La verdadera historia por la que Valle-Inclán quedó manco en un café de la Puerta del Sol


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  • La pérdida de su brazo izquierdo ha dado pie a diferentes hipótesis y leyendas que él mismo se encargó de alimentar, pero que tienen su origen real en una pelea surgida tras una tertulia
La verdadera historia por la que Valle-Inclán quedó manco en un café de la Puerta del Sol

Ramón del Valle-Inclán, dramaturgo, poeta y novelista español.

La apostura de Ramón del Valle-Inclán (1866-1936), «rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba» -como él mismo se definió en la revista Alma Española en 1903-, dibujaba al personaje altivo, bohemio e irónico que el propio escritor gallego se encargó de construir desde las anécdotas, reales y atribuidas, inherentes a su vida y obra.

En la pérdida de su brazo izquierdo convergen buena parte de esas historias que, aunque Valle-Inclán, fiel a su reputación, se afanó por adornar y ubicar en lugares y situaciones inverosímiles, tienen su único origen en el desaparecido Café de la Montaña, antes denominado Café Imperial, que aglutinó a diferentes pensadores de la época. Situado en la parte correspondiente de la calle Alcalá en la Puerta del Sol, en dicho lugar reza hoy una placa con la inscripción: «Aquí estuvo el Café de la Montaña, lugar de tertulia del escritor Ramón del Valle-Inclán», tal y como recogen Marco y Peter Besas en su libro «Madrid Oculto» (Ediciones La Librería. 2007).

La leyenda del estofado

Es el caso de la fantástica historia que el escritor, en una de sus visitas al café madrileño, brindó a los presentes tras la insistencia de la audiencia por conocer cómo y cuándo quedó manco de su extremidad superior izquierda. Valle-Inclán, que adoptaba entonces un semblante serio y adusto, melancólico, narró cómo en su estancia en un palacio de Galicia su sirviente le comunicó muy preocupado que se habían agotado todos los ingredientes disponibles para cocinar un estofado. Después de estudiar una situación tan delicada, le pidió que trajera un cuchillo carnicero de la cocina. Así, remangó su camisa, estiró el brazo y exclamó: «¡Corta un buen trozo de esto!». «En esta casa nunca va a faltar la comida», apuntilló.

Las distintas reacciones se repartieron entre quienes, boquiabiertos, llegaron a creerse tal fanfarronada y los que, conscientes de la imaginación del escritor, intercambiaron carcajadas como en la ocasión que dijo que le mordió un león o en la que fantaseó con una pelea contra el bandido mexicano Quirico.

Pelea con Manuel Bueno

En cualquier caso, los habituales del Café de la Montaña sabían de buena fe cómo Ramón del Valle-Inclán perdió su brazo en julio de 1899. Siempre poseedor de la última palabra, labró su fama en acalorados debates ante sus homólogos de entonces, asiduo incluso a recurrir al duelo en ciertos casos. Cuando, en un conflicto que no iba con él, discutía en torno al valor de españoles y portugueses en una disputa, la intervención del también escritor Manuel Bueno hizo que se precipitara una lucha entre ambos.

«¿Qué quieres decir con eso majadero?», le espetó Valle-Inclán cuando su participación en el debate no fue de su agrado. Bueno, igualmente, poco dado al diálogo en estos casos, alzó su bastón para golpear a su adversario, que trató de protegerse con el antebrazo izquierdo. Con el impacto, el gemelo de su camisa se clavó en su piel, ocasionando una profunda herida que acabó infectada y con el brazo engangrenado; causa del posterior amputamiento, tal y como se creyó en un principio.

Sin embargo, años después se supo que tal operación no se debió al incrustamiento del gemelo, sino por una rotura ósea que no podía tratarse en la época. El doctor en medicina y cirugía Manuel Barragán y Bonet certificó que el brazo de Ramón del Valle-Inclán fue amputado por «una fractura con herida en los huesos del tercio inferior de la extremidad». La versión extendida hasta entonces, como las leyendas que el escritor alimentó, quedó desmentida y sepultada.

La ausencia del brazo, que lo comparó con Miguel de Cervantes por razones obvias, no hizo sino reforzar la imagen pretendida y el ánimo irónico y burlón del autor gallego. Según recogen los escritos, el único lamento que destacó Valle-Inclán por su pérdida fue que a la muerte de su hija no pudo abrazarla como hubiera deseado. Ni siquiera en su vuelta al madrileño Café de la Montaña guardo un ápice de rencor a Manuel Bueno: «Tranquilo, el brazo de escribir es el derecho».

La extraña y humillante muerte de Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto


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  • Nacido un 24 de febrero de hace 470 años, el hijo bastardo de Carlos I terminó sus días en un insalubre campamento militar en Flandes víctima de una fallida operación de hemorroides. El tifus, o quizás un posible envenenamiento, contribuyeron al deterioro de su salud
La extraña y humillante muerte de Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto

Museo del Prado Retrato de Don Juan de Austria, poco después de la batalla de Lepanto

Don Juan de Austria tardó varios meses en tomar posesión de su cargo de gobernador de Flandes, un territorio integrado en el Imperio español. En contra de las órdenes de su hermano Felipe II para viajar a Bruselas de inmediato, el héroe de Lepanto se dirigió a la Corte a negociar las condiciones en persona. No es que rechazara el nombramiento del Rey, ni podía hacerlo, pero sabía bien que la situación allí era inmensamente complicada y que para acabar con la rebelión en la zona eran necesarios unos recursos que se les había negado a sus predecesores en el cargo.

Finalmente, el hijo bastardo de Carlos I de España marchó al epicentro de la rebelión cargado de promesas del Monarca, solo para presenciar cómo éstas eran incumplidas una por una. Tras caer en una profunda depresión y verse aislado luego del misterioso asesinato de su secretario Escobedo en Madrid, Don Juan de Austria sufrió en 1578 un indigno final para un héroe de su prestigio: una hemorroide mal operada dio el golpe final a un cuerpo castigado desde hace meses por el tifus.

La situación en Flandes, durante la conocida guerra de los Ochenta años, alcanzó uno de sus momentos más críticos poco antes de la llegada de Don Juan de Austria. En 1573, Luis de Requesens, también destacado en la batalla de Lepanto, había sido nombrado como nuevo gobernador de Flandes en sustitución del severo Gran Duque de Alba. Si bien el catalán no gozaba del talento militar de su predecesor, la debilidad de la Hacienda Real obligaba a abrazar una solución pacífica. Antes de partir para Bruselas, el nuevo gobernador publicó una amnistía general, abolió el Tribunal de Tumultos –símbolo de la represión española– y derogó el impuesto de las alcabalas. No obstante, el cambio de estrategia de la Monarquía hispánica fue interpretado entre las filas rebeldes como un síntoma de flaqueza, y, a finales del otoño de 1573, Requesens tuvo que recurrir nuevamente a las armas para imponer su autoridad.

Cuando las operaciones militares empezaban a dar sus frutos, Luis de Requesens falleció de forma inesperada en Bruselas el 5 de marzo de 1576, a causa posiblemente de la peste, dejando por primera vez inacabada una tarea encomendada por su Rey y amigo Felipe II. La rapidez con la que se propagó la enfermedad imposibilitó que el Comendador de Castilla pudiera dejar orden de su sucesión y fue el conde de Mansfeld quien se hizo cargo temporalmente del caos. Los dos años que tardó el siguiente enviado del Rey, Don Juan de Austria, en alcanzar Bruselas fueron fatales: un motín general de las tropas españolas asoló el sur y la desobediencia completa se extendió por norte de los Países Bajos.

Flandes, una tumba de héroes españoles

Felipe II consideró que su hermano era el hombre idóneo para encauzar la situación en Flandes y se lo transmitió en una carta fechada en mayo de 1576: «Confío en vos, hermano mío, que desde que os informéis del estado de los negocios en los Países Bajos dedicaréis vuestra fuerza y vuestra vida a un negocio tan importante para el honor de Dios y el bienestar de su religión. Y como están en peligro, no hay sacrificio que deba evitarse para salvarlos» .

Nacido el 24 de febrero de 1545 (aunque otras fuentes consideran que pudo ser en 1547), Juan de Austria gozaba a sus 30 años de un gran prestigio a nivel europeo gracias a su actuación en la batalla de Lepanto, donde ejerció el mando de la escuadra cristiana. Era un hombre muy apreciado por la Europa católica y menos expuesta a la leyenda negra que las propagandas holandesa, francesa e inglesa arrojaban contra España. Si el Rey veía en la elección del militar español la mejor opción posible, no debía creerlo igual Don Juan de Austria, que retrasó al máximo el viaje e incluso acudió a la Corte para reunirse en privado con su hermanastro. Pese a que había desobedecido sus instrucciones, el Rey abrazó a Don Juan de Austria de forma efusiva a su llegada y cedió en todas las cuestiones que planteó su hermano, siempre recordándole que la Real Hacienda se encontraba muy debilitada tras la suspensión de pagos ordenada el año anterior.

La extraña y humillante muerte de Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto

abc Don Juan de Austria se reúne con su hermano Felipe II

Casi dos años después del fallecimiento de Requesens, el nuevo gobernador llegó el 3 de noviembre a Luxemburgo –en ese momento la zona más leal al Rey– disfrazado de criado morisco de un noble italiano. Solo un día después se produjo el Saqueo de Amberes por parte de las descontroladas tropas españolas. Este hecho puso a todas las provincias en contra de la corona, lo cual se materializó en la firma de la Pacificación de Gante. Con órdenes de poner en marcha una estrategia sin usar la fuerza, Don Juan de Austria se encontró atrapado en el peor de los escenarios posibles: todos unidos contra los hispánicos.

A modo de concesión para recuperar la fidelidad de los nobles moderados, el nuevo gobernador retiró a los tercios españoles del país en abril de 1577. Pagó los atrasos a los soldados con el dinero que el Papa Gregorio XIII le había entrado tras la batalla de Lepanto y pidiendo varios préstamos personales. Además, firmó el Edicto Perpetuo, un documento que eliminaba la Inquisición y reconocía las libertades flamencas a cambio del reconocimiento de la soberanía de la Corona española y la restauración de la fe católica en el país. Sin embargo, la situación se deterioró todavía más. A pesar de que se tomaron medidas que aseguraban la tolerancia religiosa, se incrementó la autonomía política y se reconoció a Guillermo de Orange –el cabecilla de la rebelión– como estatúder de Holanda y Zelanda, al tiempo que los Estados Generales reconocían a Don Juan como gobernador, las provincias norteñas prosiguieron en su actitud rebelde.

El hijo de Carlos I descubrió que Guillermo de Orange, lejos de respetar lo firmado, tramaba apresarle o incluso asesinarle para descabezar una vez más la autoridad española en los Países Bajos. Con solo una veintena de soldados bajo su cargo, Don Juan de Austria abandonó Bruselas apresuradamente y tomó por sorpresa la fortaleza de Namur, desde donde pidió inútilmente ayuda a Felipe II. «Los españoles están marchándose y se llevan mi alma consigo, pues preferiría estar encantado de que esto no suceda. Ellos (la nobleza local) me tienen y me consideran una persona colérica y yo los aborrezco y los tengo por bravísimos bribones», escribió Don Juan de Austria a su amigo Rodrigo de Mendoza sobre la situación desesperada que estaba viviendo. Pero no fue hasta el verano de 1577, cuando una tregua secreta en la guerra del Imperio español contra los turcos liberó los recursos militares necesarios para reanudar la guerra en Europa, que el Rey autorizó el regreso de los tercios españoles.

A principios de 1578, alcanzaron Flandes cerca de 20.000 soldados, encabezados por Alejandro Farnesio –sobrino y amigo de la adolescencia de Don Juan–, con la intención de recuperar el terreno que Guillermo de Orange había arrebatado con sus artimañas políticas. El 31 de enero de 1578, los tercios viejos derrotaron a los Estados Generales en la batalla de Gembloux, consiguiendo así que gran parte de los Países Bajos del Sur volvieran a la obediencia al Rey, entre ellos la provincia de Brabante. No en vano, dos ejércitos invadieron el Flandes español: uno francés desde el Sur –al mando del duque de Anjou– y otro desde el Este –al mando de Juan Casimiro y financiado por la reina Isabel de Inglaterra–. El vencedor en Lepanto estimaba que para frenar sendos ataques iba a requerir que su hermano le enviara más recursos. Así, instó a su secretario, Juan de Escobedo, que estaba en España, para que lograra que más dinero.

¿Quiso ser Rey de Inglaterra?

Mientras negociaba el envío de más tropas y dinero a los Países Bajos, se produjo el asesinato de Escobedo el 31 de marzo de 1578. Un crimen planeado por Antonio Pérez, con la aprobación del Rey, que tenía como trasfondo la desconfianza que había en la Corte hacia Don Juan de Austria. El oscuro secretario del Rey Antonio Pérez había convencido a Felipe II de que su hermano tramaba a espaldas suyas atacar Inglaterra y casarse con María Estuardo. Curiosamente, el fallecido Juan de Escobedo había sido destinado por Pérez a la misión de espiar a Don Juan de Austria, pero terminó por confiarle su lealtad.

Por supuesto, nunca se ha encontrado indicio alguno de que Don Juan de Austria tuviera la intención de traicionar a su hermano. Si bien es cierto que el hermanastro del Rey guardaba la ambición de encabezar un ataque contra Inglaterra, lo hacía por indicación del propio Felipe II y del Papa Gregorio XIII, que planeaban casarle con María Estuardo o incluso con la Reina Isabel I una vez invadidas las islas. Precisamente por ello, al conocer las circunstancias de la muerte de su secretario, Don Juan cayó en un estado de depresión al tiempo que contraía el tifus o fiebre tifoidea.

Su estado de salud se agravó a finales de septiembre, estando en su campamento en torno a la sitiada Namur. Según el testimonio de Dionisio Daza Chacón –su médico personal en la batalla de Lepanto– una fallida operación de hemorroides y el debilitamiento causado por el tifus acabaron con la vida del español: «El remedio de tratar las almorranas con sanguijuelas es más seguro que el rajarlas ni abrirlas con lanceta, porque de rajarlas algunas veces se vienen a hacer llagas muy corrosivas, y de abrirlas con lanceta lo más común es quedar con fístula y alguna vez es causa de repentina muerte; como acaeció al serenísimo Don Juan de Austria, el cual, después de tantas victorias (…) vino a morir miserablemente a manos de médicos y cirujanos, porque consultaron y muy mal darle una lancetada en una almorrana». Las fuentes del periodo relatan que la negligencia médica de esos cirujanos militares provocó una fuerte hemorragia en el cuerpo del general y le desangró en cuestión de cuatro horas.

Haciendo caso a las fuentes médicas del periodo no caben más especulaciones sobre la causa última de su fallecimiento –más sabiendo que Don Juan sufrió mucho de esta dolencia al igual que Carlos I–, pero si las hay sobre el supuesto tifus que padeció en los últimos meses de su vida. En la «Apología» de Guillermo de Orange y otros textos propagandísticos de los rebeldes se asegura, sin pruebas, que fue envenenado por orden de su hermano o del mismo Alejandro Farnesio, quien anhelaba ocupar su cargo. Casi con toda seguridad se trata de una falacia sin fundamento. Pero también se ha especulado con que fue Guillermo de Orange quien suministró algún tipo de veneno al general español. De hecho, pocos meses antes de su muerte, Bernardino de Menzona, embajador de Londres, había enviado un dibujo-retrato de un asesino a sueldo contratado por Isabel Tudor y Guillermo de Orange para eliminar a Don Juan de Austria. El gobernador de Flandes apresó al individuo al descubrirlo dentro de una delegación diplomática durante una audiencia.

Viendo cerca su muerte, el victorioso en Lepanto nombró sucesor en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio y escribió a su hermano pidiéndole que respetase este nombramiento y que le permitiera ser enterrado junto a su padre. No en vano, en el momento de su muerte, el 1 de octubre, Don Juan de Austria se encontraba aislado políticamente y profundamente herido en su espíritu por la falta de confianza que le había transmitido Felipe II. Solo al fallecimiento de su hermano, el Rey se percató de la perniciosa manipulación que estaba ejerciendo Antonio Pérez sobre él y, en consecuencia, de la injusticia que había cometido.

La extraña y humillante muerte de Don Juan de Austria, el héroe de Lepanto

Wikipedia Mausoleo de Don Juan de Austria, en el Panteón de Infantes

El cadáver de Don Juan de Austria fue trasladado a España, después de ser seccionado en tres partes para evitar que pudiera caer en manos enemigas y posteriormente unido de nuevo. Según las fuentes, el estado de sus restos tras el viaje era bastante calamitoso, faltándole la punta de la nariz y otras partes. Y como queriendo redimirse del injusto trato que le dio en sus últimos años de vida, Felipe II levantó una espectacular escultura para cubrir su tumba en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Un obsequio para un hombre que no dejó nada en su testamento, «porque nada poseía en el mundo que no fuese de su hermano y señor el Rey».

El hombre que movió una montaña para acercar un hospital a su pueblo


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  • Dashrath Manjhi trabajó durante 22 años usando martillo, cincel y palancas para construir un camino a través de una montaña
El hombre que movió una montaña para acercar un hospital a su pueblo

balkanija El hombre que movió una montaña para acercar un hospital a su pueblo

No es la primera vez que hablamos aquí de gente que realiza gestas asombrosas, personas cuya bondad va más allá de los límites de nuestra imaginación. Hemos conocido indigentes que nos han dado lecciones de solidaridad y héroes que salvaron miles de vidas durante los años del terror nazi. Incluso hemos aprendido cómo un sólo hombre puede plantar una selva. Pero quizá el relato de hoy supere con creces todas esas hazañas, sin ánimo de desmerecerlas. Porque la historia de Dashrath Manjhi es absolutamente increíble, digna de todos los honores. Es la historia de un hombre cuya fe movió una montaña… literalmente.

Hemos tenido la fortuna de conocer a Dashrath leyendo el blog «The Better India». Para compartir su milagro con vosotros tenemos que viajar a un diminuto y humilde poblado llamado Gehlaur, próximo a la ciudad de Gaya, en el norte de India; y retrotraernos a 1960. En aquella época, los habitantes de Gehlaur vivían completamente aislados: una montaña rocosa se alzaba entre ellos y Wazirganj, donde estaban las escuelas, los hospitales y el empleo de la inmensa mayoría de los habitantes de la comunidad. Dasrath Manjhi no era una excepción. Trabajaba al otro lado de la montaña y Phaguni, su esposa, le acercaba comida y bebida a diario.

Pero un día de 1960, Phaguni se presentó ante su marido con las manos vacías y los ojos bañados en lágrimas. Recorriendo el escarpado camino había sufrido una caída, perdiendo los víveres e hiriéndose levemente. No era la primera vez que alguien tenía un accidente, incluso mortal, recorriendo aquella senda tan larga como peligrosa que rodeaba la imponente elevación de piedra. Viendo a su desconsolada esposa, Dashrath dijo basta. Si nadie tomaba cartas en el asunto, él mismo lo haría. Vendió unas cabras que eran su posesión más valiosa y con el dinero compró un martillo, un cincel y varias palancas. Con esas modestas armas se propuso desafiar a la montaña.

Manteniendo su puesto de trabajo, robando horas al sueño, comenzó a picar y picar. Algún tiempo después de comenzar su tarea, su mujer Phaguni enfermó y no logró sobrevivir, pues el doctor más cercano estaba a 75 kilómetros a pie. Fue un mazazo terrible para nuestro protagonista, pero el dolor no hizo más que alimentar su obstinación. Percatándose de la grandeza de la misión que había emprendido, los vecinos de Gehlaur empezaron a ofrecer alimentos a Dashrath, que pudo dejar su anterior empleo para dedicar toda su energía a batirse día y noche con la montaña.

Y así fue como en 1982, nada menos que 22 años después, Dasrath Manjhi ganó la batalla. Con sus manos, un martillo, un cincel y algunas palancas había conseguido crear un camino de 100 metros de largo y 10 de ancho, que aún hoy permite a los habitantes de más de medio centenar de pequeños pueblos de la zona de Atri llegar al hospital o la escuela recorriendo cinco kilómetros. Este héroe semianónimo murió en 2007, víctima del cáncer. Pero sin lugar a dudas, merece que evoques su memoria antes de dar nada por perdido, antes de usar la palabra «imposible».