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  • Más de tres kilómetros de paisaje devastado
El San Bingo desde el aire. EJÉRCITO NACIONAL

El San Bingo desde el aire. EJÉRCITO NACIONAL

Bastaron tres semanas para que olvidaran la operación militar que destruyó cinco retroexcavadoras. El miércoles pasado conté dieciocho en el mismo sitio. A medida que propietarios y operarios van sintiéndose seguros, las sacan de sus escondites entre la maleza de los alrededores y las conducen al cauce seco del agonizante San Bingo. Abren nuevos cráteres con una rapidez aterradora. Cada 24 horas agigantan el desastre ambiental.

“Gracias a Dios se salvaron unas máquinas. Nos tocó defenderlas porque es lo que nos está ayudando”, indica un agricultor de la región, convertido en minero, que no quiere dar su nombre. Sentado en lo alto de un montículo de arena, aguarda paciente, junto a cuatro miembros de su familia, el momento propicio para buscar oro con sus bateas. Las bull-dozer sacan arena a gran escala para “lavarla” y extraer con mercurio el metal precioso, y les permite trabajar en las orillas de los socavones. “Sembrábamos maíz aquí cerca, pero es perder el tiempo y peor con el Niño que acabó las cosechas. El oro se ha convertido en la cuchara de la zona. Aquí la gente anda de cabestro; lo que dé, todo el mundo se mete”.

Repudia la intervención de las autoridades, cree que el gobierno no comprende el alcance de su pobreza en medio de la sequía que asola Colombia, ni las posibilidades que ofrece la minería de oro a los desamparados. “Nos atacan a cambio de nada, nos mandan helicópteros pero ni una sola alternativa”, se queja.

En una buena jornada, asegura, cada uno de los suyos puede sacar un gramo de oro que le compran a 80.000 pesos (unos 22 euros). Si dan con un golpe de suerte, el número de ceros aumenta. En ninguna de las actividades rurales que conoce soñaría con cantidades similares.

Para realizar su tarea sin interferencias, cuentan no solo con la protección del “Frente Manuel Vázquez Castaño” de la guerrilla del ELN (Ejército De Liberación Nacional), responsable de imponer las normas y el orden en la mina, sino con la indiferencia gubernamental y la complicidad de algunos policías, dirigentes locales y funcionarios de entidades de control.

En septiembre del año pasado, en Mercaderes, el municipio del sur del departamento del Cauca donde se encuentra esa parte del río, advirtieron al Ministro de Defensa y otras instancias estatales de la catástrofe ambiental que se gestaba. Solo a mediados de enero del 2016 aterrizaron el CTI (cuerpo de investigación de la Fiscalía), la policía y el Ejército en el San Bingo para combatir la minería que lo está matando, pero fue tarde e insuficiente.

Incineraron las cinco retroexcavadoras mencionadas y no pudieron culminar su misión porque hombres y mujeres se les echaron encima para impedir que hicieran lo mismo con otra treintena.

Además de la fotografía aérea que mandó la primera señal de alarma sobre la brutal explotación minera del San Bingo, basta observar en el terreno las consecuencias de lo sucedido para comprender la magnitud de desastre. Desde el momento en que la camioneta entra al cauce de lo que fue un río caudaloso y hasta el poblado de chabolas de los mineros, son más de tres kilómetros de un paisaje devastado. Enormes hoyos de unos veinte metros de profundidad por doquier, montañas de arena y piedras, ni un solo pájaro a la vista, sequedad y aguas mortecinas que descienden de la cordillera siguiendo surcos inciertos pues cada día los modifican las retroexcavadoras. No solo asfixian su caudal, también lo contaminan. En el último año de actividad emplearon unas 100 toneladas de mercurio.

“El San Bingo era un río encañonado, con mucha agua. En octubre del 2014 se produjo una avalancha que mató a cuatro personas y tumbó puentes. Eso benefició a los mineros porque bajó el oro”, explica un lugareño.

Guerrilla

Para llegar al río, se puede tomar una senda estrecha que sale de Mercaderes, situado sobre una meseta entre dos cordilleras andinas, un accidente geográfico de extraordinaria belleza. Son unos 45 minutos de trayecto.

Distintos testimonios de mineros, transportadores y comerciantes indican que en los meses de más intensa actividad llegaron a operar hasta setenta retroexcavadoras y la cantidad de buscadores de oro oscilaba entre los dos mil quinientos y los tres mil. En cada agujero que excavaba una bull-dozer, se apelotonaban decenas de barequeros. “Para todos había, la mina no excluye a nadie, aquí encuentra gente del Huila, Atlántico, Buenaventura, Chocó, Antioquia, Marmato”, afirma una muchacha del Valle del Cauca que se dedicó a buscar oro al quedarse desempleada.

“Uno se pregunta, ¿por dónde es que meten las máquinas si son tantas y no se pueden esconder cuando circulan por la carretera?”, comenta irónico el dueño de una tienda de cuatro palos y techumbre de plástico. La respuesta me la dieron con posterioridad fuentes oficiales y habitantes de la zona, bajo condición de anonimato: alguna que otra pasa por Mercaderes, si bien el nuevo comandante de la estación incautó una este año; un puñado las metieron por Florencia y la mayor parte entró por Bolívar, municipio con mejores accesos al río, fortín del ELN y de tradición cocalera.

No solo arrasaron con una fuente hídrica vital. También, cuentan los lugareños, hubo muertos que nadie ha osado denunciar ante la Fiscalía y la policía. “Hay quince, unos picados, y a otro se lo estaban comiendo los gallinazos”, señala un hombre. Un comerciante indica, a media voz y sin ofrecer más detalles, que la guerrilla mató a una mujer de otro departamento que solo pretendía trabajar y la enterraron en una loma. “Es que hay mucho oro, demasiado. En un entable (un equipo) pueden sacar una arroba de oro por semana, que son 25 libras. A 80.000 pesos el gramo, calcule. Mucha plata”, exclama.

En el momento de mayor apogeo, que algunos sitúan en el segundo semestre del 2015, el poblado polvoriento, atestado de chabolas, donde se asentó la mayoría de mineros llegados de distintos puntos del país, organizaban peleas de gallos con apuestas millonarias y conciertos de cantantes populares reconocidos.

“Se vendían 300 canastas de cerveza al día, whisky fino, prostitutas las que quiera”, rememora un minero. “Por el operativo de enero muchos se han ido, ahora la mina está muy caliente, es peligroso venir”.

Pese a la tensión y zozobra que se respira, aún siguen apareciendo compradores de oro y se hacen transacciones puesto que son pocas las personas que se aventuran a vender sus pepitas fuera. “En los mejores tiempos, el ELN recibía tres mil millones (unos 850.000 euros) mensuales en vacunas (impuesto revolucionario)”, me había dicho un oficial de policía, el mismo dato que repiten los que están familiarizados con el negocio.

Le pregunté a un comandante del ELN en la mina, al que apodan “El Mono”, veterano en la región. Al igual que su escolta, algunos con la cara tapada, vestía de civil e iba armado de fusil. “Es una mentira difundida por los medios de comunicación y el Ejército. Estamos aquí para acabar con la minería que daña la Naturaleza”, dijo.

Sin embargo, no solo custodian la explotación desde su inicio y dieron luz verde para la entrada de maquinaria, sino que el día anterior, al advertir mi presencia, me quitaron la tarjeta de la cámara para no registrar los estragos que continúan causando las retroexcavadoras (las fotos son del celular) y me obligaron a salir.

Si bien los nativos de la región confían en que los aguaceros del próximo invierno, una vez desaparezca El Niño, devolverá la vida al San Bingo, expertos de la CAR del Cauca (máxima autoridad ambiental regional) consideran que no será posible. El perjuicio causado en unos cinco años de minería, en especial en los dos últimos, sin apenas tregua, requerirá grandes inversiones y muchos años para reponerlo. Y pone en riesgo a los caseríos de sus orillas puesto que perdió su lecho y sus fronteras y en las primeras lluvias fuertes puede arrasarlas.

“Se solicitaron recursos al Ministerio de Minas para recuperar zonas afectadas pero respondieron que no hay”, cuenta una fuente de la CAR del Cauca. “Cuando en el 2015 llegó una denuncia por el San Bingo, enviamos en octubre delegados y antes de llegar al río los agredieron, los amenazaron y les dañaron la camioneta. Nos recomendaron no incursionar porque, además, hay fuerte presencia de un grupo armado (ELN)”.

En la CAR reconocen las limitaciones institucionales para hacer frente a una problemática que crece a ojos vista y que supera su ámbito de actuación, máxime en un departamento donde son muy fuertes FARC, ELN y Bacrim (bandas criminales).

“Esperamos ayuda nacional ahora que es una catástrofe ambiental que puede adquirir proporciones bíblicas“, advierte una funcionaria de la alcaldía de Mercaderes, que pide no dar su nombre. “Esta región tiene paisajes únicos y no pueden dejar acabarlos”.

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