El mito de los caballeros medievales que asolaron Europa


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  • Con motivo de la celebración del II Torneo de Combate Medieval repasamos cómo iban armados estos «carros de combate» del medievo
WiKIMEDIA Dos caballeros con armadura completa se enfrentan a lomos de sus monturas

WiKIMEDIA | Dos caballeros con armadura completa se enfrentan a lomos de sus monturas

En la actualidad, Hollywood ha logrado que la época medieval tenga cierto halo de misticismo. No es para menos, pues imaginarse a un caballero embutido en una armadura completa y dándose de mamporros contra decenas de enemigo con el objetivo de salvar a una dama encandila a cualquiera. Aunque esta imagen no es totalmente real (pues dichos jinetes no dedicaban su vida a rescatar doncellas en apuros, sino más bien a la guerra y a las armas) lo cierto es que sus creencias, así como la importancia que daban a elementos como la honra y la honestidad, han hecho que el mito de la caballería haya quedado grabado con letras de oro en las páginas de la Historia. Lo mismo sucede con la parte más representativa de su equipo: su indumentaria defensiva y sus armas. Dos elementos cuyo manejo y calidad podían significar la diferencia entre la vida y la muerte durante los siglos XIV y XV.

Puede que parezca que hoy en día el mundo de la caballería ha pasado a mejor vida. Sin embargo, está más de actualidad que nunca. Y es que, los próximos 10, 11 y 12 de octubre se celebrará en el Castillo de Belmonte (el mismo en el que el Marqués de Villena firmó con los Reyes Católicos la paz después de aliarse con los portugueses para evitar la ascensión de Isabel al trono) el II Torneo Internacional de Combate Medieval. Un campeonato en el que más de 300 contendientes se vestirán de arriba a abajo con una armadura igual a la que llevaban los caballeros medievales y se darán de mamporros en un torneo con reglas similares a las que tenían los que se celebraban hace seis siglos.

Para saber más: Desafío Belmonte 2015, tarifas y programa

Concretamente, este deporte trata de representar los combates que los caballeros realizaban a pie con todo tipo de armas (desde espadas hasta mazas) para ganar honor, alguna que otra moneda apostando y habilidad. «En España el combate medieval se practica aproximadamente desde hace dos años de forma oficial. A finales de 2014 se empezó a trabajar para hacer una selección nacional. Llevamos poco en comparación con los equipos de Europa del Este, que lo practican desde hace 20 años, pero tenemos muchas ganas» explica, en declaraciones a ABC, José Gil Perujo, recreador histórico, miembro de la Asociación española de esgrima antigua, y perteneciente también a uno de los equipos de este deporte de nuestro país. Todo ello será acompañado por un mercado de artesanía medieval y otras tantas actividades que incluirán la recreación de la vida en un campamento militar de aquellos oscuros años, halconera con 16 aves rapaces y exhibiciones para los más pequeños de la casa.

Los comienzos del caballero

Para entender la importancia de los hombres montados es necesario retroceder en el tiempo hasta el siglo VIII, época en la que el término «caballero» no era asociado todavía a noble. Y es que, aunque los jinetes habían existido como tal desde tiempos inmemoriales, fue durante ese tiempo cuando se generalizó en Europa el uso del estribo (una pieza en la que el jinete apoya el pie y le permite sujetarse sin manos a la silla de montar).

Aunque este elemento pueda parecer baladí, algo tan sencillo permitió a los caballeros cargarse de armaduras y armamento y convertirse en el auténtico terror de los soldados a pie. Esa sujeción fue perfeccionada posteriormente mediante diferentes elementos como sillas más profundas o arzones. «En los siglos IX y X estos progresos se extienden y favorecen el combate a caballo, con lanzas todavía cortas […] que se utilizan como venablos o armas de estocada», explican los historiadores especializados en la época medieval Jacques Le Goff y Jean-Claude Schmitt en su obra «Diccionario razonado del Oriente medieval».

Castillo de Belmonte

Castillo de Belmonte

Con el paso de los siglos, se perfeccionó la función del jinete mediante la creación de lanzas extremadamente largas (de unos cuatro a cinco metros) que el caballero usaba para atacar a sus enemigos mediante un método tan simple como efectivo. «El denominado “choque frontal” consistía en utilizar la lanza, que el jinete mantenía firmemente encajada bajo el brazo, en posición horizontal fija. Con este nuevo método la […] eficacia de la lanza ya no dependerá de la fuerza del brazo del guerrero, sino de la rapidez de su caballo. El jinete forma un bloque con su montura y ese “proyectil vivo” se aprovecha de todo el poder que le confiere el galope del caballo. La carga compacta de los caballeros […] adquiere una fuerza de penetración temible, capaz de desbaratar las líneas adversarias y de provocar el espanto», destacan los expertos.

La efectividad de estos «carros de combate» medievales (como son conocidos por múltiples historiadores) hacía que todos los mandameses de la época estuvieran ansiosos por contar con ellos. No obstante, era sumamente caro para los soldados poder mantener una montura y unas armas y armaduras como las que portaban los caballeros, por lo que esta práctica empezó a estar copada por las altas esferas de la sociedad de entonces, la nobleza.

Es quizá por eso por lo que ambos términos han llegado a la actualidad casi como sinónimos. Con todo, a día de hoy se desconoce por qué se acabó haciendo esta asociación entre ambos términos. «Ser caballero era algo mucho más importante que ser un simple soldado; un caballero debía personificar los principios de la caballería, debía ser un dechado de virtudes. El valor, la lealtad, la generosidad y la piedad eran sus principales vitales», explica Michael Prestwich en su obra «Caballero: el manual del guerrero medieval».

Tipos de caballeros desde el comiendo de la Edad Media

Esta evolución provocó, a su vez, que nacieran varios tipos de caballeros medievales desde el siglo XII atendiendo a la finalidad que tuvieran a la hora de repartir bofetones entre sus enemigos. En primer lugar se destacaban los «caballeros cubiertos», un título que se otorgaba de forma hereditaria y que -además de ser representativo de la alta nobleza- implicaba una serie de privilegios como no tener que quitarse el yelmo ante el monarca.

Los segundos eran los que pertenecían a las órdenes militares, aquellos que decidían tomar las armas como una profesión y dedicaban su vida a ello. Estos se correspondían con grupos de jinetes que se unían bajo una orden estratificada y de carácter marcial. La primera de ellas, y en la que estuvieron basadas el resto, fue la del Temple. «Obedecían a un maestre, seguían unas reglas y se comprometían a defender a los peregrinos por los caminos que llevaban a Jerusalén. […] Orden militar no es lo mismo que orden de caballería. Las sociedades occidentales han producido, en distintos momentos de su historia, «caballerías», órdenes de caballería, pero eran solo unidades», explica, en este caso, Alain Demurger en su obra «Caballeros de Cristo: templarios, hospitalarios, teutónicos y demás órdenes militares en la Edad Media».

Finalmente, el último tipo era el que estaba formado por los «caballeros andantes», los que vagaban por el mundo llevando a cabo buenas acciones de manera solitaria. «Inspirados por los ideales del amor cortés, ran siervos de una dama a quién debían fidelidad amorosa y a quién dirigían sus pensamientos más generosos y el mérito de sus hazañas. El caballero debía poseer virtudes propias y virtudes distintivas. Las propias eran la castidad, la generosidad, el sacrificio, la caridad…, aquellas virtudes que conformaban su personalidad y su espíritu», determinan Aurelio González y María Teresa Miaja en su obra «Introducción a la cultura medieval».

El equipo de un caballero de finales del siglo XIV

Debido a que al hablar de «caballero medieval» estamos haciendo referencia a un jinete que perduró durante más de cuatro siglos, es lógico pensar que su equipo fue evolucionando con el paso de los años. Sin embargo, las armas y armaduras más representativas de estos soldados son las que portaron a finales del siglo XIV y principios del XV. Y es que, son las más habituales en las películas.

Paños «menores»

Antes de ponerse la parafernalia defensiva, todo caballero que se preciara debía vestirse con una primera protección del cuerpo que se ubicaba encima del torso. Usualmente, todas estas prendas eran utilizadas para amortiguar los golpes y evitar que la armadura rozase directamente la piel.

1-Gambesón

El gambesón era un camisón de tela gruesa que evitaba que el frio metal pellizcase la piel de su portador. Solía estar fabricado de cuero, lana o lino. Estaba relleno de la parte más burda y barata de la lana o, si el portador contaba con unos buenos ahorros, de algodón. El más habitual era de grandes dimensiones que llegaba hasta las rodillas de manga larga, aunque también destacaban los de dos piezas o los de manga corta.

«A efectos prácticos era una colcha que amortiguaba los golpes que se daban sobre la armadura. Sin este elemento las placas rozarían la piel y serían sumamente molestas. Usualmente iban cosidas al gambesón varias piezas de cota de malla para evitar los golpes que se pudiera hacer a través de un hueco de la armadura», explica Gil Perujo a ABC.

2-Cofia

La cofia era la versión militar de la crespina, una prenda utilizada para proteger la parte superior de la cabeza. Era de tela y se fijaba a la cabeza mediante dos trozos de tiras de tela que se ataban en la parte inferior de la barbilla. «Estaba acolchada y servía para aislar el cuero cabelludo del roce del yelmo», explica el investigador y divulgador histórico Sebastián Roa en su obra «El ejército de Dios».

Armadura

La armadura del caballero del siglo XIV es uno de los elementos que ha hecho que esta época histórica haya perdurado en nuestras mentes. Y es que, además de ser espectacular, supuso una auténtica revolución que permitió a los jinetes ir cubiertos de arriba a abajo de metal. Una gran ventaja ante los arcos y las estocadas enemigas. Con ella, se puso fin así a los problemas que ofreció la cota de malla durante el siglo XIII (un camisón formado por múltiples anillas de metal que, aunque protegía de los cortes, se rompía fácilmente a las punzadas y los golpes). «A esa primitiva cota de malla se le fueron añadiendo piezas de metal hasta completar una armadura completa», completa el recreador.

Se caracterizaban porque estaban elaboradas por herreros de forma artesanal, pieza por pieza, y por ser sumamente caras. De hecho, no toda la población podía permitirse una. Así lo afirma Prestwich en su obra, donde hace un desglose de lo que un militar (que solía cobrar 2 chelines ingleses al día) debía pagar para hacerse con las diferentes piezas de la armadura. Así pues (y sabiendo que -en la actualidad- una libra es equivalente a 20 chelines) este soldado debía pagar 6 libras y 6 chelines por la silla de montar o 8 libras y 6 libras y 8 peniques por dos pares de guanteletes.

Dos caballeros, durante la exhibición en el castillo de Belmonte Manuel P. Villatoro

Dos caballeros, durante la exhibición en el castillo de Belmonte
Manuel P. Villatoro

Lo cierto es que el coste estaba justificado, pues en una buena parte de los casos la armadura era fabricada expresamente para el caballero y contaba con un aura de misticismo que la hacía todavía más valiosa. «Durante la Edad Media, el equipo del caballero gozó de una naturaleza sagrada […] La armadura pesada, esa apariencia de hombre de hierro, de cuerpo humano acorazado, será la que configure y diferencie su imagen. Esta sensación de invulnerabilidad psiquica y física producida por la armadura hizo del caballero medieval casi un semidiós. […] El tratamiento artístico […] aplicado para el armamento ceremonial […] convirtió las armaduras de placas medievales en verdaderas joyas de orfebrería con decoración y programa iconográfico generalmente épico», señala la historiadora Carmen Vallejo Naranjo en su dossier «El ocaso de la caballería medieval y su pervivencia iconográfica en la Edad Moderna».

La armadura completa que solían portar los caballeros pesaban habitualmente entre 25 y 30 kilos. Una cantidad que puede parecer extrema pero que, por el contrario, les permitía moverse con cierta libertad, subirse al caballo sin ayuda de nadie y, por descontado, les ofrecía más protección que las viejas cotas de malla.

1-Partes de la armaduras (de arriba a abajo)

A-Yelmo. La parte indispensable de toda armadura -y también la más cara debido a que su función era proteger la cabeza, una de las partes de mayor importancia del cuerpo- era el yelmo. Estos cascos sufrieron una considerable evolución desde el siglo XIII. Y es que, por entonces los caballeros portaban el denominado «gran yelmo», que se caracterizaba por ser tosco, con forma de cubo, y de una sola pieza.

«Era una enorme pieza de metal que descansaba sobre los hombros. […] Solía tener la parte superior plana, lo que facilitaba su fabricación», explica Prestwich. Su peso era tal que lo mejor era ponérselo únicamente cuando se fuera a combatir. A partir del siglo XIV el yelmo sufrió una gran evolución y se le añadió una «visera» que se podía abrir y cerrar (la cual protegía el rostro) y empezó a adquirir nuevas formas.

B-Coraza. Una pieza bastante revolucionaria en el siglo XIV. Se correspondía con la parte de la armadura que cubría el torso y en la que, además, se enganchaban algunos otros elementos. Estaba formada por:

b.1. Un peto que protegía la parte delantera del cuerpo.

b.2. Un espaldar que, como su propio nombre indica, salvaguardaba la espalda de los golpe de los enemigos.

b.3. Un faldón, una pieza utilizada para proteger la cintura.

b.4. Las escarcelas, dos piezas metálicas que, asidas al peto, servían para proteger las caderas. Solían llegar hasta medio muslo.

Daniel de la Flor, preparado para combatir Manuel P. Villatoro

Daniel de la Flor, preparado para combatir
Manuel P. Villatoro

C-La protección del brazo la otorgaban varios elementos. En primer lugar se destacaba la hombrera, una pieza que protegía el hombro y en la que se solía ubicar el escudo de armas. Bajo ella, el ristre servía para que el brazo no sufriera daños. A continuación se ubicaba el codal, ideado para proteger el codo y encargado de unir el ristre con la siguiente pieza, el brazal (que aseguraba el antebrazo). Finalmente, el guantelete era el encargado de proteger la mano.

D-Por su parte, la pierna del caballero era protegida en primer lugar por el quijote (para el muslo); la rodillera (para la rodilla); la greba (para la espinilla) y el escarpe (encargado se salvaguardar el pie).

En el siglo XIV, la armadura solía cubrirse finalmente con una túnica amplia. Con todo, esta prenda terminó pasando de moda.

Armas y defensas

1-Armas principales.

Desde que el «caballero medieval» comienza a dominar los campos de batalla de Europa, en su equipo se destacan dos armas principales. La primera fue la lanza, que comenzó teniendo una extensión de apenas dos metros pero que, con el paso de los años, llegó a contar con hasta cuatro y cinco. Solía portarse de forma vertical hasta que se entraba en batalla.

Cuando la lanza se rompía durante la carga, el caballero usaba la espada, un arma con la que, desde los comienzos del siglo XI, tenía una relación especial. Tal y como señalan Le Goff y Schmitt en su obra, estas fueron ganando en tamaño y en peso hasta el siglo XIV, cuando llegaron a medir hasta 1 metro 30. Dependiendo de su extensión eran portadas a dos manos o a una.

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

Curiosamente, no todos los jinetes sabían utilizarlas. «La esgrima la trabajaban aquellos que podían pagarse un maestro. Usualmente los que solían aprender técnicas determinadas eran los escuderos, que trabajaban a las órdenes de un caballero y, como tal, aprendían de él gratuitamente. El resto de los soldados no solían tener acceso a ello. En primer lugar porque no sabían leer y debían aprenderlo de alguien, en segundo, porque no tenían dinero», determina Gil Perujo.

2-Armas secundarias (usadas a pie y a caballo, a veces solo en los torneos)

-Hacha (corta y larga)

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

-Bracamante o bracamarte. «Era una mezcla entre espada y hacha para que, con la inercia que tomase, se hiciese una gran fuerza», determina el recreador histórico. Contaba con un filo y era abombada en su parte superior.

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

-Maza.

Manuel P. Villatoro

Manuel P. Villatoro

3-Escudo.

Una pieza indispensable pero que, según fueron pasando los siglos, se fue haciendo más pequeña. En principio solían tener un tamaño considerable y su parte inferior estaba acabada en punta. Iba unido mediante unos correajes al brazo. «Había caballeros que se clavaban el escudo a la armadura para evitar que se moviese. Con todo, y a pesar de estar fijado, había que hacer cierta fuerza para que no se cayera», informa a ABC el recreador histórico y luchador de combate medieval Daniel de la Flor Sánchez.

«Los correajes eran enganchados mediante una hebilla o mediante el sistema de “lengua de serpiente” (en el que partían un trozo de cuero en dos, hacían dos agujeros y los unían mediante un nudo). Esta última era la opción barata. Los que tenían el dinero y podían comprar una pieza de metal usaban la primera», explica, en este caso, Gil Perujo. El escudo llevaba también un cierre en la mano para evitar que se abriese.

La loncha de carne que decidió el lugar donde se levanta el Palacio de Liria


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  • En 1767 comenzaron las obras de la residencia de la Casa de Alba en Madrid. Un palacio, considerado la vivienda particular más grande de la capital, construido en una zona muy «saludable»

 

MATIAS NIETO Palacio de Liria, residencia de la Casa de Alba en Madrid

MATIAS NIETO | Palacio de Liria, residencia de la Casa de Alba en Madrid

Casi dos décadas tardaron en levantar el Palacio de Liria, actual residencia de la Casa de Alba y Monumento Nacional, y muy poco en elegir los terrenos donde levantarlo. El III duque de Berwick y Liria, encargó al desconocido arquitecto Louis Guilbert, un palacio al estilo parisino en el lugar más «saludable» de Madrid. Las condiciones no eran demasiado exigentes pero, ¿cómo podría demostrar el arquitecto que no se había equivocado en la elección de los terrenos?

Las obras se iniciaron en 1767 y se alargaron en el tiempo hasta 1785. Guilbert fue despedido en 1771, acusado de deficiencias constructivas y sospechas de desviar fondos destinados al palacio a sus propios bolsillos. Los trabajos tuvieron que ser culminados por Ventura Rodríguez, que rectificó los errores técnicos que había cometido el francés. Sin embargo, la genialidad de Guilbert fue otra, según recoge el libro Secretos de Madrid. Para averiguar lo «sanos» y «saludables» que eran los terrenos que había seleccionado, repartió trozos de carne por distintos puntos del barrio de los Afligidos (nombre que recibía la zona en la época).

Guilbert dejó pasar varias semanas para ver en qué estado se encontraban. La mayoría de los trozos estaban ya en avanzado estado de putrefacción. Sin embargo, el trozo que había colocado en la actual calle Princesa, era el que menos se había alterado. Los aires frescos del norte lo habían conservado mejor. Así fue como un simple trozo de carne determinó dónde levantar el Palacio de Liria.

¿Pudo la endogamia acabar con los neandertales?


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  • Investigadores del CSIC han descubierto que las anomalías genéticas halladas en la primera vértebra cervical de esta especie demostraría que la endogamia les llevó a la extinción

 

sinc Primera vértebra cervical, llamada atlas, donde se aprecia la anomalía congénita del neandertal

sinc | Primera vértebra cervical, llamada atlas, donde se aprecia la anomalía congénita del neandertal

Un estudio llevado a cabo por investigadores de CSIC en la cueva asturiana de El Sidrón indica que la endogamia (la práctica de contraer matrimonio personas de ascendencia común o naturales de un pequeño espacio geográfico) pudo ser un factor decisivo en la extinción de los neandertales, la «otra» especie inteligente que compartió con nosotros el continente europeo y que desapareció sin dejar rastro hace cerca de 30.000 años.

La investigación, que se publica en la revista PLOS ONE, indica que los neandertales vivían en grupos pequeños, relativamente aislados y con una baja diversidad genética. Según afirma a ABC el paleoantropólogo Antonio Rosas, que ha dirigido el estudio, «la endogamia, con la consecuente pérdida de diversidad genética fue, sin duda, uno de los factores que contribuyeron a la extinción de la especie. Se sabe, además, que por debajo de ciertos niveles de diversidad genética el proceso se hace irreversible, ya que disminuye la capacidad de reacción de la especie ante eventuales cambios ambientales».

Los investigadores llegaron a esta conclusión tras analizar una serie de anomalías congénitas en la primera vértebra cervical, llamada atlas y que constituye el punto de apoyo del cráneo sobre la columna vertebral.

«El atlas –explica Rosas– forma un anillo de hueso donde descansa el cráneo, y puede presentar una gran variedad de anomalías congénitas en la parte anterior y posterior del anillo. Entre ellas, la más sencilla es la dehiscencia (falta de cierre) del arco posterior en la línea sagital media».

En las poblaciones humanas actuales, esta clase de anomalía se presenta con una frecuencia muy baja, entre el 1% y el 4%. Por eso, las cifras de El Sidrón, donde se han hallado ya 13 individuos, resultan tan sorprendentes.

«De los tres atlas que tenemos en El Sidrón –asegura el investigador a ABC– dos presentan anomalías congénitas, lo cual supone una proporción muy superior a la tasa normal. Sabemos, por comparación con poblaciones humanas actuales y con otras especies de mamíferos, que esta clase de anomalías son muy poco frecuentes, y que suelen aparecer relacionadas con la endogamia».

Causa de extinción

«Si sumamos esta anomalía a otros indicadores de endogamia –afirma Rosas–, como la retención del canino de leche (que no se cae durante la infancia y permanece en edad adulta), las evidencias de que esa práctica pudo contribuir de forma decisiva a la extinción cobra gran importancia».

Los datos resultan coherentes con otras investigaciones genéticas llevadas a cabo tanto en los 13 neandertales de El Sidron, que indican que todos ellos estaban genéticamente muy próximos, como con lo que se sabe de los neandertales en general, «que vivían en grupos pequeños y con baja variedad genética. Esta causa, junto con otras, pudo ser uno de los desencadenantes de la extinción», afirma Rosas.

La misma situación de endogamia también puede darse en grupos humanos modernos, que vivan relativamente aislados en una isla o en valles poco comunicados.

Para el investigador, «una especie con baja diversidad genética está menos preparada para enfrentarse a un cambio climático brusco. Si a eso añadimos la llegada de un grupo nuevo al continente, los Sapiens, entonces la extinción se precipita».

A diferencia de los neandertales, nuestros antepasados directos vivían en grupos mayores y que se relacionaban entre sí, lo que se traducía en una mayor variabilidad genética de la que existía entre los neandertales.

A pesar de que los neandertales lograron sobrevivir en Europa durante 350.000 años, «siempre han funcionado en grupos pequeños», asegura Antonio Rosas, quien aclara que «no es lo mismo endogamia que consanguineidad, extremo que se da en una misma familia. El grado máximo de endogamia es la consanguineidad».

Mientras la consanguineidad puede tener efectos muy rápidos, la endogamia en un grupo pequeño y no necesariamente familiar va mucho más lenta. «Lo que hace, explica Rosas, es que las poblaciones estén cada vez más indefensas ante cualquier adversidad. Es como un virus oportunista, que no te mata él, pero te debilita y te termina matando otra enfermedad. Es lo mismo, pero no en un individuo, sino en una población. Se trata de un fenómenio evolutivo».

 

Los pompeyanos tenían dientes perfectos porque su alimentación era sana


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  • Importantes revelaciones de los TAC realizados a una treintena de calcos con los huesos de víctimas de la erupción del Vesubio en el 79 d. C. Si quieres ver las fotos más espectaculares de la investigación, pincha aquí

 

efe Momento en el que se introduce una de las momias en el TAC

efe | Momento en el que se introduce una de las momias en el TAC

Hace dos mil años no había dentífricos, pero los pompeyanos tenían unos dientes perfectos, gracias a una alimentación sana, con pocos azúcares. Solo tenían un defecto: algunas zonas se encontraban particularmente consumidas, por el uso impropio de romper o cortar objetos con la fuerza de las mandíbulas. Los huesos eran débiles a causa del exceso de flúor en las aguas de los manantiales de los que bebían. Estas son las primeras revelaciones de los análisis mediante TAC (tomografía axial computerizada) realizadas a una treintena de calcos de las víctimas de la erupción de Pompeya en el 79 d.C.

En rueda de prensa se han hecho públicas las sorprendentes imágenes tridimensionales de los restos esqueléticos conservados en el interior de los moldes de yeso, los calcos. En el proyecto de investigación trabajan arqueólogos, antropólogos, radiólogos, dentistas e ingenieros expertos en los escáner-láser. Por primera vez se ha utilizado la TAC en el proyecto para conocer con más fiabilidad la edad, patologías médicas, hábitos alimentarios, ocupación, condición socio-económica y estilo de vida de los pompeyanos.

Forman parte del proyecto también investigadores españoles, entre ellos el arqueólogo y antropólogo Llorenç Alapont, del Colegio de Doctores y Licenciados de Valencia, quien ha explicado a ABC el cambio y progreso fundamental que se da en la investigación al contar con la TAC: «Las informaciones que hemos obtenido mediante técnicas radiológicas clásicas, es decir, no tridimensionales sino en dos dimensiones, han sido muy valiosas, pero había cosas que se nos escapaban, porque no teníamos las técnicas suficientes para averiguar todo lo que había dentro de los huesos. Hasta ahora podíamos conocer un 25 por 100 de la información que nos daban los huesos de las personas conservadas en los calcos, ahora con las nuevas técnicas podemos llegar a un 90 por 100 de conocimiento». El antropólogo Llorenç nos precisa que se conocerá incluso cómo murieron los habitantes de Pompeya: “Sabremos de una forma mucho más fiable si los pompeyanos murieron por el golpe de calor, por asfixia al respirar las cenizas volcánicas, por las fracturas traumáticas de las piedras que caían o por estar atrapados en las casas”.

Estudios de los calcos en 3D

Los calcos de las víctimas de la erupción del Vesubio se han revelado fundamentales para conocer detalles muy importantes de la vida de los antiguos romanos. Fue solo desde 1858, gracias al método genial introducido por el arqueólogo Giuseppe Fiorelli, que podemos apreciar la impronta que dejó la erupción en los pompeyanos, al obtener moldes de yeso de los muertos. Los cuerpos, al descomponerse a lo largo de los siglos, habían dejado espacios vacíos bajo la lava. Fiorelli los rellenó con yeso líquido introducido a través de los agujeros abiertos en la corteza creada sobre Pompeya tras la erupción. En esa cámara vacía, donde la materia orgánica había desaparecido, Fiorelli obtenía moldes de extraordinaria precisión que reflejaban los últimos momentos de la vida de esas personas. Hasta ahora, gracias a esos calcos podíamos saber de qué males sufrían, de qué manera se curaban y cómo se vivía en una ciudad en la época romana como Pompeya.

Ahora después de utilizar la tecnología 3D sobre aquellos cuerpos sepultados durante siglos por la lava, llega la ciencia médica para desvelar otros secretos. La maquinaria utilizada es una moderna TAC de 16 cortes capaz de hacer un examen de todo el cuerpo en 100 segundos. El antropólogo Llorenç, que coordina el proyecto de investigación de la necrópolis de Porta Nola desde el 2011, y desde entonces estudia los calcos de esa necrópolis, explica a ABC la importancia de investigar con la nueva técnica: «El TAC es un instrumento importantísimo, muy valioso, porque nos da unas imágenes que nos permiten interpretar y ver de una forma muy clara los restos que están dentro de los calcos. Podremos conocer mediante la ciencia antropológica, la edad, el sexo, clase social, enfermedades, traumatismos, incluso teniendo en cuenta el desgaste de los dientes sabremos el tipo de dieta».

Fundamental el estudio de los dientes

Los esqueletos de las víctimas serán objeto de investigaciones específicas sobre los dientes. Desde la antigüedad, los exámenes de los dientes han sido fundamentales en la identificación individual. Así, en la historia de la medicina legal son numerosos los casos de reconocimiento efectuados por medio de la dentadura. Se ha recordado, por ejemplo, el caso de Hitler: las prótesis videntes aparecidas en la radiografía efectuada sobre su cráneo permitieron la identificación con certeza del cuerpo carbonizado. Los elementos dentales constituyen la parte más resistente del organismo humano. Sus características anatómicas, patológicas y terapéuticas son peculiares en cada individuo y, por tanto, un óptimo instrumento de identificación. Por tanto, pueden ofrecer informaciones sobre los hábitos de vida y ocupación.

El antropólogo Llorenç nos precisa que hasta ahora, con las investigaciones realizadas, no se tenían meras hipótesis, sino que contaban con un 25 por 100 de certezas; ahora esa información gracias a la TAC se amplia al 90 por 100, y se sabrá mucho más sobre el estilo de vida de los pompeyanos. Se tendrán muchos más detalles, más fiables. Gracias a los calcos se conocerán más datos sobre el consumo. Por ejemplo: se sabe que en la dieta de los pompeyanos, junto a los más económicos cereales, frutas, nueces, aceitunas, lentejas, pescado local y huevos, se han encontrado también otros productos más caros, como carne y pescado salado procedente de España. Igualmente han aparecido huellas de alimentos muy exóticos, como erizos y mariscos -que en esa época eran importados del extranjero-, flamencos y restos de jirafa.

En definitiva, ahora sabemos que los pompeyanos se alimentaban muy bien y que, aun sin utilizar dentífrico, tenían dientes que hoy les hubieran permitido hasta hacer publicidad televisiva.

Sesenta años de la muerte de James Dean, el mito por excelencia


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  • El 30 de septiembre de 1955, el «pequeño bastardo» que conducía el actor se estrelló contra un Ford camino de una carrera

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La fuerza del mito es tan poderosa y nuestras ganas de simplificar tan grandes, que suele pensarse que James Dean solo apareció en tres películas, todas ellas obras maestras: «Al Este del Edén», «Rebelde sin causa» y «Gigante». La madre de todas las bases de datos cinematográficas, IMDb, le atribuye 31 títulos, la mayoría series de televisión o papeles sin fuste ni reconocimiento escrito. En realidad, Jimmy Dean consiguió su primer trabajo en un anuncio de Coca-Cola, detalle sin importancia a la hora de forjar su leyenda, construida con los mejores materiales posibles. Hace hoy sesenta años, su «pequeño bastardo» -como llamaba al Porsche Spyder 550 en el que Alec Guinnes ya creyó reconocer un ataúd-, se estrelló camino de Salinas, cerca de San Francisco, donde le esperaba otra carrera de coches. Cumplía así como pocos las premisas fundamentales para entrar en el Olimpo: vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver.

James Dean tenía 24 años y ni siquiera pudo ver estrenadas sus dos últimas películas. Dicen que «The New York Times», pocas veces tan falto de reflejos, le dedicó cuatro líneas. Él mismo se ahorró el preestreno y hasta los nervios del nominado, en una doble candidatura póstuma al Oscar que nadie ha superado. Descubierto por Elia Kazan, en un par de años le había dado tal acelerón a su carrera (ni Marilyn emuló su vuelta rápida) que llegó justo a tiempo de dejar terminado el molde, con la pintura todavía húmeda, de joven airado, que los chavales del tercer milenio siguen usando.

Seis décadas después de aquel accidente, la llama de aquella mirada sigue viva y los artistas de las nuevas generaciones mantienen la necesidad de cantarlo. No solo R.E.M., los Eagles («Too fast to live, too young to die»), Don McLean, Lou Reed y nuestro Luis Eduardo Aute, claro, han glosado su fugaz estrellato. Beyonce, Lana del Rey, Taylor Swift y otras criaturas recientes también lo citan como a un coetáneo. Sus pupilas nerviosas enmarcadas en un gesto de incomprensión, de miope profundo, se clavan aún en la memoria del espectador no avisado. Inútil tratar de evitarlo.

«Al Este del Edén» (1955)

James Dean no tuvo una vida fácil, por supuesto. Obsesionado con Marlon Brando, que no le devolvía las llamadas de perturbado, supo quedarse con un papel al que aspiraban nada menos que Paul Newman, Montgomery Clift y el propio Brando. Por viejos o por blandos, el personaje de Caleb (por no llamarlo directamente Caín) se lo quedó un semidesconocido que ni John Steninbeck habría soñado cuando escribió la novela. Tiene gracia que el bueno de Paul, corredor de zancada larga y mirada azulada, acabaría heredando sus papeles en «Marcado por el odio», «El zurdo» y «La gata sobre el tejado de zinc».

«Rebelde sin causa» (1955)

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Nicholas Ray dirigió su segunda gran película, «Rebelde sin causa», un título que además de sus virtudes fílmicas condensa en tres palabras un arquetipo inmortal. Otros dos jóvenes malogrados, Natalie Wood y Sal Mineo, completan el memorable reparto, y aunque la historia es imperfecta, la carrera de coches, la chupa roja y el retrato generacional mantienen la vigencia del filme.

«Gigante» (1956)

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George Stevens, un gran cineasta no del todo valorado, dirigió la segunda obra póstuma del mito, acompañado esta vez por Rock Hudson, para muchos el verdadero gigante de la película, por Elizabeth Taylor y por secundarios como Dennis Hopper, en algunos espectos su heredero, y de nuevo Sal Mineo. Taylor, experta en el género, fue además una de las personas que más lo conocieron y mejor supieron quererlo.

La película es un monumento irregular con grandes instantes de intensidad interpretativa. Casi tiene gracia que los actores estén tan mal envejecidos, empezando por el propio protagonista, aunque a la vista está que la realidad no ha sabido desmentir el trabajo de los maquilladores. Tampoco sabremos nunca cómo habría sido su carrera, aunque por los títulos que dejó sin empezar siquiera las perspectivas eran fantásticas. Elia Kazan creía, sin embargo, que su carrera no habría sido demasiado larga, una forma suave de darle las gracias a la muerte.

James Dean está enterrado, por si alquien quiere visitarlo, en el cementerio de Fairmount, Indiana, a casi cuatro mil kilómetros del lugar donde murió.

Y si alguien tiene ganas de revisar sus obras casi completas, el canal TCM le rinde hoy el homenaje que no cabe esperar de otros. A las 16.45 nos proyecta «Gigante», a las 20.05 «Al Este del Edén», y a las 22.20 podremos volver a ver «Rebelde sin causa». No hay muchas maneras de pasar mejor el miércoles.