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  • Entre el mito y la realidad, se relata que Maximiliano I falleció a causa de los problemas derivados de una mala digestión por abusar de los melones. Otros cronistas reseñan, sin embargo, que se trató de un resfriado mal curado

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La nueva serie de TVE «Carlos Rey Emperador» aborda al final de su tercer capítulo el inicio de la lucha subterránea que llevó al Rey de Castilla y Aragón a convertirse en Emperador del Sacro Imperial Romano. Pese a ser el nieto mayor de Maximiliano I de Habsburgo, Carlos debió enfrentarse a la oposición del Papa, que apoyaba a Francisco I de Francia, y a la codicia de los príncipes electos encargados de designar a la nueva cabeza del Imperio. El joven monarca se valió del oro castellano y de los préstamos de la familia Fugger para ganar la primera de las muchas batallas que el Rey francés y el español disputarían a lo largo de casi medio siglo. No en vano, lo que realmente desencadenó las intrigas fue la sorprendente muerte de Maximiliano, quien falleció por una indigestión de melones, según reza el anecdotario entre el mito y la realidad.

El 12 de enero de 1519, Maximiliano I expiró a los 59 años en Wels, la Alta Austria, poniendo fin a un reinado recordado por llevar a cabo la reforma de la Dieta de Worms que concluyó la Reforma imperial (Reichsreform) modificando una parte muy grande de la constitución del Imperio. El Emperador, que reinó durante una década, era el único hijo de Federico III y de Doña Leonor, hija del Rey Duarte de Portugal, y el primero que convirtió la dignidad imperial en un título hereditario en la práctica. En 1486, fue elegido Rey de romanos (Rex Romanorum) por su padre, siendo éste el título usado en el Sacro Imperio Romano Germánico para un emperador futurible, que no había sido coronado por el Papa. Paradójicamente, Maximiliano I fue el primero en ser nombrado Emperador electo en 1508 sin que fuera nunca coronado por ningún pontífice, poniendo fin a una costumbre con siglos de antigüedad.

Un hombre destrozado por el dolor

Una vez en el cargo, Maximiliano hizo frente, a nivel interno, a una ambiciosa reforma de la estructura del Sacro Imperio Romano Germánico (creación de una cámara imperial, imposición de un reclutamiento militar imperial y el que la dieta permitiera ordenar un impuesto general) y anexionó al patrimonio de la Casa de Habsburgo el Franco Condado y los Países Bajos, aunque para ello debió combatir distintos episodios de rebelión; y a nivel externo puso en marcha una política de alianzas que implicó a los Reyes Católicos, a la casa de Borgoña y a la dinastía portuguesa de los Avís en la empresa de frenar la expansión francesa. «Hagan otros la guerra; tú feliz Austria, cásate; porque los reinos de Marte da a los otros, a ti te los concede Venus», rezaba la traducción de unos versos latinos del siglo XVI que sintetizaba la estrategia aplicada por el Emperador. La dinastía Habsburgo llevó a su máxima expresión la habitual práctica entre reyes de casarse con parientes con fines políticos, con el consiguiente problema de salud derivado, pero obtuvo como ventaja una acumulación de títulos y territorios, materializada en Carlos V de Alemania y I de España, desconocida desde los tiempos del Imperio romano.

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Pese a los logros contra el feudalismo de su imperio, Maximiliano fue calificado por Nicolás Maquiavelo como «un príncipe ligero, inconstante, sin dinero y casi sin consideración» y era tenido por un hombre extravagante por sus contemporáneos. Algunos historiadores han relatado que Maximiliano viajaba a todas partes acompañado por el ataúd con el que quería ser enterrado. Sus extravagancia, no obstante, tienen en 1501 su gran epicentro. Ese año, Maximiliano quedó gravemente herido en la pierna tras una caída de un caballo, lo cual le causó dolor crónico por el resto de su vida y le sumió en un estado depresivo. En los últimos años de su vida, el Emperador -frustrado en sus planes imperiales en Italia- comenzó a centrarse exclusivamente en la cuestión de su sucesión con el objetivo de asegurar el trono a un miembro de su casa, su nieto Carlos, y evitar que Francisco I de Francia obtuviera el cargo como anhelaba el Papa León X. Valiéndose de un crédito de un millón de florines a cuenta de la familia Fugger y otros banqueros alemanes, el abuelo de Carlos sobornó a los príncipes electores de Mainz, Colonia, Brandeburgo y Bohemia para asegurar la elección de su nieto por delante del Rey de Francia, Enrique VIII de Inglaterra, el Rey de Polonia o el elector de Sajonia. Sin embargo, la sorprendente muerte de Maximiliano, víctima supuestamente de una indigestión de melones, puso en riesgo todo el plan.

Como ocurre con la muerte de Felipe I a causa de beber un vaso de agua demasiado frío o la de Felipe II a manos de un grupo de piojos asesinos, la indigestión de Maximiliano se mueve entre la anécdota y la realidad. Desde su accidente, el Emperador fue arrastrando diversos problemas de salud, que, a sus 59 años, le hacían aparentar mucha más edad de la que tenía y que abrían las causas de su muerte a una decena de posibilidades. La principal de ellas, más allá de la historia de los melones, es la de que un simple costipado mal curado se llevó su vida. Así, tampoco puede considerarse poco más que un mito el asunto del ataúd que trasladaba en cada uno de sus viajes. Quizás el origen de esta leyenda esté en las meticulosas intrucciones que dejó a su fallecimiento. Por razones de penitencia, dio órdenes muy específicas para el tratamiento de su cuerpo después de la muerte. El cuerpo debía ser azotado y cubierto con cal y ceniza, envuelto en lino y «mostrado al público para demostrar lo perecedero de toda gloria terrenal», entre otras cuestiones simbólicas.

De una forma u otra, la muerte de Maximiliano sorprendió a su nieto Carlos en un momento delicado de su adaptación a España, donde trataba de ganarse la estima de sus nuevos súbditos. Carlos de Gante era hijo de Juana «La Loca» y de Felipe «El Hermoso», el primogénito de Maximiliano I fallecido en su juventud, y fue el designado por su abuelo como Rey de Romanos, el primer paso para coronarse Emperador, pero solo el primero. Como explica Antonio Muñoz Lorente en el libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Ediciones Nowtilus, 2015), el cargo de Emperador seguía siendo electivo, en una votación entre los siete príncipes más importantes del Imperio, y no hereditario como en el resto de reinos europeos. En competencia con el Rey de Francia Francisco I, Carlos reclamó dinero a Castilla y más prestamos a banqueros alemanes, genoveses y florentinos para conseguir finalmente que el 23 de octubre de 1520 fuera coronado Rey de Romanos en Aquisgrán y tres días después reconocido Emperador electo del Sacro Imperio Romano Germánico. No en vano, todos estos asuntos en Alemania lo ausentaron de España hasta 1522, mientras Adriano de Utrecht, futuro Pontífice de la Iglesia católica y uno de los mentores de Carlos I, asumía la regencia de Castilla

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