¿Cómo sería vivir bajo el mar en Washington, Londres o Buenos Aires?


ABC.es

  • Según una proyección de la organización científica Climate Central, las principales ciudades del mundo cambiarán mucho en 2100 si el calentamiento global sigue a este ritmo
 Captura del vídeo con Google Earth lanzado por Climate Central sobre un Washington inundado en 2100

Captura del vídeo con Google Earth lanzado por Climate Central sobre un Washington inundado en 2100

Ciudades e incluso capitales de decenas de países podrían verse amenazadas por la subida del nivel de los océanos, concentración de dióxido de carbono y una temperatura mundial récord. Las informaciones alarmistas sobre el cambio climático se multiplican, y más con la llegada de la Conferencia sobre el Cambio Climático que se celebrará en París a inicios de diciembre.

Según una proyección de la organización científica Climate Central, las principales ciudades del mundo cambiarán mucho en 2100 si el calentamiento global sigue a este ritmo. En su trabajo audiovisual, aparecen fotografías de Washington (Estados Unidos), Durban (Sudáfrica), Londres (Reino Unido), Melbourne (Australia), Río (Brasil), Hong Kong (China), Buenos Aires (Argentina) o Vancouver (Canadá) cubiertas de agua.

Con estas fotografías, Climate Central pretende concienciar tanto a políticos como a ciudadanos sobre los efectos del aumento de las temperaturas en todo el mundo.

El Instituto Metereológico británico ha aportado este lunes una prueba adicional el recalentamiento acelerado del planeta, anunciando el aumento de 1ºC para este 2015 con respecto a la era preindustrial (1850-1900).

El misterioso oso y el madroño en El Jardín de las Delicias de El Bosco: la puerta del pecado


ABC.es I. S. CALLEJA@iserranoc

  • La combinación es el símbolo de la ciudad de Madrid desde el siglo XII, aunque ambas representaciones no guardan relación
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En el Jardín de las Delicias de Hieronymus Bosch (El Bosco), del siglo XVI, numerosas criaturas dispersan la atención entre el predominante verde del tríptico y su salpicada e infinita amalgama de colores. En su panel izquierdo, casi desapercibido junto a la Fuente de la Vida que centraliza la escena, un extraño oso aparece abrazado a un madroño sin una explicación aparente. Si los expertos coinciden en que el conjunto del óleo simboliza, indivudualemente en cada apartado, el Paraíso, los pecados de la vida terrenal y el Infierno, ¿qué significado tiene el escudo de Madrid en la obra?, ¿por qué también es conocida como la Pintura del Madroño? Expuesta en el Museo del Prado desde 1939, patrimonio cultural de la capital desde que el rey Felipe II lo trasladara a El Escorial en 1593, la pretensión moralizante de su autor ha generado infinitas interpretaciones sobre su significado; igual que el árbol y el animal.

Contextualizado en el caso concreto de la capital, lo cierto es que el significado del oso y el madroño en el cuadro no tiene nada que ver con su relación con la ciudad, y viceversa. En lo que respecta a su presencia en el símbolo de Madrid, originario del siglo XII, la explicación es muy simple: el oso pardo es un homenaje a la caza de un propio por el rey Alfonso XI en los montes cercanos; mientras que el árbol remite a un litigio entre la Villa y el cabildo de la clerecía sobre la propiedad de unos terrenos que ambos reclamaban. El acuerdo final estableció que la Villa se quedaba con los territorios arbolados y la Iglesia con los sitios de pasto. Por ello se decidió incluir al madroño en el emblema de la ciudad. Independiente a la polémica sobre si el oso era macho o hembra, se quiso que apareciera en posición vertical, como recogiendo un fruto, porque en la época se creía que era un buen remedio contra la peste.

Volviendo al oso y el madroño en la pintura de El Bosco, para comprender su ubicación en este caso es necesario resetear cualquier conocimiento sobre esta asociación, sobre todo si tiene que ver con la explicada en torno a Madrid, que es la más extendida. Con unas dimensiones de 220×389 (entre las tres escenas), el autor escenificó el Paraíso en el primer tablón del tríptico; en los sucesivos, los pecados terrenales y el Infierno, en las escenas central y derecha, respectivamente. Así, el artista neerlandés dibujó a diferentes criaturas junto a Adán y Eva. Estas, a simple vista, saltean la obra como elementos de un paisaje de paz y sosiego, pero analizadas individualmente se observa como algunas de ellas tienen una actitud agresiva entre sí. Es el caso de un león devorando a un antílope de un felino con un lagarto en la boca.

Estos seres, en ocasiones imaginarios (como un unicornio blanco), son la analogía empleada para representar el aviso al pecado y a los placeres mundanos, según los analistas de la materia. Las tres escenas llevan un orden sucesivo y, en ese sentido, estos animales situados en el Paraíso son el paso previo al placer más terrenal, una puerta a lo prohibido. Por ello, hay una coincidencia de criterios que asegura que el oso y el madroño representan la lujuria. No tanto por el animal, que es un elemento más como sus homólogos vivientes, como por el árbol. La fruta, a menudo, es una alusión directa al placer carnal; y más concretamente en el caso de los madroños, cuyo color rojo evoca los deseos más impuros. Así, se concluye que la estudiada unidad, un homenaje en el caso del escudo de Madrid, es el desenfreno y la impudicia en una de las obras cumbres del autor, entre los preferidos de Felipe II e inherente al legado artístico de la región desde el siglo XVI.

 

Lo que Napoleón Bonaparte vio dentro de la Gran Pirámide de Egipto y le dejó aterrorizado


ABC.esCÉSAR CERVERAC_Cervera_M

  • Entre el mito y la realidad, se dice que el Gran Corso quiso pasar una noche en la famosa estructura, emulando a Alejandro Magno y a Julio César, y quedó profundamente impresionado por la experiencia entre murciélagos y ratas

 

Napoleón junto a la esfinge - Art Renewal Center

Napoleón junto a la esfinge – Art Renewal Center

La pirámide de Keops, que es la única construcción que perdura de las siete maravillas del mundo antiguo, sigue revelando nuevos secretos en sus imponentes 146 metros de altura. Un escaneado de la construcción de bloques de pieza caliza indicó hace unos días que podría haber pasadizos ocultos todavía sin descubrir, como evidencia el hecho de que se hayan registrado anomalías de temperatura de hasta seis grados. Un análisis científico que confirma lo que Napoleón Bonaparte intuyó en su propia piel tras pasar siete horas en el tétrico monumento: el misterio impregna cada uno de sus rincones.

Con el objetivo de liberar Egipto de las manos turcas, el prometedor general Bonaparte, victorioso en Italia, desembarcó en el país del Nilo durante el verano de 1798 con más de treinta mil soldados franceses poniéndose por objetivo avanzar en dirección a Siria. No en vano, el joven Napoleón perseguía algo más que objetivos militares y llevó consigo a un grupo de investigadores de distintas disciplinas (matemáticos, físicos, químicos, biólogos, ingenieros, arqueólogos, geógrafos, historiadores…), más de un centenar, para que estudiaran al detalle aquel país de las pirámides maravillosas y los dioses milenarios. Entre ellos figuraban los matemáticos Gaspard Monge, fundador de la Escuela Politécnica; el físico Étienne-Louis Malus; y el químico Claude Louis Berthollet, inventor de la lejía. Es decir, algunos de los científicos más brillantes de su generación acudieron a la llamada del general, de 28 años, sin conocer siquiera el destino del viaje hasta que navegaron más allá de Malta: «No puedo decirles adónde vamos, pero sí que es un lugar para conquistar gloria y saber».

Europa redescubre Egipto

Fue en aquella expedición, entre lo militar y lo científico, cuando Europa redescubrió las maravillas del antiguo Egipto y encontró la llave para entenderlas. Mientras un soldado cavaba una trinchera en torno a la fortaleza medieval de Rachid (un enclave portuario egipcio en el mar Mediterráneo), halló por casualidad la conocida como la piedra Rosetta, la cual sirvió para descifrar al fin los ininteligibles jeroglíficos egipcios. Se trataba de una sentencia del rey Ptolomeo, fechada en 196 a. C, escrita en tres versiones: jeroglífico, demótico y griego. A partir del texto griego fue posible encontrar las equivalencias en los jeroglíficos y establecer un código para leer los textos antiguos.

No obstante, el viaje también sirvió a Napoleón a modo de búsqueda espiritual en una tierra que había perturbado la imaginación de grandes personajes de la historia. Como muchos de sus contemporáneos, el Gran Corso se sentía atraído por el exotismo oriental y había leído una obra muy popular por entonces, «El Viaje a Egipto y Siria de Constantin Volney», publicada en 1794 sobre los misterios de las civilizaciones de la zona.

En medio de las operaciones militares, Napoleón se dirigió a Tierra Santa con el propósito de confrontarse con el ejército turco y, de paso, a descansar por una noche en Nazaret. Y así lo hizo el 14 de abril de 1799, sin que hayan trascendido más detalles de esta particular parada turística. Ese mismo año, en agosto, Napoleón regresó a El Cairo haciendo noche supuestamente en el interior de la Pirámide de Keops. Su séquito habitual y un religioso musulmán le acompañaron hasta la Cámara del Rey, la habitación noble, que en aquella época era de difícil acceso, con pasadizos que no llegaban al metro y medio, y sin ningún tipo de iluminación más allá de las insuficientes antorchas.

«Aunque os lo contara no me ibais a creer»

Concretamente, la Cámara del Rey es una sala rectangular de unos 10 metros de largo y 5 metros de ancho conformado por losas de granito, paredes y techo lisos, sin decoración, y únicamente contiene un sarcófago vacío de granito, sin inscripciones, depositado allí durante la construcción de la pirámide, puesto que es más ancho que los pasadizos. El general corso pasó siete horas rodeado solo de murciélagos, ratas y escorpiones en la pirámide. Justo al amanecer, brotó de la laberíntica estructura, pálido y asustado. A las preguntas de inquietud de sus hombres de confianza sobre lo qué había ocurrido allí dentro, Napoleón respondió con un enigmático: «Aunque os lo contara no me ibais a creer».

De la pirámide, a la conquista política de París

Resulta imposible saber qué es lo que vio o sintió exactamente Napoleón en esas siete horas, o incluso si el episodio llegó a tener lugar, aunque parece probable que en todo caso el corso creyera sufrir alguna clase de experiencia mística inducida por la soledad, la oscuridad, las temperaturas extremas y los ruidos comúnes que distorsiona el eco. Lo que está claro es que –como han dado cuenta distintas obras de ficción, véase la novela de «El Ocho» (1988) de Katherine Neville o más recientemente Javier Sierra en «El Secreto Egipcio de Napoleón» (2002)– la noche de Napoleón dentro de la Gran Pirámide pareció cambiar su carácter para siempre. Pese a regresar derrotado militarmente a Francia, el corso despegó políticamente en los siguientes meses. En noviembre de ese año organizó el golpe de Estado del 18 de brumario que acabó con el Directorio, última forma de gobierno de la Revolución francesa, e inició el Consulado con Napoleón Bonaparte como líder.

Lo que si tiene una respuesta más accesible es por qué razón quiso pernoctar en el monumento. Según explica el periodista Peter Tompkins en su clásico «Secretos de la Gran Pirámide», «Bonaparte quiso quedarse solo en la Cámara del Rey, como hiciera Alejandro Magno, según se decía, antes que él». Obsesionado durante toda su carrera con otros personajes históricos claves, Napoleón trató de emular las huellas del conquistador Alejandro Magno y del general romano Julio César, que supuestamente habían pasado también una noche en la cámara buscándose así mismos. El conquistador griego, del que se cuenta una infinidad de leyendas de su contacto con otros mitos de la Antigüedad, fundó Alejandría en el año 331 a.C. y consultó el oráculo egipcio, donde recibió al parecer su confirmación como hijo de Zeus-Amón y como conquistador del mundo. Ese mismo año, en Menfis, Alejandro Magno recibió las insignias y títulos de los faraones y realizó sacrificios a las divinidades egipcias.