Demuestran que los faraones mantenían relaciones sexuales con miembros de su familia


ABC.es

  • Un estudio ha demostrado la existencia del incesto en el Antiguo Egipto en base a la altura de más de dos centenares de momias
Archivo ABC El incesto hizo que los fraones fueran considerablemente más altos que los plebeyos de la época

Archivo ABC
El incesto hizo que los fraones fueran considerablemente más altos que los plebeyos de la época

Desde bastante antes de que Howard Carter descubriera la tumba de Tutankamón en 1922, ya eran muchos los expertos que hablaban de los faraones y las relaciones sexuales que se producían en el Antiguo Egipto entre los miembros su familia. Se podría decir, por lo tanto, que no es un tema novedoso. Sin embargo, una nueva investigación realizada por la Universidad de Zurich ha logrado corroborarlo finalmente de manera científica al establecer que la altura de una parte de las momias que se conservan en la actualidad se vio alterada por el incesto.

Así lo ha afirmado el profesor Frank Rühli (uno de los principales artífices de la investigación), a «Discovery News», cadena que se ha hecho eco del estudio publicado en la revista especializada «American Journal of Physical Anthropology». En el mismo medio de comunicación, el experto ha señalado además que estas relaciones antinaturales se sucedían debido a que los faraones creían haber sido enviados por los dioses y, en determinados casos, no estaban dispuestos a yacer con una mortal. Por ello, veían el incesto como una forma de mantener su sangre y linaje limpios.

Un estudio de altura

Para llegar a esta conclusión, Rühli y su equipo (del Instituto de Medicina Evolutiva en la Universidad de Zurich) estudiaron 259 momias, todas ellas de miembros de la realeza de la época. Con todo, y debido a que no les fue permitido analizar los restos debido a que son celosamente guardados por los museos, se propusieron establecer la altura de los fallecidos y compararla con la de los plebeyos de entonces.

«Tras terminar las mediciones, nos percatamos de que la altura de los faraones cambió menos a lo largo del tiempo que la de los plebeyos. Eso es un indicador de consanguineidad», destaca Rühli en declaraciones recogidas por la cadena anglosajona. A su vez, el equipo de investigadores determinó que estos dirigentes (en el caso de los hombres) eran más altos que los plebeyos. La talla de las reinas, por su parte, no variaba demasiado con respecto a la de sus contemporáneas «pobres»

Concretamente, Rühli ha establecido que la diferencia radicaba en unos 5 centímetros en el caso de los hombres. Y es que, mientras que la altura media de un plebeyo entre los años 2925 y 1070 a.C. era de 1,61 metros, la de los miembros de la alta realeza era de 1,66 metros. En el caso de las mujeres sin dinero de la época destaca que su talla media era de 1,57 metros, mientras que la de las reinas era de 1,56. De entre todas momias estudiadas cabe reseñar la de Ramsés II, el faraón de más envergadura al contar con 1,73 metros.

Desvelan por fin el misterio de la supuesta tumba del padre de Alejandro Magno


ABC.es

  • Un nuevo estudio afirma que los restos hallados en Vergina se corresponden con los de Filipo II
Wikimedia Filipo II fue un gran monarca y un diplomatico ejemplar

Wikimedia
Filipo II fue un gran monarca y un diplomatico ejemplar

Si por algo se destacó Filipo II de Macedonia (más conocido por ser el padre de Alejandro Magno), es por ser un guerrero y un político que –a pesar de ser querido por su pueblo- acabó sus días asesinado en la ciudad griega de Egas (actualmente Vergina) cuando apenas llegaba al medio siglo de vida. Sin embargo, su recuerdo se ha mantenido vivo en la Historia hasta ahora, en parte por su hijo, y en parte porque logró convertir el lugar del que provenía en uno de los más poderosos de Grecia. Todo, a base de escudos y lanzas.

La importancia de este monarca del S.IV (dirigió Macedonia desde el 359 al 336 A.C.) fue tal que, cuando en 1970 un grupo de arqueólogos halló una ostentosa tumba en Vergina en la que se alojaban los restos de un esqueleto con sus características, los expertos se exaltaron ante la idea de que allí pudiera yacer el gran Filipo. Con todo, y a pesar de que se han realizado varias pruebas desde entonces, no se había logrado saber si aquellos huesos eran o no del gran rey de Macedonia. Al menos, hasta ahora, pues un nuevo estudio realizado por Theodore Antikas y Laura Wynn-Antikas afirma haber desvelado al fin el misterio.

Y es que, tal y como afirman estos expertos en una investigación publicada en la revista especializada «International Journal of Osteoarchaeology», han logrado descubrir al fin que uno de los dos cuerpos hallados en la tumba pertenece a Filipo II. Todo ello, gracias a una serie de pruebas realizadas mediante tomografía computarizada (un novedoso sistema que permite crear imágenes transversales del cuerpo en base a un análisis previo de los restos mediante rayos X).

A su vez, los expertos han corroborado también algo que ya había sido desvelado con anterioridad: que el cuerpo que yace junto a Filipo II es el de una mujer de unos 30 años cuyo padre sería Ateas, un monarca de Escitia (una civilización ubicada en la actual Turquía). Así pues, este estudio ha acabado finalmente con la teoría de que los restos femeninos se correspondían con los de Cleopatra (una idea que, por otro lado, ya había sido desechada el pasado 2014) y ha puesto de manifiesto que son los de la séptima mujer del rey.

Los restos desvelan el misterio

Para llegar a la conclusión de que el esqueleto encontrado es el del padre de Alejandro Magno, los Antikas se basan en sus características. Y es que, los huesos se corresponden con los de un hombre que no había cumplido todavía 50 años (aproximadamente la edad que tenía Filipo al morir) y que montaba mucho a caballo. Esto, según afirma la revista «Forbes», queda en evidencia gracias a que su espalda cuenta con dos discos herniados y a que varios de sus huesos muestran un desgaste que sólo podrían tener si fuesen los de un jinete-.

Finalmente, las múltiples heridas que muestran los restos -las cuales se agrupan en la cara (donde Filipo sufrió una de sus cicatrices más destacadas) y el torso- se corresponden con las que sufrió el monarca según la Historia. Entre ellas, destaca que han hallado una lesión en la palma de su mano que se corresponde con una similar narrada en los libros de Historia.

Otras marcas óseas en las costillas sugieren además que el sujeto tuvo una enfermedad en los pulmones, algo –de momento- inútil, pues los investigadores no han logrado determinar su origen y si el monarca sufrió una similar durante sus últimos años de vida.

El mito de que los balleneros vascos estuvieron en América antes que Cristóbal Colón


ABC.es

  • Sin que existan pruebas de la presencia de pescadores vascos en Norteamérica antes de 1492, sí es demostrable la gran actividad de éstos en Terranova (Canadá) al menos desde 1517. Todavía hoy, muchos de los nombres de ciudades y otros lugares en la Isla de Terranova son de origen vasco

    ABC Pintura de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492

    ABC
    Pintura de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492

La teoría de que balleneros vascos y otros pescadores procedentes de poblaciones del litoral cantábrico habían viajado a Terranova (Canadá), en torno al año 1375, mucho antes de que lo hiciera Cristóbal Colón cuenta con pocas evidencias históricas y una única certeza: los pescadores españoles dejaron una profunda huella en la zona noroeste de Canadá. Así, cuando el navegante francés Jacques Cartier dio nombre a Canadá y reclamó estos nuevos territorios –la Terra Nova– para la Corona francesa, anotó un sorprendente hallazgo en sus cartas: «En aquellas aguas remotas encontré a mil vascos pescando bacalao».

Llamadme Iñaki (o Patxi, si acaso)… podría haber sido perfectamente la frase de apertura de la novela más famosa sobre la caza de cetáceos, «Moby-Dick», si el autor se hubiera acordado de la fama internacional que los vascos desarrollaron en este tipo de pesca. En las décadas de 1530 a 1570, el negocio ballenero registró su etapa de mayor apogeo. La flota vasca llegó a estar formada por una treintena de barcos, tripulados por más de dos mil hombres, que capturaban unas cuatrocientas ballenas cada año. No obstante, la tradición ballenera en el Cantábrico se remonta a la Edad Media y fue un importante motor de las poblaciones costeras. La principal fuente de ganancia estaba en la grasa del animal, posteriormente convertida en aceite a la que se denominaba saín. Este producto se empleaba en el alumbrado y ardía sin desprender humo ni dar olor. Asimismo, los huesos servían como material de construcción para la elaboración de muebles. La carne apenas se consumía en España, pero se salaba y se vendía a los franceses.

Vikingos, portugueses y vascos en Terranova

En una fecha sin determinar, los pescadores cantábricos extendieron su área de acción hacia el Atlántico, especialmente a Islandia, donde fueron protagonistas de una salvaje matanza ya en el siglo XVII, y a lo que hoy es la provincia canadiense de Terranova y Labrador. En busca originalmente de bacalao, la Isla de Terranova se convirtió en un objetivo preferente de los pescadores del cantábrico. Pero no se trataba del primer contacto de los pobladores de esta región con europeos. Alrededor del año 1001, «las Sagas islandesas vikingas» ubican las expediciones del explorador Leif Ericson en Helluland, Markland y en lo que él llamó Vinland («Tierra de pasturas»). Y las investigaciones arqueológicas, en efecto, han confirmado la existencia de un asentamiento nórdico, «L’Anse aux Meadows», en Newfoundland, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978.

Wikipedia Poblado vikingo de L'Anse aux Meadows (Terranova, Canadá)

Wikipedia
Poblado vikingo de L’Anse aux Meadows (Terranova, Canadá)

En cualquier caso esta presencia vikinga en América, que incluso los estudios genéticos han avalado, fue de carácter efímero, y en ningún caso se produjeron asentamientos en territorio continental americano. Así y todo, las incursiones vikingas pudieron ser sucedidas por las de otros europeos, los marinos portugueses. Como si fuera una especie de búsqueda del Santo Grial, los navegantes portugueses acometieron varias décadas antes de Colón la travesía hacia la Isla Bacalao (también llamada «Bachalaos»), representada de forma difusa en los mapas del siglo XVI en las proximidades de Terranova. Así, el portugués Joao Vaz Corte Real habría alcanzado las proximidades de Terranova en 1472, e incluso se especula que bordeó las orillas del río Hudson y del San Lorenzo

Según la versión más estricta del mito, los vascos arribaron en Terranova hacia 1375 y decidieron guardar el secreto para evitar compartir con otras flotas los prodigiosos caladeros de la zona. Entre el mito y la realidad, se relata que cuando los exploradores franceses entraron en contacto con los indígenas de Terranova, éstos les saludaron con la fórmula «Apezak hobeto!» («¡Los curas mejor!», en vasco), que los marineros vascos usaban a modo de respuesta si alguien les preguntaba por su salud. No cabe la menor duda, en cambio, de la enorme huella que la lengua vasca causó en los idiomas de los pobladores de la Isla de Terranova desde el siglo XVI. Durante los dos siglos de esplendor del Imperio español, en Terranova se habló un pidgin, es decir, un lenguaje rudimentario que mezclaba el euskera y las lenguas locales. Muchos de los nombres actuales de ciudades y otros lugares de Terranova son de origen vasco. Como ejemplo, la ciudad Port-aux-Basques está presente en mapas de 1612; Port-au-Choix es una desfiguración de Portuchoa, «puertecito»; y Ingonachoix (Aingura Charra) se traduce como «mal anclaje».

«Los vascos empezaron la industria»

Más allá del componente mítico –alentado sobre todo por los nacionalistas vascos–, está la certeza de que desde 1517 los intercambios comerciales de pesca, culturales y posiblemente genéticos fueron muy frecuentes entre los pescadores vascos (vizcaínos y guipuzcoanos) y los amerindios de Terranova. Las factorías vascas repartidas por las costas de Terranova, Labrador y el golfo de San Lorenzo llegaron a reunir hasta 9.000 personas en algunas temporadas y constituyeron la primera industria en la historia de América del Norte. «Los vascos lo empezaron», afirmó el presidente estadounidense Thomas Jefferson en 1788 referido a que fueron estos pescadores los que descubrieron al mundo conocido de entonces la técnica de la caza industrial de las ballenas. La colaboración con los nativos mikmaq y beothuk, que trabajaban para los vascos a cambio de pan y sidra, permitió un intercambio cultural que ha sobrevivido parcialmente hasta nuestros días.

ABC Mapa del itinerario de los balleneros en el siglo XVI

ABC
Mapa del itinerario de los balleneros en el siglo XVI

El itinerario anual de los balleneros comenzaba con su partida de la Península Ibérica en la segunda semana de junio. La travesía del Atlántico duraba cerca de 60 días, llegando a Terranova en la segunda mitad del mes de agosto, a tiempo para interceptar las ballenas en su migración otoñal del Océano Ártico hacia los mares del Sur. La caza duraba hasta el fin de año, cuando la llegada del invierno recubría de hielo las aguas de la bahía y hacía muy complicada la navegación. Es por ello que solo se quedaban en América del Norte durante la temporada invernal los barcos que no habían conseguido capturar una buena pieza. El viaje de retorno era habitualmente más corto, entre 30 y 40 días, gracias a las corrientes y los vientos favorables.

Conforme avanzaba el siglo XVII, se aceleró el declive de los balleneros vascos. La entrada en el escenario americano de marineros franceses, ingleses, daneses y holandeses, entre otros, comprometió gravemente la actividad vasca en Terranova. El tratado de Utrecht, que escenificó el paso de Terranova de manos francesas a inglesas, fue el golpe final para una industria que ya no obtenía la rentabilidad de otros tiempos.

Diego de León, el militar con sangre real que intentó asaltar el palacio de Isabel II


ABC.es

  • Quiso vestir el uniforme de general para poder dar él mismo la orden de fusilamiento al pelotón: «No tembléis, disparad al corazón»
Un grabado de Diego de León que ilustra la escena final de su fusilamiento

Un grabado de Diego de León que ilustra la escena final de su fusilamiento

«No tembléis, disparad al corazón». Con estas palabras Diego de León (Córdoba, 30 de marzo de 1807 – Madrid, 15 de octubre de 1841), el que en la España de su tiempo se le conoció como la «Primera Lanza del Reino», daba la orden al pelotón de fusilamiento de abrir fuego contra él mismo. El 15 de octubre de 1841 fue ajusticiado por unirse al alzamiento de O’Donnell contra el regente Baldomero Espartero y por intentar, sin éxito, asaltar el Palacio Real.

Cuando se produjo el apresamiento de León, la alta aristocracia y los partidarios de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, madre de Isabel II, pusieron en marcha una campaña para tratar de salvar su vida. Sin embargo, Espartero se negó tajante. Su ejecución, cuando solo tenía 34 años, elevó a la categoría de mito al general, que pidió permiso al oficial que mandaba el piquete de ejecución para poder dar él mismo las órdenes reglamentarias al pelotón de ejecución.

Diego de León y Navarrete, I conde de Belascoaín, fue nombrado virrey de Navarra. Su apellido, según afirmó Fernando González-Doria Durán de Quiroga, lo portan los descendientes del rey de Alfonso IX de León.

Elevato a la categoría de mito

Como personaje ilustre de la España liberal, el mito de Diego de León necesitaba la fijación definitiva de su memoria en los lugares públicos. Esto se consiguió cuando en 1884, en la ampliación del barrio de Salamanca en Madrid, se dio su nombre a una de las calles. Rodeado de otros ilustres personajes del siglo XIX significados por su lucha a favor de la reina Isabel y el liberalismo como el general Pardiñas o el general Oráa, de los héroes comuneros Padilla, Maldonado y Juan Bravo y otros ilustres científicos y pintores, la memoria de Diego de León se ha ido difuminando en el imaginario colectivo hasta adquirir un significado no histórico, sino simplemente urbano.

«Diego Corriente fue el Robin Hood español»


ABC.es

  • Al bandolero andaluz le llamaron el «bandido generoso» porque «a los ricos robaba y a los pobres socorría». Su pulso con el Señor del Gran Poder de Sevilla fue su perdición… y el origen de su leyenda
museo del bandolero Dos grabados antiguos que representan al bandolero Diego Corriente

museo del bandolero
Dos grabados antiguos que representan al bandolero Diego Corriente

«Es Diego Corriente, no Corrientes. Todo el mundo, incluso algunos historiadores, se la pone, pero es Corriente, sin “s”», aclara Jesús Almazán, director del Museo del Bandolero, cuando se le pregunta por el más famoso bandolero del siglo XVIII, un joven ladrón de caballosque a través de los años y de los romances, novelas, cómics y películas ha pasado a la historia como «el bandido generoso».

«Diego Corriente yo soy / aquel que a nadie temía / aquel que en Andalucía / por los caminos andaba / el que a los ricos robaba / y a los pobres socorría», reza la copla del famoso drama de José María Gutiérrez de Alba (1850). Pese a no estar avalada por ninguna prueba documental, algo de verdad debió de haber en este mito de la generosidad que «ya le acompañó en vida» al bandolero, según Almazán. «Quizá porque no tuvo delitos de sangre, no era violento», aventura antes de añadir: «Diego Corriente sería el Robin Hood español».

Nacido en Utrera el 20 de agosto de 1757 en una familia de campesinos, Diego Corriente Mateos tuvo una corta vida de bandolero, apenas cinco años tal vez no cumplidos, antes de ser ajusticiado con solo 24 años. «No se sabe exactamente por qué se hizo bandolero, aunque es posible que se rebelara contra la situación de explotación de los latifundios», indica Almazán. Fuera como fuere, el joven «de dos varas de cuerpo, blanco, rubio, ojos pardos, grandes patillas de pelo, algo picado de viruelas y una señal de corte en el lado derecho de la nariz», como lo describió en una carta su implacable perseguidor Francisco de Bruna, se echó al campo con 19 años, robando caballos que llevaba de contrabando a Portugal a través de una bien organizada ruta de postas y allí vendía.

Obsesión de don Francisco de Bruna

«A la dificultad de capturarle por su ligereza y su habilidad, unía la protección de los campesinos pobres, a los que en muchas ocasiones ayudaba con dinero, cuando sabía que estaban a punto de perder sus pobres parcelas, embargadas por los usureros», narraba José María de Mena en «Los últimos bandoleros». Según el escritor y miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia, la fama de valiente y de generoso despertó una extensa oleada de admiración hacia el bandolero y esta popularidad «había de herir en su orgullo a don Francisco de Bruna, el Señor del Gran Poder como le llamaban en Sevilla, quien acaparaba en sus manos todos los resortes de la autoridad». De Bruna (1719-1807) era caballero del Orden de Calatrava, del Consejo de su Majestad, Oidor Decano de la Real Audiencia, su Regente interino, Honorario del Supremo Consejo y Cámara de Castilla, Alcaide de los Rales Alcázares…y un largo etcétera de cargos que le proporcionaban una influencia suprema en Sevilla.

Felipe Pérez relató en 1907 en «Blanco y Negro» una versión del legendario encuentro entre el bandido y el oidor en una tarde de abril de 1780. Bruna regresaba a Sevilla en un coche de caballos cuando se topó con el bandido que, apuntándole con sus pistolas, le dijo: «No s’asuste usía. Diego Corriente roba a los ricos, socorre a los probes y no mata a naide. A usía lo han engañao si l’han dicho otra cosa. Lo que Diego jase, cuando llega er caso, es demostrarle ar Señó der Gran Poé qu’está en la Audencia, que él no teme más que ar Señó der Gran Poé que está en San Lorenzo». Y poniendo su pie sobre la portezuela del coche, obligó a Bruna a abotonarle el botín derecho. También Constancio Bernaldo de Quirós y Luis Ardilla recogen en «El bandolerismo andaluz» (1931) esta escena que sitúan en las proximidades de Las Alcantarillas, donde aún hoy lo recuerda la Torre de Diego Corriente.

«Esta clase de altanerías eran muy frecuentes en Diego», señaló Constancio Bernaldo de Quirós en una entrevista con César González Ruano en 1930 en «Crónica». Para el ilustre criminalista «lo que perdió a Diego probablemente fue la enemistad, probablemente motivada por un enredo de faldas, del regente de la Audiencia». Quirós no especificaba la relación a la que se refería, quizás fuera a la leyenda sobre los supuestos amoríos del bandolero y la sobrina del magistrado, de los que no hay referencia histórica alguna.

El hecho es que el audaz bandolero se convirtió en una auténtica obsesión para don Francisco de Bruna, que ese mismo año emitió un edicto contra Diego Corriente por «salteamiento de caminos, asociación con otros, uso de armas blancas y de fuego, y otros graves excesos, insultos a las Haciendas y cortijos y otros graves excesos por los cuales se ha constituido en la clase de Ladrón Famoso», aunque sin menciones a ningún delito de sangre, condenándolo sin embargo «a que sea arrastrado, ahorcado y hecho quartos» y ofreciendo una recompensa a quien lo entregara vivo o muerto.

Entre la historia y la leyenda

«Se cuenta que hallándose pregonado este bandido, tan audaz como temerario, y habiéndose ofrecido diez mil reales a la persona que lo entregara a las autoridades, se presentó un hombre en la casa del señor Bruna, solicitándole una audiencia de importancia. Entonces vivía en la calle de la Muela, hoy O’Donnell, núm. 29», relata Álvarez Benavides en la «Explicación del Plano de Sevilla» (1868). Tras preguntar el desconocido si era cierta la noticia de la recompensa, exclamó amartilleando sus pistolas: «Yo soy Diego Corrientes. ¡Los diez mil reales, y pronto!». Así cobró el forajido su propia recompensa antes de huir a caballo «dejando absorta a la primera autoridad de Sevilla», según este episodio «con menos visos de verdad» que la anécdota anterior, a juicio de José Santos Torres. El jurista y autor de «Proceso y muerte del bandolero Diego Corriente (1776-1781) según los documentos judiciales», recuerda que esta escena ya se contó de otros personajes, como el bandido de la época romana conocido por Corocotta o el «guapo» Francisco Esteban.

Santos Torres sí comprobó que Corriente arrancó con su propia mano los edictos contra él puestos en lugares públicos de Mairena del Alcor ya que existe una alusión a esta acción en un expediente de prisión.

Huyó el bandolero a Portugal, donde fue apresado en Covilha, aunque de este primer arresto logró escapar tras «convencer» a los guardianes portugueses. No corrió la misma suerte cuando, traicionado por una mujer celosa, fue capturado en la entonces localidad portuguesa de Olivenza, hoy en Badajoz. Mena se hace eco de las historias que cuentan que el capitán de la guarnición portuguesa rodeó con cien soldados el cortijo de Pozo del Caño donde se había refugiado el bandido y le gritó: «¡Corrientes! Yo siento venir a prender a un hombre de tus agallas, pero no tengo más remedio. No tires y entrégate. Hay cien fusiles apuntándote y yo no quiero matarte. Yo cumplo órdenes, compréndelo».

Santos Torres señala que el conde de Floridablanca intervino para hacer cumplir el tratado de extradición de 1778 acordado entre ambos países. Diego Corriente fue trasladado a una cárcel de Badajoz y posteriormente a Sevilla. Una carta de Francisco de Bruna da cuenta de la llegada del bandolero a la ciudad el 25 de marzo de 1781. Era Domingo de Ramos. Semana Santa en Sevilla.

«En los cinco días que permaneció en la prisión no aceptó comer solo en su celda, porque tenía que compartir la comida con alguien y el alcaide de la Cárcel tuvo que admitir esta exigencia, y así cada vez que era la hora de comer, habían de venir a la celda dos o tres soldados de la guardia y comer con él y a beber a discreción, la comida y el vino que la familia de Diego Corriente llevaba cada día a la Cárcel», cuenta José María de Mena.

Diego Corriente será ajusticiado en la plaza de San Francisco cinco días después, el 30 de marzo, Viernes Santo, mientras las cofradías de la época hacían sus recorridos por la ciudad. «No sólo quebraron ese día los principios religiosos y humanitarios de las gentes, sino lo que es aún más importante, fue vulnerada la misma ley escrita, fue quebrantada en la misma sede donde se impartía la justicia», según Santos Torres. Con el ahorcamiento del joven bandolero se incumplió una antigua ley de la época de Alfonso X el Sabio aún en vigor por la que se prohibía ejecutar la pena de muerte en Viernes Santo.

Los cuadernos manuscritos de R.G de la B. hallados en casa del abogado sevillano Joaquín de Palacios Cárdenas hacían un atrevido paralelismo entre las circunstancias de la muerte de Diego Corriente con la de Jesucristo «que hubiera podido valer a R.G. de la B. un proceso de Inquisición, pero nadie lo supo entonces», señaló Bernaldo de Quirós.

El delincuente, que nunca se manchó las manos de sangre, fue ahorcado y su cuerpo fue llevado después hasta la llamada Mesa del Rey, una superficie plana de un probable resto de construcción romano enclavada entre los kilómetros 543 y 544 de la carretera de Andalucía hoy desaparecida, donde se cumplió la última parte de la pena. Corriente fue descuartizado, su tronco fue enterrado en la iglesia parroquial de San Roque, según consta en su libro de entierros, y sus miembros y su cabeza se exhibieron en los lugares donde había cometido sus fechorías. Según Quirós y Santos Torres, la cabeza fue expuesta en una jaula en la venta de la Alcantarilla, entre Utrera y Sevilla, el lugar donde Bruna sufrió el ultraje de atar la bota al bandido.

¿La calavera de Corriente?

El 21 de junio de 1975 saltaba a la prensa el hallazgo de una calavera durante unos trabajos de restauración en la iglesia de San Roque. El escritor sevillano José María de Mena afirmó que el cráneo, con un clavo que lo atravesaba, «con las naturales reservas podría ser considerado como el cráneo del bandido Diego Corriente» porque según la tradición sus restos fueron recogidos por el párroco «tras haber estado la cabeza expuesta al público atravesada por un clavo». La calavera se dejó en el poyo de la ventana de la oficina parroquial, pero se veía desde la calle y unos niños la cogieron y jugaron con ella en la calle a la pelota hasta que se rompió. «Así terminó el último vestigio físico del ladrón famoso como decía la sentencia», señaló Mena.

Santos Torres rechazó de plano esta «peregrina afirmación» argumentando que un documento del Hospital de la Caridad de Sevilla dice claramente que fue «ajusticiado a muerte de horca» y que en la iglesia de San Roque se enterraron sus despojos, «pero en modo alguno se puede afirmar que la cabeza del bandido que parece se expuso, como era costumbre en la época, metida en una jaula, en el lugar de Alcantarillas».

El texto que conserva el Hospital de la Caridad de su paso por la capilla recoge la última voluntad de Diego Corriente: «Se gastaron en un poco de pan que se dio a los presos a pedimento del delincuente 37 reales de vellón». Un gesto que no fue observado en ninguno de los otros cerca de doscientos ajusticiados que fueron atendidos por los hermanos de la Caridad desde 1671 a 1825. «Sorprende que en una época como aquella de hambre y miseria de los encarcelados este ladrón famoso decida como su última voluntad que se entregue pan para que remedien sus situación sus compañeros de cárcel», subraya el jurista. Era Diego Corriente, el bandido generoso.