Pintorescos eclipses “españoles” que hicieron historia


El Pais

  • Elche, Burgos, Cistierna y Canarias fueron centros de atención mundial en el siglo XX
  • El 28 de septiembre podremos ver el eclipse de una superluna
El Rey Alfonso XIII junto con la Familia Real observando el eclipse en Burgos. Grabado de Marceliano Santa María. 1905. / Archivo Municipal de Burgos.

El Rey Alfonso XIII junto con la Familia Real observando el eclipse en Burgos. Grabado de Marceliano Santa María. 1905. / Archivo Municipal de Burgos.

En el verano de 1905, España, que por entonces contaba con casi 12 millones de analfabetos totales de una población de 18,6 millones, se convirtió en la capital científica mundial, aunque por pocos días. Todo se debió a los cálculos de astrónomos que predijeron que nuestro país sería el lugar en el que más tiempo se podría observar el eclipse solar total de ese año: tres minutos y 45 segundos, superando los dos minutos y medio que duró en la Península del Labrador (Canadá) y en Egipto.

Uno de los emplazamientos agraciados fue Burgos, lugar al que se desplazaron comisiones de los Observatorios de Burdeos, de Meudon y de Montpellier, dirigidos respectivamente por los científicos Rayet, Deslandres y Meslin. Aparte de la francesa, también acudieron a la cita delegaciones de Alemania, Holanda, Bélgica y Reino Unido.

Hubo otra expedición en el pueblo leonés de Cistierna. Hasta allí se trasladó Pierre Puiseux, astrónomo titular del Observatorio de París (“astrónomo perfecto, de tranquilo mirar, habituado a las científicas investigaciones, lejos de las batallas de la vida”, lo describían en la prensa de la época). Su séquito lo formaban nombres como Mr. Hamy (espectrógrafo), Bouty, Mr. Gautier (ingeniero) y Mr. Baillaud (director del Observatorio de Toulouse).

Las dos campañas corrieron diversa suerte. Mientras que en Cistierna el cielo se encapotó en el momento menos oportuno, frustrándose de este modo la expedición, en Burgos consiguieron, tal y como se afirma en la revista La Ilustración Española y Americana, “unos resultados optimistas”.

El eclipse total de Sol del 2 de octubre de 1959 impulsó la idea de la necesidad de un observatorio permanente en Tenerife

El de Cistierna/Burgos es uno de los eclipses pintorescos que han tenido un papel con cierta –en algunos casos, mucha- relevancia en episodios de la historia. Previamente, en 1900, se vivió algo parecido en Elche, cuando Camille Flammarion, el astrónomo-estrella por antonomasia, encabezó la expedición científica francesa para ver el eclipse de Sol actuando de reclamo para el resto de observatorios europeos.

Mariano D. Berrueta, el político y escritor que firma el artículo dedicado al fenómeno burgalés de 1905 en la publicación mencionada comenzaba con estas palabras: “Doctores tiene la Iglesia para definir el Dogma, y colaboradores valiosísimos tiene La Ilustración Española y Americana para explicar científicamente el resultado de las observaciones hechas antes, en y después del eclipse solar que este humilde cronista, sin segunda intención astronómica, ha presenciado hoy”.

Sin duda, era buena señal que España estuviera abandonando los prejuicios religiosos, pero lo cierto es que este carácter divino, sobrenatural, que tradicionalmente se les ha atribuido a los eclipses pudo salvarle la vida a Cristóbal Colón y a su tripulación. El genovés se encontraba en Jamaica, y los primitivos habitantes de la isla se negaban a suministrarle víveres. Como la situación era delicada –en los buques no había casi provisiones-, Colón, conociendo el dato científico, decidió amenazarles con dejar sin luz a la Luna si seguían negándose a alimentarlos. En efecto, el eclipse, en este caso lunar, ocurrió como estaba previsto, y los indígenas se asustaron tanto que proporcionaron todo cuanto necesitaran las naves españolas. Posiblemente habrían pensado que Colón era una especie de mago, como Tintín en El Templo del Sol.

Las campañas de Cistierna y Burgos corrieren diversa suerte. Mientras la primera se frustró por unas nubes inoportunas, en Burgos hubo “resultados optimistas”

Hablando de ciencia y prejuicios, ese mismo año del eclipse de Cistierna/Burgos, 1905, fue el de la publicación de la Teoría de la Relatividad Especial de Einstein, que se ganó la incredulidad de gran parte de la comunidad científica del momento. Y para poder verificar la Teoría de la Relatividad General, de 1915, tuvo que esperarse al eclipse de Sol de 1919. De ser cierta, los rayos de luz estelar que pasaran cerca del borde del Sol se doblarían ligeramente y harían que sus progenitores estelares apareciesen ligeramente desplazados en el cielo, dado que la luz se curvaría por la acción de la gravedad. Y así ocurrió en principio. Después se supo que los datos no fueron correctos, aunque el fenómeno en sí se haya comprobado en numerosas ocasiones posteriores.

Los eclipses en general, y los de Sol en particular, han sido una fuente valiosa de información en astronomía. La corona solar, por ejemplo, sólo se puede observar desde tierra en esas circunstancias. La comisión científica de Burgos consiguió datos sobre los siguientes aspectos: la física y química de las envolturas del Sol y la forma de las protuberancias solares, las diferencias y anomalías de intensidad lumínica entre la corona solar y los alrededores del cielo y la constitución de la corona solar desde el punto de vista de la polarización.

En un fragmento de un artículo publicado en un periódico de la época, El Castellano, y recogido en el libro Eclipse total de Sol en la ciudad de Burgos, de Mª Luisa Elúa Vadillo, se describía así el evento en la ciudad burgalense: “El oscuro disco de la luna va avanzando sobre el disco del sol, produciendo una ligera mordedura que va progresivamente creciendo (…). La corona solar ofrecía, indudablemente, un aspecto interesantísimo y sorprendente. Al cabo de breves momentos aparecen chispitas de luz como perlas en uno de los extremos del disco lunar (…).”. Esas “chispitas de luz” posiblemente hiciera referencia a las bautizadas como “perlas de Baily” descritas por Francis Baily precisamente en un eclipse, el solar de 1836. Este fenómeno se produce porque el relieve lunar no es esférico y, por esa razón, en los segundos que preceden el máximo del eclipse se producen destellos.

Los eclipses sirven, por ejemplo, para estudiar la corona solar, que sólo se puede observar desde Tierra en esas circunstancias

Otro eclipse total de Sol fue visible desde Canarias el 2 de octubre de 1959. Este evento astronómico impulsó la idea de la necesidad de un observatorio permanente en Tenerife (el Observatorio del Teide), cuestión que ya había sido sugerida a principios de siglo por el astrónomo francés Jean Mascart, pero truncada con la Primera Guerra Mundial. Las condiciones del clima y las altas cumbres de Canarias atrajeron a numerosos científicos, como un equipo británico que se trasladó a las Islas para estudiar los efectos del eclipse en las aves. Sin duda, lo que más llamó la atención fue la llegada de un reactor ultrasónico F-101 B de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que se pasó varias semanas sobrevolando las Islas a 1.800 km/h para filmar el eclipse. Muchos curiosos se acercaban a este avión y algunos convivieron con los técnicos llegados desde Estados Unidos.

De eclipse en eclipse llegamos a la actualidad. Hoy en día, los eclipses se pronostican con gran nivel de precisión. El sitio web http://www.timeanddate.com/eclipse/list.html alberga datos de eclipses de los próximos 10 años. El más cercano en el tiempo será el próximo 13 de septiembre, un eclipse solar parcial que se podrá ver en el sur de África, los océanos Índico y Atlántico y en la Antártida. Un eclipse como el de Burgos, eclipse total de Sol, no se producirá hasta el 21 de agosto de 2017, que será visible desde Estados Unidos, pero antes, a finales de este mes, el 28 de septiembre, tendremos la oportunidad de contemplar el eclipse de una superluna. ¿Se lo van a perder?

Elena Alonso García es licenciada en Ciencias de la Información. Ha trabajado en secciones de Ciencia de varios periódicos y, actualmente, es periodista en prácticas de la Unidad de Comunicación y Cultura Científica (UC3) del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).

Hallada en África una gran sima de huesos con una nueva especie humana


El Pais

  • El ‘Homo naledi’, descubierto en Sudáfrica, podría haber hecho uno de los primeros rituales funerarios que se conocen

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Se buscan expertos o expertas en antropología, delgadas, bajitas y que no tengan claustrofobia. Este era más o menos el anuncio de trabajo que lanzó hace dos años Lee Berger por las redes sociales. Buscaba gente capaz de meterse por una grieta de 18 centímetros de ancho y sacar a la luz lo que prometía ser un cargamento de fósiles humanos sin igual.

Hoy se han publicado los datos más completos de esa excavación, realizada en la cueva Rising Star, a unos 50 kilómetros de Johannesburgo (Sudáfrica). Los resultados destapan la existencia de una sima con más de 1.500 fósiles humanos entre los que hay al menos 15 individuos. Los autores aseguran que son una nueva especie dentro de nuestro género, que han bautizado como Homo naledi. Naledi quiere decir estrella en sesotho, una lengua local.

Los descubridores creen que aquellos homínidos fueron depositados allí por sus congéneres, lo que supondría un inesperado comportamiento funerario nunca observado en humanos tan primitvos. Todos los restos se conocen gracias al trabajo de un equipo íntegramente femenino que fue capaz de colarse en la estrecha cámara durante dos expediciones. El conjunto es el yacimiento de fósiles humanos concentrados en un solo lugar más grande de todo África y uno de los mayores del mundo, según sus descubridores.

Los fósiles analizados en el estudio / eLIFE

Los fósiles analizados en el estudio / eLIFE

Probablemente lo más apasionante del hallazgo son las preguntas que deja sin responder. Los descubridores dicen no haber conseguido datar los fósiles ni saben cómo llegaron hasta allí todos esos cadáveres. Para llegar hasta la cámara en la que se hallaron hay que recorrer unos 80 metros de cueva, trepar una pared y escurrirse por una grieta que los investigadores comparan con la boca de un buzón, bromeando solo a medias. Esta ruta, totalmente en tinieblas, es la única que existe hoy y, según los estudios geológicos, la única que existía cuando se depositaron los cadáveres. Por el tamaño de los huesos, estos incluyen infantes, niños, adolescentes, adultos y ancianos. Ninguno tiene marcas de traumatismo por una posible caída a la fosa, ni tampoco signos de haber sido devorados por un animal o por su propia especie, como sí sucede en el único yacimiento comparable: la Sima de los Huesos en Atapuerca (Burgos). Apenas hay rastros de ningún otro animal excepto unos pocos pájaros y ratones. En la cueva no hay marcas de crecidas de agua intensas que podrían haber arrastrado hasta allí los restos. Además aparecen partes de los cuerpos en perfecta articulación. Con todos estos datos en la mano, la única hipótesis que queda en pie es la de que alguien los dejó ahí en varios momentos en el tiempo, dicen los autores del estudio. Un ritual funerario que hasta ahora sólo se atribuía a humanos más modernos y con más cerebro.

“Tenemos casi todos los huesos del cuerpo representados varias veces, lo que hace que Homo naledi sea ya prácticamente el fósil de nuestro linaje que mejor se conoce”, celebra Lee Berger, paleaontropólogo de la Universidad de Witwatersrand, en una nota de prensa difundida por las instituciones que han participado en las excavaciones. Tras el hallazgo, en octubre de 2013, ante un montón de huesos tan complejo, el paleoantropólogo comenzó a seleccionar un nutrido grupo de científicos internacionales, la mayoría de ellos jóvenes, para que le ayudasen en el análisis de cada parte del cuerpo de la nueva especie.

Los huesos estaban solo parcialmente fosilizados y algunos estaban a simple vista sobre el suelo de la cueva. El análisis de los restos y su contexto geológico, publicados hoy en la revista científica de acceso abierto eLIFE, describe una especie que hubiera llamado la atención si la viéramos paseando por la calle, pero que ya no eran simples chimpancés erguidos. Los australopitecos son el género del que la mayoría de expertos piensan que surgió el género Homo, aunque hasta hace muy poco había un vacío total de fósiles que permitiese confirmalo. Por su morfología, los naledi parecen estar justo en el límite entre ambos grupos. Medían un metro y medio y pesaban unos 45 kilos. Aún no habían comenzado a desarrollar un cerebro grande (500 centímetros cúbicos comparados con los al menos 1.200 centímetros cúbicos de un Homo sapiens), pero ya tenía un cuerpo estilizado y rasgos humanos, como la capacidad para andar erguidos o unos dientes relativamente pequeños. Sus manos tenían ya el pulgar oponible que permite fabricar herramientas de piedra y sus pies eran muy parecidos a los de los humanos modernos, solo que un poco más planos.

El misterio funerario

Markus Bastir, un investigador de origen austríaco que trabaja en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), ha participado en el análisis del tórax del Homo naledi. Junto a Daniel García Martínez, Bastir ha usado tecnología 3D para reconstruir todo el tórax del naledi partiendo de los fragmentos de costillas, vértebras y otros fósiles hallados en la cueva de Sudáfrica. “Nuestros resultados indican que la columna vertebral y el tronco eran muy primitivos, como los de un australopiteco”, explica. “Además, las falanges de sus dedos eran curvas, una adaptación para trepar a los árboles”. Esta mezcla de rasgos es única, lo que les hace distintos de los Homo habilis (hasta ahora considerados los primeros miembros del género Homo, aunque por restos muy escasos) y dignos de que se les considere una nueva especie, explican los científicos.

Por su morfología, los responsables del hallazgo sitúan al Homo naledi justo en el origen del género Homo, en el punto intermedio entre los australopitecos y las especies plenamente humanas como Homo erectus. Esto supondría que vivieron hace al menos dos millones de años y les otorgaría un papel clave hacia la aparición de nuestra especie. Chris Stringer, del Museo de Historia Natural de Londres, que no ha participado en el estudio, apunta otra posibilidad muy diferente. ¿Y si los restos tienen menos de 100.000 años? “Significaría que el H.naledi sobrevivió hasta hace relativamente poco igual que hizo el Homo floresiensis (hombre de Flores) en Indonesia, que también combina cerebro y dientes pequeños”, explica en un artículo de análisis sobre el hallazgo. En ese caso los naledi no serían nuestros ancestros directos y podrían ser un callejón sin salida en la historia de nuestra evolución.

Descubrimiento polémico

El anuncio de las excavaciones de la cueva Rising Star, financiadas en parte por National Geographic, se ha hecho en una rueda de prensa en Londres, la ciudad en la que estos días se encuentran muchos popes de la paleoantropología que asisten al Congreso de la Sociedad Europea para el Estudio de la Evolución Humana. Es posible que el hallazgo tenga allí su primera prueba de fuego, debido a las muchas preguntas que deja abiertas. ¿Pudo una especie de cerebro tan pequeño tener la conciencia suficiente como para sepultar a sus congéneres? ¿Cómo llegaron a la sima en completa penumbra? ¿Por qué no se han podido datar los fósiles con carbono, ADN u otras técnicas, lo que al menos indicaría un rango aproximado de su antigüedad?

Para Juan Luis Arsuaga, codirector de los yacimientos de Atapuerca, el hallazgo es “asombroso”. Sin embargo no comulga con todo, pues cree que la cueva tenía otra entrada en el pasado por la que se pudo acceder al límite de la fosa sin necesidad de luz artificial, lo que descartaría otra de las derivadas sugeridas por el trabajo: que los naledi pudieron usar fuego para llegar hasta allí. Kaye Reed, de la Universidad Estatal de Arizona, opina que sin fechas para los fósiles es “imposible” situar a esta nueva especie en nuestro árbol evolutivo más allá de incluirla en el género “Homo”. Duda también de los argumentos del enterramiento, que sin fechas no son convincentes, dice. “Sus descripciones están bien pero encuentro que sus conclusiones tienen demasiado celo; muchos investigadores quieren que su fósil cambie nuestra visión de la evolución humana. A veces el fósil lo hace y a veces no”, advierte.

 

Publican los diarios completos de Alfred Rosenberg, «arquitecto del Holocausto»


ABC.es

  • Escritos entre 1934 y 1944, dan fe de la tensión entre los ministros de Hitler y aportan una visión íntima y profunda del nazismo
archivos del ushmmm Alfred Rosenberg en la Asamblea Nacional francesa en 1940

archivos del ushmmm | Alfred Rosenberg en la Asamblea Nacional francesa en 1940

«¿Cree usted que es casualidad que yo le haya llamado dos veces para que pronuncie grandes discursos en el Día del Partido? Me resulta difícil decírselo así, pero si alguien me pregunta por usted, le contestaré que es la mente más profunda del movimiento. Usted es el padre de la iglesia del Nacionalsocialismo». Con estas palabras se dirigía Adolf Hitleral que sería su ministro Alfred Rosenberg, principal teórico del antisemitismo y uno de los ideólogos de la «Solución final», la política racial que acabó con la vida millones de judíos.

Testimonios tan directos como este aparecen en «Alfred Rosenberg. Diarios 1934 – 1944», libro de la editorial Memoria Crítica que acaba de ver la luz. Aunque hace tiempo que se conoce la existencia y el contenido de estos apuntes, nunca se habían publicado los folios correspondientes al último tramo de la Segunda Guerra Mundial, cuando el conflicto fue afectando la moral y la autoestima del entorno de Hitler como una gota malaya.

Una de las cosas que se confirma con estos diarios es la tremenda inquina que Rosenberg sentía por Goebbels. Los dos se odiaban, y apuntaron en sus respectivos diarios los desprecios que Hitler les dedicaba cuando uno de los dos no estaba presente. Un comportamiento que denota o falta de estima del Führer con su núcleo duro o una extraña estrategia con la que mantener la competencia entre ministros. El libro demuestra en muchos casos que los hombres de confianza de Hitler se comportaban como niños peleando por el amor de un padre.

Un padre al que temían, por otra parte, porque el mismo Rosenberg explica cómo se asustó al recibir un telegrama del Führer convencido de que sería una bronca por escrito.

Cuentan los autores del libro que este ministro para los Territorios Ocupados del Este era poco menos que un pelota, y que presentaba sus discursos a Hitler para obtener su aprobación. También «enseñaba con gestos igualmente serviles y un orgullo casi infantil el patrimonio artístico que había reunido robando en toda Europa, y del que Hitler pudo escoger personalmente algunas piezas para el “Museo del Führer” en Linz». Rosenberg, además de ser el teórico del nacionalsocialismo, jugó un papel crucial en el expolio de obras de arte.

Odio entre ministros

Los apuntes de Rosenberg recogían también chascarrillos y conversaciones de todo tipo. «Acabo de volver de la recepción que el Führer ofrece cada año al cuerpo diplomático», escribió el 1 de marzo de 1939. «Resulta que (…) Goebbels dijo que, si al Führer no le gustaba su vida, tendría que habérselo pensado antes de actuar en 1924. Aunque sé de sobra lo mezquino que es Goebbels, me sorprendió mucho su franqueza». Directo al mentón.

Pero no solo Goebbels era el blanco de las críticas de Alfred Rosenberg. También el ministro de Exteriores, Joachim von Ribbentrop, al que tacha de arrogante en una conversación con Hermann Göring. Corría el mes de mayo de 1939. Aún no había empezado la guerra y ya estaban a golpes.

—En definitiva, ¿Von Ribbentrop está loco o es idiota? —le pregunta Göring.

—Es un tipo realmente idiota y con la arrogancia habitual —responde Rosenberg.

—Una cosa de la que me he enterado hace poco: se sabe que ha solicitado a un pariente suyo que lo adopte para poder mantener en su apellido la preposición «von». Sin embargo, no ha pagado el dinero que había acordado abonar a cambio y lo han llevado a juicio.

—En los tiempos de la lucha —añade Rosenberg—, la gente se burlaba de él.

—Hoy ese idiota cree que tiene que dársela de «canciller de hierro» (…). Los imbéciles como este encuentran poco a poco su ruina; pero pueden causar un enorme daño.

Criminal convencido

Cuchicheos aparte, Rosenberg pasará a la historia por ser uno de los más firmes defensores de la «Solución final». El historiador español Josep Fontana lo definió como el «arquitecto del Holocausto» y acertó, porque sus palabras sobre los judíos iban siempre cargadas de un odio visceral y extremo, acusándolos de todos los males de «su» patria. «Sigo enfureciéndome cada vez que pienso en lo que ese pueblo parásito le ha hecho a Alemania».

Rosenberg mantenía que los judíos y los bolcheviques eran prácticamente lo mismo. Pero en realidad solo buscaba un pretexto ideológico (político) para una decisión puramente racial. «Sea como fuere –declaró en su momento–, debemos concatenar el bolchevismo a los judíos e impedir que, de repente, estos últimos se conviertan también en “antibolcheviques” y vuelvan a envenenar al victorioso nacionalismo de nuestro tiempo». Rosenberg era, según los autores del libro, un «criminal por convicción» que creyó en todo lo que predicaba hasta el final de sus días, también durante el confinamiento en Nuremberg.

Al terminar la Guerra fue detenido por el ejército de Estados Unidos y juzgado junto a otros jerarcas del nazismo. Le acusaron de crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, participación en la preparación de una guerra de agresión y crímenes contra la paz. Tras ser declarado culpable, el 16 de octubre de 1946 se le aplicó la pena de muerte.

«España elegirá en Toledo a su propio Papa»

¿Hablaba algo de castellano Carlos I cuando llegó a España?


ABC.es

  • Lejos de la imagen dada por la nueva serie de TVE, la auténtica llegada del Rey a la península estuvo marcada por su nulo conocimiento del idioma. Su tía Margarita, en cuyo hogar de Flandes pasó la infancia, impidió que aprendiera la lengua

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Para quienes esperaban un nivel de documentación histórica a la altura de la serie «Isabel» supuso un primer mazazo, en el estreno de «Carlos, Rey Emperador», el hecho de que el Príncipe de los reinos hispánicos -más tarde Emperador V de Alemania- hablara desde un primer momento un perfecto castellano sin el menor atisbo de acento. La realidad sobre su llegada a España fue mucho menos romántica. Carlos de Gante había recibido una educación estrictamente europea y apenas chapurreaba el castellano, lo cual causó malestar entre la nobleza española, que percibía como extranjero al nieto de los Reyes católicos.

En realidad, solo la casualidad había propiciado la llegada de los Habsburgo a España, que reinarían durante casi dos siglos sobre la unión de los dos principales reinos hispánicos. Así, cuando los Reyes Católicos decidieron casar al borgoñés Felipe de Habsburgo con su hija Juana «La Loca», ésta solo era la tercera en la línea de sucesión al trono. La muerte sin dejar descendencia de los hermanos mayores de Juana propició la llegada de Felipe «El Hermoso» al trono de Castilla. Más tarde, el hijo mayor del matrimonio, Carlos I, heredó ambas coronas, la de Castilla y la de Aragón, a consecuencia de la prematura muerte de su padre Felipe I, el fallecimiento sin herederos varones de Fernando «El Católico» -que hasta el último momento trató de engendrar un hijo con su segunda mujer– y la incapacidad para reinar de su madre. La educación que había recibido no estaba pensada para reinar en España, sino en los territorios europeos de los Habsburgo y de los Borgoña.

Una educación muy lejos de España

Felipe de Habsburgo, natural de Brujas e hijo de Maximiliano I -Sacro Emperador Romano-, quiso de esta forma que sus hijos nacieran y se criaran en los Países Bajos. A excepción del pequeño, Fernando de Habsburgo, que curiosamente acabaría gobernando fuera de España, todos los hijos de Felipe I y Juana se criaron allí. Ante la incapacidad de Juana para criar a sus propios hijos -presa de un amor obsesivo y tiránico-, en los primeros años de su vida Carlos y sus hermanas quedan confiados a la viuda de Carlos «El Temario», Margarita de York, que les enseñó a hablar francés, alemán (mal), inglés, flamenco, latín, pero no español. El resto de la educación del Príncipe continuó por la misma senda, sin que la historia o tradiciones españolas aparecieran entre las materias de sus estudios. No obstante, consciente de que Carlos podría ocupar algún día su trono, Fernando «El Católico» envió al humanista Luis Cabeza de Vaca a Flandes para que le enseñara castellano y las costumbres españolas, aunque a tenor de los resultados no debió cosechar mucho éxito. Buena culpa de ello la tuvo la tía de Carlos, Margarita, gobernadora de los Países Bajos, en cuyo hogar pasó toda la primera adolescencia, que se opuso a que aprendiera la lengua española.

Como le ocurriría a Felipe II cuando viajó a los Países Bajos a principios de su reinado sin saber apenas francés, Carlos I de España fue recibido con bastante recelo entre la nobleza castellana a causa de su incapacidad para expresarse en su idioma más allá del saludo protocolario. Carlos, que se había asegurado su posición como soberano de los reinos hispánicos gracias al reconocimiento del Papa León X, partió el 8 de septiembre de 1517 con su escuadra desde Flesinga rumbo a Santander, aunque finalmente una fuerte tormenta obligó a iniciar el desembarco ante la costa de Villaviciosa, donde los asturianos confundieron la expedición con un ataque turco o francés. Ya en Valladolid, recibió la noticia del fallecimiento del cardenal Cisneros, lo que le dejaba completamente allanado el gobierno de Castilla. Con el objetivo de ganarse a los españoles, durante cuatro meses se sucedieron fiestas, banquetes, desfiles, corridas de toros y justas, en las que el Rey se destacó como un excelente atleta.

Sin embargo, pese a sus esfuerzos, seguía mostrándose esquivo en el trato personal a causa de sus escasos conocimientos del idioma. Guillermo de Croy, señor de Chièvres, hacía las veces de interlocutor entre Carlos y la mayoría de nobles castellanos y aragoneses, que, a excepción de unos pocos como el marqués de Villena o el Obispo de Badajoz integrados en las filas flamencas, fueron apartados poco a poco de las esferas de poder. Chièvres, que apenas conocía el país, se dedicó a conceder una buena cantidad de beneficios a los nobles flamencos que le acompañaban y reservó para su sobrino, el cardenal Guillaume de Croy, que tenía 20 años, el principal de todos los cargos eclesiásticos: el arzobispado de Toledo. El asunto despertó una gran indignación entre la nobleza, que celebró por aquellas fechas unas cortes plagadas de desconfianza.

A principios de 1518, las Cortes de Castilla juraron fidelidad como Rey al extranjero Carlos, cuyo nombre incluso sonaba poco familiar a oídos locales. No en vano, entre las condiciones exigidas por las Cortes estaban la obligación de aprender a hablar castellano en el menor tiempo posible, el cese de nombramientos a extranjeros y un trato más respetuoso a su madre Juana, recluida en Tordesillas. La mayoría de estas peticiones nunca fueron satisfechas, lo que unido a la rápida salida de Carlos de Castilla con dirección a Aragón y luego a Alemania -donde acudió a reclamar el trono vacante de su abuelo Maximiliano I al frente del Sacro Imperio Romano Germánico– derivó en la conocida como Guerra de las Comunidades de Castilla, que precisamente reclamaba un mayor protagonismo castellano en el gobierno de estas tierras. Sin el apoyo de la alta nobleza, la rebelión duró poco tiempo y Carlos nunca vio peligrar realmente su corona en Castilla, aunque procuró rodearse a partir de entonces de más consejeros de esta región.

La españolización vino de manos femeninas

Con el paso de los años, las prestaciones de la infantería castellana -pronto conformada como tercios- y las grandes remesas de metales preciosos llegados de las Indias convencieron a Carlos I de España de la necesidad de dar preeminencia a este reino y a su nobleza dentro de la estructura imperial. La inclusión de castellanos entre sus hombres de confianza sucedió de forma natural y, en lo referido al idioma, su Cesárea Majestad consiguió aprender castellano en poco tiempo, pese a lo cual muchos de sus contemporáneos destacaron el marcado acento hasta sus últimos días de vida. Su esposa, Isabel de Portugal, tuvo buena parte de culpa de la españolización de Carlos; y el contacto reiterado con Garcilaso de la Vega, soldado y poeta, aceleró el aprendizaje de la lengua.

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Años después, un incidente con el Papa da cuenta de la importancia que adquirió el castellano para el Monarca. Así, el aventurero y extravagante cronista Pierre de Bourdeille se refiere en su obra «Bravuconadas de los españoles» a que «estando Carlos en Roma habló delante del Papa, de los embajadores y de los cardenales bramando un tanto por arrogancia de su victoria en Túnez y La Goleta. Estaban presentes dos embajadores franceses y reconvinieron a su Cesárea Majestad por expresarse en español y no en otro idioma más inteligible. El Emperador dio la espalda a uno de los embajadores, el del Rey galo, y se dirigió al otro, el embajador francés ante su santidad: -Señor obispo, entiéndame si quiere; y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana».