El código Bushido y las bombas de Hiroshima y Nagasaki


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  • Debido al indomable espíritu de los samuráis los militares norteamericanos creyeron que sólo podrían doblegar al ejército japonés si sobre territorio civil lanzaban el arma más poderosa y letal
abc Murieron alrededor de 250.000 personas como consecuencia de las dos explosiones

abc | Murieron alrededor de 250.000 personas como consecuencia de las dos explosiones

«Tras las grandes batallas suelen caer grandes e intensas lluvias»

Plutarco

El camino del guerrero (conocido como código Bushido) era de obligado seguimiento para los samuráis, los cuales no temían morir porque estaban seguros de que volverían a reencarnarse y a tener otras vidas. Estos guerreros del antiguo Japón se caracterizaban por las siguientes virtudes: lealtad, justicia, honor y, si era necesario, inmolación. No tenían miedo al peligro y eran expertos en numerosas artes marciales.

Su muerte en batalla producía honor y riqueza a su familia. Morir en batalla no era una desgracia. Sí era una desgracia ser derrotado en combate, entonces la única salida compatible con su estricto código era el suicidio (conocido como seppuku o hara-kiri) para poder morir con honor sin ser hecho prisionero. Después de beber sake, se desabrochaba el kimono blanco (color de los difuntos en Japón), se colocaba de rodillas, redactaba un poema y con una daga de 30 cm atravesaba su abdomen hasta morir desangrado con las entrañas fuera de su cuerpo. Una vez muerto alguien conocido debía decapitarle.

La religión más seguida en Japón es el sintoísmo, y en ella se adoran los espíritus que gobiernan la naturaleza (los kamis), y a los ancestros, especialmente a su señor feudal y a la familia imperial, porque ella es la fuente y el cimiento de toda la nación japonesa. Según esta creencia el emperador es divino, es la encarnación del cielo en la tierra, por lo que se le debe una suprema lealtad y eso explica el patriotismo exacerbado de la mayoría de los japoneses.

Los americanos, desconcertados

Lo expuesto anteriormente explica por qué las tropas americanas en el Pacífico estaban totalmente desconcertadas con la forma de combatir de los japoneses, especialmente con los pilotos de la Armada Imperial denominados kamikazes (vientos divinos). Sus aviones cargados con bombas chocaban, de manera deliberada, contra los barcos americanos para hundirlos. A los kamikazes no les importaba morir, como buenos samuráis, se sacrificaban por su emperador. Ellos no necesitaban espada, porque su alma era una espada.

Avión «Zero» japonés, utilizado por los kamikazes en la II Guerra Mundial y expuesto en el Museo de la Paz de Chiran(PABLO M. DÍEZ)

Avión «Zero» japonés, utilizado por los kamikazes en la II Guerra Mundial y expuesto en el Museo de la Paz de Chiran(PABLO M. DÍEZ)

Los militares japoneses estaban convencidos de que iban a perder la Guerra del Pacífico, ya no había ninguna esperanza de éxito. Creían que los soldados americanos les iban a invadir y el único plan que les quedaba era totalmente kamikaze: los cien millones de japoneses sacrificarían sus vidas cargando contra el enemigo, peleando cuerpo a cuerpo, para obligarles a retirarse de las islas. Pensaban como los espartanos, no preguntaban cuántos son, sino dónde están. También empezaron a construir búnkeres subterráneos secretos para poder salvaguardar al emperador.

El «Proyecto Manhattan»

Por estos motivos, los militares americanos decidieron que la única forma de detener la guerra en el Pacífico era aplicar una medida muy drástica. El 7 de mayo de 1945 se habían rendido los alemanes, había terminado la Segunda Guerra Mundial en Europa. Mientras tanto, el «Proyecto Manhattan», dirigido científicamente por Oppenheimer, había llegado hasta el final.

Se había trabajado en paralelo con una generación excelente de físicos, químicos e ingenieros que habían construido dos bombas nucleares: una de uranio («Little Boy») y otra de plutonio («Fat Man»). La de plutonio se probó en el desierto de Nuevo México el 16 de julio de 1945 con el nombre en clave de Prueba Trinity. Se cuenta que ese día amaneció dos veces. La prueba superó casi todas las expectativas cuando se midió su potencia.

Fujio Torikoshi, superviviente de Hiroshima (PABLO M. DÍEZ)

Fujio Torikoshi, superviviente de Hiroshima (PABLO M. DÍEZ)

El ejército norteamericano ya había masacrado, con los bombarderos B-29, hasta 67 poblaciones civiles de Japón, causando numerosísimas bajas; pero el ejército japonés no bajaba su moral ni se planteaba rendirse. Con estas dos nuevas y mortales armas de combate disponibles, se decidió que la única forma de doblegarles era lanzar una de ellas sobre una ciudad japonesa de tamaño medio. La elegida fue Hiroshima.

La explosión de «Little Boy»

El 6 de agosto de 1945 a las 08:15, «Little Boy» explotó a 600 metros de altura, para producir bastante más daño que si hubiera explotado al colisionar contra el suelo. La onda expansiva se desplazó a 1600 km/h (444 m/s), más rápido que el sonido, y abarcó casi toda la ciudad en pocos segundos. Se fundió todo el cristal en un radio de 1 km (las botellas de cristal, los cristales de las ventanas y de las gafas) y se desintegraron los pájaros que volaban cerca. Pocos segundos después se creó una onda de compresión, opuesta a la onda expansiva inicial, debido a la zona de baja presión en el epicentro de la explosión.

Fotografías aéreas de Hiroshima, antes (arriba) y después (abajo) de la explosión (EFE)

Fotografías aéreas de Hiroshima, antes (arriba) y después (abajo) de la explosión (EFE)

En un radio de un kilómetro, el 90% de los edificios de la ciudad habían sido aplastados. Unas setenta mil personas murieron incineradas por la explosión. La ciudad ardía por sus cuatro costados. Las llamas tardaron más de doce horas en extinguirse. En total se estima que más de ciento cincuenta mil personas desaparecieron de la faz de la tierra. Debido a la elevada tasa de radiactividad, durante más de 50 años no pudo cultivarse nada en la ciudad.

La ciudad que se salvó gracias a las nubes

Después de ver la catástrofe producida en Hiroshima, los japoneses no aceptaban el rendimiento incondicional, su principal obsesión era que Hirohito, el emperador de Japón y su divinidad, quedara a salvo. Por ese motivo no se rendían. Estaban dispuestos a sacrificarse hasta el holocausto final.

Nuevamente la maquinaria militar norteamericana se puso en marcha y tres días después, el 9 de agosto de 1945, eligieron un nuevo objetivo, la ciudad de Kokura, para arrojar sobre ella la otra bomba elaborada en el proyecto Manhattan, la bomba de plutonio. El destino quiso que Kokura estuviera cubierta de nubes y se decidió lanzar «Fat Man» sobre Nagasaki, el objetivo fijado como secundario.

Momento posterior a la explosión en Nagasaki (EFE)

Momento posterior a la explosión en Nagasaki (EFE)

Se estima que murieron cerca de un cuarto de millón de civiles debido a las dos explosiones y sus posteriores secuelas. El azar quiso que se produjera la sorprendente carambola trágica: algunos ciudadanos de Hiroshima había huido a Nagasaki para refugiarse, y allí sufrieron un segundo bombardeo letal. Además, los servicios de inteligencia americanos intoxicaron a la población mundial, pasando la información falsa de que se disponía de más bombas nucleares preparadas para la devastación si el ejército del Imperio del Sol Naciente no se rendía.

Rendición con una única condición

Como consecuencia de estas dos demostraciones tan aplastantes y crueles del poderío nuclear norteamericano, el ejército japonés se rindió con una única condición: preservar al emperador y su familia de todo juicio posterior. El 15 de agosto, Hirohito anunció su capitulación, que implicaba modificaciones de la constitución, ocupación de su territorio con bases militares norteamericanas y la prohibición de tener ejército, entre otras condiciones.

El 2 de septiembre (hace 70 años) se firmó la rendición sobre la cubierta acorazado de la Marina de Guerra norteamericana USS Missouri. Como ya dijo Cayo Julio César: «La guerra otorga a los conquistadores el derecho de imponer a los vencidos las condiciones que quieran».

Los representantes de Japón en el USS Missouri antes de firmar la rendición (U.S. NATIONAL ARCHIVES)

Los representantes de Japón en el USS Missouri antes de firmar la rendición (U.S. NATIONAL ARCHIVES)

Tras la derrota de Japón, que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, muchos soldados japoneses prefirieron morir antes que aceptar la rendición. Pusieron fin a sus vidas usando el método tradicional del código Bushido. Otros, en cambio, nunca aceptaron esta derrota y algunos nunca tuvieron noticias de ella. En 1974 un soldado japonés se entregó al ejército indonesio, había estado oculto en la selva durante casi 30 años. En 1991, en Tailandia, se entregó otro soldado japonés, ya casi anciano. Había pasado 46 años escondido en la jungla. Nunca llegó a asimilar del todo que su país había sido derrotado. Su mente no era capaz de entender lo sucedido. Ya lo dijo Virgilio: «¡Guerras, odiosas guerras!».

 

La sangre nueva del fotoperiodismo


El Pais

  • El festival Visa pour l’Image reúne a las últimas hornadas del reporterismo en Perpiñán
Soldados franceses en la trinchera en Bambari (República Centroafricana), verano de 2014. / Edouard Elias

Soldados franceses en la trinchera en Bambari (República Centroafricana), verano de 2014. / Edouard Elias

El fotoperiodismo vuelve a invadir Perpiñán. La 26ª edición de Visa pour l’Image, festival de referencia que aspira a tomar anualmente la temperatura de la fotografía de prensa en todo el mundo, tiene lugar hasta el 13 de septiembre en una decena de sedes del centro de la ciudad francesa, convertida en lugar de encuentro para profesionales y aficionados. En el programa de esta edición, compuesto por 24 muestras gratuitas y decenas de proyecciones nocturnas al aire libre, sobresale una voluntad de apertura a las nuevas generaciones del reporterismo. “No fue premeditado escoger a tantos jóvenes, porque no creo en las cuotas. Para mí, solo existen dos categorías: los buenos fotógrafos y los malos”, afirma el director del festival, Jean-François Leroy. “Sin embargo, que haya tantos jóvenes con talento me tranquiliza. Demuestra que, pese a las dificultades que vive el sector, esta profesión no está muerta”.

El menor de todos ellos es el francés Édouard Elias, de 24 años, que en 2013 pasó diez meses secuestrado en Siria. En Perpiñán expone su última serie, sobre la acción de los soldados de la Legión Extranjera del ejército francés en la República Centroafricana, de la tensa espera en la retaguardia al combate, en plena tormenta de arena, en las trincheras de Bambari. El conflicto bélico y las turbulencias políticas vuelven a ser, un año más, el eje central de un programa especialmente duro, plagado de imágenes que no dejan indemne a nadie.

El venezolano Alejandro Cegarra, de 26 años, indagó durante meses en la herencia de Hugo Chávez en Venezuela, donde sus seguidores aspiran a perpetuar su legado, mientras que el somalí Mohamed Abdiwahab, de 28 años y formado a través un curso por correspondencia, retrató la difícil situación de su país, casi inaccesible para los reporteros extranjeros. Gracias a su nacionalidad, el ruso Sergey Ponomarev, de 35 años, logró adentrarse en la Siria de Asad para retratar la perturbadora cotidianidad de quienes viven bajo las bombas. En una imagen, un niño parece celebrar su cumpleaños entre los escombros. En otra, una familia regresa al apartamento que abandonó dos años atrás para instalarse de nuevo en él, pese a estar en ruinas.

Entre los profesionales expuestos también figuran más mujeres de lo habitual. Entre ellas, fotógrafas que apenas superan la treintena, como Diana Zeyneb Alhindawi, reportera rumanoiraquí que retrata a las víctimas de violaciones en la República Democrática del Congo; o la canadiense Adrienne Surprenant, que indaga en los preparativos para la construcción del nuevo canal interoceánico en Nicaragua, tres veces mayor que el de Panamá. Por su parte, la francesa Viviane Dalles, de 36 años, siguió durante meses a las madres adolescentes en el norte francés, mientras que la estadounidense Nancy Borowick, de 30 años, hizo una crónica del tratamiento médico de sus padres, a quienes se diagnosticó un cáncer avanzado a la vez, en una de las series más devastadoras de esta edición. En ella desaparecen las fronteras entre lo público y lo privado. “Si me dedico a esto, es para contar historias a través de la imagen. La fotografía no solo es mi trabajo, sino también mi vida, mi carrera, mi pasión y una gran parte de quien soy”, explica Borowick, que decidió rendir homenaje a sus progenitores en el último episodio de sus vidas.

Los consagrados

Pese al rejuvenecimiento, el festival no gira la espalda a las figuras consagradas. La gran retrospectiva de esta edición homenajea a Eli Reed, gran fotógrafo de la agencia Magnum. Revisa su trayectoria de más de 50 años a través de casi 300 fotografías, que configuran una especie de retrato colectivo de la población estadounidense. Otro veterano como el alemán Gerd Ludwig recorre el circuito turístico de la antigua central de Chernóbil y la ciudad fantasma de Pripyat, donde vivieron 50.000 personas antes de la catástrofe nuclear. Por su parte, Daniel Berehulak sigue los estragos de la epidemia del ébola en África Occidental, mientras que Stephanie Sinclair retrata a las llamadas diosas vivientes del Nepal, preadolescentes del valle de Katmandú veneradas por su parecido con una deidad protectora. Además, una exposición rinde homenaje a Charlie Hebdo a través de decenas de imágenes que revisitan la historia de la revista satírica.

El toque hispano

Dos nombres aportan un toque hispano al programa. El madrileño Juan Manuel Castro Prieto, de la agencia Vu y reputado positivador, retrata a las comunidades rurales de las cordilleras del Perú. El argentino Andrés Kudacki siguió tres años a víctimas de desahucios en España. Las imágenes desprenden una intimidad capturada en el instante en que la policía llamaba a la puerta.

El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI


ABC.es

  • Cuando los británicos llegaron a Roanoke (una de sus colonias en el Nuevo Mundo) se percataron de que todos sus habitantes se habían esfumado. Solo hallaron una palabra tallada en un árbol: «Croatoan»

 

Wikimedia Los ingleses descubren la palabra «Croatoan» en la colonia. El misterio, a día de hoy, continúa

Wikimedia | Los ingleses descubren la palabra «Croatoan» en la colonia. El misterio, a día de hoy, continúa

 

Si algo ha demostrado la Historia es que, independientemente de los años que se vayan acumulando en el calendario, existen misterios cuya solución quedará oculta en los albores del tiempo. Así ha quedado claro gracias a sucesos inexplicables como la muerte de Amelia Earhart durante el S.XX o, viajando algunos siglos en el tiempo, lo que acaeció con más de un centenar de personas que, entre 1587 y 1590, desaparecieron sin dejar rastro de la colonia inglesa de Roanoke (en el Nuevo Mundo). El devenir de aquella comunidad es, a día de hoy, un enigma sin resolver que desconcierta al mundo. Y es que, cuando los británicos llegaron a lo que había sido un próspero fuerte habitado por sus paisanos en el Norte de América (y que había pasado tres años incomunicado debido a la guerra contra España) hallaron una ciudad totalmente desierta y tan solo una palabra escrita en un árbol: «Croatoan».

A pesar de que este misterio lleva décadas desconcertando a la humanidad, este agosto ha vuelto a salir a luz después de que un equipo de arqueólogos haya dado a conocer nuevos indicios que podrían desvelar al fin (y más de 400 años después) qué fue de estos colonos desaparecidos. Concretamente, y según explicaron los expertos de la «First Colony Foundation», existen posibilidades de que los británicos se introdujeran en lo más profundo de Estados Unidos y se mezclaran con la población nativa. Una teoría que siempre se había barajado pero que, ahora, podría quedar corroborada gracias a una serie de objetos hallados a 80 kilómetros de Roanoke.

Una carrera por el Nuevo Mundo

Para hallar el origen de esta colonia perdida es necesario viajar en el tiempo hasta el S.XVI. Los de entonces eran momentos de conquista de territorios inexplorados, años en los que cualquier pordiosero de malvivir se ataba un cuchillo al cinto y, a cambio de unas monedas, se subía a un cascarón de madera para partir hacia el Nuevo Mundo en busca de riquezas. Poco importaban a los desgraciados que sentaban sus posaderas en aquellos buques sobrevivir al peligroso viaje (plagado de enfermedades, temporales y piratas) que se les avecinaba a través del Atlántico, pues la promesa de expoliar hasta la última onza de oro y plata de los nativos y vivir como unos señores por aquellos lares les era suficiente.

abc Mapa elaborado por John White de Virginia. En él destaca la isla de Roanoke

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Mapa elaborado por John White de Virginia. En él destaca la isla de Roanoke

Cuando el calendario marcaba aquellos días, en Europa era bien conocido por todos que el máximo exponente de conquista y expansión en territorio americano era la vieja España. Al fin y al cabo, por algo se había dejado los cuartos financiando a Cristóbal Colón y, posteriormente, había fomentado los viajes de ilustres exploradores (o asesinos, según a quien se le pregunte) como Francisco Pizarro o Hernán Cortés. Poco podían hacer otras naciones para tratar de equipararse al poderío de Felipe II. Ni siquiera la todopoderosa Isabel I (soberana de Inglaterra e Irlanda) tenía capacidad de igualar a la Flota de Indias de la Armada hispana, los gigantescos convoys que partían periódicamente desde la Península hacia el Nuevo Mundo para volver cargados de riquezas.

La situación era inigualable para los de Felipe II. Al menos en un principio, pues debió ser que, hasta sus reales narices de que España se enriqueciera sin dejar ver ni una moneda a sus islas, Isabel I se empeñó en poner zancadillas a nuestro país patrocinando a algunos piratas (o corsarios, como los llamaba finamente su majestad, a pesar de que la práctica era la misma) tan conocidos como Francis Drake. A su vez, a la reinona no se le ocurrió otra cosa que fomentar la llegada de sus súbditos al Nuevo Mundo ofreciéndoles a cambio llenar sus bolsillos. Y es que, por entonces se hacía válido aquello de «el primero que llega elige» (o, en este caso, se queda con la tierra) y, cuanta más tierra pudiera arrebatarle a aquellos malditos hispanos, mejor para ella.

«La ambición de los ingleses era ensombrecida por las hazañas españolas en América […] y las fundaciones subsecuentes de colonias a lo largo del continente americano. Pero, a pesar de lo poco que Inglaterra logró durante la primera mitad del S.XVI, los descubrimientos y conquistas españolas estimularon el expansionismo inglés en la segunda mitad del siglo, cuando la actividad inglesa en América gradualmente se desplazó a un nuevo plano y conduciría a que Inglaterra intentara implantar sus propias colonias», explica Pedro Chalmeta Gendrón, catedrático de Estudios árabes e islámicos por la Universidad Complutense de Madrid, en su dossier «Los proyectos coloniales ingleses del S.XVI y el ejemplo español» (ubicado en la obra «Cultura y culturas en la historia»).

Virginia, el futuro Roanoke

Con la reina bendiciendo con dinero y tierras a todos aquellos con arrestos suficientes para hacer un viaje de semanas a través del temible Atlántico, muchos ingleses le echaron lo que había que echarle y organizaron varias expediciones hacia el Nuevo Mundo con el objetivo de hacerse un hueco en la Historia del continente recién descubierto. Uno de ellos fue un tal Humphrey Gilbert, un militar cuarentón que -en 1583- soñaba con llegar a ser todo un rey de la futura América. Su idea, más que ambiciosa, era que tanto los colonos ingleses como los nativos le pagaran a tocateja para poder vivir en el Norte de América. La fantasía le duró poco, pues se fue al otro barrio ese mismo año dejando tras de sí un reguero de sueños sin cumplir.

El relevo de este británico lo tomó su hermanastro, Walter Raleigh, que en 1584 organizó una expedición con una un par de buques para hacer realidad los deseos de la reina y llenar, de paso, su bolsa. «Raleigh […] obtuvo de la Reina Isabel nuevas cartas patentes conforme a las que se habían extendido para Gilbert y, acompañado de algunos hombres generosos que tomaron parte en sus proyectos, hízose a la vela el 27 de abril de 1584 con dos embarcaciones […] cuyo mando estaba confiado a Felipe Amidas y Arturo Barlow. Partieron con derrotero para las islas Canarias y de las Antillas, como por entonces se acostumbraba, desde cuyas islas siguieron adelante subiendo hacia las costas del continente», explica Jean Baptiste Gaspard Roux de Rochelle (geógrafo y escritor entre los siglos XVII y XVIII) en su obra «Historia de los Estados Unidos de América».

Wikipedia Sir Walter Raleigh, artífice de la colonización de Virginia

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Sir Walter Raleigh, artífice de la colonización de Virginia

Aquella expedición fue todo un éxito para los bebedores de té, que arribaron a América del Norte sin apenas dificultades y lograron contactar con un grupo de nativos locales que les proporcionaron provisiones y cobijo. Allí se asentaron durante algunos meses. Posteriormente, volvieron felices a su hogar cargados con productos típicos de la zona. «Después de este descubrimiento regresó la expedición a Inglaterra, y las comarcas que acababan de reconocerse recibieron el nombre de Virginia, que le daban los indios, ya fuese por exceso de lisonja a la reina Isabel, que hasta entonces había permanecido soltera», añade Roux de Rochelle en su libro.

El nacimiento de la colonia maldita

Tras su vuelta, todo fueron cervezas y felicitaciones para Raleigh. De hecho, tan bien le fueron las cosas que el británico decidió organizar una nueva expedición a la recién creada Virginia. Eso sí, en este caso planeaba llevar muchos más buques, más soldados y más provisiones con el objetivo de establecer una pequeña colonia que se hiciese fuerte en la región. Con todo, parece que al inglés no le gustó demasiado la idea de arriesgar sus nalgas en aquellas tierras inhóspitas, por lo que decidió quedarse en las islas y nombró capitán a Richard Greenvil, su propio primo. Este levó anclas el 9 de abril de 1585 desde el puerto de Plinouth al mando de siete navíos. Frente a él estaba el Atlántico, los odiados súbditos de Felipe II, y la eternidad.

Los que viajaban en esta segunda expedición eran soldados curtidos en decenas de contiendas. No había ni mujeres ni niños. Todo acorde a los objetivos que se buscaban: instaurar un fuerte que pudiese resistir las incursiones hispanas -con quienes andaban a guantazos-, comerciar con los nativos, buscar metales preciosos (oro y plata) y, llegado el momento, meter sus morriones por santa sea la parte a los españoles que se ubicaban en la zona. Con todo eso en su cabeza, los británicos llegaron a las costas del Nuevo Mundo y, ya en tierra, decidieron explorar pormenorizadamente el terreno para seleccionar donde establecerían su asentamiento. La decisión fue clara: el emplazamiento idóneo sería la isla de Roanoke, en la bahía de Chesapeake, pues –según creían- gozaba de un clima envidiable.

wikipedia Bautizo de una de las niñas nacidas en la colonia de Roanoke

wikipedia | Bautizo de una de las niñas nacidas en la colonia de Roanoke

Decidido el emplazamiento, Greenvil se marchó tras prometer regresar con provisiones y dejar por allí a 108 colonos que, al poco, ya habían construido varias casas, levantado un pequeño fuerte y establecido relaciones con los indígenas. Todo inmejorable. O eso parecía. «Por muy risueño aspecto que presentasen estas comarcas a la sazón de su descubrimiento […] conocieron bien pronto los europeos la dificultad de mantenerse en ellas», determina el autor francés. Y es que, las costas de la zona eran sumamente bajas (lo que hizo que las inundaciones asolasen el lugar a las pocas semanas) y, en contra de lo que rondaba sus cabezas en un primer momento, la isla no producía suficiente comida.

Aunque esta última dificultad la suplieron ofreciendo un buen saco de objetos brillantes a los nativos (las tribus «croatoan» y «secotan») a cambio de alimentos, lo cierto es que empezaban a pensar que una maldición pesaba sobre aquella tierra. El no encontrar ni una mísera onza de oro les corroboró que el lugar no era, ni mucho menos, el paraíso que habían creído. «Los hombres que tomaban parte en esta clase de expediciones eran de tal manera arrastrados por el cebo de las riquezas del Nuevo Mundo, que creían no tener más que desembarcar y penetrar en el interior para alcanzarlas con la mano. Tomaron entonces la dirección del occidente hacia el fondo de la bahía […] y subieron la corriente de un rio con la esperanza de descubrir minas de oro. […] Más este viaje no tuvo resultado alguno», completa el galo.

La primera huida general

Sin haber encontrado ni una mísera onza de oro y sin tener nada que llevarse a la boca, los ingleses terminaron haciendo lo que mejor sabían… abusar económicamente de los indios, cuyas provisiones se metieron entre pecho y espalda sin importarles mucho el extenso tiempo que éstos habían tardado en recogerlas. El gobernador al que habían dejado al mando de aquella partida, Ralph Lane, tampoco dudó a la hora de utilizar técnicas violentas y abusivas para obtener todavía más comida de los nativos. Solo era cuestión de tiempo que aquella situación estallase sin remedio.

Al final, hasta la coronilla de buscar sin éxito las riquezas que les habían prometido, y sabiendo que los indios estaban hasta la misma parte de su saqueo, aquellos soldados que habían cruzado el Atlántico varios meses antes tomaron sus pertenencias y se marcharon al nuevo mundo con Sir Francis Drake, el pirata a las órdenes de la reina que, en palabras de Roux de Rochelle, pasó con una «flota de 25 velas» por la zona y se ofreció a devolverles al calor de Gran Bretaña. Todo ello, por cierto, después de haber molestado a los españoles saqueando Santo Domingo. Así pues, y con un sonoro «goodbye», abandonaron aquel fuerte sin dejar ni un hombre para defender las posesiones de su graciosa majestad en el Nuevo Mundo. Cuando se marchó de aquel lugar, Lane señaló que solo «el descubrimiento de una buena mina […] o de un paso hacia el mar del sur o alguna forma para ello, y nada más, puede hacer que este país sea habitado por nuestra nación».

Habría que haber visto la cara de Greenvil cuando arribó a la zona algunos meses después cargado de víveres y se encontró con que no quedaba allí ni un alma. Poco más pudo hacer que regresar también a Inglaterra perdiendo una importante suma de oro en el trayecto. Con todo, y ya que habían hecho miles de kilómetros, dejó allí a 50 valientes (o locos, que se podría decir) dispuestos a mantener viva la colonia y defenderla de las posibles incursiones enemigas.

Una nueva expedición y una primera desaparición

Podría parecer que los ingleses habían aprendido la lección, pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en 1587 Raleigh organizó una nueva expedición al mando del artista John White. A este se le dieron órdenes de establecerse en el fuerte de Roanoke e iniciar de nuevo relaciones comerciales con los nativos. La partida, además, fue ideada de una forma diferente. En lugar de soldados viajarían hasta la zona hombres y mujeres que supieran realizar todo tipo de trabajos manuales y cultivar la tierra. La finalidad, por lo tanto, era dejar a un lado los saqueos y las armas para asentarse de una forma efectiva en la región. Según pensaron, ya habría tiempo de liarse a mamporros con el enemigo una vez que los nuevos viajeros hubiesen rebajado la tensión creada por sus anteriores compañeros en el lugar.

El por qué siguieron intentando crear una colonia en el Nuevo Mundo, a pesar de los peligros que suponía y que Roanoke había sido calificada de «maldita» por sus habitantes, es simple. «Ellos veían la colonización ultramarina como una fuente de riquezas como la que había fortalecido el poderío español, y querían bases en el Nuevo Mundo desde las cuales Inglaterra prosiguiera su guerra con España. Además, los proponedores de la colonización americana relacionaban la “plantación” colonial con el bien de la sociedad y la economía de Inglaterra. Alegaron que esto aliviaría los problemas sociales internos al proporcionar una salida a los desempleados y pobres», explica Pedro Chalmeta Gendrón en «Cultura y culturas en la Historia». No obstante, Raleigh tuvo que prometer entregar un trozo de tierra en los futuros Estados Unidos a todos aquellos que se unieran a la expedición. Al final, el dinero pudo más que el miedo.

Las tribus hostiles

Sin poder desentrañar el misterio, los colonos empezaron a instalarse en Roanoke. Nueva colonia, nuevos métodos. Eso pensaban los británicos, que pretendían trabar amistad con los nativos para comenzar su expansión por la zona y poder respirar tranquilos. Sin embargo, los indios no estaban de acuerdo con esa afirmación. Al fin y al cabo, el hombre blanco ya les había arrebatado no hacía mucho sus pertenencias y había usado la violencia para hacerse con sus alimentos. White no logró por lo tanto calmar los ánimos. De hecho, avivó sin pretenderlo las viejas rencillas. A eso se sumó la imposibilidad de cultivar comida debido a la baja calidad de la tierra.

Si ya de por si la tensión campaba a sus anchas por Roanoke, finalmente la paciencia de los colonos se acabó un año después cuando un indio asesinó a un habitante de la colonia sin explicación alguna. Aquella muerte puso los nervios de punta a los ingleses, que insistieron en que White debía regresar a Inglaterra, solicitar refuerzos a la reina, cargar una flota hasta los topes de alimentos, y regresar en el menor tiempo posible. El ilustrado aceptó, aunque ordenó a los ciudadanos dos cosas antes de subir sus posaderas al navío. La primera fue no salir del fuerte si la situación no era extrema. La segunda consistía en que, si eran atacados por indios o españoles, dejasen una marca muy concreta tallada en un árbol del fuerte: una Cruz de Malta. De esa forma, cuando él llegase, sabría que habían tenido problemas y que se habían visto obligados a marcharse.

Un misterio sin resolver

Con una misión que cumplir a sus espaldas, White viajó hasta Inglaterra en 1587 para explicar la situación a Raleigh, el señor a quien correspondía el dominio de la tierra de Roanoke pero que, como tantos otros, prefería dirigir sus negocios desde la metrópoli que arriesgar su vida en el Nuevo Mundo. De él pretendía obtener dinero y hombres para ayudar a los compañeros que se habían quedado en la colonia. Sin embargo, parece que eligió un momento sumamente malo para solicitar ayuda: el instante en el que su soberana, la reina Isabel, andaba a mandobles contra Felipe II. Es decir, tras el comienzo de la guerra que enfrentó a Gran Bretaña y España en el S.XVI y que daría lugar a una de las operaciones navales más grandes de la historia, el desastre de la «Grande y Felicísima Armada»

¿Por qué no pudo obtener ayuda? La respuesta es sencilla. La reina necesitaba cualquier barco que pudiese encontrar para enfrentarse a los españoles, por lo que White tuvo difícil hacerse con uno. Tampoco le ayudó demasiado su patrón. «Raleigh había agotado tan inmensos recursos para sostener los establecimientos primitivos, que abandonó a otras manos la consecución y cumplimientos de sus vastos designios: la guerra que acababa de declararse a España le ofrecía por otra parte nuevos medios de satisfacer su ambición de gloria y de valimiento, prefiriendo trabajar a la vista de Europa, y atraer por sus hazañas la mirada de su soberano», explica el historiador francés en su obra. Así pues, cansado de derrochar oro y oro en una empresa que no le estaba reportando más que disgustos, cedió sus derechos sobre Roanoke y Virginia a una empresa privada. Las cosas se ponían difíciles para el gobernador, que ahora se veía encerrado en Gran Bretaña y sin posibilidad de socorrer a los colonos.

El misterio del pueblo maldito que desapareció sin dejar rastro en el S.XVI

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Dibujo elaborado por White de los indios que habitaban en Roanoke

White tuvo que esperar hasta 1590 para poder viajar de vuelta a Roanoke con la ayuda prometida. Tres años después de partir dejando a su suerte a más de un centenar de hombres, mujeres y niños. Fue en marzo cuando finalmente logró hacerse a la mar con destino hacia el Nuevo Mundo en una expedición privada que aceptó dejarle en la isla. Con todo, no llegó hasta la bahía de Chesapeake hasta agosto, pues en su camino hicieron algunos parones para saquear buques españoles.

En agosto de 1590, cuando White y otros tantos hombres pisaron la isla, no pudieron creer lo que allí había pasado. «El asentamiento estaba completamente desierto. Ninguno de los 90 hombres, 17 mujeres u 11 niños que había dejado fueron encontrados», explica el escritor Michael Rank en su obra «10 civilizaciones que desaparecieron sin rastro». Tras investigar pormenorizadamente la zona descubrieron que todas las casas habían sido desmanteladas, pero que no había señales de lucha, por lo que, aparentemente, no se había sucedido batalla alguna.

A su vez, White y sus hombres se percataron de que no había ni una Cruz de Malta tallada en los árboles del fuerte de Roanoke, por lo que los colonos no habían sido atacados. Tan sólo hallaron dos extrañas pistas sobre su paradero. «La única posible clave encontrada fue la palabra “Croatoan” escrita en un poste», explica el experto en su obra. Además, encontraron la sílaba «Cro» cerca de la primera.

En principio, White consideró que la palabra podría significar que los colonos se habían marchado a vivir junto a los indios croatoan. Sin embargo, no pudo llegar a averiguarlo, pues una gigantesca tormenta cayó sobre al día siguiente e impidió al navegante revisar la zona. Finalmente, el gobernador tuvo que regresar a Gran Bretaña sin saber qué había pasado en su ciudad. El misterio quedó sin resolver hasta hoy, momento en que se barajan varias teorías sobre su posible paradero. Entre ellas, destacan las que afirman que los ciudadanos de Roanoke decidieron viajar de vuelta hasta Inglaterra cuando se quedaron sin provisiones; las que determinan que fueron asesinados por los nativos y, para terminar, las que consideran que se mezclaron con ellos. Fuera como fuese, este hecho hizo que la ciudad pasase a ser conocida como la «colonia perdida».

Nuevos indicios

Desde 1590, los arqueólogos han estado investigando las posibles causas del abandono de Roanoke y el paradero de los más de 100 colones que la habitaban. Uno de los avances más destacables para desvelar el misterio se dio en el 2012, año en que el Museo Británico halló en un viejo mapa dibujado por el mismísimo White una serie de marcas ocultas que desvelaban la existencia de una supuesta fortaleza a 80 kilómetros de la colonia. Aunque se desconocía si el gobernador hizo esa señal pensando que los británicos podían estar allí, Nicholas Luccketti (arqueólogo de la «First Colony Foundation») se trasladó a la zona posteriormente para encontrar cualquier resto del paso de los ingleses por el lugar.

Tres años después (hace menos de un mes, concretamente), Luccketti informó del hallazgo de una serie de objetos que –a falta de las pruebas pertinentes- podrían haber pertenecido a los colonos perdidos. Estos van desde algunas piezas de cerámica con un estilo típicamente inglés, hasta varias herramientas de metal de la época (entre ellas, un gancho y un clavo para una tienda de campaña). A su vez, han desenterrado varios fragmentos de espadas típicamente europeas y mosquetes primitivos que podrían haber sido llevados hasta allí desde la metrópoli. Lo más destacable es que todo lo que se ha encontrado data del S.XVI y –en la mayoría de los casos- los nativos no tenían la tecnología necesaria para llevarlas a cabo.

En base a todo ello, Luccketti y su equipo secundan la teoría de que por esa zona (a la que llegaron en 1655 varias partidas de colonos británicos de forma oficial) pasaron los ingleses de Roanoke. Siempre según los expertos, este centenar de personas habría viajado hasta el interior para vivir con los nativos después de haber sido atacados por alguna tribu de indios cercana. Con todo, habrá que esperar a un análisis más exhaustivo de las piezas para poder determinar si datan del S.XVI o no.

Cómo visitar los túneles del «tren del oro» nazi


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  • Este tren fue una «leyenda» durante décadas, un tren perdido y cargado de riquezas. Ahora parece hacerse realidad. Así es, así se puede conocer
Subterráneo de Osówka

Subterráneo de Osówka

La pequeña ciudad polaca de Walbrzych se ha convertido en pocas semanas en el centro del turismo del país y no precisamente por sus bellas callejuelas, el encanto de la plaza del mercado o el impresionante castillo Ksiaz, el tercero más grande de Polonia, sino más bien por el complejo de túneles construidos bajo sus montañas. El motivo, el hallazgo en uno de ellos del llamado «tren de oro» nazi, una «leyenda» de los años 70 que hablaba de un tren bloqueado en una vía muerta y cargado de riquezas que los alemanes habrían saqueado y ocultado en la zona.

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Ahora la leyenda parece hacerse realidad y aunque el tren en cuestión aún es un misterio para la gran mayoría de la población la verdad es que ya se están organizando rutas por los corredores secretos mandados construir por Adolf Hitler bajo las montañas de Walbrzych cuyo propósito a día de hoy sigue siendo uno de los mayores enigmas de Europa. Existen teorías que hablan que el llamado «Proyecto Riese» serviría para almacenar armas, como refugio antiaéreo, laboratorios secretos o quizá un futuro cuartel del mismo Hitler.

«Golden Tours»

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Para los amantes de la historia del Tercer Reich se ha puesto en marcha del 25 al 27 de septiembre los «Golden Tours» en la que, por 354 euros, se invita a descubrir el misterio que esconde Walbrzych. Los curiosos turistas disfrutarán de una visita por los túneles subterráneos de la ciudad y descubrirán los rincones secretos bajo el castillo de Ksiaz, la Vieja Mina o la ciudad subterránea de Osówka.

Subterráneos de Osówka

Subterráneos de Osówka

El viernes 25 los ávidos descubridores visitarán el castillo de Ksiaz y cenarán en su interior. Será el sábado cuando llegue el plato fuerte en el que se podrá elegir entre visitar la ciudad subterránea de Osówka (duración de 1,5 horas) o recorrer durante tres horas el «Proyecto Riese». El día se completa con la visita al mausoleo Totenburg y una cena en la antigua mina de la localidad.

Para el último día los organizadores aseguran que saldrán a buscar el «tren del oro» nazi y quién sabe, quizá descubran donde guardaba la riqueza el Tercer Reich.

Atapuerca reorganiza el modelo de la evolución humana


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  • Un equipo dirigido por Juan Luis Arsuaga identifica cuatro grandes fases de progreso anatómico del hombre moderno
félix ordóñez La Sima de los Huesos es un yacimiento de referencia mundial

félix ordóñez | La Sima de los Huesos es un yacimiento de referencia mundial

Los yacimientos de Atapuerca son los mejores del mundo. Y entre todos los de la sierra burgalesa, quizá el de la Sima de los Huesos sea el más emblemático. De hecho, allí se han recuperado hasta ahora tantos fósiles humanos, con antigüedades de hasta 430.000 años, que un equipo de investigadores, dirigido por Juan Luis Arsuaga, ha decidido elaborar un modelo de evolución del cuerpo humano. Es decir, una especie de «manual» que describa cómo la evolución ha ido formando, característica a característica, la anatomía y las funcionalidades de los seres humanos. El estudio, que aporta luz sobre cómo los neandertales adquirieron sus rasgos distintivos, acaba de publicarse en la revista «Proceedings» de la Academia Nacional de Ciencias norteamericana (PNAS).

Nuestro conocimiento sobre el modo en que ha evolucionado nuestro esqueleto postcraneal (del cuello para abajo) se ha visto hasta el momento obstaculizado por la dispersión geográfica (y cronológica) de las especies de humanos que existieron antes que la nuestra. Pero la enorme abundancia de restos fósiles en la Sima de los Huesos de Atapuerca hace posible elaborar un auténtico «mapa» de las características principales que el género Homo, al que pertenecemos, fue adquiriendo a lo largo del tiempo.

Evolución en cuatro fases

El equipo dirigido por Arsuaga ha elaborado su modelo de evolución dividiéndolo en cuatro grandes fases, o diseños anatómicos funcionales. No en vano, se trata de la mayor colección de fósiles humanos jamás hallada en todo el mundo y, por sí sola, representa una buena parte de todo los que sabemos sobre los rasgos óseos de las especies humanas que precedieron tanto a los neandertales como a los humanos modernos.

Las diferentes estrategias adaptativas adoptadas por los homínidos se reflejan en sus esqueletos. Y, según se explica en el artículo de PNAS, el análisis de los restos de la Sima de los Huesos ha permitido establecer cuatro grandes patrones sucesivos en la evolución del cuerpo humano: el de los ardipitecos, aún arborícolas aunque ocasionalmente bípedos; el de los australopitecos, bípedos por obligación (ya que vivían en extensas sabanas) pero que conservaban aún notables capacidades para vivir en los árboles; el de los humanos «arcaicos», al que pertenecen tanto especies como Homo erectus y los humanos de la Sima de los Huesos (con cuerpos robustos, anchos, más altos que sus antepasados y exclusivamente bípedos); y el de los humanos modernos, de tipo alto, estrecho y esqueleto grácil y esbelto.

Clasificando el tamaño corporal y la forma de los fósiles, los investigadores han encontrado evidencias de que los neandertales pertenecían a la tercera de esas categorías, aunque sus características no surgieron todas al mismo tiempo, sino siguiendo una especie de patrón evolutivo en mosaico, en el que los cambios evolutivos de algunas partes del cuerpo precedieron a los de otras.

El equipo de Arsuaga encontró también que los humanos de la Sima fueron relativamente altos, con cuerpos anchos y muy musculosos, aunque con una capacidad craneal inferior a la de los neandertales. Sin embargo, estos humanos compartían ya una serie de rasgos anatómicos con los neandertales. Rasgos que, por cierto, no están presentes en los humanos modernos, la especie a la que todos nosotros pertenecemos.

Es decir, que a pesar de que los neandertales desarrollaron toda una serie de características propias, algunos de esos rasgos ya estaban presentes en la población de la Sima de los Huesos.

Toda esta información resultará de gran utilidad en el futuro a la hora de situar una especie de homínido en alguna de las categorías propuestas por Arsuaga y sus colegas. Y aportará nueva luz sobre por qué los rasgos humanos son como son, y no de otra manera distinta.

La batalla de Garellano: el Gran Capitán arrasa a un ejército francés que le dobla en número


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  • Nacido un 1 de septiembre de 1453 en Montilla, Gonzalo Fernández de Córdoba alcanzó a ser el más hábil general de su tiempo, capaz de emular una y otra vez el milagro de los panes y los peces con las escasas tropas a su disposición

    Ferrer-Dalmau Pintura de el Gran Capitán con su tradicional indumentaria

    Ferrer-Dalmau | Pintura de el Gran Capitán con su tradicional indumentaria

La verdadera hazaña de Gonzalo Fernández de Córdoba, bautizado por sus tropas y por los enemigos como el Gran Capitán, fue la de estirar a niveles heroicos los exiguos recursos que los Reyes Católicos pusieron en sus manos, frente al pozo sin fondo que era el Reino de Francia, cuya capacidad demográfica era muy superior a Castilla y Aragón juntas. El general castellano se enfrentó así en la mayor parte de los combates a fuerzas superiores y tuvo que recurrir a la audacia y, como ocurrió en la batalla de Garellano, a las ventajas que presentaba el terreno para salir victorioso.

Tras la victoria en Ceriñola en abril de 1503, las esperanzas francesas por arrebatar Nápoles a la Corona de Aragón parecían sepultadas por una buena temporada. Nada más lejos de la realidad. Una vez resuelto un conato de motín en Melfi, el Gran Capitán y su ejército se dirigieron a la ciudad de Nápoles, donde tomaron por asalto las fortalezas de Castell Nuovo y Castell dell’Ovo, todavía en manos francesas. El siguiente objetivo del general castellano fue tomar la plaza fuerte de Gaeta, al noroeste del Reino de Nápoles. No obstante, como otras tantas veces en la historia de los enfrentamientos entre España y Francia, el propio Rey Luis XII sacó recursos de la nada y preparó un contraataque para levantar el sitio de la Gaeta. Francia demostraba una vez más que era una criatura semejante a la mitológica hidra: cada vez que el Gran Capitán derrotaba un ejército, brotaban dos cabezas.

Garellano consume las fuerzas españolas

Atrapado precisamente entre dos ejércitos franceses, Gonzalo se replegó hacia el este del río Garellano, en cuyas cercanías ocupó varias plazas –Montecasino, San Germano y Roccaseca–, y esperó a los galos en la orilla contraria. Si bien los franceses tenían acceso a suministros a través del mar, los españoles sufrieron la escasez de comida y las insalubres condiciones de la zona. La pantanosa posición española extendió numerosas enfermedades, entre ellas lo que entonces se llamaba fiebres tercianas (hoy paludismo), que también afectaron a Gonzalo Fernández y años después causó su muerte. Se da la paradoja histórica de que otro genio militar que hizo diabluras en la península itálica, el cartaginés Aníbal Barca, sufrió de igual manera los estragos de las zonas pantanosas de Garellano. La desesperada situación se prolongó durante seis meses con una guerra de desgaste, organizada por el comandante el marqués de Matua, que el Gran Capitán estaba perdiendo lentamente.

A finales del verano, los franceses trataron de cruzar el río uniendo un grupo de barcazas cerca del puente de Sessa, destruido recientemente, pero en una defensa desesperada los españoles lograron resistir el ataque. El empeño de Gonzalo Fernández de Córdoba por mantener la posición a pesar de los problemas logísticos, el mal tiempo y su inferioridad numérica tuvo como recompensa el envío de refuerzos, sobre todo, gracias a los movimientos diplomáticos de Fernando «El Católico», que cerró un acuerdo con la poderosa familia de los Orsini para que el condotiero italiano Bartolomeo d’Alviano condujera un ejército a sumarse a los españoles. Tras simular un repliegue hacia el Volturno, el Gran Capitán hizo creer al marqués de Saluzzo, que encabezaba las huestes francesas como relevo del poco acertado marqués de Matua, que había ganado definitivamente la contienda. El francés relajó entonces la vigilancia, movió soldados hacia retaguardia e incluso autorizó una tregua navideña para los días 25 y 26 de diciembre, al término de la cual, los franceses, que ya no esperaban una ofensiva enemiga.

No obstante, las verdaderas intenciones del castellano eran salvar el río mediante un improvisado puente de pontones ensamblados entre sí, lo cuales fueron fabricados de forma secreta en el castillo de Mondragone bajo la dirección de Juan de Lezcano. El marino guipuzcoano –que la famosa obra «La Crónica del Gran Capitán» describe como «un varón de mucha virtud por la mar y aun por la tierra (…) tan bien afortunado que siempre salía en todas sus refriegas victorioso»– no falló a su fama y cumplió con diligencia el encargo del Capitán. Las piezas del puente se trasladarían en mulas hasta el lugar del cruce, donde fueran unidas apresuradamente bajo las instrucciones del ingeniero y capitán Pedro Navarro. La estructura era muy sencilla pero resistente, formada por tres tramos de pontón que estaba apoyadas sobre ruedas de carros y barcas y unidos por cadenas.

La ocurrencia de Pedro Navarro y Lezcano

Más allá del factor sorpresa, el Gran Capitán seguía lastrado por una clara inferioridad numérica y de recursos: frente a los 25.000 hombres entre infantes y caballería y 40 cañones del marqués de Saluzzo, los españoles no reunían ni siquiera 15.000 soldados. Por ello, el ingenio iba a ser imprescindible va obtener la victoria. El 28 de diciembre, cuando ya había expirado la tregua, el puente se encontraba listo y Gonzalo Fernández de Córdoba dividió su ejército en tres cuerpos: el grueso de la caballería al mando de d’Alviano, que debía cruzar en primer lugar; un cuerpo central con el propio Córdoba y sus principales capitanes, que atravesaría la estructura en segundo lugar; y una retaguardia capitaneada por Fernando de Andrade y Diego de Mendoza, que atravesaría el puente cuando existiera la garantía de que la contienda estaba resultando un éxito.

Al frente de unos 3.000 jinetes ligeros, d’Alviano pilló por sorpresa a las principales fortificaciones francesas y a sus guardias, algunos todavía borrachos de la noche anterior, que no pudieron hacer nada ante el avance español que los arrolló. Asegurada la cabeza del puente, los oficiales Pedro Navarro, García Paredes «El gigante extremo», Gonzalo Pizarro (padre del conquistador Francisco Pizarro), Zamudio y Villalba condujeron a 3.500 rodeleros y arcabuceros a la orilla francesa. Le siguió la caballería pesada de Prospero Colonna, con más de 200 jinetes, e incluso parte de la retaguardia dirigida por Diego de Mendoza. Por último, el Gran Capitán con su guardia y 2.000 lansquenetes alemanes. Se dice, no en vano, que tras el paso de los lansquenetes el puente cedió, dejando una sola opción a los españoles: vencer o perecer en esa orilla.

Entre las tropas españolas cundió parcialmente el miedo, sobre todo al percatarse de que Fernando de Andrade no había podido cruzar el puente. La situación de crisis se acrecentó aún más cuando el caballo de Gonzalo Fernández de Córdoba trastabilló y lanzó al general contra el barro. «¡Ea, amigos, pues si la tierra nos abraza, es que bien nos quiere!», afirmó el Gran Capitán, en una frase entre la realidad y el mito, que buscaba tranquilizar a los siempre supersticiosos soldados. A continuación, el castellano ordenó a d’Alviano que avanzara trazando un arco hasta el puente de la Mola, que abría el camino hacia Gaeta, mientras sus tropas se dirigían directamente al campamento francés. Andrade quedó consignado a la tarea de seguir a la infantería desde la otra orilla hasta encontrar un paso.

Ya casi de noche, Saluzzo recibió noticias del avance español y decidió, como había previsto el Gran Capitán, retirarse hacia Gaeta a través del puente de la Mola. El repliegue se produjo sin luz, bajo una tormenta y con los españoles pisándoles los talones. El movimiento envolvente del general castellano funcionó a la perfección. Pese a su inferioridad numérica, los españoles pusieron en fuga a prácticamente la totalidad del ejército francés, que apenas reunió valor para presentar una resistencia compacta. Una de las honrosas excepciones francesas fue Pierre Terraill, conocido como el caballero Bayardo, que consiguió presentar una defensa férrea hasta el anochecer al frente de la caballería pesada.

A pesar de contar con escasos caballeros, el caballero Bayardo acometió con tanto ímpetu a los jinetes de Colonna, que los hizo retroceder atropelladamente hasta topar con la columna de infantería dirigida por Córdoba que marchaba a continuación. Cundió el desconcierto entre las primeras filas de ésta, compuestas por lansquenetes, que quedaron inmóviles sin saber cómo reaccionar. Abriéndose paso a caballo entre ellos, el Gran Capitán consiguió organizarlos en un cuadro para hacer frente a la siguiente carga de caballería que lanzó Bayardo. En los siguientes asaltos, el francés no pudo superar a los piqueros germanos, cuyas formaciones se caracterizaban por su robustez y disciplina, y perdió a la mayoría de sus hombres en el embate.

Un movimiento definitivo en la guerra

En total, los franceses registraron 8.000 bajas entre prisioneros y muertos en esa jornada. A los pocos días, los que habían conseguido llegar finalmente a la ciudadela de Gaeta también capitularon ante el cerco, permitiéndoseles la libre salida a cambio de prisioneros españoles. El hostigamiento de la población local y la falta de suministros hicieron que, finalmente, solo un tercio del ejército francés consiguiera regresar a casa con vida. Tras el desastre, Luis XII se vio obligado a firmar una tregua con los Reyes Católicos y, pocos meses después, el tratado de Lyon, donde ponía fin oficialmente a la Segunda Guerra de Italia, reconociendo a Fernando «El Católico» su posesión sobre el Reino de Nápoles.

Garellano fue la última batalla que dirigió personalmente Gonzalo Fernández de Córdoba. Con la muerte de la Reina Isabel –máxima valedora del general castellano–, Fernando «El Católico» remplazó en 1507 al Gran Capitán como virrey de Nápoles, probablemente haciendo caso de los rumores maliciosos que acusaban al cordobés de corrupto. Ambos regresaron en la misma comitiva a España, en el caso del general después de una década fuera de la península. Aquí, el cordobés buscó sin éxito ser nombrado Maestre de la Orden de Santiago y volver a ponerse al frente de los ejércitos del Rey. El aragonés creía que el Gran Capitán ya había sido convenientemente recompensado y lo puso en la nevera política. Murió años después en Loja (Granada) a causa de un brote de las fiebres que empezaron junto al Garellano.

La aterradora leyenda de la casa de citas del barrio de Salamanca donde murió un cura


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  • Los inquilinos del edificio huyeron en los años 80 por los extraños y inexplicables ruidos
google maps Fachada actual del edificio de Ayala, 124

google maps | Fachada actual del edificio de Ayala, 124

El número 124 de la calle de Ayala, ubicado en el Barrio de Salamanca, desde principios de los años 80, se quedó practicamente vacío por una serie de extrañas circunstancias. Algunos vecinos de este pequeño edificio empezaron a escuchar extraños e inexplicables ruidos. Fue por ello por lo que algunos optaron por abandonar el inmueble, huyendo asustados de aquellos sucesos paranormales.

Al no encontrar ninguna explicación científica, finalmente se atribuyeron estos ruidos al fantasma de un sacerdote que falleció repentinamente en el edificio, cuando este era utilizado como «casa de citas». En la actualidad, el edificio es utilizado como oficinas en su totalidad.