El éxodo de los refugiados se queda sin referencias históricas: el viaje a la tierra prometida


ABC.es

  • En la actualidad, hay más desplazados por todo el mundo que en la Segunda Guerra Mundial. Si todos formaran un país, sería el vigesimocuarto más poblado del mundo
gabriel-puij-expulsion--644x362

ABC | «La expulsión de los moriscos» (1894), de Gabriel Puig Roda.

La coletilla más repetida estos días sobre el particular éxodo que viven los refugiados sirios y otros desplazados alrededor del mundo es que no se había vivido una situación así desde la Segunda Guerra Mundial. Los datos históricos demuestran que la magnitud de esta crisis ya no aguanta ni siquiera la comparación con lo ocurrido en los años cuarenta del pasado siglo: durante la Segunda Guerra Mundial y los años de posguerra se registró un desplazamiento poblacional que afectó a entre 40 y 60 millones de refugiados, deportados o dispersados sobre todo en Alemania, Polonia y Checoslovaquia. Hoy, sin embargo, los informes de el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) alertan de que, a finales de 2014, había casi 60 millones de desplazados forzosos (59,5) en el mundo, ocho más que el año anterior. Y la tendencia sigue creciendo hasta el punto de que ahora, si todos formaran un país, sería el vigesimocuarto más poblado del mundo.

Un recorrido histórico a través de las grandes migraciones de la humanidad pone en evidencia que la crisis actual está fuera de todo lo conocido, incluso en la Segunda Guerra Mundial. Entonces, entre 11 y 12 millones de alemanes fueron expulsados durante el conflicto mundial de las zonas anexionadas por la URSS y Polonia, así como de los Sudetes en Checoslovaquia y de las comunidades germanas de los Balcanes y obligados a regresar al interior de las fronteras alemanas. Igualmente, dos millones de polacos de las zonas orientales cedidas a la URSS fueron realojados en la «nueva Polonia occidental». A su vez, casi 500.000 finlandeses fueron expulsados de los territorios anexionados por la URSS, así como una parte de la población húngara de Eslovaquia. Pero aún aceptando la cifra total de 60 millones que apunta ACNUR, la situación actual sobrepasa lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial y deja muy atrás los ocho millones del otro conflicto con dimensión planetaria, la Primera Guerra Mundial.

La otra gran referencia en cuanto a refugiados en el siglo XX la tenemos que buscar a mediados de los años noventa. Durante las guerras de los Balcanes (con 4.000.000 desplazados) y el genocidio de Ruanda (con 600.000 desplazados), el número global de refugiados aumentó a cifras cercanas a la Segunda Guerra Mundial.

De la colonización de América al siglo XX

inmigracion-italiana--470x300

Wikipedia | La calle Mulberry, centro de la Pequeña Italia de Nueva York

Así y todo, el mayor trasvase poblacional posiblemente en la historia de la humanidad se produjo de Europa hacia América a raíz del Descubrimiento de 1492. Se calcula en 100.000 el número de españoles que viajaron a la América hispana durante el primer siglo colonial (1492-1600), lo cual representó solo la avanzadilla de lo que estaba por llegar con la emancipación de los Estados americanos a inicios del siglo XIX. Entre 1800 y 1940, cruzaron el charco 55 millones de europeos, de los que 35 se establecieron de modo definitivo. Por nacionalidades, fueron 15 millones de británicos (ingleses e irlandeses), diez de italianos, seis de españoles y portugueses, cinco de austriacos, húngaros y checos, uno de griegos, alemanes, escandinavos.

La inmigración italiana e irlandesa es un buen ejemplo de este proceso. Solo entre 1860 y 1914, cinco millones de italianos, lo que equivalía a una tercera parte de la población, se lanzaron a buscar trabajo fuera de la península itálica. Entre las razones que se escondían detrás de este éxodo sobre todo desde el sur de Italia, estaban las duras condiciones de su tierra natal, el servicio militar obligatorio para quienes no podían pagar por evitarlo y la interminable oleada de desastres naturales –sequías, inundaciones, terremotos, corrimientos de tierra y erupciones de volcánicas– que azotaron el país a finales del siglo XIX. El caso de los irlandeses, un pueblo azotado por una fuerte hambruna entre 1845 y 1849, registró la marcha de unos tres millones de personas solo en la segunda mitad del siglo XIX.

En paralelo a la migración europea, se produjo entre 1500 y 1850 el traslado forzoso de grandes contingentes humanos de población negra africana para ser comercializada como fuerza de trabajo esclava. Un hecho determinante demográficamente por lo que ha supuesto en la redistribución del mapa de población mundial. Se calcula que fueron en total unos 12 millones de africanos los que fueron obligados a hacer la ruta hacia América, entre el siglo XVI y el siglo XIX.

El esmalte dental tendría su origen en las escamas de los peces primitivos


ABC.es

  • Científicos suecos y chinos combinan datos genéticos y fósiles que demuestran que la ganoína, presente en peces extintos o primitivos, es similar al esmalte de nuestros dientes
Catán pinto. Lepisosteus oculatus

Catán pinto. Lepisosteus oculatus

Científicos de la Universidad de Uppsala (Suecia) y del Instituto de Paleontología y Paleoantropología Vertebrada de la Academia de Ciencias China han realizado un estudio en el que han combinado datos genéticos y fósiles para demostrar que la ganoína, presente en peces extintos o primitivos como el Catán Pinto («Lepisosteus oculatus»), es similar al de nuestro esmalte dental. El estudio ha sido publicado en «Nature» y sugiere que el esmalte puede tener su origen en las escamas de los peces primitivos. A juicio de los investigadores este tejido se habría extendido posteriormente a los dientes y no al revés.

Los investigadores han confirmado la presencia de proteínas (ameloblastina o amelogenina), propias del esmalte dental, en peces como el primitivo Celacanto de Comores («Latimeria chalumnae»). Según los científicos, estos genes pueden haber estado presentes incluso en los fósiles más antiguos de sarcopterigios (peces de aletas lobuladas).

Como ha declarado a la agencia Sinc, el paleontólogo de la Universidad de Uppsala Per Erik Ahlberg, «el origen del esmalte es un buen ejemplo de cómo la evolución consigue que un elemento que tenía una función particular (en este caso, proteger contra rasguños y picaduras), adquiera un papel totalmente distinto (hacer que los dientes estén más formados y sean más duros), y se vuelva tan importante que permanece incluso cuando la función original ha desaparecido».

Para llegar a estas conclusiones, los científicos investigaron el genoma secuenciado del Catán Pinto, un pez primitivo de la clase de los actinopterigios (dotados de un esqueleto de espinas óseas). Los resultados sugieren que los genes de este pez ocupan un papel importante en la deposición de la ganoína. Además, el análisis genético demuestra la existencia de una relación entre la matriz de la ganoína y la del esmalte.

Último vestigio

Alhberg ha añadido que «el esmalte es el último vestigio de un tejido que apareció por primera vez en las escamas de los primeros peces» y ha subrayado que el esmalte se originó en las escamas de peces extintos y primitivos para extenderse posteriormente a los huesos dérmicos y a los dientes.

La combinación de los datos paleontológicos y genómicos ha permitido a los científicos presentar esta hipótesis sobre el origen, distribución y los patrones que sigue el esmalte dental. Sin embargo, los autores del estudio señalan que para entender a la perfección cómo y cuándo se extendió el esmalte desde las escamas hasta los dientes es necesario un nuevo estudio en profundidad sobre los primeros peces óseos y un análisis de su red de regulación genética.

Ahlberg está convencido de que estos análisis darán más información sobre los orígenes genéticos que los seres humanos comparten con otras especies de animales. «Además nos ayudarán a entender mejor la evolución de los vertebrados», concluye el científico.

La leyenda del tesoro oculto de El Escorial


ABC.es

  • La ambición le jugó una mala pasada a un madrileño, quien cegado por la avaricia tomó una decisión que le costaría la vida

    abc Pintura de la época de la construcción del Monasterio de El Escorial, desde su fachada principal

    abc | Pintura de la época de la construcción del Monasterio de El Escorial, desde su fachada principal

Una misteriosa leyenda tiene como punto de origen el Monasterio de El Escorial, donde una popular creencia urbana ha sido alimentada generación tras generación por los madrileños. Así, fijamos un suculento botín en la sierra cercana al majestuoso templo.

Esta historia parte desde el mismo monasterio. Se cuenta que Rafael Corraliza, un empleado de la pagaduría de las obras del edificio (llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo XVI), no pudo contener su ambición y fijó su objetivo en una serie de doblones de oro que se encontraban en su interior. Su incesante tintineo acabaría empujándole a ir a por el oro.

Tras hacerse con él, sujetó el botín acumulado en el cinto. Acto seguido, se apresuró a marcharse del lugar con dirección a Portugal. Sin embargo, la ruta de escape que siguió, creyendo que era la menos vigilada, conducía a la aldea de Robledondo.

Trágico desenlace

Al caer la noche, la mala fortuna hizo que Rafael atravesara y cayera en una zona conocida como Sima de los Pastores. Sus huesos junto al botín acabaron en el fondo de la cueva.

La peligrosidad de la sima hizo que fuera cubierta con ramas y piedras con el propósito de evitar que cualquier persona sufriera la suerte de Rafael Corraliza. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero la Sima de los Pastores continúa, impasible, recibiendo a aquellos que quieran revivir la historia.

La indigestión de melones que mató supuestamente al abuelo de Carlos V


ABC.es

  • Entre el mito y la realidad, se relata que Maximiliano I falleció a causa de los problemas derivados de una mala digestión por abusar de los melones. Otros cronistas reseñan, sin embargo, que se trató de un resfriado mal curado

maximiliano-i-emperador--644x362

La nueva serie de TVE «Carlos Rey Emperador» aborda al final de su tercer capítulo el inicio de la lucha subterránea que llevó al Rey de Castilla y Aragón a convertirse en Emperador del Sacro Imperial Romano. Pese a ser el nieto mayor de Maximiliano I de Habsburgo, Carlos debió enfrentarse a la oposición del Papa, que apoyaba a Francisco I de Francia, y a la codicia de los príncipes electos encargados de designar a la nueva cabeza del Imperio. El joven monarca se valió del oro castellano y de los préstamos de la familia Fugger para ganar la primera de las muchas batallas que el Rey francés y el español disputarían a lo largo de casi medio siglo. No en vano, lo que realmente desencadenó las intrigas fue la sorprendente muerte de Maximiliano, quien falleció por una indigestión de melones, según reza el anecdotario entre el mito y la realidad.

El 12 de enero de 1519, Maximiliano I expiró a los 59 años en Wels, la Alta Austria, poniendo fin a un reinado recordado por llevar a cabo la reforma de la Dieta de Worms que concluyó la Reforma imperial (Reichsreform) modificando una parte muy grande de la constitución del Imperio. El Emperador, que reinó durante una década, era el único hijo de Federico III y de Doña Leonor, hija del Rey Duarte de Portugal, y el primero que convirtió la dignidad imperial en un título hereditario en la práctica. En 1486, fue elegido Rey de romanos (Rex Romanorum) por su padre, siendo éste el título usado en el Sacro Imperio Romano Germánico para un emperador futurible, que no había sido coronado por el Papa. Paradójicamente, Maximiliano I fue el primero en ser nombrado Emperador electo en 1508 sin que fuera nunca coronado por ningún pontífice, poniendo fin a una costumbre con siglos de antigüedad.

Un hombre destrozado por el dolor

Una vez en el cargo, Maximiliano hizo frente, a nivel interno, a una ambiciosa reforma de la estructura del Sacro Imperio Romano Germánico (creación de una cámara imperial, imposición de un reclutamiento militar imperial y el que la dieta permitiera ordenar un impuesto general) y anexionó al patrimonio de la Casa de Habsburgo el Franco Condado y los Países Bajos, aunque para ello debió combatir distintos episodios de rebelión; y a nivel externo puso en marcha una política de alianzas que implicó a los Reyes Católicos, a la casa de Borgoña y a la dinastía portuguesa de los Avís en la empresa de frenar la expansión francesa. «Hagan otros la guerra; tú feliz Austria, cásate; porque los reinos de Marte da a los otros, a ti te los concede Venus», rezaba la traducción de unos versos latinos del siglo XVI que sintetizaba la estrategia aplicada por el Emperador. La dinastía Habsburgo llevó a su máxima expresión la habitual práctica entre reyes de casarse con parientes con fines políticos, con el consiguiente problema de salud derivado, pero obtuvo como ventaja una acumulación de títulos y territorios, materializada en Carlos V de Alemania y I de España, desconocida desde los tiempos del Imperio romano.

carlos-v-rey--478x270

Pese a los logros contra el feudalismo de su imperio, Maximiliano fue calificado por Nicolás Maquiavelo como «un príncipe ligero, inconstante, sin dinero y casi sin consideración» y era tenido por un hombre extravagante por sus contemporáneos. Algunos historiadores han relatado que Maximiliano viajaba a todas partes acompañado por el ataúd con el que quería ser enterrado. Sus extravagancia, no obstante, tienen en 1501 su gran epicentro. Ese año, Maximiliano quedó gravemente herido en la pierna tras una caída de un caballo, lo cual le causó dolor crónico por el resto de su vida y le sumió en un estado depresivo. En los últimos años de su vida, el Emperador -frustrado en sus planes imperiales en Italia- comenzó a centrarse exclusivamente en la cuestión de su sucesión con el objetivo de asegurar el trono a un miembro de su casa, su nieto Carlos, y evitar que Francisco I de Francia obtuviera el cargo como anhelaba el Papa León X. Valiéndose de un crédito de un millón de florines a cuenta de la familia Fugger y otros banqueros alemanes, el abuelo de Carlos sobornó a los príncipes electores de Mainz, Colonia, Brandeburgo y Bohemia para asegurar la elección de su nieto por delante del Rey de Francia, Enrique VIII de Inglaterra, el Rey de Polonia o el elector de Sajonia. Sin embargo, la sorprendente muerte de Maximiliano, víctima supuestamente de una indigestión de melones, puso en riesgo todo el plan.

Como ocurre con la muerte de Felipe I a causa de beber un vaso de agua demasiado frío o la de Felipe II a manos de un grupo de piojos asesinos, la indigestión de Maximiliano se mueve entre la anécdota y la realidad. Desde su accidente, el Emperador fue arrastrando diversos problemas de salud, que, a sus 59 años, le hacían aparentar mucha más edad de la que tenía y que abrían las causas de su muerte a una decena de posibilidades. La principal de ellas, más allá de la historia de los melones, es la de que un simple costipado mal curado se llevó su vida. Así, tampoco puede considerarse poco más que un mito el asunto del ataúd que trasladaba en cada uno de sus viajes. Quizás el origen de esta leyenda esté en las meticulosas intrucciones que dejó a su fallecimiento. Por razones de penitencia, dio órdenes muy específicas para el tratamiento de su cuerpo después de la muerte. El cuerpo debía ser azotado y cubierto con cal y ceniza, envuelto en lino y «mostrado al público para demostrar lo perecedero de toda gloria terrenal», entre otras cuestiones simbólicas.

De una forma u otra, la muerte de Maximiliano sorprendió a su nieto Carlos en un momento delicado de su adaptación a España, donde trataba de ganarse la estima de sus nuevos súbditos. Carlos de Gante era hijo de Juana «La Loca» y de Felipe «El Hermoso», el primogénito de Maximiliano I fallecido en su juventud, y fue el designado por su abuelo como Rey de Romanos, el primer paso para coronarse Emperador, pero solo el primero. Como explica Antonio Muñoz Lorente en el libro «Carlos V a la conquista de Europa» (Ediciones Nowtilus, 2015), el cargo de Emperador seguía siendo electivo, en una votación entre los siete príncipes más importantes del Imperio, y no hereditario como en el resto de reinos europeos. En competencia con el Rey de Francia Francisco I, Carlos reclamó dinero a Castilla y más prestamos a banqueros alemanes, genoveses y florentinos para conseguir finalmente que el 23 de octubre de 1520 fuera coronado Rey de Romanos en Aquisgrán y tres días después reconocido Emperador electo del Sacro Imperio Romano Germánico. No en vano, todos estos asuntos en Alemania lo ausentaron de España hasta 1522, mientras Adriano de Utrecht, futuro Pontífice de la Iglesia católica y uno de los mentores de Carlos I, asumía la regencia de Castilla