Puede haber agua bajo las nubes en otros planetas


ABC.es

  • Los astrónomos han analizado la atmósfera de diez grandes mundos conocidos como «Júpiter calientes» fuera del Sistema Solar

 

 Estos son los diez "Júpiter calientes" analizados por los científicos. De izquierda a derecha: WASP-12b, WASP-6b, WASP-31b, WASP-39b, HD 189733b, HAT-P-12b, WASP-17b, WASP-19b, HAT-P-1b y HD 209458b - ESA/Hubble & NASA

Estos son los diez “Júpiter calientes” analizados por los científicos. De izquierda a derecha: WASP-12b, WASP-6b, WASP-31b, WASP-39b, HD 189733b, HAT-P-12b, WASP-17b, WASP-19b, HAT-P-1b y HD 209458b – ESA/Hubble & NASA

Un equipo de astrónomos, utilizando los telescopios espaciales Hubble y Spitzer, han analizado a fondo las atmósferas de diez grandes planetas de la clase “Júpiter caliente”, el mayor número de mundos de este tipo estudiado hasta el momento. Los investigadores han logrado así averiguar la razón por la que algunos de estos planetas parecen tener menos cantidad de agua de la esperada, un enigma que desconcierta a los científicos desde hace dos décadas. La investigación se acaba de publicar en Nature.

Por el momento, los astrónomos han descubierto ya cerca de 2.000 planetas orbitando otras estrellas, y una cantidad similar está hoy a la espera de confirmación definitiva. En todo caso, un número de mundos más que suficiente como para dividirlos en categorías. Una de ellas, la conocida como “Júpiter caliente”, engloba a planetas gaseosos, del tipo de nuestro Júpiter, y con temperaturas muy elevadas. Normalmente, estos mundos orbitan muy cerca de sus estrellas, lo que eleva mucho la temperatura de sus superficies y los hace, al mismo tiempo, muy difíciles de estudiar, debido al deslumbrante y cercano brillo estelar.

Esa dificultad es la razón de que, hasta ahora, el telescopio espacial Hubble apenas haya podido estudiar un puñado de “Júpiter calientes”, y además en un rango muy limitado de longitudes de onda. Y es en esos estudios donde se han encontrado planetas que, inexplicablemente, contenían mucha menos agua de la que, en teoría, deberían tener.

El mayor catálogo

Ahora, un equipo internacional de astrónomos ha abordado el problema llevando a cabo el mayor estudio realizado hasta ahora de Júpiter calientes, explorando y comparando hasta diez de estos planetas en un intento de comprender, por fin, sus atmósferas. Solo tres de esos mundos habían sido investigados previamente. La nueva muestra, pues, constituye el mayor catálogo de atmósferas planetarias estudiado hasta la fecha.

Para conseguir sus resultados, los investigadores llevaron a cabo múltiples observaciones con dos de los mayores telescopios espaciales de la NASA, el Hubble y el Spitzer. El poder combinado de ambos instrumentos permitió a los astrónomos estudiar a fondo los planetas, cuyas masas, tamaño y temperaturas son muy diferentes, en un número de longitudes de onda sin precedentes.

“Estoy realmente emocionado de poder ver este amplio grupo de planetas juntos -afirma David Sing, de la Universidad británica de Exeter y autor principal de la investigación-. Es la primera vez que hemos tenido la cobertura de longitud de onda suficiente para poder comparar múltiples características de un planeta a otro. Y hemos encontrado que las atmósferas planetarias son mucho más diversas de lo que esperábamos”.

Los diez planetas tienen una órbita que les lleva a colocarse, en algún momento, entre sus estrellas madre y la Tierra, lo que resulta muy favorable para la observación. A medida que el exoplaneta pasa por delante de su estrella, visto desde la Tierra, parte de su luz viaja a través de la atmósfera exterior del planeta y queda impregnada de sus características. “La atmósfera -explica Hannah Wakeford, del Centro Goddard de Vuelos Espaciales de la NASA y coautora de la investigación- deja su huella única en la luz de la estrella, de forma que podemos estudiarla cuando llega hasta nosotros”.

Con o sin nubes

Esas “huellas” permitieron a los investigadores extraer las firmas de varios elementos y moléculas (incluida el agua) y distinguir, por ejemplo, entre planetas con o sin nubes, una propiedad que podría explicar el misterio del “agua perdida”.

En efecto, los modelos elaborados por los científicos revelan que, si bien los mundos que aparentemente carecen de nubes muestran fuertes señales de la presencia de agua, también los Júpiter calientes con señales de agua más débiles tenían, en realidad, una gran cubierta de bruma y nubes, elementos ambos que son conocidos por su capacidad de ocultar el agua a la vista. El misterio, pues, quedaba resuelto.

“La alternativa a esta solución -explica Jonathan Fortney, de la Universidad de California y otro de los autores del estudio- es que esos planetas se formaron en ambientes en los que no había agua, pero eso requeriría que reescribiéramos por completo nuestras teorías actuales sobre cómo los planetas se forman. Nuestros resultados han descartado el ‘escenario seco’, y sugieren que, sencillamente, se trata de nubes ocultando el agua de las miradas indiscretas”.

El estudio de atmósferas planetarias está, actualmente, en su infancia, y son muy pocos aún las observaciones detalladas al respecto. Pero el sucesor del Hubble, el telescopio espacial James Webb, solucionará el problema abriendo una nueva “ventana infrarroja” para el estudio de las atmósferas planetarias. Un hito necesario para afinar la búsqueda de posibles signos de vida más allá de nuestro Sistema Solar.

 

El infame rey español que traicionó a su pueblo y pidió ser hijo adoptivo de Napoleón


ABC.es Manuel P. VillatoroABC_Historia Madrid

  • El 11 de diciembre de 1813 el «Pequeño corso» devolvió el trono al monarca que -en 1808- le había entregado el país en bandeja junto a Carlos IV

 

 En las Abdicaciones de Bayona, Carlos IV y Fernando VII aceptaron dinero y tierras a cambio de ceder España a los franceses - ABC

En las Abdicaciones de Bayona, Carlos IV y Fernando VII aceptaron dinero y tierras a cambio de ceder España a los franceses – ABC

 

«Su Majestad el rey Carlos […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos sobre el trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador». Con estas palabras fue con las que, en 1808, Carlos IV (rey hasta entonces de una buena parte de la Península Ibérica y aún una considerable extensión de América) otorgó a Napoleón el trono de España. Decisión a la que posteriormente se unió también su hijo Fernando, un «lamebotas» destacado de Bonaparte que ya había demostrado sobradamente su sumisión a él en otras tantas ocasiones. Padre y retoño hicieron entonces posible que el gabacho fuese dueño y señor de este país y de sus gentes. Un suceso más conocido a día de hoy como las «Abdicaciones de Bayona» y que supuso la venta (con escasas condiciones) de los restos del imperio. La decisión, posteriormente, no resultaría rara. Y es que, tanto Carlos como Fernando se destacaron como unos adoradores del gabacho. El primero, tratándole como a un Dios en la Tierra cuando el pueblo se alzó en su contra y, el segundo, solicitando ser hijo adoptivo suyo.

La historia de estos dos monarcas podría haber quedado olvidada en los más profundo de cajón de las infamias de nuestro país. Sin embargo, esta semana vuelve a estar alumbrada por la actualidad debido a que el pasado 11 de diciembre se cumplieron 202 años desde que Napoleón Bonaparte -experto en lograr por las malas (y en muy pocas ocasiones por las buenas) todo aquello que deseaba- tuvo que tragarse su orgullo entre baguette y baguette y devolver el trono de España a Fernando VII. Todo ello, después de haber sido expulsado a base de fusil, bayoneta, cañón y sangre rojigualda de estos lares. Aquel día, con todo, volvió a la Península un monarca que -aunque deseado, como bien decía su apodo- no había tenido reparo ninguno en plegarse a los deseos del franchute cinco años atrás y cederle por las buenas el territorio español. De hecho, lo que él no fomentó en ningún caso por su poder (la resistencia contra los franceses) lo tuvieron que hacer las gentes de este país mediante narices. Así pues, fue el pueblo el que se enfrentó a la «Grande Armée» del «Pequeño corso» y le devolvió de una patada a París.

La primera traición, la de Carlos IV

Para hallar la primera traición de estos líderes a España es necesario retroceder en el tiempo hasta el final del siglo XVIII. Por entonces dominaba nuestro país Carlos IV… o más bien su valido, Manuel Godoy. Este español era un Guardia de Corps -Guardia Real- venido a más gracias a que, según las tonadillas populares, solía dar «ajipedobes» a la reina María Luisa de Parma sebo de pija» leído al revés -los españoles nunca nos henos destacado por la sutilidad-). Fuera por lo que fuese (por su valía o por bajarle las enaguas a la, según se dice en las crónicas de la época, feísima reina consorte) lo cierto es que por aquellos años este militar andaba «sisando» el trono al torpe de Carlos. Este, por su parte, andaba más preocupado por cazar en su coto que por los asuntos de gobierno. De hecho, solo metía su morro real de por medio cuando podía sacar algún rédito para su familia. Un monarca bastante corto de entendederas, vaya. O eso opinan algunos historiadores como Roberto Blanco quien, en su obra «Antimitología política de México», le califica de «estúpido, cobarde y cornudo».

En esas andábamos por tierras españolas cuando a los franceses se les ocurrió armar un barullo de esos que marcan una época alzándose en una Revolución contra sus monarcas: Luis XVI y María Antonieta. Reyes a los que -por cierto- decapitaron con el curioso invento del doctor Joseph-Ignace Guillotin (la guillotina, para entendernos). Aquello no gustó demasiado a las potencias monárquicas tradicionales -entre ellas España- que, con más miedo que el que un buque hispano cargado de oro tenía en el siglo XVI al pirata Francis Drake, decidieron aliarse para dar hasta en el corvejón a la nueva «France». Armados hasta los dientes y deseosos de vengar a los reyes gabachos fallecidos, los generales hispanos iniciaron la invasión del territorio enemigo en 1793. La contienda, que comenzó bien, acabó en desastre. «La guerra se desarrolló en dos campañas. La de 1793, dirigida entre otros por el General Ricardos, tuvo lugar en el Rosellón francés, región que España había cedido a Francia por el tratado de los Pirineos (1659). La segunda campaña, 1794-1795, estuvo marcada por los éxitos del ejército francés y la invasión de Figueras, San Sebastián, Bilbao y Vitoria», explica la historiadora Elena Castro Oury en su obra «La Guerra de la Independencia española».

Cuando los franceses, gritando las premisas de su Revolución al viento, llegaron casi hasta Miranda del Ebro, la situación se puso tensa y Godoy, mandatario en ausencia casi perpetua de Carlos IV (quien probablemente andaría cazando) tuvo que meterse entre pecho y espalda su odio a los galos y firmar con ellos la paz de forma independiente a las potencias con las que estaba aliada España. Lo cierto es que a la monarquía no le vino mal aquello, pues los franchutes se marcharon con la «Liberté, égalité, fraternité» a otra parte y devolvieron casi todo el territorio conquistado a la corona. Eso sí, hubo que admitir a su gobierno como lícito y darles parte de Santo Domingo. Pero amigo, el que algo quiere (que se largasen, en este caso), algo le cuesta. Todo aquello quedó sellado mediante la paz de Basilea, en la que -a pesar de salir bien parados- hubo que bajarse las «culottes» ante su gobierno. «Así empezó una etapa de sumisión. España quedaba ligada a Francia por los términos de la paz […] España se convertía además en mediadora entre la Francia Revolucionaria y dos de sus oponentes […] La guerra no había sido nada beneficiosa para España», añade la experta.

Con estos antecedentes cabría esperar que Godoy y Carlos IV hubiesen acabado hasta el sombrero uno, y hasta el cetro el otro, de tanto gabacho por aquí y «fraternité» por allá, pero nada más lejos. Así lo demostró el que, en 1800, el monarca se aliase con los franceses de nuevo (y a pesar de la vergüenza del último tratado de paz) en contra de Inglaterra por su propio interés familiar. «A cambio de la isla de Elba, de la Luisiana americana y de seis navíos que le cedía España, Francia debía convertir a los duques de Parma, Luis y María Luisa de Borbón (hija de Carlos IV) en reyes de un territorio más amplio», destaca Castro Oury. En resumen, el rey (de quien se dice que odiaba la política, que llevaba una cornamenta más grande que un alce y que parecía no enterarse del sermón ni la mitad) vendió una parte del país y se merendó su orgullo para poder situar a su pequeña en una posición de importancia. Todo ello, con Napoleón Bonaparte de por medio, un gran artista en todo lo referente a las mentiras políticas y el arte del engaño. Cabe decir que este pacto, llamado el Tratado de San Ildfonso, terminó llevando a una buena parte de la Armada de su Católica Majestad al infierno.

La segunda infamia: Fontainebleau

En la segunda traición colaboró más activamente Fernando, entonces príncipe. Con todo, fue perpetrada principalmente por la pasividad de Carlos IV y el interés de Godoy. Independientemente de la razón que la motivara, en ella se volvió a vender a España a los franceses. Para encontrar este episodio en las páginas de la historia no es necesario avanzar mucho más allá del Tratado de San Ildefonso. Tan solo hay que llegar hasta 1807. Por entonces la situación no había mejorado demasiado para la maltrecha España. Y es que, tras ser vencida por los galos, el monarca se había visto obligado a plegarse a los deseos del ya líder de la «France» Napoleón Bonaparte, deseoso con dar en todo el morro a los infames lords ingleses que se pavoneaban de él mientras tomaban el té de las cinco.

El 27 de octubre se firmó el Tratado de Fontainebleau con Bonaparte

En esas andaba la cosa cuando Napoleón, obsesionado como estaba por molestar cuanto más pudiera a los hijos de la Gran Bretaña, tuvo una curiosa idea, bloquear Inglaterra. «El bloqueo continental fue uno de los vértices en la política exterior de Napoleón en su intento de asfixiar la economía británica. […] El bloqueo continental era justamente eso: un embargo. En noviembre de 1806, tras haber logrado o conquistado ventajosas alianzas con las mayores potencias de Europa Continental, Napoleón publicó el decreto de Berlín, prohibiendo a sus aliados y al resto de naciones conquistadas comerciar con el Reino Unido», explica David Odalric De Caixal i Mata -Director General en España de SECINDEF (Security, Intelligence & Defense) Israel International Consulting- en su obra «Historia de los Reyes de Francia y España». Así pues, el «Pequeño corso» estableció por norma de sus santas gónadas que ningún país de aquellos que se quisiesen llevar bien con la nueva «France» podría intercambiar bienes con las islas. La idea: cortar por lo sano sus beneficios económicos de cara al comercio y conseguir, en el límite de lo posible, que sus ciudadanos se muriesen de hambre.

Poco después de decretar la norma, Napoleón dio un paso más y estableció que conquistaría Portugal costase los hombres que costase. O eso le hizo creer a Godoy y a la familia real (entre ellos a Fernando), a quien les dijo que su objetivo era evitar, soldados mediante, que esta región -tradicional aliada de Inglaterra- siguiese comerciando con Gran Bretaña. Su idea no era mala pues, tal y como explicó a los líderes hispanos, tan solo necesitaba un camino seguro por España para llegar hasta tierras enemigas. Para ello, solicitó un permiso de paso que ofrecía suculentas ventajas a nuestro país. «El 27 de octubre de 1807 […] se firmó el Tratado de Fontainebleau con Napoleón Bonaparte. [Se estableció que se llevaría a cabo] la conquista de Portugal por los ejércitos españoles y franceses para, una vez ocupado el reino lusitano, hacer efectivo el bloqueo continental a los ingleses», explica el historiador Luis Suárez Fernández en su obra «Historia general de España y América». ¿Qué conseguía nuestro país a cambio? En principio, congraciarse con el «Pequeño corso». Algo que buscaba también Fernando quien, por cierto, estaba siendo juzgado por conspirar para quitar a su padre del trono a bofetadas.

El tratado, por su parte, también beneficiaba ampliamente a Godoy, a quien Napoleón le prometió el oro, el moro y un gobierno. «Godoy [quería] dejar dignamente el gobierno de España para ascender a príncipe soberano. […] Le correspondía por el tratado el sur de Portugal, los Algarbes», añade el experto. Deseoso de sentar sus posaderas al fin en un trono (por muy pequeño que fuese este) el favorito de Carlos IV no tuvo problema en convencer a su rey de todas las ventajas que ofrecía a la Península el tratado. Finalmente, con el pacto firmado se abrieron las fronteras a los gabachos. Concretamente, a 25.000 de ellos. Pero lo que no sabía la familia real española era que los soldados galos iba a ir tomando, sin ninguna dificultad y con la ayuda tácita de la monarquía, las diferentes ciudades hispanas. «Con la excusa de proteger la retaguardia, el ejército de Dupont se estableció en Burgos, mientras otro destacamento francés acampaba en Salamanca. A principios de 1808 nuevos contingente franceses cruzaron los Pirineos y se instalaron en Pamplona y San Sebastián. Poco después le llegó el turno a Barcelona y a la fortaleza de Figueras», añade Oury. Movimiento de soldados por aquí, contingente por allá, había comenzado una invasión a la chita callando de España. Y todo ello, con la gracia y el beneplácito de la familia real.

El principio de la mayor traición de Fernando

Todavía le quedaban por pasar todo tipo de vergüenzas a la monarquía española. La siguiente situación absurda fue protagonizada por Carlos IV el 17 de marzo de 1808. Por entonces, los españoles estaban ya cansados de que los franceses campasen -como el que anda por su salón- en España. A todo ello se sumaba la tensión generada por la mala situación económica y la pésima política exterior de «Manolito» Godoy. Hartos de aguantar, y encorajinados por el príncipe Fernando (ansioso de dar un puntapié a su padre y ponerse él en el trono) los españoles se lanzaron sobre el Palacio de Aranjuez para obligar a Carlos IV a abdicar en favor de su pequeño y, ya de paso, dar un buen susto al preferido del rey, no muy apreciado por las gentes. La victoria fue doble, pues lograron que el monarca cediese la poltrona a su hijo (que pasó a ser denominado Fernando VII) y capturaron al valido, quien solo se libró de ser asesinado por la divina providencia y alguna palabra del nuevo dirigente. Instantáneamente, Carlos corrió a pedir ayuda a Bonaparte enviándole, para empezar, una carta en la que se rebajaba ante él y le trataba como a su superior.

«Señor mi hermano: V.M. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultados, y no verá con indiferencia a un Rey que, forzado a renunciar a la Corona, acude a ponerse en los brazos de un grande monarca, aliado suyo, subordinándose totalmente a disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda familia y la de sus vasallos. No he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte, pues ésta última seguido después de la de la reina. Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del gran hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que este mismo grande hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte. Dirijo a V.M.I. una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confío en el corazón y amistad de V.M. con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guardia. De V.M.I. su rey afecto hermano y amigo. Carlos».

Bayona, cuando se vendió España a Napoleón

Tras San Ildefonso, Fontainebleau y Aranjuez se sucedió en nuestro país la mayor traición que pudo cometer Fernando VII, entonces ya rey, a España. El calendario marcaba todavía 1808, y las cosas parecían pintar bien en un principio para el nuevo monarca quien -tras haber mandado a tomar por donde amargan los frutos de dureza extrema a su padre- se había congraciado con los franceses recibiéndoles cómo si de auténticos camaradas se tratasen en España. De hecho, sería bien conocida su orden de que el ejército español no se enfrentase a ellos pasara lo que pasase. Y no era para menos, pues la «Grande Armée» gabacha venía bien fogueada de sus cientos de batallas a lo largo y ancho de Europa. Fue precisamente amparándose en esa amistad que el nuevo líder quería tener con los invasores con la que Napoleón jugó para llevar a Fernando VII y Carlos IV hasta Bayona, una región ubicada al suroeste de Francia en la que el «Pequeño corso» pretendía ganar el trono para sí. Joachim Murat -cuñado del Emperador y encargado de someter a España- fue el elegido para convencer a su novísima majestad de que acudiese a entrevistase con el «Empereur». Su persuasión funcionó.

Napoleón compró a Carlos IV con una pensión y una residencia en Francia

Lograr que Carlos IV acudiese a Bayona fue mucho más sencillo, pues el antiguo rey había solicitado con gimoteos (metafóricos, eso sí) una y otra vez a Napoleón que le devolviese al trono de España mediante las leyes, las armas, o lo que fuese. Por tanto, fue hasta allí encantado. Una vez con ambos en la ciudad, el francés se propuso obtener para sí el trono. La tarea era ardua, pues sabía que Fernando VII -ávido de poder- no se lo iba a otorgar a un extranjero. Por ello (y porque no reconocía al nuevo monarca como legítimo) fijó sus objetivos en el llorón de Carlos. Si lograba que el hijo abdicase en su padre, podría ofrecer un buen retiro al viejo monarca a cambio de que le diese el poder. Su solución para este juego a tres bandas fue sencilla: comprar a Fernando. «El Emperador ofreció a Fernando la parte de Portugal destinada a la ex reina de Etruria. A cambio, Fernando tenía que renunciar al trono español. En principio, en un arranque de valentía extraño en él, Fernando se negó, pero […] a los pocos días entregó a su padre la corona», determina Oury. Todo ello fue salpicado con una pensión de unos cuantos millones de reales al año. Tras unas breves dudas, y sabiendo que Bonaparte estaba del lado de su padre, vendió a la misma España que le había alzado en el poder mediante el motín de Aranjuez a los franceses.

Aquel pacto quedó sellado mediante la siguiente carta que Fernando VII envió a Carlos IV: «Mi venerado padre y señor: Para dar a Vuestra Majestad una prueba de mi amor, de mi obediencia y de mi sumisión, y para acceder a los deseos de Vuestra Majestad me ha manifestado reiteradas veces, renuncio mi corona en favor de Vuestra Majestad, deseando que Vuestra Majestad pueda gozarlo por muchos años. Recomiendo a Vuestra Majestad las personas que me han servido desde el 19 de marzo». Posteriormente, Bonaparte ofreció cobijo en Francia al viejo rey (ahora reinstalado en el trono), a su mujer y a Godoy. También se comprometió a regar su cuenta corriente con una pensión de entre 30 y 40 millones de reales anuales.

Eso, a cambio de que dijesen «au revoir» a su poder y se lo cediesen a él. La realeza aceptó de buena gana y corroboró el pacto con esta carta: «Su Majestad el rey Carlos, que no ha tenido en toda su vida otra mira que la felicidad de sus vasallos […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos al trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador Napoleón, como el único que, en el estado a que han llegado las cosas, puede restablecer el orden; entendiéndose que dicha cesión sólo ha de tener efecto para hacer gozar a sus vasallos de las condiciones siguientes: 1º. La integridad del reino será mantenida: el príncipe que el emperador Napoleón juzgue debe colocar en el trono de España será independiente y los límites de la España no sufrirán alteración alguna. 2º. La religión católica, apostólica y romana será la única en España. No se tolerará en su territorio religión alguna reformada y mucho menos infiel, según el uso establecido actualmente». Nuevamente se había vendido a nuestro país.

El «lamebotas» que quiso ser hijo adoptivo de Napoleón

Después de firmar el absurdo tratado de Bayona, Fernando VII pasó a ser un prisionero de lujo de Napoleón Bonaparte en Francia. El 10 de mayo, poco después de aceptar las condiciones del «Pequeño corso» , viajó junto a su hermano Carlos María Isidro hasta el castillo de Valençay, ubicado en la región de igual nombre. Lo que buscaba el francés llevándole hasta allí es que no pudiera escapar. Y lo tendría difícil, pues la construcción estaba en pleno centro del país. Una vez en su nueva residencia, y tal y como explicó en sus memorias su confesor real (Blas de Ostaza) el monarca se dedicó en principio a cultivar su alma asistiendo muchas veces a misa (algunas de ellas, como monaguillo). Por la tarde oraba a la Virgen y, tras escuchar un sermón de su sacerdote, rezaba el rosario en comunidad. Sin embargo, con el paso de las semanas se fue acostumbrando a su prisión y empezó a realizar todo tipo de actividades recreativas tales como montar a caballo (en lo cual era pésimo) o bordar. Posteriormente, y como se diría en la actualidad, empezó a sentir el síndrome de Estocolmo hacia su captor, el infame gabachuzo.

Así lo denota el que, durante la boda de Napoleón con María Luisa de Austria, gritase lo siguiente: «¡Viva el Emperador, nuestro Augusto soberano, viva la Emperatriz!». «Fue esta una muestra pública evidente de la sumisión al emperador», explica el catedrático en historia Emilio La Parra López en su obra «Diarios de viaje de Fernando VII (1823 y 1827-1828)». A su vez, y tal y como explica este experto, su absoluto servilismo al francés quedó claro cuando le dio las gracias por el palacio que le servía de cárcel y, un mes más tarde, le felicitó de la siguiente forma por meter con calzador al trono de España a su hermano José: «No podemos ver a la cabeza de ella [España] un monarca más digno, ni más propio de sus virtudes». Sin embargo, el culmen de este «lamebotas» se sucedió cuando dio la enhorabuena al galo por sus victorias contra los españoles y, finalmente, cuando solicitó ser hijo adoptivo suyo mediante la siguiente carta: «Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos».

 

¿Sabes dónde se puso el primer árbol de Navidad en España?


ABC.es

  • Una bella princesa rusa, viuda de un hermanastro de Napoleón, fue quien introdujo la moda en nuestro país. Se casó en segundas nupcias con un duque español y estrenó la tradición en 1870

4083719532_a05052b70a

Sofía Troubetzkoy fue una princesa de origen ruso que se casó en segundas nupcias con Pepe Osorio «el gran duque de Sesto», XVII marqués de Alcañices y alcalde de Madrid a finales del siglo XIX. Fue considerada una de las mujeres más bellas y elegantes de Europa en su época y, entre otras cosas, figura en la historia como la mujer que introdujo la moda del árbol de Navidad en España, concretamente en Madrid.

La duquesa presumía de ser hija del zar Nicolás I (aunque oficialmente lo fuera del príncipe Serguei Vassilievitch) y fue tratada como tal toda su vida. Enviudó de su primer marido Carlos Augusto de Morny, hermanastro de Napoleón III y embajador de Francia en San Petersburgo, y tras descubrir que le había sido infiel decidió empezar una nueva vida.

duques-sesto--250x140

Sofía Troubetzkoy y José Osorio, marqueses de Alcañices

En Deauville (Francia) conoció a José Osorio, un aristócrata, político y militar español, destacado por su implicación en la Restauración que permitió el ascenso al trono de Alfonso XII. Se enamoraron a primera vista y un año más tarde, en 1869, contrajeron matrimonio. La primera Navidad que pasaron juntos en su nuevo hogar, el Palacio de Alcañices –que ocupaba el solar del actual Banco de España–, Sofía decidió decorar la residencia a la refinada moda europea y ordenó instalar un gran abeto decorado para celebrar la Navidad. Madrid se convirtió así en el primer lugar de España en el que una casa lució un árbol navideño.

 

 

El «minimuseo arqueológico» del Metro de Ópera


ABC.es

  • Una fuente gigante, un acueducto y una alcantarilla de los siglos XIII, XV y XVII, se descubrieron en 2009 durante la reforma de la estación. El rincón secreto es uno de los yacimientos más importantes de la capital

 

operafuente--620x349

Es un «rincón secreto» y ungran desconocido para el público. Está en el subsuelo, a nueve metros bajo tierra, en la estación de Metro de Ópera situada en la plaza de Isabel II, donde se ubica el Teatro Real. Se trata de un «minimuseo» que fue descubierto por casualidad durante las obras de remodelación de la estación de Metro de Ópera.

El tesoro oculto, uno de los yacimientos más importantes de la capital, apareció sin ser buscado medio año después de iniciarse los trabajos en 2009: la enorme Fuente de los Caños del Peral (s. XIII), la primera monumental de la capital; el Acueducto de Amaniel, de cuatro metros de altura (s. XV), que regaba la huerta y los jardines del Palacio Real y una alcantarilla de ladrillo (s. XVII), que canalizaba el agua que regresaba al venero. Y todo, debajo del Teatro Real.

Todo ello se puede visitar por el público que lo desee en la segunda planta de la estación. Ocupa una superficie de 200 metros cuadrados. Ahí se exhiben los tres elementos que se encuentran en excelente estado de conservación.

La Fuente de los Caños del Peral tiene 36 metros de longitud. Fue ideada por el primer arquitecto del Monasterio de El Escorial, Juan Bautista de Toledo. Aunque su origen es del s.XIII no se monumentalizó hasta el XVII y dejó de funcionar a principios del XIX.

Su misión no era otra que abastecer a la población madrileña a través de la distribución realizada por los «aguadores», uno de los gremios más importantes de la villa, organizados en aguadores de cuba, de borriquillo, de cántaros y vaso. Entonces solo tenían agua corriente los hospitales, los conventos y el Palacio Real. El resto de los madrileños se nutría del agua que manaba de estas fuentes.

Por su parte, el acueducto, que apareció junto al vestíbulo de la línea 2, era el encargado de recoger el líquido elemento de la Cuesta de Santo Domingo para llevarlo a la fuente. Era utilizado como lavadero y el agua sobrante servía para regar la huerta y los jardines del Palacio Real. Tiene cuatro metros de altura y está construido en ladrillo.

Por último, la vía de agua o alcantarilla, de sillares de granito, estuvo en servicio desde el reinado de Felipe II hasta el nacimiento del Canal de Isabel II. Su labor no era otra que canalizar el agua que volvía de la fuente.

Los restos de estas piezas se completan con una sala de audiovisuales en donde se puede conocer a fondo la historia de los restos.

 

Galeón San José: Hundido con el oro de la ‘Santa Cruzada’ y los impuestos del rey


El Mundo – JULIO MARTÍN ALARCÓN @Julio_M_Alarcon

  • Las cuentas de los funcionarios en Panamá, detallan los impuestos y bienes que embracó la flota
  • Hallamos en documentos del Archivo General de Indias las cuentas del tesoro hundido con el ‘San José’, que ya reclaman varios países
  • Según el registro realizado en Portobelo, Panamá, antes de partir a Cartagena, la flota que comandaba el galeón zarpó con un tesoro de 5.623.396 pesos
14499273184568

El ‘San José’ se hunde por el fuego del ‘Expedition’ ILUSTRACIÓN: SAMUEL SCOTT

“Prozedidos de los trescientos y cincuenta mil ducados de la Avería del Sur que está obligado a pagar el comercio y consulado del Perú se han recaudado cincuentamil pesos en atención a la moratoria por el Virrey del Perú. Por la manera y monta todo el tesoro que vino y se ha agregado a S. M (Su Majestad), de estas consignaciones: un millónquinientos y cincuenta y tresmil seiscientos nueve pesos y reales y medio (…) Porquenta y perteneciente a la bula de la Santa Cruzada se reportan en este galeón ochenta y sietemil ciento y sesenta pesos y cincomil como favor a la partida de este (…) Porquenta se remiten en el galeóndos pozuelos de plata labrada con las piezas siguientes: una lámpara grande que pesa cientocuarentayocho marcos, un pelícano grande, tres pequeños…”.

Así es la relación de las únicas cuentas oficiales y documentadas que existen de las riquezas que transportó el galeón San José: la carga del tesoro que se hundió en Cartagena de Indias en 1708 y cuyos restos acaban de ser hallados en aguas colombianas.

El documento transcrito con el que arranca este reportaje lo conforman siete folios de apretada letra a pluma escrita por los funcionarios españoles en Portobelo, Panamá, fechados y firmados el 20 de mayo de 1708. Unas cuartillas cosidas a mano con posteridad y aprobadas con un sello en el que se lee la fecha de 1709, probablemente en Madrid.

14499770844403

Uno de los folios con el detalle de la contabilidad de la ‘Avería del Sur’, el impuesto a los comerciantes.

El manuscrito original, rescatado por Crónica del Archivo General de Indias gracias a la colaboración de la subdirectora Pilar Lázaro, forma parte de las llamadasCartas cuentas de oficiales reales de 1559 a 1723, un legajo escurridizo que consta de cinco números y miles de páginas, el último de ellos, el perteneciente a la Caja de Portobelo de 1601 a 1723 donde se hallan los folios que describen lo que debió recoger la flota.

Es la contabilidad pormenorizada que los funcionarios del rey anotaron en el último puerto en el que amarró la Flota de Tierra Firme, que comandaba su nave capitana, el galeón San José, antes de ser atacadas por navíos ingleses cuando se dirigían a Cartagena de Indias.

Su encabezado, “Relación sumario de Real impuesto… y lo que de esto se remite a su Majestad en los galeones de la presente Armada del General Conde de Casa Alegre…”, explica los pagos de la “Avería del Sur” -el impuesto de la corona a los comerciantes-, la “Santa Cruzada” -impuesto para la Iglesia-, el “Salario de los Señores del Consejo”, “Posadas”, “Obras Pías” -aportaciones de particulares para la Iglesia- y los “Bienes de Difuntos” -las herencias con destino a España o recaudadas en caso de no haber descendencia-… Son los pesos y reales de a ocho, además de los objetos como diademas, cálices, lámparas -que describen en sus páginas detallando cada una de sus piezas y peso-, que ocupaban las bodegas de los galeones, la mayoría de estos últimos en concepto de aportaciones a la Iglesia.

Sin embargo, lo que consignan con minuciosidad los funcionarios en Portobelo está todavía lejos del total de riquezas que transportaban. A diferencia de lo que se conoce como el «Registro de Navío», el documento que la Casa de Contratación de Sevilla elaboraba para cada barco de las flotas que partían y llegaban a España y en el que se especifica todo lo que alojaba cada barco en sus bodegas, lo que ha sobrevivido son las cuentas de Portobelo, la relación de impuestos que se habían recaudado para el rey Felipe V, la Iglesia y otros organismos y que debía llevar la flota de regreso a España, pero que no incluye la mayor parte de los bienes de los particulares. El registro del San José se hundió casi con toda probabilidad con él.

Lo que sí se sabe es que las monedas de oro y plata, las joyas y los objetos valiosos se alojaban entre los dos barcos más poderosos de la flota, es decir, en los galeones que custodiaban el convoy: la capitana, el San José hallado ahora según las autoridades colombianas, y la almiranta, el navío gemelo, San Joaquín. Por ley se dividía a partes iguales, aunque la capitana, por ser la que dirigía la Flota de Tierra Firme, siempre cargaba un porcentaje algo mayor. Además de la gobernanta, el tercero de los navíos destinado a la protección del convoy y el única capturado por los ingleses, los mercantes que custodiaban son los que transportaban las mercancías con los bienes del galeón de Manila, procedentes de Filipinas, y las materias primas del Virreinato de Perú, que era prácticamente la extensión de toda Sudámerica entonces, a excepción del Brasil portugués.

Testigos del hundimiento

La mejor estimación de lo que no puede revelar el documento del Archivo General de Indias es el testimonio de los supervivientes y especialmente del San Joaquín que logró escapar del ataque inglés y consiguió resguardarse en el puerto de Cartagena de Indias. El navío conseguiría regresar a España tras un larguísimo periplo. No salió con destino a La Habana, la primera escala original de la Flota hasta el 17 de septiembre de 1711, en donde tuvo que esperar varios meses más hasta regresar por fin a Sanlúcar en 1712. Para entonces el almirante Villanuevaque comandaba el barco había fallecido, no sin antes escribir una carta al rey en el que hizo una estimación de las riquezas que transportaban ambos navíos antes del fatal hundimiento del San José.

Villanueva, tal y como recoge la investigadora Carla Rahn Philips en su obra The Treasure of the San José (el tesoro del San José), estimó que la plata ascendía a tres millones y el oro a más de cuatro, con la salvedad de que en el caso del oro no estaba seguro, porque reconocía que una gran cantidad era escondido por los particulares en baúles de ropa, escritorios, bolsas que llevaban siempre consigo… En total la cifra podía ascender a 12 millones de pesos (se ha llegado a hablar esta semana de que su equivalencia a moneda actual es de más de 15.000 millones de euros). Por otra parte, tras la batalla, los marineros de la Armada española apresados por los ingleses contaron a sus captores que, según sus impresiones y sumando la plata y el oro, se habían transportado en el San Joaquín entre cuatro y seis millones de pesos y una cantidad ligeramente mayor, entre cinco y siete millones en el San José.

Muchos de los tesoros consistían además en piedras preciosas de las que no hay registro. El propio Villanueva anotó al rey que no tenía constancia de qué había sido de una ” de una caja de perlas enviadas del Rio de La Hacha como parte del quinto real que correspondía a la corona”. Las perlas habían estado en posesión del conde de Casa Alegre, que las recibió en nombre del rey. Villanueva no pudo aclarar si Casa Alegre había dejado las perlas en Cartagena o si se las había llevado con la flota a Portobelo. De ser así, la caja con las perlas descansaría en el fondo del mar junto al San José y el propio conde. Lo que es incuestionable es que la Flota de Tierra Firme que partió de España en 1706 fue un completo fracaso.

La parte de la corona

El fabuloso tesoro que se disputan de distinta forma el actual Perú, Colombia y España oculta una realidad que apenas sale a la luz cuando la fascinación por los tesoros hundidos en el mar cautiva la imaginación. Cuando los restos de la azarosa flota llegaron por fin a España resultó que las cuentas del rey habían mermado dramáticamente: apenas recaudaron un millón y medio de pesos, el equivalente a un año, cuando habían transcurrido seis.

Los desastres, las reparaciones de las flotas maltrechas, los salarios, los retrasos y las cuentas pendientes, se llevaron una gran parte antes de llegar a España. Y el Virreinato de Perú gastaba hacia principios del siglo XVIII más de lo que ingresaba. Además de administrar las finanzas de una extensión enorme, Lima había sufrido un terremoto en 1687 que devastó la ciudad.

Las monedas relucen en el fondo pero no brillaron en la superficie. Las imágenes esta semana de cañones y vasijas en el fondo del mar despejan la leyenda de uno de los pecios más buscados por los cazatesoros de todo el mundo y abre una nueva polémica sobre a quién pertenece lo que se pueda recuperar.

Batallas legales

Sin que ni una sola pieza de oro o plata haya emergido aún, los gobiernos de tres naciones, además de la empresa Sea Search Armada, que ya dijo haber localizado el pecio hace tres décadas y que litiga con Colombia desde entonces, se han enzarzado en una disputa que amenaza con años de batallas legales, como ya ocurriera con el célebre tesoro de Nuestra Señora de las Mercedes. Colombia esgrime la territorialidad de sus aguas. España, la soberanía sobre lo que considera un buque de Estado, protegido por un convenio de la Unesco, que Colombia no ha suscrito. Y Perú, la procedencia de la plata, que en su mayor parte salió de las minas de Potosí.

En el fondo del mar yacen con el presumible oro y las joyas preciosas los marinos españoles que perecieron defendiendo la nave, y la gloria de un pasado colonial: la grandiosa empresa marítima del Imperio Español que recorría medio mundo basado en el monopolio comercial y la explotación y que se dilapidó con los siglos.

La biblia nazi se reedita 70 años después


El Mundo

  • ‘Mein Kampf’ se reedita en Múnich 70 años después de la muerte de Hitler

51koRKz3zGL._SX332_BO1,204,203,200_Ya hay fecha, lugar y hora para el lanzamiento de la primera reedición de ‘Mein Kampf’ [Mi Lucha], de Adolf Hitler, que verá la luz en Alemania desde 1945. Será el 8 de enero a las 11:00 en Múnich, ocho días después de que el estado federado de Baviera, al cumplirse 70 años de la muerte del dictador, libere los derechos de autor que los Aliados le entregaron en custodia tras la Segunda Guerra Mundial, una vez clausurada la editorial del partido nazi, Franz Eher, con sede en la ciudad donde Hitler tenía fijada su residencia.

La reaparición de Mein Kampf en las librerías del país donde germinó y se propagó una ideología que llevó la muerte a millones de personas crea desasosiego y no sólo a algunos sectores de la comunidad judía, sino también a quienes observan con preocupación el resurgir de la ultraderecha, si bien el único partido político de corte neonazi que existe en el país, el NPD, es residual y apenas logró un 1% de votos en las últimas elecciones parlamentarias.

“Parte de los ingresos por ventas deberían destinarse a la ayuda de los refugiados. Así, los neonazis que lo compren, al menos indirectamente, podrán hacer algo bueno“, sugiere lacónico Karl-Georg Wellmann, de la Unión Cristianodemócrata (CDU).

El objetivo de la primera reedición legal de Mein Kampf no es baladí y tampoco está dirigido a lectores fascinados por el nacionalsocialismo. Esta edición pretende acabar con el mito que rodea la obra de Hitler rompiendo el tabú y demostrando que la llamada “biblia del nacionalsocialismo” es un panfleto de 800 páginas impregnadas odio, racismo, violencia, patrañas y medias verdades. La obra, en dos tomos, como en el original, llevará por título Mein Kampf: Eine Kritische Edition. Autor y editor: Instituto de Historia Contemporánea de Múnich (IfZ).

“Teníamos una responsabilidad nacional como alemanes y una obligación como historiadores que no podíamos obviar, de ahí esta edición crítica de Mein Kampf, un trabajo de investigación de tres años resumido en más de 3.700 anotaciones que contextualizan y desmontan las mentiras y la demagogia nociva que Hitler encadena, página a página, en esa mezcla de memorias, ideario político y furia antisemita“, declaró a este diario el director del IfZ, Andreas Wirsching.

Charlotte Knobloch, 83 años, testigo en 1938 de los asesinatos y persecución de judíos en Múnich, no lo ve así. La presidenta del centro cultural judío en esa ciudad cree que “Mein Kampfes una incitación deleznable al odio y la base del Holocausto. El texto original no merece reconocimiento ni discusión”. El presidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, Josef Schuster, va más allá y pide mantener la prohibición del libro y que las autoridades procedan con todas las consecuencias contra la difusión y venta.

También el estado de Baviera, que en inicialmente contribuyó al proyecto con 500.000 euros, se ha distanciado del mismo, una “decisión política” que el IfZ no comenta y que tiene sus orígenes en la visita que el primer ministro bávaro, Horst Seehoffer hizo a Israel.

El equipo dirigido por Christian Hartmann, experto en historia militar con 20 años de experiencia en la investigación del nacionalsocialismo, ha contado, sin embargo, con el apoyo de historiadores judíos que también consideraban que la mejor forma de acabar con el mitoMein Kampf era “no dejarlo vagar” por el mundo tal cual se escribió. Entre esos historiadores y documentalistas judíos hubo miembros del centro Yad Vashem para la memoria del Holocausto en Israel.

“Entendemos que es un tema es sensible, que esto es Alemania, el país donde empezó todo, y que aún hay supervivientes del Holocausto. Aún así, Mein Kampf necesitaba una lectura científica crítica y no ahora que queda libre de fueros, sino desde hace muchos años”, sostuvo Wirsching.

Fue absurdo que Baviera no dejara hacerlo. Los derechos sólo eran aplicables a la edición y difusión de Mein Kampf y no a su compra o descarga en internet, lectura, tenencia o adquisición de ediciones antiguas y por las que llegan a pagarse en anticuarios hasta 800 euros.

Mein Kampf se edita en numerosos países y en Alemania siempre estuvo al alcance de la mano, puede incluso que muchos abuelos lo guarden en casa, pues se llegaron a imprimir 12 millones de ejemplares. Todo el mundo tenía el libro. Se regalaba hasta en cumpleaños y bodas”, relató Wirsching.

Fue un best seller traducido a 18 idiomas que proporcionó importantes sumas de dinero al partido y a Hitler, pero tan farragoso y mal escrito que Mein Kampf se ha convertido en el libro no leído más famoso del mundo. “Hay que hacer esfuerzos para pasar de las primeras 20 páginas”, sostiene Hertmann y aventura que la edición del IfZ tampoco será más leída, pues, pese a la expectación generada, su interés es académico y científico. Hasta el momento sólo hay 300 encargos de una edición de 3.500 ejemplares. El precio de los dos tomos será 59 euros y los ingresos revertirán en el IfZ para paliar los gastos de edición.

No se prevé una segunda edición, ninguna en formato e-book, no hay acuerdos con editoriales extranjeras y tampoco habrá ediciones especiales para colegios. Apenas hay párrafos sin comentarios, de ahí que esta edición crítica tenga 2.000 páginas, según Harrmann, “la obra de un fracasado”.

El Prado estrena web y se fabrica una nueva imagen


El Pais

  • La atractiva versión ‘online’ del museo interrelaciona obras, autores y actividades

1449769712_007986_1449769777_noticia_normal

En el marco de un constante compromiso por el estudio y la difusión, el Museo del Prado lanzó ayer su nueva web, que es, en cierta forma, una nueva imagen de la pinacoteca. Realizada con el apoyo de Telefónica, la iniciativa está dotada de un complejo desarrollo tecnológico y de un diseño en el que las imágenes son protagonistas absolutas. La experiencia de la visita al museo se traslada a lo digital de una forma estéticamente pulida y enriquecida con la ayuda de un modelo semántico, una novedad dentro del ámbito de los museos con presencia digital.

De este modo la nueva web, un proyecto que se inició hace tres años, reemplaza a la de 2007 para mejorar la experiencia online del museo. Con una estructura de módulos, el sistema puede interrelacionar las obras de arte, los autores de la colección y otros activos del patrimonio del museo, como actividades y conferencias.

Las novedades en esta página son tres. Primero, su motor, que está compuesto por la colección y el conocimiento asociado a cada uno de los 10.000 artículos. Esto va de la mano de un diseño dedicado a la imagen que presenta cada objeto con una foto con zoom, una ficha técnica, un texto explicativo, una biografía del autor, etiquetas relacionadas a la obra, una bibliografía de textos académicos en los que aparece, su procedencia, inventarios en la que está incluida y su ubicación en el museo. Ofrece también una sección multimedia con vídeos de conferencias pasadas, avances de exposición y guías curatoriales.

Buscador semántico

Segundo, el buscador facetado es semántico, es decir que la misma web participa adaptándose a las necesidades del usuario. Por ejemplo, si se buscan las palabras “bacanal de Tiziano” aparecen todas las imágenes relacionadas, y en la columna izquierda un abanico con categorías y temas (dioses mitológicos, desnudo, metamorfosis…), época, escuela, materia, soporte, técnica, flora, fauna y personajes, permitiendo que la búsqueda sea aún más refinada. Un usuario que esté buscando obras relacionadas con cualquier tema ya tiene a su disposición obras de arte que el sistema ha interconectado por sí mismo. Es un buscador que permite el acceso a toda la información contenida en la web del museo aplicando patrones y secuencias personales de razonamiento y búsqueda, incluyendo un sistema de recomendación de contenido para profundizar la información demandada partiendo del etiquetado de las obras de las colecciones.

La nueva web permite personalizar las propias visitas del usuario por medio de una red social específica llamada Mi Prado. Incorporando la posibilidad de crear y guardar itinerarios personalizados, obras favoritas y resultados de búsquedas previas, este canal permite ver en qué lugar del museo están ubicadas las obras favoritas del usuario. Se pueden comentar recorridos y compartirlos, así como preparar clases, entre muchas más opciones. Además, Radio 3 de Radio Nacional ha propuesto una selección musical para los recorridos temáticos de la colección permanente.

No hay civilización alienígena en KIC 8462852


ABC.es

  • Un extraño parpadeo llevó a especular con la existencia de una megaestructura construida por extraterrestres en una estrella a 1.500 años luz de la Tierra

 

 El parpadeo errático de la estrella llevó a especular con la existencia de una megaestructura construida por alienígenas - SETI

El parpadeo errático de la estrella llevó a especular con la existencia de una megaestructura construida por alienígenas – SETI

El pasado octubre, la comunidad científica quedó desconcertada ante el hallazgo a unos 1.500 años luz de la Tierra de una extraña estrella, KIC 8462852, cuya luz fluctuaba de forma errática. Incluso se llegó a especular con la posibilidad de que este astro estuviera orbitado por una descomunal estructura construida por una civilización extraterrestre. Para comprobar esta asombrosa hipótesis, científicos del instituto SETI -un organismo dedicado a la persecución de inteligencia extraterrestre- han buscado breves pulsos de láser de la estrella, pero, para decepción de muchos, no han encontrado ninguno.

«La hipótesis de una megaestructura alienígena alrededor KIC 8462852 se está desmoronando rápidamente», afirma Douglas Vakoch, presidente de SETI Internacional y autor de un artículo que publica The Astrophysical Journal Letters. «No hemos encontrado evidencias de una civilización avanzada que emite señales de láser intencionales hacia la Tierra», ha añadido.

Durante seis noches entre el 29 de octubre y el 28 de noviembre, los científicos buscaron pulsos tan cortos como una billonésima parte de segundo en el Observatorio Óptico Boquete en Panamá, utilizando un telescopio newtoniano de 0,5 metros. El instrumento, relativamente pequeño, utiliza un método de detección único y tiene una mayor sensibilidad a las señales pulsadas. Si alguna civilización extraterrestre estuviera enviando un pulso láser intencional hacia la Tierra en el espectro visible, el observatorio Boquete tendría muchas opciones de detectarlo.

 

La curva de luz anómala de KIC 8462852 fue detectada por el telescopio espacial Kepler de la NASA, como parte de su búsqueda de exoplanetas. Lo que resultaba muy extraño es que mostraba un oscurecimiento irregular diferente a cualquier otro visto en otra estrella. A pesar de que un planeta del tamaño de Júpiter podría causar un oscurecimiento de aproximadamente el 1%, el observado en KIC 8462852 era mucho mayor, hasta el 22%. Igual de extraño, la fluctuación no seguía el patrón regular de un planeta que orbita una estrella, sino que era impredecible.

Fragmentos cometarios

La mejor explicación hasta la fecha es que estas fluctuaciones pueden haber sido causadas por fragmentos comentarios en una órbita altamente elíptica alrededor de KIC 8462852, interceptando la luz estelar, al mismo tiempo que la misión Kepler la estaba observando.

«Teniendo en cuenta la gran distancia a KIC 8462852, casi 1.500 años luz, cualquier señal recibida en la Tierra hoy en día habría dejado la estrella poco después de la caída del Imperio Romano», señala Marlin Schuetz, director del observatorio Boquete.

«Si algún día realmente se detecta la señal de una civilización extraterrestre, tenemos que estar preparados para dar seguimiento en los observatorios de todo el mundo, lo más rápidamente posible», añade Vakoch. Como primera prueba de esta coordinación, durante tres de las noches en que el SETI hizo observaciones en Panamá, KIC 8462852 fue escaneada de forma simultánea con el radiotelescopio Allen en el norte de California. Tampoco se detectaron señales. Otra vez será.

 

María «la sanguinaria», la mujer que convirtió a Felipe II en Rey de Inglaterra


ABC.es

  • La larga serie de embarazos psicológicos que registró María finalizó, en 1558, cuando uno de ellos le llevó a caer en una profunda depresión
 María I de Inglaterra entrando en Londres para tomar posesión del trono en 1553 - Wikimedia

María I de Inglaterra entrando en Londres para tomar posesión del trono en 1553 – Wikimedia

María fue una niña triste, una reina sangrienta, una esposa desconsolada, una eterna embarazada… La hija de Catalina de Aragón hubo de hacer frente a muchas dificultades antes de tomar la Corona de Inglaterra a mediados del siglo XVI y, una vez en el trono, se apoyó en su marido para restituir a golpe de ejecuciones la obediencia de su país hacia la Iglesia católica. Todo el éxito político de la alianza entre la inglesa y el español naufragó a la hora de dejar descendencia. La larga serie de embarazos psicológicos que registró María finalizó, en 1558, cuando uno de ellos le llevó a caer en una profunda depresión y a morir meses después. Felipe II, su marido, no encontró el momento de desplazarse desde Bruselas a Londres, a pesar de las cartas de su esposa suplicándole que estuviera a su lado en aquellos momentos tan dolorosos. Murió sin volver a verle.

Tras solo dos años de matrimonio con María Manuela de Portugal, Felipe quedó soltero con un hijo enfermizo como única sucesión. La portuguesa, prácticamente de la misma edad que el entonces príncipe español, había fallecido después de dar a luz a Don Carlos, el Príncipe maldito. Durante la búsqueda de la candidata ideal para ser esposa de su hijo, Carlos I de España (V de Alemania) descartó la opción de que se casara en segundas nupcias con alguna de las hijas del rey de Francia, un enlace que habría sellado la paz entre ambos países, o con la hermosa hija menor del rey de Portugal, que a largo plazo podía asegurarle el trono de este reino; y en cambio recomendó que lo hiciera con una antigua prometida suya, María Tudor. La hija de Catalina de Aragón había vivido una infancia turbulenta a causa de la decisión de Enrique VIII de Inglaterra de divorciarse en contra del criterio de la Iglesia católica. Una mujer repleta de traumas que tenía a Carlos como el hombre que había velado por sus derechos en Europa cuando nadie más lo hizo.

La hija de Catalina de Aragón y Enrique VIII

Pese a contar con el apoyo popular de los ingleses, Catalina de Aragón –la hija menor de los Reyes Católicos– acabó repudiada por su marido, Enrique VIII, debido a la falta de hijos varones. La sucesión de embarazos fallidos, seis bebés de los que solo la futura María I alcanzó la mayoría de edad, enturbió la convivencia entre el Rey y la Reina. Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano Arturo. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes. La intervención del todopoderoso sobrino de Catalina, Carlos I de España, elevó la disputa a nivel internacional.

Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haber tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII asumió una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra».

En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra». Además, Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. Allí, el 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija.

De esta forma, la «reina sanguinaria» nunca olvidaría que en 1533 tuvo que renunciar al título de princesa y que, un año después, una ley del Parlamento inglés la despojó de la sucesión en favor de la princesa Isabel, la hija de Ana Bolena, la mujer que había desencadenado el divorcio. No en vano, la ejecución de Ana Bolena en 1536 provocó un cambio en la situación de María. La nueva esposa de Enrique VIII, Juana Seymour, logró que María capitulara y jurara las nuevas leyes religiosas a cambio de una posición más aventajada en la corte, siendo ahora su hermanastra, Isabel, la que quedó marginada. Fruto del matrimonio entre Enrique VIII y Juana Seymour nació Eduardo, que fue designado el heredero de la corte. Cuando falleció de forma prematura Eduardo VI en 1553, la niña marginada se convirtió a sus 37 años en la reina de Inglaterra e inició una represión religiosa contra los líderes protestantes. Una de sus primera medidas fue encarcelar y ejecutar al Duque de Northumberland, quien había endurecido la política contra los católicos en esos primeros años del reinado de Eduardo VI.

«Lo mejor de este negocio es que el rey lo ve y lo entiende que no por la carne se hizo este casamiento, sino por el remedio de este Reno y conservación de estos Estados»Ruy Gómez

Por otra parte, María nunca dejó de escribirse con su primo Carlos I, pero sus buenas relaciones apenas facilitaron las negociaciones para logar un acuerdo que debía salvar la oposición interna de los nobles ingleses y su desconfianza natural hacia los extranjeros. Las exigencias británicas terminaron por ser humillantes: la reina no podía ser obligada a salir de las islas; Inglaterra no estaba obligada a tomar parte en las guerras de los Habsburgo; el posible hijo del matrimonio heredaría Inglaterra, Irlanda y los Países Bajos; y, lo que a la postre fue capital, el monarca español perdería cualquier autoridad si María fallecía antes que él. El rey mostró sus recelos en privado, pero finalmente tragó con un acuerdo que prometía recuperar por completo a Inglaterra para la causa católica.

Pero más allá de las exigencias políticas, el otro escollo eran los recelos de la reina hacia el matrimonio. Su historial amoroso se reducía a haber descartado la posibilidad de casarse con Eduardo Courtenay –hijo de un noble decapitado en 1538, acusado entonces de conspirar contra Enrique VIII– al que había liberado de su prisión en la Torre de Londres con este propósito. Tras descartar la boda con Courtenay, de sangre real, pareció que María permanecería soltera siempre. Al menos hasta que apareció el apuesto Felipe, cuyo cuadro pintado por Tiziano en 1551 fue enviado a la reina. Quedó prendida de él desde el primer instante hasta el último de su vida.

En tanto, Felipe II entendió que el matrimonio respondía más que nunca a asuntos de Estado y aceptó sin la menor queja, pese a que la belleza de María brillaba por su ausencia. A sus 37 años, la reina inglesa parecía aparentar cerca de 50 y mantenía una mirada triste de forma perpetua. Antes de salir de España, no en vano, Felipe recibió también un retrato de su futura esposa pintado por Antonio Moro, donde se evidenciaba que la reina era mucho más mayor que él. Una vez en Inglaterra, los integrantes del séquito español coincidían en señalar lo poco que se parecía aquel retrato al auténtico rostro de María. «Lo mejor de este negocio es que el rey lo ve y lo entiende que no por la carne se hizo este casamiento, sino por el remedio de este Reno y conservación de estos Estados», escribió Ruy Gómez, uno de los hombres que acompañó a las islas Británicas a asistir al enlace, celebrado el día de Santiago de 1554 en la Catedral de Winchester.

«Bloody Mary», 300 muertos en la represión

Bajo el reinado de María y Felipe, se ejecutaron a casi a trescientos hombres y mujeres por herejía entre febrero de 1555 y noviembre de 1558. No sorprende por ello que la historiografía protestante la apodará a su muerte como Bloody Mary («la sangrienta María»).

Muchos de aquellos perseguidos eran viejos conocidos de la traumática infancia de María. Thomas Cranmer, quien siendo arzobispo de Canterbury autorizó el divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón, fue objeto de un proceso para privarle de su diócesis y posteriormente fue condenado a morir en la hoguera. Se trataba de una persecución religiosa en toda regla, pero también de los esfuerzos de la reina por acabar con sus enemigos políticos. En previsión de su boda con Felipe, el noble protestante Thomas Wyatt encabezó una sublevación que alcanzó las afueras de Londres en enero de 1554. El intento de golpe de estado fracasó gracias al apoyo de los londinenses, debiendo Wyatt rendirse y entregarse solo un mes después. La rebelión terminó con las ejecuciones de varios parientes de Juana Grey –bisnieta de Enrique VII de Inglaterra– y de la propia joven.

Asediado en diferentes frentes por Francia y el Papa Pablo IV, el rey español reclamó a María su ayuda militar

Felipe II apoyó en todo momento a su esposa e intentó congraciarse con sus súbditos repartiendo mercedes entre los nobles leales a la causa católica y organizando justas y torneos para el entretenimiento popular. Estas actividades, que llevaban décadas sin celebrarse en las islas británicas, fueron recordadas durante varias generaciones por su magnitud. Sin embargo, el matrimonio se tornó en una experiencia triste cuando se fueron acumulando una serie de embarazos psicológicos o fallidos que hicieron imposible que naciera un heredero. Después de un año en Inglaterra, Felipe partió a reunirse en Bruselas con su padre. Carlos I había decidido abdicar y con ello legar a Felipe y al archiduque Fernando, su hermano, sus reinos y también sus guerras. Asediado en diferentes frentes por Francia y el Papa Pablo IV, el rey español reclamó a María su ayuda militar, lo cual estaba específicamente prohibido por el acuerdo matrimonial.

En marzo de 1557, el monarca regresó a Inglaterra durante unos meses y empleó su capacidad de persuasión sobre su mujer, que no era poca, para lograr su participación en una guerra que iba a desembocar en una terrible pérdida para Inglaterra. A las puertas del desastre, el Duque de Guisa conquistó a principios de 1558 de forma sorpresiva Calais, la última posesión inglesa importante en el norte de Francia. Tras solo siete días de asedio, las tropas inglesas se rindieron y entregaron la ciudad sin presentar batalla, con el único objetivo de desprestigiar a la reina María.

De la pérdida de Calais a su muerte

Según la tradición, María quedó tan destrozada por esta derrota que predijo que la palabra Calais aparecería a su muerte grabada sobre su corazón. Triste y supuestamente embarazada de nuevo, la inglesa reclamó en esos días la presencia de su marido, que recibió la noticia con «gran alegría y contentamiento» pero hizo poco por desplazarse a Londres. Tras aceptar que se trataba de un nuevo falso embarazo, la reina cayó en un estado depresivo a mediados de 1558. Rápidamente, Felipe entendió que en caso de fallecer su esposa iba a ser su hermanastra, Isabel Tudor, la persona con más apoyos para reinar, por lo que, temiéndose lo peor, comenzó un acercamiento hacia la que a la postre sería la mayor villana del imperio.

El plan original de Felipe era casar a Isabel con algún príncipe católico de su confianza, siendo el mejor candidato su primo Manuel Filiberto de Saboya, quien había encabezado su victoria en San Quintín. Los acontecimientos, sin embargo, se precipitaron y el propio monarca se ofreció a casarse con Isabel cuando vio que Inglaterra podía alejarse de su control para siempre. A principios de noviembre, María hizo testamento designando sucesora a su hermana Isabel con la esperanza de que abandonase el protestantismo; unos días después falleció a los 42 años de edad. El ascenso de Isabel, con el propio apoyo de Felipe, supuso así una victoria póstuma y completa de la decapitada Ana Bolena, que todavía hoy es equivalente en la lengua castellana a ser una mujer alocada y trapisondista. Lejos de aceptar la propuesta matrimonial de Felipe, Isabel se negó a volver a la obediencia papal y permaneció soltera toda su vida.

La relación entre el Imperio español e Inglaterra fue de mal en peor en los siguientes años. Isabel se mostró implacable con los nobles católicos que amenazaron su poder y tomó todas las medidas posibles en pos de borrar la huella hispánica en las islas. Cualquier posibilidad de que el catolicismo volviera a ser mayoritario en Inglaterra en el futuro pereció con la muerte de María. No obstante, el hispanista Geoffrey Parker apunta en su obra «Felipe II: la biografía definitiva» (Planeta, 2010) que «incluso sin hijos, el catolicismo se habría instaurado perdurablemente en Inglaterra si la reina hubiera vivido hasta (digamos) los 56 años como su padre».

 

 

Tres escenarios de batallas que buscan turistas


ABC.es

  • Burgos fue «muy importante» desde el punto de vista estratégico militar durante la Guerra de la Independencia. Expertos e historiadores quieren ponerlo en valor a través de itinerarios turísticos

 

 Recreación junto al Castillo de Burgos, uno de los escenarios de la Guerra de la Independencia - ICAL

Recreación junto al Castillo de Burgos, uno de los escenarios de la Guerra de la Independencia – ICAL

Diez de la mañana, hora local. Kanchanaburi (Tailandia). Los turistas se agolpan en los alrededores sel puente del río Kwai que en 1957 inspiró la película de David Lean, aquella que recogía el sufrimiento que los japoneses y coreanos hicieron pasar a sus prisioneros de la Segunda Guerra Mundial (británicos, malayos, birmanos, holandeses, estadounidenses y australianos) para construir la línea de ferrocarril que llegaría a Birmania. Cinco de la tarde, hora local. otros tantos turistas se concentran en torno a la llamada Línea del Ferrocarril de la Muerte.

Aprovechar los escenarios bélicos como atractivo turístico, tal y como han hecho en otros lugares (el puente sobre el río Kwai, reconstruido al finalizar la guerra tras ser bombardeado en 1945 por la aviación estadounidense es solo un ejemplo), es lo que pretenden desde la Cátedra de Historia Moderna de la Universidad de Burgos, aprovechando los diferentes escenarios que tuvo la Guerra de la Independencia tanto en Burbos como en la Comunidad. La propuesta fue planteada en la jornada «El Turismo Bélico en Castilla y León», a la que asistieron técnicos del Ayuntamiento burgalés y del Instituto Municipal de Cultura para estudiar la viabilidad del proyecto.

Recorrido por los puentes volados

Una propuestas de aquella jornada fue el diseño de un recorrido por los puentes volados durante la Guerra, donde los turistas serían guiados por una aplicación móvil. Tras el fracaso del Duque de Wellington en el duro asedio al castillo de Burgos (del 19 de septiembre al 21 de octubre de 1812), las tropas aliadas (británicas, portuguesas, alemanas y españolas) tuvieron que replegarse de nuevo hacia Portugal en una humillante y dolorosa retirada. En su huida de Burgos a Portugal, «la única mancha en su historial bélico -según el profesor asociado de Comunicación Audiovisual de la UBU, Mario Alaguero- tuvieron que ir volando todos los puentes sobre los ríos Carrión, Pisuerga y Duero para sobrevivir y llegar a Portugal asediado por los franceses. Ciudad Rodrigo, Tordesillas, Cabezón de Pisuerga o Alba de Tormes fueron algunis de los municipios por los que pasaron.

No fue la única propuesta recogida en estas jornada. Las otras dos fueron presentadas por la profesora de Historia Moderna de la UBU, Ángela Pereda. En ellas, la experta hizo referencia a los «Alojamientos de Reyes, Mariscales y Generales durante la ocupación francesa en el Centro Histórico de Burgos» y «La huella del expolio artístico en la ciudad de Burgos durante la Guerra de la Independencia».

«Prácticamente todos los edificios que entonces fueron ocupados por los soldados franceses siguen hoy en pie»

Recuerda Ángela Pereda que «prácticamente» todos los edificios que fueron entonces ocupados por los soldados franceses siguen hoy en pie, excepto el Convento de San Pablo, cuyo espacio lo ocupa el Museo de la Evolución Humana. «El resto de los monumentos existen en la actualidad y me parece interesante que el visitante pudiera viajar 200 años y viera cómo la Cartuja, el Monasterio de San Pedro de Carreña u otros conventos sirvieron de cuarteles y estuvieron ocupados por las tropas». «Cuando vino Napoleón y las tropas francesas, una de las medidas fundamentales que se tomaron fue la supresión de todas las órdenes religiosas, por lo que los conventos y monasterios fueron abandonados y transformados en cuarteles», recuerda esta profesora, apostillando que «las tropas hicieron bastante daño a la arquitectura y objetos litúrgicos y de arte». «Edificios con una carga histórica y artística impresionante se convirtieron en cuarteles donde se hacían hogueras».

Escenificación en Ciudad Rodrigo con motivo del Bicentenario de la Guerra de la Independencia- ICAL

Escenificación en Ciudad Rodrigo con motivo del Bicentenario de la Guerra de la Independencia- ICAL

Este itinerario discurriría desde el mencionado Monasterio de San Pedro de Cardeña hasta el Hospital del Rey de la UBU, centrándose en la margen izquierda del río Arlanzón. Así, junto al citado convento se visitaría la Cartuja de Miraflores, el convento de Carmelitas en la plaza de Santa Teresa, el convento de Santa Clara, el monasterio de San Agustín, la Cateadral, la antigua iglesia del Carmen y las Huelgas Reales. «Por supuesto que no siempre quedan vestigios en todos los territorios por los que pasaron. Por ejemplo, la Cartuja está rehabilitada, igual que las monjas de las Huelgas intentaron recuperar poco a poco los cenobios».

Burgos fue para los franceses un lugar muy importante desde el punto de vista estratégico-militar, insiste esta profesora de la UBU, recordando su buena comunicación con Madrid, así como el lugar de paso que suponía para los franceses a la hora de acceder a Portugal. En los «Alojamientos de Reyes, Mariscales y Generales durante la ocupación francesa», esta experta propone el recorrido por «las casas que aún se pueden ver de la calle Fernán González o Huerto de Rey o donde estuvo alojado Napoleón, que fue en el Consulado del Mar».

Al fondo la Cartuja de Miraflores, que fue ocupada por los soldados franceses- ICAL

Al fondo la Cartuja de Miraflores, que fue ocupada por los soldados franceses- ICAL

Pero para esta profesora, la «explotación» de los diferentes escenarios de la Guerra de la Independencia podría extenderse más allá de Burgos, y recuerda la batalla que se libró en Arapiles, al sur de Salamanca. Tuvo como resultado una gran victoria del ejército anglo-hispano-portugués al mando del general Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, sobre las tropas francesas comandadas por el mariscal Auguste Marmont. «La mayoría de los visitantes que reciben hoy son británicos y hay mucho potencial sobre la Guerra de la Independencia. Se debería poner más en valor».