La batalla naval en la que se hundió el tesoro perdido de Napoleón


ABC.es Manuel P. VillatoroABC_Historia

  • Cuenta la leyenda que, el 1 de agosto de 1798, el navío de 120 cañones «L’Orient» se fue a pique cargado con una gran cantidad de oro, plata y joyas a bordo. Un dinero destinado a sufragar la campaña egipcia de Bonaparte

 

El buque insígnia francés explota durante la batalla - Wikimedia

El buque insígnia francés explota durante la batalla – Wikimedia

Uno de agosto de 1798. Desde la bahía de Aboukir –ubicada al norte de Alejandría- la armada francesa observa, fondeada en formación de media luna, cómo se abalanzan sobre ella los navíos británicos comandados por el todavía vicealmirante Horatio Nelson. Son aproximadamente las cinco y media de la tarde y, lo cierto, es que la «Royal Navy» ha pillado por sorpresa a los revolucionarios, quienes apenas cuentan con la mitad de sus hombres a bordo. Sin embargo, los defensores tienen la certeza de que –en el centro de su línea- se encuentra uno de los bajeles más grandes del mundo: el «L’Orient» (de 120 cañones). Por ello, no sienten miedo ante su posible destino (que se abalanza sobre ellos bajo un pabellón azul con una cruz blanca y roja) y se aprestan para defenderse en nombre de Napoleón, su general. Comienzan los tiros, pasan varias horas y, aproximadamente a las diez de la noche y tras múltiples andanadas de proyectiles macizos… el orgullo de la flota gabacha explota en una gigantesca bola de fuego llevándose consigo la vida de cientos de marinos.

Este aciago pasaje es el que, según nos dice la Historia, se vivió en la bahía de Aboukir hace más de dos siglos. Sus consecuencias fueron pasmosas para Bonaparte pues, con los 11 navíos que se fueron al fondo de las aguas en dicha batalla, perdió no solo la iniciativa militar por mar, sino también la posibilidad de recibir más soldados, vituallas o munición para su campaña de Egipto. Además, cuenta la leyenda que Napoleón tuvo que decir también «au revoir» a un gigantesco tesoro de oro, plata y joyas que se encontraba embarcado a bordo del «L’Orient» y que él mismo había robado a los caballeros de Malta durante el asedio de la Valleta (sucedido meses antes). Unas riquezas que iban a ser usadas por el francés para sufragar su campaña a orillas del Nilo contra los mamelucos y que acabaron desperdigadas por todo el fondo marino debido a la explosión del buque insignia francés. Con todo, y a pesar de las investigaciones posteriores de arqueólogos tan reputados como Franck Goddio (quien logró encontrar en la zona restos de monedas de múltiples nacionalidades), saber a día de hoy el lugar en el que reposa esta fortuna (o si simplemente existió) se antoja difícil.

La aventura egipcia de Bonaparte

Para llegar hasta el origen del plan que acabó con un supuesto tesoro desparramado por Aboukir es necesario viajar en el tiempo hasta los últimos años del S.XVIII. Por entonces, Napoleón Bonaparte no era más que un general de 28 años que –aunque había logrado ganarse el cariño del pueblo en su exitosa campaña italiana– aún se encontraba a las órdenes de un poder superior. Este no era otro que el Directorio, un organismo heredero de la Revolución Francesa y que, formado por cinco dignatarios, regía el destino del país desde la capital. Eran años de nuevos regímenes políticos, en definitiva, pero también de antiguas tradiciones. Alguna tan introducida en la genética francesa que difícilmente podía ser eliminada por un mero golpe de estado y un par de cabezas reales cortadas. ¿De cuál estamos hablando? Como no podía ser de otra forma, del eterno odio entre gabachos y ingleses. Una aversión que superó las nuevas ideas de gobierno y se avivó cuando Gran Bretaña declaró la guerra a la «France» en 1792 para luchar contra la Revolución.

En esas andaba la situación política internacional, cuando el Directorio solicitó a Napoleón organizar la invasión de Gran Bretaña por mar. Bonaparte, que de valor andaba sobrado pero de estúpido no tenía ni un pelo del pelucón, respondió inmediatamente que «non» (se desconoce si con un sonoro «merde» detrás). No andaba falto de razón el pequeño galo, pues su armada –además de estar descuidada- se encontraba al mando de nuevos oficiales carentes todavía de la suficiente experiencia como para invadir las islas y no salir trasquilados en el intento. Eso sí, el gabacho no iba a dejar pasar la oportunidad frente a sus narices, por lo que sugirió que todo aquel dinero podría ser utilizado para invadir Egipto. De esta forma, pretendía cumplir un objetivo algo más complejo, pero no por ello falto de lógica: entrar «por la puerta de atrás» (la tierra de las Pirámides, para ser más exactos) en la India. Todo ello buscando algo muy concreto. «Se podría llevar a cabo una expedición hacia el Levante que amenazara el comercio [inglés] con la India», explicó en una ocasión el propio líder.

Dicho y hecho (o «diché» y heché», en este caso). Meses después se organizó una gigantesca expedición formada por 32.300 hombres, 175 ingenieros y científicos y 13 navíos de línea. Entre ellos se hallaba el «L’Orient», el buque insignia de la flota francesa al contar con 120 cañones (lo que le convertía en uno de los más grandes del mundo). El 19 de mayo, aquella armada partió –con Napoleón sentando sus reales en el «L’Orient»- del puerto de Tolón, al sur de Francia. Muy pocos sabían hacia donde se dirigía. «El destino del ejército de Napoleón era un secreto bien guardado. En París se especulaba con que la flota se dirigiría a Sicilia, posesión […] de Inglaterra. Más tarde los periódicos informaron de que el destino era Irlanda», explica el Profesor de Historia Contemporánea de la UNED Julio Gil Pecharromán en su dossier «Sólo fue un sueño». El objetivo de todo aquel secretismo era, simplemente, evitar que la flota inglesa del Mediterráneo al mando de Nelson –al acecho ante cualquier movimiento- les encontrase.

Malta, una conquista de horas

A bordo del «L’Orient», y ya cabalgando las aguas, Napoleón fijó su vista en su primer objetivo antes de pisar las tierras de los faraones: Malta. Regida por los caballeros de la Orden de San Juan, la ciudad que se alzaba en el interior de esta isla era casi inexpugnable y un bastión que, bajo pabellón francés, podía ser un importante escollo para los ingleses de estar del lado de la Revolución. Por ello, y a pesar de que contravenía varios tratados de no agresión, el franchute se decidió a volverla gala por las bravas. «En el plan secreto de Napoleón entraba la conquista de Malta, a cuyo fin su intriga maquiavélica había ya encontrado árbitros para ganar a algunos caballeros de la Orden que habían prometido vender a su patria», explica el historiador Joseph Pons Fortian en su libro «Historia política y militar de Napoleón Bonaparte». El 9 de junio, la armada gabacha hizo su aparición frente a las costas de esta ciudad. No obstante, y como no podía atacar por las buenas los dominios de esta Orden religiosa, el general buscó un pretexto bastante absurdo.

Esta «excusa» la dejó patente en una carta enviada al Directorio el 13 de junio de 1798: «Hemos llegado el 21 de prairial, al amanecer […]. Por la tarde envié a uno de mis edecanes a pedir al gran-maestre de la orden la facultad de hacer aguada en diferentes fondeadores de la isla. El cónsul de la república me trajo respuesta, que fue negativa, y fundada en que no podía permitir la entrada a más de dos barcos cada vez; esto, calculando, hubiésemos necesitado 300 días para hacer la aguada. La necesidad del ejército era urgente y me obligaba a emplear la fuerza para satisfacerla». Pretextos aparte, Bonaparte hizo desembarcar a sus generales (Lannes, Marinont, Belliard, Regnier, y d’Hilliers) en las diferentes islas que conforman los dominios de la Orden. Tras hacerse fácilmente con las tierras anexas, solo quedó por tomar la plaza principal: una prominente fortaleza defendida por unos 7.000 Caballeros, soldados y milicianos (la mayoría, alistados de los ciudadanos de la urbe).

Listos los atacantes y preparados los defensores, comenzaron los combates. «Durante toda la tarde y parte de la noche del 22, la plaza tiró con la mayor actividad, y los sitiadores quisieron hacer una salida; pero el gefe de la brigada Marmont, a la cabeza de la 19ª, les tomó el estandarte de la Orden», señaló Napoleón en esa misma carta enviada al Directorio. Aquello, junto a los disparos realizados por la infantería francesa, debió desmoralizar a los Caballeros, que no tardaron en parlamentar con Bonaparte. «El gran-maestre me envía a pedir el 23 por la mañana una suspensión del arma, y le despachó mi edecán, gefe de la brigada, Junot, con facultad de firmarla. […] El 23 por la noche, los enviados con poder del gran-maestre vinieron a bordo del “Orient”, en donde confluyeron antes del día un convenio que yo remito», señalaba Napoleón en la misiva. Poco después, y amparándose en la idea de que Dios les había ordenado luchar contra los musulmanes, y no contra sus iguales, los defensores entregaron la ciudad sin apenas haber opuesto resistencia.

El tesoro de Malta

Tomada la ciudad, Napoleón hizo firmar a los Caballeros el siguiente tratado a cambio de ciertos privilegios (entre ellos, una pensión vitalicia para los miembros más antiguos de la Orden): «Los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén entregarán al ejército francés la ciudad y los fuertes de Malta. Renuncian, al mismo tiempo, en favor de la República francesa, a los derechos de soberanía y de propiedad que tienen, tanto sobre esta ciudad, como sobre las islas de Malta, el Gozo y Cumino». Además, y como parte de su «recompensa» por haber conquistado la plaza, el general francés hizo desembarcar en la región a los mismos expertos que habían inventariado las riquezas del Vaticano para que cogieran (robaran sería quizá un término más exacto) toda aquello de valor que hubiese en la zona. Así lo determina el historiador Tom Reiss en su obra «El conde negro. Gloria, revolución, traición y el verdadero Conde de Montecristo» (una biografía novelada del famoso personaje).

En palabras de Reiss, los expertos de Bonaparte lograron obtener 1.227.129 francos en todo tipo de joyas. A partir de este punto comenzó una gran leyenda sobre su paradero que, hasta hoy, no ha sido descubierta. En palabras de este historiador, Bonaparte ordenó que se estribaran todas las riquezas en su buque insignia, el «L’Orient». De esta forma, se hallarían ubicadas en el bajel más seguro. De la misma opinión son los historiadores José Gregorio Cayuela Fernández y Ángel Pozuelo Reina quienes, en su obra «Trafalgar: hombres y naves entre dos épocas», señalan que «el inmenso tesoro de los Caballeros de Malta fue cargado en las bodegas del “L’0rient”». Sin embargo, estos autores aumentan la cantidad del dinero robado por los galos hasta 7 millones de francos y oro. Por su parte, y a nivel oficial, Napoleón se refirió al tesoro saqueado en una carta enviado al Directorio el 16 de junio. «Toda la plata de aquí, contando el tesoro de San Juan, no nos dará más de un millón. Este dinero se quedará para los gastos de la guarnición y para la construcción del navío San Juan».

Comienza la batalla

Día va, día viene, Napoleón cerró sus asuntos en Malta tras dejar en la región un nuevo mandamás gabacho y, viento en popa, dirigió a sus buques hacia el norte de Egipto. Todo ello, por cierto, con la flota de Nelson pisando la toldilla a sus bajeles enarbolados con la tricolor. Con todo, el 27 de junio sus vigías avistaron la costa de Marubu, cerca de Alejandría, sin encontrarse con el infame «british» de Horatio, ávido de repartir cañonazos entre los cascarones galos. «El desembarco francés se realizó, sin apenas resistencia, en las proximidades de los tres principales puertos: Alejandría, Damiella y Rosetta. Las tropas se extendieron con rapidez por la costa. Solo dos días después, Alejandría caía en su poder», explica el experto español. Sin embargo, las buenas noticias de la exitosa maniobra quedaron rápidamente ensombrecidas por la escasez de víveres y agua. De hecho, la necesidad del líquido elemento fue tan severa que, mientras los soldados se adentraban más y más en la tierra de los faraones, una buena parte de los marineros de la armada (fondeada en la bahía de Aboukir, al norte de Alejandría) tuvieron que desembarcar para excavar pozos de agua.

Casi un mes después, y tras haber revisado el Mediterráneo de cabo a rabo, Nelson –acompañado de una docena de navíos de línea– avistó finalmente a los bajeles galos fondeados en la bahía de Aboukir. Al fin les había encontrado y, si acababa con ellos, terminaría de un plumazo con una de las pocas posibilidades del «Pequeño corso» de recibir refuerzos, víveres o munición desde Francia. Sin embargo, supo instantáneamente que la contienda no iba a ser sencilla, pues el almirante François-Paul Brueys D’Aigalliers (al mando del contingente) había posicionado a sus buques en paralelo a la costa, siguiendo la línea de la bahía. De esta forma, y según las normas navales, se conseguía que el enemigo solo pudiese atacar a los defensores por una banda, pues –si los navíos estaban lo suficientemente pegados a tierra- era imposible para el enemigo introducirse entre ellos y la playa. A su vez, y si los bajeles estaban lo suficientemente juntos, se lograba un muro de madera imposible de ser rodeado con la capacidad de escupir una gran cantidad de balas contra todo aquel que se acercase.

Sin embargo, los franceses habían cometido un grave error. «Cuando fondeas y te defiendes al ancla sabes que tienes que cumplir dos condiciones: que no te envuelvan por la costa (que no haya calado entre tu barco y tierra) y que no se estorben unos barcos a otros. Los franceses no cumplieron ni una ni otra. Fondearon lejos de tierra pensando que con eso era suficiente para acabar con los ingleses», explica, en declaraciones a ABC, Víctor San Juan, autor de «22 derrotas navales británicas» (Navalmil, 2014). El error fue visto inmediatamente por Nelson quien –engreído y arrojado como el que más- determinó que su plan sería el siguiente: atacar a la línea francesa desde un flanco en dos columnas. La primera sería la encargada de cañonear a los gabachos por su banda de estribor (llegando desde el mar). La segunda, formada por aquellos con más gónadas que cabeza, tendría la misión de tratar de introducirse entre la costa y los bajeles revolucionarios para atacarles desde su babor. De esta forma, y accediendo a la formación desde un lateral de la bahía, lograrían ir aniquilando a los barcos enemigos uno por uno en un terrible fuego cruzado.

El «L’Orient» explotó acabando con todos los marinos que estaban en su interior

Brueys posicionó a sus buques, de derecha a izquierda de la bahía de Aboukir (observando el despliegue desde la costa), en el siguiente orden: «Guerrier» (74 cañones); «Conquerant» (74); «Goliath» (74); «Spartiate» (74); «Aquilon» (74); «Peuple Souverain» (74); «Franklin» (80); «L’Orient» (120); «Tonnant» (80); «Heureux» (74); «Mercure» (74); «Guillaume Tell» (80); «Genereux» (74) y «Timoleón» (74). A su vez, los franceses estaban reforzados con cuatro fragatas (fondeadas y casi sin tripulación en el momento del ataque) y algunas baterías ubicadas en tierra. Por su parte, los británicos contaban con 15 navíos de línea, todos ellos de 74 cañones, y ninguna fragata (las cuales eran utilizadas usualmente en labores de observación).

Los franceses avistaron las velas británicas a las 18:00 de la tarde y, a las 18:30, comenzó el combate. Curiosamente, el almirante galo pensaba que, con lo cercana que estaba la noche, los ingleses esperarían al día siguiente para atacar, pero nada más lejos. Haciendo gala de su temeridad (o, según otros, para evitar que sus enemigos se reforzasen), Nelson decidió mover ficha. Así pues, con el «Goliath» de 74 cañones en cabeza, la «Royal Navy» comenzó su aproximación por el flanco derecho de la bahía de Aboukir y, en el último momento, su línea se dividió en dos para cumplir el plan de su oficial al mando. Lo cierto es que este tuvo suerte, pues –en contra de lo que creían los galos- sus buques no encallaron en aguas tan poco profundas y pudieron, por tanto, atrapar en un fuego cruzado a los hombres de Brueys. Uno por uno, los bajeles que enarbolaban la tricolor fueron desarbolados y destrozados por el fuego. El primero en recibir los susodichos bolazos y quedar lleno de agujeros fue el «Guerrier», que solo pudo defenderse unos minutos ante el ingente asedio «british». A él le siguieron el «Conquerant», el «Spartiate», el «Aquilos» y el «Peouple Souverain».

La tumba del «L’Orient»

Aquella sangría de navíos franceses cañoneados acabó cuando los buques ingleses comenzaron a tener que vérselas contra el centro de la línea francesa. Y es que, en esta zona se encontraban los navíos más pesados. Entre ellos, el «Franklin» y el «Tonnant» (de 80 cañones) y el «L’Orient», el coloso de los mares. «Ya caía la noche cuando aparecieron los buques británicos que atacarían el centro francés. Primero el “Majestic”; que no maniobró bien y terminó ante otro buque de 74 cañones que se encontraba más lejos; después el “Bellerophon”, el “Alexander” y el “Switsure”», explica el historiador militar británico John Keegan en su obra «Inteligencia militar: conocer al enemigo, de Napoleón a Al Qaeda». Los dos últimos tuvieron la suerte (o la pericia) de ubicarse en la popa (la parte más débil de un buque) de sus enemigos y disparar desde allí, pero no le sucedió lo mismo al «Bellerophon». Este, por una desgraciada maniobra, acabó viéndoselas con una de las bandas del buque insignia de Brueys y, como cabía esperar, este le descerrajó varias andanadas que le dejaron hecho una boya.

«El “Bellerophon” tuvo pérdidas considerables al entablar combate con el buque más potente de la línea, perdiendo el palo mayor y la mesana, y sufriendo daños en el trinquete», añade el experto. Aunque el británico acabó severamente dañado, a los pocos minutos recibió la ayuda de sus colegas, el «Swiftsure» y el «Alexander», que comenzaron a cañonear como si no hubiera un mañana al coloso galo. Aquellos tres ingleses provocaron una brutal matanza a bordo del «L’Orient». Decenas de marinos cayeron muertos. También fue presa de metralla primero, y una bala después, el almirante Brueys. Este acabó sus días partido literalmente por la mitad por un proyectil tras negarse a dejar su puesto. Después de que se sumaran otros dos bajeles británicos a la lucha contra el gigante de 120 cañones, este no pudo resistir más. A los pocos minutos se terminó declarando un incendio a bordo, algo que los capitanes ingleses no estaban dispuestos a pasar por alto. «El capitán del “Switsure” ordenó que apuntasen hacia el centro de las llamas, para así evitar que la tripulación francesa pudiese apagarlas», completa.

A las nueve y media de la noche el barco estaba sentenciado. Debido a las balas, los marineros no habían podido evitar que el fuego se propagase en el interior del «L’Orient», y era cuestión de tiempo que las llamas llegasen hasta la Santa Bárbara del bajel (el polvorín) e hiciesen estallar el navío por los aires. Los hombres del coloso francés no eran los únicos que sabían el triste final que les esperaba. También eran conscientes de ello los barcos que estaban combatiendo alrededor suyo. Al menos, así quedó patente cuando el «Alexander», el «Tonnant», el «Heureux» y el «Mercure» sacaron trapo para salir a toda prisa de allí y evitar que la explosión les mandase al fondo de la bahía. El único que le puso gónadas fue el capitán del «Swiftsure», quien calculó que todos los despojos del insignia de Brueys le pasarían por encima y que, si se apartaba en ese momento, su bajel acabaría muy dañado. Tenía razón, y se libró de una buena.

Al final, el orgullo de la armada francesa, uno de los buques más grandes y poderosos del mundo, estalló cubriendo el cielo de la bahía de Aboukir de llamas y ceniza para asombro de franceses y británicos. «La enorme explosión lanzó al aire a cientos de metros de altura pedazos de maderos, mástiles, sogas y cuerpos, que después cayeron sobre la bahía en un radio de dos kilómetros, deteniendo temporalmente la batalla. El ruido se oyó en Alejandría, a 16 kilómetros de distancia», añade Keegan. Cuando el humo se disipó y los capitanes volvieron en sí, la situación era dantesca. Ya no solo porque el mar estuviese lleno de cadáveres sino porque, con la explosión del «L’Orient», la línea revolucionaria se había roto. Sin ya más duros escollos que superar, los hombres de Nelson dieron buena cuenta de los bajeles que quedaban. La victoria estaba asegurada y se saldó con unos números desastrosos para los gabachos: 2 navíos hundidos, 9 capturados o encallados y solo 2 huidos. Los ingleses no tuvieron que lamentar la destrucción de ninguno de sus cascarones.

¿Qué fue del tesoro?

Tras la batalla, la leyenda del tesoro de los Caballeros de Malta comenzó a correr como la pólvora en Europa. ¿Qué había sido de él? ¿Realmente se había ido a pique con el «L’Orient»? A día de hoy, las opiniones son encontradas. Reiss, por ejemplo, es partidario de que el insignia francés explotó cargado de riquezas. Así lo determina en su obra: «El tesoro robado a los caballeros de Malta, un tesoro acumulado a lo largo de mil años –lingotes de oro, piedras preciosas de un valor incalculable, antigüedad, riquezas todas con las que Napoleón contaba para financiar la expedición- desapareció en el fondo de la bahía de Aboukir. Junto con los cañones, los maderos ardientes y las extremidades de los marineros, monedas y joyas llovieron sobre las cubiertas de los barcos franceses e ingleses». Los autores de «Trafalgar: hombres y naves entre dos épocas», son de la misma opinión: «Junto a la infinidad de despojos humanos proyectados a lo largo de la bahía por la explosión de L’Orient, en macabra mezcla, fueron dispersados el oro y las piedras preciosas del tesoro de los Caballeros de Malta, ubicados en las bodegas».

Fuera como fuese, lo acontecido con el supuesto tesoro perdido de los Caballeros de Malta quedó olvidado en la Historia hasta que, en el año 1983, el arqueólogo submarino Jacques Dumas inició una exploración de la Bahía de Aboukir con el objetivo de desvelar sus secretos. Sin embargo, este experto falleció a los pocos años. Su testigo lo cogió su colega Franck Goddio quien –en colaboración con el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto- logró hacer un mapa subterráneo de la batalla y descubrió que el «L’Orient» había sido hundido por dos explosiones (una de ella, la de la Santa Bárbara), y no únicamente una. A su vez, el galo volvió a reabrir hace una década el misterio de las riquezas saqueadas por Napoleón al encontrar en el fondo marino decenas de monedas de procedencias muy diversas (principalmente francesas –de los reinados de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI-, pero también de Malta, del Imperio Otomano, de Venecia, de España y de Portugal). ¿Piezas del antiguo tesoro de los Caballeros de Malta? Sólo el tiempo lo dirá.

 

El «súper espía» catalán que impidió que los tanques de Hitler aplastasen a los Aliados el Día D


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  • Juan Pujol, el hombre que engañó a Hitler, fue confundido por Carmena con un periodista franquista

 

 Varios soldados desembarcan en Francia - ABC

Varios soldados desembarcan en Francia – ABC

Juan Pujol -el hombre que Carmena confundió con un periodista franquista– nació el 14 de febrero de 1912 en Barcelona. De padre catalán y madre murciana, se crió en una familia que nunca se decantó por un bando político, aunque -como bien señala el historiador Jesús Hernández en «Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial»- siempre defendió los valores tradicionales. Con el comienzo de la Guerra Civil española, el futuro espía internacional se alistó en el ejército republicano y, en un descuido, saltó a una trinchera del bando franquista para entregarse. Terminó con sus huesos en el ejército nacional, pero se las ingenió para que no le enviaran al frente. «En el fondo, se sentía apolítico y estaba orgulloso de no haber llegado a disparar en toda la guerra», explica el experto español.

Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Pujol se decantó por el bando de los Aliados y se personó -allá por 1940- en la embajada del Reino Unido en Madrid para ofrecer sus servicios como espía. No le prestaron ninguna atención, pero eso no iba a detenerle. Decidido a ser un agente inglés, se puso en contacto con el ejército nazi para ofrecerles ser su informador. Los alemanes aceptaron y, después de otorgarle formación básica en las artes del espionaje y un nombre en clave (Arabel), le enviaron a Londres a desempeñar su tarea. Sin embargo, el catalán nunca llegó a tierras británicas, sino que se escondió en Portugal y, desde allí, adjuntó información falsa a la embajada de Alemania en Madrid basándose en guías de viajes de la región.

El MI5 (la organización responsable del contraespionaje en el país) no tardó en percatarse de que Pujol estaba haciendo las veces de agente doble para el ejército Aliado pues -aunque los hombres de la Abwehr (la inteligencia germana) no se daban cuenta de ello- cometía multitud de errores a la hora de enviar sus supuestos informes. Entre ellos, solía equivocarse cuando daba cuenta del dinero que le había costado usar el trasporte público. El servicio secreto inglés llegó a decir sobre Pujol que «fue un milagro que hubiera sobrevivido durante tanto tiempo». Al final, Gran Bretaña contactó con él y le «alistó» tras definirle como un hombre con una «inagotable y fuerte imaginación». Fue entonces cuando se convirtió en «Garbo». Un nombre que le pusieron por ser un «auténtico actor».

La «gran cruzada» contra Hitler

En 1944, Garbo ya había enviado cientos de informes a los alemanes para ganarse su confianza. Su método habitual consistía en darles datos veraces sobre operaciones reales, pero procurando que llegaran horas o días después de que estas se hubiesen sucedido. Para aumentar su credibilidad creó una considerable red de espías falsos que corroboraban sus «soplos». Entre los falsos colaboradores destacaban un piloto de la RAF que amaba emborracharse, un curioso sujeto aficionado a la poesía o un lingüista que odiaba el comunismo. Además, y según Hernández, se inventó una relación con una empleada del Ministerio de la Guerra del Reino Unido para explicar lo minuciosa que era su información. Ese mismo año, Pujol fue requerido por los británicos. Su nueva misión sería engañar a Hitler para que no supiera donde se iba a suceder el día D.

La responsabilidad era gigantesca, pues debía evitar que Hitler sospechase que los más de 7.000 buques y casi 2 millones de hombres que se estaban preparando en el sur de Inglaterra iban a cruzar el Canal de la Mancha y hacer su aparición en Normandía. Para ello, Garbo envió información falsa a los alemanes insistiendo en que la operación no se iba a suceder en verano. Sin embargo, llegó un momento en que fue imposible ocultar la misión debido a la gran cantidad de tropas presentes en Gran Bretaña, por lo que cambió de estrategia.

Ideó una gigantesca red de mentiras que tejió desde su «despacho» de la calle Crespigny Road nº 35 de Londres. Este contaba con dos partes. La primera, denominada «Fortitude North», buscaba que los germanos creyesen que la invasión iba a sucederse en la costa de Noruega. En la segunda, conocida como «Fortitude South», debería inventarse la existencia de un falso contingente (con nombre en clave FUSAG, al mando de Patton y con su cuartel general en Wentworth) y afirmar que se estaba preparando para atacar Calais, a unos 300 kilómetros de Normandía (el objetivo principal).

Si lo conseguía, lograría que los Aliados no tuviesen que enfrentarse a dos divisiones de carros de combate y otras cinco de infantería que habían sido destinadas en Calais. Garbo se puso en marcha. A los pocos días, ya había enviado decenas de mensajes señalando -por ejemplo- que su agente de Liverpool había avistado fuerzas «destinadas a atacar la costa atlántica francesa en el sur». Además, el catalán desconcertó todavía más a los nazis aportando sus propias opiniones. Así pues, en una ocasión hizo especial hincapié en que sus fuentes consideraban que era seguro que se iba a suceder «un ataque contra Noruega». Sus informes surtieron efecto y desconcertaron al mismísimo Hitler.

Sin embargo, a Garbo (así como a otros espías que trabajan junto a él) todavía le quedaba una última prueba que tuvo que pasar el mismo Día D, el 6 de junio de 1944. Para que los alemanes siguiesen manteniendo su confianza en él, el gobierno británico estableció que debería informar a los nazis de que -efectivamente- había un desembarco se iba a producir en la playa de Normandía, aunque con tan poco tiempo de reacción (apenas unas horas) que no tuviesen tiempo para desplazar a sus hombres hasta la zona. «No se trataba de presunción, mantener la confianza alemana en la infalibilidad de Garbo era crucial. El retraso en la trasmisión desde Madrid a Berlín era de unas tres horas, por lo que, para cuando el mando alemán recibiera el mensaje, la invasión estaría en marcha», explica Ben Macintyre en su libro «La historia secreta del Día D».

Garbo, obediente, envió varios mensajes a partir de las tres de la mañana a la embajada alemana en Madrid señalando que se iba a producir una invasión en Normandía. El plan salió a la perfección pues, al no haber nadie de guardia en el edificio, los nazis no pudieron usar los datos ni tan siquiera con horas de retraso. «Los alemanes se desesperaron pensando que, si alguien hubiera estado allí para recibir la información de Garbo, podrían haberse enfrentado con éxito al desembarco», añade Hernández. Así pues, aquel día las 7 divisiones que podrían haber expulsado a los Aliados de las playas se quedaron en Calais, esperando un asalto que nunca llegó. Al menos hasta el 8 de junio, cuando Hitler no tuvo más remedio que desplazarlas para combatir la amenaza que se cernía sobre sus dominios. Arabel volvió entonces a demostrar sus dotes de espía al convencerle mediante falsos informes de que hiciera dar la vuelta a sus soldados, pues había indicios de que los Aliados atacarían otras zonas de mayor importancia. El «Führer» lo hizo. Fue engañado dos veces.

«Garbo nunca creyó que la Guerra Civil fuese la solución»

Afirma que no es un experto en la materia, pero Pedro Corral (San Sebastián, 1963) tiene a sus espaldas toda una vida dedicada a la investigación histórica de la Guerra Civil. En las últimas semanas, además, se ha vuelto uno de los políticos más perseguidos por corregir los errores cometidos por Ahora Madrid en su revisión del callejero de la ciudad. Hoy le preguntamos por Garbo, quien, antes de ser espía, pasó por el ejército republicano y franquista.

-¿Cómo pudo luchar Pujol en ambos bandos?

-Después de que la República le llamara a filas se escondió en Barcelona para evitar la guerra. Era un profundo pacifista. Nunca creyó que luchar fuese la solución. Estuvo oculto algún tiempo, pero le tenían tan atemorizado que, cuando el presidente del Gobierno republicano, Juan Negrín, dictó en 1938 una amnistía que perdonaba a los desertores de filas si regresaban al ejército, se reenganchó. Posteriormente, mientras me documentaba para un libro, descubrí en los archivos un parte del ejército republicano en el que se informaba de la deserción de Juan Pujol. Así fue cómo descubrí que se había pasado al bando nacional en la batalla del Ebro. Pero no porque fuera adepto a Franco, sino porque quería evitar la guerra, huía de ella.

-¿Demostró en la Guerra Civil sus dotes de espía?

-Se podría decir que sí. El mismo 9 de octubre, un día antes de desertar, se encargó de dar una charla propagandística a los franquistas desde las trincheras republicanas. En ella les dijo que la causa republicana era la que merecía la pena y que deberían dejar de combatir. Ese día convenció a todos sus compañeros de que realmente era de su bando y la jornada siguiente desertó. Dio una lección de auténtico agente doble.

-¿Merece Garbo un hueco en el callejero madrileño?

-Su papel fue brillante en la Segunda Guerra Mundial. Creo que sería formidable que a este héroe de la Segunda Guerra Mundial se le concediera un espacio público en Madrid. Es alguien del que todos los españoles deberíamos sentirnos orgullosos.

 

El enigma de las formas geométricas del Amazonas


El Mundo

  • La deforestación revela un secreto que sólo se puede ver desde el aire: zanjas y fosas excavadas con formas circulares o redondas
  • Geoglifos realizados hace miles de años por una civilización perdida
Una de las formas geométricas, en este caso cuadrada, descubiertas en la selva amazónica de Brasil. J. DE LA CAL

Una de las formas geométricas, en este caso cuadrada, descubiertas en la selva amazónica de Brasil. J. DE LA CAL

La floresta guardaba un secreto oculto por los árboles desde hace 3.000 años. Quizá más. Círculos ofrecidos por el hombre a los dioses, dicen algunos. Cuadrados creados para albergar pueblos, aseguran otros. Hexágonos para hacer rituales, comentan los más antiguos. En cualquier caso, quien los hizo parece que quería transmitirnos un mensaje del pasado. Un mensaje que, cual paradoja ecológica, ha salido a la luz por la destrucción incontenible de la selva amazónica.

Hay más de 300 repartidos por el estado brasileño de Acre, el más occidental de Brasil, junto a la frontera con Perú y Bolivia. Se trata de detalladas zanjas o fosos de uno a cuatro metros de profundidad y unos 12 metros de ancho, reforzados en sus lados por la propia tierra de la excavación. Forman diferentes bajo relieves sobre un suelo arcilloso con diferentes diseños, desde los mas simples -rectas paralelas, cuadrados o rectángulos- hasta otros un poco más complejos como círculos, pentágonos o en forma de U. Pueden medir hasta 300 metros cuadrados de superficie.

Su descubrimiento, como suele pasar en muchos de los grandes hallazgos arqueológicos de la Historia, tuvo también su parte azarística. En 1977 el profesor Ondemar Dias, del Instituto Brasileño de Arqueología de Río de Janeiro, los incluyó como parte del inventario que estaba realizando para el Programa Nacional de Investigaciones Arqueológicas en la cuenca del Amazonas. En aquel momento su trascendencia apenas salió de los círculos académicos. La vegetación todavía cubría la mayor parte de unas formaciones que, por otra parte, abundaban ya en las vecinas selvas bolivianas.

El impacto mediático llegó unos años más tarde. A mediados de los ochenta, el geólogo y paleontólogo de la Universidad Federal de Acre (UFAC) Alceu Ranzi, discípulo de Ondemar, viajaba en un vuelo comercial entre Porto Velho y Río Branco, en un vuelo que solía hacer con cierta frecuencia. Y cada vez que miraba por la ventanilla del avión sentía la misma preocupación al ver como avanzaba la colonización del hombre sobre la selva. De un mes a otro aparecían nuevas y enormes superficies desarboladas donde ya pastaban innumerables cabezas de ganado. Las carreteras, primero de tierra y luego de asfalto, iban abriendo brecha en esa selva otrora intacta. Y, precisamente junto a una de ellas, la BR 317, que comunica los estados de Rondonia y Acre, Ranzi se dio cuenta de una estructura circular de doble borde que aparecía en una zona antes tapada por la floresta.

A partir de este momento la noticia se fue expandiendo en la medida que los expertos cayeron en la cuenta de que sólo una civilización avanzada podía haber tallado formas geométricas tan perfectas. Desde 2007, con el apoyo del satélite taiwanés Formosat-2, los descubrimientos en una zona de 25.000 kilómetros cuadrados se han multiplicado por 10 y se calcula que apenas se ha localizado el 20% del total. Actualmente, los geoglifos de Acre están a punto de ser incluidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

La Amazonía fue hogar de grandes pueblos

Hasta ahora los investigadores estaban convencidos de que en la época precolombina, la Amazonía Occidental presentaba muy pocas señales de población y civilización. Sin embargo, lo que ha venido a demostrar la existencia de los geoglifos y sus estudios asociados, es que esta zona olvidada del planeta pudo ser el hogar de varios pueblos estructurados y de gran tamaño.

Las figuras están conectadas entre sí por lo que parecen ser caminos: dos líneas paralelas, más elevadas, como si estuvieran protegidos. Hasta hace pocos años la hipótesis inicial era que las construcciones, cuyos contornos están formados por zanjas continuas abiertas en el terreno, tenían funciones defensivas similares a las de un fuerte.

«Las crónicas de los primeros conquistadores -de Orellana a Schnidel, por ejemplo- describían aldeas defendidas por altas empalizadas de madera. Si había aldeas fortificadas significa que los pueblos que allí vivían tenían que defenderse de invasores. La expansión de los pueblos de lengua tupi-guaraní y pano en tierras habitadas por indígenas que hablaban arawak podría esclarecer parcialmente esta tesis», asegura el arqueólogo Marcos Vinicius das Neves, uno de los investigadores pioneros que acompañó las investigaciones del profesor Ondemar.

No obstante, esta teoría no explica los geoglifos dobles, o bien, los que están constituidos por un círculo al interior de un cuadrado. Los últimos estudios realizados por los finlandeses parecen apuntar otra cosa: como una especie de plaza tribal, el área interna de los geoglifos habría sido utilizada para la realización de ceremonias. «La evidencia arqueológica sugiere que en estos sitios se realizaban encuentros especiales, cultos religiosos por ejemplo, y sólo ocasionalmente hacían las veces de aldea», afirma la profesora Denise Schaan, de la Universidad Federal de Pará (UFPA).

La última de las teorías, también relacionada con la espiritualidad indígena, es la que afirma que estos geoglifos fueron construidos para rendir tributo a la divinidad como en el caso de los de Nazca, descubiertas en 1927, con el advenimiento de la aviación comercial. «Los geoglifos de la Amazonía son tan importantes como los de Nazca. Pero a pesar de haber sido descubiertos hace más de veinte años, nadie ha sabido nunca nada de ellos», afirma su propio «redescubridor», Alceu Ranzi. «Era evidente que, como los de Nazca, se trataba de geoglifos: grandes diseños labrados en el suelo -geométricos, zoomorfos o antropomorfos-, que pueden ser mejor observados desde lo alto, y a veces sólo así. El dominio de la geometría y las dimensiones de los geoglifos -hay círculos de hasta 300 metros de diámetro- revelan algo más fascinante, y que revoluciona la historia del Amazonas», añade.

Uno de los misterios que envuelven a estos geoglifos es que, a pesar de su gran número, no hay indicios de que hubiese habido grandes poblaciones en la zona. «Antes se creía que en esta parte de la Amazonía sólo había cazadores y recolectores, nómadas. Pero por el número y el tamaño de las estructuras, los pobladores de entonces tenían que ser sedentarios y organizados haciendo trabajos en cooperación», deduce Ranzi. Calcula que, al menos en los sitios descubiertos, la población rondaba las 70.000 personas.

Sin embargo, y a pesar de las afirmaciones del profesor, no se ha encontrado ninguna evidencia de ocupación humana a gran escala y durante un período prolongado en sus zonas aledañas. «Los constructores de los geoglifos no tenían piedras en aquella región, pero hicieron enormes trabajos en la tierra, que demandaban un poderío y habilidades de organización comparables con las de otras civilizaciones antiguas», añade Ranzi. Tampoco se han encontrado restos óseos ni manchas de la llamada «tierra negra», un tipo de suelo negro muy común en otras partes de la Amazonia, que se forma a partir de restos orgánicos producidos por la ocupación humana prolongada en una zona. En todo caso, la construcción de geoglifos en una selva tan densa es difícil. Por ello los estudiosos consideran la posibilidad de que la selva que actualmente cubre el área fuera, no hace tanto tiempo, mucho menos espesa que hoy día. A no ser que la talaran, como hicieron los mayas en el Yucatán

Los escasos artefactos asociados a una cultura material, en general algunos trozos de cerámica, fueron rescatados en la cima o en el fondo de las zanjas que forman las líneas geométricas. La datación de estos restos, con el método del Carbono 14, es del 1294 d.C. Aunque hay dataciones de movimientos terrenos como campos elevados, canales de riego y balsas redondas, que pueden tener más de 4000 años de antigüedad. Tampoco se han localizado los lugares de residencia y los cementerios de los constructores. Esta puede ser la fecha del fin de esta civilización, que habría permanecido en la zona desde un milenio antes. Fecha que sugiere que los desconocidos autores de los geoglifos pueden haber desaparecido antes de la llegada a América de los europeos.

Una gran civilización perdida

Todo esto indica que en esta zona no hubo una gran civilización perdida, como tampoco existen evidencias concretas acerca de quiénes fueron los constructores de los geoglifos, ni cuánto tiempo emplearon en esa tarea. «No podemos hablar de un enorme imperio perdido que adoraba a sus dioses geométricos en ese rincón de la Amazonía. De momento todo parece apuntar a dos o tres pueblos semi nómadas y dispersos por pequeñas aldeas que compartían algunos rasgos culturales comunes, tales como la construcción de los geoglifos, asegura la arqueóloga Sanna Saunaluoma, de la Universidad de Helsinki.

Saunaluoma pertenece al Instituto Iberoamericano de Finlandia, con sede en Madrid. Esta institución colabora desde hace casi 15 años con las universidades brasileñas en el estudio de los misteriosos geoglifos de Acre a raíz de la tesis doctoral por la que su director, Martti Pärssinen, demostró que los incas habían llegado a áreas relativamente próximas a la selva acreana. En 1997, Pärssinen y un equipo de la Universidad de Helsinki, descubrió una fortaleza incaica conocida por el nombre de Las Piedras, próxima al pueblo de Riberalta, en el extremo norte de la región de Bení y bastante cerca de los geoglifos. La conclusión de esta cadena de descubrimientos parece probar que la zona de Acre fue un punto de encuentro cosmopolita entre la Amazonía oriental y las Cordilleras de los Andes.

«Nuestra hipótesis ayuda a entender la razón por la cual los primeros españoles que exploraron la selva amazónica hablaban de grandes ciudades densamente pobladas, pero en los escritos posteriores sólo mencionan pequeños pueblos», aclara Pärssinen. Algunas de estas tribus, como los tucanos, son apuntados como los posibles descendientes de los pueblos que hicieron los geoglifos. Una pista, si bien tenue, surge de un texto de finales del siglo XIX. Ese escrito relata el encuentro entre un coronel brasileño y 200 indios que vivían en una aldea sumamente organizada y que adoraban a dioses geométricos tallados en madera, en la frontera con Bolivia.

Quizá la solución a este misterio venga algún día de la mano de los propios herederos de los constructores de estos geoglifos: los indios. «De forma indirecta hemos sugerido a los arqueólogos que porqué no juntan en uno de esos círculos a los pajes (chamanes) más viejos de nuestras tribus y hacen un ritual con nuestras plantas visionarias», asegura Xia Kaxinawá, cacique de la tribu de los Huni Kuin. «Quizá venga del otro lado alguna inspiración para dar claridad al origen de todo esto después de 20 años de no saber nada…»