Historia de la primera gran exclusiva periodística que hubo en España


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  • La fotografía del atentado contra los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, tomada por Mesonero Romanos en 1906, se convirtió en un hito mundial
ABC La fotografía del atentado contra los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eurgenia, tomada por Mesonero Romanos en 1906

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La fotografía del atentado contra los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eurgenia, tomada por Mesonero Romanos en 1906

La tarde del 30 de mayo de 1906 es intensa en la redacción de ABC. Torcuato Luca de Tena se reúne en su despacho con sus hombres de confianza: Luis Romea, Ángel María Castell, Carlos Luis de Cuenca y Sixto Pérez Rojas. Hay que volver a repasar, una vez más, la cobertura de la boda del Rey Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg. Desde que en marzo se conoció el programa del enlace, las reuniones se suceden para no dejar nada al azar. Hay que preparar el número especial de ABC y el de Blanco y Negro del día 2 de junio. Se estudia cómo cubrir el enlace de manera que no se escape detalle alguno.

Luis París se pondrá al frente de los reporteros. Para la información gráfica se decide que Francisco Goñi se sitúe en el Ministerio de Marina, desde donde saldrá Victoria Eugenia. Irigoyen irá a la Iglesia de los Jerónimos, donde se celebrará el enlace. Y Christian Franzen estará en la calle de Alcalá, por donde pasará la comitiva Real tras el enlace, camino de Palacio. Además se cuenta con las fotos que puedan llegar por el anuncio que se publica las últimas semanas, en la que se ofrece 10 pesetas a los fotógrafos particulares o profesionales por cada una de las imágenes del enlace que se publiquen.

El 31 de mayo amanece despejado y luminoso. Los fotógrafos preparan sus placas con cuidado, deseando que dure la luz todo lo posible. A las 9.30 horas de la mañana parte de Palacio la comitiva y a las 10.40 Alfonso XIII entra en los Jerónimos. Todo marcha según lo previsto. Al finalizar el enlace, los Reyes departen un rato con las Familias Reales y el cuerpo diplomático. De vuelta a Palacio son aclamados por los miles de madrileños que inundan las calles de un Madrid radiante. A las 14.15 horas la comitiva Real llega a la calle Mayor. Al pasar a la altura del número 88 se escucha una formidable explosión. Los cuatro troncos de caballos tordos claros que arrastran el carruaje de los Reyes se espantan y emprenden una carrera en la que acometen al caballo de varas de la derecha y hacen caer al cochero. Los Reyes se asoman por la ventana para tranquilizar a su comitiva. Ellos están bien, pero hay mucha confusión.

Los fotógrafos de ABC regresan con urgencia a la sede del periódico. Tienen que revelar y elegir las imágenes. No hay ninguna fotografía del atentado. La mejor es una del colaborador zaragozano Eduardo de Leti, en la que se ve la carroza regia en la calle Mayor y el caballo de varas muerto. Hay también una fotografía del número 88 desde donde el criminal arrojó la bomba.

El joven fotógrafo

Pero Torcuato Luca de Tena es un hombre meticuloso y no termina de estar satisfecho. La crónica del atentado es muy buena, pero le falta una imagen. Mientras valora el material disponible le avisan de que un joven estudiante de diecisiete años quiere verle. Dice haber fotografiado la comitiva Real desde un balcón de una casa en la calle Mayor. Al escucharlo, Luca de Tena le hace llamar. El muchacho, de nombre Eugenio, dice ser descendiente de Ramón Mesonero Romanos.

Tomó la fotografía con una maquina regalada por su padre. Le quedaba una sola placa que reservó para el paso de la carroza Real. Pero los nervios no le permiten recordar si disparó antes o después de la explosión, que escuchó muy cerca. Se envía la cámara al revelado. Torcuato Luca de Tena se pasea nervioso. Ha contado con los mejores fotógrafos de España y no ha conseguido ninguna fotografía del atentado. ¿Cómo va ser un joven estudiante de Medicina, con una cámara de doce duros, quién le proporcione «la fotografía»?

La exclusiva

Entonces llega el revelado. En la fotografía se observa el humo de la explosión. Los caballos del carruaje Real acaban de iniciar la estampida. El cochero se mantiene aún en el pescante y el caballo de varas no ha sido aplastado. Hay que retocar un poco la fotografía para su publicación, algo normal en la época, pero es sin duda la instantánea del atentado. «¡Lo hemos conseguido!», grita Don Torcuato. Mesonero Romanos sonríe orgulloso. Luca de Tena ordena que le paguen al muchacho unas increíbles 300 pesetas.

Es la primera gran exclusiva gráfica de la Prensa en España. ABC sacó pecho de ello y al día siguiente afirmó que la fotografía publicada constituía un enorme éxito informativo, «el más grande que se conoce en los anales de la prensa universal». Lo cierto es que dio la vuelta al mundo publicándose en miles de periódicos. Es sin duda la fotografía más famosa de nuestro archivo y una de las más importantes de la prensa universal.

Así lo contó ABC

Los increíbles perros-bomba soviéticos entrenados para destruir tanques nazis


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  • En 1942, los rusos entrenaron canes para que se arrastrasen debajo de los carros de combate y los hiciesen explotar
YOUTUBE Un perro-mina se dirige hacia un carro de combate durante un entrenamiento

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Un perro-mina se dirige hacia un carro de combate durante un entrenamiento

Finales de 1942 en Stalingrado. En un páramo helado aparentemente desierto, rompen la tranquilidad varios Panzers alemanes que dirigen sus orugas con estruendo hacia las posiciones enemigas. Repentinamente, y aunque no hay enemigos en los alrededores, un perro aparece delante de la columna de carros de combate portando un extraño objeto en su espalda. El observador del vehículo que va en cabeza no le da mayor importancia, pues no es más que un animal de compañía muy probablemente extraviado. Sin embargo, el can se exalta sin previo aviso y se mete a toda prisa bajo el armazón del tanque. Instantes después, los soldados de la «Wehrmacht» se quedan boquiabiertos al observar como el vehículo explota envuelto en una pequeña llamarada. Ha sido otra víctima de una nueva arma soviética, los perros–bomba de Stalin.

Aunque la situación anteriormente explicada es ficticia, la Historia sí nos dice que hubo no pocos momentos en los que los «Panzer Kommandant» de los carros de combate alemanes tuvieron que enfrentarse cara a cara con unos extraños enemigos de cuatro patas. Éstos se correspondían con unos canes que, cargados con un chaleco de tela lleno hasta los topes de trinitrotolueno (TNT), habían sido entrenados para arrastrarse bajo los Panzer enemigos haciendo así estallar la carga explosiva que portaban. Dichos asesinos eran conocidos por los soldados soviéticos como perros-mina o perros-bomba y, por los alemanes, como «panzerabwehrhunde» (perros antitanque). Unos animales que acudían a una misión kamikaze movidos únicamente por el entrenamiento y sin saber cuál sería su cruel destino.

Esta historia es una de múltiples que se pueden leer en «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», la nueva reedición de la famosa obra del historiador y periodista Jesús Hernández. Este libro, concretamente, fue con el que se dio a conocer en el ámbito editorial en 2003.

Perros: los animales para todo

El origen de los perros-bomba data de 1924, año en que los soviéticos aprobaron el uso de canes en el campo de batalla. Aunque por entonces sus objetivos eran bien distintos a los que finalmente tendrían. Concretamente, estos iban desde descubrir a combatientes perdidos en la nieve, hasta hallar minas enterradas en el suelo por el olor del explosivo que albergaban en su interior. También se barajó la posibilidad de que los «mejores amigos del hombre» transportaran en medio de la contienda mensajes entre diferentes unidades, aunque es un objetivo que se acabó abandonando debido a los múltiples inconvenientes que lastraba tras de sí (entre ellos, que el animal regresara junto a sus dueños o que fuese capturado por el enemigo).

A sabiendas del potencial de los perros, algunos años después los soviéticos se plantearon utilizar una serie de experimentos relacionados con el adiestramiento canin0 para lograr que estos animales transportaran una correa de bombas hasta la parte inferior de un Panzer alemán –la zona de un carro en la que el blindaje era menor-. Una objetivo que no era sencillo pero que, de funcionar, les permitiría dar el siguiente paso y plantearse cómo hacer estallar los susodichos explosivos.

«Condicionando» a los perros-bomba

Para tratar que estos canes llevasen a cabo esta curiosa tarea, los soviéticos se basaron en los estudios realizados por Iván Pávlov y Edward Thorndike, creadores respectivamente de las teorías del condicionamiento clásico y del condicionamiento instrumental. La primera es la que afirma que, mediante entrenamiento, un estímulo puede llevar a una reacción concreta y determinada. Esta se asocia con respuestas automáticas y fisiológicas del cuerpo (oler la comida lleva a salivar) que pueden ser modificadas. Por su parte, la segunda es la que considera que es necesario afianzar la conducta que se pretende enseñar mediante un refuerzo positivo –un «premio»- cuando el animal hace bien su tarea.

Con estas premisas se inició el entrenamiento. «Se hacía pasar hambre a los perros y, tras varios días, se les daba de comer debajo de un carro de combate con el motor arrancado», determina el historiador y periodista Jesús Hernández. Esto, en principio, lograría que los canes salivasen al ver los carros de combate -pues lo asociarían con la hora de comer-. Sin embargo, los soviéticos buscaban que los animales fuesen corriendo hacia los Panzer, por lo que todavía tenían que dar un paso más.

«Aunque inicialmente arrancan con las teorías de Pávlov y el condicionamiento clásico (se asocia el ruido del motor y los tanques a la comida) en realidad tienen más que ver con condicionamiento instrumental. Si analizamos el entrenamiento, vemos que se busca una acción tras la posible reacción automática de salivación al escuchar el sonido del tanque. Es otro tipo de aprendizaje en el que intervienen algo más que respuestas emocionales, interviene el sistema musculo esquelético que responde a una señal enviada desde el sistema nervioso para realizar una acción (buscar el tanque para encontrar la comida debajo de él)», explican, en declaraciones a ABC, Jaime Vidal y Elisa Hinojosa, de «Mas que Guau», una empresa dedicada al entrenamiento y la educación canina.

El sistema con el que se adiestraron los canes era válido, pues es similar al que se lleva a cabo en la actualidad. «A día de hoy, en el entrenamiento de perros utilizamos con frecuencia ambos procesos de aprendizaje. El condicionamiento clásico lo utilizamos para crear bases emocionales correctas que permitan asociar el entrenamiento con calma, seguridad, alegría etc. Es una herramienta perfecta para crear un vínculo entre el entrenador y el perro y aumenta la predisposición del perro para aprender, entrenar y trabajar. Sobre esa base trabajamos el cambio de conducta para una consecuencia agradable (condicionamiento instrumental). Enseñamos acciones a cambio de premios», completan los expertos.

Un can portador de minas

Habiendo conseguido que los perros viajaran hasta el carro de combate enemigo, los soviéticos idearon su primer plan: cargar al can con una mochila llena de TNT que pudiera desprenderse bajo el carro de combate mediante un ingenioso mecanismo. La idea era que el animal mordiera una cuerda o una anilla que llevaba atada al cuello –la cual liberaría los explosivos- y regresara junto a sus amos, quienes activarían la carga de forma remota. La tarea era dificultosa, pero los adiestradores de animales sabían que, de tener éxito, podrían ahorrarse horas y horas de trabajo y multitud de billetes en la creación de extensos campos de minas que, en muchos casos, apenas causaban rasguños en los vehículos enemigos.

Por muy increíble que pueda parecer, los expertos afirman que esta es una idea que podía llevarse a cabo, aunque requería de horas y horas de intenso entrenamiento. «Era factible. En la práctica, el perro aprende una acción y la repite porque tiene una consecuencia agradable (comer, en este caso). Cuando el perro comprende la acción que hace aparecer el premio, gradualmente podemos entregar el premiomás lejos del lugar de la acción. La anilla es una palanca que acciona la aparición de comida. Si la entrega se realiza cada vez más separada de la acción (en tiempo y distancia) el perro acaba aprendiendo: “voy hasta allá, tiro de la anilla y vuelvo corriendo hasta aquí que es donde aparece la comida.», destacan Vidal e Hinojosa.

De la misma opinión es Esteban Navas, adiestrador canino de la empresa «WoWdog!», aunque con reticencias: «Hubiese sido posible que el perro hubiese tirado de la cuerda y huyera en situación de entrenamiento. Pero es importante diferenciar entre una situación de entrenamiento, donde todos las factores llevan a que el ejercicio se produzca, y situación de acción final de guerra, donde los gritos y diferentes ruidos asustarían al animal».

Medidas desesperadas y kamikazes contra «Barbarroja»

No obstante, el entrenamiento no surtió el efecto que se pretendía, pues los animales no siempre mordían la cuerda o la anilla que dejaba caer los explosivos. Hacía falta más tiempo, y este era un bien que empezó a escasear el 22 de junio de 1941, año en que los alemanes iniciaron la «Operación Barbarroja». Es decir, la invasión de la Unión Soviética.

En aquellos años, el ejército nazi destacaba sobre del resto por razones como su amplia experiencia en combate, su determinación o su perfecta organización. Sin embargo, si había algo que lo hacía casi invencible eran sus fuerzas mecanizadas. Y es que, sus carros de combate sembraban el terror gracias a la llamada «Blitzkrieg» o «Guerra relámpago» (una táctica que consistía en hacer grandes avances con vehículos blindados sobre el enemigo arrebatándole así ingentes extensiones de terreno en poco tiempo).

Perros soviéticos durante su entrenamiento WIKIMEDIA

Perros soviéticos durante su entrenamiento
WIKIMEDIA

A pesar de lo sencillo que puede parecer a día de hoy detener esta forma de hacer la guerra, lo cierto es que los soviéticos no andaban sobrados de armas con las que abatir carros. Por ello, se las veían y se las deseaban para lograr detener a los Panzer con sus poco útiles granadas de mano, sus no muy efectivos fusiles anti-tanque PTRS-41, y sus escasos cañones.

A su vez, tampoco ayudaba el que los nazis hubieran capturado una gigantesca extensión de territorio ruso junto con una buena parte de sus ingenios para eliminar blindados. Por ello, el alto mando soviético cambió de estrategia y decidió que era mucho más sencillo adiestrar a los animales para que se limitaran a introducirse en la parte inferior de los carros de combate. Era entonces cuando se activaría una carga explosiva que detonara al instante, acabando también con su vida.

«Este experimento soviético fue modificado en otoño de 1941, cuando –en las afueras de Moscú- se empezó a entrenar a los perros para que fueran una mina contra carro guiada y sacrificaran sus vidas durante la misión», explica el historiador norteamericano Steven J. Zaloga en su obra «The Red Army of the Great Patriotic War 1941-45».

«Se decidió que se les atarían explosivos en el lomo. Una vez en el frente, se les soltaba cerca de los blindados alemanes; los perros se lanzaban rápidamente a buscar su comida bajo el vehículo pero, en este caso, se accionaba una palanca conectada a un explosivo al impactar contra la parte inferior del vehículo para provocar una detonación», explica Hernández.

¿Efectivos?

Lo cierto es que, como bien señala Hernández en su obra, estos perros suicidas llamaron soberanamente la atención de los alemanes, quienes se llevaron algún susto que otro al encontrarse con ellos. Precisamente uno de los primeros que tuvo el «honor» de toparse con estas extrañas armas fue el coronel Hans von Luck, un reconocido as de los Panzer con una ingente cantidad de enemigos abatidos a sus espaldas. Hasta un héroe alemán de tales dimensiones se quedó asombrado ante la ocurrencia.

«Una vez, cuando íbamos a abandonar un pueblo, un perro empezó a correr hacia nosotros. Meneaba su cola y gemía. Cuando intentamos capturarle, se arrastró debajo de un vehículo blindado. Al cabo de unos segundos oímos un “bang” y, después, una severa explosión. El vehículo se dañó, pero por suerte la bomba no causó un incendio. Corrimos hacia el animal muerto y descubrimos que tenía una carga explosiva enganchada que se activaba con un detonador con un pasador. Cuando el perro se arrastró debajo del vehículo, el detonador chocó contra la parte inferior y se activó desencadenando una explosión. El perro había sido entrenado para coger comida debajo de los vehículos blindados», explica el as de los carros de combate en sus memorias (tituladas «Panzer Commander»).

Recreación de un perro-bomba soviético M.S.G.

Recreación de un perro-bomba soviético
M.S.G.

Con todo, los canes dejaron de ser efectivos en cuanto perdieron el elemento sorpresa. «Esta táctica sólo fue útil al principio, cuando los alemanes pensaban que eran perros de las unidades sanitarias y no sospechaban de la trampa. Más tarde, cuando se comprobó que iban cargados de explosivos, acribillaban a la mayoría de los perros que se les acercaban antes de que pudieran llegar a su objetivo», añade el historiador y periodista español. Hans von Luck era de la misma opinión o, al menos, eso es lo que afirma en su libro: «Desafortunadamente, en cuanto descubrimos la treta tuvimos que disparar a todos los perros que encontramos».

A su vez, el entrenamiento de estos animales tampoco era efectivo en su totalidad, pues en muchos casos confundían los carros de combate y se metían bajo los blindados del ejército soviético. Imaginarse las caras de los adiestradores «disfrutando» en primera persona de la voladura en pedazos de uno de sus propios vehículos es, cuanto menos, curioso. No faltaban tampoco los casos en los que, simplemente, los animales se asustaban debido al ruido de la contienda y volvían buscando el cariño de sus amos, algo que propinaba más de un sobresalto a los propios rusos.

Sea como fuere, lo cierto es que estos perros-bomba fueron utilizados en múltiples combates (algunas veces buscando más el «susto» del enemigo que la eficacia real). Una de sus participaciones más destacadas, según las fuentes soviéticas citadas por Zaloga, fue la batalla de Kursk (una de las contiendas de toda la Segunda Guerra Mundial en las que participaron un mayor número de carros de combate). «Los soviéticos dijeron que, en esta batalla, 16 perros destruyeron 12 tanques. Sin embargo, las fuentes alamanas afirman que no eran muy eficaces», completa el estadounidense.

Eficientes o no a la hora de destruir Panzers, lo cierto es que los perros-bomba destrozaban los nervios de los alemanes, quienes se veían obligados a acertar con sus armas a estos veloces animales dotados con grandes reflejos. En muchas ocasiones, este factor psicológico bastaba para desconcertarles. «Aunque la efectividad de los “perros bomba” era modesta, sí que tuvo como consecuencia: minar aún más la moral de las tropas alemanas, que debían permanecer en constante alerta. Los soldados soviéticos eran conscientes de la importancia que tenían estos actos», añade Hernández.

¿Por qué falló la técnica?

Pero ¿por qué falló la cruel táctica de los perros-bomba? Navas, de «WoWdog!», lo atribuye al miedo que generan al animal los diferentes ruidos de la contienda. «Aparte de ser un adiestramiento técnico, ya que el perro tiene que introducirse debajo de un objeto muy grande y con mucho ruido, es bastante difícil -por no decir imposible- por las emociones de los perros. Se ha demostrado científicamente que los perros tienen las mismas emociones que las personas», explica el experto.

Así pues, aunque el entrenamiento fuera efectivo, los adiestradores tendrían severos problemas para que los animales cumpliesen su función en medio de las balas. «La duda en este adiestramiento está cuando el perro se encuentra en una situación de guerra con disparos, gritos, personas muertas… en la cual sus emociones se ponen al límite. Emociones como el miedo y el estrés. Los soviéticos utilizaban la motivación de la comida para que el perro hiciese este trabajo, pero en una situación de guerra y con el miedo y estrés anteriormente escritos, el perro no tiene la motivación de la comida», explica el experto.

Por lo tanto, y en palabras de Navas, en medio de la contienda el perro entendería el estímulo de la comida como algo secundario, terciario o que, simplemente no existiría. «No se puede descartar, porque hemos visto adiestramiento realmente asombrosos durante años, pero es altamente improbable y dificultoso, no tanto en situaciones de entrenamiento con condiciones normales alrededor, pero si en situación real de guerra», completa.

Con todo, este adiestrador no se olvida de señalar que no hay que subestimar a los canes y que, en muchas ocasiones, todo depende de aquel que se halla con ellos. «El límite del perro es el límite nuestro como entrenadores, cuanto mejor entrenadores seamos, ellos serán mejores alumnos», afirma.

Por su parte, Vidal e Hinojosa lo atribuyen a un fallo en el entrenamiento. «Quizás lo que falló es el perfeccionamiento de la segunda fase de la enseñanza y su entrenamiento. La primera parte es perfecta. Cosas como el ruido de los motores o los tanques podrían asustar a los perros, pero a través del condicionamiento clásico se sustituye esa emoción, por una respuesta emocional de alegría, la respuesta fisiológica de salivación (¡Que bien, llega la comida!», explican a ABC los responsables de «Más que Guau». Sin embargo, la segunda fase (afianzar en el animal la idea de que debe meterse bajo el carro para obtenerla) es la que flaqueó.

Una pregunta a Esteban Navas, entrenador y adiestrador de «WoWdog!»

Los Borgia y el odio de los italianos hacia los catalanes: así se forjó la leyenda negra


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  • Los prejuicios contra la familia valenciana que dio dos Papas al mundo procedían de la mala fama histórica que arrastraron los catalanes durante la expansión militar de la Corona de Aragón. Este recelo fue el antecedente de la leyenda negativa sobre el Imperio español en Italia
  • Familia Borgia
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Wikipedia El cuadro «Las Vísperas sicilianas», de Francesco Hayez

El Papa Julio II –el mismo que escandalizó a Lutero en 1511 por el libertinaje que vivía Roma– definió cuando todavía era cardenal al Papa Alejandro VI como «un catalán, marrano y circunciso» (catalogarle de circunciso era como llamarle judío). Aunque la familia Borgia era valenciana, una región de España en auge en ese momento, y nunca lo escondió, era tal el odio hacía los catalanes, a causa de su protagonismo militar y comercial durante la expansión de la Corona de Aragón por Italia, que la denominación se empleaba a finales del siglo XV como un insulto vinculado a la maldad y la avaricia. Todos los aragoneses en Italia eran considerados catalanes. No en vano, la hostilidad contra los catalanes, enfocada con tanta saña en la familia que dio dos Papas al mundo, forma parte fundamental de la leyenda negra que ha arrastrado España durante siglos.

La mala reputación del Imperio español en Italia, transformada en hostilidad abierta durante el reinado de Carlos I de España, tuvo su antecedente en la expansión mediterránea de la Corona de Aragón a finales de la Edad Media. Así, a comienzos de siglo XII, el Reino de Aragón se unió con el condado de Barcelona a través del matrimonio de Berenguer IV y Petronila de Aragón, formando una confederación de reinos en lo que más tarde se llamaría la Corona de Aragón. En esta entidad política, donde cada parte conservaba sus propias instituciones pero tenían un único soberano, los catalanes fueron el elemento más emprendedor, influenciados por una potente burguesía mercantil, y quienes llevaron originalmente la iniciativa durante la expansión aragonesa en el Mediterráneo. En 1282, los sicilianos se rebelaron contra el rey francés, Carlos de Anjou, que el Papa Inocencio III les había impuesto. Pedro III de Aragón aprovechó la coyuntura histórica para conquistar Sicilia con la ayuda de los almogávares, mercenarios de élite encabezados durante esta campaña por Roger de Flor. Para ello, no escatimó en violencia.

En los siglos XIV y XV, el comercio catalán adquirió extraordinaria importancia y se acentuó la rivalidad entre Barcelona y las ciudades italianas, que se quejaban de los privilegios que la Corona de Aragón otorgaba a los comerciantes catalanes en Sicilia. Cuando una comitiva de catalanes se presentó en Nápoles para entregar a Jaime de Aragón como esposa a la princesa Constanza, hija de Manfredo I de Sicilia, dejaron la impresión de miserables y recelosos, siendo descritos en «El Decamerón» de Boccaccio, a través del personaje de don Diego Della Ratte, como un pueblo avaro.

El tópico del catalán avaro surge en Italia

«Si mi hermano pudiera prever esto/ evitaría la pobreza avara de los catalanes, para no recibir ningún daño», cita el florentino Dante Alighieri en su célebre obra la «Divina Comedia» (Paraíso, canto VIII). El escritor florentino, que apoyó a los franceses durante el conflicto en Sicilia, recoge en sus versos el recelo que provocaban los catalanes en Italia y deja fe escrita de la fama histórica, basada en tópicos, que ha acompañado a los habitantes de esta región española hasta nuestros días. Cuando fue escrita esta obra poética, la mejor forma de insultar a un catalán en Italia era recordar la rigidez de sus bolsillos y referir los defectos vinculados al mal comerciante.

Lejos de amilanarse por los insultos, la Corona de Aragón continuó su expansión por Italia. En 1297, el Papa Bonifacio VIII atribuyó Cerdeña al rey Jaime II, que la conquistó en 1324. Asimismo, Alfonso «El Magnánimo» tomó en 1443 el Reino de Nápoles, aunque lo consideró una posesión personal y lo legó a su muerte a su hijo bastardo Ferrante. El litigio por decidir al fallecimiento de este último quién debía seguir al frente de Nápoles, que de facto pertenecía a Aragón, causó un conflicto entre los Reyes Católicos y Francia, donde el Gran Capitán resolvió en favor español con la ayuda de tropas castellanas.

En medio de toda esta hostilidad contra los españoles, en general, y los catalanes, en particular, la designación del valenciano Calixto III como Papa en 1455 levantó una ola de indignación por toda la península. «¡Un Papa bárbaro y catalán! Advertid a qué grado de abyección hemos llegado nosotros, los italianos. Reinan los catalanes y solo Dios sabe hasta qué punto están de insoportables en su dominio», recoge una carta dirigida a Pedro de Cosme de Médici, señor de Florencia. Aunque el pontificado de Calixto III, llamado «El Papa Bárbaro», duró solo tres años, abrió las puertas de Roma a un joven valenciano, el sobrino del Papa, que iba a elevar a su máxima expresión el odio hacia los catalanes en Italia.

ABC Cuadro «Un vaso de vino con César Borgia», de John Collier

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Cuadro «Un vaso de vino con César Borgia», de John Collier

Rodrigo de Borja nació en Játiva, Valencia, en el seno de una importante familia de nobles que habían participado de forma destacada durante la conquista cristiana del territorio valenciano a los musulmanes. Con el ascenso al papado de su tío, Rodrigo Llançol i Borja le acompañó a Roma, donde se produjo la adopción de la grafía italiana por la que serían mundialmente conocidos, pasando de «Borja» al italianizado «Borgia». A la muerte de Inocencio VIII, cuatro cardenales se destacaron en el cónclave que debía elegir a un sucesor: el milanés Ascanio Sforza, el genovés Lorenzo Cibo, sobrino del difunto, el napolitano Giuliano della Rovere, y el valenciano Rodrigo Borgia. Pese a que su condición de no italiano reducía en gran medida sus posibilidades, el cardenal valenciano fue el que finalmente fue reconocido como nuevo pontífice gracias al apoyo de Ascanio Sforza, que, viendo imposible el desempate a su favor, cedió a cambio de la vicecancillería de Roma, un poderoso cargo que había ejercido el propio Borgia durante décadas.

Alejandro VI era calificado de forma despectiva como catalán por los italianos y odiado como a uno de ellos. Así y todo, los crímenes de los Borgia (abusos en el poder, nepotismo, tráfico de influencias, etc) fueron idénticos a los de otros Papas y no alcanzaron los índices de desvergüenza de Julio II o León X, con la salvedad de que pocos pontífices han sido de nacionalidad no italiana. Más allá de los escándalos familiares y sus ambiciones personales, la actividad de Alejandro VI en la Cátedra de San Pedro resultó extraordinariamente productiva: promulgó diversas medidas de tipo jurídico, como la creación de un Tribunal Supremo compuesto por cuatro grandes doctores de Jurisprudencia, y el establecimiento de normas tendentes a evitar los abusos judiciales que se producían en los tribunales inferiores.

«Españoles, simiente de judíos, moros y herejes»

La muerte de Rodrigo Borgia, posiblemente a causa de un envenenamiento, y la caída en desgracia de sus familiares y seguidores fue celebrada por toda Italia. Sin embargo, la mala fama de los españoles no terminó con el Papa español y su leyenda negra. Con la llegada al trono de España de Carlos I de la familia de los Habsburgo, el recelo se trasladó también a los castellanos, que eran vistos como la punta de la lanza de un sistema imperial que tenía sus garras puestas en Italia. En 1527, las tropas imperiales, formadas en su mayoría por mercenarios, saquearon Roma y obligaron al pontífice del momento, Clemente VII, a refugiarse en el Castillo de San Ángelo (el antiguo Mausoleo de Adriano). En consecuencia, la intensidad del odio aumentó, aunque los soldados castellanos y aragoneses no tuvieron apenas implicación en el saqueo, y frente a la superioridad militar de los españoles –«Dio sŽera fatto Spagnuolo» («Dios estaba de su parte»)– surgió la burla italiana. De aquella época datan los chistes sobre la virtuosidad de los militares españoles presentados como bravucones y fanfarrones, como el soldado español que aparece en «La ilusión cómica» de Corneille.

Biblioteca Museo Víctor Balaguer «Saco de Roma», por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Biblioteca Museo Víctor Balaguer
«Saco de Roma», por Francisco Javier Amérigo Aparicio

Otro ataque recurrente contra los españoles fue el llamarlos «malos cristianos» por su convivencia durante siglos con musulmanes y judíos. El Papa Paulo IV detestaba a los españoles, de los que decía ser «malditos de Dios, simiente de judíos, moros y herejes». Y sobre Carlos I y Felipe II, el napolitano afirmaba: «Quiero declararlos despojados de sus reinos y excomulgarlos, porque son herejes». Así y todo, el odio italiano contra los españoles no adquirió la virulencia mostrada por otros países del centro de Europa más tarde, como en el caso de Holanda, y se disipó conforme disminuyó la influencia de España en Italia. «Los historiadores italianos actuales son los primeros en reconocer y rehabilitar, en aspectos esenciales, la presencia de España en Italia», analiza Joseph Pérez en su libro «La leyenda negra», en contraste con los de otros países europeos que han permanecido anclados en la leyenda y las mentiras hasta hace bien poco.