La Cueva del Reguerillo: la «altamira» paleolítica que Madrid no supo conservar


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  • Es la cavidad más grande de la región. Fue declarada Monumento Histórico Artístico en 1944 por unos grabados rupestres de los que hoy apenas quedan rastros reconocibles
ABC Entrada y vestíbulo de la cueva del Reguerillo de Patones, en Madrid

ABC | Entrada y vestíbulo de la cueva del Reguerillo de Patones, en Madrid

La Cueva del Reguerillo, la más grande de la región, está repleta de marmitas, meandros, estalactitas y estalacmitas que han atraído a curiosos, espeleólogos y vándalos –sobre todo en las últimas décadas– y que han alterado esta cavidad sustancialmente. Las paredes donde nuestros antepasados prehistóricos trazaron sus figuras zoomorfas y antropomórficas, señales, cruces, dibujos incomprensibles, han sido eliminados y destrozados casi en su totalidad por la mano del hombre, los grafiteros y por campañas de limpieza voluntarias que, lejos de ayudar, borraron las pinturas vandálicas y, con ellas, parte de los grabados paleolíticos. Tras el desastre, la cueva fue cerrada al público en el año 2000 y así permanece, a la espera, de que los expertos puedan leer algo más en sus muros.

La primera descripción de este espacio, que tiene 8.910 metros de longitud, aparece en el diccionario geográfico y estadístico de España y Portugal de Sabastián Miñano en 1828. Fue Casiano Prado, quien en 1864, realizó el primer estudio de la zona. En 1916, el clérigo y arqueólogo francés Henri Breuil constató que esta cavidad fue utilizada como refugio de pastores.

También descubrió numerosos grabados del paleolítico superior, concretamente del periodo auriñaciense, que Manuel Maura y José Pérez de Barradas, en 1931, describieron y calcaron para su estudio. La mayoría ha sido imposible de localizar y distinguir.

Ya en aquella época, las inundaciones –provocadas por el río Lozoya– y la mano del hombre habían deteriorado los vestigios arqueológicos y paleontológicos que albergaba la cueva. Las pintadas en su interior se han sucedido desde hace siglos, hay alguna datada en 1689. El ejemplo del desastre vivido por la que hubiera podido ser la «altamira» madrileña lo representa una burda falsificación de un bisonte pintado en el vestíbulo de esta cueva.

Monumento histórico-artístico

En un intento por proteger este lugar, el comisario general de excavaciones arqueológicas, propuso en 1944 al director general de Bellas Artes, declarar la cueva Monumento Histórico – Artístico. Francisco Álvarez Osorio, a requerimiento de la Real Academia de la Historia, redactó el informe favorable para su declaración. Sin embargo, de poco ha servido.

En 2006 se llevó a cabo una prospección en la Cueva del Reguerillo en la que se pretendía autentificar o negar la existencia de manifestaciones artísticas paleolíticas, pero fue imposible. La documentación de los paneles grabados solo permitió inventariar otro tipo de representaciones post paleolíticas. El estudio fue realizado por los profesores Martí Mas, Guadalupe Torra, Rafael Maura y Mónica Solís, del departamento de Prehistoria y Arqueología de la UNED y de la Escuela Superior de Diseño y Arte «Llotja» de Barcelona.

En los años 90 se encontraron los dibujos de Francisco Benítez Mellado sobre el «gran panel», el lugar donde se encontraban grabados de un mamut, ciervos y cabras, que permiten hacerse una idea de cómo eran originariamente. Muchas figuras de estos paneles han sido cepilladas y limpiadas haciendo desaparecer los grabados existentes. Los dibujos de Benítez Mellado son, por lo tanto, el único documento para hacerse una idea de la importancia de estos grabados paleolíticos.

Presencia del oso de la cavernas

La cueva fue explorada y desobstruída entre 1955 y 1981. Durante las excavaciones paleontológicas dirigidas por Trinidad Torres, entre 1970 y 1974, se encontraron restos de oso de las cavernas (Ursus spelaeus). Un hallazgo de gran importancia, al ser la cueva del Reguerillo la que constató que Madrid fue el el punto más meridional de Europa habitado por este plantígrado extinguido. Las incursiones no profesionales en busca de restos han borrado casi las huellas paleontológicas, oseras y zarpados, que existían y que hoy son imposibles de distinguir. Según los expertos aún es fácil encontrar abundantes restos de cabra montesa (Capra ibex).

La cueva fue habitada entre el año 100.000 y 40.000. Además de los grabados auriñacenses se han encontrado restos arqueológicos del neolítico y de la Edad de Bronce, principalmente en su cima. La presencia de hogares y restos de sílex, hacen creer a los arqueólogos que los neandertales visitaron esporádicamente esta zona en el periodo musteriense. En los últimos siglos la cueva fue utilizada como refugio de pastores y ganado y prueba de ello son los tabiques y corralizas encontrados en la entrada de la cueva que hoy, solo es posible ver a través de una reja.

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