El gélido disco planetario con forma de platillo volante


El Mundo

  • Los granos de polvo están a -266 grados centígrados
La región Rho Ophiuchi e, insertada, una ampliación del Platillo Volante. DIGITIZED SKY SURVEY 2 /NASA/ESA

La región Rho Ophiuchi e, insertada, una ampliación del Platillo Volante. DIGITIZED SKY SURVEY 2 /NASA/ESA

La región de formación estelar Rho Ophiuchi tiene unos colores espectaculares resultado de los procesos que tienen lugar allí. Las zonas azuladas brillan por la luz reflejada, y en las regiones rojizas y amarillas el brillo se debe principalmente a las emisiones del gas atómico y molecular que desprende la nebulosa. Las regiones oscuras son causadas por partículas de polvo formadas alrededor de estrellas jóvenes, y bloquean la luz que se emite detrás de ellas.

Ahora un equipo de astrónomos ha podido medir, por primera vez de forma directa, la temperatura de estas partículas de polvo situadas en el disco protoplanetario de una estrella joven conocido como “Platillo Volante” por verse casi de canto. Estos discos protoplanetarios, formados de gas y polvo, son la primera etapa de creación de los sistemas planetarios, como nuestro Sistema Solar. Gracias a una técnica innovadora, en la que los investigadores han sacado provecho de la localización del disco, se ha descubierto que los granos de polvo tienen una temperatura muy inferior a lo esperado. -266 grados centígrados.

“El disco absorbe la emisión de moléculas de la nube. Al comparar la intensidad de esta absorción con la de la emisión termal del disco de polvo, podemos medir de manera simple la temperatura real del polvo”, indica Stéphane Guilloteau, del Laboratorio de Astrofísica de Burdeos, en Francia, el principal investigador del equipo, al hablar de este novedoso método.

La joven estrella, que recibe el largo nombre de 2MASS J1681370-2431391, está situada a unos 400 años luz de la Tierra. Los astrónomos utilizaron el mayor radiotelescopio, el ALMA, en el llano de Chajnantor, en la Cordillera de los Andes de Chile, para observar el resplandor proveniente de moléculas de monóxido de carbono en el disco y descubrieron que en algunos casos había una señal negativa, algo muy sorprendente para ellos, ya que Guilloteau afirma que todo resplandor tiene que ser positivo. “Hacia el disco de polvo, el resplandor es menor. El resplandor constante alrededor del disco da una señal nula para el interferómetro, y en el disco de polvo la señal es más baja, por lo tanto es negativa”.

Dado que ALMA no es sensible a la extensa señal de fondo, el equipo también tuvo que combinar las mediciones con las observaciones de fondo del telescopio de 30 metros IRAM, localizado en el Pico Veleta, en Granada. Gracias a los datos de ambas herramientas pudieron determinar que la temperatura es de -266 grados centígrados a una distancia de unos 15.000 millones de kilómetros de la estrella central (esto es cien veces la distancia de la Tierra al Sol).

Los últimos modelos estudiados no predijeron unas temperaturas tan bajas, ya que en general se estimaban entre los -258 grados y los -253 grados centígrados. “Algo debe de estar equivocado, por lo que es necesario revisar estos modelos”, sostiene Guilloteau. Las características de estos granos de polvo deben de ser diferentes a lo que se creía hasta ahora.

Según los estándares astronómicos, estos granos son ‘grandes’. El tamaño de las partículas estudiadas varía entre los 0,1 milímetros y un centímetro. “Estas pequeñas piedras están constituidas de silicatos y grafito, cubiertos de hielo de agua, pero también monóxido de carbono, dióxido de carbono y metano”, informa Guilloteau. Seguramente sean muy heterogéneos y esponjosos.

Emmanuel di Folco, coautor del estudio, indica que hay que encontrar cuáles son las propiedades del polvo que aceptan estas temperaturas tan bajas. Aunque es necesario llevar a cabo más observaciones, si se confirma que estas temperaturas tan bajas son algo habitual en los discos de formación de planetas podría traer muchas consecuencias para la comprensión de cómo se forman y evolucionan.

«I-span-ya», el misterioso origen de la palabra España y el nombre de otros países europeos


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  • ¿Sabes de dónde proviene el término Grecia? ¿Y San Marino? La mayoría de regiones cuentan con un enigmático pasado

 

16131-Portugal

El origen del término «Portugal» desconcierta a los historiadores desde hace décadas. De hecho, existen múltiples teorías sobre el término del que proviene. Entre ellas, la más mitológica afirma que hay que dar las gracias por este término a Túbal, nieto de Noé. Un personaje que habría fundado la ciudad de Setúbal y, en palabras de algunos historiadores, también la región de Portugal. Con todo, estaq teoría no es considerada más que una mera leyenda. También se afirma que el país pudo tomar su nombre de Porto, una ciudad levantada por el conde Enrique de Borgoña en la región.

Por su parte, el historiador español Juan Cortada hace referencia en su obra «Historia de Portugal: desde los tiempos más remotos hasta 1839» a la posibilidad de que el nombre hubiese sido dado por los galos. Este pueblo, después de desembarcar en la actual Oporto, habría denominado a la zona «Portus Gallorum», vocablo que evolucionaría felizmente hasta el topónimo actual. A su vez, el experto recoge en su obra una teoría que afirma que, cerca del Duero, se edificó una ciudad llamada Cale y, a continuación, un puerto contiguo (Portus). La unión de los dos habría dado como resultado «PortusCale» y, por consiguiente, Portugal.

2-Austria

El origen del término hay que buscarlo en los albores del idioma alemán (el conocido como «Alto alemán antiguo»). Allá por el año 996, el emperador Otón III ordenó elaborar un documento que especificara qué área debía gobernar Enrique I, más conocido por ser el Conde de Babenberg. En dicho texto se refirió a la región que abarcaría el futuro país como «Ostarrichi», cuyo significado es «dominio oriental». Con los años, esta palabra evolucionó hasta convertirse en «Österreich» (de «Öst» -este- y «Reich» -reino o imperio-). Término que, actualmente, se corresponde con la traducción alemana de Austria. Años después, «Öst» se latinizó erróneamente como «austro» o «auster» (austral), lo que derivó en el nacimiento definitivo del topónimo.

«Öst» se latinizó erróneamente como «austro» o «auster» (austral), lo que derivó en el nacimiento definitivo del topónimo

Si quisiéramos remontarnos todavía más atrás en el tiempo, habría que decir que existen varias teorías sobre el origen de «Ostarrichi». Las más extendidas afirman que proviene del término «Marcha Orientalis», el nombre con el que se denominó a la marca que dividía el Sacro Imperio Romano Germánico de Hungría. Sin embargo, y tal y como afirma la embajada de este país, el historiador austríaco Friefrich Heer es partidario de que este término nació hace más de cuatro milenios en una zona cercana ocupada por los celtas. Estos habrían llamado a la zona «Norig» (significando «No» oriental y «Rig», reino). «Rig», por su parte, habría derivado posteriormente en Reich (o un vocablo primitivo similar), lo que habría resultado en «Ostarrichi».

3-Irlanda

El origen del nombre de esta región parece estar más claro que otros pertenecientes a la Unión Europea. La primera teoría del mismo, según afirma el historiador del S.XVI Geoffrey Keating en su obra «Foras Feasa ar Éirinn» («Fundación del conocimiento en Irlanda»), es que Irlanda es el decimotercer nombre que pusieron a esta isla los escitas milesios (una de las tres civilizaciones que poblaron la zona en sus más antiguos orígenes). «El primer hijo de Mil enterrado en el suelo de la isla sería Ir [Eire], de quien la isla recibiría su nombre: Ir-fond (“Ir-tierra”)», explica Ramón Sainero, director del Instituto de Estudios Celtas, en el «Diccionario Akal de mitología celta». Con los años, «fond» pasó a convertirse en «land» debido a la llegada del inglés, lo que hizo que esta civilización adoptase este nombre.

Otra teoría explica que Irlanda proviene de «Éire», el nombre oficial del país según su constitución. Este término provendría de «Ériu», y se corresponde con la forma en la que llamaban a la isla parte de sus habitantes en la Edad Media. Dicho vocablo deriva, a su vez, de «Iwerju» (cuyo significado es «fértil», según explica el filólogo Francisco Cortés en su obra «DIC MIHI, MVSA, VIRVM: Homenaje al profesor Antonio López Eire»). Añadiendo a esta sílaba la terminación «land», habría nacido el nombre de este país.

4-Francia

El nombre de la tierra que habitan a día de hoy los galos tiene un origen latino. Concretamente, su significado es el de «tierra de francos» por ser ellos los que se asentaron en esta zona.

Pero… ¿De donde provine el término francos? En este punto es necesario señalar que existen varias teorías. El humanista español del S.XIX Pedro Felipe Monlau fue partidario, por ejemplo, de que el sustantivo hace referencia a los pueblos germanos que, allá por el siglo V, se levantaron en armas contra los romanos y se asentaron en la Galia. Estos grupos, de diferentes tribus a pesar de hallarse todos territorialmente en la actual Alemania, habrían decidido denominarse francos de forma común. «La palabra franco proviene del latín francus o de la voz germánica franck y significa libre e independiente», explica el experto en su obra «Diccionario etimológico de la lengua castellana».

«Tomaron el nombre de francos, que en lengua germánica lo mismo que en muchas otras significa hombres independientes»

El pedagogo Vicenç Joaquín Bastús i Carrera opina de forma similar: «Tomaron el nombre de francos, que en lengua germánica lo mismo que en muchas otras significa hombres independientes». Sin embargo, este autor señala específicamente en su texto que esta afirmación no está, a día de hoy, comprobada totalmente. Existe también una segunda teoría partidaria de que este nombre podría derivar del hacha «francisca», un arma presuntamente utilizada por los francos de forma generalizada durante sus andanzas por la nueva Galia. A día de hoy, en cambio, se desconoce qué fue primero, si el utensilio para quitar vidas, o el pueblo.

5-San Marino

El origen de la república más antigua del mundo está ligado de forma indiscutible a la del religioso que porta su nombre. Según determina el prelado de la iglesia católica Servílio Conti en su obra «El santo del día», existen pocos datos sobre la vida real del santo. Los mismos nos dicen que este personaje nació en Dalmacia allá por el año 257. Picapedrero de profesión, viajó hasta Rímini (una ciudad del norte de Italia) donde participó, junto a un amigo, en la construcción de sus murallas. Unos 13 años después, y cuando era ya un modélico cristiano, Marino tuvo que marcharse hasta el monte Titano (en la actual San Marino) debido, según se cree, a la fuerte persecución religiosa.

En los siguientes meses se dedicó a la oración y a la vida religiosa. Así, hasta que terminó la persecución que el Emperador Diocleciano había iniciado contra los cristianos. «El obispo de Rímini, Gaudencio, reconoció entonces las virtudes de Marino y de su compañero […] y los ordenó diáconos», añade el autor. En lugar de marcharse a otra zona a predicar como hizo su amigo, nuestro protagonista volvió al monte Titano, donde edificó una iglesia dedicada a San Pedro y, con el tiempo, formó una comunidad monástica. Se dice que acabó sus días un 3 de septiembre del año 366, décadas después de que -en el 301- el pueblo le adorara tanto como para poner su nombre a la región. Sin embargo, esta fecha es todo un misterio. Eso sí, el país celebra ese mismo día y ese mismo mes su fiesta nacional y religiosa más destacada.

6-España

La palabra «Hispania» (la romanización de España) tiene su origen en la denominación que servía a la civilización romana para el conjunto de la Península Ibérica, y cuyo significado vinculaban los escritores latinos a «tierra de conejos». Entre ellos Plinio «El Viejo», Catón «El Viejo» y Catulo, quienes citaban las tierras ibéricas como un lugar repleto de conejos, más concretamente de damanes (unos mamíferos parecidos al conejo y muy comunes en África).

La teoría más aceptada en la actualidad sugiere que «I-span-ya» se traduce como tierra donde se forjan metales

No obstante, la raíz no latina de «Hispania» ha llevado a los historiadores a plantearse que su origen puede ser anterior a los romanos, procediendo en realidad de la denominación fenicia «I-span-ya». Pero, ¿qué significa esta palabra? El misterio está servido. Según expuso Cándido María Trigueros en 1767, el término podría significar «tierra del norte», aduciendo que los fenicios habían descubierto la costa de «Hispania» bordeando la costa africana, y ésta les quedaba al norte. Así, «spn» («sphan» en hebreo y arameo) significaría en fenicio «el norte».

En cualquier caso, la teoría más aceptada en la actualidad sugiere que «I-span-ya» se traduce como tierra donde se forjan metales, ya que «spy» en fenicio (raíz de la palabra «span») significa batir metales. Detrás de esta hipótesis de reciente creación se encuentra Jesús Luis Cunchillos y José Ángel Zamora, expertos en filología semítica del CSIC, quienes realizaron un estudio filológico comparativo entre varias lenguas semitas y determinaron que el nombre tiene su origen en la enorme fama de las minas de oro de la Península Ibérica.

7-Grecia

Lo primero que hay que entender sobre el caso griego es que los propios griegos se han designado históricamente como helenos, siendo hoy el nombre oficial del país: la República Helénica. Los filólogos no se ponen de acuerdo sobre la etimología de esta palabra. Entre las posibles teorías está la de que pudiera proceder de sal («rezar»), ell («montañoso»), sel («iluminar») o de una ciudad denominada «Hellás», próxima al río Esperqueo, que todavía se conoce por ese nombre. No existen así los términos «Grecia» o «griegos» en la lengua de esta nación.

Fueron los romanos los que designaron al país como «Graecia», que literalmente significa «la tierra de los griegos». El origen de esta palabra griega está en «Graikós», cuya etimología podría derivar de el nombre de una tribu de Beocia que emigró a Italia en el siglo VIII a. C. Homero recogió a las fuerzas de Beocia dentro de la enumeración de naves que realizó en la «Iliada», donde hace referencia a una ciudad de esta tribu llamada Grea. El contacto de varios colones procedentes de esta tribu con Italia hizo que los romanos generalizasen la denominación a todas las tribus helénicas.

8-Italia

La mayoría de los nombres de países europeos proceden de denominaciones asignadas durante el proceso de conquista y colonización llevada a cabo por los romanos. Lo curioso es que la palabra Italia deriva, al menos según la hipótesis planteada por primera vez por el arqueólogo Domenico Romanelli, de una colonia griega en el Brucio (actual Calabria), la de los italos, que en griego antiguo hacía mención al toro joven. De esta forma, cuando concluyó la hegemonía de los rasena en Italia y comenzó la romana, los pueblos peninsulares se coaligaron contra la incipiente potencia romana y adoptaron como emblema al toro «vitalos», llamándose a partir de entonces italos como se constata en la numismática de esa época.

El filólogo Giovanni Semerano llevó el origen del nombre Italia al acadio, de modo que derivaría de «Atalu», que significaría «tierra del crepúsculo»

Pero no es la única teoría. El filólogo Giovanni Semerano llevó el origen del nombre Italia al acadio (lengua de origen semítica), de modo que derivaría de «Atalu», que significaría «tierra del crepúsculo», es decir, donde el sol cae. Tesis frecuentemente criticada por el mundo académico italiano, pero favorablemente recibida en el extranjero y por intelectuales como Umberto Galimberti.

9-Bélgica

La primera vez que aparece mencionada la palabra Bélgica es en «Los Comentarios sobre la guerra de las Galias», de Julio César. En dicho libro, el conquistador romano dividía toda la Galia en tres partes: los galos, los aquitanos y los belgas. Estos últimos estaban separados de los galos por los ríos Sena y Marne. No en vano, la actual Bélgica tiene poco que ver con estas antiguas separaciones tribales y con las posteriores provincias romanas que se establecieron en este territorio. De hecho, el término de Bélgica casi desapareció por completo después de las invasiones bárbaras. Volvieron a usarse en la segunda mitad del siglo IX, después de la escisión del Imperio de Carlomagno y la creación de la Lotaringia. Los clérigos de entonces recuperaron la palabra Bélgica para designar el territorio situado entre la Galia de Carlos «El Calvo» y la Germania de Luis «El Germánico».

El nombre «Belgae» podría provenir del protocelta «belo» («brillante»), que también es el origen etimológico de báltico. O, según el análisis de la palabra belga, «bel-» significaría redondo o inflado, véase «balón», en el sentido figurativo de alianza y «-ga» («guerrero» en galo). Así, «bel-gae» significaría «guerreros de la alianza».

10-Inglaterra

Cuando la parte sur de Gran Bretaña fue invadida por pueblos celtas y pueblos germánicos, los francos designaron con el nombre latino de «Anglae terra» («Tierra de los anglos») a la zona sureste de Britania, controlada por la tribu de los anglos, que más tarde pasó a utilizarse también en la mayor parte de Europa. La palabra derivó en «England», españolizada como Inglaterra.

Los francos designaron con el nombre latino de «Anglae terra» («Tierra de los anglos») a la zona sureste de Britania

Pero, ¿de dónde viene la palabra anglo? El nombre de los anglos se registró por primera vez en forma latinizada como «Anglii». Se cree que deriva del nombre de la zona que habitaban originalmente: «Anglia» en alemán moderno, «Ángel» en danés. A través de este nombre, se ha planteado la hipótesis de que su raíz germánica signifique «estrecho», haciendo referencia al estrecho del mar Báltico en Schleswig-Holstein, en el norte de Alemania.

 

La «piedra solar», el secreto mágico de los vikingos para descubrir América


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  • Un nuevo estudio publicado por la «Royal Society Open Science» trata de demostrar qué minerales eran idóneos para elaborar las famosas «piedras solares» de los nórdicos

 

 Dice la leyenda que los vikingos se orientaban en días nublados gracias a las «piedras solares» - Wikimedia

Dice la leyenda que los vikingos se orientaban en días nublados gracias a las «piedras solares» – Wikimedia

Dicen las sagas (una mezcla de historia real y mitología nórdica) que los vikingos eran capaces de orientarse en el mar cuando las nubes copaban el cielo Es decir, sin usar al Astro rey como referencia. Todo ello, mucho antes de que la brújula llegara a Europa. ¿Magia o ciencia? Para ellos, lo primero, pues dejaron constancia de que lo conseguían mediante una milagrosa «piedra solar» (solarsteinn). Sin embargo, la realidad es que esta piedra no era mágica, sino que se correspondía con un mineral que -dependiendo de su composición- cambiaba de color cuando tocaba un rayo de sol o, incluso, reaccionaba haciendo aparecer un punto luminoso en su superficie.

El uso de este artilugio no habría sido precisamente baladí, pues habría permitido a estos sanguinarios combatientes desembarcar en regiones tan lejanas para ellos como Groenlandia o, incluso, dar un paso más y pisar las costas de América antes de la llegada de Cristóbal Colón. Con todo, a día de hoy sigue siendo un misterio si llegaron a utilizar estas piedras o si, por el contrario, toda la historia ha sido creada sobre la miitología nóridca. Y lo mismo sucede con el presunto funcionamiento como improvisadas «brújulas» de estos minerales durante los días nublados.

O al menos, así lo era hasta ahora, pues un grupo de científicos (dirigidos por Dénes Száz y Gábor Horváth -del departamento de óptica de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest-) a realizado una investigación en la que ha conseguido demostrar que minerales como la turmalina, la cordierita y la calcita podrían hacer perfectamente las veces de «piedras solares» al tener la capacidad de polarizar la luz.

A su vez, el estudio (que ha sido publicado por la «Royal Society Open Science» bajo el título de «Errores de ajuste en las piedras solares en el cielo polarimétrico en el primer paso de la navegación vikinga: estudios con dicroicas cordierita / turmalina y cristales de calcita birrefringentes») ha determinado cuál de estos minerales sería el idóneo para lograr establecer la posición del sol con la mayor exactitud posible y cuáles deberían ser desechados por su inutilidad.

Sagas y funcionamiento

La existencia de la solarsteinn se narra, concretamente, en la saga dedicada a Rodulfo y sus hijos. En ella, Olaf el Santo visita a los protagonistas de la historia y afirma a uno de ellos (a Sigurd) que es capaz de hacer algo prácticamente imposible para la época: determinar la posición del sol en un día completamente nublado. Todo ello, con el objetivo de poder orientarse mediante el Astro rey. El retado aceptó el desafío.

Fue entonces cuando Sigurd «tomó una piedra del sol, miró al cielo y vio de donde venía la luz, con lo que definió la posición del invisible sol». Curiosamente, y según afirma el historiador Gonzalo Menéndez Pidal en su obra «Hacia una nueva imagen del mundo», esta forma de orientarse contrasta radicalmente con los escritos de la época, en los que se especifica que lo más habitual era que los «vientos contrarios y nieblas» hicieran sumamente dificil a los navegantes saber cuál era el rumbo que debían seguir.

En base a esta saga, los historiadores han publicado páginas y páginas proponiendo múltiples teorías sobre la forma de uso de este artilugio presuntamente mágico. Las últimas y más concienzudas determinaron que el funcionamiento de la «piedra solar» sería relativamente sencillo y se basaría en los rayos de luz que llegan hasta los ojos humanos al amanecer y al ocaso. Estos provienen directamente del sol y están polarizados (es decir, focalizados), pero no podemos verlos si no contamos con un material (un mineral, por ejemplo) que nos los «desvele».

En un día sin nubes su uso no es necesario, pues con mirar la zona en la que se encuentra el sol es posible determinar la dirección Este-Oeste. Sin embargo, en una jornada nublada estos haces de luz son de gran importancia ya que, si se captan con el susodicho mineral, se puede determinar la posición del sol sin verlo y, por tanto, el lugar en el que se encuentra un cuerpo con respecto a los puntos cardinales.

Las dos «piedras mágicas»

En este momento entra en escena lo que los vikingos llamaban «piedra solar», pero que no era más que un mineral. Este -atendiendo a su composición- funciona de dos formas. Si es calcita, en él aparece un pequeño punto luminoso cuando es tocado por los rayos polarizados del sol. «La “piedra solar”, seguramente calcita, polarizaba la luz de tal manera que aparecía una ligera mancha azulada en el lugar más cercano al sol, por lo que era útil en los días de cielo plomizo», explica el escritor y divulgador de la historia vikinga Manuel Velasco Laguna en su obra «Territorio vikingo».

Sin embargo, el problema que se deriva de esta teoría es que el mineral más habitual en la zona de acción vikinga para polarizar la luz es el Espato de Islandia, una variedad de calcita sumamente pura y casi transparente que solo «desvelaría» el rayo de sol si se talla de forma muy concreta, con gran habilidad y un ángulo determinado. «Los vikingos, aunque conocían el Espato de Islandia, no poseían ni la técnica ni los conocimientos para fabricar tales polarizadores», determina Rafael Ramón Lluch en su libro «Geomitos: Leyendas y mitos con un fundamento geológico».

Por ello, también se baraja la posibilidad de que la «piedra solar» fuera realmente uno mineral del tipo andalucita, cordierita o estaurolita. Estos se hallan habitualmente en las playas de Noruega (con lo que habrían sido sencillos de adquirir por los vikingos) y reaccionan de una forma distinta al Espato ante los rayos del sol.

«Cuando un mineral pleorico [que adquiere dos colores cuando es tocado por los rayos polarizados del sol] se mira con luz polarizada, se ve un notable cambio de color cuando se les da un giro sobre sí mismos; esto es debido a que absorben más cantidad de luz en una dirección que en otra y ello se traduce en el cambio de color o de intensidad del mismo», añade el español.

Un sistema combinado

Por otro lado, Velasco hace referencia también a otro instrumento utilizado por los nórdicos, el llamado «tablero de sombras», que se podría haber utilizado en combinación con el mineral buscando una precisión mayor. «Estaba basado seguramente los relojes de sol. Consistía en una serie de círculos dibujados sobre una tabla. El espacio que marcaba la sombra de un palito indicaba, bastante a bulto, la latitud a la que se encontraba el barco», señala el español.

Todos estos sistemas serían bastante avanzados para la época, y más si consideramos que veníamos de unos siglos en los que se usaban aves para averiguar el rumbo que tomar. «Cuando Cosmas el Indicopleustes [durante el S.VI] navegó al sur de Arabia, aprendió como el vuelo de los albatros servía allí a los marinos para decidir el rumbo», explica, en este caso, Pidal.

Perfectamente posible

Independientemente de que la «piedra solar» tenga uno u otro funcionamiento, la teoría de que uno de estos materiales podía captar los rayos de luz que atravesaban levemente las nubes en un día nublado se vio corroborada a partir del 2005, año en que expertos como el doctor en oftamología Gábor Horváth (también partícipe del estudio publicado el pasado 20 de enero) estableció que el patrón de polarización de la luz que llegaba hasta el artefacto era similar tanto en un día parcialmente nublado como en uno totalmente despejado. Un punto de partida que corroboraría su utilidad como improvisado GPS.

No obstante, la «piedra solar» tendría, según los expertos, sus limitaciones. Y es que, no funcionaría en determinadas condiciones climatológicas. «Los datos recogidos en el Ártico y en Hungría nos permiten concluir que el patrón del cielo nuboso es bastante similar al del cielo despejado. Como consecuencia, la primera condición de la navegación para los vikingos se cumple, al menos para condiciones de niebla. Con todo, los grados de polarización de los cielos sumamente brumosos suelen ser tan bajos, que la segunda condición para que se produzca el calculo polarimétrico de la navegación vikinga no se satisface. Aunque, bajo condiciones de nubosidad, las condiciones del calculo polarimétrico de navegación general, están satisfechos», afirma Horváth en su estudio.

La nueva investigación

En su última investigación, Horvath y sus colegas han logrado determinar, en base a una serie de experimentos, qué materiales son los más adecuados para hacer las veces de «piedras solares dicroicas» (es decir, que adquieren un tono diferente atendiendo a la forma en que son impactadas por los rayos de sol). «Basándonos en los resultados de nuestros experimentos de laboratorio, hemos concluído que los cristales de turmalina y cordieita son adecuados para funcionar como una “piedra solar” dicroica», determina. A su vez, han logrado establecer que la cordierita es aproximadamente el doble de eficaz que la turmalina a la hora de determinar la posición del astro rey en la bóveda celestial.

Estos expertos no se han olvidado tampoco de la calcita. «Hemos demostrado también que los cristales de calcita no son tan ideales como se creía hasta ahora, porque -por lo general- contienen impurezas y defectos que aumentan considerablemente la posibilidad de error». En este sentido, han establecido que este mineral podría haber sido sumamente peligroso para los navegantes, pues -si no hubiese estado pulida perfectamente- podría haberles engañado y hacer que perdieran el rumbo. Con todo, y de estar pulida de la forma adecuada, habrían sido ideales para los vikingos, pues fue la que mejor rendimiento dio en días en los que la polarización era baja.

Para llegar a todas estas conclusiones, el equipo de expertos simuló mediante varios experimentos un viaje vikingo realizado desde Noruega hasta el sur de Groenlandia y Terranova mediante los tres cristales ya explicados. Todos ellos fueron probados en varias condiciones meteorológicas que incluían un día totalmente soleado, uno nubuso -pero con luz- y, finalmente, una jornada con un cielo copado por las nubes y la bruma.