La violenta epopeya de los hermanos Barbarroja, los corsarios «españoles» que arrasaron el Mediterráneo


ABC.es CÉSAR CERVERAC_Cervera_M

  • El padre de la familia fue un cristiano de origen albanés capturado por los turcos que, sirviendo a estos en la Isla de Lesbos, se casó con una cristiana viuda llamada Catalina, que el cronista Mármol señala como una española apresada
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Retrato de Jaredín Barbarroja

Retrato de Jaredín Barbarroja

Hasta la crisis de los refugiados del pasado verano, la Isla de Lesbos (Grecia) era casi únicamente conocida por ser un importante destino turístico y porque allí nacieron los atroces hermanos Barbarroja, los corsarios más sanguinarios del siglo XVI. Aruj Barbarroja, llamado así por su barba rojiza (aunque hay otra teoría que apunta era por una deformación de la palabra Babá, padre), fue el pionero de los hermanos. Nacido justo en las mismas fechas en las que la isla pasó de manos genovesas a manos turcas, fue en su origen un comerciante marítimo que se transformó en pocos años en un pirata brutal.

Aruj se pasó los siguientes dos años remando en una galera con un pie encadenado y prometiendo vengarse de los cristianos

El padre de los Barbarroja fue un cristiano, de origen albanés, capturado por los turcos que, sirviendo a estos en la Isla de Lesbos, se casó con una cristiana viuda llamada Catalina, que el cronista Mármol señala como una española apresada en la mar por un corsario. De esta unión surgieron dos hijas, que conservaron la religión de la madre, y cuatro hijos, musulmanes: Aruj, Elías, Ishak y Jaredín. Decidido a lograr las simpatías del sultán Bayaceto, Aruj Barbarroja abandonó la actividad comercial de su padre y se unió a los ataques contra Rodas. Precisamente en un combate marítimo contra una escuadra cristiana, el joven fue hecho cautivo, posiblemente por una galera española, y su hermano Elías fue abatido. Aruj se pasó los siguientes dos años remando en una galera con un pie encadenado y prometiendo vengarse de los cristianos por la muerte de su hermano.

Aruj Barbarroja, el pionero «del brazo cortado»

El hermano mayor de los Barbarroja se libró de su cadena cortándose con un cuchillo el talón del pie y tirándose al agua. A continuación se enroló como timonel en una flotilla corsaria (el sultán se dedicaba a repartir patente de corso a todos los que armasen naves para atacar a los cristianos), formada por una galera y un bergantín. Pero como no era hombre nacido para obedecer sino para mandar, Barbarroja asesinó a uno de sus patrones y se hizo con los barcos. Sus hermanos Ishak y Jaredín, el segundo tan intrépido como él, se sumaron a la tripulación de Aruj. Como explica Fernando Martínez Laínez en «La Guerra del Turco» (EDAF, 2010), uno de los primeros golpes conjuntos de los tres hermanos fue un ataque en Lípari a una nave en la que iban 360 españoles, que el Gran Capitán enviaba a reforzar la localidad. La traición del contramaestre, un genovés que aceptó forzar el hundimiento de la nave a cambio de dinero, condenó a todo el barco al cautiverio e impulsó la carrera de los Barbarroja.

La Isla de Los Gelves se convirtió en la base de avituallamiento de Aruj, proclamado bey de este territorio tras su alianza con Muley Mauset, rey de Túnez, al que ofreció parte de su botín capturado a los españoles. A pesar de sus modestos orígenes, los hermanos se enriquecieron en muy poco tiempo y se ganaron la estima del sultán por sembrar de terror las poblaciones del litoral mediterráneo. En el caso de la costa española, el éxito de los corsarios se vio favorecido por la inactividad de las galeras catalanas dedicadas al corso, que, por una decisión de los Reyes Católicos basada en lo inhumano de la vida de los galeotes, fueron desarmadas a principios del siglo XVI.

Desde Los Gelves, los hermanos devastaron las costas de Menorca, Valencia y Alicante sin que nadie saliera al paso de sus ataques furtivos. Dentro de los intentos de arrebatar de manos españolas la plaza de Beyaia murió el otro hermano menos conocido, Ishak, a manos de un artillero que también dejó sin brazo a Aruj. Lo que sí consiguió alejar definitivamente de la influencia española fue Argel, que pagaba un tributo anual a Fernando «El Católico» desde que en 1510 Pedro Navarro había tomado la ciudad. En 1517, Aruj cortó la cabeza en persona al rey de Argel y entregó la ciudad al sultán Selim I. Los españoles que permanecían guarneciendo el castillo del Peñón de Argel y los refuerzos que desde España se enviaron al conocer la caída de la ciudad fueron masacrados o capturados (1.500 fueron esclavizados).

Desde otra plaza española en África, Tremecén, los adversarios del rey afín a los españoles le ofrecieron la corona a Aruj. Allí se presentó. Mientras Barbarroja entraba triunfante en Tremecén y decapitaba a los que le habían ofrecido la corona (al fin y al cabo si habían traicionado a su soberano, ¿por qué no lo iban a hacer de nuevo?), el jefe militar de Orán, Martín de Argote, preparó la reconquista de la ciudad. Las dos fuerzas chocaron en un pueblo entre Argel y Tremecén llamado Callah. Los otomanos aguantaron el cerco español e incluso contraatacaron provocando más de 400 bajas y capturando a 600. Martín de Argote decidió ir al frente de 1.000 hombres a vengar la afrenta y recuperar Tremecén. En su huida, Aruj Barbarroja arrojó monedas de oro y plata para retrasar a sus perseguidores. Pero de nada le sirvió. Barbarroja fue alcanzado por la pica de un alférez asturiano, García Fernández de la Plaza, que cortó la cabeza de Aruj. Fue recompensado por el Emperador Carlos con el privilegio de nobleza. No obstante, la actividad de Aruj Barbarroja, conocido como «el del brazo cortado» (lo perdió en Beyaia), fue continuada por Jaredín sin que la empresa familiar registrara quiebro alguno.

El hermano pequeño toma el relevo

Jaredín Barbarroja no escatimó en violencia para vengar la muerte de su hermano. Nada más ser informado, estando en Argel, ordenó asesinar a la mayoría de cautivos cristianos que se mantenían presos en esta plaza y dedicó las siguientes décadas a malograr los avances cristianos en el Mediterráneo. La alianza de Francia con el sultán turco facilitó que Barbarroja tomara la ciudad de Túnez en 1534, en cuyo asalto se destacó el contingente de arcabuceros españoles que mantenía esclavizados. Desde Túnez, arrasó la costa napolitana y se atrevió a ir hasta la boca del Tíber, lo que causó tanta alarma que todas campanas de las iglesias de Roma tocaron a rebato.

Carlos V ordenó a agentes secretos ponerse en contacto en 1540 con él para ofrecerle que se cambiara de bando a cambio del cargo de Almirante en Jefe

En 1535, una fuerza hispano-italiana de 300 galeras reconquistó Túnez y Mehedía, a pesar de que Barbarroja interpuso un ejército de 80.000 hombres y 25.000 caballos, que fueron desbaratados por los cristianos al primer envite. 20.000 cautivos recobraron la libertad ese día, 100 naves turcas fueron capturadas y Jaredín fue forzado a huir hasta Argel. El marino genovés más ilustre al servicio de Carlos V, Andrea Doria, salió en persecución del pirata turco, con 40 galeras, pero fracasó. Su venganza, una vez más, fue terrible: conquistó Mahón, saqueó Menorca y se apoderó de miles de cautivos.

La ofensiva de Barbarroja contra las costas napolitanas, en ese momento bajo el control de la Corona española, y contra varias islas del Jónico y el Egeo pertenecientes a Venecia, convenció al Papa III de la necesidad de organizar una Santa Liga contra los turcos. La alianza entre Venecia, el Imperio español, la Orden de Malta y los Estados Pontificios tomó forma en 1538 y ese mismo año recibió un golpe casi mortal en la batalla de Prevenza, que dio a los turcos el dominio del Mediterráneo durante otros 30 años (hasta Lepanto). Así, frente a una enorme flota de 162 galeras, Barbarroja atacó por sorpresa con sus 140 galeras y sembró el caos entre la escuadra dirigida por Andrea Doria, que, cediendo a la tradicional rivalidad entre venecianos y genoveses, prefirió ver perdidos los barcos venecianos que exponer también los suyos. Visto los resultados de la Liga, Venecia firmó un tratado de paz con Solimán «El Magnífico» en 1540 por el cual aceptaba las conquistas turcas recientes y se comprometía a pagar un tributo anual a la Sublime Puerta.

Barbarroja llegó a suponer una amenaza tan grave para el Imperio español como para que Carlos V ordenara a agentes secretos ponerse en contacto con él, en 1540, para ofrecerle que se cambiara de bando a cambio del cargo de Almirante en Jefe y Gobernador General de todos los territorios españoles del Norte de África. No en vano, había pocos motivos por los que el almirante pirata estuviera interesado en abandonar al sultán, que le había colmado de riquezas. Por el contrario, Barbarroja contestó el fracaso español de Argel en 1540 con una nueva ofensiva contra las posesiones españolas en Italia y contra Niza, en poder del Duque de Saboya, aliado de Carlos. Recibido con gritos de júbilo por los franceses, Barbarroja se instaló ese invierno en el puerto francés de Tolón, mientras sus galeras asolaban el Levante español.

En 1545, Jaredín Barbarroja se retiró a Estambul, dejando a su hijo Hasas Pasha como su sucesor en Argel. En la capital turca falleció a los 63 años de «muy recias calenturas», siendo enormemente rico y una leyenda viviente.

 

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