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  • Prohibió, entre otras muchas cuestiones, que las obras se representaran de noche para «evitar los desórdenes que facilita la oscuridad en el concurso de ambos sexos»
ABC | Grabado antiguo del Teatro del Príncipe

ABC | Grabado antiguo del Teatro del Príncipe

Fernando VI recibió el sobrenombre de «Prudente» por su elevado concepto de la «dignidad». Su católica majestad llegó al trono después de que su padre, Felipe V, transformara la visión aldeana de la hasta entoces villa de los Austrias en una ciudad propia de una Corte Borbón. Palacios, puentes y jardines dieron forma a una ciudad más cosmopolita en la que, sin embargo, no lograron cambiar el espíritu hedonista de sus vecinos. Al amparo de las mancebías, las posadas de dudosa reputación y los corrales de comedias, madrileños y foráneos daban rienda suelta a su frenesí sexual cada día.

La «dudosa moralidad» de los teatros y de las obras que se representaban en ellas fue una preocupación que Fernando VI heredó con el trono. Los gobernadores, obispos y arzobispos presionaron al rey de tal modo que prohibió las representaciones en Valencia –donde ordenó derruir el coliseo– , Burgos, Lérida, Palencia, Calahorra y Zaragoza. En Madrid, donde estaban aún vigente las normas de su padre, prohibió las representaciones en diez leguas alrededor de la corte.

Los teatros de la Cruz y el del Príncipe, los más famosos de la época, pudieron seguir representando comedias siempre y cuando cumplieran una serie de normas que Fernando VI sancionó el 12 de noviembre de 1753. El objetivo: «Evitar los desórdenes que facilita la oscuridad en el concurso de ambos sexos». Entre las normas destacan las siguientes:

Que no haya embozados en los corrales; que en las puertas o entradas no haya aguadores ni fruteras; que ningún hombre entre en la cazuela –lugar reservado a las mujeres–, conversar con ellas desde las gradas o el patio; que en los aposentos principales, segundos, terceros, o alojeros, no debe haber celosías altas; que el vestuario de las mujeres sea distinto del de los hombres para que se puedan desnudar con la decencia debida; que no entren hombres a los vestuarios con pretexto alguno; Que las representaciones guarden la modestia debida no permitiendo bailes ni tonadas indecentes y provocativas.

La ley responsabilizaba además a los autores de las obras del «escándalo que pudiera ocasionar cualquier cómica de su compañía con indecencia en la forma de vestir». Además, prohibió que las actrices se disfrazaran como un hombre sobre el escenario «salvo de cintura para arriba».

El tabaco y los «bises», prohibidos

Fernando VI estableció que, por mucho que lo pidiera el público, no se repitiera sobre el escenario ningún baile ni canción. Más allá de las normas para evitar «escándalos» de índole sexual, la ley de 1753 también vigiló por mantener el orden y la seguridad dentro de los teatros. Para evitar los incendios se prohibió fumar cigarros y tabaco de pipa dentro del recinto.

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