El enfado de Lucifer con una menor que originó la huella del diablo de El Escorial


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  • Los vecinos de la zona atribuyen orígenes demoníacos al agujero de una roca que hay junto a la silla de Felipe II
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A un kilómetro de la famosa silla de Felipe II y con el monasterio de El Escorial a tiro de piedra, existe una roca con una extraña huella a la que todo el mundo atribuye orígenes diabólicos. Cuenta la leyenda que una joven llamada Martiña, muy devota de la Virgen de Gracia, paseaba por la sierra cuando se le apareció Lucifer.

El demonio, vestido de peregrino, se interpuso en su camino e intentó persudiarla con todo tipo de ofrecimientos terrenales a cambio de su alma y para que renunciara a la Virgen. La niña se mostró inflexible y se negó aceptar todos los regalos.

Enfadado y frustrado, el diablo saltó desde una roca hacia un acantilado provocando una tremenda explosión que se escuchó en toda la zona. El impulsó que se dio para saltar provocó un agujero en una roca, que todavía puede verse. De hecho, es uno de los puntos turísticos más visitados por los curiosos de la sierra de El Escorial.

Francisco I de Francia, «el hombre sin honor» al que humilló Carlos I


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  • La serie «Carlos Rey Emperador» presenta el retrato de un monarca mujeriego, imponente físicamente y mecenas del arte, que se llevó la peor parte de los años de auge del Imperio español. Tras la batalla de Pavía, el francés pasó un año preso en Madrid lamentándose porque «todo se ha perdido, menos el honor y la vida»

La alianza de los Reyes Católicos con la dinastía Habsburgo tensó, más si cabe, las relaciones entre la Monarquía hispánica y Francia a comienzos de la Edad Moderna. Italia, entonces amalgama de numerosos reinos y principados, fue testigo y víctima de los primeros episodios de la rivalidad entre España y Francia, que se disputaron uno a uno la afiliación, en algunos casos conquista, de los débiles reinos italianos. La siguiente generación de reyes de estos dos países marcó definitivamente el devenir de Europa. Francisco I de Francia, un Rey seductor, mujeriego, imponente físicamente (medía casi dos metros), mecenas del arte y valiente guerrero ?tanto como para exponerse varias veces a la primera línea del combate?, quedó reducido por el austero Carlos I y la superioridad de los ejércitos hispánicos a un gobernante aplastado en Europa y humillado a nivel personal.

El 25 de enero de 1515, Francisco I era coronado Rey de Francia en la catedral de Reims. Al año siguiente, también en enero, Fernando de Aragón fallecía y dejaba escrito que su nieto Carlos I debía heredar el Reino de Aragón y el Reino de Castilla ante la incapacidad de Juana «la Loca». Sin imaginarlo, Europa vislumbró el génesis de la más honda rivalidad del siglo. Ambos, interpretados en la serie de TVE sobre el Emperador por Álvaro Cervantes (Carlos I) y Alfonso Bassave (Francisco I), que también coincidieron en su generación con el inglés Enrique VIII (Àlex Brendemühl) y el turco Solimán el Magnífico, enfrentaron sus reinos entre sí por hacerse con Italia y por todos los territorios en liza hasta convertirlo en un asunto personal.

Una rivalidad casi íntima

El primer gran episodio de esta rivalidad tuvo como telón de fondo la lucha por alcanzar el título de Sacro Emperador Romano Germánico que se disputaron, en 1520, Carlos, nieto del fallecido emperador Maximiliano I, el mencionado Francisco I de Francia y el propio Enrique VIII de Inglaterra. Aunque el futuro Emperador Carlos V tenía derechos legítimos, el hecho de que Maximiliano I no hubiera sido nunca coronado por el Papa ?era el primero en saltarse este proceso? obligó a su nieto a imponerse a golpe de ducados, con oro castellano y de banqueros alemanes, en la asamblea de electos alemanes.

Con la victoria política de Carlos, Francisco I veía frustrado sus planes imperiales y se centró, por el momento, en la modernización de Francia. Pese a sus gustos todavía medievales, incluido en los aspectos militares, el Monarca galo impregnó de Renacimiento los 32 años de su reinado e incluso albergó en su Corte a Leonardo Da Vinci durante sus últimos años de vida. La más famosa obra del italiano, la Gioconda o Mona Lisa, fue utilizada para decorar el cuarto de baño del Rey. Francisco I fue, además, el artífice de la modernización administrativa del país, incluida la fiscal, indispensable para costear su enfrentamiento contra el poderoso ejército español.

La Guerra Italiana de 1521 a 1526, la enésima desde la época del Gran Capitán, vivió un nuevo intento de Francisco I de buscar la hegemonía en Europa. El Rey francés a la cabeza de un poderoso ejército de 36.000 hombres atravesó los Alpes y ocupó el Ducado de Milán como respuesta a las derrotas sufridas en Bicoca y Sesia en 1522 y 1524, respectivamente. La ciudad fortificada de Pavía, con una guarnición de 2.000 españoles y 5.000 alemanes al mando de Antonio de Leyva ?navarro veterano de las campañas del Gran Capitán?, se cruzó en el triunfante paso francés. La pertinaz resistencia del navarro propició la llegada de 4.000 soldados españoles, 10.000 alemanes, 3.000 italianos y 2.000 jinetes de refuerzo, comandados por el Marqués de Pescara, en lo que devino la batalla de Pavía.

La abnegado fe en la potencia de su caballería, tan característica en todas las derrotadas francesas en el siglo XVI, precipitó a los jinetes galos contra una precisa ráfaga de arcabuceros castellanos, causando una derrota que estremeció Europa. 10.000 soldados franceses y suizos murieron ese día y 3.000 cayeron prisioneros, entre los cuales se contaba lo más granado de la nobleza y el propio Francisco I. Al igual que el resto de caballeros, el Rey francés padeció los estragos de los arcabuces españoles. Derribado de su montura, el Monarca fue capturado por el vasco Juan de Urbieta cuando trataba de zafar su pierna de debajo del moribundo caballo. En un principio, el vasco no supo distinguir la calidad de su botín, pero se refrendó de degollarlo al vislumbrar su cuidada armadura. El vasco, junto con Diego Dávila, granadino, y Alonso Pita da Veiga, gallego, condujeron a Francisco casi a los pies de su Cesárea Majestad.

Con Francia descabezada, Francisco I fue llevado preso a Madrid donde permaneció un año en la Torre de los Lujanes hasta que accedió a firmar el ignominioso Tratado de Madrid y jurar su cumplimiento ante los Evangelios. El acuerdo, que no tardaría en incumplir a su vuelta a Francia, obligaba a Francisco I a renunciar al Milaneso, Génova, Nápoles, Borgoña, Artois y Flandes. Durante su estancia de un año en su «jaula de oro» de Madrid, donde recibió trato cortes, escribiría a su madre: «Todo se ha perdido, menos el honor y la vida». El Rey, que planeó varios intentos de fuga desde Madrid, quedó sumido en un estado depresivo, pese a que incluso participó en jornadas de caza, y lamentó por carta que «ni un amigo me queda para unir mi espada a la suya». Precisamente su espada, capturada en la batalla, permaneció en España durante 283 años hasta el 31 de marzo de 1808, fecha en que fue entregada en Madrid al ejército invasor francés para hacérsela llegar a Napoleón Bonaparte, quien había manifestado su interés.

«Una jaula de oro» en Madrid

La liberación de Francisco I tenía por condición la llegada a Madrid de los dos hijos mayores de éste, a modo de garantía. Enrique II, el futuro Rey, creció con el ignominioso recuerdo de su estancia en Madrid, y cuando sostuvo la corona su Majestad Cristiana no escatimó en desvergüenza a la hora de aliarse con todo aquel enemigo de Carlos I, por muy calvinista, luterano e incluso musulmán que fuera. Nada que no hubiera hecho antes su padre, que una vez en suelo francés se desdijo de todo lo firmado y presentó un acta notarial efectuada en secreto ante algunos nobles franceses donde alegaba la nulidad del documento.

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En un tiempo donde eran muy frecuente esa forma de resolver las disputas, Su Cesárea Majestad desafió a duelo singular, a modo de caballería medieval, al galo en 1528 por faltar a su palabra y ser un hombre sin honor. Francisco hizo oídos sordos y, ante la insistencia del español, encarceló al embajador en París e intermediario en el desafío, Nicolás Perrenot Granvela. No en vano, otras versiones aseguran que fue Francisco I el que reclamó el combate singular pero jamás lo llevó a efecto.

La rivalidad siguió muchas décadas más e incluso la heredaron sus hijos. Francisco I lo intentó todo contra España, así en 1536 firmó una alianza con el sultán Solimán el Magnífico muy criticada por toda Europa al considerarse, hasta ese momento, que, por muy mala que fuera la relación entre reyes europeos, el auténtico enemigo eran los musulmanes. Así y todo, Francisco también cosechó un puñado de triunfos militares, aunque en el conjunto histórico haya sido retratado como un dirigente frustrado por el Imperio español, que, deseoso de destacar en algo, se resignó a su faceta de mecenas del arte. Su respuesta ante las sucesivas bulas papales reconociendo la preeminencia española en la conquista de América retrata su impotencia frente al momento que le tocó vivir: «El sol luce para mí como para otros. Querría ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo y le deja todo a castellanos y portugueses».

Fernando I de Habsburgo, el hermano desterrado de Carlos V que se convirtió en emperador


El Mundo

Cuando Isabel la Católica murió en Medina del Campo, el 26 de noviembre de 1504, vivía a poca distancia, en Arévalo, un pequeño nieto suyo de nombre Fernando, hijo de la princesa Juana y nacido el año anterior. La reina lo había enviado allí para que se educase al margen de los conflictos que la enfrentaban con Juana.

Carlos V en 1516

Carlos V en 1516

A Fernando se le puede considerar como el primer infante de los Austrias nacido en suelo español, pero también, tomando en consideración su formación en la corte de los Reyes Católicos, como el último de los Trastámara. Destinado, sin embargo, a abandonar su patria para marchar al otro lado de Europa como heredero de los territorios de su abuelo paterno, el emperador Maximiliano I.

La vida de Fernando empezó en Alcalá de Henares, donde nació, y terminó en Viena, donde murió en el actual Palacio Imperial (Hofburg) como emperador

La vida de Fernando empezó el 10 de marzo de 1503 en Alcalá de Henares, donde nació, y terminó en Viena, donde murió en el actual Palacio Imperial (Hofburg) como emperador, a la edad de 61 años, el 24 de julio de 1564 a las siete de la tarde. Su tumba se encuentra en la catedral de San Vito en Praga. Según escribió su hijo mayor Maximiliano, que asistió a la muerte de su padre, a su embajador Dietrichstein en Madrid: “Su majestad murió mientras dormía, sin dolor; no era más que piel y huesos”.

El fundador de la rama vienesa de los Habsburgo era fruto del matrimonio entre un duque de Borgoña y una infanta de Castilla y Aragón, y nació en la patria de su madre, donde en principio vivió. Los paisajes españoles, por tanto, fueron los escenarios de la primera etapa de su vida, cuando el pequeño acompañaba a la corte itinerante de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos.

Una madre complicada

Isabel, la infanta Juana y la Corte se establecieron varios meses en Alcalá de Henares en la primavera de 1503. Después siguieron camino hacia Madrid, continuaron el viaje hacia la Sierra, pasando por la calzada romana, remontaron el puerto de Fuenfría, de 1.769 metros de altura, y llegaron en agosto a Segovia. Juana llevaba siete años casada con Felipe el Hermoso, archiduque de Austria y duque de Borgoña. La madre de Fernando es un personaje difícil de interpretar, cuya complejidad ha sido argumento de libros y películas.

La relación que tenía con su hijo es también difícil de entender…Cuando nació Fernando, tenía ya una niña y otro hijo varón, el futuro Carlos V. En esta época, no se puede hablar de matrimonio por amor. Como en toda la Edad Media, la boda entre aquellas dos personas formaba parte de alianzas y, en este caso, respondía a los planes políticos del Rey Católico y del emperador Maximiliano I, que se habían unido contra el rey de Francia.

La figura de Fernando se explica no tanto como la de un hijo segundón, sino como la de infante español, que recibe una formación bien definida, humanística, religiosa y de cortesano, siendo su ayo clavero de la Orden de Calatrava.

Rodeado de españoles

El humanista italiano Lucio Marineo Sículo, junto con su colega Petrus Mártir, se encontraba en esos años en la Corte castellana, y era profesor de latín de los jóvenes de las familias Guzmán y Velázquez de Arévalo, y quizás también de Fernando. Desde su nacimiento hasta 1517, el príncipe estuvo rodeado exclusivamente de españoles: su ayo, Pedro Núñez de Guzmán; su capellán, fray Álvaro de Osorio, que había estudiado en Salamanca; los pajes, entre ellos miembros de la familia Guzmán, Osorio y Velázquez de Arévalo; y los oficiales y criados de su corte, que en parte le acompañaron a Austria en 1521 y que se quedaron con él duran-te muchos años, como Martín de Guzmán.

Esto corresponde a la descripción que nos ofrece fray Álvaro de Osorio en estos años: “Parecía en todas cosas así en la condición, en el gesto y como en el andar y en todas las otras cosas al rey don Fernando su abuelo. Era naturalmente inclinado a cosas de artificio como de pintar y esculpir y sobre todo a fundir cosas de metal y a hacer tiros de pólvora y tirar con ellos. Holgaba de oír crónicas y cuentos y de todo se acordaba (. . .) decía algunos dichos así siendo niño de cinco hasta nueve o diez años tan agudos, tan discretos que todos se maravillaban”.

Los destinos de los dos hermanos se desarrollaron en puntos diametralmente opuestos en Europa

Esto nos permite una cierta lectura del carácter del infante. El parecido que tiene con su abuelo materno tuvo reflejos en el gobierno de sus dominios. En palabras del historiador francés Berenguer, como soberano Fernando trabajó por afianzar su autoridad de la misma forma en que lo habían hecho poco antes los Reyes Católicos en España.

La vertiente política de estos años se presenta mucho menos halagüeña. La lucha por el poder en Castilla después de la muerte de Isabel la Católica convirtió al niño en una especie de prenda. Muerto su padre en 1506, le protegió en esa situación poco clara la ciudad de Valladolid. Había miedo a una guerra civil, cómo en la época de Enrique IV de Castilla, cuando un grupo de nobles eligió al infante Alfonso como rey, e incluso se habló ya de un posible destierro de Fernando en los Países Bajos. Terminó ese período con la llegada del rey de Aragón desde Italia, que apartó al niño de su madre, que se encerró en Tordesillas.

Las enseñanzas de su abuelo

Fueron éstos años decisivos, en los que Fernando acompañó a su abuelo dos veces hasta Sevilla, en 1508-9 y en 1511. Así, a los seis y ocho años fue testigo de dos expediciones: una, para reestablecer la autoridad de la Corona; la otra, para la preparación de una guerra en el Norte de África.

Aunque no se ponían en duda los derechos hereditarios de Carlos en los reinos españoles, desde la corte flamenca se obervaba con creciente inquietud al infante Fernando.

En la memoria del niño quedó la imagen del rey triunfante, ya que durante el viaje hasta Sevilla, en cuyo Alcázar residieron, las ciudades y villas del camino preparaban a su paso suntuosas fiestas. Aunque no se ponían en duda los derechos hereditarios de Carlos en los reinos españoles, desde la corte flamenca se obervaba con creciente inquietud cómo el infante Fernando, al lado de Fernando el Católico y de su nueva esposa Germana de Foix, se convertía en un competidor de su hermano mayor, que era un desconocido en la Península.

La muerte de Fernando el Católico, en 1516, supuso un vuelco definitivo en el destino de Fernando, que acabó siendo enviado al destierro, cuando sus partidarios perdieron el pulso que sostenían Con los defensores de los derechos de Carlos a la sucesión. Este escribió en español una serie de cartas, fechadas el 7 de septiembre 1517 en el puerto de Middelburg, que se conservan en el Archivo General de Simancas y confirman que las medidas que ordenó tomar obedecían a los consejos que le llegaban desde la Península.

Las personas del entorno de Fernando que se consideraron más peligrosas para los intereses del primogénito de juana fueron destituidas por el cardenal Cisneros en Aranda de Duero. A pesar de las protestas del infante, fueron sustituidos por partidarios de Carlos, tanto flamencos como españoles. Con el primer encuentro directo de los dos hermanos en Mojados, el 12 de noviembre 1517, se inició una relación complicada, que no terminaría hasta que Carlos V renunciara, cuatro décadas después, a la Corona imperial, acto celebrado en Bruselas en el que no estuvo presente su hermano. Aquel primer encuentro tuvo como trasfondo la cuestión de la sucesión en los Reinos Hispánicos.

A partir de este momento, y tras la muerte del Cardenal, Fernando se encontró bajo el control y el poder absoluto de su hermano, aunque aún viviera la reina Juana y, por poco tiempo, el emperador Maximiliano I. Finalmente, los hermanos se despidieron en Aranda de Duero en abril de 1518. El adiós a la Península fue sólo físico, porque nunca, hasta su muerte, se olvidó de sus raíces. Desde ese momento, los destinos de los dos hermanos se desarrollaron en puntos diametralmente opuestos en Europa. Mientras Fernando se casó con la hermana del último rey de Hungría, Carlos reanudó con su matrimonio las relaciones dinásticas con Portugal.

Las etapas del viaje

Fernando tuvo su primer contacto con centroeuropeos entre 1518 y 1521 durante su viaje a los Países Bajos. Esa estancia fue una etapa intermedia, en la que Fernando vivió en la corte de su tía, la archiduquesa Margarita, rodeado de españoles y de flamencos, gobernados, hasta 1522, por un mayordomo austríaco de nombre Wilhelm Guillermo de Rogendorf, apellido que los españoles transformaron en Rocandolfo. Era la fase de la incorporación del infante español a la Casa de Austria. Durante esos años no hace mucho, más bien espera acontecimientos, entre viajes de placer y fiestas. En realidad, Fernando se había quedado allí porque a principios de 1519 había muerto en Austria su otro abuelo, el emperador Maximiliano I. Esto había frustrado los planes de Carlos de alejarle enseguida todavía más de España, como había previsto.

En enero de 1519, desde Austria se había solicitado impacientemente la presencia de los dos hermanos después de la muerte de Maximiliano I. Pasron años hasta que, entre 1521 y 1522, Carlos, ya emperador, entregó a Fernando su herencia centro-europea. En Linz, en la Alta Austria, a orillas del Danubio, Fernando se casó con Ana Jagelona, princesa de los reinos de Hungría y Bohemia, lo que en pocos años abrió al desterrado infante los nuevos horizontes de lo que sería la longeva Monarquía Danubiana, que perduraría hasta 1918.