Las puertas del “Gimnasio Grande” de Pompeya vuelven a abrirse


EL Mundo

  • Tras siete años de restauración
 El yacimiento arqueológico de Pompeya, en el sur de Italia. EFE

El yacimiento arqueológico de Pompeya, en el sur de Italia. EFE

El yacimiento arqueológico de Pompeya, en el sur de Italia, ha recuperado su “Gimnasio Grande”, después de permanecer cerrado al público durante siete años por labores de restauración.

Se trata de una extensa zona, delimitada entre columnas,donde los jóvenes romanos practicaban deporte hasta que la erupción del volcán Vesubio enterrase la antigua ciudad romana en el 79 d.C.

Casi dos milenios después, esta zona albergará una exposición permanente que exhibe por primera vez en Pompeya los frescos de Moregine, una ciudad situada fuera de los muros pompeyanos.

Estos murales, de tonalidades rojas y que representan a deidades romanas, fueron descubiertos en 1959 durante las obras para la construcción de la autovía que une Nápoles y Salerno y pertenecía al salón de los triclinios de una rica villa.

A la inauguración acudió el ministro de Cultura de Italia, Dario Franceschini, quien celebró los avances que se están llevando a cabo para la recuperación de este área arqueológica, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997.

“La reapertura del ‘Gimnasio Grande’ y la muestra de los frescos representa un paso más en el progreso que estamos desempeñando en la conservación de todo el lugar. Podemos afirmar con orgullo y satisfacción que Italia se está esforzando considerablemente y que los resultados se ven”, aseguró.

La apertura de este espacio se suma a la reciente recuperación de la “Villa de los Misterios” y contrasta con las frecuentes polémicas que rodean a este lugar, como los derrumbes, la falta de personal o las huelgas, por las que en ocasiones tiene que cerrar sus puertas.

El “Gran Proyecto Pompeya”

Italia intenta aprovechar el “Gran Proyecto Pompeya”, que concluye en diciembre y que cuenta con 105 millones de euros para restauraciones, procedentes del Fondo Europeo para el Desarrollo Regional (78 millones de euros) y de las arcas italianas (27 millones).

El Ministerio de Cultura publicó hoy los datos del proyecto y, a fecha del 30 de junio, han sido gastados trece millones de euros, se han concluido cinco obras y otras 32 permanecen en curso.

Asimismo se han convocado licitaciones por un valor de 130,2 millones de euros, de los cuales 104,9 millones ya han sido adjudicados de manera definitiva.

Los franceses de «La Mutine» colaboraron con España para derrotar a Nelson en Tenerife


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  • Los miembros de la corbeta de la marina francesa contribuyeron a la victoria en los combates que se produjeron en las calles de Santa Cruz de Tenerife en 1797, según muestra una exposición

    m. turner Pintura al óleo que retrata la capitulación de los ingleses en Tenerife

    m. turner | Pintura al óleo que retrata la capitulación de los ingleses en Tenerife

Custodio de la historia militar de Canarias, que es uno de los grandes capítulos de la historia militar de España, el Cuartel de Almeyda vuelve a ofrecer un atractivo conjunto de piezas con motivo de un nuevo aniversario de la Gesta del 25 de Julio, que este año se recordará, una vez más, en Tenerife. El foco está puesto en las tropas francesas que apoyaron al general Antonio Gutiérrez en la defensa de la isla y en los hechos previos y posteriores a la batalla contra las tropas inglesas comandadas por Horacio Nelson, en unos hechos que pasaron a la historia, además, por haber significado la pérdida del brazo del célebre almirante inglés.

En las salas del cuartel, que funciona como sede del Museo Militar de Canarias, se ha dedicado dos espacios para estos hechos poco conocidos. Por un lado, se recuerda la participación de los miembros de la dotación de la corbeta de la marina francesa «La Mutine» que, tras ser capturado su barco, de manera determinante contribuyeron a la victoria en los combates que se produjeron en las calles de Santa Cruz en 1797.

Esta dotación, de 145 hombres, «se unió sin dudarlo a las fuerzas del general Gutiérrez, demostrando una gran valentía y profesionalidad en los combates», explica a ABC José Alberto Ruiz De Oña Domínguez, general director del Centro de Historia y Cultura Militar de Canarias.

 m. turner El escrito enviado a las Cortes dando cuenta de la batalla


m. turner | El escrito enviado a las Cortes dando cuenta de la batalla

El catálogo de la exposición incluye como introducción la frase del gran general Gutiérrez: «Nada está perdido si tienes voluntad de triunfar», dijo el que fue un experto en esto de combatir contra los ingleses, como lo había demostrado ya en los mares del Atlántico sur, al expulsarlos de las Islas Malvinas.

Una particularidad de la muestra es que haya destinado parte del espacio a destacar el papel que jugaron en aquellos días las aguadoras. Con una vasija como la utilizada hace tres siglos y un boceto sobre cómo las transportaban sobre la cabeza, se explica que estas mujeres fueron las que descubrieron el acercamiento de la flota inglesa hacia la isla y, más tarde, colaboraron con la resistencia al llevar agua y alimentos a los soldados españoles apostados en Paso Alto, por encima del castillo que allí se erguía.

De interés notable resultan también algunos documentos, como la carta que la propia flotilla inglesa -era una condición expresa de la capitulación- transportó a la Península para notificar a las Cortes acerca de la frustrada invasión y cómo las fuerzas españolas habían rechazado heroicamente a sus invasores.

Como prueba de ello, basta con decir que los de Nelson contaban con más del triple de cañones, además de tratarse de un ejército con formación, mientras buena parte de los tinerfeños eran apenas milicias reclutadas ante la amenaza, todos datos estos de los que también da cuenta la exposición de Almeyda.

Algunas de las piezas expuestas son parte de la colección que se exhibe de forma permanente en el museo, pero no por ello dejan de ser interesantes, como varios cañones, los fusiles de ambos ejércitos, la carta de capitulación o los maniquíes con el uniforme de unos y de otros, un aspecto este que cuida especialmente la Asociación Histórico Cultural de la Gesta del 25 de Julio, que este año volverá a recrear, con un realismo que sorprende por su espectacularidad, varios de los momentos de este hecho central, en que un puñado de valientes defendió a España en las lejanas Islas Canarias.

 m. turner El general Gutiérrez, en un óleo de Candelaria Rodríguez


m. turner | El general Gutiérrez, en un óleo de Candelaria Rodríguez

El último Virrey español


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A Jerez le cabe el honor de haber sido cuna de grandes e ilustres hombres que con su vida y su ejemplo dejaron escritas páginas gloriosas en la historia de España. Uno de estos personajes fue sin duda el jerezano José de la Serna y Martínez de Hinojosa, el cual llegó a alcanzar el título de Virrey. Un intrépido militar que vivió a lo largo de su dilatada existencia las más increíbles aventuras, desventuras y peligros que imaginarse pueda. Pero conozcamos aunque sea someramente quien fue este interesante personaje.

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José de la Serna nació en Jerez en el año 1770. Fue hijo de D. Álvaro de la Serna y de Dª Nicolasa Martínez de Hinojosa, esta última descendiente de una rancia y linajuda familia asentada en Jerez desde los tiempos de la Reconquista. Su nacimiento tuvo lugar en la calle Pozuelo, actual palacio del virrey La Serna también conocido como palacio del Conde de los Andes. Siendo muy joven se inclinó por la carrera militar, por lo que ingresó en la Academia de Artillería de Toledo. Terminados sus estudios con el grado de Alférez y, con tan sólo 20 años de edad, se distinguió de forma heroica en 1790 en la defensa de Ceuta, asediada por las tropas del rey de Marruecos. En esta defensa pudo demostrar su arrojo al atacar valientemente a las baterías enemigas fuera de la plaza fortificada. Al año siguiente participó con el ejército de Cataluña en las hostilidades contra Francia en la Guerra del Rosellón, siendo ascendido a teniente. Como curiosidad histórica, tras combatir a los franceses en la Guerra de los Pirineos, en su nuevo destino como oficial de artillería de la Marina de Guerra, combate junto a estos a los ingleses, para posteriormente enfrentarse de nuevo a los franceses en la Guerra de la Independencia.
Héroe del sitio de Zaragoza
Al estallar la Guerra de la Independencia y con el grado de teniente coronel, entró a formar parte de un improvisado ejército con el ánimo de hacer frente a las tropas invasoras a las que combatió en Valencia, Navarra y Aragón, siendo ascendido por méritos de guerra al grado de brigadier y trasladado a Aragón. Allí tuvo el honor de ser uno de los heroicos defensores de Zaragoza en su legendario Sitio. No es difícil poder imaginar al patriota teniente coronel La Serna disparando sus cañones contra las tropas napoleónicas junto a la legendaria Agustina de Aragón. Al rendirse la plaza fue hecho prisionero y trasladado a Francia, permaneciendo cautivo y en estrecha vigilancia hasta 1812 que logró escapar por la frontera de Suiza y, evitando los territorios dominados por el enemigo, atravesó en un periplo increíble Baviera, Austria y Bulgaria, Moldavia y Macedonia, logrando llegar a Grecia, donde pudo embarcar hacia Malta y desde allí, a Mahón en las Baleares donde al desembarcar en su puerto fue sometido a una rigurosa cuarentena. A su vuelta y por méritos de guerra fue ascendido a coronel de Artillería.
Rumbo a Perú
Ascendido a Mariscal en 1815, fue enviado a Perú como General del Estado Mayor del ejército con la misión de evitar la rebelión separatista que en aquel virreinato se había declarado. Llegó a las costas americanas del Pacífico el 1 de septiembre de 1816, teniendo que atravesar con sus tropas un territorio hostil de más de doscientas leguas desde Arica en el norte de Chile hasta Catagaita donde se hallaba el cuartel general. Con unas tropas escasas y mal pertrechadas consiguió una rápida pacificación de aquellos territorios con ventajosos resultados, hecho que permitió pensar en una pronta resolución del conflicto. Durante cuatro años tuvo que desempeñar su cargo con gran escasez de recursos económicos y militares, manteniendo un enfrentamiento constante con el virrey Pezuela. Laserna tenía ideas militares avanzadas por haber participado en la guerra en Europa y Pezuela se negaba a seguir sus consejos.
Durante todo ese tiempo, debido al clima y las enfermedades endémicas de aquellas tierras, su salud se quebrantó, aunque su diligencia y patriotismo pudieron vencer dificultades, momentos difíciles y situaciones arriesgadas. Su resentida salud y la difícil situación en la que se hallaba el virreinato le hicieron tomar la decisión de volver a España, decisión que Pezuela rechazó. La desastrosa política del virrey Pezuela condujo a la emancipación de Chile y el posterior desembarco del general San Martín en  Perú. El pronunciamiento de Aznapuquio en enero de 1821, en el que los militares obligaron a Pezuela a renunciar proclamando a La Serna como virrey modificó radicalmente la situación. A los separatistas les permitió ocupar Lima y proclamar la independencia del Perú, y a los realistas retirarse a Cuzco y cambiar las derrotas por victorias.
El resurgir del ejército español en el Cuzco y la secuela de victorias fue tanto más meritoria cuanto que el aislamiento del Perú realista, especialmente a partir de 1820, fue de tal magnitud que incluso las noticias llegaban a través del territorio emancipado. Además, La Serna nunca recibió los prometidos refuerzos que quedaron en  España tras el pronunciamiento de Riego en las Cabezas de San Juan en enero de 1820. Venció en las batallas de Torata, Moquegua y Zepita contra a las fuerzas independentistas chilenas, peruanas, colombianas, venezolanas y ecuatorianas superiores en número, y pudo haber acabado con Bolívar sino hubiera sufrido la traición de Olañeta, su General del ejército del Sur que lo quiso derrocar por liberal. Venció a Olañeta pero su ejército quedó exhausto y dividido, momento que aprovechó el General Sucre para derrotarle en Ayacucho el 9 de diciembre de 1824. En dicha batalla, La Serna llegó a batirse cuerpo a cuerpo con los independentistas hasta caer herido y hecho prisionero, situación en la que permaneció hasta la firma de la capitulación definitiva.
El regreso
En 1825 regresa a España, donde se le comunica que un año antes había sido ascendido a teniente general y recompensado además con el título de Conde de los Andes. Como paradoja diremos que al llegar le adeudaban todos los sueldos de sus diez años de servicio en América, unos doscientos mil pesos que nunca llegó a cobrar. Estuvo condecorado con las medallas de San Hermenegildo, de San Fernando y de Isabel la Católica. Falleció en Cádiz en 1832, un año antes de la ascensión al trono de la reina Isabel II. Al morir sin descendencia directa heredó su título nobiliario una de sus sobrinas, Nicolasa de la Serna, hija de su hermano mayor Pedro Nolasco. José de La Serna fue el último Virrey español, ya que con la independencia de los países que pertenecían a los virreinatos de Nueva España, Nueva Granada y de La Plata quedó extinguido dicho título. Una calle de la zona sur de nuestra ciudad está rotulada con el nombre de “General La Serna”, aunque bien hubiera merecido una estatua en la Alameda Vieja o al menos un busto en la cercana plaza Monti. Ahora que se ha puesto de moda rescatar del olvido a otros héroes españoles como Blas de Lezo o Bernardo de Gálvez, muy bien podíamos los jerezanos reivindicar la figura de este insigne General y patriota. No a todas las ciudades les cabe el honor de haber sido cuna de un virrey que por demás prestó grandes servicios a su patria, a veces de forma heroica como hemos podido ver.
Actualmente, el magnífico palacio donde naciera el último Virrey español se encuentra abierto a los visitantes. Conservado con exquisitez por sus descendientes, es un palacio de gran riqueza arquitectónica, exquisita decoración, mobiliario y obras de arte; transmitido de padres a hijos desde el repartimiento hecho por Alfonso X el Sabio cuando la reconquista de Jerez y su incorporación a la Corona de Castilla. Una verdadera joya de nuestra ciudad que merece la pena conocer, les asombrará.
FUENTES: Parada y Barreto, D.I. Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera. Imp. El Guadalete, Jerez 1878. Mariscal Trujillo, A. Jerezanos para la historia, Ed. El Laberinto, Jerez 2006.  Moreno y Arteaga I, El último virrey español, Editorial Akrón Historia, 2010.

La batalla de las Gravelinas, los arcabuceros españoles aplastan a Francia en el último suspiro


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  • Lamoral Egmont, que posteriormente sería ejecutado por orden de Felipe II, encabezó a las tropas españolas en una batalla donde Francia fue desarmada definitivamente y obligada a ofrecer un tratado beneficioso a España, lo cual no se había conseguido ni siquiera tras la célebre victoria en San Quintín

    ABC El emplazamiento de Gravelinas en una pintura de Pieter Snayers de 1644

    ABC | El emplazamiento de Gravelinas en una pintura de Pieter Snayers de 1644

Aunque se considera que la victoria española en San Quintín dejó completamente noqueado al Reino de Francia, lo cierto es que todavía tuvo fuerzas para preparar un contraataque al siguiente año que casi da la vuelta a la contienda. Francia reclutó un nuevo ejército en la Picardía, que puso en manos de Luis Gonzaga-Nevers –duque de Nevers–, y pidió ayuda naval al sultán otomano para que mantuviera ocupada a la flota española. Pero el momento más peligroso para los intereses del Imperio español llegó cuando el señor de Thermes apuntó con otro ejército –formado por 12.000 infantes, 2.000 jinetes y mucha artillería– al corazón del mismísimo Flandes. Los esfuerzos por revertir la situación corrieron a cargo del Conde de Egmont, un general de Felipe II con un concepto idealizado y medieval de la guerra, propio de las novelas de caballería, que venció a las tropas francesas en Gravelinas empleando una táctica plagada de riesgos.

Es frecuente considerar la batalla de Gravelinas como un mero apéndice a la de San Quintín, celebrada como una de las mayores victorias del reinado de Felipe II, pero fue algo más: fue el verdadero desenlace de la guerra entre ambos países. En San Quintín, de hecho, no estuvo presente el mejor general francés del periodo, el Duque de Guisa, que se encontraba operando en Italia contra las acometidas del mejor general español, el Gran Duque de Alba. A las puertas del desastre, el Rey Enrique II reclamó esta vez sí la presencia de Guisa en Francia, quien ordenó al Duque de Nevers iniciar una ofensiva de distracción contra los Países Bajos mientras el se dirigía a la conquista de Calais, la última posesión inglesa importante en el norte de Francia. Tras solo siete días de asedio, las tropas inglesas se rindieron y entregaron la ciudad a Guisa. La facilidad con la que se rindió lapoblación, no en vano, ha hecho sospechar tradicionalmente a los historiadores que los defensores habían pactado entregar la ciudad con el único pretexto de desprestigiar a la Reina María Tudor, que estaba casada con Felipe II y por ello aliada con España.

La caballería de Egmont se estrella

Ciertamente, la pérdida de Calais sacudió los pilares de la Monarquía inglesa y, en términos tácticos, dejó el flanco derecho, la costa de Flandes, a merced de los franceses. Fue entonces cuando ambos ejércitos pusieron sus ojos en Gravelinas, una posición clave en la entrada occidental a Flandes que fue rápidamente reforzada con tropas españolas y valonas. Mientras Guisa siguió atacando las posesiones inglesas en Francia y el Duque de Nevers lanzaba nuevas acciones de distracción, Paul de Thermes –gobernador galo de Calais– avanzó sin marcaje al frente de 12.000 infantes (entre ellos 4.000 mercenarios gascones y 5.500 mercenarios alemanes), 1.200 jinetes ligeros, 500 gendarmes (caballería pesada) y 300 arcabuceros a caballo, por la costa arrasando las poblaciones que encontró en dirección a Flandes. Al toparse con Gravelinas, Thermes ordenó en un primer momento asediar la plaza, pero, al percatarse de que estaba mejor defendida de lo esperado, se limitó a bloquear la ciudad con una pequeña fuerza y siguió avanzando con el grueso del ejército.

Comprometido en diversos frentes, Felipe II levantó con los escasos recursos económicos todavía a su disposición un ejército a contrarreloj para hacer frente a la tercera incursión francesa. El vencedor en San Quintín, Manuel Filiberto de Saboya «Cabeza de Hierro», estaba ocupado siguiendo los movimientos del Duque de Guisa, que se encontraba inmerso en un amago de motín por parte de los mercenarios alemanes, y la responsabilidad de encabezar el nuevo ejército cayó en el experimentado Lamoral Egmont, primo de Felipe II por parte de madre y miembro asiduo de su Corte. Las razones que avalaban la elección de Egmont pasaban por su brillante actuación al frente de la caballería imperial en la batalla de San Quintín, donde el veterano general ganó la partida a los poderosos gendarmes franceses a través de incisivas y rápidas cargas. No obstante, también tenía una importante desventaja: Egmont mantenía una fe ciega, para muchos caduca, en los principios caballerescos. Conforme avanzaba el siglo XVI, se hizo cada vez más patente, salvo para él, que aquellos ideales eran un estorbo para el desarrollo de la actividad militar moderna, donde la pólvora deslucía el intercambio de acero.

Las ordenes portadas por Egmont se limitaban inicialmente a hostigar la retaguardia francesa pero sin entablar un enfrentamiento directo con fuerzas que se suponían más poderosas que la amalgama reunida por los españoles: 500 herreruelos (caballería con pistolas), 2.000 jinetes flamencos, 500 reitres alemanes, 1.000 infantes españole, 2.000 milicianos alistados en las localidades cercanas, 7.500 mercenarios alemanes y 2.000 infantes flamencos y valones. La oportunidad apareció sobre la marcha. Tras atacar Neuport, las tropas francesas creyeron oportuno regresar sobre sus pasos, planeando conquistar de camino Gravelinas, probablemente al estimar que se habían alejado demasiado de su línea de abastecimiento y, en parte, porque la salud de Thermes–paralizado de las cuatro extremidades por la gota– recomendaba mostrar cautela. Esta vez sí, el movimiento en falso de los franceses fue aprovechado por los españoles. En una decisión más propia de un caballero andante que de un general, el Conde de Egmont abandonó los bagajes y las máquinas de guerra para cortar a tiempo el paso francés.

Sorprendido por la temeraria maniobra de Egmont, Paul de Thermes, que terminaría ese día bajo cautiverio español, se vio atrapado entre el río Aa y el ejército enemigo. La batalla era inevitable y los franceses buscaron sacar provecho de sus escasas ventajas: su artillería se encontraba intacta y los bagajes que cargaban les sirvieron como trincheras para su flanco izquierdo. Por su parte, el Conde de Egmont –incómodo con cada segundo ocioso– se arrojó en los primeros compases al frente de su caballería pesada sobre el centro francés. La carga chocó con estrépito contra la artillería, los arcabuceros y los propios gendarmes franceses. Lo que tanto había padecido el Reino de Francia durante el siglo XVI, el decrépito de lo caballería pesada, lo sufrió por una vez el Imperio español a causa del osado mando del último caballero medieval de Europa. Pero una vez más en aquel siglo, el desatino de la caballería fue cubierto por la intervención de la disciplinada infantería.

Los arcabuceros de Carvajal rompen el empate

La caballería de Egmont se vio obligada a retroceder atravesando los cuadros de infantería francesa y a reorganizarse tras ellos. Calculando posible la victoria, la caballería pesada gala se empecinó en perseguir a Egmont pero terminó compartiendo su mismo destino al estrellarse contra la infantería mercenaria. «El día es nuestro», se permitió gritar Egmont cuando consiguió reorganizar su fuerza de jinetes. Paul de Thermes decidió entonces que era el turno de que toda la infantería avanzara, con tan mala fortuna que acabó trabada con la caballería pesada francesa que huía de forma desordenada en ese momento. Una vez confrontadas las infanterías, la batalla pareció sumida en una lenta sangría sin que ninguno de los bandos fuera capaz de decidir el vencedor, sobre todo en las posiciones dominadas por los mercenarios alemanes, que se mostraron poco dispuestos a matarse entre sí. La contienda solo cambió de color cuando el capitán Luis de Carvajal –situado en el flanco derecho español– ordenó a una compañía de 200 arcabuceros colarse por el costado enemigo con la intención de disparar desde la línea de carruajes que protegía el campamento francés. Los españoles abrieron fuego sobre la retaguardia francesa buscando poner en fuga al grueso de la infantería.

Pero el golpe de gracia a los franceses lo causaron los cañonazos de una flotilla –probablemente la flota guipuzcoana, aunque las fuentes anglosajonas defienden que eran barcos ingleses– que apareció por sorpresa en la espalda gala. Todo la línea enemiga se vino a bajo y Egmont fue incapaz de frenar el sucesivo baño de sangre. Sin escapatoria y con el océano a la espalda, el número de bajas francesas fue muy elevado. La población local, afín al Imperio español, se recreó en la persecución con más de 7.000 muertos franceses. El mariscal Thermes –herido en la cabeza–, Jean de Monchy, el barón Jean de Annebaut y otra decena de nobles salvaron su vida solo con su rendición. Ahora sí, el día era de Egmont.

La victoria de las Gravelinas reportó grandes recompensas a Egmont. A pesar de su temeraria estrategia, su capacidad de rehacerse le otorgó la gratitud del Rey. No obstante, la primera reacción de Felipe II fue la de reprender al flamenco en sus cartas, pues había entablado combate sin su consentimiento ni el del mando superior, el Duque de Saboya. De perder la batalla, el Imperio español hubiera quedado gravemente herido y con gran probabilidad habría perdido Flandes. Por el contrario, la brillante locura de Egmont había cambiado definitivamente el curso de la guerra y Enrique II –sin opciones de oponerse– ofreció un generoso acuerdo a los españoles en la Paz de Cateau-Cambrésis.

El Rey recompensó a Egmont con el cargo de estatúder de Flandes y Artois, en 1559, lo que le situó como uno de los más poderosos nobles de un país al borde de estallar en protestas religiosas. La postura de Egmont, como la de Felipe de Montmorency, Conde de Hornes, en las encendidas peticiones a Felipe II para que rebajara la persecución religiosa sigue siendo motivo de polémica. Desde el principio ambos nobles se alinearon –sin alcanzar la virulencia de Guillermo de Orange– en contra de la implantación de la inquisición en los Países Bajos y contra el que consideraban máximo instigador de dicha medida, el Cardenal Granvela, obispo de Arrás. En 1560, Egmont y Orange renunciaron a sus cargos en el Ejercito Imperial y exigieron la salida del país de los soldados de nacionalidad española.

La ejecución del héroe del Imperio

Sin excederse en sus quejas, Lamoral Egmont viajó en representación de la nobleza local hasta España para explicar su postura. En 1565, Felipe II le recibió en Madrid y fingió escuchar su petición por un cambio en la política religiosa en los Países Bajos. En resumen, se limitaron a entretenerle durante meses con falsas promesas y hacerle creer que sus gestiones estaban dando resultado. A su regreso a Flandes, el noble vendió las negociaciones con el Rey como fructíferas. Sin embargo, poco había conseguido más que advertir al Rey de que los tenidos por moderados incurrían en posturas inadmisibles desde su punto de vista.

Al frente de un gran ejército, el Duque de Alba se desplazó en 1566 a los Países Bajos con instrucciones muy claras, entre ellas, la orden de ejecutar a los tres líderes más visibles de la rebelión. Mientras Guillermo de Orange huía hacia Alemania al menor rumor de la llegada de tropas españolas, Egmont y el Conde de Hornes no mostraron ningún temor e incluso fueron a recibir al veterano general. El Duque de Alba era hombre severo e inquebrantable, pero siempre había mostrado deferencia en el trato con hombres de armas. Egmont era uno de aquellos, casi un monumento militar, y el noble castellano profesaba gran admiración por el conde, a pesar de la caduca ideología militar que representaba.

Con todo, las primeras palabras del castellano, producto de su humor amargo o, quizá, del largo viaje, han pasado a la historia de lo macabro: «Veis aquí un gran hereje». Fernando Álvarez de Toledo consiguió pasar aquellas palabras por una broma, simplemente, poco adecuada, pero en secreto aguardaba poner en marcha cuanto antes las órdenes del Rey. Así, el 9 de septiembre de 1566 invitó a Egmont y Hornes a un banquete en nombre del hijo de Alba, el Prior Hernando, que terminó con el capitán español Sancho Dávila deteniendo a los dos nobles católicos. Ambos fueron encarcelados en celdas separadas y, tras encontrar pruebas de rebelión contra la Corona en sus correspondencias con Guillermo de Orange, fueron decapitados en el Mercado de caballos de Bruselas ante los ojos de una multitud sollozante.

En términos políticos, la ejecución de Lamoral Egmont fue una decisión funesta. Enardeció los ánimos de la población moderada y puso sobre la mesa el cómo se gastaban las gratitudes españolas. Por mucho que hubiera levantado la voz, el noble católico no alcanzaba el grado de rebelde, ni de traidor, ni mucho menos de hereje. Ante un conflicto militar abierto se antojaba rocambolesco que Egmont se hubiera alzado del lado de los calvinistas. Felipe II, además, debió advertir que la guerra en los Países Bajos iba a requerir concesiones para captar a los católicos moderados como Egmont. De hecho, el error provocó que hasta muchos años después los nobles católicos no se convencieran de que, efectivamente, el enemigo no era el Rey español. Hubo que esperar a la etapa de Alejandro Farnesio como gobernador de Flandes para encontrar a valones sirviendo diligentemente al Imperio Español contra la auténtico hidra de las mil cabezas, Holanda.

Halladas unas extrañas inscripciones en Jerusalén


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  • Los arqueólogos no han sabido qué quieren decir los signos encontrados en un antiguo baño ritual judío

    efe Las inscripciones en el interior del «mikve»

    efe | Las inscripciones en el interior del «mikve»

Hallazgos arqueológicos en Jerusalén los hay casi con cada nueva construcción. La mayoría de ellos -monedas, piezas de cerámica, herramientas o pequeños candelabros- pasan desapercibidos. No así las inscripciones halladas recientemente en un barrio del sur de la ciudad santa.

Las extrañas anotaciones, halladas en el interior de un antiguo «mikve» (baño ritual judío), han despertado la curiosidad de los principales arqueólogos que estudian el pasado de Jerusalén, ahora abocados a descifrar la inusual combinación de símbolos y palabras.

«Pueden ser desde un simple grafiti a un profundo mensaje espiritual, pasando por una descuidada decoración o una llamada de emergencia en tiempos de necesidad», dice a Efe el investigador Alex Wiegmann, director de la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAI) para este lugar.

El hallazgo, de hace unos 2.000 años, fue descubierto en un extremo del barrio de Arnona durante la construcción de un complejo de guarderías y junto a un nuevo complejo de torres residenciales que han requerido profundas excavaciones.

A unos cuatro metros por debajo de la superficie, los arqueólogos que supervisaban la obra por exigencia de la legislación local descubrieron hace dos meses la boca de una cavidad enyesada que fecharon en el siglo I, el final del período del Segundo Templo.

Los baños rituales judíos, empleados hasta hoy día para la purificación espiritual, existían en Jerusalén por decenas, pero el de Arnona no solo es uno de los más grandes sino que destaca por la colección de dibujos e inscripciones que sus usuarios nos dejaron.

«Hay varias interpretaciones porque no se han conservado enteras y la caligrafía es descuidada. Puede que, simplemente, sean nombres de personas, o que se trate de simbología para bendiciones de parte de una fuerza sobrenatural o, incluso, de maldiciones», matiza Wiegmann, quien dice no tener la más mínima pista sobre los autores.

Están en el interior de una cavidad a la que se accedía por una antesala flanqueada por bancos de piedra, una suerte de sala de espera para acceder al baño, junto al que también se ha descubierto un prensa para hacer vino.

La cavidad estaba cuidadosamente enyesada, una cubierta que los arqueólogos han extraído en placas para someterlas a exhaustivos exámenes de laboratorio y encontrar restos microscópicos que ayuden a completar las letras y palabras.

Según el arqueólogo, están en arameo transliterado al hebreo en un distintivo tipo de letra cursiva, una costumbre de finales del período del Segundo Templo, el bíblico centro de culto judío que estaba situado apenas cuatro kilómetros más al norte y que fue destruido en el año 70 por los romanos, al mando del general (y luego emperador) Tito.

También los dibujos y símbolos de las paredes son una enigma, sobre todo por la variedad y la concentración.

«No sabemos su propósito, si los hizo una o más personas, si fue una expresión espontánea o alguien los pidió, si trataban de trasladar un profundo mensaje espiritual o eran una petición de ayuda ante un evento traumático», agrega Wiegmann en referencia a la revuelta judía contra Roma entre el 66 y el 70.

Dibujados unos con hollín y otros con barro, algunos incluso grabados en las paredes con algún objeto afilado, sus misteriosos autores representaron un conjunto de palmeras y pequeñas plantas.

Más curiosos son el detalle de una embarcación, que pudo ser dibujada por algún viajero llegado allende los mares -embarcaciones han aparecido en otros lugares de Jerusalén a pesar de no tener mar- o de alguien que apelaba con ella a la suprema aspiración de la «salvación» divina y la «redención», a decir del arqueólogo.

«¡Todo es una incógnita! En los próximos meses quizás los expertos puedan descifrar de qué se trata», afirma.

Trasladados a un museo para su análisis y conservación, otro de los interrogantes más curiosos es el dibujo de lo que parece una «menorá», el candelabro de siete brazos convertido en símbolo nacional judío.

Por aquella época los judíos se abstenían de dibujar ese objeto sagrado custodiado en el Templo hasta el expolio de la ciudad por Tito, y si ya lo hacían no era en un baño ritual.

Esta anormal mezcla de objetos altamente espirituales y, a la vez, seculares confunde a los investigadores no menos que la relación entre los dibujos y las indescifrables inscripciones.

Situado sobre el antiguo camino que unía Jerusalén con Hebrón y a unos 300 metros de los restos del que fue un consolidado asentamiento a las puertas del desierto de Judea, el «mikvé» recién descubierto pudo pertenecer a alguna granja o edificación extramuros, como indican unos túneles descubiertos en la misma zona y que, por ahora, no serán investigados.