Enrique VIII, el Rey inglés que deshonró a la tía madrileña de Carlos I de España


ABC.es

  • Catalina de Aragón mantuvo el aprecio del pueblo incluso cuando su esposo la repudió y humilló públicamente para casarse con la pérfida Ana Bolena. Antes de aquello, ambos monarcas habían mantenido una fuerte alianza contra Francisco I
Enrique VIII por Hans Holbein «el Joven»

Enrique VIII por Hans Holbein «el Joven»

Entre las muchas tramas abiertas en la serie de TVE «Carlos Rey Emperador», ocupa un importante hueco la complicada relación de Enrique VIII (Àlex Brendemühl) y su mujer, la española Catalina de Aragón (Guiomar Puerta). Si bien la enemistad conjunta hacía Francia unía a ambos, la relación entre Carlos I de España (Álvaro Cervantes) y Enrique VIII quedó marcada por el trato indigno dado por el monarca inglés a la hija menor de los Reyes Católicos. La Reina consorte de Inglaterra se alzó como una inesperada figura política durante el acontecimiento más significativo de su historia moderna: la ruptura de Inglaterra con la Iglesia Católica. No en vano, la madrileña mantuvo el aprecio del pueblo incluso cuando su esposo la repudió y humilló públicamente para casarse con la pérfida Ana Bolena.

Catalina, «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina» según la describió William Shakespeare, fue una de las miembros de la Familia Real inglesa más querida por el pueblo, ya desde su llegada siendo una adolescente. Así, el 14 de noviembre de 1501, Catalina se desposó con Arturo, hermano mayor de Enrique VIII, en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año. La pareja enfermó de forma inesperada –posiblemente de sudor inglés– causando la muerte del Príncipe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria puesto que no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica. Sin embargo, con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII tomó la decisión de casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII. El Príncipe quedó prendido al instante de la belleza de la hija de los Reyes Católicos, que, además, «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», según las crónicas inglesas de la época.

Con los años, la falta de un hijo varón y la aparición de una mujer extremadamente ambiciosa, Ana Bolena -una seductora dama de la corte-, empujaron al Rey a iniciar un proceso que cambió la historia de Inglaterra y lo enfrentó directamente a Carlos I. Así, Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del Rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes. Carlos no dudó en posicionarse del lado de su tía.

Lo curioso del asunto es que Carlos I había empezado su reinado siendo un valioso aliado de Enrique VIII en la lucha de ambos contra Francisco I de Francia. El 27 de mayo de 1520, el Rey español desembarcó en Dover y se reunió inicialmente con su tía Catalina de Aragón, por entonces esposa de Enrique. Como narra Antonio Muñoz Lorente en el libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Ediciones Nowtilus, 2015), durante la primera reunión entre ambos «Enrique VIII pensó que su homólogo era medio idiota, pero el inglés no tardó en advertir que detrás de ese aspecto dubitativo, ceceante y abúlico se ocultaba un personaje que era profundamente consciente de sus responsabilidades políticas». La reunión se desarrolló finalmente en un ambiente de cordialidad e incluso familiaridad, puesto que en esencia se trataba de un asunto entre parientes.

Como si se tratara de un casting para elegir al aliado más fiable, poco después de este primer encuentro, fue Enrique VIII el que cruzó el Canal para reunirse primero con Francisco I, y luego con Carlos otra vez. Durante la serie de reuniones con Francisco I, pese a la cortesía y las promesas mutuas, lo cierto es que no terminaron de congeniar a nivel personal. Se cuenta como anécdota que el inglés agarró un día al francés del cuello y le pidió que lucharan juntos. Tras dos intentos de trabar y tirar a tierra al corpulento francés, los consejeros de Enrique le disuadieron de que siguiera con el juego. No habían sintonizado en el trato y, además, la oferta diplomática de Carlos I era más jugosa. Empezaba así una larga asociación entre España e Inglaterra.

El Papa temía más a Carlos que a Enrique

El 19 de julio de ese mismo año, el Imperio español e Inglaterra negociaron la futura boda entre la heredera inglesa, María I de Tudor, y el futuro hijo de Carlos, es decir, Felipe II. La negociación incluyó un acuerdo para que los ingleses atacaran el norte de Francia obligando a derrochar el dinero a Francisco y que, de este modo, Carlos pudiera ganar terreno en Italia. En 1523, Enrique se sumó a una ofensiva conjunta, que incluía la traición del condestable de Borbón, sobre Francia. La ofensiva fracasó cuando la peste y las inclemencias del tiempo hicieron regresar a las tropas inglesas a mitad de camino de llegar a París.

En cualquier caso, y a pesar de los volubles de las alianzas del periodo, la asociación entre Carlos y Enrique se mantuvo firme durante años y solo se vio dañada con la decisión del monarca inglés de renegar de Catalina de Aragón. Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haberse tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra». En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra».

Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después, fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. El 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija, la cual fue esposada posteriormente con Felipe II, y otra dirigida a su terrible esposo. Después de perdonarlo, terminaba con unas palabras conmovedoras hacia Enrique: «Finalmente, hago este juramento: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós». El color negro de su corazón, indicio de que sufrió algún tipo de cáncer, propagó por Inglaterra el rumor de que había sido envenenada por orden del Rey.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s