Así era el hipódromo de la Zarzuela: la ineludible cita de los domingos


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  • Desde su nacimiento, en 1941, fue punto de encuentro de la gente «bien» de Madrid

abc | El caballo Merin D’Or ganó el «handicap» de la primera carrera

 «El sábado arte y ensayo, el domingo en los caballos», cantaba Cecilia sobre aquella dama de alta cuna que, en ese tarareo dulce, adivinaba la personalidad del Hipódromo de la Zarzuela, símbolo del Madrid «bien» y aristocrático desde su nacimiento, en los primeros y plomizos 40, hasta su última época dorada, previa al cierre de 1996.

Las finas y curvadas láminas de hormigón que cubren la admirada tribuna de La Zarzuela, declaradas Bien de Interés Cultural, fueron no hace tanto el punto de encuentro de la sociedad más cuidada y elevada de una ciudad que, a los pies de El Pardo, entre apuestas, soñó con que el recinto, suyo por la simbiosis mantenida, llegara a igualarse con sus homólogos europeos.

Un deseo no tan utópico como el actual interés por acabar con el revelador silencio que durante meses acalla esa tribuna, no obstante voz de una gestión egoísta, y convergencia de dos crónicas antagónicas; la de una época dorada, casi condenada, y la de la presuntuosa idea de resucitar el pasado.

Es sobre esa biografía de esplendor de la que habla en parte el centenario archivo fotográfico de ABC, como en las fotos anexas. Aunque en blanco y negro, su vitalidad se transmite intacta hasta hoy como una suerte de herencia histórica de la capital y del propio periódico, elevando al hipódromo como centro del «turf» en España. Lo es, en realidad, desde que el 4 de mayo de 1941 se celebrara la primera carrera en su pista, ánimo de repetición de la gran consideración que, a finales del XIX, alcanzó Madrid con su hipódromo en la Castellana, en el mismo punto donde hoy se ubica la estación de Nuevos Ministerios.

Dorados 70

Obra de Carlos Arniches, Martín Domínguez y el ingeniero Eduardo Torroja, autor de la tribuna, vivió su mejor época en los 70, consecución del crecimiento de los últimos veinte años. En su inicio, no obstante, atravesó problemas similares a los del país; construido inicialmente en 1935, tras la Guerra Civil tuvo que regenerarse. Para acometer la obra, se tuvieron que importar los materiales del extranjero.

El cruce de meta del primer purasangre en el Hipódromo de la Zarzuela, de Merin D’Or, tuvo si cabe un significado casi mayor a cualquier trofeo entregado en el vibrante Gran Premio de Madrid, como aquel inédito de 1968, con el primer millón de pesetas. Ese aplauso primigenio sintetizó lo que justamente quiso proyectar, la alegría de un Madrid diferente, casi patricio, que se extendió durante años ante su pasión por la hípica.

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