El líder nazi del Ku Klux Klan que se voló la cabeza cuando se supo que era judío


ABC.es Manuel P. Villatoro

  • Dan Burros, «Gran Dragón» de la triple «K», no pudo soportar que un periodista descubriera su origen y se suicidó en 1965
 Miembros del Klan, junto a la bandera norteamericana - Wikimedia

Miembros del Klan, junto a la bandera norteamericana – Wikimedia

«No tengo nada por lo que vivir. Voy a hacerlo». Estas fueron las últimas palabras que, según se cree, dijo Daniel Burros (un líder nazi del Ku Klux Klan) antes de morir de un disparo en la cabeza. Un tiro que se pegó él mismo después de que llegara a sus oídos que el mundo iba a descubrir su origen judío. Y es que, detrás de los mensajes de racismo, odio y muerte de este «Gran Dragón» de la triple «K» había un pasado semita, pues había estudiado en una sinagoga y educado en la fe de esta religión. Una verdad que, según parece, no pudo resistir este joven de 28 años, que prefirió despedirse del mundo a su única alternativa: afrontar las miradas inquisitorias de sus compañeros. Todo ello, después de que un periodista del diario «New York Times» publicara los pormenores de su vida. Con aquellas líneas mató, sin saberlo, a uno de los máximos exponentes de esta organización racista en Nueva York.

La de Burros fue una de las historias más oscuras dentro del pasado centenario que atesora esta organización xenófoba de patente estadounidense. Un grupo que ha vuelto a recibir los focos de la notoriedad después de que los ciberactivistas de Anonymous afirmaran hace varios días que iban a desvelar la identidad de más de 1.000 de sus miembros. Una información, en principio, protegida por el Ku Klux Klan. De hecho, hace algunos meses ya se filtraron en la Red los datos personales de varios socios de este clan (entre los que destacaban cuatro senadores republicanos) del que los «hackers» se desvincularon. Ayer, por el contrario, hicieron temblar de nuevo a internet como cada 5 de noviembre. Una fecha en la que se movilizan contra la censura en la Web haciendo honor a Guy Fawkes, quien protagonizó un ataque al parlamento inglés ese mismo día, aunque en 1605.

Una organización «pacífica»

La triple «K», como se solía decir por entonces, fue alumbrada a la altura del siglo XIX, cuando los Estados Unidos acababan de poner punto y final -al menos de manera oficial- a la Guerra de Secesión. Esa contienda que, en definitiva, enfrentó durante cuatro años al norte del país (la Unión) contra las regiones del sur (los Confederados) atendiendo a lo que a cada uno se le pasaba por la mollera con respecto a políticas de esclavitud y de crecimiento económico. Concretamente, el Ku Klux Klan llegó al mundo un día de Noche Buena de 1865 en Pulaski, una localidad de Tenessee (al suroeste del país). Sus «papás» fueron seis oficiales del ejército sureño que, hasta el chambergo de las ideas en favor de los negros que les había obligado a acatar su antiguo enemigo –Abraham Lincoln-, decidieron crear un club social que diera a conocer los viejos preceptos que habían defendido junto a sus militares años antes. Entre ellos, la supremacía blanca.

El K.K.K. nació como una organización pacífica que buscaba convencer con la palabra

«En torno a un crucifijo y a unas velas, tomaron la palabra griega Kyklos, que significa “reunión”, y la acompañaron de Klan, en recuerdo a los antiguos grupos familiares escoceses, ya que los seis poseían esa ascendencia. Decidieron escribir clan con “k” para otorgar mayor notoriedad a la organización, y tanto les gustó el sonido de la palabra que, a su vez, separaron la palabra kuklos en dos palabras, cambiando la o de kuklos por una u y la s final por una más fonética x. Había nacido el Ku Klux Klan», explica la periodista y criminóloga Janire Rámila en su dossier «Ku Klux Klan ¿Quién hay detrás de la triple “K” ?». Curiosamente, y en claro contraste con la forma en que evolucionó, aquellos seis militares decidieron que su organización sería únicamente de carácter político y que solo utilizarían la palabra para convencer a sus contrarios. Nunca la violencia.

Por otro lado, también se organizaron como un grupo esotérico para ganarse, si cabía, una reputación mayor. Finalmente, también crearon unos estatutos en los que -como se dedicaron a clamar a los cuatro, cinco y seis vientos- se señalaba que su objetivo era defender a los «débiles y oprimidos». Saber a quien se referían es -a día de hoy- un misterio, pues ellos andaban bien servidos de dinero. La teoría, impecable. La práctica, amigo, fue diferente. Y es que, en los años siguientes se fueron creando a lo largo de todo el territorio sur de los Estados Unidos una serie de subclanes dependientes de esta marca que tomaron medidas más radicales como dar de latigazos, quemar, castrar o, simple y llanamente, pasarse por la navaja a los negros. De nada sirvió que Nathan Bedford, el primer «Gran Maestre» de la congregación, la disolviese al ver en lo que se estaba convirtiendo, pues se volvió a reestructurar años después con el precepto de asesinar a cualquiera que fuera de color. En las décadas siguientes el grupo se hizo todavía más violento hasta que, a finales del siglo XX, ya se había extendido por una buena parte del país. Ese fue el momento en que accedió a ella Burros.

Los inicios de un judío nazi

Daniel, que tendría en un futuro en su currículum el triste honor de ser uno de los ideólogos del nazismo moderno más destacados de su ciudad, vino al mundo el 5 de marzo de 1937. Apenas dos años antes de que el héroe de su vida adulta (Adolf Hitler) metiera su casaca grabada con esvásticas en lo más profundo de Polonia. Curiosamente si la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas germanas) hubiesen decidido pasarse por Estados Unidos, la familia de Burros hubiese sido una de las primeras en ser enviada a un campo de concentración o exterminio. Y es que, sus padres -George y Esther- no tenían problemas en decir a voces que eran judíos y se habían llamado esposo y esposa por primera vez tras una ceremonia de la misma religión. «Sus padres contrajeron matrimonio a manos del Reverendo Bernard Kallenberg en una ceremonia judía en el Bronx», explicó el periodista del «New York Times» McCandlish Phillips en su reportaje de investigación de 1965 «State Klan Leader Hides Secret of Jewish Origin» (el mismo que leyó Burros y cuya vista le hizo suicidarse).

Desde pequeño, Dan fue criado en la fe judía. No en vano asistió a la escuela hebrea de Richmond Hill y celebró su Bar Mitzvah (una ceremonia en la que los niños judíos pasan a ser responsables de sus actos) el 4 de marzo de 1950. Siempre según la versión de Phillips, Dan destacó durante su infancia por su inteligencia, pues contaba con un coeficiente intelectual de 154, lo que le convertía en más que un superdotado. Sus notas eran increíbles en todas las asignaturas, salvo en hebreo. Sin embargo, todo lo que tenía de listo lo tenía de inadaptado, pues una buena parte de su infancia la pasó sufriendo las burlas de sus compañeros. Fuera como fuese, con el paso de los meses comenzó a sentirse atraído por la estética de los uniformes nazis y, cuando el «Führer» andaba ya bajo tierra con una bala en la sien y una buena dosis de cianuro en su estómago, nuestro protagonista empezó a llenar sus cuadernos con dibujos de carros de combate germanos y fotografías de generales nazis.

En la adolescencia, la adoración de Dan por el mundo militar era ya un hecho. Así lo demostró el que, cuando apenas acababa de llegar a la adolescencia, se alistara en la Guardia Nacional. Según dicen, disfrutaba como un auténtico niño (algo que, por cierto, era) enseñando sus prendas al resto. Totalmente obnubilado por el amor a las armas y al ambiente castrense, solicitó durante su adultez ser admitido en West Point -el instituto militar más antiguo del país-. Pero fue rechazado, por lo que prefirió dirigir sus alas hacia la 101ª Compañía Aerotransportada de Paracaidistas, donde si le dieron el «OK». Sin embargo, y según determinó el «New York Press» en el obituario de Phillips -realizado cuando este falleció hace más de una década- Burros hacía honor a su apellido y era un inepto. «Tenía sobrepeso, mala coordinación, era lento y llevaba gafas gruesas, por lo que el resto se reía de él». Tal fue la presión que llevaba sobre sus hombros, que protagonizó tres intentos de suicidio falsos. En uno de ellos dio a conocer su obsesión por el nazismo, pues dejó una nota alabando a Adolf Hitler. Finalmente, sus correrías hicieron que fuera expulsado del contingente por problemas psicológicos y trastornos de conducta.

Militante del K.K.K.

Entre los 21 y los 22 años, Daniel comenzó su andanza como líder de grupos neonazis en Estados Unidos. Sus padres no creían lo que le sucedía, pero así era. Su hijo, ferviente judío, se acababa de convertir en un seguidor de Adolf Hitler. Así pues, empezó a predicar la palabra del «Führer» y a decir frases que revolvían las tripas a sus familiares. Algunas tales como «No hay nada en Estados Unidos que una matanza masiva no pueda curar» o «los judíos deben sufrir, sufrir y sufrir». En 1960 se trasladó a la sede del Partido Nazi Americano, donde juró lealtad a Adolf Hitler y a George Lincoln Rockwell, su fundador. Según la «Encyclopedia of White Power: A Sourcebook on the Radical Racist Right», esa fue también la época en la que escribió el «Official Stormtrooper Manual», una guía para los nuevos reclutas de este grupo. A su vez, fue miembro también de hasta cuatro grupos xenófobos más. Para entonces ya había perdido la razón y disfrutaba llevando consigo una pastilla de jabón en la que aparecía escrita la siguiente leyenda: «Hecha con la más fina grasa de judío».

Sin embargo, finalmente terminó diciendo adiós a este partido debido a que lo consideraba demasiado «blando» para los objetivos que perseguía y para sus ideas. «Burros era un individuo brillante, inquieto y violento que había aprendido alemán para sostener correspondencia con los neonazis de Alemania. Fue secretario del Partido Nazi Norteamericano -en el que ingresó después de rellenar un largo formulario jurado garantizando sus orígenes arios y caucásicos- pero se cansó pronto porque le parecía retórico, desorganizado e insignificante y cambió su camisa parda de fascista, por la sábana blanca del K.K.K. [El él] ingresó después de una larga investigación del K.B.L. -el Buró de investigación de la secta- con la bendición más entusiasta del gran mago imperial Robert Shelton», explicó, en 1965, el corresponsal de ABC en Washington José María Massip un día después de la muerte de Burros.

Una vez en la triple «K», nuestro protagonista empezó a dar rienda suelta a su palabrería con revistas ultra xenófobas como «The free american» (dónde señaló que Israel era «una de las cuevas desde las cuales el judaísmo internacional extiende sus tentáculos nefandos» y que Israel debía perecer. También solía escribir un folleto mensual llamado «órgano de combate del fascismo racial». Uno de sus últimos números se lo dedicó al aniversario de la muerte de Hitler. «La obra iniciada por el maestro tiene que llegar a una conclusión victoriosa», señaló. Tampoco dejó de sugerir la idea de que era necesario acabar con los judíos que había en Estados Unidos en sus artículos: «Una purga de judíos en un país violento como Estados Unidos excedería en ferocidad y totalidad a lo que hizo la Alemania nazi, que era un país altamente cultural y civilizado».

El descubrimiento de su pasado

Insulto racista por aquí, paliza a judíos por allá, Burros se terminó convirtiendo en «Gran Dragón» de Nueva York. Es decir, máximo responsable del Ku Klux Klan en la región. Aquel nuevo rango, como era de esperar, le granjeó también enemigos. Entre ellos, el Comité Parlamentario de Actividades Antiamericanas el cual, en noviembre de 1965, le citó para declarar sobre sus múltiples alborotos, palabras de odio y otras tantas cosas. «Ante la novedad, algunos periodistas curiosos se dedicaron a indagar quién era Barros y qué fuerzas le habían situado en la posición de dirigente del K.K.K. El “New York Times” encargó la información a uno de sus jóvenes reporteros, McCandish Phillips, y este, orientado por una institución judía, indagó sobre el pasado de Daniel Barros, encontrándose con que el furibundo antisemita y antinegro era hijo de padres judíos, había sido confirmado en el judaismo cuando tenía 13 años y se había educado en la escuela hebrea de la sinagoga de Queens», añadió el corresponsal de ABC en su crónica.

Intrigado por lo sucedido, el reportero le puso arrestos y, a mediados de noviembre, se plantó con una libreta y un bolígrafo en una peluquería de Queens en la que sabía que iba a encontrar a Burros. La misma en la que le cortaban el pelo al rape. Allí, le propuso una entrevista sobre sus actividades racistas que Dan aceptó encantado. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que llegó el tema peliagudo. «Su actitud cambió repentinamente cuando el reportero le habló del matrimonio judío de sus padres –enseñándole una copia del certificado existente en un juzgado de Bronx-, de su propia confirmación a la fe hebraíca y de sus estudios con notas excelentes en la escuela de la sinagoga. Sin descomponerse ni levantar la voz, con una violencia contenida, el Gran Dragón de los K.K.K. bajó de la silla donde le estaban cortando el pelo, puso una mano sobre el hombro del reportero y le dijo: “Si esto se publica tomaré represalias, ¿entiende usted? Iré y le mataré. No me importa lo que suceda después, porque de todos modos me habría arruinado y este es el futuro de mi vida…», añadía Massip.

Una muerte anunciada

¿Qué es lo que hizo el periodista? Lejos de amedrentarse (aunque seguro que con alguna que otra duda) se fue a su casa, escribió el reportaje con la información que tenía y publicó este en el periódico dominical. Y no ocultándolo precisamente, sino a cuatro columnas bajo el titular siguiente: «Un jefe del Klan neoyorquino esconde el secreto de su origen judío». «Aquel día, Burros se encontraba fuera de Nueva York en la población de Reading, Pennsylvania. Había ido a reunirse con varios correligionarios, un Gran Dragón del Estado, llamado Frankhouser, la amiga de este, una señorita, Regina Kupisziewski, y un tal Rotella, organizador del Klan en el Estado vecino de New Jersey. Estaba muy agitado y hablaba constantemente del “New York Times”, sin explicar los motivos. “Si publican esto -les dijo dos o tres veces sin especificar de qué se trataba- iré a Nueva York hoy mismo, volaré el edificio del periódico y mataré a ese reportero”», señaló el corresponsal de ABC.

Su tensión y miedo eran totales. Por ello, a las diez y media acudió a un quiosco y compró el «New York Times». Ávido, buscó el temible artículo que le incriminaba. ¿Estaría publicado? Para su desgracia, la respuesta fue positiva. Sabedor de que su vida en el Ku Klux Klan había acabado, corrió hacia la casa que compartía con sus amigos con el periódico todavía en la mano. Desesperado, abrió la puerta de una patada y, gritando, se fue directo a un cajón de la mesita de noche. Del mismo sacó un revólver y, tras farfullar algo sobre que no tenía nada que hacer, disparó dos veces. La primera, sobre el pecho. Falló. La segunda, sobre la cabeza. En este caso si acertó de pleno, acabando con su vida.

 

La Marcha Verde: 40 años de una herida abierta en el Sáhara Occidental


El Mundo

  • Hoy se cumplen cuatro décadas de la maniobra de presión que escenificó Hasan II para forzar a España la entrega de su colonia
  • Recordamos sus hitos de la mano del libro ‘Agonía, traición, huida. el final del Sáhara español’, de José Luis Rodríguez Jiménez
 Un grupo de voluntarios marroquíes participantes en la Marcha Verde, muestran retratos del rey Hasan II, textos del Corán y banderas marroquíes. EFE

Un grupo de voluntarios marroquíes participantes en la Marcha Verde, muestran retratos del rey Hasan II, textos del Corán y banderas marroquíes. EFE

El desgarrador final de la presencia española en el Sáhara Occidental comenzó a escenificarse el 6 de noviembre de 1975, hace hoy 40 años. Fue el día en que 350.000 civiles enarbolando banderas marroquíes, acarreando retratos de su rey, Hasan II, y blandiendo como única ‘arma’ el Corán, cruzaron envalentonados la última frontera de la España colonial en la llamada Marcha Verde.

Al otro lado, detrás de los campos de minas sembrados semanas atrás, se encontraron cara a cara con las unidades de Tropas Nómadas y los dos Grupos Ligeros de Caballería del Tercer y el Cuarto Tercio del ejército español. Unas fuerzas que tenían como misión la defensa ante un ejército enemigo al que debían disuadir de seguir avanzando y, en caso de no conseguirlo, replegarse. Pero, antes de tomar posiciones, los mandos habían comunicado a sus oficiales que no habría conflicto militar, pues existía un acuerdo político en virtud del cual la Marcha Verde penetraría unos kilómetros y se detendría, sin causar más problemas a las autoridades españolas. Lo relata José Luis Rodríguez Jiménez en su libro ‘Agonía, traición, huida. El final del Sáhara español’, que acaba de publicar Crítica y que se sustenta en una vasta labor documental y en entrevistas a más de 200 personas. La historia de un abandono cuyas heridas permanecen abiertas hoy.

Hace cuatro décadas, aquella marcha civil y pacífica avanzaba desde hacía días a través del desierto imprimiendo con cada paso una huella religiosa y patriótica sobre aquella tierra. Era una maniobra del hábil Hasan II, planificada en secreto desde meses atrás, para forzar a España la anexión del territorio. Al tiempo que las columnas de civiles se movilizaban bajando por Tarfaya, 25.000 soldados marroquíes de las Fuerzas Armadas Reales (FAR) penetraron por el este. Días antes, el ejército marroquí había ocupado algunas bases y la ciudad de Smara, considerada santa por los saharauis.

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El 5 de noviembre, Hasan II se dirigió a los voluntarios para anunciarles que al día siguiente, avanzarían hasta cruzar la frontera. “No quiero hacer la guerra a España”, dijo el monarca alauí en su discurso a su pueblo, animándolo a confraternizar con los españoles que encontraran a su paso: “Si encuentras a un español, militar o civil, abrázalo y bésalo y festeja el encuentro”. Sus palabras privaron a las tropas españolas de la posibilidad de intervenir para sujetar a las masas. A la vez, jugaba con la amenaza de las FAR, desplegadas en la frontera.

Franco, agonizante

La situación era delicadísima y Hasan II supo aprovecharla. Franco agonizaba. Ese mismo 5 de noviembre, el dictador sufrió una nueva hemorragia y fue trasladado al hospital de La Paz para ser operado por segunda vez. Mientras, el aparato diplomático marroquí negociaba en Madrid y Nueva York, ante el Consejo de Seguridad de la ONU. La provincia del Sáhara Occidental llevaba años siendo la china en el zapato del tardofranquismo. El Comité de Descolonización de la ONU recomendó en 1966 la autodeterminación del territorio, decisión que España -en un principio reticente- acató un año después.

España anunció en 1974 que celebraría un referéndum de autodeterminación en los primeros meses de 1975. Pero entonces, Marruecos puso en marcha toda su maquinaria para evitarlo y ante la disputa, la ONU encargó un dictamen al Tribunal Internacional de La Haya, que finalmente fue publicado el 16 de octubre de 1975. Su conclusión: el Sáhara Occidental no tenía vínculos de soberanía ni con Marruecos ni con Mauritania. Pero Hasan II silenció parte del dictamen e instrumentalizó su contenido para apropiarse derechos sobre el territorio. Ese mismo día, convocó públicamente la Marcha Verde: “No nos queda más que recuperar nuestro Sáhara, cuyas puertas se nos han abierto”.

“La situación era realmente crítica para el régimen militar. Franco se estaba muriendo y se pensaba en la sucesión. Había una gran crisis internacional en ese momento y en España éramos propensos a quitarnos problemas de encima”, señala a EL MUNDO el autor del libro, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Rey Juan Carlos. “Se jugó con la idea de que existía riesgo de una guerra con Marruecos, aunque su ejército era en realidad inferior”, añade. “El lobby marroquí en España se ganó a ciertos sectores para trabajar en favor de Marruecos, por dinero y por ser antiargelinos. El Frente Polisario era aliado de Argelia y estábamos en plena Guerra Fría“, prosigue.

Una excusa para el régimen

A las 10.33 horas del 6 de noviembre, los primeros voluntarios de la Marcha Verde cortaron las alambradas fronterizas y penetraron hacia el puesto abandonado de Tah, según relata José Ramón Diego Aguirre, uno de los mejores cronistas de la historia del Sáhara Occidental, en su libro Guerra en el Sáhara. Hacia la tarde, unos 50.000 civiles establecieron un campamento dentro del territorio español. Al día siguiente, más voluntarios rebasaron la línea de demarcación. España envía al ministro Carro a Agadir para negociar con Hasan II el retorno de la marcha a Marruecos, bajo promesa de abrir negociaciones para ceder el Sáhara. “El 9 de noviembre, una vez conseguidas por Hasan II las suficientes garantías de entrega que se le va a efectuar”, escribe Diego Aguirre, el rey ordena el repliegue.

La creencia general de analistas, diplomáticos, militares e historiadores -así lo pone de manifiesto también ‘Agonía, traición, huida’- es que todo fue puro teatro y la Marcha Verde no era más que la escenificación de una presión, una cobertura magnífica para un régimen que encontró así una excusa para entregar al Sáhara y a los saharauis.

El 14 de noviembre se firmaron los Acuerdos Tripartitos de Madrid, por los que España cedió la administración del territorio a Marruecos y Mauritania. “España no transmitió la soberanía del territorio [a Marruecos], porque no se puede entregar a otro país algo que no es suyo, sino del pueblo”, precisa Rodríguez Jiménez. El profesor reclama que nuestro país reasuma “su responsabilidad e impulse un acuerdo que establezca un Estado independiente en el Sáhara Occidental”.

Un aliado que no fue

Con el abandono de la ex colonia, “España perdió un amigo”, concluye Rodríguez Jiménez. Un aliado cuyos lazos de amistad hubieran asegurado acceso a los ricos recursos naturales del territorio: “fosfatos [allí se encuentran los yacimientos más importantes del mundo], bancos de pesca, minas de uranio, cobre y oro, además de petróleo, pues ya había prospecciones con indicios positivos”, recuerda el historiador. “Los acuerdos con la nación saharaui podrían haber sido como los de la Commonwealth. Nos habría beneficiado en materia de seguridad, pudiendo ser un Estado de contención del islamismo radical y un aliado en materia de migración”.

La conclusión de Rodríguez Jiménez es que la huida de España del Sáhara fue una decisión poco favorable a los intereses de nuestro país, con “consecuencias económicas, diplomáticas y en materia de seguridad y defensa” y, por supuesto, nefasta para los saharauis, que aún sufren las consecuencias.

Como escribió a modo de denuncia Luis Rodríguez de Viguri -quien fuera secretario general del Gobierno del territorio hasta la salida de España- en un artículo titulado ‘Despedidas vergonzosas’ (Historia 16, 1979): “Ya sólo se puede pensar en responsabilidades históricas, porque priva el interés de que nuestras últimas aventuras coloniales queden liquidadas y olvidadas, aunque sea a costa del genocidio de los autóctonos, que es el caso del pueblo saharaui”.

Desarrollan en Suiza un algoritmo para revelar los enigmas de la escritura maya


ABC.es

  • Entre un 10 y un 15 % de la simbología escrita con esta lengua precolombina sigue siendo desconocida.Los investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Lausanne pretenden crear una herramienta similar al Google Translate, pero para historiadores
  • Los investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Lausanne pretenden crear una herramienta similar al Google Translate, pero para historiadores

 

Codice de Madrid

Codice de Madrid

Cinco millones de personas en América del Sur hablan actualmente lenguas que tienen su origen en la civilización maya, pero entre un 10 y un 15 % de la simbología escrita sigue siendo desconocida para los expertos. Solo se conservan tres códices escritos en lengua maya en museos de París, Dresde (Alemania) y en el Museo de América, en Madrid, ya que la mayoría de los documentos escritos en esta lengua se perdieron en el siglo XVI con la conquista española.

Este hecho, sumado a la compleja construcción del lenguaje maya, dificulta la labor de traducción de los investigadores, puesto que cada símbolo representa un sonido o un significado. Además, la escritura maya se estructura en bloques, por lo que el significado de un mismo símbolo puede cambiar según qué otras imágenes le acompañen.

Para facilitar la traducción de la compleja lengua que usaba esa civilización precolombina, investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Lausanne (Suiza) han desarrollado un algoritmo tras analizar miles de signos jeroglíficos, que representan un sonido, o también un significado.

Tras el trabajo de los investigadores del Centro de Investigaciones suizo Idiap, afiliado a la EPFL, y de especialistas en escritura maya de la Universidad de Bonn, en Alemania, se creará un catálogo digital que contendrá representaciones de alta calidad de los jeroglíficos hasta ahora conocidos, según un comunicado remitido esta semana por la escuela.

Esta herramienta agilizará la identificación del significado y permitirá la posterior creación de una base de datos virtual que podrá ser utilizada por el conjunto de la comunidad científica, similar a «la herramienta de traducción de Google pero para historiadores».

«Cada imagen cuenta una historia», dice Rui Hu, una investigadora del equipo. «A veces podemos adivinar su significado con la ayuda de personas que hablan esta lengua hoy, y también mediante el uso de glosarios». La tarea es particularmente difícil porque los jeroglíficos son difíciles de descifrar en los documentos históricos, debido a su edad y estado de deterioro. Es más, los escritores precolombinos dibujaron los símbolos de diferentes y creativas maneras, que varían por época y lugar. Además hay símbolos que se parecen entre sí pero significan algo completamente diferente.

Un verdadero enigma para los arqueólogos y epigrafistas, que aún pasan una cantidad significativa de tiempo estudiando detenidamente catálogos para identificar cada símbolo. Gracias a este proyecto interdisciplinar, que cuenta con el apoyo de la Universidad de Ginebra, los investigadores podrán identificar rápidamente un jeroglífico dado y su significado, y ver, por ejemplo, cuáles son las combinaciones más comunes de símbolos observadas en el mismo «bloque» de texto.

«Uniendo la informática con el trabajo de expertos en lengua maya, podemos realizar avances fascinantes», subraya Rui Hu.

Para Carlos Pallán Gayol, experto de la Universidad de Bonn, «esta investigación es muy interesante para los especialistas de escritura maya, gracias al potencial de este tipo de enfoques multidisciplinares, novedosos para superar las dificultades de medios tradicionales».

 

Así serán las ciudades dentro de 30 años


ABC.es

  • Edificios altísimos, exoesqueletos para los trabajadores de fábricas… así ve el futuro Ian Pearson

 

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Hace ya un par de semanas que Marty McFly tenía que llegar a un 2015 con monopatines voladores, zapatillas autoajustables y un montón de increíbles avances más. Al protagonista de ‘Back to the Future’ le habría bastado con poner un pie fuera de su flamante DeLorean para comprobar que el futuro no está siendo demasiado similar al mostrado en el segundo episodio de la saga. Si lo que queremos es saber cómo será el mundo dentro de unos cuantos años, mejor recurrir a expertos que a películas de ciencia-ficción. Expertos como Ian Pearson, un futurólogo especializado en asesorar a empresas que presume de un 85% de eficacia desde 1991.

En el blog Construction Enquirer encontramos uno de los últimos trabajos de Pearson. Se trata de un encargo de la compañía Hewden, que se dedica al alquiler de grúas, aviones y todo tipo de equipamiento. El documento nos permite asomarnos a las ciudades de 2045 a través de varias imágenes diseñadas por el reputado futurólogo. Tal como puedes ver sobre estas líneas, prevé un futuro con edificios de hasta 30 kilómetros de altura, gracias a los nuevos materiales que se utilizarán para su construcción.

Una de las innovaciones que ya aparecía en ‘Regreso al Futuro’ y que este especialista sí cree que se convertirá en realidad es la ventana virtual. Los edificios no tendrán verdaderas ventanas, sino pantallas que mostrarán aquello que nos agrade. Según el autor, de esta manera se ahorrarán costes y se ganará en rapidez. Además, las construcciones serán inteligentes: nuestra casa podrá comprender órdenes de voz y adaptar servicios como iluminación o calefacción a nuestros movimientos por las distintas habitaciones.

¿Cómo crees que te desplazarás dentro de tres décadas? Quizá esperabas coches formidables, repletos de curvas con aire futurista… pero no será así según las previsiones de Ian Pearson. Los automóviles tendrán formas más bien cuadradas, para aprovechar al máximo su capacidad. Y sobre todo, la figura del conductor irá quedando en el olvido. Los vehículos eléctricos y autónomos serán los reyes del mercado en poco tiempo y todos viajaremos sin preocuparnos por manejar el volante.

En el año 2045 se reducirá también el riesgo que muchos trabajadores asumen a la hora de desarrollar sus tareas. Este futurólogo cree que pronto se extenderá el uso de exoesqueletos en la industria, permitiendo a cualquier persona manejar cargas muy pesadas con poco esfuerzo. El progreso hará que las cadenas de producción sean más rápidas y más seguras, fantástica noticia tanto para las empresas como para sus empleados. Todos deberán acostumbrarse a trabajar cada día junto a máquinas y robots, que estarán cada vez más presentes.

 

¡Traición en Roma! La historia secreta de los pontífices asesinados en cadena y la intrigante Domna Senatrix


ABC.es – Cesar Cervera

  • Entre los años 882 y 903 se sucedieron doce pontífices en el trono de San Pedro, aunque aquello solo fue el principio. La Domna Senatrix, amante de un Papa y probablemente hija de otro, colocó al frente de la Iglesia a su hijo Juan XI
 Pintura de la coronación de Carlomagno - ABC

Pintura de la coronación de Carlomagno – ABC

La detención de un sacerdote español por robo de documentos del Vaticano el pasado lunes ha recordado lo persistente que es la fragancia de la traición en Roma. Como en cualquier lugar donde se concentra el poder mortal de los hombres, en el Vaticano se han sucedido las traiciones prácticamente en todos los papados. Benedicto XVI tuvo que enfrentarse a una filtración masiva durante su etapa al frente de la Iglesia católica, que deparó la traición de su mayordomo, Paolo Gabriele; y Juan Pablo II debió sostener la presión de que la Unión Soviética inundara el Vaticano de espías, mientras lidiaba con el escándalo del Banco Vaticano. Pero todos aquellos episodios no fueron nada comparada con lo ocurrido en lo más profundo de la Edad Media, donde el veneno, los espías y la política subterránea acortaban al mínimo la esperanza de vida de los pontífices.

Juan VIII fue envenenado en el año 882 por un pariente y, como tardaba en morir, fue golpeado brutalmente con un martillo

Entre los años 882 y 903 se sucedieron doce papas en el trono de San Pedro, aunque aquello solo fue el principio. Este periodo de inestabilidad, donde muchos de los pontífices murieron de forma violenta, es designado por algunos historiadores como «la Noche de los Papas» debido a la volatilidad de su poder, y marca el comienzo del Siglo de Hierro, donde tanto el Imperio como la Iglesia vivieron tiempos difíciles. El peligro estaba así en la relación entablada entre los pontífices y los débiles sucesores de Carlomagno. Juan VIII –que había coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico al polémico Carlos II «el Calvo»– fue envenenado en el año 882 por un pariente («propinquus») y, como tardaba en morir, fue golpeado brutalmente con un martillo. Su sucesor, Marino I, murió envenenado cuando trataba de poner paz entre los nobles italianos, sin que queden claras las circunstancias y autoría de su asesinato. Adriano III, por su parte, solo aguantó un año al frente de la Iglesia. Este Papa, luego declarado santo, había mandado azotar desnuda por las calles de Roma a una dama noble y le había hecho sacar los ojos a un alto oficial del palacio Laterano, lo cual le granjeó numerosos enemigos. No obstante, otras fuentes afirman que murió de una enfermedad cuando acudía por petición de Carlos III «el Gordo» a la Dieta de Worms con el objetivo de resolver la sucesión del trono imperial.

Viendo el panorama, no es de extrañar que cuando Esteban V (885-891) fue elegido Papa se refugiara atemorizado en su casa y fuera necesario derribar la puerta para llevarlo al trono de Pedro. El Papa Esteban V vivió en primera persona la razón de la pérdida de poder de la Iglesia. En 887 fue depuesto Carlos III «el Gordo», provocando definitivamente la fragmentación del imperio en tres estados: Francia, gobernada por el rey Eudes; Alemania, gobernada por el rey Arnulfo; e Italia gobernada por el rey Guido de Spoleto. De la mañana a la noche, los pontífices se vieron atrapados en las disputas y las traiciones entre los tres reyes que buscaban ser legitimados como herederos imperiales.

El resultado de equivocarse en su apuesta imperial lo sufrió más que ninguno el Papa Formoso en el llamado Sínodo del Terror. Formoso, que había apoyado al alemán Arnulfo en el pasado, falleció a los ochenta y dos años de una muerte violenta en la que posiblemente la familia Spoleto tuvo mucho que ver. Sus restos mortales fueron víctimas de una macabra venganza inspirada en la práctica de los romanos de la Damnatio memoriae, la «condena de la memoria». El Papa Esteban VI ordenó desenterrar el cadáver putrefacto de Formoso para realizarle una farsa de juicio que terminó con una declaración de que su pontificado había sido nulo. El cuerpo destrozado fue arrojado al Tíber.

Los partidarios de Formodo vs. los Spoleto

En el año 897, sin embargo, una parte del pueblo romano partidario de Formoso quiso vengar la injusticia y entró violentamente en el Vaticano para prender a Esteban VI. Como hiciera él con Formoso, Esteban fue desnudado y arrojado por la turba a una prisión subterránea, donde poco después fue estrangulado. A continuación, el pueblo de Roma entregó el solio al cardenal de San Pedro in Vincoli, de nombre Romano, que a los cuatro meses falleció también traicionado. Su sucesor, Teodoro II, corrió la misma suerte y fue asesinado tres semanas después de ser elegido Papa.

Los Spoleto y las otras familias «imperiales» siguieron haciendo y deshaciendo a su antojo en los siguientes años. Juan IX fue elegido Papa con el apoyo de Lamberto de Spoleto imponiéndose al otro candidato que optaba a la elección, el futuro Sergio III, que estuvo considerado durante un periodo como un antipapa. Su apuesta fallida provocó que fuera excomulgado y expulsado de la ciudad. No obstante, el regreso de Sergio III en el año 904 desató una violencia casi primitiva.

Durante los 30 días que duró el papado de León V, un simple párroco de pueblo que remplazó a Juan IX en 903, tuvo que enfrentarse a otro antipapa vivo, Cristóbal. En este sentido, el título simbólico de antipapa es asignado a los usurpadores o a quienes pretendieron apropiarse de las funciones y poderes que corresponden a un Papa de la Iglesia católica a través de métodos ilegítimos. Cristóbal depuso a León V y le forzó a retirarse a una vida como monje, aunque otras teorías afirman que ambos fueron estrangulados por orden de Sergio III, que regresó de las sombras donde se había escondido durante siete años. A su vuelta a Roma, Sergio ordenó matar al antipapa Cristóbal y se hizo con la tiara papal (la corona usada por los papas), que, de hecho, fue la primera vez que aparece representada en la iconografía. Así y todo, este Papa está considerado uno de los personajes más oscuros de la historia vaticana.

El Papa Sergio III obtuvo la oficina papal por medio del asesinato. Después de tomar Roma por las armas gracias al apoyo de la nobleza italiana, Sergio III se estableció en la ciudad y, continuando con la dictadura sobre Roma de sus aliados los Spoloto, que estaban emparentaos con su amante, la joven Marozia, dispuso su pontificado con efecto retroactivo desde el año 898, estimando que los papas Juan IX, Benedicto IV y León V habían sido unos usurpadores. Además ordenó desenterrar de nuevo al zarandeado cadáver de Formoso para repetir la farsa de condena. No en vano, aunque este Papa fue descrito por Baronio y otros escritores eclesiásticos como un «Monstruo», todos los relatos del periodo deben ser puestos bajo cuarentena al ubicarse en un contexto de luchas, también en el campo de la propaganda, entre dos facciones que tenían en el proceso a Formoso su punto de ruptura

El autoritarismo y su supuesta vida lasciva causaron gran descontento entre los eclesiásticos, pese a lo cual se vivió un respiro en sus últimos años. Sergio III murió de forma natural tras ocupar el lugar de San Pedro durante siete años. A continuación –como reseña Luis Jiménez Alcaide en su libro «Los Papas que marcaron la Historia» (Editorial Almuzara, 2014)– empezó lo que se ha designado como el «Saeculum obscurum» («Un mundo Oscuro») o incluso el «reinado de las cortesanas», puesto que muchos de los siguientes pontífices, débiles y de poca influencia, fueron elevados en Roma por intervención de poderosas mujeres.

Juan X en persona dirigió las tropas que expulsaron a los sarracenos de Italia

Dos años rigió la Iglesia el sucesor de Sergio III, el Papa Anastasio III (911-913), de dulce carácter y papado tranquilo, aunque probablemente también murió envenenado. Le sustituyó durante solo seis meses Landon I hasta que, con el apoyo de Teofilacto y Teodora, los padres de Marozia, subió al trono pontificio, contraviniendo a los cánones, el obispo de Ravena Juan X (914-928). Teodora y Teofilacto, que dominaron con puño de hierro a la Iglesia a su antojo durante una década, designaron a Juan X porque creyeron que podría ser favorable a sus intereses, especialmente a los de ella. Entre el mito y la realidad, se considera tradicionalmente que Teodora fue amante de Juan X años antes de que éste portara el solio de San Pedro. En lo respectivo a su política, Juan advirtió desde el primer momento que la marea sarracena constituía un inminente peligro para Roma y sintió la necesidad de convencer a los nobles italianos para realizar una incursión contra los musulmanes. Juan X en persona dirigió las tropas que expulsaron a los sarracenos de Italia en el año 915.

Marozia, la Donna Senatrix que elegía a los Papas

Aunque el noble Alberico de Spoleto –casado con Marozia– había contribuido decisivamente en la expulsión de los sarracenos, Juan X decidió ignorar este hecho y coronó emperador a Berenguer de Friul destacando su defensa de la Cristiandad. Sin embargo, Berenguer falleció poco tiempo después durante una conjura, dejando a Juan X a solas con los Spoleto, como le ocurriera al desdichado Formoso más de veinte años antes. Con el apoyo del pueblo, el Papa consiguió alejar a Alberico, que se encontraba a las puertas de Roma haciendo valer su alianza con los temidos guerreros húngaros para atacar la ciudad eterna. Pero ni siquiera el asesinato del noble italiano en el año 925 a manos de su propia guardia húngara salvó al Papa de la venganza de los Spoleto, encarnada en Marozia. Muerto Alberico, que ostentaba el título de cónsul de Roma, pasó esta dignidad a la persona de Pedro, un hermano del Papa. Contra él dirigió su furia el segundo marido de Marozia, Guido, marqués de Tuscia, lanzando un puñado de gente armada contra el palacio de Letrán y matando a Pedro ante los propios ojos de Juan X. Meses después, el Papa fue encarcelado en Sant’Angelo, para quitarle luego la vida asfixiándole bajo una almohada. Marozia, llamada «la Donna Senatrix», era para entonces sin discusión la dueña y señora de Roma.

Retrato idealizado de Juan XI– Wikimedia

Marozia hizo dar la tiara pontificia primeramente a León VI, que no reinó más que seis meses al desaparecer en circunstancias extrañas; y después a Esteban VII, un Papa de paja del que se cuenta que le cortaron la nariz y las orejas por desafiar a «la Donna Senatrix» y desde entonces no salió a la calle, muriendo finalmente en circunstancias difusas en 931. Probablemente, Marozia solo se valió de estos dos hombres de paja con el propósito de hacer tiempo hasta que su hijo, el futuro Juan XI, alcanzara una edad aceptable para ser elevado al trono de San Pedro. Juan XI, de solo 20 años de edad, era el hijo que Marozia tuvo con el Papa Sergio III, aunque otros autores apuntan a que realmente su padre era Alberico.

Con su hijo al frente de la Iglesia occidental, ¿qué más podía pedir aquella mujer que se hacía llamar «Domna Senatrix» y dominaba desde su castillo de Sant’Angelo el Vaticano y media Italia? Pues le faltaba el imperio. Viuda de nuevo, Marozia decidió unirse en terceras nupcias con Hugo de Provenza, que reinaba en el norte de Italia y ambicionaba la corona del Imperio. Así, el rey Hugo, con la esperanza de ser pronto emperador, entró en Roma dispuesto a celebrar las bodas en marzo del año 932 con la mayor magnificencia. La ceremonia nupcial tuvo lugar en el castillo de Sant’Angelo, presidida por el pontífice. Para desgracia de sus planes, durante el banquete otro de los hijos de Marozia, el heredero del matrimonio con Alberico, Alberico II, mostró su descontento respecto al enlace insultando a su padrastro. Tras el incidente, Alberico II amotinó al pueblo de Roma contra Marozia y Hugo, que había dejado su escolta fuera de los muros de la ciudad. Hugo se descolgó precipitadamente de una ventana por una escalera de cuerda, pero Marozia cayó prisionera de su propio hijo, así como el Papa Juan XI. No se volvió a saber nada más de la «Domna Senatrix». Sí, en cambio, de Juan XI, metido primeramente en la cárcel, salió luego a su palacio privado de todo poder político y sin actuar más que en las cuestiones puramente eclesiásticas.