Por qué a la Juventus se le conoce como «Vecchia Signora»


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  • El histórico club italiano se mide mañana al Barcelona en busca del triplete y de su tercera Copa de Europa
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El Sport Club Juventus, fundado el uno de noviembre de 1897 por un grupo de estudiantes del Liceo Classico Massimo D’Azeglio de Turín, fue el embrión de lo que hoy conocemos como Juventus Football Club, el club más laureado de Italia para una gran mayoría, aunque las siete Copas de Europa del Milán frente a las dos de los turineses parezcan decir lo contrario.

En sus inicios, la aristocracia británica tuvo bastante influencia en el desarrollo y crecimiento del club italiano, aunque en la primera década del pasado siglo fue abandonado a su suerte hasta que en 1923 la familia Agnelli, propietaria del grupo FIAT, se hizo con el control de la entidad, dirección que mantienen hoy día. En aquella época, la clase obrera solía llamar «vecchios signores» a la élite pudiente y a los empresarios del país y por ese motivo, teniendo en cuenta los antecedentes del club turinés y el mando de la familia Agnelli, acabó denominándose a la Juventus como la «Vecchia Signora». Su apodo es muy popular en todo el mundo del fútbol, aunque algunos de hinchas rivales lo utilizan en plan de mofa ya que en distintas zonas de Italia se conoce a las señoras propietarias de burdeles y clubes de alterne como «vecchias signoras».

«Piamontesa Madama»

Eso sí, la «Vecchia Signora» no es el único mote que tiene el rival del Barça en la final de la Champions. En Italia, también se le conoce como la «Piamontesa Madama». Turín es la capital del Piamonte y el Palacio Madama es un conocido complejo arquitectónico situado en el centro histórico de la ciudad. Además, el periodista y novelista Giovanni Arpino escribió a principios del siglo pasado en piamontés (lengua romance que cuenta con más de dos millones de hablantes) el poema «Madama Juve», en honor al club «bianconero». Todo ello dio lugar al apodo de «Piamontesa Madama», poco conocido fuera de Italia pero bastante utilizado en el país transalpino.

La Farsa de Ávila: Enrique «El Impotente» es humillado y acusado de homosexual


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  • El 5 de junio de hace justo 550 años, parte de la nobleza castellana celebró al pie de las murallas de Ávila la escenificación de su ruptura con el Rey. En un trono real se depositó un muñeco, relleno de paja y lana, con las facciones del Monarca, que fue objeto de insultos, humillaciones e incluso golpes
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ABC | Litografía anónima de la Farsa de Ávila

 La revoltosa nobleza castellana desafió una y otra vez la paciencia del Rey Enrique «El Impotente», quien, incapaz de hacer valer su autoridad y de defender la legitimidad de su única hija, Juana la Beltraneja, se convirtió por momentos en un pelele al servicio de los pocos nobles que permanecieron de su lado en pro del beneficio de sus bolsillos. El 5 de junio de 1465, al pie de las murallas de Ávila, el Rey castellano hizo las veces literalmente de pelele, cuando un grupo de grandes nobles depusieron a Enrique IV de Castilla escenificando a través de un muñeco la humillación. La nobleza proclamó Rey en su lugar a su medio-hermano el Infante Alfonso, el cual, sin embargo, no llegó a cumplir la mayoría de edad al fallecer en extrañas circunstancias pocos años después. El testigo de su causa fue recogido por su hermana Isabel «La Católica», que se caracterizó precisamente por rebajar el poder de la aristocracia castellana para evitar desafíos tan gruesos como el ocurrido en «La Farsa de Ávila».

El reinado de Enrique IV, la ley del más fuerte

Las dos décadas del reinado de Enrique IV (1454-1474), donde muchos nobles hicieron y deshicieron a sus anchas, fueron cantadas por los cronistas como uno de los más calamitosos de todos los que el reino español sufrió a lo largo de su historia. La ausencia de autoridad y justicia en Castilla, puesto que la mayoría de nobles no reconocía ni respetaba a los privados del Monarca –seleccionados de entre los escalones de la nobleza media– provocó el levantamiento de ejércitos privados por todo el territorio. Como explica el hispanista William S. Maltby en su libro «El Gran Duque de Alba» (revisando los antepasados del tercer duque de la familia), «la supervivencia durante el reinado de Enrique IV dependía de expandir las rentas y el número de hombres a igual ritmo que el más rapaz de los compañeros».

A la incapacidad para imponer su autoridad, Enrique IV debió sumar sus problemas para dar un heredero al Reino. Puesto que el Rey había tenido graves dificultades para engendrar un hijo a su primera esposa –e iba por el mismo camino en el séptimo año de su segundo matrimonio–, el nacimiento de una heredera el 28 de febrero de 1462 despertó toda clase de suspicacias. La niña nacida fue considerada como el fruto de una relación extraconyugal de la Reina con Beltrán de la Cueva, el favorito del Rey, el cual no solo estaba enterado del asunto sino que supuestamente lo había incentivado para acallar por fin las acusaciones sobre su impotencia.

En este contexto de incertidumbre y con la perspectiva de que el Rey beneficiaba solo a integrantes de la nobleza media, algunos miembros de la alta nobleza decidieron tomar partido por los hermanastros del Rey, el Infante Alfonso y la futura Isabel «La Católica». Ambos eran fruto del segundo matrimonio del padre de Enrique «El Impotente», Juan II de Castilla. Su mera sombra motivó que el Rey los alejara de la Corte para no ver cuestionada su autoridad. Tras pasar su infancia en la villa de Arévalo, donde ambos niños tuvieron que presenciar los ataques de locura de su madre Isabel de Portugal, fueron requeridos a trasladarse a Segovia en 1461. Ahora, el Rey no quería perder de vista a sus hermanastros hasta que naciera un heredero capaz de sepultar las especulaciones.

Finalmente, Enrique IV tuvo que reconocer como heredero a su medio hermano Alfonso ante las presiones de la aristocracia. Sin embargo, tras la Sentencia arbitral de Medina del Campo (16 de enero de 1465), desfavorable a los intereses del Monarca, Enrique IV dio marcha atrás en los planes sucesorios y decidió hacer frente a lo que ya era una rebelión abierta. El desafío de los hermanos Juan Pacheco y Rodrigo Girón, en estrecha colaboración con su tío el arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, se escenificó públicamente el 5 de junio de 1465, cuando fue construido un cadalso de madera y situado fuera del recinto amurallado de Ávila. En un trono real se depositó un muñeco, relleno de paja y lana, vestido de negro (el color de la vestimenta más habitual del Rey Enrique) y con su correspondiente corona y cetro. Se dice, además, que la cara del pelele fue creada por un alfarero a imitación de las facciones del Monarca.

Los insultos al muñeco del Rey

En palabras del cronista Galíndez de Carvajal, «se procedió a la lectura de los agravios por él (Enrique IV) hechos en el reino; leyeron muchos más defectos y yerros grandes por él cometidos, que eran la causa de su disposición y la extrema necesidad en que todo el reino estaba para hacer la dicha disposición, la cual hacían con grande pesar y mucho contra su voluntad». Entre lo que los nobles consideraban defectos, estaba la acusación de que era impotente, homosexual, cornudo, corrupto, amigo de los moros y de que su única hija, Juana «La Beltraneja», era fruto de otro hombre.

Ciertamente, Enrique IV fue acusado en repetidas ocasiones durante su reinado de homosexual y de instigar con gusto las relaciones extramatrimoniales de su segunda esposa. El objetivo era deslegitimar su reinado y dinamitar los derechos de su única hija. Pero lejos de las intoxicaciones políticas de entonces, el prestigioso médico Gregorio Marañón creyó encontrar la solución al misterio cuatro siglos después: el Rey sufrió una displasia eunucoide –definida hoy en día como una endocrinopatía– o bien los efectos asociados a un tumor hipofisario (la parte del cerebro que regula el equilibrio de la mayoría de hormonas). En ambos casos, la impotencia del Rey encontraba por fin una explicación científica y no descartaba que fuera fértil, lo cual legitimaría a su hija Juana.

Tras los insultos, los nobles congregados en Ávila despojaron al pelele de Enrique las distinciones regias: el arzobispo de Toledo le quitó la corona (símbolo de la dignidad real), Juan Pacheco le despojó del cetro (símbolo de la administración de justicia), y el conde de Plasencia le arrebató la espada (símbolo de la defensa del reino). Finalmente, otro de los cabecillas de la rebelión, el Conde de Benavente, derribó y pisoteó el muñeco del Rey al grito de: «¡A tierra puto!». A continuación, el Infante Alfonso «El Inocente», de unos 12 años de edad, fue proclamado Rey de Castilla entre el clamor habitual de las entronizaciones castellanas: «¡Castilla, Castilla por el Rey don Alfonso!».

La proclamación del nuevo Rey dividió a la nobleza en dos bandos aparentemente irreconciliables: los que apoyaban la insurrección (además de los ya citados, el duque de Medina Sidonia y la familia de los Enríquez) y los fieles al Monarca legítimo (donde destacaba la familia Mendoza y el ambicioso Primer Duque de Alba). Durante tres años se dio la situación en Castilla de la coexistencia de dos Reyes con sus respectivas Cortes y con las ciudades divididas en su afiliación. La situación creada por la Farsa de Ávila, mucho más cruenta si cabe que los sucesos del reinado de Juan II, se mantuvo vigente, entre treguas y enfrentamientos, hasta la celebración de la segunda batalla de Olmedo (1467) y la muerte del Rey Alfonso (1468), supuestamente envenenado, tras lo cual los cabecillas de la insurrección, principalmente Juan Pacheco, no tuvieron reparos en trabajar a favor de corriente y volver a mostrar lealtad al Rey Enrique.

La negativa de Isabel «La Católica» a proclamarse Reina mientras Enrique IV estuviera vivo fue lo que realmente enfrió el conflicto. Por el contrario, consiguió que su hermanastro le otorgase el título de Princesa de Asturias, en una discutida ceremonia que tuvo lugar en los Toros de Guisando, el 19 de septiembre de 1468, conocida como la Concordia de Guisando. Isabel se constituyó así como heredera a la Corona, por delante de Juana, su sobrina y ahijada de bautismo. No obstante, la razón esgrimida para dejar a la Infanta Juana de lado no era su condición de hija de otro hombre, sino la dudosa legalidad del matrimonio de Enrique con su madre y el mal comportamiento reciente de ésta, a la que se acusa de infidelidad durante su cautiverio. Y aunque el pacto fue posteriormente incumplido por ambas partes, las dudas del Monarca dividieron aún más a la nobleza castellana, que a la muerte de «El Impotente» se pusieron de forma mayoritaria del lado de Isabel y Fernando durante la Guerra de Sucesión Castellana, acaecida entre 1475 y 1479.

De hija del sanguinario nazi que dirigió Auschwitz, a supermodelo en España


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  • Ingebirgitt Hannah Hoss, que pasó su infancia viviendo cerca de campos de concentración, consiguió rehacer su vida tras la contienda
Wikimedia | Rudolf Hoss fue el responsable de miles de muertes y, según su hija, un padre muy cariñoso

Wikimedia | Rudolf Hoss fue el responsable de miles de muertes y, según su hija, un padre muy cariñoso

Se llama Ingebirgitt Hannah Hoss y, aunque se hizo famosa por trabajar como modelo para Balenciaga en España tras la Segunda Guerra Mundial, su pasado la delata. Y es que, esta alemana es hija del tristemente famoso Rudolf Hoss, comandante (desde 1940, hasta 1943) del campo de concentración de Auschwitz, el terrible recinto en el que fueron asesinadas en las cámaras de gas 1.200.000 personas (unas cifras discutidas por no pocos historiadores, que las consideran mucho mayores). Su corta edad durante los trágicos crímenes perpetrados por su padre, no obstante, hicieron que vivera su infancia ajena a los miles de asesinatos que se producían a pocos metros de su casa.

A pesar de que la historia de esta mujer fue desvelada hace algunos años, ha salido a la luz de nuevo debido a una entrevista que ha concedido a la revista «Stern». En ella, ha explicado por primera vez que, durante años, sufrió migrañas al recordar lo acaecido en los campos de concentración y exterminio en los que fue destinado su padre (entre ellos, Auschwitz, Dachau y Sachsenhausen). Sin embargo, afirma que esos intempestivos dolores de cabeza le surgieron cuando supo las atrocidades que había cometido su progenitor en la contenida pues, durante su estancia en aquellos centros de muerte –con ocho y diez años- le veía como un hombre bueno que le solía decir que no hiciese daño a nadie.

Una infancia frente a la muerte

Ingebirgitt vino al mundo el 18 de agosto de 1933 en Alemania. Su vida distaría mucho de ser usual pues, al ser la hija de Rudolf Hoss -uno de los principales miembros del partido nazi y un «operario eficiente» de los campos de concentración al servicio de Hitler– pasó sus primeros años de vida moviéndose de un centro de reclusión a otro. En 1940 (con apenas 7 veranos a sus espaldas) tuvo que trasladarse a una vivienda ubicada a pocos metros de Auschwitz (en Polonia) cuando su padre fue nombrado comandante del recinto.

A pesar de lo que ocurría en el lugar–donde miles de reos eran llevados cada día a las cámaras de gas– ella explica que no se percataba de las continuas muertes. «A esa edad no sabes lo que pasa a tu alrededor, tienes la cabeza llena de otras cosas», afirma. De hecho, parece que –por aquel entonces- estaba bastante contenta por vivir en una casa rodeada de lujos como pinturas de un increíble valor (las cuales, por cierto, eran arrebatadas a los prisioneros que llegaban día tras día en inmundos trenes hasta el campo para ser asesinados).

Desde el balcón de su casa, según determina, solía ver a menos de 100 metros las columnas de humo que se alzaban jornada tras jornada desde los crematorios. Aquellos eran los restos de miles de personas cuyos cuerpos eran quemados a diario. En sus palabras, su madre la obligaba a asearse con una toalla húmeda antes de acostarse para quitarse los restos de suciedad que podrían haber llegado hasta ella A pesar de ello, sus padres no tenían problema en que jugara con los niños que estaban presos al otro lado de la valla. A indios y vaqueros, dice (y a pesar de que su padre le decía que ese tipo de pasatiempos no eran buenos, pues fomentaban la violencia y no quería que su pequeña hiciese daño a nadie).

«Yo no supe nada de las atrocidades que estaban teniendo lugar allí. Nunca pregunté por qué había vallas y torres de vigilancia. Además… ¿Habría cambiado algo si lo hubiera sabido? ¿Con aquella edad?», explica la mujer. Según afirma, su padre nunca habló de su labor en los campos de concentración con ellos. De hecho, parece que era un tema tabú delante de sus hijos. «En la mesa, cuando comíamos, a los niños se les prohibía hablar. Sólo podíamos si nos lo mandaban. Siempre hablaba de cosas relacionadas con la familia, lo que íbamos a hacer ese fin de semana (una excursión, por ejemplo), por lo que nunca supimos nada», completa.

Hoss, capturado

Así continuó su vida hasta que, con la llegada del final de la Segunda Guerra Mundial y de los aliados hasta la zona, su padre no tuvo más remedio que huir a toda prisa ataviado con el uniforme de un soldado raso (pues los enemigos capturaban y ajusticiaban –en algunos casos- a todo aquel que llevase los ropajes de las crueles SS). Días después, la madre de Ingebirgitt y todos sus hermanos fueron capturados e interrogados violentamente. Sus captores querían saber el paradero de su progenitor.

«Ese fue el peor momento. Los soldados británicos gritaban y nos exigían que les dijésemos donde estaba papá. Lo único que sabíamos es que se había ido. Más tarde nos dijeron que había muerto en la guerra», completa. La realidad era bien diferente, pues Hoss había sido capturado y juzgado. En 1947 fue colgado por sus crímenes en Auschwitz, el mismo lugar en el que él había acabado con otros tantos judíos. Antes de fallecer, no obstante, dejó testimonio de las terribles atrocidades perpetradas en aquel lugar maldito.

Una nueva vida en España y EE.UU.

Rechazada por su íntima relación con el régimen nazi, la familia Hoss vivió los años siguientes en la más extrema pobreza. Así hasta 1950, época en la que Ingebirgitt viajó a España. Por entonces ya sabía que usar el apellido de su padre era peligroso, así que lo evitaba sobremanera. Una vez en nuestro país, la germana conoció a Cristóbal Balenciaga, a quien debió impresionarle su figura, pues la contrató como modelo. De esta forma, Hoss paseó por pasarelas de toda España frente a grandes figura de la política de entonces como la esposa de Francisco Franco.

Con el paso de los años se trasladó a Estados Unidos, donde se estableció, se casó con un ingeniero de origen irlandés y tuvo dos hijos. Al otro lado del charco, trabajó durante 35 años en una tienda de ropa (Saks Jandel) propiedad de dos judíos. Allí, llegó a vestir a personajes como Nancy Reagan, Hillary Clinton o Barbara Bush. Todo parecía irle sobre ruedas hasta que los directores de la cadena se enteraron del pasado de su padre. Sin embargo, y según determina, fueron bastante comprensivos en lo que a este tema respecta: «No hubo recriminaciones. Me dijeron: “No podía evitar lo que hizo, solo eras una niña. Tienes que ceptar lo que sucedió”».

Ella es partidaria de esa teoría, aunque también sabe que lo que hizo su familia será imborrable: «Cuando lo supe me dije, “no puede ser”, pero hay que aceptarlo. Ocurrió en mi familia y me pongo muy triste cuando lo pienso […] A pesar de todo, mi padre era el hombre más agradable del mundo. Era muy bueno con nosotros Pero él hizo lo que hizo».