La gastronomía madrileña en el siglo XVII, la primera «comida basura» de la historia


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  • El pan y el vino aguado eran la base de la alimentación entre las clases más bajas de la época

 

Comida de pícaros, de Diego de Velázquez

Comida de pícaros, de Diego de Velázquez

El siglo XVII, también conocido como el Siglo de Oro, fue la mayor concentración de talento en múltiples disciplinas, pero no así en la cocina, que no alude a este término literario en ningún caso. Si bien las clases altas disfrutaban de copiosos y ricos festines, de carne roja fundamentalmente, en los estamentos más bajos de la Villa la realidad era muy distinta. Se puede decir que aquel Madrid, definido por el hambre, la precariedad y la miseria, fue el primer núcleo de la «comida basura», aceptada la expresión en su sentido más literal. La decrepitud de aquella gastronomía capitalina, no obstante, no aludía tanto a la preparación como a la calidad, siempre muy mala.

Según explican diferentes historiadores y expertos en la materia (Rafael Ansón y Cristino Álvarez, entre otros, en un programa de TVE), los tres elementos claves de la dieta del Siglo de Oro eran el trigo, el olivo y la vid. No obstante, aunque estos son los pilares de la cocina mediterránea, entonces no contaban con esta consideración. Sobre todo por el tratamiento antagónico de una y otra época. El pan y sus derivados, como las migas o las gachas (de la harina en su caso), eran el alimento más extendido, de la misma forma que el vino, del que se abusaba porque en la mayoría de las zonas el agua no era potable. El vino, además, solía estar aguado y era de un nivel pésimo. De hecho, Lope de Vega retrató con su agudeza habitual esta situación: «Si bebo vino aguado, perros me nacerán en el costado».

El pan, habitualmente de centeno, era elaborado en otras ocasiones con hierbas que resultaban ser alucinógenas, con el consiguiente perjuicio, que normalmente no se atrubía a esta ingesta. Otro de los platos habituales era la casquería, ya que entonces no contaba con la estimación actual; era lo más barato y lo que nadie quería a pocos ingresos que tuviera. No obstante, el asunto que configura la época como el nacimiento de la «comida basura» es que en los habituales mercadillos que se instalaban en la Villa, a cargo de bodegueros, se dice que se vendían alimentos en mal estado y, lo que es aún peor, elaboraciones a base de carne de perro o incluso humana. El tema parece una macabra premonición del chiste que normalmente se hace para explicar el contenido de los menús de locales de comida rápida.

 

Cuando Madrid encendió el alumbrado de Navidad por primera vez


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 El cuadro de José Castelaro Perea, expuesto en el Museo de Historia de Madrid - MUSEO DE HISTORIA DE MADRID

El cuadro de José Castelaro Perea, expuesto en el Museo de Historia de Madrid – MUSEO DE HISTORIA DE MADRID

Si la calle es el rostro de las ciudades, este viernes Madrid volverá a mostrarse en todo su esplendor tras el encendido oficial del tradicional alumbrado navideño. El color nostálgico que adquiere la capital en estas fiestas comenzará a partir de hoy a las 19 horas. Los domingos, lunes, martes y miércoles permanecerán hasta las 23, en lugar de hasta las 22 horas como otros años; y los jueves, viernes, sábados y vísperas de festivo hasta la medianoche, un año horas del pasado año. El día 25 de diciembre y los días 1 y 6 de enero el alumbrado permanecerá de 18 a 24 horas; el 24 de diciembre y el 5 de enero, estará de 18 a 3 horas y, finalmente, el día 31, lucirá de 18 a 6 horas.

Modistos, arquitectos y diseñadores gráficos como Ángel Schlesser, Ana Locking, Teresa Sapey, Purificación García, Hannibal Laguna, Ben Busche, Roberto Turégano, Victorio & Luchino, Adolfo Domínguez y Sergio Sebastián de nuevo participarán con sus creaciones en la iluminación navideña.

Al igual que el año pasado, se establece un circuito municipal, que incluye alumbrado ornamental de diseño en calles y plazas, cadenetas y cerezos, y elementos patrocinados de acuerdo con el programa municipal de patrocinios, incluye abetos de alumbrado ornamental. Además, los cerezos en flor volverán a dar luz en distintos puntos de Madrid, como la Glorieta de Carlos V, la Ciudad de los Niños en Conde Duque y en el entorno de las juntas de distrito.

Lejos de los vistosos diseños que las grandes firmas de moda rubrican el alumbrado de la capital, hace siglos apenas eran unos candiles los que anunciaban que el fin de año estaba cerca. Según relata el diccionario geográfico de Madoz de 1974, en el siglo XIX los madrileños gastaban una broma a los forasteros ingenuos y les decían que iban a llegar los Reyes Magos y que repartirían monedas de oro y plata.

Con la intención de encontrarles, la muchedumbre acompañaba a los inocentes tocando latas y cencerros por todo Madrid hasta el anochecer, cuando la capital se iluminaba con hachones. La burla duraba hasta el amanecer y terminaba en alguna taberna donde se cachondeaban de la credulidad de los despistados buscadores de oro. La crueldad de estas bromas fueron muy criticadas, por lo que en 1882, el alcalde decidió multar a quien saliera a dar con los Reyes Magos.

«El alcalde de la luz»

Los primeros vestigios de iluminación eléctrica en las calles de Madrid que se conservan en los archivos municipales datan de la década de los 60. Así, las fiestas navideñas de 1962 fueron especiales para la Villa desde el punto de vista del alumbrado.

El 21 de diciembre de ese año se instalaron tres farolas en la Plaza del Callao que llevó a los cronistas de entonces a titular sus informaciones como «A las ocho de la noche salió el Sol en Callao»; «la noche parece definitivamente vencida»; «siempre es de día en la plaza del Callao»; «en la plaza del Callao no se pone el sol».

La labor desarollada por el alcalde de entonces, José Finat y Escrivá de Romaní fue reconocida al recordarle las crónicas de la época con el sombrenombre de «alcalde de la luz». La implantación del encendido y apagado automáticos –y en los más modernos casos por células fotoeléctricas– hizo temer por la vida de los faroleros. Era una muerte anunciada.

 

El mito de Acción de Gracias: los españoles lo celebraron 56 años antes que los peregrinos


 Los conquistadores oran antes de la entrada a Tenochtitlan - Wikimedia

Los conquistadores oran antes de la entrada a Tenochtitlan – Wikimedia

El Día de Acción de Gracias, una de las fiestas más emblemáticas de EE.UU, tiene su origen oficialmente en el año 1621, cuando un grupo de peregrinos (los puritanos ingleses) celebró en Plymouth, en el actual estado de Massachusetts, el final de la cosecha compartiendo su comida con los indígenas de la zona. Sin embargo, como han defendido recientemente varios historiadores del estado de Florida, los conquistadores españoles habían protagonizado celebraciones de características similares al menos en 1565 y en 1598, sobre lo que hoy es suelo americano.

El primer asentamiento europeo en Norteamérica, San Agustín de Florida, había sido fundado por Pedro Menéndez de Avilés 56 años antes

Los estadounidenses han consagrado en su memoria colectiva la llegada de los puritanos ingleses como el génesis de su nación, bajo el sello de una colonización anglosajona, desdeñando así la labor civilizadora y evangelizadora de España desde el sur de los Estados Unidos hasta el mismo corazón del continente. La presencia del Imperio español en el Norte del Nuevo Mundo se remonta a principios del siglo XVI y desmonta muchos de los mitos fundacionales de este país.

La historia convencional de Norteamérica considera punto de origen de su nación la llegada de un barco llamado el «Mayflower» a Plymouth en 1620, donde un grupo de puritanos ingleses –cansados de las supuestas concesiones de su país a la Iglesia Católica– estableció varias colonias permanentes en lo que luego fue conocido como Nueva Inglaterra. No obstante, sobredimensionar la importancia de aquel episodio ha terminado por solapar una realidad histórica: el primer asentamiento europeo en Norteamérica, San Agustín de Florida, había sido fundado por Pedro Menéndezde Avilés 56 años antes.

Primera comida de Acción de Gracias, San Agustín septiembre de 1565- Florida Museum of Natural History

Primera comida de Acción de Gracias, San Agustín septiembre de 1565- Florida Museum of Natural History

Tras más de medio siglo impidiendo que cualquier otra nación europea se estableciera permanentemente en el continente descubierto por Cristóbal Colón, los españoles vieron una grave amenaza en los planes franceses de levantar una colonia en la zona del norte, explorada desde la llegada hispánica pero sin asentamientos fijos. Así, un grupo de hugonotes (los calvinistas de Francia) desembarcó en febrero de 1562 en el estuario del río conocido hoy como el St. Johns River y se estableció al sur de Carolina. Sin víveres ni apenas recursos, los pocos supervivientes tuvieron que regresar a Francia al cabo de varios meses. Pero pocos años después, otra expedición francesa mejor preparada consiguió establecerse en Florida, sobre la región actual de Jacksonville, en lo que fue bautizado como Fort Caroline.
Pavo, venado y guiso de cerdo salado

El éxito de la incursión hizo saltar las alarmas en la corte madrileña, desde donde se decidió enviar a uno de sus marinos más prestigiosos, Pedro Menéndez de Avilés. Tras dispersar la flota francesa y tomar posesión del lugar en nombre del Rey de España el 28 de agosto de 1565, el almirante asturiano se ayudó de la tribu saturiwa –hartos de la presencia gala– para encontrar y atacar el asentamiento hugonote. Con 50 soldados, Menéndez dio caza a los habitantes de Fort Caroline y ordenó algo duramente criticada por toda Europa: ejecutar a todos los prisioneros. Desde España se justificó la medida, desde el punto de vista legal, como la habitual cuando se capturaban a piratas. Los Reyes españoles consideraban que todo el continente les pertenecía por derecho y cualquier intrusión estaba considerada piratería.

Solo un mes después de la fundación de San Agustín, Pedro Menéndez de Avilés celebró una comida muy parecida a lo que se conmemora por Acción de Gracias en honor a sus aliados saturiwas. El menú probablemente incluyó pavo, venado y guiso de cerdo salado. Además, europeos y nativos asistieron después a una solemne misa cocelebrada por cuatro obispos españoles.

La colonia de Plymouth ni siquiera era la primera fundada por ingleses en el norte del continente

A finales de siglo, en 1598, el explorador español Juan de Oñate organizó una gran celebración en las orillas del Río Grande, también con miembros de tribus nativas, después de liderar a los colonos en una ardua caminata de 563 kilómetros por el desierto mexicano. Un episodio histórico muy parecido al organizado 23 años después, en 1621, por los 50 colonos ingleses llamados «pilgrims» (peregrinos), que compartieron su comida con sus vecinos, los amigables indios Wampanoag. En ambos casos se trataron de encuentros entre civilizaciones muy distintas con el objeto de agradecer a Dios que seguían vivos a pesar de su lucha desigual contra los elementos.

Sin embargo, hay que recordar que la colonia de Plymouth ni siquiera era la primera fundada por ingleses en el norte del continente. En 1583, la Reina Isabel I de Inglaterra autorizó al pirata Sir Walter Raleigh a fundar una colonia al Norte de Florida, a la que llamó Virginia. Fue en esta tierra donde otro grupo de peregrinos y de indios compartieran una comida dos años antes que en Plymouth. Lo que ha llevado a muchos historiadores estadounidenses a defender que fue en Virginia donde se celebró por primera vez la festividad. De hecho, la compañía de Londres que envió a estos peregrinos, al enterarse del acto de fraternidad entre civilizaciones, ordenó que la fecha se marcase como la celebración anual de Acción de Gracias.

La sangrienta matanza de almirantes franceses que condenó a Napoleón en Trafalgar


Manuel P. VillatoroABC_Historia

  • Entre 1793 y 1794, multitud de capitanes de navío fueron asesinados por ser monárquicos. Estas muertes dejaron sin militares cualificados al «Pequeño Corso» para combatir contra la «Royal Navy»
 Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés - Wikimedia

Más de 40.000 personas fallecieron durante el terror francés – Wikimedia

El «terror francés». Este es el término que se utiliza, a día de hoy, para definir el periodo en el que la Revolución Francesa asesinó a miles de galos contrarios a los nuevos vientos de libertad, igualdad y fraternidad. Apenas se desarrolló durante un año (de 1793 a 1794) pero se llevó por delante 40.000 vidas. Muchas de ellas, pertenecientes a los almirantes y capitanes de navío de la Armada del país, quienes sufrieron en sus propias carnes lo que era defender la bandera de Luis XVI y Maria Antonieta. Aquella matanza, aunque útil para los intereses del gobierno, dejó en paños menores a la flota, pues los líderes políticos se vieron obligados a dar el mando de la segunda marina más importante de la época a hombres que no sabían del mar más que su color. A su vez, dichas muertes provocaron que, apenas una década después, Napoleón Bonaparte se tuviese que enfrentar -junto a los bajeles españoles- en Trafalgar a la «Royal Navy» con militares carentes de experiencia y con menos batallas a sus espaldas que un grumete adolescente. Un factor determinante que provocó una de las derrotas más sonadas de la Historia de España.

Para hallar el origen del «terror francés» («terror gabacho», que podríamos decir por estos lares) es necesario hacer retroceder el calendario hasta el año 1789. Por entonces gobernaba «la France» el monarca Luis XVI, quien -además de haber accedido al trono 14 primaveras antes- era conocido por varias cosas… y ninguna buena. Y es que, además de tener un apetito sin fin (algo que le granjeó contar con unos «kilitos» de más y ser comparado, siempre a sus espaldas, con un cerdo), también era tímido y sumamente medriocre en las labores de estado. Lo tenía todo el tipo para enfadar a la corte. «El trabajo intelectual le fatigaba, durmiéndose en el Consejo, al mismo tiempo que había vivido lamentables hechos domésticos que le habían desacreditado», explican varios historiadores en el dossier «Revista mensual de ciencias, letras y artes» editada en 1949 por la Universidad de Chile.

Tampoco andaba el monarca demasiado dichoso en lo referente a sus amores, pues estaba casado con Maria Antonieta, una coqueta y guapísima austríaca que se solía preocupar más por bajarse la falda frente a sus amantes y gastar a sacos el tesoro real, que por el bienestar de su pueblo. Según cuenta el sociólogo y divulgador histórico Adrián Meló en su obra «El amor de los muchachos», la reinona solía pasar los ratos muertos disfrazándose de plebeya y seleccionando a aquellos que, posteriormente y por invitación real, le demostrarían su amor en la alcoba. Que el monarca y su esposa eran un par de desgraciados que no se creían su propio cargo era, por entonces, algo sabido por nobles, panaderos y mendigos. Así lo atestigua el historiador del siglo XIX Albert Mathiez, quien no tuvo problemas en cargar contra Luis, pluma mediante, de la siguiente forma: «En teoría, el monarca, representante de Dios sobre la Tierra, gozaba del poder absoluto. Su voluntad era la ley. Lex Rex. En la realidad no lograba hacerse obedecer ni aun de sus funcionarios inmediatos. Mandaba tan suavemente que parecía ser el primero en dudar de sus derechos».

Con todo, el mayor problema de entonces no era que los reyes andasen de aquí para allá demostrando su incompetencia (algo que hacen hoy en día muchos políticos sin que les cortemos la cabeza por ello) sino que «la France» andaba tambien muy escasa de monedas con las que pagar sus múltiples «gastés». Además, los monarcas preferían usar las mismas en menesteres de su interés que en alimentar a su hambriento pueblo, al cual le sonaban día sí, y noche también, las tripas por no tener nada que meterse entre pecho y espalda tras las pésimas cosechas que se habían ido al infierno. Concretamente, Luis se estaba dejando hasta el último doblón de la cartera en ayudar con armas y hombres a aquellos rebeldes que, al otro lado del Atlántico (en la nueva América, para ser más específicos) habían iniciado una revuelta contra la infame y odiada Inglaterra. Todo ello, por cierto, por obra y gracia de los impuestos (que las luchas no se pagan solas, oiga). Se dice que se gastaron hasta 2.000 millones de libras en esta «aventura militar»

Para colmo de males, a todo este ambiente de tensión se le sumó la llegada de unos nuevos pensadores que proclamaban unas ideas bastante molestas para los monarcas. Estos «ilustrados» (en el sentido más literal de la palabra, pues eran partidarios en cierto modo de esta corriente ideológica y cultural) eran conocidos como jacobinos y buscaban dar una buena patada en el «cul» a aquellos que ostentaban el poder por entonces. Es decir, dar importancia al hombre individual, aquel ubicado en los escalones más bajos de la sociedad. Y eso… ¡En una época en la que el rey consideraba que ostentaba el poder por obra y gracia del Señor! «Los jacobinos creían que la sociedad ideal debería estar constituida en gran parte por hombres como ellos, trabajadores económicamente independientes porque viven de su profesión (son propietarios de su saber) o porque son pequeños productores […] Desde esta situación social era lógico que su pretensión social fuese la igualdad o, más específicamente, el rechazo de las desigualdades extremas», explica el politólogo español y profesor de la Historia de la politología Fernando Prieto en su obra «La revolución francesa».

Comienza la revolución

Con esos precedentes no resultó extraño que, el 14 de julio de 1789, el pueblo se levantase en armas contra el viejo poder representado por el monarca y tomase la Bastilla, el símbolo por excelencia de la opresión. «La Bastilla era la fortaleza medieval de torres macizas y formidable altura que se levantaba en medio de […] París y cuyo uso militar ya no se justificaba. Había sido durante años el bastión de muchas víctimas de la arbitrariedad monárquica, cuando el cardenal Richelieu empezó a utilizarla como cárcel de estado, donde se encarcelaba sin juicio a los parisinos señalados por el rey con una simple carta y se pudrían las víctimas de por vida», explica Dolores Luna-Guinot en su obra «Desde Al-Andalus hasta Monte Sacro». Aquella jornada, los más de 100 soldados a cargo de la defensa de esta pequeña fortaleza tuvieron que resistir durante horas el asedio del pueblo llano que, reforzado por algunos antiguos soldados perteneciente a la Guardia Suiza, lucharon a brazo partido por acabar con hasta el último defensor.

Motivados también por la necesidad de conseguir pólvora para los fusiles que había robado en la ciudad (la Bastilla contaba en su interior con un gran arsenal) los ciudadanos, más de 50.000 según se dice, no pararon de disparar ni un segundo. Segando y segando las vidas de los defensores. Finalmente, la posición acabó rindiéndose bajo promesa de que ningún militar monárquico sufriría represalias. «Oui, oui…», que debieron decir los atacantes. Pero la realidad fue bien distinta, pues el pueblo capturó al alcaide la prisión, el marqués Bernard-René Jordan de Launay, y, tras arrastrarle por las calles de París (donde, por cierto, recibió todo tipo de gargajos de la boca de sus compatriotas) fue asesinado de la forma más cruel posible: bajo los cuchillos de una turba violenta. «Mataron a su gobernador, lo decapitaron y pasearon su cabeza por las calles de la aterrada ciudad. La Bastilla fue saqueada, incendiada y destrozada», explica el archivista Fernando Báez en su obra «Las maravillas perdidas del mundo. Breve historia de las grandes catástrofes culturales de la civilización». Acababa de comenzar oficialmente la Revolución Francesa.

Las pescaderas asesinas

La movilización no se quedó solo en la toma de la Bastilla y en el paseo de la cabeza del director de la prisión por las calles parisinas, sino que continuó con las políticas revolucionarias de una Asamblea Nacional (un nuevo gobierno) que había sido proclamada antes de la conquista de la fortaleza. La misma había sido constituída por los miembros del «Tercer estado» (aquellos franceses de menor capacidad económica) y buscaba fomentar la igualdad, la fraternidad y la legalidad. «Los miembros del Tercer Estamento se autoproclamaron Asamblea Nacional, y se comprometieron a escribir una Constitución. […] Se declararon como únicos integrantes de la Asamblea Nacional, que no representaría a las clases pudientes sino al pueblo en sí […]. Si bien invitaron a los miembros del Primer y Segundo Estado a participar en esta asamblea, dejaron en claro sus intenciones de proceder incluso sin esta participación», explica la licenciada en Historia Maribel Alejandrina Valenzuela en su dossier «La Revolución Francesa».

Además, la Asamblea firmó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, una nueva constitución en la que se afirmaba que todos los hombres eran iguales ante la ley. También le pusieron «huevés» y decidieron que no iban a tolerar más que el poder residiese en el rey, por lo que idearon una monarquía constitucional en la que el Luis quedaría plegado a los deseos del pueblo. Lo cierto es que este emisario divino no le dio en los primeros momentos demasiada importancia al alzamiento de las masas en París y a la creación de la Asamblea Nacional. De hecho, hubo que esperar un poco para que Luis se tomara todo aquello con la importancia que requería. Concretamente, hasta que una turba sedienta de sangre -y encabezada principalmente por pescaderas con cuchillos de escamar– entró en su palacio el 5 de octubre dispuesta a asesinar a Maria Antonieta.

Aquel día, el monarca se enteró por las bravas de lo serio que era todo aquello cuando las «poissardes» -armadas con sus cuchillos y una mala uva terrible por la escasez de pan y la subida de precios- se personaron en Versalles, asesinaron a los guardias del palacio cortándoles la «tete» y persiguieron a la asustada María Antonieta por los corredores. Al final, a Luis XVI no le quedó más remedio que aceptar lo que solicitaban aquellas asaltantes. Y más le valió, pues de lo contrario podría haber acabado bajo tierra. Así pues, y con un filo bajo la garganta, el monarca firmó con una sonrisa falsa en los labios la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. «No preocupare pa -que debió pensar (o algo así)- que rubrico y esto y lo que haga falta para seguir mi vida». Tras el suceso, las tenderas se armaron de valor y obligaron a Sus Majestades a ir viajar hasta París para estar bajo la custodia de la revolución. Curiosamente, varias de ellas escoltaron su carruaje para evitar que huyeran.

Con todo, a día de hoy son muchos los expertos que afirman que aquella revuelta multitudinaria fue instigada por mujeres que no eran meras pescaderas, sino revolucionarias influyentes que aprovecharon el momento de tensión para echar, si cabe, más leña al fuego. «En la noche del 5 al 6, en su mayoría pescaderas parisinas mezcladas con revolucionarias camufladas, disfrazadas de pescadera, querían obtener pan y esperanza […]. Los escasos muertos habidos durante este episodio fueron más bien el resultado de la manipulación sufrida por aquellas mujeres de origen humilde, que en realidad fueron llevadas allá sin saberlo, con fines que desconocían, y el resultado de esta manipulación tuvo un alcance mucho mayor de lo que podían imaginar aquellas mujeres que vendían pescado en París, pues a fin y al cabo significó el principio del fin de Luis XVI y María Antonieta», explica el licenciado en filosofía Josep Pradas en su dossier «¿Las víctimas como precio necesario?».

«Adieu a la tete»

Una vez en París, los monarcas fueron obligados a aceptar la monarquía constitucional y rebajar su poder hasta límites insospechados. Pero los disgustos de Luis solo acababan de empezar, pues tuvo que firmar decretos en los que perdía cada vez más poder. Se ve que el rey andaba hasta la corona de tener que tragarse todo aquello, pues el 21 de junio de 1791 decidió salir por piernas con su esposa de aquel caos para llegar hasta Austria, tierra natal de Maria Antonieta y, desde allí, solicitar el apoyo de un ejército para aplastar la revolución. Sin embargo, el cuento de la lechera le duró poco. Y es que, tanto él como su esposa acabaron siendo atrapados con las manos en la masa cuando apenas estaban a unos pocos kilómetros de la frontera. El guardia que les capturó no podía creer aquello: ¡Los reyes habían traicionado la monarquía constitucional!

Los monarcas fueron enviados a París por un grupo de pescaderas furiosas

Inmediatamente, la pareja fue enviada a París de nuevo. Habían gastado su último cartucho, y les había salido bastante mal. Instantaneamente fueron expulsados del poder acusados de traición. De nada valió que las potencias europeas (entre las que destacaba Austria) declarasen la guerra a la nueva Francia indignadas ante el encarcelamiento de los monarcas, pues no tardó en formarse un ejército popular que acudió al frente para, a base de mosquetazos, repeler a aquellos «malvados monárquicos». Fue en ese momento cuando los revolucionarios decidieron dar un golpe de efecto… matar a Luis para demostrar que la movilización iba a llegar hasta el final. El galo pasó por la guillotina (el instrumento para ajusticiar preferido en el país) el 21 de enero de 1793.

«A las nueve vinieron a buscarle; él salió con su confesor y presentó su testamento […] subió a un carruaje […] Todo estuvo tranquilo; por todas partes reinaba un silencioso terror, y una triple fila de soldados guarecía la carretera. Durante el tránsito, Luis tomó el brevario […] y tomó los salmos análogos a su posición. Habiendo llegado al lugar fatal, y siempre imperturbable […] se quitó su vestido exterior […] y presentó sus manos a los verdugos con una resignación heroica. “Id, hijo de san Luis, subid al cielo”, le dixo su confesor mientras subía al cadalso. […] Los verdugos se apoderaron del rey, y a las diez y media el crimen ya estaba consumado», explica el cronista Michel Pierre Joseph Picot en su obra «Memorias para servir a la historia eclesiástica durante el siglo XVIII». La revolución acababa de quemar su última nave, ya no podían volverse atrás

El inicio de las masacres

Pero la muerte del monarca estuvo lejos de llevar la tranquilidad a Francia. De hecho, avivó el odio de las potencias internacionales que -monárquicas hasta el corvejón- redoblaron sus esfuerzos para acabar con la revolución por las bravas. Aquello les supuso a los gabachos tener que subir los impuestos para evitar ser asediados. «La guerra, a pesar de las victorias sobre Saboya, Prusia y Bélgica, agravó la situación debido a las malas cosechas de los años 1792 y 1793, la tensión política aumentó», explica Carlos Aguilar Blanc (profesor de Filosofía del Derecho y Política en la Universidad Pablo de Olavide) en su obra «El terror de estado francés: Una perspectiva jurídica». La situación terminó de ponerse negra cuando el nuevo gobierno trató de reclutar la friolera de 300.000 hombres para mandarlos al frente en la ciudad de la Vendée. La medida, lógicamente no fue muy bien recibida por los ciudadanos, que se levantaron en armas contra la nueva política. Todos fueron masacrados por las milicias.

La situación cansó al gobierno que, hasta el sombrero de tanto enemigo, comenzó a pensar que había traidores tras cada esquina. Nobles y altos cargos favorables a la monarquía que estaban esperando cualquier momento para dar un golpe de mano y volver a entregar el poder a la familia real. Fue en ese momento cuando comenzaron las purgas masivas de todo aquel que pudiese haber tenido alguna relación, por pequeña que fuese, con la monarquía.

La primera en caer, lógicamente, fue la reina, quien aún permanecía con vida suspirando por la muerte de su esposo. María Antonieta dejó este mundo el 16 de octubre de 1793, día en que su cabeza fue separada de su cuerpo por la «cuchilla nacional» (apodo que recibía la guillotina). Para entonces su belleza ya se había marchitado y, a pesar de no llegar a los 40 años, mostraba un pelo blanco, una figura extremadamente delgada por los continuos disgustos, y un carácter falto de vitalidad. Se cuenta que el pueblo la escupió mientras se dirigía en un carruaje sin capota hacia el patíbulo, aunque no se dejó amedrentar y se mantuvo estoica en todo momento. «Maria Antonieta fue […] conducida al cadalso en una carreta, y no desmintió su firmeza en aquel angustioso trance», explica el sacerdote Antoine-Henri Berault-Bercastel (contemporáneo de la monarca) en «Historia general de la Iglesia desde la predicación de los apóstoles, hasta el pontificado de Gregorio XVI».

A continuación, los revolucionarios -apoyados por pequeños grupos violentos- la tomaron con todo aquel que pudiese oler a monárquico o enemigo del nuevo gobierno. «Se pensaba que era ponsible cambiar la sociedad pero, para ello, había que acabar con los aristócratas, los nobles, los curas refractarios, los monárquicos constitucionales, pero también con los accapareurs (aquellos que especulaban con la comida y la moneda del pueblo) y los oisifs (los que vivían de las rentas no salariales) todos ellos eran culpables de la crisis de abastecimiento de las necesidades más básicas», completa el experto español. Todos ellos fueron asesinados indiscriminadamente por el poder de la nueva política. Ya fuera mediante fusilamientos masivos -cuando la guillotina no daba más de sí- ahogamientos o ahorcamientos. También se hicieron tristemente famosos los «baños de Nantes», un castigo aplicado en dicha región que consistía en meter a los condenados en una barcaza y, una vez que se hallaban en el centro del Loira, hundir aquellos buques con ellos dentro.

Todas estas sanguinarias matanzas fueron favorecidas por el gobierno de la Convención (los revolucionarios de turno) quienes, el 10 de marzo de 1793, aprobaron una ley que establecía que existían dos tipos de delitos por los que una persona podía ser condenada a muerte: económicos e ideológicos. Los últimos fueron los más habituales y los que se llevaron más almas. Pocos meses después se pusieron también sobre blanco una serie de ejemplos que explicaban, pormenorizadamente, todas las personas que debían pasar por el patibulo. En ellos se incluían, tal y como recoge Blanc, los siguientes: «Aquellos que hubiese provocado el restablecimiento de la monarquía o buscado envilecer o disolver la Convención Nacional y el gobierno revolucionario o republicano. Aquellos que hubieran intentado impedir el aprovisionamiento de París, o provocar la escasez de la República. Aquellos que hubiesen secundado proyectos de los enemigos de Francia o favorecido la retirada y la impunidad de los conspiradores y la aristocracia». Y todo ello, sumado a un largo etc.

La guillotina, los fusilamientos y los ahogamientos se generalizaron

A su vez, todas las garantías procesales fueron suprimidas mediante un texto legal que afirmaba, en primer lugar, lo siguiente: «La prueba necesaria para condenar a los enemigos del pueblo es cualquier especie de documento, sea material, sea moral, sea verbal, sea escrito, que pueda obtener naturalmente el asenso o beneplácito de todo espíritu justo y razonable». El artículo XIII de esta ley iba todavía más lejos: «Si existen pruebas, sean materiales, sean morales, independientemente de la prueba testimonial, no serán oídos los testigos, a menos que esta formalidad parezca necesaria, sea para descubrir cómplices, sea por otras consideraciones mayores de interés público». Es decir, que la ley estaba ideada y preparada para acabar con cuántos más enemigos de la revolución mejor.

Aquellas matanzas, además de crueles, se cobraron la vida de miles y miles de francees, muchos de los cuales se dejaron la vida sabiendo que, a pesar de no ser monárquicos y no haber pensado nunca en política, habían sido acusados por algún desaprensivo sin escrúpulos. Los datos extraoficiales nos dicen que murieron ejecutadas alrededor de 41.000 personas en apenas un año. De forma oficial, el Estado francés registró un total de 16.594 muertes, 2.639 en París. De ellas, solo se conoce el origen de 14.000, 1.000 de las cuales pertenecían a la alta nobleza gala. «Algunos calculan un número aproximado de 2.000 nobles ejecutados y unos 16.000 exiliados de un censo de 350.000», añade el experto hispano.

La matanza de oficiales de la Armada

A pesar de que todos los estamentos de la sociedad francesa se vieron afectados por estas sangrientas purgas, uno de los que más sufrió las persecuciones del gobierno fue el ejército y, más concretamente, la Armada. Esta se vio perseguida después de que una parte de sus oficiales entregaran Toulon (una plaza fuerte ubicada al sur de Francia) a los británicos. Aquel acto, perpetrado por militares realistas que querían que la revolución fuese aplastada, puso en el punto de mira a toda la marinería. «La purga se hizo sobre la armada por razones ideológicas y políticas. Muchos capitanes desaparecieron. Eran mandos incómodos que habían pertenecido a la monarquía borbónica, por lo que decidieron quitárselos de en medio. Algunos tuvieron suerte y emigraron antes de que comenzase la revolución, pero otros no y fueron asesinados sin piedad», explica, en declaraciones a ABC, Manuel Moreno Alonso, Catedrático de Historia y autor de «Napoleón. De ciudadano a Emperador» (editado por Sílex).

Hugo O’Donnell, militar español y miembro de la Real Academia de Historia, afirma lo mismo en su dossier «Trafalgar. Análisis de las fuerzas aliadas (buques, mandos y dotaciones)»: «La Revolución francesa represalió a la oficialidad sospechosa de “realismo” y esta persecución se incrementó a partir de la entrega por una parte de esta de la base de Tolón […] en 1793, con lo que el mero hecho de pertenecer a la aristocracia pasó a convertirse en “crime de noblesse”». No se libraron ni los oficiales más experimentados y que habían servido a Francia durante años. No contaron las victorias, las bajas hechas al enemigo… Tan solo valía ser un firme defensor de los valores de la nueva República francesa. Así pues, se sabe que no fueron pocos los capitanes de navío (uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar por entonces en lo referente a la marinería) que fueron expulsados del país o, simple y llanamente, asesinados.

«En la época de la Revolución fueron miles los que murieron por estar conectados presuntamente con la monarquía. El problema es que en Francia no se ha hecho un análisis o un estudio específico en el que se pueda ver como afectó en números eso a la Marina. Se habla del terror de 1793 y de 1794. Allí la cantidad de almirantes que cayó fue enorme. Pero se desconoce el número concreto. En esa época muchos fueron expulsados fuera de Francia y luego ya no se integraron en el ejército de Napoleón. Otros fueron condenados a muerte y fallecieron de múltiple formas. Una era atarles bolas de cañón a los zapatos, lanzarles al agua y esperar a que se ahogasen», explica el profesor universitario a ABC. Los que se marcharon por piernas de la «France» para no dejar este mundo tampoco vivieron demasiado bien -en muchos casos- en el exilio. De hecho, y tal y como afirma Alonso, la mayoría cayeron en desgracia y jamás regresaron a su país.

Otros, por el contrario, decidieron vengarse de la Armada Francesa revolucionaria aliándose con los mayores enemigos de su país. Así lo señala Alonso: «Hubo algunos militares, y hasta generales, que se pasaron a los ingleses. Así quedó atestiguado en sus memorias. Tras las purgas de la Revolución, por ejemplo, uno de los almirantes más destacados de Francia se convirtió en asesor de los ingleses. Otros se asociaron posteriormente con los españoles en la Guerra de la Independecia para dar información detallada sobre las tácticas de Napoleón debido al odio que sentían hacia el Emperador. Con todo, muchos de ellos intentaron regresar a la marina cuando la situación se relajó». Con todo, muchas muertes fueron absurdas, pues se determinó -como pasaba en el mundo civil- que todo aquel que fuese acusado con una prueba medianamente creíble pasaría por la guillotina. Esto hizo que incluso algunos oficiales fervorosamente seguidores de la revolución cayeran bajo la cuchilla.

El fin de Napoleón en Trafalgar

Además de la evidente pérdida absurda de vidas, en lo referente a la Armada francesa el equívoco fue todavía mayor, pues la Revolución asesinó a una buena parte de los oficiales más veteranos (y por tanto, más proclives a la monarquía) y más experimentados. Estas vacantes, como bien señala O’Donnell, se terminaron cubriendo con voluntarios de escaso conocimiento naval, oficiales sin la preparación necesaria para dirigir navíos y políticos de los comités revolucionarios que no sabían nada del mar. Se sembró, por lo tanto, la semilla del desastre en una marina, la francesa, que había llegado a ser la segunda más poderosa del mundo tras la británica. «Los capitanes navales aristocráticos y bien formados, perdidos por la emigración o por las purgas de la acción revolucionaria, no podían ser sustituidos con la misma facilidad que los oficiales de infantería. Además, los ideales de libertad, igualdad y fraternidad eran, probablemente, menos compatibles con los deberes y la disciplina de la vida en el mar que en los campamentos», explica Geoffrey Parker en «Historia de la guerra».

Las tripulaciones tampoco se libraron de estas purgas y fueron muchos los marineros asesinados por navegar en barcos «realistas». Todo aquel «pitote» dejó a la Armada en cuadro, sin oficiales experimentados ni marinos capaces de realizar las tareas más básicas. La situación solo pudo empezar a remediarse en 1798, cuando se detuvieron los asesinatos estatales. Ese año, Eustache Bruix, ministro de marina, tomó varias determinaciones. La primera fue (aprovechando la relajación de los extremistas) recuperar a cuántos más oficiales pudiera del exterior, fueran de la opinión política que fuesen. A su vez, también instauró «cursos» navales para los nuevos oficiales. «La máxima de Bruix era hacer las cosas pausadamente hasta conseguir un nuevo cuerpo de oficiales con verdadera solera. “Demos tiempo a lo que pide tiempo; alarguemos la victoria, queramos una marina y tendremos una marina”, dijo», completa O’Donnell.

No obstante, solo obtuvo una mezcolanza de capitanes antiguos, ensimismados en las viejas tácticas navales, y unos jóvenes revolucionarios que -al no tener ni dea del mar- se dejaron aconsejar por aquellos en lo referente a la mejor forma de combatir. Por lo tanto, no hubo una evolución táctica basada en las nuevas formas de darse de cañonazos contra el enemigo, ideas que sí se estaban fomentando en otros países como Gran Bretaña de la mano de pipiolos (por edad, que no por conocimientos) como Horatio Nelson. Hubo que esperar hasta la llegada de Napoleón Bonaparte (quien tomó el poder en 1799 como cónsul) para que las cosas empezasen a encajar. Aunque, quizá, ya era tarde para una armada francesa a la que le quedaba poco para darse de bofetadas contra los ingleses en el mar. «Se fracasó en el empeño de formar capitanes y almirantes completos, pese a haberse reabierto las escuelas navales, consiguiéndose sólo marinos nuevos con espíritu viejo, pero pero perfectamente capaces de unir su suerte a la de un imperio advenedizo y de profesar una devoción leal por quien estaba a punto de proclamarse Napoleón I», señala O’Donnell.

No obstante -al César lo que es del César- Napoleón fomentó un sistema de ascensos no tanto basado en las ideologías políticas (que, hasta cierto punto, también) como en las credenciales, la valentía y las gónadas mostradas en la lid. También fueron muchos los que, viéndose en la cumbre de su poder, prefieron tocarse las napias que entrenar a sus tripulaciones y obligarlas a mejorar en el uso de las armas. Así lo atestiguaron marinos de la talla de Villaret de Joyeuse, quienes señalaron en su momento que la marina gala era una vergüenza, pues estaba formada por vagos que se preocupaban de tonterías en lugar de mejorar las técnicas de su tripulación. Algo totalmente diferente a lo que hacían los ingleses que, aunque también alistaban en sus buques una marinería formada principalmente por hombres de la naviera mercante, les entrenaban hasta la extenuación en mar abierto para que disparasen con mayor eficacia y rapidez. Los gabachos, por el contrario, prefirieron dejar los barcos en puerto, donde era casi imposible practicar y los grumetes se hastiaban de ir de aquí para allá en puerto. «En realidad, lo que les faltaba y les seguiría faltando a los mandos navales franceses era práctica de largas singularidades y el ejercicio de la táctica de combate de escuadras», determina el experto.

Aquella armada maltrecha, sin oficialidad preparada, ni marinos entrenados, fue la que se enfrentó -junto a los bajeles españoles- el 21 de octubre de 1805 a los experimentados navíos ingleses en Trafalgar siendo derrotada de forma estrepitosa. Según varios autores, debido -entre otras cosas- a la falta de veteranía de sus comandantes. Un claro ejemplo de ello fue el mismo almirante de la armada combinada, Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve, un revolucionario interesado que, debido a la falta de militares experimentados, fue puesto al mando de aquella flota y se vio obligado a vérselas con uno de los marinos más considerados de su tiempo: Horatio Nelson. Este francés nunca debió ser ascendido a pesar de haber protagonizado varios actos de valor, pues no estaba preparado para dirigir a 33 navíos de línea. Pero, simple y llanamente, no había mucho donde elegir.

Y eso, a pesar de que era un interesado pues, aunque era de ideas moderadas, abrazó la revolución para poder ascender. «Silvestre (…) no sólo se apuntó al tumulto, sino que hizo desaparecer de su D.N.I de entonces el aristocrático “de” de su apellido para parecer más revolucionario. Primer síntoma de vulgar chaquetero y trepador. Naturalmente, subió en el escalafón como las balas y en 1.796 fue promovido a contralmirante» afirma Luis Rodríguez Vázquez en su obra «La historia encadenada». «Napoleón ascendió gente joven que venía de la revoluciona debido a que no había mandos superiores. Es curioso que entre los distintos ascensos que ordenó Napoleón a Mariscales, no había ningún marino. Todo ello hizo que la marina francesa cayese en desgracia», añade a ABC, en este caso, el experto español.

 

¿Para qué sirve la Teoría de la Relatividad de Einstein?


El Mundo @teresaguerrerof

  • Sr. Einstein, ¿me puede explicar la Teoría de la Relatividad?
  • ¿Me puede explicar usted cómo se fríe un huevo?
  • Sí claro, sí que puedo.
  • Pues hágalo, pero imaginando que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego.

¿quieres saber mas sobre Albert Einstein?

Frases Celebres de Einstein

La carta en la que Einstein explica a su hijo cuál es la mejor manera de aprender

 

Recreación de la nave 'Lisa Pathfinder', que será lanzada el 2 de diciembre. ESA

Recreación de la nave ‘Lisa Pathfinder’, que será lanzada el 2 de diciembre. ESA

Cuentan que Albert Einstein mantuvo esta conversación con un periodista. Una anécdota que rememora el astrónomo Rafael Bachiller, y que muestra la dificultad de explicar y entender la Teoría de la Relatividad cuando no se conocen sus herramientas físicas y matemáticas. Una contribución que, sin embargo, ha ayudado a los científicos a comprender diversos aspectos del Universo y a estudiarlo de una manera distinta, además de permitir el desarrollo de tecnologías como el sistema de posicionamiento GPS.

A través de numerosos experimentos, los científicos han puesto a prueba la Teoría de la Relatividad General y, hasta ahora, Einstein siempre ha salido airoso. Pero de todas las predicciones que hizo el genio alemán, falta la confirmación directa de la existencia de las llamadas ondas gravitacionales.

Según explica Carlos F. Sopuerta, físico del Instituto de Ciencias del Espacio (IEEC-CSIC), con sede en Barcelona, «las ondas gravitacionales son deformaciones del espacio que viajan en el tiempo a la velocidad de la luz. Estas deformaciones se van propagando, al igual que cuando tiras una piedra en el estanque y se generan ondas». Son producidas por «cataclismos cósmicos», fenómenos violentos del Universo en los que se genera mucha energía a velocidades muy altas, como la explosión de supernovas o la fusión de agujeros negros.

Tras muchos años de preparación y apenas una semana después de que se celebre el aniversario de la Teoría de la Relatividad General, el próximo 2 de diciembre despegará desde la Guayana Francesa LISA Pathfinder, una nave de la Agencia Espacial Europea (ESA) que tiene el objetivo de ensayar la tecnología para el futuro observatorio de ondas gravitacionales eLISA. LISA Pathfinder trabajará en el punto L1 de Lagrange, situado a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra.

Sopuerta es el investigador principal del equipo del IEEC-CSIC que trabaja en LISA PathFinder: «Lo que queremos observar desde el espacio no podemos verlo desde la Tierra, donde se están realizando otros experimentos de detección de ondas gravitacionales». El más avanzado, añade, es LIGO [Observatorio gravitacional de interferometría láser], en EEUU, desde el que se espera que antes de que acabe esta década se confirme directamente su existencia. Su detección, dice el físico, «probablemente valdrá un Premio Nobel para los investigadores» del observatorio estadounidense.

Hasta ahora, se han logrado pruebas indirectas de su existencia a través de las observaciones que en los años 70 hicieron Russell Hulse y Joseph Taylor del primer púlsar (una estrella de neutrones que emite radiación muy intensa en intervalos regulares) en un sistema binario.

LIGO puede captar las ondas gravitacionales emitidas por sistemas binarios de agujeros negros de origen estelar, pero para ver sistemas binarios de agujeros negros supermasivos, es necesario hacerlo desde el espacio.

«No llevamos a cabo experimentos como LIGO y LISA Pathfinder sólo para comprobar la Teoría de la Relatividad. Se trata de una nueva forma de hacer astronomía, de tener una visión totalmente distinta del Universo», explica Sopuerta. Y es que, a partir de las propiedades físicas de esas ondas gravitacionales, podrán determinar qué objetos las han generado: «Se puede saber si han sido emitidas por agujeros negros, por ejemplo, a qué distancia están y por tanto, conocer la distribución de los agujeros negros del Universo. Y también saber más sobre la historia de la cosmología, puesto que algunos de estos objetos estarán muy lejos».

El uso del GPS

El estudio de las ondas gravitacionales, dicen los científicos, les permitirá «oír» el sonido del Universo. Pero los principios recogidos en Teoría de la Relatividad General también han tenido aplicaciones tecnológicas: «Necesitas aplicar la Teoría de la Relatividad General cuando el campo gravitatorio es muy intenso, algo que ocurre en las cercanías de objetos muy densos, como un agujero negro, una estrella de neutrones y quizás en una enana blanca, donde no nos sirve la Teoría de Newton», explica Alberto Aparici, físico teórico del Instituto de Física Corpuscular (IFIC, CSIC-UV).

«Para que funcione el GPS y ofrecer información sobre cosas que suceden en la superficie terrestre usando satélites que están en el espacio, necesitas una gran precisión. Pero el ritmo al que corren los relojes depende del campo gravitatorio». Cuanto más fuerte es ese campo, más lento corre el reloj. Por ello, los relojes de los satélites GPS, que están a varios miles de kilómetros, no van al mismo ritmo que los que tenemos en la superficie terrestre. En el satélite están sometidos a un campo gravitatorio menor y van más rápidos que los terrestres.«Aunque la diferencia es de sólo unos pocos nanosegundos, es suficiente para que en el transcurso de varios años se desincronicen», añade.

Este fenómeno queda reflejado en la película Interstellar, dirigida por Christopher Nolan: «Cuanto más grande es la atracción gravitatoria (cuanto más cerca estamos de una gran masa), el tiempo transcurre más lentamente y los relojes van más lentos. Por eso el protagonista de la película Interstellar [interpretado por Matthew McConaughey] sigue joven, por haber pasado tiempo junto a un agujero negro, además de por haber viajado a alta velocidad», explica Rafael Bachiller, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN).

La Teoría de la Relatividad General, destaca Alberto Aparici, ha ayudado a los astrofísicos a estudiar la materia oscura en detalle a través del efecto de lente gravitatoria (la luz se curva en presencia de un campo gravitatorio). Por otro lado, recuerda el físico, la Teoría de la Relatividad Especial que Einstein presentó en 1905, 10 años antes que la de la Relatividad General, ha tenido múltiples aplicaciones en los campos vinculados con las partículas, como la radioterapia.

La surrealista anécdota entre Einstein y una castañera en su visita a Madrid


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  • La teoría de la relatividad general, obra del científico alemán, cumple un siglo

 

Albert Einstein en su llegada a Madrid

Albert Einstein en su llegada a Madrid

Hace exactamente cien años, en 1915, la teoría de la relatividad general veía la luz. Su autor, Albert Einstein, premio Nobel de Física, entonces ya gozaba de un elevado grado de fama y reconocimiento entre los profanos, aunque no en las cotas que alcanzó en los años siguientes y de forma póstuma. Dada la complejidad para explicar esta teoría, que sintetizada al extremo trata sobre el espacio y el tiempo, esta historia, con ánimo curioso e ilustrador, narra la visita del científico alemán a Madrid, enmarcada en la ruta que desarrolló por diferentes puntos de España.

Fue en 1923, en medio de una gran expectación, cuando Einstein puso pie en Madrid acompañado por su esposa. Su presencia en la capital, así como en el resto de ciudades nacionales, marcó la agenda informativa y despertó el interés de muchos madrileños. Efectivamente, la inmensa mayoría sabía quién era, pues era habitual verlo en las páginas de los diarios. Sin embargo, aunque ya habían pasado ocho años de su descubrimiento, conocer su trabajo de forma detallada y concreta eran palabras mayores. Tal es así que, en Madrid, según la anécdota escrita por el historiador Thomas Glick, el científico tuvo un divertido episodio con una castañera. Caminando por la calle, el físico fue reconocido por la vendedora, acaso por sus singulares rasgos físicos, con bigote y melena alborotada. «¡Viva el inventor del automóvil!», exclamó convencida de que la fama de aquel hombre remitía a ese hallazgo (también trascendental, por otro lado) y no por el que ha pasado a la historia de la ciencia y la humanidad.

Como ilustran las imágenes que acompañan a este texto, tesoros del archivo fotográfico de ABC, Einstein fue recibido por el rey Alfonso XIII en la Academia de las Ciencias y visitó diferentes lugares, como la Estación del Mediodía, a su llegada; o la Universidad Central de Madrid. Eso en el caso concreto de la capital, porque en toda España (permaneció dos semanas, entre febrero y marzo) impartió conferencias en Barcelona y Zaragoza.

 

La lluvia de bombas que decapitó a Lope de Vega en la Guerra Civil


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  • En noviembre de 1936, unos veinticinco proyectiles incendiarios cayeron en las inmediaciones de la Biblioteca Nacional

 

 Estatua de Lope de Vega decapitada, a la entrada de la Biblioteca Nacional - ABC

Estatua de Lope de Vega decapitada, a la entrada de la Biblioteca Nacional – ABC

La táctica de «bombardeos de desmoralización» emprendida por el bando sublevado en noviembre de 1936, en su ataque sistemático sobre Madrid, provocó más de trescientos muertos y unas quinientas edificaciones afectadas en la capital, según el Archivo Histórico Militar. No obstante, las interferencias propagandísticas disparan o disminuyen considerablemente las cifras, especialmente las humanas. Si bien el volumen de los daños materiales también es objeto de discrepancia, de lo que no hay dudas es de los puntos que sí fueron abatidos, con una gravedad mayor o menor según el caso. El archivo fotográfico de ABC es, en ese sentido, una evidencia irrefutable de lo vivido aquellos días, con la estatua de Lope de Vega que acompaña a este texto como ilustración.

Cabeza de la estatua de Lope de Vega, tras el bombardeo de 1936- ABC

Cabeza de la estatua de Lope de Vega, tras el bombardeo de 1936- ABC

Obra de Manuel de Fuxá, esta escultura flanquea la entrada de la Biblioteca Nacional desde que fue tallada entre 1891 y 1895. Su presencia, como el resto de las efigies instaladas, es una analogía evidente con el contenido y la concepción de la biblioteca. Su aparente tranquilidad, sin embargo, se vio alterada el 16 de noviembre de 1936, hace ahora 79 años exactamente. En torno a las 19.40 horas, según recoge la documentación del Ministerio de Defensa, 25 bombas incendiarias cayeron sobre la Biblioteca Nacional, el Museo de Arte Moderno y su homólogo de Arqueología Nacional. Concretamente, siete impactaron en la entrada principal del recinto, con la macabra casualidad de que una decapitara a la estatua del autor del Siglo de Oro. El desmembramiento fue, accidentalmente, una suerte de metáfora sobre lo ocurrido con los tesoros artísticos durante el ataque y toda la Guerra Civil.

A pesar de lo aparatoso del impacto, no obstante, no hubo que lamentar daños mayores, ya que los focos fueron sofocados rápidamente. Tal y como desarrolla la crónica de ABC de entonces, también indicada en los archivos históricos de Defensa, «no se produjeron destrozos por las medidas de precaución tomadas. Los sacos terreros, al deshacerse, actuaron como cortafuegos». Y añade: «Las obras más importantes habían sido trasladadas a los sótanos».

 

Los cinco meses de incertidumbre en que España fue un Reino sin Rey


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  • Al morir Alfonso XII, se quiso proclamar Reina a su hija Mercedes, pero María Cristina anunció que estaba embarazada y todo quedó a la espera

 

 Las hijas de Alfonso XII, Mercedes y Teresa, de niñas - COLECCIÓN PARTICULAR

Las hijas de Alfonso XII, Mercedes y Teresa, de niñas – COLECCIÓN PARTICULAR

Fragmento de «Las hijas de Alfonso XII» (La Esfera de los Libros), la primera novela de la periodista Almudena Martínez-Fornés, que relata la vida de la Princesa de Asturias María de las Mercedes y la Infanta María Teresa, dos niñas de infancia triste, que se casaron por amor, pero a las que les esperaba un trágico destino.

LA REINA QUE NO FUE

En el mismo momento en el que el Rey Alfonso XII expiró, su hija María de las Mercedes, como Princesa de Asturias, debía haberse convertido, a sus cinco años, en Reina de España de forma automática; su madre, María Cristina, debía haber ejercido como Reina regente hasta su mayoría de edad, y su hermana Teresa, de tres años, habría sido la nueva Princesa de Asturias.

La Constitución de 1876 establecía que muerto el Rey se proclamaría Rey a su sucesor, por lo que María de las Mercedes, como Heredera de la Corona, estaba en la plenitud de sus derechos para que se la proclamase Reina. De hecho, en los días que siguieron al fallecimiento de Alfonso, todo el mundo se refería a la niña como la Heredera de la Corona o la nueva Reina. Lo que casi nadie sabía con certeza en aquel momento era que María Cristina estaba embarazada de cuatro meses. Los periódicos habían difundido el rumor de que la Reina estaba esperando un bebé, pero no había confirmación oficial. Para evitar la confusión, María Cristina informó al Gobierno de su gestación y este decidió aplazar la proclamación de Mercedes hasta después del parto, ante la posibilidad de que esta vez la Reina tuviera un varón y le correspondiera a este la Corona.

De la misma forma que se negó a Mercedes el título de Princesa de Asturias nada más nacer y tuvieron que pasar varios meses y un cambio de Gobierno para que se le reconociera, ahora se le negaba su derecho a reinar por razón de su sexo. Pero, en esta ocasión, ni siquiera su madre cuestionó esta discriminación, consciente de que, si finalmente traía al mundo un varón, sería al niño al que correspondería la Corona por derecho propio, pues tendría preferencia sobre sus hermanas en la línea de sucesión.
Sin precedentes

Se revisaron las normas de todos los tiempos, pero no había ninguna ley ni texto jurídico ni precedente que estableciera lo que había que hacer en una situación similar. Lo que sí establecían las Partidas de Alfonso X el Sabio era que al concebido debía tenérsele por nacido en todo aquello que pudiera beneficiarle, de forma que había que esperar a que naciera por si era un varón. Se llegó a plantear la posibilidad de proclamar Reina a la niña María de las Mercedes y, en caso de que naciera un niño, despojarla de la Corona, pero finalmente los dos grandes partidos políticos, el conservador y el liberal, que se alternaban en el poder desde hacía diez años, acordaron dejar el trono vacante y esperar a que María Cristina diera a luz.

Mientras tanto, la Reina viuda se encargaría de la regencia, pero esta decisión sin precedentes también ocasionaba un grave problema jurídico, ya que toda regencia ha de ejercerse por representación, y en este caso no se sabía a quién iba a representar María Cristina, si al hijo que estaba por nacer, o a su hija Mercedes. Por primera y única vez en la historia, existía una regencia sin rey. Todo un dislate jurídico y legislativo que se mantuvo con firmeza gracias a la lealtad monárquica de los dos grandes partidos.

Tras la muerte de su padre, la Princesa de Asturias y la Infanta Teresa acompañaron a la Reina a un acto solemne en las Cortes, en el que María Cristina juró como regente su fidelidad «al Heredero de la Corona constituido en la menor edad». Con esa fórmula se pretendía abarcar las dos posibilidades: que viniera al mundo un varón o una niña. Curiosamente, se consideraba menor de edad al niño todavía no nacido que la Reina estaba esperando.

Sin embargo, ni ese peculiar juramento ni los equilibrios jurídicos a los que se recurrió durante todo el embarazo de la regente desataron grandes polémicas. Por el contrario, la imagen de la Reina viuda prestando juramento con dos niñas enlutadas y tristes abrazadas a sus faldas suscitaba tanta ternura que, en lugar de transmitir debilidad, desarmó a los sectores políticos que estaban a la espera de cualquier resquicio para tratar de instaurar una república o a otro aspirante a la Corona. Pocas veces en la historia, la Monarquía ha utilizado su arsenal afectivo de una forma tan eficaz como aquella, y probablemente de manera inconsciente.

En enero de 1886, algunos periódicos volvieron a publicar el rumor de que la Reina estaba embarazada, y pocos días después se confirmó oficialmente que María Cristina se encontraba en el quinto mes de gestación. Por primera vez la prensa empezó a plantear la posibilidad de que María de las Mercedes no fuera proclamada Reina en el caso de que naciera un varón.
Enmendar el vacío

Durante los cinco meses en los que el trono estuvo vacante, desde la muerte del Rey hasta el nacimiento de su hijo, hubo que improvisar respuestas que enmendaran ese vacío. Todos los actos del Gobierno debían ser sancionados por el Rey o, en caso de regencia, en su nombre, pero como no se sabía quién iba a ser el sucesor de Alfonso XII, hubo que improvisar un decreto que permitiera refrendar los actos del Ejecutivo sin precisar el nombre del Monarca: «Todos los actos del Gobierno se publicarán en adelante en mi nombre, como regente del reino, durante la menor edad del Príncipe o Princesa que deba, legítimamente, suceder en el trono a mi difunto esposo…».

Paradójicamente, España aceptaba a una mujer como Reina regente durante el tiempo que fuera necesario para que su hijo viniera al mundo y alcanzara la mayoría de edad, pero se resistía a aceptar una Reina titular. El mal recuerdo que había dejado Isabel II durante su reinado y los horrores de las guerras carlistas habían marcado el destino de aquella niña que a los cinco años abandonó sus delicados trajes de encajes y suaves colores alegres para vestirse de luto.
Un palacio entristecido

Tras la muerte del Rey, la Reina decretó un año de luto en la corte. Incluso el piano de palacio dejó de sonar durante largo tiempo. De todos modos, el próximo nacimiento de un nuevo miembro de la familia despertaba un rayo de esperanza en aquel alcázar entristecido. María Cristina había explicado a sus hijas que iban a tener un nuevo hermano o hermana y que, si era niño, se llamaría Fernando, Fernando VIII, porque así lo había querido su padre cuando supo que estaba esperando un nuevo bebé. «Pero, mamá, yo quiero que se llame Alfonso, como papá», protestó Mercedes y, cada vez que hablaban del futuro bebé en los cuatro meses que transcurrieron hasta que nació, la Princesa insistía en que si era niño debería llevar el nombre de su padre.
Madrid era un hervidero

En mayo de 1886, Madrid era un hervidero. Esta era la última oportunidad que tenía la Reina de traer al mundo al deseado Heredero de la Corona y el nerviosismo se había apoderado de la ciudad de forma más intensa aún que en los dos primeros alumbramientos de María Cristina. No solo los españoles estaban pendientes del nacimiento, sino que desde el extranjero se aguardaba con interés la llegada de este bebé, a juzgar por el elevado número de miembros del cuerpo diplomático que acudieron a palacio en cuanto se presentaron los primeros síntomas del parto.

El día 17 todos esperaban con impaciencia el alumbramiento del hijo póstumo de Alfonso XII: los altos dignatarios se amontonaban en los salones del palacio, y el pueblo, en la plaza de Oriente. Cuando pasadas las doce y media del mediodía los veintiún cañonazos anunciaron que era un niño, la alegría desbordó las calles. Las mujeres hablaban del bebé como si ellas mismas lo hubieran parido y España asistía al hecho insólito del nacimiento de un Rey.

Para entonces, el destino de Mercedes había cambiado drásticamente. Si en lugar de un varón, su madre hubiera tenido una tercera hija, ella se habría convertido, a los cinco años, en la cuarta Reina de la Monarquía española. Sin embargo, Mercedes siguió siendo Princesa de Asturias, a la espera de que su hermano creciera, se casara y tuviera descendencia, lo que condicionaría el resto de su vida. Debía estar siempre disponible y a la altura de las circunstancias, aunque quizá nunca llegara a asumir el trono del que era heredera.

El himno más antiguo del mundo: el holandés Guillermo de Orange desafiando al Rey de España


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  • Felipe II aparece citado en la letra con el ánimo de destacar que Guillermo de Orange se mantuvo fiel a él, pero como un igual: «Un príncipe de Orange soy, libre y valeroso al Rey de España siempre le he honrado»

 

 Retrato de Felipe II, que aparece citado en el himno de Holanda como Rey de España - ABC

Retrato de Felipe II, que aparece citado en el himno de Holanda como Rey de España – ABC

El himno holandés es el más antiguo del mundo, entre otras razones, porque la guerra que libró esta antigua provincia de los Países Bajos para lograr su independencia del Rey de España sacó a flote el sentimiento nacional de su población, cuando en Europa no existía, más que de forma vaporosa, aquello de las naciones. Los hombres luchaban por su religión, por su rey, por su ciudad, por su tribu o por su familia, pero no por algo tan inconcreto como eran las naciones. La guerra contra España cambió eso y exigió crear un enorme aparato propagandístico, que incluyó como no podía ser menos una canción en torno a las gestas de su líder, el intrigante Guillermo de Orange.

La letra del himno de Holanda tiene su origen entre 1568 y 1572, cuando la rebelión en las provincias de los Países Bajos contra su soberano, Felipe II, vivió su episodio clave. El himno, denominado «Wilhelmus», está dirigido a Guillermo de Orange «El Taciturno», que se alzó como el principal líder durante la revuelta contra los españoles. Creada probablemente por Marnix van St. Aldegonde, la letra es entonada como un himno religioso, y en lugar de ser una llamada a las armas o una exaltación patriótica, es una apología del alemán Guillermo de Orange, padre simbólico de la nación holandesa. Es por eso que el Rey de España –en ese momento Felipe II– aparece citado en la letra con el ánimo de destacar que Guillermo de Orange se mantuvo fiel a él, pero como un igual: «Un príncipe de Orange soy, libre y valeroso al Rey de España siempre le he honrado».

Una afirmación que está lejos de ser cierta, puesto que los métodos de Guillermo de Orange se basaron en una agresiva estrategia para desacreditar al Monarca español y ganar más poder para sí mismo. De hecho, el 15 de marzo de 1581 Felipe II declaró fuera de la Ley a Guillermo de Orange y lo acusó de «traición, ingratitud y herejía». Tras sobrevivir a un primer atentado a cargo del vasco Juan de Jáuregui, Guillermo de Orange nada pudo hacer contra el ataque de un francés católico, Balthasar Gérard, que empleó un arma de fuego para acabar con su vida el 10 de julio de 1584. Felipe II recompensó a la familia de Balthasar Gérard –que fue capturado y condenado a muerte– con los estados de Lievremont, Hostal y Dampmartin en el Franco Condado y un título nobiliario. No obstante, la muerte de Guillermo de Orange sirvió para transformar en mártir a un personaje que había perdido apoyos a causa de sus pésimas dotes militares, pero que tenía en la propaganda su auténtica arma.

El Gran Duque de Alba fue el responsable de introducir muchas de las leyes sobre los que se cimentaron los actuales estados de Bélgica y Holanda

Incapaz de vencerle en los campos de batalla, Orange presentó en sus textos propagandísticos, siendo «Apología» el más famoso, a los españoles como animales crueles y a Felipe II como un incestuoso, bígamo y parricida. El III Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, designado gobernador de Flandes, fue uno de sus blancos favoritos a consecuencia de su papel de general de hierro en la rebelión de los Países Bajos y como el responsable de poner en marcha el Tribunal de los Tumultos, encargado de juzgar a los sospechosos de sedición. La llamada leyenda negra, que presenta al Gran Duque de Alba en un grabado de la época comiéndose un bebé humano, sigue incluso vigente en la actualidad. Hay madres de Holanda que amenazan a sus hijos con la llegada del Duque de Alba cuando se portan mal, e incluso en Navidad se les dice a los niños que se han portado mal que el español irá para llevárselos a España.

A nivel académico, la imagen del Duque de Alba poco a poco está siendo restaurada por los propios historiadores holandeses, que entienden que la violencia ejercida bajo el mando del noble castellano no era producto del sadismo, sino de la necesidad de apagar una rebelión política usando los métodos habituales del periodo histórico que le tocó vivir. Fernando Álvarez de Toledo, además, fue el responsable de introducir muchas de las leyes y sistemas recaudatorios sobre los que posteriormente se cimentaron los actuales estados de Bélgica y Holanda.

Los himnos más antiguos del mundo

El «Wilhelmus» está considerado el himno nacional más antiguo del mundo. Los himnos de Inglaterra, «God save the Queen» y de Francia, «La Marsellesa», surgieron mucho más tarde, en 1745 y 1792 respectivamente. Por su parte, el holandés procede del siglo XVI, aunque no fue adoptado como himno nacional hasta 1932. En el caso español, se emplaza al año 1761 el primer documento en el que la «Marcha de Granaderos» cuenta con una partitura concreta («Libro de la Ordenanza de los toques de pífanos y tambores que se tocan nuevamente en la Infantería española», pese a lo cual su origen sigue siendo motivo de controversia.

Existen indicios, no en vano, de que el himno español es incluso anterior al holandés. Como afirmó en una entrevista ABC el pasado julio Antonio Lillo Parra, responsable de los archivos musicales de la Biblioteca Central Militar, «es probable que la “Marcha de Granaderos” tenga su antecedente en la Cantiga de Alfonso X el Sabio, concretamente en la número 42. En ella hay unos compases que puede ser que inspirasen al autor». Lo cual fecharía el origen del himno a mediados del Siglo XII. Además, la «Marcha de Granaderos» también guarda ciertas similitudes con la «Pavana Real» de Enríquez de Valderrábano, fechada en el siglo XVI.

 

Observado el nacimiento de un exoplaneta por primera vez


El Pais

  • En la constelación de Tauro, a 450 años luz, hay una estrella joven en torno a la que se está formando un nuevo planeta, el primero visto desde la Tierra

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Hace 25 años los humanos no conocíamos ni un solo planeta fuera del Sistema Solar. Actualmente se han detectado ya 1.900, algunos tan similares a la Tierra que podrían albergar agua y, por tanto, vida. Pero todos esos exoplanetas hallados en menos de un cuarto de siglo son adultos. Hoy, un estudio describe las primeras observaciones directas de un planeta que está en su infancia.

El hallazgo se ha hecho en torno a un astro de la constelación de Tauro que está a unos 450 años luz. Es muy parecido al Sol y se llama LkCa 15. Se piensa que la Tierra se formó hace 4.500 millones de años a partir de un disco de polvo y gas creado por el Sol joven. Pero la formación de planetas es un proceso muy desconocido, en parte porque para los telescopios actuales es muy complejo captar la débil luz que emite un planeta naciente comparado con el gran brillo de su astro. Todo esto hace complicado entender cómo la acumulación de simples partículas de polvo y gas pueden acabar formando planetas como el nuestro, sin mencionar gigantes gaseosos como Júpiter, con un diámetro 11 veces mayor.

La formación de planetas es un proceso muy desconocido

En comparación con nuestro Sol, la LkCa 15 es una recién nacida de dos millones de años. En un estudio publicado hoy en Nature astrónomos de EE UU y Australia describen que en el disco planetario que rodea a la estrella hay un espacio vacío y, dentro de él, lo que parecen ser tres planetas. En torno al planeta b, el que más cerca está del astro, los astrónomos han observado hidrógeno a unos 9.700 grados. Los autores del hallazgo creen que tanto el vacío en el disco planetario como las altas temperaturas del gas solo pueden explicarse por el nacimiento de un planeta que está tragando material en su proceso de formación, el primero, resaltan sus autores, que se puede estudiar en directo desde la Tierra.

Los astrónomos han observado la estrella entre 2009 y 2015. Usaron telescopios con óptica adaptativa, dotados de espejos que se deforman para corregir la turbulencia de la atmósfera y captar así detalles de objetos más lejanos. Esta técnica servirá “para descubrir muchos más planetas en formación en el futuro”, opina Zhaohuan Zhu, astrónomo de la Universidad de Princeton (EE UU). A su vez, eso permitirá conocer la distribución de planetas nacientes en el universo observable y explicar mejor cómo un amasijo de partículas y gas puede convertirse, miles de millones de años después, en sistemas planetarios maduros como el nuestro.