Cuando en la Casa de Campo se celebraban batallas navales


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  • Carmona propone resucitar un espectáculo de tradición romana que ya se recreaba en el siglo XVII en Madrid y en Aranjuez
abc «Embarque Real en el estanque grande del Retiro», óleo de José Ribelles, en el Museo del Prado

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«Embarque Real en el estanque grande del Retiro», óleo de José Ribelles, en el Museo del Prado

Fue la propuesta electoral más novedosa –y más comentada en las redes sociales– de la jornada del lunes. El candidato socialista a la Alcaldía de Madrid, Antonio Miguel Carmona, propuso ayer organizar espectáculos culturales de Naumaquia, recreaciones de batallas navales, en el lago de la Casa de Campo y del Parque del Buen Retiro y convertir Madrid en «referencia mundial» de esta disciplina.

Un espectáculo de origen romano que, según se encargó Carmona de recordar ayer, se celebraban en tiempos del rey Felipe V en Aranjuez, con veladas producidas y realizadas por Carlo Broschi Farinelli, pero también en el estanque del Retiro. Las naumaquias de Madrid, según el candidato socialista al Ayuntamiento, tendrían soporte técnico del Museo Naval y estarían basadas en las múltiples obras creadas por autores diversos entre los siglos XVII y XIX.

Carmona, que se ha fijado revitalizar la ciudad de Madrid apostando por su potencial cultural, apostó por resucitar el espectáculo de tradición romana en el que se representa una batalla naval y que se celebró en Madrid allá por el siglo XVII. El aspirante socialista criticó la «falta de imaginación» del PP en el Ayuntamiento y aseguró que su idea atraerá a los madrileños durante el fin de semana y, sobre todo, al turismo mundial. «Esta forma de arte y vanguardia romana será anunciada en Tokio, Nueva York o París»,

El Passo Honroso de Suero de Quiñones, una gesta tan legendaria… como real


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  • El caballero leonés quedó libre de su prisión de amor tras enfrentarse durante 30 días a rivales en el puente de Órbigo
abc Las Justas medievales del Passo honroso en Hospital de Órbigo están declaradas de Interés Turístico Regional

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Las Justas medievales del Passo honroso en Hospital de Órbigo están declaradas de Interés Turístico Regional

«Digan que fueron burlas las justas de Suero de Quiñones, del Passo», pone Miguel de Cervantes en boca de Don Quijote. De todas las gestas que absorbieron el seso de Alonso Quijano, el «fecho de armas» del caballero leonés fue un hecho histórico, aunque cuente con todos los ingredientes de una novela de caballería o una leyenda.

El escribano del rey Juan II de Castilla, Pedro Rodríguez de Lena, documentó el Passo honroso de Suero de Quiñones en un manuscrito del que se conservan 5 copias, una completa en el Monasterio de El Escorial. Sucedió en el «año del naçimiento de Nuestro Señor Jesuchristo de mil é quatroçientos é trenta é quatro años» cerca del puente de la villa de Hospital de Órbigo, en el camino de Santiago, «que es a seis leguas de la noble çiudad de León, é a tres de la çiudad de Astorga».

Allí, entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434, Suero de Quiñones y otros nueve caballeros se batieron contra todo el que intentara cruzar el puente para librarse de la «prisión de amor» por la que éste llevaba todos los jueves una argolla de hierro al cuello.

«Nos hallamos en tiempos de la épica caballeresca y el amor cortés, la idealización de la mujer, el servicio a la dama, y aquellos aguerridos caballeros ponían sus ojos en el contrapunto de su rudeza: la delicadeza de las féminas, que les correspondían portando orgullosas, incluso manchado de sangre, el jubón o túnica sin mangas que su caballero había lucido sobre la armadura durante el combate», explica Carlos Taranilla de la Varga.

El historiador, autor de la adaptación anotada de «El Passo Honroso de don Suero de Quiñones», aclara que el «Passo» no fue una justa sinoun «fecho» de armas ya que la lucha singular a caballo y con lanza tenía un claro propósito, no era una mera demostración de la destreza con las armas.

La prueba, para la que se fijó un pormenorizado reglamento, estuvo autorizada por el propio monarca y se celebró con el auspicio de don Álvaro de Luna. El Condestable de Castilla, a quien servía don Suero desde los 17 años, «quería dejar en segundo plano la que había protagonizado don Enrique de Aragón -el «Passo de la Fuerteventura, el 18 de mayo de 1428- la cual, a su vez, intentó oscurecer las organizadas por el propio Álvaro de Luna para festejar la estancia en Valladolid de doña Leonor, hermana de la reina doña María de Castilla, en su camino hacia Portugal para casarse con el infante don Duarte».

«Había una rivalidad entre los dos principales reinos cristianos de la península, que se manifestaba a todos los niveles», continúa Taranilla de la Varga. Hubo por tanto «una doble motivación: en primer lugar, política; en segundo plano, caballeresca».

Según el manuscrito original, los jueces del Paso le libraron a don Suero de su argolla al darle su rescate por cumplido tras permanecer durante 15 días antes y 15 días después del apóstol Santiago esperando caballeros en el puente de Órbigo. Era la segunda de las condiciones de la prueba. Los diez «mantenedores» del Passo, que se enfrentaron a 68 aventureros, no llegaron a partir las 300 lanzas en las que don Suero había concertado su liberación.

El franciscano Juan de Pineda, que resumió y adaptó el manuscrito original para la imprenta en 1588, relata que don Suero y su cortejo se trasladaron a la ciudad de León, donde dieron gracias en la Catedral y se celebraron grandes fiestas. Don Suero se desplazó de León al castillo de Laguna de Negrillos, donde vivían sus padres, para sanar las heridas que traía del Passo. Una vez curado, peregrinó hasta Santiago de Compostela («era año santo», recuerda Taranilla de la Varga) y dejó un brazalete de oro al cuello del relicario de Santiago Alfeo que aún hoy ostenta.

Nada de esto recoge el manuscrito original. Carlos Taranilla cree que Juan de Pineda, cautivado por el personaje y la historia, «entró en ella quitando y añadiendo» ya que «hay numerosas expresiones e incisos superpuestos, incluso algún epígrafe, que parecen de su propia cosecha, yendo en aumento a medida que avanza el texto». De ser así, el franciscano habría alargado un siglo después la historia, «aunque queda la incógnita de si existió otro manuscrito o “Libro de mano” que aún desconocemos», apunta.

Al año siguiente, don Suero se casó con Doña Leonor de Tovar, «a quien por conjeturas se supone la dama “cuyo yo soy”, o sea, de la que estaba enamorado», continúa Taranilla.

El caballero leonés tuvo un trágico final. Fue asesinado en 1458 en Barcial de la Loma (entre León y Valladolid) por los escuderos de Gutierre de Quijada, «quien no le había perdonado odios del Passo honroso».


Erratas y omisiones detectadas

El preso catalán que desveló el horror nazi de Mauthausen


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  • Francisco Boix, reo en el campo de concentración, dio testimonio a los aliados de las barbaries cometidas por las SS
RBA/B.Bermejo Francisco Boix, el hombre fotografió la barbariealemana en Austria

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Francisco Boix, el hombre fotografió la barbariealemana en Austria

Varios edificios bajos rodeados por una hermosa y colorida arboleda habitada, además, por decenas de pájaros que no dejan de trinar. Un lugar ubicado a orillas del Danubio en el que, en definitiva, los sentidos se deleitan. Este es el aspecto que tiene, a día de hoy, el campo de concentración de Mauthausen; y así es como debieron verlo las tropas de la XI División Blindada del III Ejército de los Estados Unidos cuando, el 5 de mayo de 1945, tomaron el lugar y liberaron a los miles de presos famélicos de otras tantas nacionalidades que habitaban en su interior.

Sin embargo, el idílico manto verde que cubre esta región de Viena (al norte de Austria) contrasta radicalmente con la espantosa situación que vivió allí el fotógrafo Francisco Boix, uno de los más de 7.200 presos españoles que tuvo que soportar durante casi un lustro las tropelías y vejaciones de las tropas de las SS tras ser deportado desde Francia. Con todo, su paso por el lugar fue clave para la Historia. Y es que, gracias a que trabajó para los nazis revelando instantáneas en un barracón, este catalán pudo esconder más de 20.000 imágenes hechas por los alemanes en las que se retrataba la barbarie a la que fueron sometidas las más de 200.000 almas allí encerradas.

Las vivencias de Boix, testigo de los aliados tras la Segunda Guerra Mundial en los juicios de Núremberg y Dachau, han sido dadas a conocer estos últimos años gracias a la ardua tarea del historiador Benito Bermejo y a su libro, «El fotógrafo del horror». Publicado hace una década por «RBA», el texto acaba de ser relanzado en español y catalán por la misma editorial (llegará a las librerías el próximo siete de mayo) y muestra la detallada investigación que ha llevado a cabo este español para reconstruir la vida del fallecido preso de Mauthausen. «La nueva edición incluye correcciones que hemos ido descubriendo con el paso de los años, algunos testimonios nuevos y varias fotografías desconocidas», explica el autor a ABC en la misma entrada del campo.

El fotógrafo que se exilió a Francia

La historia de Boix, tal y como señala el historiador, comenzó el 31 de agosto de 1920 a las siete de la mañana, día en que España (y más concretamente Barcelona) le vio nacer. De familia republicana y catalanista, Paco no tuvo una mala infancia. De hecho, la capacidad económica de sus padres hizo que no pasara estrecheces y que pudiera acabar la educación primaria y comenzar el bachillerato (algo no muy usual por entonces). En los años siguientes, Bartolomé –su padre- despertó el interés del pequeño por la fotografía, lo que provocó que Francisco no tardara en empezar a hacer decenas y decenas de imágenes.

Con la llegada de la Guerra Civil en julio de 1936, Boix entró a formar parte de las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña (de carácter republicano) sin dejar de lado su gran afición, Por ello, siempre solía viajar acompañado de su cámara «Leica», una de las mejores máquinas de la época.

Posteriormente, mientras republicanos y nacionales se enfrentaban en media España, Boix empezó a trabajar como fotógrafo para revistas como «Juliol» y empezó a ser conocido gracias a los múltiples retratos que hizo de líderes políticos de la talla de Dolores Ibárruri (la Pasionaria) o Largo Caballero. «Pasionalmente fotógrafo», como se le definió a posteriori, Boix pasó por el frente de batalla, aunque se desconoce si cómo combatiente, cómo reportero gráfico o ambas cosas. Así continuó hasta que, en 1939, las tropas de Franco tomaron Barcelona. Ese fue el momento en el que, al igual que otros tantos republicanos, se vio obligado a abandonar la región y huyó a Francia.

Pocos meses después de asentarse en su nuevo hogar, la (mala) suerte quiso que el país entrase en guerra con Alemania. La necesidad de tropas hizo que tanto él como una buena parte de los republicanos exiliados fueran «reclutados» por los galos para realizar tareas logísticas. Boix, particularmente, pasó a formar parte de la 28ª Compañía de Trabajadores Extranjeros, un grupo de apoyo del ejército con el que fue enviado hasta el noreste del país. Tiempo después, en mayo de 1940, la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas germanas) se abalanzó sobre las líneas de defensa francesas por sorpresa capturando a miles de presos. Entre ellos se encontraba nuestro protagonista quien, tras un periplo por la región, fue enviado por tren al campo de concentración junto a otros 1.506 republicanos.

La llegada al campo

El 27 de enero de 1941, Boix llegó a Mauthausen, un emplazamiento levantado en 1938 por presos que habían sido enviados, a su vez, desde Dachau. Curiosamente, la puerta que dio paso a esta catalán a un encarcelamiento de casi cinco años es la misma que, actualmente, atraviesan miles de turistas al día.

Una vez en Mauthausen, fue trasladado al campo interior, el cual estaba formado por una plaza principal (Appellplatz) acompañada de una veintena de barracones destinados a albergar a los presos. Todo este complejo estaba rodeado, en principio, por una verja electrificada. Allí, Boix se encontró con que los presos hispanos ya habían formado un grupo bastante numeroso. No en vano, en la primavera de 1942 ya habían sido más de 7.200 los que habían portado en su ropa el triángulo azul invertido (signo de que eran «apátridas») rematado con una «S» de grandes dimensiones (la cual denotaba que eran españoles).

Aunque nuestros compatriotas sufrieron allí todo tipo de vejaciones en Mauthausen, algunos pudieron presumir también de tener algo suerte. Uno de ellos fue Francisco, quien, meses después de bajarse del transporte, entró a formar parte de la oficina del «Erkennungsdienst», un «Kommando» o grupo de prisioneros encargados de realizar las denominadas «fotografías de identificación» de los reos que llegaban al lugar.

En su nuevo destino (ubicado en un barracón en el campo exterior de Mauthausen), Boix se toparía a lo largo de los años con varios españoles como Antonio García Alonso y José Cereceda. Este trio de presos fue el encargado, además, de fotografiar a todas las personalidades germanas que visitaban el campo y de dejar constancia gráfica de cualquier suceso extraordinario. Entre los mismos, se destacaban las muertes de los reos que se hubiesen producido por causas «no naturales» (muchas veces, asesinatos premeditados de los guardias nazis).

A Boix, cuyo talento quedó patente desde que comenzó a trabajar en este barracón fotográfico, los altos cargos de las SS también le solían encargar retratos personales. Este «trabajillo» extra lo solía realizar a cambio de unas monedas que se sumaban a las que ganaba por estar al mando del «Erkennungsdienst» (y las que canjeaba en Mauthausen por objetos como peines, jabón u otros «caprichos»).

Poco a poco, Boix terminó siendo un preso con ciertos privilegios, algo que –entre 1943 y 1944- sucedió a muchos de los reos de nuestro país. «Cuando los españoles llegaron a Mauthausen su mortalidad era altísima. Sólo eran superados por los rusos. Pero, de los que quedaron vivos, muchos terminaron integrándose en el sistema del campo y convirtiéndose en “funcionarios”. Se podría decir que, aquellos que resistieron los tres primeros años, tuvieron muchas posibilidades de sobrevivir hasta el final», señala Christian Dürr, jefe de Archivos e Investigación Histórica del Memorial del campo de Mauthausen. Bermejo es de la misma opinión: «Llegado el año 42, los presos españoles no estaban, en general, mal ubicados. Todo aquel que superó esta fecha tuvo muchas cartas a favor para poder llegar hasta el final sano».

Las fotografías del horror salen a la luz

Tras su entrada en el «Erkennungsdienst», Boix continuó haciendo y revelando cientos de fotografías por orden de su jefe inmediato, el suboficial de las SS Paul Ricken (quien podía presumir de ser, además de un miembro del NSDAP desde antes de la Segunda Guerra Mundial, un válido profesor de historia del arte). Su trabajo se extendió, según afirmó posteriormente el catalán, hasta 1943, año en que –tras la derrota de la «Wehrmacht» en Stalingrado ante el Ejército Rojo– las órdenes cambiaron. Al parecer, y ante el temor de que los aliados llegasen hasta Austria, los altos mandos del campo decidieron acabar con todas las instantáneas comprometedores que había archivadas con el objetivo de que no se descubrieran las atrocidades cometidas.

«Cuando el ejército alemán fue derrotado en Stalingrado, llegó una orden del Departamento Político de Berlín para que se destruyesen todas las películas. Mi anterior jefe de las SS cumplió esa orden hasta que se cansó y me dieron la orden de continuar», explicó Boix posteriormente a los aliados. Aquel fue un craso error por parte de los germanos, pues el catalán empezó a guardar los negativos de las imágenes más comprometedoras que pudo hallar para que, llegado el momento, pudieran ser usadas contra los nazis. Para esta ardua tarea se ayudó principalmente de sus camaradas del «Erkennungsdienst» y de los españoles encarcelados en el campo de concentración. Éstos escondieron las instantáneas en todo tipo de emplazamientos como viejas chimeneas o bajo los barracones.

Boix también contó con la colaboración del «Kommando Poschacher», un grupo de españoles que, al trabajar en una cantera fuera de Mauthausen y contar con régimen de libertad vigilada, podían deambular por el pueblo ubicado cerca del campo sin levantar sospechas. Aquella ventaja les permitió recibir de Francisco un paquete de negativos robados que, en otoño de 1944, entregaron a una mujer de la zona. Anna Pointner, como se llamaba la susodicha, quiso colaborar con ellos y ocultó aquel tesoro al abrigo de una pared de piedra ubicada tras su vivienda. Curiosamente, el muro aún se conserva, aunque es imposible encontrar el lugar en el que se encubrieron estos documentos.

Con la llegada de los aliados el 5 de mayo de 1945, Boix comenzó a recopilar todos aquellos negativos hasta contar, como señaló posteriormente, con 20.000 de ellos (un tercio del total de las fotografías realizadas en el «Erkennungsdienst»). Las imágenes debieron ser bastante esclarecedoras, pues el catalán tuvo que presentar varias de ellas (las más crudas, todo sea dicho) en los juicios contra los jerarcas nazis realizados en Núremberg y Dachau. Y es que, con semejantes pruebas (en las que podían verse desde cadáveres tiroteados, hasta prisioneros famélicos) solo un estúpido se atrevería a decir que el Holocausto no había existido.

Su testimonio, determinante para enjuiciar y castigar a varios guardias de las SS, ha pasado, sin embargo, de puntillas en la Historia. Al menos hasta ahora. No es extraño, pues Boix falleció en la cama de un hospital cinco años después de la liberación de Mauthausen dejando tras de sí un gran nicho de información con respecto a su vida. Esta escasez de datos provocó, incluso, que algunos de sus compañeros como Antonio García afirmaran posteriormente que el catalán no era más que un adulador de los nazis que se apropió de un plan (el de robar las fotografías) que no era suyo. Fuera como fuese, el fotógrafo español de Mauthausen dejó una marca imborrable en la Segunda Guerra Mundial.

¿Quién era el auténtico padre de Alfonso XII?


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  • Descartado el Rey consorte, la paternidad del hijo de Isabel II correspondió probablemente al militar valenciano Enrique Puigmoltó. La propia Reina así se lo insinuó a su hijo: «Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía»

    Casa Real Pintura del Rey Alfonso XII

    Casa Real
    Pintura del Rey Alfonso XII

El reinado de Isabel II es casi más conocido por la algarabía de rumores sobre la vida íntima de la Reina, muchos de ellos fabulaciones con raíces machistas, que por los acontecimiento políticos. Casada con su primo Francisco de Asís, un hombre poco interesado en el género femenino según las murmuraciones de la época, Isabel II mantuvo varios romances con cortesanos y generales de su confianza. No es extraño, por tanto, que la paternidad de su hijo Alfonso XII fuera motivo de muchos interrogantes y que pocos pensaran en el Rey consorte como sospechoso de engendrar a un niño que se crió prácticamente en el exilio, pero que regresó para restaurar con no poca dignidad el sistema monárquico e iniciar la Restauración, uno de los periodos de mayor templanza política en la historia de España.

El ascenso al trono de Isabel II estuvo marcado por el desafío iniciado por su tío Carlos María Isidro de Borbón, en la guerra conocida como Primera Guerra Carlista, que cuestionaba la legitimidad de que una mujer recibiera la Corona por encima del hermano de Fernando VII. Se trataba de la herencia envenenada de un hombre, Fernando VII, obligado a apoyarse al final de su vida en los liberales a los que tanto había acosado. Rodeado de partidarios de esta condición política, la Reina regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, madre de Isabel II, tuvo que andarse con pies de plomo a la hora de buscar a un marido para su hija. Cuando Isabel II contaba 16 años, el Gobierno arregló un matrimonio con el Infante don Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz. Era la opción que menos protestas podía causar a nivel político, salvo las de la esposa.

Un matrimonio mal avenido

Isabel II y Francisco de Asís eran primos hermanos por partido doble, puesto que el padre de él, el infante Francisco de Paula, era hermano de Fernando VII, mientras que su madre, Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, era hermana de la regente María Cristina. Y pese a que eran familiares, la relación entre ambos nunca fue buena, en parte por el carácter apagado de él y en parte porque su sexualidad era cuanto menos ambigua. Una frase atribuida a la Reina, entre el mito y la realidad, sintetiza la opinión popular sobre el consorte: «¿Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo?».

De entre las confusas historias de amor que implicaron al Monarca destaca la que mantuvo con el aristócrata Antonio Ramos de Meneses que se alargó durante décadas. Incluso cuando en 1868 Isabel II fue derrocada y exiliada a Francia, Francisco de Asís siguió viviendo en compañía de Meneses en Épinay-sur-Seine (Francia), separado de su esposa, hasta su muerte dos años antes que la Reina. No en vano, frente a los defensores de que Francisco de Asís era homosexual –al que se apodaba entre el pueblo como «Paquita» o «Paco Natillas»– se han alzado distintas voces que, como el historiador Jesús Pabón, han intentado demostrar que el Rey consorte era padre de varios hijos ilegítimos y que se le conocieron diversas amantes. Así, también es posible que el desinterés hacia Isabel II y una extraña anomalía que obligaba al Rey a orinar sentado desataran unos rumores que estaban inflados. Existen referencias biográficas suficientes para diagnosticar hipospadia en Francisco, una malformación en la uretra que impide la salida de orina del glande, haciéndolo desde el tronco del pene o incluso en la unión del escroto y el pene. Una anomalía genital que no le convertía necesariamente en impotente o estéril, pero si dificultaba mucho sus relaciones sexuales y la micción desde una posición de pie.

Por su parte, Isabel II arrastra hasta nuestros días la fama de ser una ninfómana que se valía de sus hombres de confianza para satisfacer sus exigencias sexuales. Un mito desproporcionado y de rango machista, que se alimenta de la larga lista de romances que habría protagonizado la Reina desde una iniciación muy temprana en el mundo del sexo. Se considera que fue el general Francisco Serrano (1810-1885), a quien la Reina llamaba «el General Bonito», el primero de los políticos y hombres extravagantes que pasaron por la alcoba de Isabel II. El político progresista Salustiano Olózaga (1805-1873), un dentista estadounidense llamado McKeon, su primo Carlos Luis de Borbón, carlista convencido, o un turco-albanés, entre muchísimos otros, completan la lista de los romances más peculiares de la Reina.

Precisamente por las respectivas famas de Isabel II y Francisco de Asís, y por el distanciamiento entre ambos –durante varios periodos vivieron en distintas residencias e incluso la Reina reclamó la anulación del matrimonio al Papa–, sorprende enormemente la amplia descendencia que tuvo el matrimonio. «Clamaban los liberales. Que la reina no paría. ¡Y ha parido más muñecones. Que liberales había!», corrió por Madrid a través de una copla difundida por los carlistas. Oficialmente, la pareja quedó embarazada en 11 ocasiones –aunque varios embarazos acabaron en abortos o los neonatos fallecieron al cabo de muy poco tiempo– un hecho que en principio fue achacado al alto coeficiente de consanguineidad entre ambos contrayentes. El único varón en llegar a la edad adulta fue Alfonso XII, que, como era de esperar, se especuló hijo de cualquier hombre del reino salvo del Rey consorte.

«¿Es que deseas que aborte?»

Descartado Francisco de Asís como padre, quien en 1857 ya había aprendido a aceptar su papel de absoluto títere en la Corte, las fechas y los rumores del periodo apuntan a que el padre habría sido el capitán Enrique Puigmoltó, un militar valenciano hijo del conde de Torrefiel. Una carta fechado en Madrid el 14 de octubre de 1857, del monseñor Giovanni Simeoni, encargado interino de los Negocios de la Santa Sede, revela una conversación que no deja lugar a dudas sobre la paternidad de Puigmoltó: «…que el general Narváez había hablado fuertemente con Isabel II de la obligación de acabar con el escandalo (el romance con el militar valenciano), que habiéndose sido en estos últimos meses tan enérgicas las expresiones, que la misma Reina, llorando, le repuso: “¿Es que deseas que aborte?”».

ABC El Rey consorte Francisco de Asís de Borbón.

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El Rey consorte Francisco de Asís de Borbón.

Su romance con la Reina, que duró cerca de tres años, valió al militar toda clase de condecoraciones y prebendas. Tras la concesión del título de vizconde de Miranda, Puigmoltó recibió la medalla de la Gran Cruz de San Fernando de primera clase. Forzado a alejarse de la Corte –donde todos le suponían padre de Alfonso XII, quien fue conocido con el sobrenombre de «Puigmoltejo»– el favorito de la Reina se refugió en su nativa Valencia, comenzando allí una meteórica carrera política que le llevó de diputado a brigadier. Nueve años antes de morir en 1900, recibió la Cruz de San Hermenegildo por los servicios prestados a la Corona.

«Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía», es la frase que supuestamente la Reina dirigió a su hijo Alfonso XII para explicarle la identidad de su verdadero padre. Tras años en el exilio, donde los Reyes vivían en lugares distintos con sus respectivos amantes, Alfonso XII preparó su regreso al trono en 1874. En enero de 1875 llegó a España y fue proclamado Rey ante las Cortes Españolas. Con tantos defectos como virtudes, la Restauración que trajo Alfonso XII, y condujo Antonio Cánovas del Castillo, inauguró una de las mayores trasformaciones que ha vivido nuestro país. Por lo pronto, el sistema sobrevivió muchos años más a la muerte del Rey, quien falleció en 1885 a causa de la tuberculosis.

También Isabel II sobrevivió a su hijo para morir en el año 1904. Al final de su vida, la Reina justificaba sus pecados en una entrevista exclusiva con el escritor Benito Pérez Galdós: «¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los catorce años, sin ningún freo a mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo? Póngase en mi caso…».