y leyendas. Vincular el hallazgo con ella es ir demasiado rápido y demasiado lejos”.

Tras recorrer en coche el camino de vuelta hacia Sanlúcar y llegar hasta la casa del investigador, Manuel enciende su portátil y muestra las imágenes que ha obtenido. Algunas de ellas, ya impresas, las despliega sobre una mesa. Primero señala con su dedo índice de la mano derecha sobre “un cuadrilátero de 60 metros cuadrados -en base a la escala proporcionada por los satélites- con pilares en su interior”.

Luego, se detiene sobre “una especie de templo inmenso, con una cúpula en el centro, de 450 metros de ancho”. Al poco se centra en “una estructura piramidal con una torre central”. Incluso, habla de que en las fotos que enseña a Crónica observa una ciudad principal que, unida por canales, conecta con otra de menor tamaño. A su juicio, ésta “podría tener carácter militar, de seguridad ante el extraño”.

[A esto, a una ciudad unida por las aguas con otras de menor tamaño, también se refirió Platón].

Manuel no es el primero que ubica la Atlántida bajo el coto de Doñana. En marzo de 2011, National Geographic emitió un documental de 60 minutos titulado Finding Atlantis (Encontrando la Atlántida). A través del testimonio de diversos investigadores, mantenía que la ciudad existió realmente y desvelaba dónde estuvo ubicada.

[En este documental se muestran los trabajos que realiza un grupo de arqueólogos que -basándose en la posible ubicación, la estructura de la ciudad y la cultura de sus habitantes-, intentan demostrar que puede estar enterrada bajo las marismas de Doñana, ya que en la antigüedad era una gran bahía. Un desastre natural, de los muchos que ha sufrido esta zona a lo largo de la historia, pudo provocar el hundimiento y posterior enterramiento de la ciudad que se encontrase allí.

National Geographic relaciona la desaparecida Atlántida con Cancho Roano, un yacimiento arqueológico situado en la provincia de Badajoz, a unos 200 kilómetros de la costa, descubierto en el último cuarto del siglo pasado y que comenzó a excavarse en 1978.

Curiosamente, en la entrada al yacimiento, se muestra un dibujo de un guerrero junto a una serie de círculos concéntricos que muchos relacionan con la desaparecida Atlántida].

Barro y estatuas

La urbe, que en la recreación televisiva aparecía compuesta por varios anillos en torno a un asentamiento central, yacería enterrada bajo las marismas del Parque Natural de Doñana. Entre las supuestas evidencias presentadas en dicho reportaje figuraron estatuillas de la Edad de Bronce y una serie de mediciones que indicaban la existencia en el subsuelo, bajo el agua y el barro de la desembocadura del Guadalquivir, de estructuras similares a canales y zonas de uso común.

Ahora, cinco años después, este investigador gaditano ha presentado parte del material de que dispone ante un equipo de arqueólogos de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. “Se quedaron convencidos”, dice él, “pero sólo me dieron una palmada en la espalda y me invitaron a que presentase un proyecto con todas las imágenes”.

Para Manuel, indignado, aquello fue una falta de respeto tanto hacia él como hacia su supuesto descubrimiento. “Quieren que les dé todo el trabajo mascadito para ser luego ellos quienes se pongan los galones. Además, yo no soy del sistema… socialista. Yo no soy de la cuerda política de esta gente. Por eso me dan la espalda”. Y añade: “Si esto estuviera bajo la tierra de EEUU, seguro que alguna empresa ya se habría puesto en contacto conmigo para comenzar los sondeos. Pero, desgraciadamente, esto es Cádiz, Andalucía”.

[Más de medio año después de su hallazgo, Cuevas trata de encontrar algún patrocinador que financie las primeras catas y excavaciones. Ansía averiguar si, como él dice, bajo esa estampa idílica que cada día se forma cuando cae la noche sobre las aguas de la desembocadura del Guadalquivir, yace la mítica Atlántida, ciudad que un día Neptuno creó para los terrenales. Mientras tanto, seguirá formando parte de la mitología clásica].

Los refugiados completan la historia de España


ABC.es

  • Miles de exiliados hallaron la paz entre nosotros desde el siglo XVI al XVIII: reyes, señores, artistas, gente anónima…

 

 Felipe II, por Tiziano - ABC

Felipe II, por Tiziano – ABC

Los refugiados están de triste actualidad, las masas de perseguidos, los que huyen de las guerras y la desolación económica de nuestro mundo forman un fenómeno al que no podemos permanecer ajenos. Ese hecho se ha repetido a lo largo de los siglos. Y lo mismo que Europa es hoy destino ansiado para muchos emigrantes, la Monarquía Hispánica lo fue en los tiempos de su hegemonía, entre los siglos XVI y XVIII, pero no lo sabemos.

La intolerancia, expulsiones y persecuciones de judíos, moriscos o protestantes afectaron a cientos de miles de personas. Pero no es la única historia de España. Está incompleta. Lo demuestra un libro presentado ayer en Madrid: «Los exiliados del Rey de España» (Fondo de Cultura Económica).

José Javier Ruiz Ibáñez, uno de sus coordinadores, explica que hasta hace poco se había estudiado de manera local el flujo migratorio en la Edad Moderna. «Sabíamos que hubo mucha emigración irlandesa, griega, albanesa o magrebí, debida a guerras, crisis económicas y diversos procesos que se analizaban de forma aislada y no desde España». Pero al unir todos los puntos se dibuja una sorpresa: España era el destino favorito de los perseguidos y los represaliados, y en épocas de esplendor como la que hablamos, entre el siglo XVI y el XVIII, un lugar soñado para decenas de miles de personas.

 

«La Monarquía Hispánica registró una enorme recepción de exiliados, muchos políticos, otros religiosos y por supuesto una enorme migración económica», comenta Ruiz Ibáñez. «Los rebeldes contra Reyes en Francia, Inglaterra, los Balcanes, Japón, en el norte de África buscaban una superpotencia cuando necesitaban un aliado exterior. Y ese aliado era España. La Monarquía articula como puede los mecanismos de recepción», añade. Miles de personas en cada siglo alcanzaron esa naturaleza, ingresaron en nuestro ejército, recibieron pensiones, canongías, o fueron protegidos por los Reyes hasta que pudieron regresar. Algunos rehacían su vida y otros trataban de reconquistar el poder perdido.

Carlos II, el Greco…

«Se hicieron colegios para formar religiosos, tuvimos unidades militares albanesas, inglesas, irlandeas, francesas o incluso valonas, después de perder Flandes, dentro del ejército español», comenta. Reyes de Marruecos como el rebautizado Felipe de África, que murió en Madrid; monarcas ingleses como Carlos II, que vivió en Flandes durante el mandato de Cromwell con un pequeño ejército propio, son solo ejemplos egregios de esta política. Cabría añadir a Doménikos Theotokópoulos, el Greco, un «inmigrante económico cualificado», un gran pintor en busca de un mejor patrón. Y japoneses convertidos al cristianismo que se refugiaron en Manila, jóvenes suizos huyendo de represalias calvinistas…

El libro recoge los casos procedentes de todos los territorios del mundo. «Muchos terminan siendo españoles, dejaron aquí arte, constumbres y patrimonio y algunos somos sus descendientes, sin saberlo. Muchos apellidos proceden de la inmigración irlandesa, que llenó las costas gallegas tras un desembarco en Kinsale para apoyar una rebelión en 1602. Y hubo también muchos judíos del norte de África que regresan y se convierten. España expulsó a muchos, pero también acogió a muchísimas personas», concluye el historiador.

Bernard Vicent, experto en historia del norte de África por su parte, recuerda que en la represión de las Alpujarras se decretó que la expulsión no afectaba a los berberiscos que llegaban desde África y se integraban en España como una inmigración muy querida.

Pilotos de la Gran Armada

Una de las razones decisivas para que la Gran Armada regresara por Irlanda después del fiasco de 1588 es que algunos de sus pilotos eran irlandeses y conocían bien sus costas (no esperaban la peor tormenta que se recuerda frente a ellas). Pero hubo casos como el Príncipe Hugo O’Neill, que fue desviado de camino a España, en 1607, a Italia, porque venía acompañado de un gran ejército y alejándole había menor riesgo de inestabilidad política, comenta Igor Pérez Tostado, el otro coordinador del libro.

Pérez Tostado, especialista en el caso irlandés, subraya la importancia de este fenómeno. Basta pensar en que militares fundamentales en la historia de España, como Leopoldo O’Donnell, son descendientes directos de aquella inmigración irlandesa del s. XVII. «Los irlandeses eran muy buenos soldados: muy valientes, muy leales y muy fiables». Tanto como libros como este que permiten comprender de manera global nuestra historia.

 

«Bienvenidos a Palacio»: Patrimonio abre las puertas de 13 casas nobles de Madrid


ABC.es

PALACIO DEL MARQUES DE SALAMANCA (2)._xoptimizadax--620x349

Los años 60 y 70 del siglo pasado acabaron con buena parte del esplendor palaciego que iluminó paseos madrileños, como el de la Castellana. La piqueta, fiel aliada de la especulación urbanística, se llevó por delante una veintena de palacios que hoy harían las delicias de los amantes de la arquitectura. Sin embargo, la capital aún conserva buenos ejemplos de las adineradas residencias de banqueros y aristócratas, nobles y nuevos ricos que los siglos pasados transformaron parte de la ciudad en una postal idílica. Para conocer su historia y la importancia de los que aún quedan en pie, la Dirección General de Patrimonio Cultural presentó ayer la tercera edición de «Bienvenidos a Palacio». Una cita que abrirá progresivamente las puertas de 13 palacios únicos desde el 27 de febrero hasta el mes de julio.

Tras sus muros se celebraron las mejores fiestas de la época y en sus estancias durmieron buena parte de los protagonistas de los siglos pasados. En febrero y marzo abrirán sus puertas al público el palacio de Santoña, la que fuera residencia de José Canalejas y actual Cámara de Comercio de Madrid, en la calle de las Huertas. También el palacio Bauer, hoy sede de la Escuela Superior de Canto, adquirido en el siglo XIX por el banquero húngaro y otrora epicentro de las fiestas musicales más exclusivas. El de Buenavista, Cuartel General del Ejército, también estará abierto hasta abril. El soberbio edificio estuvo ligado a la Casa Real hasta 1816, año en el que paso a formar parte de los bienes del Ejército. Allí llegó a vivir Isabel de Farnesio, madre de Carlos III. Por él han pasado, entre otros, los generales Prim y Espartero, Miguel Primo de Rivera y Manuel Azaña.

En abril, será el turno del palacio de Zurbano, cuyas dependencias albergan el Ministerio de Fomento. Este edificio es uno de los ejemplos de los «hotelitos» que la aristocracia madrileña levantó en Chamberí a finales del siglo XIX. Allí nació la Reina Fabiola en 1928, fallecida en diciembre de 2014, que salió de esta casa en 1960 para casarse con el Rey Balduino de Bélgica.

 

La Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) también recibirá en abril a quienes deseen visitar el mejor ejemplo de modernismo en Madrid: el palacio de Longoria. El de la Infanta Isabel de Borbón, Cuartel General del Mando Aéreo General, será la tercera de las residencias que estarán abiertas ese mes. Tras la proclamación de Alfonso XIII en 1902, la reina madre y las infantas abandonaron el Palacio Real, instalando su residencia en este exclusivo edificio de Argüelles.

En el mes de mayo, la iniciativa llegará al Palacio de Fernán Núñez, perteneciente a la Fundación de Ferrocarriles Españoles. Es uno de los mejores conservados de la capital y aún conserva su fantástico salón de baile, escenario de muchas de las fiestas nobles de la época del Romanticismo.

El palacio de la Duquesa de Parcent, sede del Ministerio de Justicia, será otro de los edificios abiertos en mayo. Según los expertos, constituye uno de los ejemplos de palacete urbano con jardín trasero característico del siglo XVIII.

Solo 3.500 afortunados

En junio, el palacio de Amboage que ocupa la Embajada de Italia será el protagonista. Sus estancias fueron ayer las encargadas de presentar la tercera edición de esta idea. El acto contó con la directora general de Patrimonio Cultural, Paloma Sobrini, que explicó que la iniciativa ha sido un «éxito rotundo» en años anteriores. Esta vez, sólo 3.500 personas podrán disfrutar de ella.

Los palacios de Godoy y de Fontalba también abrirán sus puertas en junio. El primero es Bien de Interés Cultural desde 1962 y acoge el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. El segundo permanecerá abierto en julio y es la casa de la Fiscalía General del Estado.

El Palacio del Marqués de Salamanca –obra de Narciso Pascual y Colomer, arquitecto del Congreso de los Diputados– y el Palacio Marqués de Villafranca, rescatado tras ser un restaurante, cerrarán la edición en julio. Son las sedes de la Fundación BBVA y de la Real Academia de Ingeniería, respectivamente.