Esto ya no es Baden-Baden


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  • El veraneo en Madrid ha cambiado tanto que ni las terrazas son lo que eran ni la alcaldesa se queda a las fiestas de La Paloma y vuela
archivo Curiosa imagen de los años 50, con una terraza repleta de gente, a pesar de las obras en la calle de Serrano

archivo | Curiosa imagen de los años 50, con una terraza repleta de gente, a pesar de las obras en la calle de Serrano

“Madrid, en agosto, sin familia y con dinero… Baden-Baden”. No hay entre todos los dichos sobre el veraneo en la capital ninguna exaltación más entusiasta sobre las presuntas ventajas de pasar aquí el mes de agosto, a poder ser en el papel de Rodríguez. La autoría de la frase se la disputan Francisco Silvela –según el Boletín de la Academia de la Historia (mayo-agosto de 2005)– y Mariano Ossorio Arévalo, marqués de la Valdivia, que al final casi ha quedado como padre principal de esa sentencia popular que aparece en el muro imaginario donde el casticismo (no hay nada más castizo que un marqués) ha ido escribiendo la otra historia de Madrid.

Ossorio dejó muchas frases anotadas en esa pared, filosofía labrada a pie de calle, en la barbería, en el Casino, en el mercado de La Cebada o en un mostrador de mármol, cuando las kermeses y cuando las verbenas en las Vistillas eran de verdad verbenas y no un botellón musical a tres euros el cubata subvencionado por el Ayuntamiento. Si Madrid era como Baden-Baden, había dos cosas que –según Valdivia– gustaban sobremanera a los madrileños: “los toreros valientes y las mujeres gordas”.

La foto de la calle Serrano atestada de público en las terrazas –trincheras en primera línea de sed mientras se arregla la acera– venía a dar la razón a Silvela y a Ossorio, al menos en los cincuenta, cuando fue captada la imagen y los madrileños salían a tomar el fresco en chaqueta. Hoy todas esas americanas han desaparecido, sustituidas por una legión de caballeros en bermudas y chanclas. Tanto han cambiado las cosas que ni la alcaldesa de la villa se deja ver por la fiesta mayor del lugar. A ver si San Isidro tiene más suerte que la Virgen de la Paloma; pero estando la religión de por medio igual en mayo también “lamenta” no estar en la ciudad.

Carmena –simplemente Manuela, para sus fans– no deja de sorprender desde que tomara la vara de la alcaldía y lo primero fue mandar a fregar “a las madres”. Quién iba a pensar que al “empoderamiento” y a la “democracia real” se entraba con un mocho y un cubo… También fue una pequeña decepción que no enviara al pregón de las fiestas, junto a la Casta y la Susana, a su sobrino Luis Cueto Álvarez de Sotomayor, el “hombre-orquesta” del Consistorio. Porque, además de coordinador general de la alcaldía y mandamás de Ifema, daba Cueto un Don Hilarión de película. “Máldita sea-la..”

Hace tiempo que Madrid en agosto no es Baden-Baden, la perla balnearia de la Selva Negra. Primero porque no hay mucho dinero, segundo porque el Rodríguez está en peligro de extinción y tercero porque las terrazas ya son de todo el año y a estas alturas ya anda uno harto del chorrito de agua difuminada que le cae en la cabeza, cual gota malaya.

El «transatlántico» encallado en el Manzanares que sirvió de piscina a los madrileños


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  • La capital inauguró en los años 30 un complejo deportivo en lo que hoy es Madrid Río. La Guerra Civil dejó «tocado» este recinto con forma de barco, que permaneció abierto hasta 1954
abc | El «transatlántico» del Manzanares

abc | El «transatlántico» del Manzanares

«Las piscinas de “La Isla”», así titulaba ABC, hace 83 años, el 10 de julio de 1932, la apertura del «transatlántico del Manzanares».

En 1930 se elaboró un Plan General que daba la posibilidad de crear zonas destinadas al baño en el río de Madrid. Fue entonces cuando el arquitecto Luis Gutiérrez Soto recibió un encargo algo singular, que consistiría en la creación de un recinto de piscinas, frente a la entrada principal de la Casa de Campo.

Soto diseñó el edificio con aire marinero. Un gran transatlántico asemejaba su construcción, construido sobre una isla (300 metros por 20). En la parte correspondiente a la proa, se hallaba la piscina de preferencia, amplia, soleada y aireada; en la de popa, la popular, y bajo el puente, otra cerrada, para invierno. El «barco» también contaba con solarium, gimnasio y sala de fiestas, con bar y restaurante, y la consiguiente orquesta, que animaba las horas del té y facilitaba la ocasión de bailar a los aficionados.

Para el bañista lo más importante era el agua; el estado de limpieza y transparencia era la mayor garantía que se podía encontrar sobre la más escrupulosa higiene.

La piscina sufrió algunos destrozos durante la Guerra Civil, que fueron reparados con la llegada del franquismo. Estuvo dando servicio hasta febrero de 1954, que fue derribada y desapareció para siempre.

Pompeyo, el «adolescente carnicero» que quiso ser el Alejandro Magno romano


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  • Muchos romanos vieron en su carismática figura la sombra del gran conquistador macedonio. Julio César vio al principio a un aliado y, más tarde, a un rival al que solo venció tras mucha dificultad. Pese a ello, cuando los embajadores egipcios entregaron su cabeza decapitada a César, éste quedó ofendido y pidió que le otorgaran los honores debidos
Wikipedia Escultura de Cneo Pompeyo «Magno»

Wikipedia | Escultura de Cneo Pompeyo «Magno»

Cuando Julio César decidió cruzar el río Rubicón desafiando al Senado y dando inicio a la Segunda Guerra Civil de Roma, Cneo Pompeyo se puso al frente del bando de los optimates, proclamados centinelas de las viejas esencias de la República. La guerra terminó con la cabeza de Pompeyo –un brillante estratega en su juventud, que nada pudo hacer contra los nuevos vientos de la historia– arrojada a los pies del dictador romano, quien contrariado reclamó un funeral honroso para el que fue su más distinguido rival. No en vano, la suya quedó como la historia de un romano tradicional que pereció frente a la poca convencional trayectoria de Julio César. Nada más lejos de la realidad. La carrera de Pompeyo Magno, llamado el adulescentulus carnifex (el «adolescente carnicero») por su brutalidad en los tiempos de la represión iniciada por Cornelio Sila, no tuvo nada de ortodoxa hasta que precisamente alcanzó la vejez.

En muchos aspectos, la carrera de Pompeyo constituyó un vuelco radical en el camino político que se esperaba de un romano en su ascenso social. Como Adrian Goldsworthy relata en su libro «Grandes generales del Ejército romano» (Ariel, 2005), con solo 23 años Pompeyo reclutó un ejército privado usando su fortuna familiar para participar en la Guerra Civil del año 88 a.C, que enfrentó a Cornelio Sila contra Cayo Mario. Se trataba de algo fuera de lo común al carecer de autoridad legal, pero Sila le dio legitimidad al estar necesitado de tropas y al vislumbrar el encanto natural del joven. Aunque el padre de Pompeyo no era un hombre nuevo ni carismático, pero sí enormemente rico, el papel político de su familia había sido poco destacado hasta entonces y prácticamente se limitaba a su participación en la Guerra Social que encumbró a Sila como héroe de la República, despertando la hostilidad abierta de Mario.

Fue en la guerra entre ambos caudillos romanos cuando el ejército de Cneo Pompeyo cobró poco a poco protagonismo a base de pequeñas victorias, entre las que destacó una gesta individual del joven romano que descabalgó y mató con sus manos a un jefe de una compañía de jinetes galos al servicio del bando de Mario. Al reunirse finalmente con Sila, el viejo romano desmontó de su caballo y recibió con grandes gestos de amistad a Pompeyo, al que llamó imperator (apelativo reservado a los comandantes victoriosos) y lo situó como su principal consejero.

El joven verdugo de Cornelio Sila

Ambos consiguieron encadenar una serie de victorias que terminaron con la ocupación de Roma y la proclamación de Sila como dictator rei publicae constituendae («dictador para el restablecimiento de la República), sin limitación de tiempo alguno. Como hizo Mario años atrás, el nuevo régimen aplicó una sangrienta represión política que incluía una amplia lista de proscritos clavada en el Foro. Quien aparecía en esta lista debía perder todos sus derechos como romano y morir, siendo perfectamente legal que fuera a través de un método violento. Las cabezas de cientos de proscritos terminaron decorando las paredes del Foro y sus bienes pasaron a ser propiedad de Sila y del Tesoro, que, sin embargo, se mostró muy generoso en el reparto con sus seguidores. Entre estos beneficiados se encontraba Cneo Pompeyo, conocido entonces como el adulescentulus carnifex (el «adolescente carnicero»), o «el joven verdugo», por recrearse en exceso en la persecución y tortura de los senadores señalados en la lista.

Aunque la Guerra Civil había terminado con la toma de Roma, algunos de los generales del fallecido Mario se negaron a entregarse y continuaron la lucha en las provincias periféricas. Durante la campaña que Pompeyo acometió con éxito en Sicilia contra el rebelde Perperna, recibió por primera vez un título oficial, dado que el Senado le entregó el imperium de propretor. Ejerciendo este cargo se produjo un amago de levantamiento en Sicilia, donde las tropas de Pompeyo se ofrecieron a acompañarle a Roma a derrocar a Sila por lo que consideraban una serie de muestras de ingratitud hacia el general que tanto había regalado al dictador. Sin embargo, Pompeyo se mostró leal al dictador y cuando regresó a Roma le fue concedido el título de Magno («el Grande»), lo cual alimentó aún más las comparaciones con el general macedonio Alejandro Magno, y, tras mostrarse Sila inicialmente reticente, le concedió un triunfo. Nadie antes lo había celebrado en una edad tan temprana y, quizás por influencia de su inmadurez, Pompeyo se empeñó en que quería hacerlo en un carruaje tirado por elefantes. Desistió al descubrir que la estrechez de una parte del itinerario impedía el uso de estos animales.

ABC La huida de Pompeyo después de Farsalia, por Jean Fouquet

ABC | La huida de Pompeyo después de Farsalia, por Jean Fouquet

A continuación, Pompeyo Magno se negó a aceptar el cargo de senador que Sila le ofreció y, en cambio, prefirió seguir su carrera al margen del cursus tradicional, el cual estipulaba restricciones de edad en función del cargo. Por el contrario, decidió casarse con la hijastra de Sila, lo cual supuso un trágico golpe para su primera mujer Antistia –que había perdido a su padre en la guerra civil asesinado por casarse con Pompeyo– y dio un impulso a su carrera política. Al fallecimiento de Sila, Pompeyo se aseguró de que el cadáver de su suegro recibiera los debidos honores y no se produjeran disturbios, aunque no pudo evitar que el excónsul Lépido se levantara contra el Senado. Así y todo, el hombre que siempre se había resistido a seguir una carrera convencional respondió a la llamada de auxilio del Senado y se encargó de derrotar a Lépido.

Algunos de los partidarios de Lépido se refugiaron en Hispania, donde Quinto Sertorio –discípulo de Cayo Mario– seguía resistiendo desde los tiempos de la Guerra Civil sin que ninguno de los generales de Sila pudiera hacer nada para evitarlo. Hábil político, Sertorio instituyó un Senado local y conservó las formas de gobierno romanas, titulándose únicamente procónsul. Así se ganó la adhesión de los pueblos de las Hispanias y se convirtió en un rival militar solo a la altura de Pompeyo Magno. El discípulo de Mario contra el de Sila. Frente a la negativa de los dos cónsules designados a ir a Hispania, Pompeyo, de 28 años, fue nombrado pro consulibus (enviado «en lugar de ambos cónsules») y destinado a la provincia más occidental de la República. Pese a que en los primeros encuentros Sertorio dio severos correctivos a su joven rival, poco a poco fue perdiendo terreno y quedó sumido en una guerra de desgaste que no podía ganar. El general exiliado no estaba perdiendo la guerra pero ya era evidente que jamás podría ganarla. Una afición desmesurada por el vino y un humor depresivo fueron brotando en Sertorio. En el año 72, Perperna, mano derecha de Sertorio, organizó un banquete donde el general y su guardia fueron emborrachados y posteriormente asesinados. Perperna quiso continuar la guerra, pero Pompeyo no tardó más que un instante en derrotarlo.

Siempre presente para robar la gloria final

De regreso una vez más victorioso a Roma, Pompeyo se adueñó injustamente de la mayor parte de la gloria de la victoria de Craso en la rebelión de los esclavos. En el año 73, un grupo de ochenta gladiadores encabezados por un esclavo tracio llamado Espartaco, escapó de una escuela de gladiadores en Capua y se refugió a las faldas de el Vesubio, donde pronto levantó a miles de esclavos en favor de su causa. Frente al genio militar de Espartaco, que convirtió la maraña de esclavos de distintas tribus en un ejército unido capaz de destrozar a dos ejércitos consulares, el Senado encargó a Marco Licinio Craso que se hiciera cargo de la campaña.

ABC | Crucifixión en la antigua Roma

ABC | Crucifixión en la antigua Roma

Craso era uno de los hombres que se habían alineado con Sila durante la Guerra Civil y cuya máxima cualidad, más allá de sus rígidos, casi crueles, métodos para mantener la disciplina, era su monstruosa fortuna tallada a golpe de apropiación de los bienes de proscritos. Sea como fuere, Craso venció a Espartaco, que fue reducido cuando se dirigía a matar al cónsul romano, y capturó a 6.000 esclavos, que hizo crucificar por intervalos a lo largo de la Vía Apia. Pompeyo utilizó el hecho de que había derrotado a un par de miles de esclavos durante la huida para adueñarse de la victoria. Craso solo pudo celebrar una ovación por su papel en la rebelión, mientras Pompeyo incluyó la campaña contra los esclavos en las celebraciones de su segundo triunfo, concedido sobre todo por sus méritos en Hispania.

Ya como cónsul, Pompeyo se puso como objetivo terminar con la piratería que azotaba el Mediterráneo y que vivía su edad de oro con la convulsión de Roma. Los piratas asaltaban impunemente embarcaciones y muchas ciudades de las costas de Grecia y Asia hasta las de Italia y España. Entre otros ilustres patricios que fueron secuestrados por los piratas, destaca un Julio César adolescente que pasó 38 días cautivo. Es por esta razón que Pompeyo fue nombrado comandante de una fuerza naval extraordinaria para lanzar una campaña contra los piratas con poderes que se extendían por todo el Mediterráneo y hasta 50 millas tierra adentro. En un alarde logístico, el Alejandro Magno romano dividió el Mediterráneo en trece regiones separadas, cada una bajo el mando de uno de sus legados, y en cuarenta días expulsó a los piratas del Mediterráneo occidental. Las fuerzas de Pompeyo barrieron poco a poco a los piratas del Mediterráneo en lo que supuso una de las mayores demostraciones militares de capacidad organizativa en la Antigüedad.

En 74 a. C, Pompeyo –siempre tentado a emular a Alejandro Magno– aprovechó el estallido de la Tercera Guerra Mitridática, entre el Ponto, dirigido por su rey Mitrídates VI, y Roma, para reclamar también un mando extraordinario sobre el Mediterráneo Oriental. El hecho de que la guerra ya se encontrara en un fase avanzada –favorable a los intereses romanos–, como ocurriera con la rebelión de Espartaco, hizo que muchos vieran en la irrupción de Pompeyo un nuevo intento por llevarse las glorias de otros, en este caso a costa de Lucio Licinio Lúculo, un estratega de excepcional talento pero que fue incapaz en ningún momento de ganarse la estima de sus soldados.

Wikipedia Entrada de Pompeyo al templo de Jerusalén

Wikipedia | Entrada de Pompeyo al templo de Jerusalén

Con los fondos y la libertad que el Senado negó a Lúculo durante años, el Alejandro Magno romano venció fácilmente a Mitrídates y lo forzó a internarse en el corazón de Cólquide (en la actual Georgia). Sin descuidar la persecución del rey huido, Pompeyo desplazó sus intereses hacia Tigranes y Armenia, donde obligó al rey Trigranes a pagar su apoyo a Mitrídates con un durísimo tratado en favor de Roma. Su siguiente paso le llevó al reino del soberano Oroeses de Albania, en cuya batalla más decisiva se afirma que Pompeyo luchó en combate singular contra el mismísimo hermano del rey, al que mató siguiendo la mejor tradición de Alejandro Magno. También Oroeses tuvo que aceptar las duras condiciones de Roma. En esa misma campaña, Magno todavía encontraría tiempo para intervenir en la guerra civil que estalló en el reino asmoneo de Jerusalén. Después de tres meses de asedio, Pompeyo conquistó la emblemática ciudas de Jerusalén.

En el apogeo de su gloria, Pompeyo volvió a Roma a celebrar su tercer triunfo en el año 61 a. C., en su 45 cumpleaños. Con parte del mastodóntico botín acumulado durante años, el veterano romano financió la construcción del primer teatro de piedra de Roma, un complejo de un tamaño superior a todos los monumentos triunfales hasta entonces conocidos en la ciudad. Y aunque se encontraba en su momento cumbre, durante su ausencia habían surgido nuevos poderes emergentes en Roma que le obligaron a ceder terreno ante un viejo rival, Craso, y su joven protegido, Julio César. Sin embargo, en algún momento de ese mismo año, Pompeyo formó una alianza política secreta con ambos. Para estrechar estos lazos, contrajo matrimonio con la hija de Julio César y, a pesar de la diferencia de edad, fueron extremadamente felices hasta la prematura muerte de ella. De hecho, la alianza fue muy lucrativa para los tres, pero cuando falleció Craso en una demencial e innecesaria campaña contra los partos Julio César y Pompeyo comenzaron un distanciamiento que acabó enfrentándolos en una nueva guerra civil.

ABC Representación pictórica de los emisarios egipcios presentando la cabeza de Pompeyo a Julio César

ABC | Representación pictórica de los emisarios egipcios presentando la cabeza de Pompeyo a Julio César

Pese a que el veterano romano alardeó de que solo haría falta que diera una patada en el suelo para que brotaran legiones por toda Italia y se unieran a su causa, lo cierto es que las recientes victorias de Julio César en las Galias habían alterado las simpatias del pueblo. Cuando el bando de los optimates se vio obligado a huir de Roma sin ni siquiera presentar batalla, varios senadores se permitieron la chanza de comentar que quizás había llegado la hora de que Pompeyo pateara el suelo. La guerra contra Julio César alcanzó demasiado mayor a Pompeyo, que finalmente consiguió reunir un ejército en su querida Grecia, pero no fue capaz de ganarle el duelo militar al genio emergente. Tras la batalla de Farsalia el 9 de agosto del 48 a. C, Pompeyo y el resto de conservadores se vieron obligados a huir sin rumbo para salvar sus vidas. Con la intención de pedir ayuda al faraón Ptolomeo XIII, Pompeyo llegó a las costas de Egipto y envió emisarios al rey a la espera de respuesta. No obstante, los egipcios le cortaron la cabeza y se la llevaron, junto con su sello, a César a modo de obsequio. Nada pudo ofenderle más a César, que se encargó de perseguir y ejecutar a los responsables de una muerte tan cruel y deshonrosa.

La gran mentira nazi para ocultar la masacre de millones de judíos


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  • En 1941 Hitler inauguró un campo de concentración que hizo pasar por una ciudad de vacaciones. La falacia engañó incluso a la Cruz Roja, que le dio el visto bueno
Archivo ABC El campo de concentración de Terezin fue visto durante toda la Segunda Guerra Mundial como un balneario cedido por Hitler al pueblo judío

Archivo ABC | El campo de concentración de Terezin fue visto durante toda la Segunda Guerra Mundial como un balneario cedido por Hitler al pueblo judío

Decía Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del Tercer Reich, que una mentira dicha mil veces termina convirtiéndose en realidad. Lo cierto es que no andaba desencaminado el experto en comunicación del partido nazi, pues hubo multitud de ocasiones en la que su líder, Adolf Hitler, demostró esta máxima. Una de ellas fue en la prisión de Theresienstadt, un campo de concentración checoslovaco que los germanos mostraron al mundo como un paraíso en la Tierra regalado a los judíos por el mismísimo «Führer».

Una valiente falsedad, pues en él se cometían las mismas barbaridades que en el resto. No obstante, todo formaba parte de un curioso plan cuyo objetivo era demostrar al mundo que en las cárceles alemanas no obligaban a los presos a trabajar hasta la extenuación y no se llevaba a cabo la denominada «Solución final» (el asesinato de millones de judíos y personas con alguna disminución mental). Desgraciadamente, la campaña propagandística les funcionó a la perfección y, durante toda la Segunda Guerra Mundial, el campo fue considerado un balneario ideado por los germanos para proteger a los judíos de la contienda.

A día de hoy, la campaña orquestada por los nazis para mostrar este lugar como idílico puede parecer irrealizable. Sin embargo, por entonces no había Smartphones con los que fotografiar lo que verdaderamente sucedía y, en pocos minutos, mostrar la realidad al mundo. Así pues, el plan fue un rotundo éxito. No era para menos, pues los jerarcas nazis realizaron todo tipo de maniobras de comunicación para lograrlo. Entre ellas destacaron la filmación de un documental que, presuntamente, demostraba lo buena que era la vida en aquel gueto o, incluso, la divulgación constante de que la ciudad estaba regida por judíos.

Con todo, la guinda de este curioso pastel fue puesta en 1944, año en que los alemanes permitieron a la Cruz Roja Internacional entrar en el recinto para elaborar un informe sobre la vida de los presos. Aquello derivó en una increíble farsa en la cual los germanos obligaron a los reos a mostrar a la delegación lo felices que estaban por encontrarse allí. Por su parte, los seguidores de la esvástica fabricaron escuelas y cafés falsos en el gueto para que pareciese que todos los internos tenían una vida relajada y sin preocupaciones gracias a Alemania. De forma increíble, los representantes de la organización salieron convencidos de que los rumores sobre cámaras de gas eran falsos y los germanos solo querían proteger a los judíos.

La fortaleza hecha gueto

Para encontrar el origen del campo de concentración de Theresienstadt es necesario remontarse en el tiempo hasta el siglo XVIII, época en la que el emperador José II (de quien se dice que odiaba la higiene e instauró un alto impuesto a todos los productos relacionados con ella) dominaba el Sacro Imperio.

Fue el 22 de septiembre de 1784 cuando este austríaco ordenó edificar en la futura ciudad de Terezín una fortaleza de poco más de un kilómetro cuadrado que, curiosamente, tendría una forma similar a la de la estrella de David. A este coloso -el cual estaba formado por dos fuertes rodeadas, a su vez, por altas murallas, varios terraplenes y un foso- le puso el nombre de Theresienstadt en honor de su madre, María Theresa. Su situación era envidiable, pues se hallaba a poco más de 75 kilómetros de Praga y a 2 de la ciudad de Leitmeritz.

Esta plaza fuerte hizo las veces de base militar de los Habsburgo hasta la llegada de la Primera República de Checoslovaquia durante 20 años, hasta 1938. Sin embargo, después de que Hitler se asentase en la poltrona alemana y se anexionase en nombre de la esvástica los Sudetes en 1938, en la fortaleza pasó a ondear la bandera germana.

Reinhard Heydrich, artífice de la apertura del campo de Terezin Wikimedia

Reinhard Heydrich, artífice de la apertura del campo de Terezin | Wikimedia

Ese año, los nazis instalaron en ella una inexpugnable base de operaciones para las temibles SS (las tropas más ideologizadas del Reich y, en la práctica, una parte más de las fuerzas armadas del país). «Los alemanes usaron la ciudad como base militar hasta fines del verano de 1941. En 1941, la base albergó a aproximadamente 3.500 soldados y 3.700 civiles. Prácticamente todos los adultos civiles empleados trabajaban para los militares», explica el «EE.UU. Holocaust Museum» en su dossier «Theresienstadt».

En esas andaban los alemanes cuando Reinhard Heydrich (segundo de Himmler al mando de las SS) se le encendió la bombilla en el verano de 1941 y decidió idear un «gueto modelo» en esta fortaleza. La razón era sencilla: ya se habían realizado los primeros asesinatos con gas en el campo de exterminio de Auschwitz y los nazis temían que esa infame nueva se acabase conociendo. ¿Qué mejor, por lo tanto, que crear un campo de concentración idílico para mostrar las bondades del «Führer» al mundo y contrarrestar la realidad? Eso sí, todo de forma figurada, pues no pensaban dar ni una comodidad real a los presos.

«Heydrich había tenido la idea de construir un gueto para los judíos [de la zona] con la intención de aplacar la preocupación internacional, cada vez mayor, de que los alemanes estuvieran maltratando a los judíos. En septiembre, los alemanes habían matado a tiros a más de 36.000 judíos en Kiev. […] Aunque los alemanes mantenían estas actuaciones en secreto, era difícil controlar los rumores», explica la escritora e investigadora Wendy Holden en su obra «Nacidos en Mauthausen».

Así pues, los jerarcas nazis enviaron a 3.000 judíos (todos ellos, de entre 18 y 30 años) a la fortaleza para que la «acondicionaran» para la vida de sus nuevos ocupantes. Básicamente, sus órdenes eran construir miles de literas para los nuevos ocupantes. Estos primeros grupos fueron conocidos como los «Aufbaukommando» («grupos de construcción»). Así fue como la plaza fuerte pasó a convertirse en un campo de concentración.

Un balneario cedido por Hitler

De esta forma, entre falacias y mentiras, nació el gueto modelo de Theresienstadt, el cual se dio a conocer no como un recinto en el que se pretendía encarcelar a miles de personas, sino como una ciudad de vacaciones para los judíos más adinerados. «El nuevo gueto se vendía […] como un regalo del Führer destinado a los judíos que quisieran prepararse para la vida en Palestina», explica Holden.

«Los alemanes habían anunciado y propagado que Theresienstadt sería un campamento modelo. El “regalo de Hitler a los judíos”. No lo llamaron campo de concentración, sino que sería una especie de balneario para la gente mayor, donde podrían descansar», señala, en este caso, Eva Goldschmidt Wyman (superviviente del Holocausto) en su obra «Huyendo del infierno nazi: la inmigración judío-alemana hacia Chile en los años 30».

Lo cierto es que el entorno en el que se había edificado la fortaleza invitaba a creer esta falsedad, pues se hallaba ubicado cerca de las montañas de Bohemia y en un entorno de cuento de hadas. Para lograr que pareciese un lugar de vacaciones muy exclusivo, los nazis lo abrieron en un principio solo a aquellos judíos que cumplieran los siguientes requisitos: debían ser alemanes o austríacos, tener una buena cantidad de dinero en sus cuentas, ser mayores de 75 años, haber combatido en una guerra y contar con una posición social de importancia.

Literas del campo de concentración en la actualidad Wikipedia

Literas del campo de concentración en la actualidad | Wikipedia

La idea no fue mal recibida. Y es que, al ser vista como una zona exclusiva a la que solo podían acceder unos pocos afortunados, muchos «Prominenten» (como se llamó a estos «pioneros» que decidieron pasar a vivir en esta residencia) se prestaron voluntarios para vivir en él. A su vez, otros tantos no se negaron a acudir cuando los nazis les informaron de que debían partir hacia su «nuevo hogar».

Por otro lado, el gabinete de propaganda nazi también presentó Theresienstadt como una residencia de ancianos a la que se podía acudir a cambio de ceder todos sus bienes al estado nazi, quien les ofrecía a cambio una estancia envidiable en Terezín hasta el final de sus días. Tal era la fama que se le dio a este campo de concentración entre la población que, cuando aquellos desdichados judíos hacían el viaje hasta la fortaleza, se vestían con sus mejores galas y se arreglaban como si fuesen a un banquete nupcial. Cundo llegaban allí, sin embargo, les quitaban todo lo que portaban (que pasaba a engrosar las arcas del Reich) y empezaba su pesadilla.

La verdad sobre Theresienstadt

Hitler presentaba esta fortaleza como el balneario idóneo para pasar unas estupendas vacaciones, una residencia en la que los judíos podían olvidarse de persecuciones y del horror de la guerra. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Y es que, aunque no fue un campo de exterminio (en él no se asesinaba a los reos mediante gas) en Theresienstadt los presos sufrían todo tipo de aberraciones y, por descontado, vivían en unas condiciones deplorables. Este recinto era, además, un lugar de paso en el que los reos estaban tan solo unos meses antes de hacer su último viaje hacia los centros de asesinato masivos ideados por el Führer.

La vida de los presos en Theresienstadt era una auténtica pesadilla. Su calvario comenzaba cuando el tren que les llevaba a la zona se detenía cerca de la fortaleza. «La estación quedaba a dos o tres kilómetros del campo de concentración y era preciso caminarlos en columnas de tres o cuatro filas, llevando cada uno sus maletas a cuestas, y a veces, también a sus hijos. Si no se apuraban, ahí estaban los de las SS para empujarlos con las culatas de sus fusiles gritando que caminaran más rápido. […] Muchos de los ancianos se desplomaban no habiendo probado bocado en dos días y estando terriblemente agotados por el viaje. […] En la procesión iban también niños que no cesaban de llorar, con hambre y agotados», completa Wyman.

Cuando los desafortunados llegaban a la fortaleza, la situación no mejoraba. En cuanto atravesaban la puerta (en la cual se podía leer «Arbeit macht frei» -el trabajo libera-) se les enviaba a todos a las duchas, donde debían desnudarse. Si alguien se negaba, se le azotaba en repetidas ocasiones hasta que decidía cooperar. Posteriormente, los reos se lavaban, aunque sin jabón ni esponja, tan solo con un agua ennegrecida que ensuciaba más que limpiaba. Una vez que acaban esta absurda «desparasitación», los nazis les entregaban alguna de las prendas que había en un gigantesco montón. Nunca miraban tallas, por lo que la ropa podía ser muy grande (en cuyo caso no había problemas) o sumamente pequeña (lo que, en pleno invierno, condenaba a su portador a una muerte segura).

Entrada al campo de concentración Wikimedia

Entrada al campo de concentración | Wikimedia

Una vez dentro debían alojarse en unas habitaciones en las que, a pesar de que únicamente cabían unas 5 o 6 personas, se amontonaban hasta 40. Sin camas suficientes, muchos debían dormir en el suelo, en la buhardilla (donde el calor era insoportable en verano y el frío horrible en invierno) o, simplemente, arremolinarse en los viejos jergones llenos de chinches que los alemanes llamaban camas.

La higiene era nula, pues solo había un cuarto de baño para cada 150 personas –con lo que el hedor de la habitación era insoportable- y, para llegar hasta él, había que caminar por encima de decenas de cuerpos hacinados. Por descontado, todos debían trabajar durante horarios interminables en el campo y no podían escribir a sus allegados (a los que lo hacían, se les ahorcaba sin mediar palabra). La razón era sencilla: había que mantener la fama que tenía Theresienstadt de campo modélico.

El hambre, junto con la suciedad y las enfermedades, era otra de las compañeras inseparables de estos presos. Y es que, recibían una dieta de entre 600 y 700 calorías diarias mientras que, para sobrevivir, se necesitan ingerir entre 1.750 y 2.500. «La gente tenía hambre todo el tiempo, a menos que trabajaran en la cocina o tuvieran amigos que se desempeñaran allí. Su dieta consistía en un café muy débil en las mañanas, una sopa aguada hecha de polvos con una papa cocida para el almuerzo, un tercio de pan, dos onzas de margarina a la semana y algo de mermelada o miel», explica en su obra la superviviente del Holocausto.

En esas precarias circunstancias tuvieron que vivir los reos durante meses. Y eso, los que tenían tanta suerte como para no ser deportados a un campo de exterminio. Poco a poco, el lugar se fue llenando de seres humanos, pues se levantaron las normas iniciales y se dio acceso a todos los judíos que quisiesen. Esto provocó que, en septiembre de 1942, el gueto alcanzase su máxima población al contar en su interior con más de 53.000 prisioneros.

Por aquel entonces el lugar estaba dominado por algunos miembros de las SS y un grueso de tropas formadas por policías checos. Las tareas cotidianas estaban a cargo de un consejo de reclusos. En principio, se ideó este organismo para dar todavía más sensación de «campo modélico». Sin embargo, el grupo tenía a su cargo tareas tan crueles como idear las listas de aquellos que se marcharían para ser asesinados.

Las críticas de la Cruz Roja

Mientras las epidemias se sucedían en el campo en 1943 debido a la falta de higiene, la suerte quiso que multitud de organizaciones como la Cruz Roja comenzaran a cuestionarse qué estaba sucediendo con los miles de judíos que desaparecían día tras día en los campos de concentración. Por entonces ya había cobrado importancia el rumor de que los germanos estaban masacrando a seres humanos en estos guetos, y muchos querían respuestas.

«Los líderes daneses, desde el rey Cristián hacia abajo, insistieron en que la Cruz Roja visitara a los deportados daneses para obtener información de primera mano sobre el trato que recibían en Theresienstadt. Los diplomáticos alemanes sintieron que la posición de su país en Dinamarca y Suecia iba a deteriorarse, al punto de perjudicar los intereses alemanes. La Wehrmacht (fuerzas armadas alemanas) querían paz y calma en Dinamarca, y en Suecia los alemanes esperaban seguir importando los armamentos necesarios para la guerra.», explica el «EE.UU. Memorial Museum».

Tras meses de rodeos y rodeos, la Oficina Principal de Seguridad del Reich (RSHA) aceptó que la Cruz Roja visitara uno de los campos para cerciorarse de que todo iba bien. Con todo, solo pusieron una condición: Alemania seleccionaría qué campo se visitaría y la fecha aproximada. Como no podía ser de otra forma, el gueto seleccionado fue el de Terezín, pues contaba con una fama impoluta. «Deseosos de acallar tanto alboroto, los alemanes consintieron que la Cruz Roja Internacional, acompañada por militares danseses, visitara Terezín», explica Holden en su obra.

La mayor pantomima jamás creada

Después de que los jerarcas nazis informaran al comandante del campo (Karl Rahm) de la visita de la Cruz Roja, este inició la denominada «labor de embellecimiento» del campo (conocida en alemán como «Verschönerungsaktion»). «Para empezar, deportaron al Este a unos cinco mil judíos en mayo de 1944, incluidos los huérfanos y la mayor parte de los enfermos, sobre todo, los que padecían tuberculosis. Los siguieron siete mil quinientos más. Los más demacrados y enclenques fueron escondidos en las peores viviendas, situadas en la zona de exclusión, para que nadie los viera», añade la anglosajona.

Posteriormente, la operación continuó con modificaciones sencillas como el cambio de denominación de las calles del gueto (las cuales pasaron a tener nombres tan pintorescos como «calle del Lago») y la limpieza general de los edificios. A su vez, se llevaron hasta el campo de concentración varios bancos de parques cercanos que se instalaron en las calles, así como flores, que fueron plantadas a su alrededor. Finalmente, los nazis pusieron en las puertas de algunos barracones falsos carteles en los que podía leerse «colegio» o «biblioteca».

Pero no fue lo único que hicieron. La cruel creatividad de los nazis llegó a ser tal que construyeron en el gueto un parque para los niños más pequeños, llevaron hasta la zona un tiovivo y levantaron edificios tan variopintos como un quiosco para músicos, un centro comunitario y varios campos en los que practicar deporte. Por último, establecieron una ruta cerrada para los delegados de la Cruz Roja y, en las calles por las que estos pasarían, pintaron los edificios con colores chillones y abrieron tiendas en las que los reos debían vender las pertenencias que los soldados les habían arrebatado al entrar.

«Los alemanes amenazaron de muerte a los prisioneros si no cooperaban y les asignaron un papel, les dijeron dónde situarse y cómo comportarse. Les ordenaron que se vistieran con la mejor ropa que tuvieran y se acicalaran. Además, orquestaron la entrega de verdura fresca y pan recién horneado», añade la investigadora. La visita se sucedió el 23 de junio de 1944, pocos días después del Desembarco de Normandía y cuando el régimen alemán empezaba a tambalearse. Que todo saliera a la perfección era de vital importancia para los hombres de Hitler. Y es que, si se descubría lo que pasaba realmente en aquellos lugares, el mundo cargaría sobre ellos con toda su fuerza.

La visita fue perfecta para los nazis, quienes todavía se guardaban una maniobra para convencer al mundo de que Terezín no era ningún campo de concentración, sino un lugar de retiro para los judíos.

«El Ministerio de Propaganda del Tercer Reich, dirigido por Joseph Goebbels, filmó la visita, que duró seis horas, y añadió imágenes de escenas amañadas con la intención de producir y enseñar al mundo una película titulada “El Führer regala a los judíos una ciudad”. Los fragmentos, editados con sumo cuidado y acompañados por música alegre […] ofrecían imágenes de mujeres y hombres sanos que trabajaban fuera del gueto, en herrerías, alfarerías y estudios artísticos. Aparecían fabricando bolsos, cosiendo, o realizando trabajos de carpintería y, cuando finalizaba su jornada, caminaban cogidos de la mano en dirección al gueto para disfrutar de actividades de ocio como leer o hacer punto», añade la escritora.

En esta película no faltó nada. Goebbels, haciendo alarde de todo su ingenio, ordenó que se grabara a los presos jugando al fútbol dentro del gueto, a niños comiendo pan recién hecho con chocolate (algo que no habían tomado en años), a parejas de enamorados haciéndose arrumacos en las calles e, incluso, a cientos de personas disfrutando de un concierto  (el «Requiem de Verdi», concretamente) con una taza de té en la mano y vestidos de punta en blanco.

Una de las partes más curiosas de este documental fue en la que se obligó a los presos a sentarse en un supuesto restaurante para que la cámara tomase imágenes de ellos bebiendo café. Desde fuera todo parecía alegría, aunque había detalles que llamaban la atención para un ávido observador. El ver hombres y mujeres demasiado delgados bajo trajes de etiqueta o niños devorando ansiosamente su merienda (llevaban meses sin comer) eran solo algunos de ellos.

Un éxito para los nazis

Aunque los presos esperaban que la comitiva (en la que se destacaba Maurice Rossel como representante de la Cruz Roja Internacional) se percatase de aquellos imperceptibles fallos de guión, no tuvieron esa suerte. Por el contrario, el informe de la comitiva, con una extensión de 15 páginas y entregado en julio, fue totalmente favorable al campo y a su forma de actuación.

Todo ello, a pesar de que el comandante alemán se negó a hablar durante la visita de la mortalidad de los judíos en el gueto. «No forma parte de la visita», se limitó a espetar, tal y como afirma la Universidad de Vanderbilt en su informe «The greatest show on Earth: A study of the Red Cross front row seat at the stage of Theresienstadt». Lo mismo sucedió con la comitiva danesa, que habló del «paraíso judío en la Tierra» en su posterior informe sobre la ciudad.

Rossel se deshizo en elogios hacia aquel centro de reclusión, del que le sorprendió que se autoabasteciese sin necesidad del exterior. También habló positivamente de la comida que recibían los judíos, afirmando que no les faltaba de nada y podían disfrutar de manjares como queso, mantequilla y huevos. En su informé explicó a su vez que todos los presentes estaban bien vestidos, disfrutaban de buena salud y apenas trabajaban dos horas al día (por lo que podían dedicar el resto a descansar).

«En general, no deportarán a otro lugar a ninguna de las personas que han traído aquí, explicaba el representante de la Curz Roja. Por otro lado, también señaló que los alojamientos estaban «bastante bien» y eran «relativamente confortables». La conclusión fue tajante: «Nos sorprendió muchísimo descubrir que el gueto era una ciudad donde se desarrollaba prácticamente una vida normal. Esperábamos encontrar algo peor».

El anzuelo había sido mordido. Pero… ¿Qué sucedió con los reos tras la marcha de la comitiva? Tras vivir el que, según dijeron muchos supervivientes tras la contienda, fue el mejor día de sus vidas en Terezín, tuvieron que hacer frente a las consecuencias. «Después de la visita, los alemanes destruyeron, desmantelaron o se llevaron todo lo agradable y atractivo que habían dispuesto. Terezín y sus encarcelados volvieron a su anterior estado ruinoso e incluso redujeron las raciones durante dos días por la comida “adicional” y los lujos que les habían permitido», añade Holden.

Muchos de los niños y adultos que participaron en esta pantomima fueron deportados a Auschwitz en las jornadas siguientes (hasta un total de 5.000 personas) para evitar dejar rastros de lo sucedido.