¿Fue el bandolero Luis Candelas el primer «playboy» de Madrid?


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  • Con marcados rasgos masculinos, desde muy joven se esmeró en cultivar su apariencia y modales

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«He sido pecador como hombre, pero nunca se mancharon mis manos con sangre de mis semejantes», dijo el bandolero Luis Candelas antes de ser ejecutado, en 1837, a garrote vil en la plaza de la Cebada. La cita, acompañada por un guiño a la patria («sé feliz»), explica en parte la estima que su nombre despierta casi dos siglos después, considerado como una suerte de patrimonio heróico de Madrid. La leyenda sobre el personaje, igualmente, reserva un espacio a su fama de adulador, con la presunción popular de que durante años se dedicó a conquistar mujeres pudientes para vivir a su costa.

Con sugerente pelambrera negra bajo el pañuelo, patillas anchas e hirsutas sobre su masculino rostro, desde muy joven trató de cultivar su apariencia y modales. Acaso por su esmerada apostura, huidiza de su condición humilde, tuvo una habilidad especial para engatusar a las féminas. No fue difícil ganarse su confianza y conseguir incluso que le prestaran sus joyas. Más allá de los cuarenta robos por los que fue condenado, en sus primeros años como bandolero, entre 1823 y 1830 aproximadamente, sobrevivió gracias a las mujeres a las que había seducido con sus calculadas formas. Una de ellas fue Lola «La Naranjera», una figura a caballo entre la leyenda y la Historia y que lo salvó de la cárcel en varias ocasiones.

«La Naranjera», con amigos influyentes en la corte de Fernando VII, fue durante un tiempo la amante de Luis Candelas, algo que le ocasionó en cualquier caso más disgustos que alegrías, pues también era pretendida por el propio rey. El carácter canalla y rebelde de Candelas, aunque atractivo para ciertas conquistas, fue su condena. Nacido en el barrio de Lavapiés en 1806, fue considerado durante un tiempo como «el enemigo público número uno», el bandido más buscado. Sea como fuere, acabó víctima de la España absolutista en la que le tocó vivir.

Enrique VIII, el Rey inglés que deshonró a la tía madrileña de Carlos I de España


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  • Catalina de Aragón mantuvo el aprecio del pueblo incluso cuando su esposo la repudió y humilló públicamente para casarse con la pérfida Ana Bolena. Antes de aquello, ambos monarcas habían mantenido una fuerte alianza contra Francisco I
Enrique VIII por Hans Holbein «el Joven»

Enrique VIII por Hans Holbein «el Joven»

Entre las muchas tramas abiertas en la serie de TVE «Carlos Rey Emperador», ocupa un importante hueco la complicada relación de Enrique VIII (Àlex Brendemühl) y su mujer, la española Catalina de Aragón (Guiomar Puerta). Si bien la enemistad conjunta hacía Francia unía a ambos, la relación entre Carlos I de España (Álvaro Cervantes) y Enrique VIII quedó marcada por el trato indigno dado por el monarca inglés a la hija menor de los Reyes Católicos. La Reina consorte de Inglaterra se alzó como una inesperada figura política durante el acontecimiento más significativo de su historia moderna: la ruptura de Inglaterra con la Iglesia Católica. No en vano, la madrileña mantuvo el aprecio del pueblo incluso cuando su esposo la repudió y humilló públicamente para casarse con la pérfida Ana Bolena.

Catalina, «la Reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina» según la describió William Shakespeare, fue una de las miembros de la Familia Real inglesa más querida por el pueblo, ya desde su llegada siendo una adolescente. Así, el 14 de noviembre de 1501, Catalina se desposó con Arturo, hermano mayor de Enrique VIII, en la catedral de San Pablo de Londres, pero el matrimonio duró tan solo un año. La pareja enfermó de forma inesperada –posiblemente de sudor inglés– causando la muerte del Príncipe. En los siguientes años, la situación de la joven fue muy precaria puesto que no tenía quien sustentara su pequeño séquito y su papel en Inglaterra quedó reducido al de viuda y diplomática al servicio de la Monarquía hispánica. Sin embargo, con la intención de mantener la alianza con España, y dado que todavía se adeudaba parte de la dote del anterior matrimonio, Enrique VII tomó la decisión de casar a la madrileña con su otro hijo, Enrique VIII. El Príncipe quedó prendido al instante de la belleza de la hija de los Reyes Católicos, que, además, «poseía unas cualidades intelectuales con las que pocas reinas podrían rivalizar», según las crónicas inglesas de la época.

Con los años, la falta de un hijo varón y la aparición de una mujer extremadamente ambiciosa, Ana Bolena -una seductora dama de la corte-, empujaron al Rey a iniciar un proceso que cambió la historia de Inglaterra y lo enfrentó directamente a Carlos I. Así, Enrique VIII propuso al Papa una anulación matrimonial basándose en que se había casado con la mujer de su hermano. El Papa Clemente VII, a sabiendas de que aquella no era una razón posible desde el momento en que una dispensa anterior había certificado que el matrimonio con Arturo no era válido (no se había consumado), sugirió a través de su enviado el cardenal Campeggio que la madrileña podría retirarse simplemente a un convento, dejando vía libre a un nuevo matrimonio del Rey. Sin embargo, el obstinado carácter de la Reina, que se negaba a que su hija María fuera declarada bastarda, impidió encontrar una solución que agradara a ambas partes. Carlos no dudó en posicionarse del lado de su tía.

Lo curioso del asunto es que Carlos I había empezado su reinado siendo un valioso aliado de Enrique VIII en la lucha de ambos contra Francisco I de Francia. El 27 de mayo de 1520, el Rey español desembarcó en Dover y se reunió inicialmente con su tía Catalina de Aragón, por entonces esposa de Enrique. Como narra Antonio Muñoz Lorente en el libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Ediciones Nowtilus, 2015), durante la primera reunión entre ambos «Enrique VIII pensó que su homólogo era medio idiota, pero el inglés no tardó en advertir que detrás de ese aspecto dubitativo, ceceante y abúlico se ocultaba un personaje que era profundamente consciente de sus responsabilidades políticas». La reunión se desarrolló finalmente en un ambiente de cordialidad e incluso familiaridad, puesto que en esencia se trataba de un asunto entre parientes.

Como si se tratara de un casting para elegir al aliado más fiable, poco después de este primer encuentro, fue Enrique VIII el que cruzó el Canal para reunirse primero con Francisco I, y luego con Carlos otra vez. Durante la serie de reuniones con Francisco I, pese a la cortesía y las promesas mutuas, lo cierto es que no terminaron de congeniar a nivel personal. Se cuenta como anécdota que el inglés agarró un día al francés del cuello y le pidió que lucharan juntos. Tras dos intentos de trabar y tirar a tierra al corpulento francés, los consejeros de Enrique le disuadieron de que siguiera con el juego. No habían sintonizado en el trato y, además, la oferta diplomática de Carlos I era más jugosa. Empezaba así una larga asociación entre España e Inglaterra.

El Papa temía más a Carlos que a Enrique

El 19 de julio de ese mismo año, el Imperio español e Inglaterra negociaron la futura boda entre la heredera inglesa, María I de Tudor, y el futuro hijo de Carlos, es decir, Felipe II. La negociación incluyó un acuerdo para que los ingleses atacaran el norte de Francia obligando a derrochar el dinero a Francisco y que, de este modo, Carlos pudiera ganar terreno en Italia. En 1523, Enrique se sumó a una ofensiva conjunta, que incluía la traición del condestable de Borbón, sobre Francia. La ofensiva fracasó cuando la peste y las inclemencias del tiempo hicieron regresar a las tropas inglesas a mitad de camino de llegar a París.

En cualquier caso, y a pesar de los volubles de las alianzas del periodo, la asociación entre Carlos y Enrique se mantuvo firme durante años y solo se vio dañada con la decisión del monarca inglés de renegar de Catalina de Aragón. Pese a las amenazas de Enrique VIII hacia Roma, Clemente VII temía todavía más las de Carlos I, quien había saqueado la ciudad en 1527, y prohibió que Enrique se volviera a casar antes de haberse tomado una decisión. Anticipado el desenlace, Enrique VIII tomó una resolución radical: rompió con la Iglesia Católica y se hizo proclamar «jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra». En 1533, el Arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, declaró nulo el matrimonio del Rey con Catalina y el soberano se casó con Ana Bolena, a la que el pueblo denominaba «la mala perra».

Enrique privó a Catalina del derecho a cualquier título salvo al de «Princesa Viuda de Gales», en reconocimiento de su estatus como la viuda de su hermano Arturo, y la desterró al castillo del More en el invierno de 1531. Años después, fue trasladada al castillo de Kimbolton, donde tenía prohibido comunicarse de forma escrita y sus movimientos quedaron todavía más limitados. El 7 de enero de 1536, antes de morir a causa posiblemente de un cáncer, Catalina de Aragón escribió una carta a su sobrino Carlos I pidiéndole que protegiera a su hija, la cual fue esposada posteriormente con Felipe II, y otra dirigida a su terrible esposo. Después de perdonarlo, terminaba con unas palabras conmovedoras hacia Enrique: «Finalmente, hago este juramento: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós». El color negro de su corazón, indicio de que sufrió algún tipo de cáncer, propagó por Inglaterra el rumor de que había sido envenenada por orden del Rey.

Crece el misterio de las manchas blancas de Ceres


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  • Los investigadores especulan con que podrían ser algún tipo de sales pero no se ha logrado encontrar aún la fuente de ese material
NASA/JPL-Caltech/UCLA/MPS/DLR/IDA/PSI Vista detallada y en falso color del cráter Occatos y sus extrañas manchas brillantes

NASA/JPL-Caltech/UCLA/MPS/DLR/IDA/PSI
Vista detallada y en falso color del cráter Occatos y sus extrañas manchas brillantes

Por ahora, todos los esfuerzos han resultado inútiles. Y es que Ceres, el planeta enano que reina en el Cinturón de Asteroides, entre las órbitas de Marte y Júpiter, sigue empeñado, en efecto, en ocultar a los científicos el origen de las intrigantes manchas blancas que brillan en el centro de algunos de sus cráteres.

Durante esta semana, se celebra en la localidad francesa de Nantes la Conferencia Europea de Ciencias Planetarias, y Ceres (que tiene un diámetro de 950 km.) está siendo uno de los temas estrella de esta edición del evento. Allí, los investigadores desgranan estos días sus hipótesis, pero admiten que, a pesar de queDawn lleva orbitando a Ceres ya seis meses, el origen de las manchas sigue siendo desconocido.

Las manchas fueron vistas por primera vez justo en el centro del cráter Occator poco antes de que la sonda Dawn llegara a su destino, el pasado 6 de marzo. Antes, en 2011 y 2012, la nave había visitado Vesta, otro de los grandes cuerpos del Cinturón de Asteroides. Ya desde lejos, se apreciaba en Ceres un brillo intrigante, de intensidad casi metálica y que despertó de inmediato la curiosidad de los investigadores de la misión. Pero a medida que la nave se acercaba a su destino, fueron apareciendo más manchas del mismo tipo en otros cráteres del planeta enano.

Desde entonces, se han formulado toda clase de hipótesis: ¿Se trata de volcanes? ¿Quizá de masas de hielo que destacan sobre la oscura roca? ¿Podrían ser depósitos de sal? ¿O puede que, sencillamente, sean rocas que han aflorado a la superficie más recientemente que las de su entorno y no han sido castigadas (y oscurecidas) aún lo suficiente por la radiación solar?

Los investigadores han aportado nuevas y detalladas imágenes, en las que las manchas aparecen ya en toda su extensión, y no como simples puntos brillantes. Y por ahora, su mejor explicación es que parece tratarse de algún tipo de sales. Aunque, admiten, se trata de una simple especulación.

En palabras de Chris Russel, de la Universidad de California e investigador principal de la misión Dawn «no hemos logrado encontrar la fuente de ese material blanco. Creemos que se trata de sales que, de algún modo, han encontrado un camino hasta la superficie. Hemos medido su extensión, y sus contornos, y tratamos de comprender lo que esas variaciones en el terreno de los cráteres están queriendo decirnos». «Seguimos buscando ideas –concluye el investigador– pero aún no hemos resuelto el problema».

El nuevo set de datos revelado por los científicos en Nantes incluye un nuevo mapa topográfico de Ceres que permite observar con detalle los accidentes de su superficie. E imágenes en colores codificados que muestran las diferentes elevaciones del terreno. Lo cual ha permitido descubrir otras «rarezas» en el planeta enano, como por ejemplo una montaña de extrañas formas, que se eleva a una altura de 6 km. sobre un terreno completamente llano y cuyo aspecto, según Russel, no se parece en nada al resultado de cualquier proceso geológico conocido. «Estamos teniendo serias dificultades para entender cómo se formó esa montaña», explicó el investigador.

Durante este mismo mes, la sonda Dawn se acercará a su órbita definitiva alrededor de Ceres, a unos 375 km. Actualmente se encuentra a más del doble de distancia. Y de ahí no volverá a moverse. Aunque su misión nominal no pasa de mediados del año próximo, la Dawn se convertirá en un punto más del cielo de ese mundo extraterrestre y extraño. «No vamos a dejar Ceres –asegura Russel–. Vamos a estar en la órbita de Ceres para siempre».

Los interrogantes abiertos sobre la extraña muerte del Papa Juan Pablo I


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  • Según cuenta su secretario, el irlandés John Magee, «Luciani no dejaba de repetir que ya lo haría el próximo Papa» cada vez que se le preguntaba por viajes o proyectos a meses vista
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ABC | Albino Luciani, patriarca de Venecia entonces, acompaña a Pablo VI, a la izquierda, durante su visita a la ciudad

A finales de septiembre de hace 37 años, el Papa Juan Pablo I fallecía de un infarto solo 33 días después de iniciar un papado que prometía inyectar aire nuevo a la Iglesia católica. Las extrañas circunstancias de su muerte y el hecho de que nunca se le realizara oficialmente una autopsia han alimentado durante décadas las teorías de la conspiración más enrevesadas. ¿Había un sector eclesiástico preocupado por las posibles reformas que trajera consigo el nuevo pontífice? Desde luego, más allá del fangoso campo de las conspiraciones, siguen existiendo demasiados interrogantes sobre una muerte que marcó 1978, «el año de los tres papas».

Si bien el tiempo que el italiano Albino Luciani, de 65 años, ocupó la silla de San Pedro fue muy breve, más lo fue el tiempo que tardaron en elegirle en el cónclave de agosto de 1978, el más corto del siglo XX. Albino Luciani, que había nacido en la pequeña localidad italiana de Forno di Canale (Belluno) escogió el primer nombre compuesto para un pontífice, Juan Pablo, gesto con el que pretendía honrar a sus dos predecesores, Juan XXIII, que le nombró obispo, y a Pablo VI, que le nombró Patriarca de Venecia y cardenal. No en vano, la rapidez con la que fue elegido en el cónclave no significaba, ni mucho menos, que hubiera una única corriente durante elección. Los cardenales estaban agrupados en sus preferencia entre los conservadores, que apoyaban al cardenal Giuseppe Siri; los más «progresistas», con Giovanni Benelli como candidato; los cardenales internacionalistas, organizados en torno a Karol Wojtyla, el futuro Juan Pablo II; y finalmente la corriente mayoritaria a favor de Luciani.

La elección de Juan Pablo, en cualquier caso, trajo consigo una primera renovación de al menos la superficie. El Papa eligió como lema de su papado la expresión latina «Humilitas» (humildad), lo que se reflejó en su polémico rechazo de la coronación y de la tiara papal (la corona usada desde el siglo VIII) en la ceremonia de entronización, sustituyéndola por una simple investidura. Sin apenas tiempo de entrar en renovar el contenido, Juan Pablo entusiasmó a los católicos por su humildad y sus dotes comunicativos, pero parecía en todo momento convencido de que su paso por el Vaticano iba a ser una cuestión de meses.

La impresión de que su Papado sería breve

Según cuenta su secretario, el irlandés John Magee, «Luciani no dejaba de repetir que ya lo haría el próximo Papa» cada vez que se le preguntaba por viajes o proyectos a meses vista, como cuando le plantearon que debía preparar el encuentro con los obispos de Iberoamérica en la localidad de Puebla, en México, el mes de marzo de 1979, donde debía de pronunciarse sobre la teología de la liberación. Pocos días antes de morir, el Papa llegó asegurar según Magee: «Yo me marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de mí, ocupará mi lugar». Esta referencia, no obstante, ha sido entendida como dirigida al polaco Juan Pablo II, que se encontraba casi de frente a Luciani durante el cónclave de agosto de 1978.

Más allá de esta especie de premonición, hubo otra cuestión que enrareció el breve paso de Luciani por la silla de San Pedro. El 5 de septiembre, Juan Pablo I recibió a Boris Rotov, Nikodim, representante de la Iglesia ortodoxa rusa en Leningrado y, lo que quizá no sabía el pontífice, un agente de la KGB. Nada más retirarse a hablar en privado, Nikodim se desplomó y murió súbitamente de un ataque cardíaco, como semanas después haría el propio Pontífice. La muerte de Nikodim, de 49 años, impactó a Juan Pablo I, que pasó varias noches sin dormir preguntándose sobre la naturaleza del incidente. Con Nikodim, además, fallecía posiblemente el prelado ortodoxo más valioso para la inminente negociación con la Unión Soviética, de la que Juan Pablo II daría buena cuenta. Nikodim, de hecho, había participado supuestamente en la negociación de un acuerdo secreto en 1960 entre la URSS y miembros del Vaticano para autorizar la participación ortodoxa en el Concilio Vaticano II a cambio de la no condena del comunismo ateo durante las asambleas conciliares.

El 29 de ese mismo mes, Juan Pablo I fue encontrado muerto en su cama poco antes del amanecer y solo 33 días después de su elección. Según las fuentes oficiales, el Papa «de la sonrisa», de 65 años, murió de un infarto vinculado al estrés ocasionado por las presiones del cargo, pero en realidad no fue posible hacerle una autopsia ya que la familia no lo autorizó y no era habitual en los pontífices fallecidos. La opacidad habitual en los asuntos vaticanos no ayudó precisamente a la hora contener los rumores maliciosos.

La buena salud de Luciano puesta en cuestión

Con el transcurso de los años se supo, de hecho, que muchos de los detalles más básicas de la versión oficial eran falsos. Por un lado no fue su secretario, John Magee, la primera persona en hallar el cadáver del Pontífice, sino una de las religiosas que se encargaban del trabajo doméstico, lo cual fue ocultado para que no fuera tergiversada la presencia de una mujer en el dormitorio. En 1991, la familia del fallecido Papa reveló también que la muerte no le sobrevino en la cama, sino en su escritorio; y que sí se le habría realizado una autopsia, según apuntaron algunos informes. Otra cuestión importante, defendida por su médico, Da Ros, es que Luciani gozaba de buena salud y no había registrado problemas cardíacos graves antes del infarto, «salvo porque tenía la tensión un poco baja», lo cual contradice la idea aceptada de que fue la presión la que deshilachó en cuestión de un mes la ya de por sí maltrecha salud del Pontífice.

Consciente de la fuerza de las especulaciones, Juan Pablo II, que tomó ese nombre en honor a su antecesor, abrió en 1988 las puertas del Vaticano al periodista John Cornwell para que profundizara en su investigación sobre la muerte del Pontífice, trabajo que quedó materializado en el libro «Como un ladrón en la noche. La muerte del papa Juan Pablo I». La conclusión, sin embargo, resultó una decepción para el mundo de la conspiración: Cornwell creía inverosímil que el Papa hubiera sido asesinado, aunque planteaba más probable que la falta de apoyo entre una curia desconfiada hacia él y el elevado volumen de papeleo sepultaran su salud produciéndole una embolia pulmonar en la noche de su muerte.

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Wikipedia |Tumba de Juan Pablo I en las grutas vaticanas

Por supuesto, el libro de Cornwell no terminó con los interrogante ni convenció a la mayoría de los amantes de las teorías de la conspiración, que vieron en el escritor un hombre contratado por el propio Vaticano para consolidar definitivamente la versión oficial. Tras el libro de Cornwell, otras investigaciones han retomado en varias ocasiones la teoría del envenenamiento como hiciera el sacerdote español Jesús López Sáez, que plantea en el resultado de 25 años de investigación, «El día de la cuenta» (Meral Ediciones, 2005), que el sumo pontífice fue envenenado con una fuerte dosis de un vasodilatador. Así y todo, la última palabra sobre el tema parece condenada a no escribirse nunca.