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  • El conocido como «el mejor alcalde de Madrid» fue el primer monarca que habitó el palacio, estrenado el 1 de diciembre de 1764

 

 A la izquierda, retrato del rey Carlos III; a la derecha, el Palacio Real iluminado de noche - ABC

A la izquierda, retrato del rey Carlos III; a la derecha, el Palacio Real iluminado de noche – ABC

El 1 diciembre de 1764, hace exactamente 251 años, Carlos III estrenó el Palacio Real de Madrid, siendo el primero en habitarlo. El monarca consumaba así el deseo de su padre, Felipe V, que lo mandó construir en su ubicación (actual calle Bailén) para establecer una conexión simbólica entre las casas de Borbón y Austria, ya que en este espacio se hallaba anteriormente el Alcázar de Madrid. Aquella noche inaugural, en principio concebida como una fiesta por la culminación de las obras, viró en una suerte de desafío para el rey ante sus súbditos, condicionado en parte por las leyendas surgidas en torno a su edificación. Carlos III durmió con un ojo entreabierto por la supuesta presencia de fantasmas en el palacio; justificación del miedo y espanto de los innumerables trabajadores que participaron en los veinteseis años de ejecución del proyecto.

Si bien es cierto que ninguno de los dos reyes llegaron a sugestionarse por los chismes que la construcción generó, esta realidad fantasiosa sí lastró el desarrollo normal de los trabajos, y por ende a ambos. De hecho, Felipe V ordenó exorcizar el edificio cuando decenas de obreros juraban haber visto figuras extrañas tratando de escalar los muros del palacio en mitad de la noche. Y no sólo eso, también aseguraban haber escuchado voces en su interior, con la posterior desbandada. Estas supuestas apariciones remitían al incendio que arrasó el Alcázar en 1734 y a la historia primigenia del terreno sobre el que se asentaba la residencia real, una fortaleza musulmana del siglo IX, cuando los moros dominaban la ciudad, entonces conocida como Mayrit (Magerit para los cristianos).

Gritos de lamento, mezclados con risas y palabras inconexas en árabe, resonaban intramuros del Palacio Real como una presunta venganza árabe por los métodos empleados en la reconquista, liderada por el rey Alfonso VI de Castilla. Lo que era irrefutable para el pueblo llano, inevitablemente, llegó hasta los estratos reales. Aunque el conocido como «mejor alcalde de Madrid» quiso desmarcarse de estos comentarios, siempre quedó la incertidumbre de si eran ciertos o no, un pensamiento que, en una crónica no escrita, rondó su cabeza en su primer duermevela en Palacio.

Las prisas de Carlos III

La leyenda de terror que crecía alrededor del espacio, en efecto, desesperó a Felipe V, harto de lo que consideraba una superstición absurda. Quizá con la intención de que no le ocurriera lo mismo, su hijo heredó el proyecto con una premisa fundamental: acabarlo cuanto antes. Cuando Carlos III alcanzó el trono español, en 1759, aceleró el proyecto y lo dotó de un nuevo impulso, pilotado por el arquitecto Francisco de Sabatini. Fue este rey quien culminó la idea original, con ciertos matices, y quien abrió las puertas de una residencia que, histórico hogar de la monarquía, perduró con esta utilidad hasta el reinado de Alfonso XIII.

 

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