Una gran ciudad de la Edad de Bronce aparece bajo las aguas del Egeo


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  • Sus murallas de tamaño descomunal y forma de herradura datan del tiempo de las pirámides de Giza
abc Uno de los arqueólogos mide una estructura de la ciudad

abc | Uno de los arqueólogos mide una estructura de la ciudad

El gobierno griego anunció ayer que se han hallado los restos de una gran ciudad de la Edad de Bronce sumergida en el Egeo. El ministerio de Cultura, Educación y Asuntos Religiosos anunció que el asentamiento, que data de hace 4.500 años aproximadamente, cubre un área de 5 hectáreas., lo cual revela que se trata de una urbe de bastante importancia.

Se han podido estudiar estructuras defensivas, así como pavimentos, calles y caminos, la base de torres, elementos de cerámica, herramientas y un buen número de artefactos de valor arqueológico que nos hablan de la vida que llenaba esta ciudad en su época de esplendor.

Lugar del hallazgo

Lugar del hallazgo

Los autores del descubrimiento son los miembros de un equipo internacional de la Universidad de Ginebra y la escuela suiza de arqueología que tiene su sede en la bahía de Kiladha, en la península del Peloponeso. Mientras buscaban evidencias de la que podría ser la ciudad más antigua de Europa, buscaban restos que se remontase hasta 8.000 años. Fue entonces cuando dieron con esta ciudad, mucho menos antigua, pero no menos importante.

abc Pavimento dentro de la muralla de la ciudad hallada

abc | Pavimento dentro de la muralla de la ciudad hallada

Entre los hallazgos destacan unas estructuras defensivas en forma de herradura junto a una muralla lineal, de las que se cree que pudieron ser torres utilizadas para la fortificación de la ciudad. sin embargo, las estructuras son únicas no habían sido documentadas antes en la Edad de Bronce, que es la datación que se ha podido establecer para estas ruinas.

Tamaño inédito en Grecia

El profesor Julien Beck de la Universidad de ginebra dijo que los cimientos de esta estructura son de una «naturaleza monumental, no conocidos en Grecia hasta ahora». «La verdadera importancia de nuestro descubrimiento es en parte debida al enorme tamaño de las edificaciones. Debe haber habido una superestructura de ladrillo sobre estos enormes cimientos de piedra. Las posibildades de hallar este tipo de muros bajo el agua son realmente pequeñas. El tamaño total de la ciudad aún no lo conocemos. Y tampoco sabemos por qué está rodeada de fortificaciones», añadió Beck.

Beck ha explicado que el descubrimiento de la ciudad es importante también tanto por la cantidad como por la calidad de los objetos que se han recuperado, incluyendo piezas de cerámica, del tipo rojo, herramientas de piedra, cuchillos de obsidiana que datan del periodo Heládico (3.200 a 2050 a.C.) De hecho, fueron los fragmentos de cerámica hallados durante un sondeo en la cercana playa de Lambayana los que condujeron al equipo a indagar más y a descubrir la ciudad.

abc | Un buzo en el yacimiento

abc | Un buzo en el yacimiento

Más de seis mil piezas se han extraído del agua, halladas entre las ruinas, por lo que Beck habla de «un paraíso para los arqueólogos» cuando se refiere al yacimiento. Los cuchillos de obsidiana, según opina el arqueólogo, proceden de rocas volcánicas de la isla de Milos, en el archipiélago de las Cícladas, habitado desde el tercer milenio a.C.

Entre las claves de la época que guardan estos objetos extraídos habrá sin duda nuevos descubrimientos sobre rutas comerciales, comercio y vida diaria en el periodo.

Del tiempo de las pirámides egipcias

Las murallas que se han documentado «son contemporáneas de las pirámides de Giza, construidas en torno al 2.600/2.500 a.C., así como de la civilización cicládica (3.200 a.C.) y los primeros minoicos de Creta (2.700-1.200 a.C.)», afirma Spero News, el medio que ha avanzado la noticia del hallazgo. sin embargo, preceden en más de mil años a la civilización micénica (1650-1100 a.C.).

Un siglo de experimentos militares secretos con humanos


El Pais

  • Decenas de miles de personas participaron sin saberlo en pruebas de armas químicas, bacteriológicas y drogas en EE UU y Reino Unido

 

 

Como estos voluntarios para un ensayo con aerosoles de 1956, otros 21.000 participaron en el programa de guerra química y bacteriológica británico. / Imperial War Museums

Como estos voluntarios para un ensayo con aerosoles de 1956, otros 21.000 participaron en el programa de guerra química y bacteriológica británico. / Imperial War Museums

A finales de 1964, durante unas maniobras en los alrededores de Porton, en el condado de Wiltshire (Reino Unido) y no muy lejos de las piedras de Stonehenge, 16 comandos de la marina real británica empezaron a comportarse de forma extraña. Al segundo día de los ejercicios, mientras unos soldados salían a campo abierto, exponiéndose al fuego enemigo, otros alimentaban pájaros imaginarios y algunos correteaban por las colinas o se subían a los árboles a hacer el mono. Hubo incluso quien empezó a apuntar a sus compañeros con su arma. El informe secreto de aquel día recoge que “el grupo se desorganizó, cayendo en la indisciplina y eran incapaces de cumplir cualquier orden”. Su comandante, dio la unidad por perdida. Lo que no sabían ni él ni sus hombres es que les habían dado 75 microgramos de LSD.

La historia puede parecer hilarante vista desde el presente, incluso el sueño inconfeso de un pacifista. Pero es solo uno de los miles de experimentos que los militares británicos y estadounidenses hicieron con humanos dentro de sus programas de investigación para la guerra química y bacteriológica. Desde la creación del complejo ultrasecreto de Porton Down, en la I Guerra Mundial, más de 20.000 personas participaron en miles de ensayos con gas mostaza, fosgeno, sarín y otros agentes nerviosos, ántrax, Yersinia pestis (la bacteria de la peste), mescalina, ácido lisérgico y otras drogas.

Aunque las cobayas humanas, casi todos soldados y ningún oficial, eran voluntarios, ninguno sabía realmente a qué se exponía. El historiador Ulf Schmidt, director del Centro de Historia de la Medicina de la Universidad de Kent, cuenta la historia de los veteranos portonianos en el libro Secret Science: A Century of Poison Warfare and Human Experiments (Ciencia Secreta: Un siglo de guerra de venenos y experimentos humanos, Oxford University Press). La obra relata la particular ética de la estrecha colaboración entre científicos y militares para lograr sustancias cada vez más letales. Aunque se centra en Porton Down y su homólogo estadounidense, Edgewood Arsenal, levantado por el Chemical Corps del ejército de EEUU en 1916, también guarda algo para los alemanes.

De hecho, fueron los germanos los que iniciaron esta infamante relación entre ciencia y guerra. A las cinco de la tarde del 22 de abril de 1915, en las trincheras de Ypres (Bélgica), el ejército alemán liberó 160 toneladas de cloro presurizado a lo largo de seis kilómetros del frente y el viento llevó la nube tóxica hasta las posiciones de franceses y canadienses. Aunque los alemanes no supieron sacar tajada estratégica del terror provocado al otro lado, aquel día fue el “el doloroso recordatorio de que la moderna guerra química había comenzado”, escribe Schmidt. El padre de la criatura fue el genial químico Fritz Haber, tan genial que recibió el Nobel de Química solo tres años después.

Más de 20.ooo soldados participaron en pruebas del programa de guerra química y bacteriológica británico

Al día siguiente del ataque alemán, sir John French, comandante en jefe de la fuerza expedicionaria aliada pidió a Londres que hicieran todo lo posible para contar con ese tipo de armas. En septiembre, los británicos ya tenían su propia versión de cloro, que usaron ese mismo mes en el frente de Loos con resultados desastrosos. El viento cambió y centenares de sus propios hombres fueron envenenados. Se iniciaba entonces una alocada carrera de armamentos, primero químicos, y después también bacteriológicos y farmacológicos.

Porton Down fue el corazón del programa de armas químicas y bacteriológicas del Reino Unido. En sus 2.500 hectáreas de terreno se levantaron laboratorios para una pléyade de fisiólogos, patólogos, meteorólogos… venidos de las mejores universidades británicas como Oxford, Cambridge o el University College de Londres. Se llamaba así mismo los cognoscenti, la casta privilegiada que conocía los secretos de la guerra química británica. Al principio, ensayaban las sustancias con ratones, gatos, perros, caballos o monos. Les hicieron de todo, los gaseaban, les echaban polvo de cristal en la cara o concentrado de pimienta de cayena, buscando nuevos agentes químicos.

Pero ya en 1917, tras un ataque alemán con el nuevo gas mostaza, crearon un laboratorio específico para experimentos con humanos. El objetivo era comprender los efectos de los agentes químicos en los órganos y tejidos humanos y, muchas veces, no se podían extrapolar los resultados en los ensayos con los animales. El laboratorio lo dirigía por entonces, el fisiólogo Joseph Barcroft, que había dejado a un lado las enseñanzas pacifistas de sus padres, unos cuáqueros norirlandeses.

Tras el fin de la guerra que iba a acabar con todas las guerras, la investigación no se detuvo, más bien se aceleró. Solo con animales, se realizaron 7.777 experimentos en los que murieron más de 5.000 criaturas. A los voluntarios los reclutaban entre las tres armas del ejército. Al principio, las investigaciones eran defensivas y, hasta cierto punto, lógicas: querían saber el efecto de los agentes químicos en el rendimiento de la tropa y probar la eficacia de las máscaras de gas. A los que se presentaban, les daban unos chelines de sobresueldo y les eximían de las obligaciones normales de un soldado, teniendo incluso la tarde libre. Solo en 1929 se realizaron experimentos con más de 500 militares. La cifra se multiplicaría por 10 durante la II Guerra Mundial.

El mecánico de la RAF, Ronald Maddison, murió en 1953 tras ser expuesto al gas sarín. Su caso no se reabrió hasta 2004. / Lillias Craik (Archivo personal)

El mecánico de la RAF, Ronald Maddison, murió en 1953 tras ser expuesto al gas sarín. Su caso no se reabrió hasta 2004. / Lillias Craik (Archivo personal)

Al entrar las tropas de Hitler en Polonia, en septiembre de 1939, tanto Alemania como Estados Unidos y Reino Unido eran auténticas potencias en guerra química. Y los tres usaron a humanos en sus experimentos. Los nazis recurrieron en muchas ocasiones a prisioneros, en su mayoría judíos, rusos y polacos para sus ensayos. Pero también en Porton Down usaron a extranjeros. A finales de la guerra, ante la escasez de soldados disponibles, los científicos británicos utilizaron a ciudadanos de las potencias del eje que habían sido confinados al comienzo de la contienda.

A pesar de que los aliados contaban con grandes cantidades de gas mostaza o fosgeno, Alemania volvió a adelantarles. En 1936, el químico industrial Gerhard Schrader, creaba el primer pesticida sintético, el tabún, un organofosforado que actúa sobre el sistema nervioso. Además de su letalidad era incoloro e inodoro. En uno de los primeros ejemplos de tecnología dual, los militares enseguida le vieron posibilidades para su uso como arma. Junto al tabún, los alemanes desarrollaron otros agentes nerviosos como el sarín, el somán o el cianuro de hidrógeno o zyklon b, que usaron para asesinar a millones de judíos. Los nazis almacenaron hasta 44.000 toneladas de armas químicas. Sin embargo, ni con los aliados ya en Alemania, las usaron. ¿Por qué?

“La razón principal es que ni los mandos militares aliados ni el alto mando alemán estaban especialmente interesados en usar este tipo de armas por miedo a las represalias. Son difíciles de usar, algo impredecibles y podrían ralentizar el avance de las tropas si la tierra quedaba contaminada”, sostiene Schmidt. Eso no impidió que ensayaran durante la guerra. En EE UU, por ejemplo, Edgewood Arsenal pasó de disponer de un presupuesto de uno a dos millones de dólares y unas 1.000 personas en el periodo de entreguerras a 1.000 millones de dólares y 46.000 empleados en 1942. Solo el proyecto Manhattan para crear la bomba atómica recibió más recursos y personal.

Del cloro y el gas mostaza de la I Guerra Mundial, se pasó a ensayar con sarín, ántrax, la bacteria de la peste o el LSD

Al acabar la guerra, Porton Down no rebajó su actividad; el inicio de la Guerra Fría les ofreció la ocasión de investigar hasta lo inimaginable. Fue también el periodo en el que la ética y las normas médicas se relajaron más y eso que, tras los juicios de Nuremberg, se aprobó el Código Nuremberg que prohibía los ensayos con humanos potencialmente dañinos que no tuvieran un fin terapéutico. La gran mayoría de los voluntarios, unos 16.000 en las décadas de los 50 y 60, no sabían nada de Porton Down. Muchos creían que iban a participar en ensayos para encontrar la vacuna de la gripe y nadie les dijo lo contrario.

Eso pensaba Ronald Maddison, un mecánico de la RAF de 20 años destinado en Irlanda del Norte, cuando se apuntó a los experimentos. Le pagaban el viaje, vivía una experiencia nueva, se olvidaba unos días de la disciplina militar y, lo más importante, podría ver a su novia Mary Pyle, que vivía cerca de Porton. Al llegar, a comienzos de mayo de 1953, un científico les explicó que participarían en un ensayo con sustancias químicas sobre la ropa. Del experimento en sí, solo les dijeron que podrían sentir “un ligero malestar” y que estarían “supervisados” en todo momento.

A las 10 de la mañana del seis de mayo, Maddison y otros cinco voluntarios entraron en la cámara de pruebas con máscaras de gas. No sabían que los iban a exponer a 200 miligramos de gas sarín puro. A los 20 minutos, Maddison empezó a decir que se encontraba mal, cayendo al suelo sudando y entre espasmos. Aunque le inyectaron atropina, el antídoto habitual contra agentes químicos, el mecánico iba a peor. Lo llevaron al hospital que tenían en las instalaciones, pero Maddison murió a las 1:30 de la tarde. En una maniobra de ocultación en la que participaron las altas esferas del Ministerio de la Guerra, hicieron creer a la familia y amigos de Maddison que había muerto por una aguda pulmonía agravada por el experimento. Habría que esperar 50 años para que el caso se reabriese y enterrase la reputación ya cuestionada de Porton Down.

Entonces no se supo, pero hubo muchos otros experimentos que leídos hoy espeluznan. Hasta 750 pruebas a campo abierto desarrollaron los científicos de Porton entre 1946 y 1976, muchas de ellas en sus colonias, como en Nigeria, Bahamas o Malasia. Cinco de esos ensayos se hicieron en el mar, usando ántrax o la bacteria de la peste bubónica. Dentro de la operación Cauldron, los militares liberaron Yersinia pestis en las cercanías de la isla Lewis, en el mar del Norte sin percatarse de que un pesquero, el Carella, con 18 pescadores a bordo, pasaba por esas aguas. En vez de recogerlos y tratarlos con estreptomicina, un antibiótico, les dejaron seguir. Querían aprovechar el accidente para sus resultados. Eso sí, estuvieron atentos a la radio del Carella por si lanzaban alguna alerta de socorro.

 

En esta cajtia de polvos iban los 30 gramos de esporas del 'Bacillus globigii' que los científicos y militares liberaron en el metro de Londres. / TNA, WO195/15751

En esta cajtia de polvos iban los 30 gramos de esporas del ‘Bacillus globigii’ que los científicos y militares liberaron en el metro de Londres. / TNA, WO195/15751

Pero uno de los ensayos más siniestros tuvo lugar el 26 de julio de 1963. Dentro de un programa para establecer la vulnerabilidad de las infraestructuras en caso de ataque químico o bacteriológico, los científicos de Porton Down idearon liberar una bacteria en el metro de Londres. Bajo la cobertura de una rutinaria toma de muestras, liberaron 30 gramos de esporas del Bacillus globigii. Era lo que ellos llamaban un simulador, la sustancia era inocua, aunque hoy se sabe que, puede provocar septicemia. La bacteria se extendió por varias estaciones, hasta 15 kilómetros por los conductos de la ventilación. Los londinenses no supieron hasta hace unos años que habían experimentado con ellos.

Pero el final los años 60 también llegó a Porton Down. La crisis de legitimidad del sistema, el pacifismo, el desengaño con la sociedad burguesa hicieron mella en el programa científico militar. Muchos de los veteranos científicos de Porton dimitieron, otros lo dejaron enganchados al LSD. A las puertas de Porton Down se sucedieron manifestaciones pidiendo su desmantelamiento. Desde entonces, aunque la actividad no se ha detenido, sí que se ha reducido. De los más de 6.000 voluntarios que participaron en sus pruebas en los 50, se pasó a apenas 2.000 desde 1979 y hasta 1989. Ya no se experimenta con humanos, pero sí con miles de animales.

En paralelo, se inició un movimiento entre centenares de veteranos de Porton exigiendo la verdad, reconocimiento y compensaciones por los efectos que les habían provocado los ensayos. Aunque un estudio de Oxford patrocinado por el Gobierno y publicado ya en este siglo encontró una mayor tasa de muerte entre los portonianos, la investigación no estudió el impacto mental o psicológico. La presión de los portonianos llevó a la reapertura del caso del soldado Maddison. Tras la investigación judicial más larga del Reino Unido tras la de la muerte de Lady Di, el jurado consideró que había sido un homicidio provocado por “la aplicación de un agente nervioso en un experimento no terapéutico”. Aquel juicio, celebrado en 2004, llevó al profesor Schmidt a empezar Secret Science. Más importante, gracias a Maddison, en 2008, las autoridades británicas reconocieron el daño causado, se disculparon públicamente y compensaron económicamente a otros 359 de los casi 22.000 jóvenes soldados que pasaron por Porton Down.

¿Es Jack el Destripador una de las grandes mentiras de la historia?


ABC.es

  • El 31 de agosto de 1888 apareció el cadaver de la primera de las cinco víctimas que se le atribuyen al criminal más famoso de la historia. Que nunca se le atrapase y la aparición de otros cadáveres con un «modus operandi» similar, ponen en tela de juicio la existencia del asesino en serie más famoso de la historia
archivo Jack el Destripador es considerado como el primer asesino en serie de la historia

archivo | Jack el Destripador es considerado como el primer asesino en serie de la historia

Jack el Destripador probablemente sea el asesino en serie más famoso de la historia. La brutalidad con la que mutiló a sus víctimas y el hecho de que nunca se le capturara han impregnado al personaje de un misterio y una admiración a lo largo de la historia que se prolonga hasta nuestros días.

Tal día como hoy de 1888 apareció en el londinense barrio de Whitechapel la primera de las cinco víctimas atribuídas a Jack el Destripador. Es necesario señalar que durante el periodo de actividad de Jack, se produjeron en Whitechapel hasta un total de 11 asesinatos que compartían ciertos patrones: las víctimas eran prostitutas, los cadáveres aparecían mutilados y el ensañamiento era tal, que los investigadores de la época se plantearon que todos hubieran sido cometidos por la misma persona.

¿Quién fue Jack el Destripador?

A Jack el Destripador se le considera responsable de la muerte de cinco mujeres en 1888 conocidas cómo las «víctimas canónicas»: Mary Ann Nichols (31 de agosto), Annie Chapman (8 de septiembre), Elizabeth Stride y Catherine Eddowes (30 de septiembre), y Mary Jane Kelly (9 de noviembre). Los cadáveres de todas ellas, excepto el de Stride, aparecieron con la garganta rajada de izquierda a derecha, el abdomen abierto en canal, los órganos sexuales mutilados y les habían sido extraídos el útero, el estómago o los intestinos. Todas ellas sufrieron también la desfiguración del rostro.

Existe la creencia de que en el caso de Stride, alguien interrumpió a Jack el Destripador, que se vio obligado a dejar incompleta su obra, motivo por el cual, apenas una hora después, asesinaría a unas manzanas de distancia a Catherine Eddowes. El doble asesinato del 30 de septiembre fue el que realmente elevó al estrellato a Jack el Destripador.

El 16 de octubre de 1888 George Alkin Lusk, presidente del llamado «Comité de Vigilancia de Whitechapel», recibió en su domicilio un peculiar paquete. En su interior encontró medio riñón humano conservado en formol, y una misiva titulada «From Hell» (Desde el infierno), en la que Jack el Destripador espetaba: «Le envío la mitad del riñón que saqué de una mujer. La otra mitad la freí y me la comí, estaba muy buena. Puedo mandarle el cuchillo ensangrentado con que lo saqué sólo si espera un poco. Firmado. Atrápame si puedes».

Imagen de la carta «From Hell» (WIKIMEDIA)

Imagen de la carta «From Hell» (WIKIMEDIA)

Durante el periodo en que se cometieron los terribles crímenes, tanto Scotland Yard como los rotativos londinenses recibieron multitud de cartas anónimas atribuyéndose la autoría de los asesinatos y diciendo ser Jack el Destripador. En una de ellas, entregada el 27 de septiembre de 1888 a la Agencia Central de Noticias de Londres y dirigida al jefe de la policía londinense, el supuesto homicida acuñó el pseudónimo con el que entraría a formar parte de los anales de la historia más sórdida de la capital inglesa: «Mi cuchillo es tan bonito y afilado que quisiera ponerme a trabajar ahora mismo si tengo la ocasión. Buena suerte. Sinceramente suyo. Jack el Destripador».

Dado el carácter excesivamente morboso que los medios de la época dieron a los crímenes, la cantidad de cartas recibidas asegurando ser Jack el Destripador, y que nunca se tuvieron las pruebas suficientes para demostrar y atribuir la autoría de los asesinatos a una sola persona; a continuación se ofrecen algunas de las teorías mas llamativas sobre la figura de Jack el Destripador: el asesino en serie más famoso de la historia.

El verdadero Jack sería Gull el Destripador

Esta primera teoría sería una conspiración de la realeza británica para ocultar los coqueteos del príncipe Alberto Víctor con la plebe del East End londinense. Así el nieto de la Reina Victoría se habría casado en secreto y engendrado una heredera al trono con una dependienta de Whitechapel: Annie Elizabeth Crook. Una vez que la Corona conoció la cuestión no tuvo más remedio que encerrar en un psiquiátrico a Annie Elizabeth, y entregar la niña a una amiga de la joven. Esta amiga no sería otra que la quinta víctima de Jack el Destripador, Mary Jane Kelly, que se marcharía a Irlanda a cuidar de la pequeña.

Años después Mary Jane regresaría a Londres, donde empezaría a ejercer la prostitución en las calles de Whitechapel. Según esta teoría, la falta de dinero y la desesperada situación que vivía, habrían llevado a Mary Jane a tratar de chantajear a la Corona. Así, la monarquía habría enviado a su médico, el Dr. William Gull, a silenciar a todas las personas que conocieran la historia de la heredera plebeya, motivo por el cual Mary Jane y sus cuatro amigas más cercanas, las otras prostitutas víctimas de Jack el Destripador, habrían sido cruelmente asesinadas.

El curandero misógino

Esta otra teoría atribuye la autoría de los crímenes de Whitechapel a un falso médico procedente de EE.UU. y de ascendencia irlandesa: Francis Tumblety. Según los datos de la época a Tumblety se le sitúa en Londres a partir de junio de 1888. Se tiene constancia de que se hospedaba en el hostal del número 22 de Batty Street, situado en el East End londinense.

Las pruebas contra Tumblety se sustentan en su denostada misoginia, una patología que dado el ensañamiento contra las mujeres asesinadas por Jack el Destripador debía tener el autor de los mismos; en los conocimientos médicos necesarios para realizar la extirpación de los órganos; en su repentina desaparición de Londres después del asesinato de la última víctima; y en una carta fechada en 1913, y firmada por él, que apareció en los archivos de la División Especial de Scotland Yard.

Dicha carta fue estudiada por una grafóloga y comparada con la misiva «From Hell», y se encontraron bastantes pruebas para atribuir la autoría de ambas a la misma persona. La longitud especialmente prolongada de las «Y» que llegaban hasta dos líneas por debajo de la escritura, y el empleo de términos del dialecto irlandés en ambas cartas son evidentes. De todas maneras nunca se pudo demostrar con pruebas fehacientes que Jack el Destripador fuera Tumblety.

Un invento de la prensa

La última de las teorías sobre quién fue Jack el Destripador es que nunca existió y fue una invención de la prensa de la época, y una «oportunidad» de intentar conseguir notoriedad de varios asesinos, que vieron en la imitación del «modus operandi» del primer crimen de Whitechapel la coyuntura perfecta para alcanzar la fama.

Además, el gran número de cartas recibidas se piensa que pudo ser una artimañana de los periodistas para alentar el morbo entre la población de Whitechapel y vender más ejemplares. De hecho, hasta que se determinó que sólo habían sido obra de Jack el Destripador las cinco «víctimas canónicas», cada asesinato de una prostituta en Londres era vendido en los medios como una nueva aparición en escena de éste.

Hasta la fecha, y a pesar de las muchas investigaciones y expertos que han tratado de aportar una solución a los crímenes de Whitechapel, no se ha podido demostrar si realmente existió Jack el Destripador.

Es verdad que las coincidencias en las vejaciones que sufrieron las víctimas sugieren que pudieron ser obra de la misma persona, pero también es verdad que en la época aparecieron hasta seis cadáveres más con mutilaciones similares que no se atribuyen a la figura de Jack el Destripador; y sobre todo, que de cinco víctimas seguras, una de ellas no presentará todos los rasgos de la «obra de Jack el Destripador», hace pensar que en lugar de estar ante el caso del asesino en serie más famoso, esta sea una de las mentiras más grandes de la historia.

Licinio Craso, el romano más codicioso y cruel que crucificó a 6.000 esclavos de Espartaco


ABC.es

  • El comandante comenzó la campaña contra Espartaco imponiendo el arcaico castigo del decimatio a las legiones que habían huido. Este brutal castigo consistía en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros

 

Museo Groeninge Cuadro del siglo XVI de Lancelot Blondel que recrea cómo vierten oro fundido por la garganta del cadáver de Craso

Museo Groeninge | Cuadro del siglo XVI de Lancelot Blondel que recrea cómo vierten oro fundido por la garganta del cadáver de Craso

El primer triunvirato en la historia de Roma –que en realidad no tenía forma política, sino que era una alianza secreta– funcionó con el encanto de Julio César, la auctoritas de Cneo Pompeyo y el dinero de Marco Licinio Craso, uno de los más crueles y codiciosos romanos de su tiempo. Precisamente el afán de Craso por alcanzar un nombre militar y político más allá de la anchura de sus arcas condujo al veterano romano a embarcarse en una demencial incursión contra los partos que terminó en desastre. Con más de 60 años, Craso dirigió con desgana y exceso de confianza la campaña, lo que le costó acabar con su cabeza arrojada a los pies del rey parto mientras trataba sin éxito de negociar una tregua. El historiador Dión Casio relata que, conocedores de su codicia, los partos le introdujeron oro líquido por la garganta para terminar con su vida.

La familia de Craso, que se remontaba a uno de los linajes más antiguos de la República romana, sufrió de lleno la represión de Cayo Mario y de Cina en su confrontación con Cornelio Sila. Para escapar de la muerte, el joven Marco Licinio Craso buscó refugio en Hispania en 85 a. C, donde, aprovechando las clientelas que su padre había extendido durante su gobierno en la Hispania Ulterior, reclutó un pequeño ejército poniéndose a las órdenes de Sila cuando éste volvió a Italia. Sin llegar a la fama del Alejandro Magno romano –Pompeyo– , Craso se destacó en la Primera Guerra Civil, especialmente en la conocida Batalla de la Puerta Colina, pero no fue en el aspecto militar donde adquirió mayor notoriedad, sino con las proscripciones que siguieron al establecimiento de la dictadura de Sila.

Como hizo Mario años atrás, el nuevo régimen aplicó una sangrienta represión que incluía una amplia lista de proscritos clavada en el Foro. Quien aparecía en esta lista debía perder todos sus derechos como romano y morir, siendo perfectamente legal que fuera a través de un método violento. Las cabezas de cientos de proscritos (40 senadores, 1.600 ecuestres y 4.000 ciudadanos sufrieron esta condena) terminaron decorando las paredes del Foro y sus bienes pasaron a ser propiedad de Sila y del Tesoro, que, sin embargo, se mostró muy generoso en el reparto con sus seguidores.

Especulador inmobiliario y prestamista

Craso fue el más hábil y codicioso de entre los especuladores del periodo, pese a lo cual llevaba una vida considerada frugal en una época de excesos. «Cuando Sila se apoderó de la ciudad y puso a la venta las propiedades de los que iban pereciendo a sus manos, ya que las consideraba y denominaba botín y quería que la mayoría de los notables compartieran este sacrilegio, Craso no se abstuvo de coger ni de comprar», escribe el historiador romano Plutarco. De los 300 talentos con los que empezó la guerra, Craso pasó a 7.100 en poco tiempo, lo que le convirtió en el hombre más rico de Roma, solo igualado por su rival Pompeyo y solo superado a nivel histórico por lo acumulado tres décadas después por el Emperador César Augusto.

Además de la venta de las mansiones requisadas, Craso llevó la especulación a un nivel superior de ilegalidad. Se dedicaba a comprar los edificios situados en lugares con tendencia a incendiarse y sus proximidades, pues los propietarios se los cedían a bajo precio a causa de las presiones. En paralelo, creó un equipo de bomberos, que intervenía solo en caso de ser conveniente a los intereses de Craso en esas zonas, y otro de constructores para apuntalar los edificios y desescombrar las parcelas en cuanto el fuego hubiera pasado. No hacía edificios nuevos, pues aseguraba que «los aficionados a la construcción se arruinan ellos mismos sin necesidad de enemigos».

Los métodos para adquirir muchas de esas propiedades eran tan variados como oscuros. En el año 73 a.C, frecuentó la casa de una virgen vestal llamada Licinia, quizá familiar suyo, que fue acusada formalmente de romper su voto de castidad, lo cual era castigado con el enterramiento en vida de la culpable. Tan convencidos estaban todos del entusiasmo de Craso por hacerse con propiedades, que le bastó decir que su única intención en las visitas a Licinia era comprarle una casa para que la acusación fuera desestimada. El romano siguió rondando a la vestal hasta que finalmente le vendió su casa.

La mayor experiencia militar de Craso en los años posteriores a la guerra civil tuvo lugar con la rebelión de los esclavos del año 73 a.C. Un grupo de ochenta gladiadores, encabezados por un esclavo tracio llamado Espartaco, escapó de una escuela de gladiadores en Capua y se refugió a las faldas del Vesubio, desde donde levantó a miles de esclavos en favor de su causa. Espartaco se reveló como un astuto militar que transformó la maraña de hombres y mujeres de distintas tribus en un ejército unido capaz de destrozar a dos ejércitos consulares y, con el tiempo, cualificado incluso para crear talleres propios para equipar a sus fuerzas.

Como Adrian Goldsworthy relata en su libro «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel, 2005), poco se sabe realmente de los orígenes de Espartaco y de cómo adquirió sus conocimientos tácticos. Varias fuentes señalan que había luchado contra los romanos antes o incluso con ellos en alguna de sus tropas auxiliares. Lo único nítido es que conocía muy bien a los soldados romanos. Por esta razón, el Senado encargó a Marco Licinio Craso que se hiciera cargo de la campaña.

Ejerciendo como pretor, Craso comenzó las operaciones desempolvando el arcaico castigo del decimatio a las legiones que habían huido cuando se hallaban al mando de sus predecesores. Este brutal castigo consistía en la elección por sorteo de 1 de cada 10 hombres para ser asesinados a golpes y palos por sus propios compañeros. Además, al 90% de las tropas restantes las cambió la ración de trigo por cebada y las obligó a levantar sus tiendas fuera de los muros de los campamentos del ejército. Estas medidas, que hacían más daño que beneficio a la moral de la tropa, respondían a la gravedad de que un grupo de esclavos se hubiera sublevado en el corazón de la península itálica.

Una kilométrica línea para cercar a los esclavos

Al frente de ocho legiones, el pretor sufrió algunos reveses iniciales, pero no tardó en ganar terreno al ejército de esclavos. Craso derrotó a un grupo que se había escindido entonces del principal ejército de Espartaco, y levantó una inmensa línea de fortificaciones de unos 65 kilómetros con el objetivo de encerrar a los esclavos en la punta más extrema de Italia. Viéndose acorralados, Espartaco y su ejército entraron en contacto en el mar Tirreno con los piratas de Cilicia, quienes prometieron darle una flota para transportar las tropas rebeldes a Sicilia con el fin de hacer de la isla un bastión rebelde inexpugnable. Sin embargo, los romanos se percataron de la intención de Espartaco, por lo que sobornaron a los piratas para que traicionaran al esclavo tracio.

En una ocurrencia desesperada, el caudillo rebelde recurrió a una táctica utilizada contra los romanos por el cartaginés Aníbal, otro de los emblemáticos villanos de la historia de Roma. Durante una noche tormentosa, reunió a todas las cabezas de ganado que pudo, colocó antorchas en sus cuernos y las arrojó hacia la zona más vulnerable de las fortificaciones. Los romanos se concentraron en el punto a donde se dirigían las antorchas, pero pronto descubrieron, para su sorpresa, que no eran hombres, sino reses. Los rebeldes aprovecharon la distracción para cruzar la valla por otro sector sin ser molestados.

ABC Crucifixión, en la Antigua Roma

ABC |  Crucifixión, en la Antigua Roma

Pese a su astuta acción, Espartaco se vio obligado a enfrentarse finalmente a las legiones de Craso en terreno abierto. En el comienzo de la acción, en el año 71 a.C, el antiguo gladiador cortó el cuello a su propio caballo, supuestamente capturado a uno de los comandantes romanos antes derrotados, para demostrar que no estaba dispuesto a huir y pelearía con sus hombres hasta el final. Y así fue. Plutarco afirma que el guerrero tracio fue reducido por una decena de hombres cuando trataba de alcanzar la posición de Craso, después de dar muerte a dos centuriones que le salieron a su paso. La mayoría de los rebeldes pereció en la batalla y de los que se rindieron, 6.000 prisioneros adultos, todos fueron crucificados a intervalos a lo largo de la Vía Apia, desde Roma hasta Capua, como advertencia a otros esclavos dispuestos a atacar a sus amos.

Craso solo pudo celebrar una ovación por su papel en la rebelión –dado que el Senado quiso restar importancia a la campaña, para evitar convertir en un mártir a Espartaco, y le negó el triunfo–, mientras Pompeyo incluyó la campaña contra los esclavos en las celebraciones de su segundo triunfo, concedido sobre todo por sus méritos en Hispania. De esta forma, Pompeyo se adueñó injustamente de la mayor parte de la gloria de la victoria de Craso en la rebelión, al derrotar a un par de miles de esclavos cuando ya encontraban huyendo. La herida abierta entre ambos protagonizó el escenario político de los siguientes años.

Pompeyo tenía la auctoritas (el prestigio), pero Craso no era solo dinero. Dado que Pompeyo se pasó los primeros años de su carrera en el extranjero, la gente de Roma conocía y estimaba mucho más a Craso, que participaba activamente en la vida social de la capital y sabía ganarse el favor popular para lograr sus objetivos electorales. Cuando en el año 71 a.C. fue elegido cónsul, tras su éxito en la represión de la revuelta de Espartaco, «consagró a Hércules el diez por ciento de sus bienes –explica Plutarco–, ofreció un banquete al pueblo y de sus propios fondos procuró a cada romano una provisión de grano para tres meses». Y más allá del servicio público convencional, Craso se ganó las simpatías a través de una estrategia de préstamos a prometedores senadores, como fue el caso de Julio César, al que prestó 830 talentos en los inicios de su carrera política a cambio de su apoyo en el futuro.

Licinio Craso, el romano más codicioso y cruel que crucificó a 6.000 esclavos de Espartaco

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Busto de Cneo Pompeyo, rival y luego aliado de Craso

Su escasa popularidad y lo ingobernable del Senado legado por Sila, empujó a Pompeyo a firmar una alianza secreta con su antiguo rival Craso y su joven protegido, Cayo Julio César, que hizo las veces de contrapeso en la alianza. Para estrechar estos lazos, Pompeyo contrajo matrimonio con la hija de Julio César y, a pesar de la diferencia de edad, fueron extremadamente felices hasta la prematura muerte de ella. La alianza fue muy lucrativa para sus promotores y es conocida hoy entre los historiadores como Primer Triunvirato, pese a que no fue más que un pacto privado sin forma política, como sí lo fue el Segundo Triunvirato (formado por Marco Antonio, Octavio y Lépido). Salvando los escollos de un sistema excesivamente enmarañado, Pompeyo consiguió con el pacto llevar a término su reorganización de Oriente y proporcionar tierras a sus veteranos; Craso obtuvo una renegociación de los contratos de los recaudadores de impuestos; y César, por su parte, pudo avanzar en su reforma agraria y obtener un mando sobre la Galia, donde inició una ambiciosa campaña militar.

Los partos destrozan al anciano Craso

Craso y Pompeyo se toleraron durante más de un lustro, pese a la hostilidad latente que había entre ambos, pero fue la emergente figura de un victorioso Julio César lo que rompió definitivamente el equilibrio entre los tres. Hacia el año 55 a.C., Craso decidió comenzar una campaña militar en Siria para recordar a la República que él también era un brillante comandante como sus dos socios políticos. Su elección fue conquistar Partia, un gran reino que se extendía más allá de Armenia, lo cual le valió numerosas críticas al conducir a Roma a una guerra innecesaria solo sujeta a sus intereses particulares. Y ciertamente, no era el mejor enemigo para ganar fama rápida, como iba a descubrir con su vida.

A sus 60 años y tras 16 años sin tomar servicio activo, Craso partió a Siria, donde se entretuvo la mayor parte del año recaudando impuestos para financiar su expedición. En la primavera del 53 a.C. el comandante romano se dirigió al frente de siete legiones rebosantes de confianza a las entrañas de Partia. No obstante, los partos –que derrotarían años después también a Marco Antonio– conocían muy bien a su rival. A pesar de la caballería aliada y la infantería ligera, la gran carencia del ejército romano seguía siendo por entonces su lentitud y su vulnerabilidad en grandes llanuras. Las rápidas tropas partas, en cambio, se basaban en dos tipos de caballerías: los catafractos, caballería pesada armada de lanzas, y los veloces arqueros a caballo con sus poderosos arcos compuestos. Con todo, el primer enfrentamiento entre el ejército romano y los partos en Carras terminó en empate, aunque la superioridad de la caballería parta se tradujo en un mayor número de bajas entre los romanos. Cuando esa misma noche los hombres de Craso se lamían sus heridas, cundió de repente el pánico entre ellos y su ánimo se quebró sin que el anciano comandante tuviera fuerzas para reconducir la situación. Los romanos iniciaron una desordenada huida a pie perseguidos por la caballería parta.

Mientras trataba de negociar una tregua, Craso fue asesinado y su cabeza y manos enviadas al rey parto. Entre el mito y la realidad, Dión Casio sostiene que los partos le introdujeron oro líquido por la garganta para terminar con su vida, conocedores de su sed de riqueza. La carrera de uno de los romanos más codiciosos y crueles de su tiempo terminaba así con una humillante derrota. En Roma, su muerte abrió una brecha irreparable entre Julio César y Cneo Pompeyo, que derivó en una guerra civil donde se impuso el primero y más joven.