El misterioso asesinato de la fulana Verdier que lleva un siglo bajo investigación


ABC.es

  • Tan conocido y tan ruidoso fue el crimen de la calle de los Tudescos en 1907 como el fracaso de la Policía para dar captura al homicida
El misterioso asesinato de la fulana Verdier que lleva un siglo bajo investigación

archivo de abc | La imagen de Vicenta Verdier tomada en 1907

El jueves 13 de junio de 1907, sobre las dos de la tarde, un grito desgarrador que reclamaba auxilio voló por el cielo madrileño desde el balcón del piso tercero izquierda del número 15 y 17 de la calle de los Tudescos, cerca de la plaza de Callao. Vicenta Verdier, mujer morena, de regular estatura y no muy delgada, yacía sobre un gran charco de sangre con la cabeza casi separada del tronco. A sus pies, el único testigo sin voz de los hechos: su perra «Nena». Los periódicos de la época, enseguida dieron cuenta de este «misterioso crimen» que mantuvo en jaque a las autoridades madrileñas durante décadas y del que todavía, un siglo después, se desconoce su autor.

A Vicenta Verdier, natural de Zaragoza, le gustaba andar de cafés en cafés, siempre de la mano de distintos hombres. Los días siguientes a su asesinato, la Policía recibió un sinfín de anónimos que remitían a las idas y venidas de Verdier una casa de citas. En las páginas de ABC publicaron la lista de hallazgos insólitos con los que se toparon en el piso del crimen: ropas de varón, y un reloj, e incluso un libro pornográfico ilustrado.

Tan conocido y tan ruidoso fue el crimen como el fracaso de la Policía para dar captura al homicida. El inspector D. Francisco Cara Blanca escribía, cinco años después del asesinato, un telegrama anunciando la noticia: «Tengo la satisfacción de poner en conocimiento que ha sido detenido un individuo de buen porte, que dijo llamarse Salustiano Fernández Morales, soltero, de 32 años y natural de Menorca. Desde su llegada a la capital era vigilado porque, a pesar de haberse alojado en uno de los mejores hoteles, se dedicaba a pedir dinero, especialmente a los médicos, figiéndose farmacéutico de Piedrahita. Una vez detenido e interrogado para averiguar sus antecedentes y la causa de su venida a León, terminó confesando ser el autor del asesinato de Vicenta Verdier».

Salustiano fue propietario de una casa de mala nota donde Vicenta vivía. «Había sido empleado de Gobernación con poco sueldo, jugador y amigo de amoríos poco románticos», tal y como le describieron las crónicas de ABC de la época. En su espontánea declaración también reconocido que había logrado dar esquinazo a la Policía porque tras perpetrar el crimen había partido rumbo a América, y que después huyó a Santander, Bilbao, San Sebastián y, por último, León, donde fue capturado.

El día de su declaración ante el Juzgado, Salustiano relató que el día de autos del crimen estuvo con su víctima en el Café Pombo y que, por celos, riñeron. Después se marcharon a la casa de la mujer, donde se produjo ya reyerta. Exasperado por los celos, la increpó de forma brusca, y en medio de la bronca la mató usando la navaja barbera que había en la mesa de noche.

5 sospechosos fugaces

Lo cierto es que Salustiano, que en realidad se llamaba José González, no duró como sospechoso más de una semana. Muchos fueron los personajes curiosos que desfilaron por la comisaría como presuntos autores del crimen.

La primera fue la señora Romillo, esposa de un señor que hacía más de una década había mantenido supuestas relaciones con la Verdier y que tuvo la mala idea de pasarse, en las horas posteriores al crimen, por la calle Tudescos en dirección a Jacometrezo. Después, se detuvo a su marido, en una tragicomedia que acabó con dos policías expulsados por intentar falsificar pruebas y hacer chantajes para acusarle.

En 1913 se detendría a Luis Miguel Rosales, un cordobés que jamás había pisado suelo madrileño. En 1927, Antonio Pérez de la Cuesta, que residía en Estados Unidos, donde se hacía llamar Eddy Ponsshon y estaba vinculado al Ku Kux Klan, se declaró culpable. Un loco más para la colección. Han pasado hoy más de cien años y nadie, aún, ha pagado por el asesinato de la fulana Verdier.

Hallan en Luxor una réplica de la tumba dedicada al dios Osiris


El Mundo

  • Descubren en la Necrópolis de los Nobles de Luxor un complejo funerario que imita el diseño del que se construyó bajo la orden del faraón egipcio Seti I en la ciudad de Abidos.
Interior de la réplica de la tumba dedicada al dios Osiris hallada...

Interior de la réplica de la tumba dedicada al dios Osiris hallada por la misión MinProject EFE/Matjaz Kacicnik

La Misión Arqueológica Canaria-Toscana (MIN PROJECT), en cooperación con el Ministerio egipcio de Antigüedades, ha descubierto en la Necrópolis de los Nobles en Luxor (sur de Egipto), una réplica de la tumba dedicada al dios Osiris, informó este jueves el Gobierno egipcio.

Este complejo funerario fue descubierto por la misión hispano-italiana en la tumba número 327 en la zona de Sheij Abd el Gurna y supone una réplica pequeña del diseño del llamado Osireion, construido bajo la orden del faraón egipcio Seti I en la ciudad de Abidos.

En la pared norte de esta sala se encuentra un acceso que lleva a unas escaleras que conducen al complejo funerario dedicado a Osiris, dios de los muertos.

Esta divinidad aparece localizada en el medio de una capilla en forma de bóveda y, a sus pies, una escalera esconde un pozo que lleva a varias cámaras funerarias. Además, alrededor de Osiris gira un corredor que rodea todo el complejo funerario.

“Es una tumba única en la Necrópolis Tebana, ya que reúne todas las características de la tumba mitológica de Osiris”, dijo a Efe la codirectora de la Misión, la egiptóloga española Milagros Álvarez Sosa.

Álvarez destacó la “gran importancia” del descubrimiento “porque las cámaras funerarias contendrían difuntos que durmieron su sueño eterno bajo el dios de los muertos, Osiris”.

En una de estas cámaras, sepultadas a nueve y seis metros de profundidad, se ha encontrado “decoración en las paredes de demonios que sostienen en sus manos cuchillos para proteger el cuerpo del difunto”, agregó Álvarez.

Objetivos para la próxima campaña

Después de cerrar la segunda campaña el pasado 15 de diciembre, Álvarez anunció que durante la próxima, que comenzará en otoño, su equipo empezará a “estudiar las cámaras funerarias y profundizar en el estudio del complejo con el fin de llegar a otras conclusiones que le permitan profundizar mejor en el significado de esta tumba”.

En un comunicado, el director de Antigüedades del Alto Egipto, Abdel Hakim Karar, señaló que la tumba número 327 está integrada por una sala grande apoyada en cinco pilares.

Seti I quiso durante su reinado levantar construcciones en la ciudad santa de Abidos para expandir su influencia en el norte y su devoción a Osiris, destacó en la nota el ministro de Antigüedades, Mamduh al Damati.

El culto a Osiris fue unido a principios de la dinastía V (2.465-2.323 a. C.) al de la divinidad local de Abidos, identificada como Jenti Amanti, por lo que pasó a llamarse Osiris Jenti Amanti.

Julián Gayarre, un mito que continúa creciendo 125 años después de su muerte


ABC.es

  • El 2 de enero de 1890 moría el tenor navarro, uno de los grandes de la historia del canto
Julián Gayarre, un mito que continúa creciendo 125 años después de su muerte

ABC | El tenor, en «Los pescadores de perlas», de Bizet, en el Teatro Real en 1889

Se cumplen ciento veinticinco años de la muerte de Julián Gayarre y el mito aún crece haciendo inmenso a un grande de la historia del canto. De la actualidad de su rastro se ocupa con detalle la Fundación Gayarre (juliangayarre.com), pero para revivir el ayer hay que acudir a algunos de los muchos escritos que lo evocan, a la cabeza de todos ellos las memorias escritas, en 1891, por Julio Enciso, amigo íntimo y albacea testamentario. Él fue quien, cumpliendo deseos del tenor, destruyó buena parte de la correspondencia más íntima antes de redactar un retrato cargado de afecto en el que la crónica se sucede con una intensidad contagiosa.

El relato culmina con lo sucedido tras aquel 2 de enero de 1890, en el que la Plaza de Oriente de Madrid apareció repleta de público custodiando la puerta de la casa donde falleció el cantante. Luego, el paso del cortejo fúnebre, por la calle Mayor y la Puerta del Sol, intransitables por la afluencia de gente y donde, bajo una intensa nevada, llegó el delirio tras el grito espontáneo de «¡¡Viva Gayarre!!». De ahí a los homenajes frente al Teatro de la Comedia, Español, Novedades, de la Zarzuela, Lara… Y, aún, en todas y cada una de las estaciones ferroviarias importantes hasta Pamplona y Roncal, el pueblo natal.

Allí había nacido 49 años antes resignado a ser pastor en las sierras del Pirineo y herrero en Lumbier, donde un día perseguió embelesado a la banda de música. Estudió en el Orfeón Pamplonés y, ayudado por Hilarión Eslava, llega a Madrid, donde progresa para acabar fracasando como corista en la Zarzuela. Es entonces cuando, gracias a la suscripción popular de sus paisanos, marcha a Italia, iniciando una carrera meteórica que le permite recorrer el país saltando a Rusia y Viena antes de debutar el 2 de enero de 1876 en la Scala de Milán con «La favorita», obra de su presentación en el Teatro Real. Desde entonces sólo se registran hazañas históricas.

Más de 60 óperas

Gayarre tuvo en repertorio más de sesenta óperas, estrenando «La Gioconda» de Amilcare Ponchielli y casi a punto de encargarse del «Otello» de Verdi. Todo ello en una época en la que el teatro era propiedad de los cantantes. Sin director de escena, sin escenografías específicas en muchos casos y con los divos usando su propio vestuario, la atención se centraba en aquel que era capaz de provocar en el oyente «escalofríos de conmoción… una experiencia angelical… del paraíso», según describió la soprano Gemma Bellincioni.

Más centrado en el análisis, el crítico Antonio Peña y Goñi escribió que Gayarre era «un tenor serio, de timbre varonil, vibrante, hermosísimo… un verdadero huracán que arrastra cuanto encuentra a su paso… y capaz de apoyar la voz en la cabeza hasta convertirla diminuta y dulcísima». Con Gayarre se vuelve a las esencias belcantistas abandonadas en favor de voces más robustas y modernas.

Pero también se aclara que «el tenor mataba al personaje», pues Gayarre era un actor sobrio, que eludía el estudio minucioso y concienzudo de la dramaturgia, lo propio del hombre culto e intelectualmente inquieto. En eso revelaba su origen humilde, «una cierta rudeza indómita, honrada y brusca» que daba expansión a los medios que le había dado la naturaleza y despreciaba la instrucción, prefiriendo, en los descansos, jugar al mus o echar unas carambolas como el más insignificante y vulgar de los mortales. Hombre de «alma tan hermosa como su voz»: fiel a la familia, a los amigos y a Roncal, al que regaló unas escuelas públicas y un frontón donde él mismo jugaba. Así era en cercanía el republicano y el liberal, alguien abiertamente simpático ante todo lo vascongado, según se decía en la época, ya fuera la lengua o las costumbres.

«¡Esto se acabó!»

En 1958, Alfredo Kraus lo evocó en la famosa película de Domingo Viladomat, la mejor de las tres hechas a partir de su biografía. En ella también se recrea aquella fatídica noche del 31 de octubre de 1889, en el Teatro Real, cuando por dos veces rompió el do de la romanza de «Los pescadores de perlas». «¡Esto se acabó!», fueron las últimas palabras de quien ya se sabía enfermo.

En Roncal está el panteón-mausoleo esculpido por Mariano Benlliure bajo el que permanece el cuerpo embalsamado del que se extrajo la laringe para su estudio. Apenas queda otra cosa de una voz irrecuperable, imposible de reproducir, a pesar de que una revista de la época llegara a publicar la sorprendente noticia de una supuesta grabación captada en una lámina de plata, de la que se regalarían copias a los espectadores que acudieran al Teatro Real de Madrid a escucharlo cantar Meyerbeer. Algo digno de quien llegó a ser una leyenda en vida.

La abadía parisina que acercó a España y Francia


ABC.es

  • Don Ramón Menéndez Pidal decía que las relaciones entre ambos países comenzaron hace mil años en la esquina del templo de Saint-Germain

Esa esquina, esa abadía, la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, ha celebrado a finales de 2014 su primer milenario. En un ataque de afectación murciana, Azorín, enviado especial y cronista de ABC, prefería escribir San Germán de los Prados. Sospecho que los turistas que visitan la iglesia, en el corazón más snob de París, ignoran la historia, que Menéndez Pidal contaba con emoción muy prolija.

Hacia finales del año 1014 –ahora se cumplen mil años–, los monjes de esa abadía tuvieron noticia de una matanza de cristianos en la Córdoba musulmana de la época. Ni cortos ni perezosos, los monjes de St.-Germain tomaron una decisión heroica: hacer el viaje de ida y vuelta Córdoba–París, para rescatar los restos, despojos y reliquias de aquellos mártires, finalmente anónimos.

Aquel viaje tuvo una importancia histórica, que Menéndez Pidal fue el primero en subrayar.

Los monjes franceses de la abadía de St.-Germain fueron los primeros en abrir una ruta decisiva en los intercambios culturales de la época. Ellos trajeron a París y difundieron a lo largo del viaje poemillas y canciones que don Emilio García Gómez estudió con fervor: jarchas y zéjeles arábigo andaluces, cancioncillas cristianas y judías, que estaban en el origen de las nociones del amor que pronto florecieron en la futura Francia provenzal y la Italia de Dante.

Las nociones neoplatónicas del amor que venían de Alejandría y comenzaron a difundirse por Almería y el sur italiano sembraron las nociones del amor que fecundaron nuestra civilización. Aventura fabulosa y prodigiosa. Los monjes de la abadía de St.-Germain jugaron un papel sensible en la tarea de roturar y abrir una ruta cultural, Córdoba–París, a pie, a caballo, en burro.

Más de mil años después, la historia y las leyendas donde florecieron nuestras culturas han seguido su curso, dando incontables frutos, que la algarabía audiovisual, y sus ruidos, consiguen ocultar, para nuestra desdicha.

St.-Germain ha celebrado su primer milenario con un docto rosario de conferencias, coloquios, misas, conciertos y un belén voluntariamente modesto. Con un éxito cosmopolita. Grandes especialistas han glosado la historia de la iglesia, evocando las metamorfosis del París y la iglesuca donde comenzó esta historia. Turistas japoneses y californianos se demoran con placer ante la gran imaginería cristiana de la época. No pocos franceses de ultramar se arrodillan piadosos ante el Niño, María, Jesús, el burro y la vaca de un belén sin villancicos.

«El belén de la iglesia de mi pueblo es mucho más grande», me dice Carmen, una señora andaluza que echa en falta el guitarrerío y los villancicos de su tierra.