Regreso a la morada de Nerón


El Pais

  • Pocas figuras históricas siguen siendo tan polémicas como Nerón, aunque la fuerza del mito ha enterrado la realidad

Las termas de Trajano en Roma, que utilizaron como cimientos la Domus Aurea. / Album

Nerón pertenece a la estirpe de los grandes tiranos, su fiesta del chivo se ha prolongado a lo largo de los siglos. Pero existe una gran diferencia con los Ceausescu, Sadam Husein, Duvalier, Bokassa, Idi Amín Dadá o el Trujillo que noveló Vargas Llosa: en el caso del emperador romano del siglo I resulta imposible separar la realidad de la leyenda negra. Como escribió la catedrática de Latín de la Universidad de Cambridge Mary Beard: “La mayoría de los emperadores romanos no fueron depuestos porque fueran demonizados, sino que fueron demonizados porque fueron depuestos”. La tradición mantiene que Nerón fue condenado a damnatio memoriae, un castigo que consistía en enterrar todo el legado de un emperador para que su nombre fuese olvidado. En el caso del último miembro de la dinastía Julia Claudia, sus enemigos fracasaron: existen muy pocos personajes históricos sobre los que se hayan escrito tantos tebeos, novelas, óperas, películas o ensayos –el último, Dying Every Day (Muriendo cada día), un magnífico estudio del profesor de Clásicas del Bard College James Romm, en torno a su relación con su tutor, el filósofo estoico cordobés Séneca– y sobre cuya figura se siga debatiendo con tanta intensidad más de 2.000 años después de su desaparición. “¿Cómo no nos iba a fascinar?”, asegura Romm en una entrevista por correo electrónico. “Poder absoluto sobre la mayor parte del mundo conocido unido a los caprichos, la traición, la locura… ¿Puede ofrecer la historia un espectáculo más fascinante?”.

Las dos imágenes más populares del emperador –tocando la lira mientras contemplaba cómo ardía Roma en julio del año 64 y disfrutando de la primera gran masacre de cristianos en el Coliseo– no es que sean falsas, es que son imposibles. Nerón no estaba en la ciudad cuando empezó el incendio, llegó tres días más tarde y se puso al frente de los equipos de rescate (el fuego duró una semana). Casi ningún historiador piensa actualmente que fuese el responsable. En cuanto al Coliseo, fue construido varios años después de su muerte por el primer emperador de la siguiente dinastía, Vespasiano (9-79). Aunque, en una prueba más de la intensidad de su leyenda, acabó por darle su nombre: el monumento fue levantado en el lugar donde Nerón erigió una gigantesca estatua de 35 metros que le representaba como el dios Helios. Durante la Edad Media, el recuerdo de este coloso, hoy perdido, convirtió el Anfiteatro Flavio en el Coliseo.

¿Cómo no iba a fascinarnos? Poder absoluto unido a la traición y la locura”, explica el historiador James Romm, autor de un ensayo sobre Nerón y Séneca

Como ha escrito el profesor de Clásicas de la Universidad de Princeton Edward Champlin en la biografía más reciente del emperador –Nerón (Turner)–, “no hay necesidad de rehabilitar a Nerón: fue un mal hombre y un mal gobernante, pero hay sólidas pruebas que sugieren que nuestras fuentes principales erraron al presentarlo tan mal y crearon así la imagen de un monstruo, desequilibrado y ególatra, que ha regido la imaginación escandalizada de la tradición occidental durante dos milenios. Pero la realidad es más compleja”. La revista National Geographic le dedicó una reciente portada titulada “Repensando a Nerón”. En la otra cara de la polémica están afirmaciones contundentes como la que hace el gran crítico de arte Robert Hughes en su libro Roma (Crítica): “Es de suponer que no es posible que un hombre practique todas las perversiones sexuales conocidas o imaginables, pero es evidente que Nerón tenía un repertorio impresionante de ellas”.

Los restos de su gran palacio romano, la Domus Aurea, la fabulosa Casa Dorada que Nerón ordenó construir después del incendio, situados en el colina del Esquilino, acaban de volver a abrir al público después de permanecer casi diez años cerrados, aunque solo se pueden visitar los fines de semana y con cita previa (es necesario reservar con meses). En realidad, solo han sido accesibles con normalidad entre 1999 y 2005, cuando el palacio fue clausurado por problemas de conservación. Los espacios neronianos, ahora subterráneos, encarnan una metáfora perfecta de su mito: un laberinto de pasillos y estancias enormes, como los datos que se pierden en los rincones de la historia entre juegos de sombras y luces. “La Domus Aurea es impresionante por su arquitectura, pero también por su importancia simbólica”, afirma el historiador francés Joël Schmidt, autor de Néron, Monstre Sanguinaire ou Empereur Visionnaire? (Nerón, ¿monstruo sanguinario o emperador visionario?). “Todos los historiadores describieron sus proporciones gigantescas, su magnífica decoración y la profusión de oro (de ahí viene su nombre de Casa Dorada). El interior albergaba muchísimas obras de arte, traídas directamente de Grecia, sin contar los lagos, jardines, bosques, las fuentes de agua dulce y salada alimentadas por acueductos construidos especialmente para ello”.

Nerón decoró su palacio soñado con todo tipo de estatuas que trajo de Grecia, algunas de las cuales se conservaron en el mismo lugar donde se encontraron. / Corbis

A la muerte de Nerón, en el año 68, el palacio fue abandonado y finalmente Trajano (53-117) lo utilizó como cimientos para sus termas, tras haber esquilmado todo el mármol. Redescubierto en el siglo XV, fascinó a los artistas renacentistas y luego a personajes como el Marqués de Sade o Casanova, que dejaron la firma en sus paredes. Rafael, que se deslizaba con sogas hasta lo que entonces eran unos túneles abovedados, creó el estilo grotesco (de gruta) con el que pintó varias estancias del Vaticano en 1519 inspirándose en los frescos de aquel misterioso palacio enterrado –el hecho de que los papas se paseasen durante siglos bajo pinturas inspiradas por el palacio de Nerón es una de las muchas paradojas que emanan del personaje–. Una de las mejores copias de los frescos tal y como los encontraron los artistas del Renacimiento fue realizada por Francisco de Holanda en 1538 y se encuentra en la Biblioteca de El Escorial, en las afueras de Madrid.

A lo largo de los siglos, muchas pinturas se han borrado, y durante la visita guiada, protegidos por cascos de plástico amarillo (obligatorios porque se han producido desprendimientos), en medio del olor a humedad y bajo un frío pegajoso, resulta difícil imaginar lo que fue entonces un palacio luminoso y ajardinado. Pero, tal vez porque por esos espacios circula la leyenda de Nerón, tal vez por la inmensidad de las salas en las que el emperador ofreció alguna de las mejores fiestas de la antigüedad, resulta fascinante. En los alrededores, entre los miles de turistas, los falsos legionarios y los vendedores de aparatos para hacerse selfies, el viajero puede toparse con la Hostaria da Nerone o el hotel El Coloso. “Nerón siempre vende, no podemos olvidar que era un showman”, explica Darius Arya, arqueólogo estadounidense afincado en Roma desde hace 15 años y director del American Institute for Roman Culture.

Nerón cambió las normas de edificación en Roma después del incendio que arrasó la capital del Imperio para evitar que se repitiese el desastre

Durante un paseo por los Foros Imperiales, Arya asegura que, después del incendio, Nerón cambió las normas de edificación para evitar que una catástrofe de estas dimensiones pudiese repetirse. “Solo un idiota quemaría la ciudad. En Roma en aquel momento vivían en torno a un millón de personas y el fuego provocó 200.000 refugiados”, asegura. Ordenó que las calles fuesen más anchas, las casas de pisos –las insulae– más bajas, y, también es cierto, aprovechó la destrucción general para edificar su palacio soñado. Arya encuentra en la Domus Aurea un problema mucho más contemporáneo que afecta a demasiados lugares en Italia, como Pompeya: la conservación del patrimonio. Para salvar el palacio (un proyecto que consiste ante todo en transformar el jardín que hay encima para que los árboles y las infiltraciones dejen de dañar el conjunto arqueológico) son necesarios 32 millones de euros que, sin embargo, no llegan.

¿Quién es el Nerón más cercano a la historia, si esta pregunta tiene respuesta? Claudio César Augusto Germánico nace en Antium (actual Anzio) el 15 de diciembre del año 37. Miembro de la familia imperial, se convierte muy joven, en el año 54, en sucesor de Claudio (11-54), el tercer emperador de la dinastía que instauró Augusto (63-14 a. de C.) y continuaron Tiberio (42-37 a. de C.) y Calígula (12-41). Séneca es el principal consejero de un emperador muy popular. En el año 64, el mayor incendio que ha conocido Roma destruye una parte muy importante de la ciudad. Un año después, tras desactivar un complot, lanza una purga salvaje que le cuesta la vida al filósofo cordobés, entre muchos otros miembros de la élite. Sin embargo, el ejército, harto de sus caprichos –la oligarquía romana nunca le perdonó que participase en concursos de canto y poesía que siempre ganaba (¿quién iba a atreverse a darle un segundo premio?)–, le depone en el año 68. Nerón se suicida para evitar una muerte horrenda a manos de sus antiguos legionarios, que se habían propuesto azotarle hasta la muerte. Como había acabado con todos los posibles herederos de Augusto y no dejó hijos, Roma entró en un periodo de caos –cuatro emperadores en un año–, hasta la instauración de la dinastía Flavia con Vespasiano en el año 69.

Busto de Nerón encontrado en Libia. Fue el último emperador de la dinastía Julia Claudia. / Album

El historiador español Juan Luis Posada Sánchez, profesor de la Universidad Antonio de Nebrija y autor de El año de los cuatro emperadores, resume: “Hace ya mucho que los historiadores están intentando rehabilitar la figura de Nerón, un emperador tachado de loco, matricida, incendiario y asesino de cristianos, pero también un artista que protegió las artes y las letras, que gobernó por el pueblo y para el pueblo y que acabó con todos los descendientes de Augusto que pudieran desestabilizar su régimen. Nerón pudo haber tenido trazas tiránicas, sobre todo en la última etapa de su reinado, pero el ejército le puso en su lugar y le llevó a huir y suicidarse”. El ensayista australiano Stephen Dando-Collins, autor de Arde Roma (Ariel), un ensayo sobre el emperador, explica así su final: “Nerón dirigió los esfuerzos para detener el fuego y encabezó la reconstrucción posterior. Pero sus oponentes en el Senado, que despreciaban sus pretensiones artísticas y que añoraban a emperadores soldados como Augusto, vieron que culparle del fuego era una forma de reducir su popularidad, lo que haría más fácil expulsarle del poder. Lo que al final ocurrió”.

Las principales fuentes sobre Nerón provienen de tres historiadores romanos, Suetonio (70-126), Tácito (55-120) y Dión Casio (155-235), y la panoplia de perversiones y crímenes que describen es interminable; algunas de ellas –que mató a su madre, a sus dos primeras esposas y a su hermanastro; que asesinó a todos los que consideró oponentes políticos o un peligro para su poder; que escribía poesía y versos (actividades intolerables para un emperador)– están corroboradas por diferentes fuentes; otras, sin embargo, no: que violó a una virgen vestal, que castró a un hombre para casarse con él, que fundió los lares para convertirlos en dinero, que era un pervertido sexual sin freno. Tampoco es seguro, y es un punto especialmente polémico, que lanzase la primera gran persecución de seguidores de una nueva religión que había nacido en Judea unos años antes. La tradición cristiana mantiene que Pedro y Pablo sufrieron su martirio durante las persecuciones neronianas, que se desataron después de que los cristianos fuesen acusados de quemar Roma en una maniobra para evitar que las culpas recayesen en el emperador. Pero no hay documentos ni evidencias arqueológicas que lo demuestren.

Sí está demostrado que mató a su madre, a su hermanastro y a sus dos primeras esposas. Otros crímenes que se le atribuyen son dudosos

Suetonio y Tácito son los únicos que citan las persecuciones fuera de la tradición cristiana. Tácito escribió en sus Anales el célebre pasaje sobre su brutalidad: “Nerón buscó rápidamente un culpable, e infringió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llama cristianos. (…) Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna cuando el día hubiera acabado”. Sin embargo, estos testimonios plantean muchas preguntas. ¿Por qué solo lo cuentan ellos? ¿Por qué emplean el término cristiano que entonces no usaban los romanos? ¿Pudo ser un añadido posterior al texto que manejamos durante su copia en la Edad Media? ¿Por qué no vuelven a producirse persecuciones de cristianos hasta décadas más tarde? Marco Aurelio ha pasado a la historia por su sabiduría (véase Gladiator, donde lo encarna un impecable Richard Harris), pero nadie recuerda sus salvajes persecuciones, como la que tuvo lugar en Lyon en el año 177. Yves Perrin, profesor de Historia y Arqueología Romanas en la Universidad de Saint-Etiène-Lyon y presidente de la Sociedad Internacional de Estudios Neronianos (SIEN), afirma: “Los autores cristianos hacen de Nerón el primer perseguidor de la verdadera fe y esta idea ha atravesado los siglos con errores de bulto, como situar los martirios en el Coliseo, que no existía. Los autores cristianos imponen a la posteridad la idea de que el año 64 representa un cambio de rumbo en la historia: la Roma pagana desaparece bajo el fuego y los mártires garantizan la victoria de la fe verdadera”. La mayoría de los investigadores creen que sí se produjeron persecuciones, aunque ponen en duda que fuesen tan intensas.

Suetonio y Tácito le acusan de haber lanzado las primeras persecuciones de cristianos, pero algunos autores lo ponen en tela de juicio

Sin embargo, la fuerza de la ficción es imbatible. Por muchos ensayos que se escriban, resulta casi imposible separar en la imaginación occidental a Nerón del sádico, caprichoso, vicioso e infantil emperador que dibuja Peter Ustinov en una de las mejores versiones cinematográficas de Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951), la famosa novela que ofrece una reconstrucción mítica de los orígenes del cristianismo, publicada por el premio Nobel polaco Henryk Sienkiewicz a finales del XIX. Y encima la ponen en televisión cada Semana Santa. James Romm asegura: “La pérdida de fuentes contemporáneas es un problema, pero son todavía más frustrantes los silencios y las opacidades del propio Séneca. Escribió muchos volúmenes, pero nunca dijo la verdad sobre lo que había hecho o visto junto a Nerón”. La realidad, como la Domus Aurea, se encuentra enterrada bajo demasiadas capas de mitos para que algún día pueda llegar a derrotar a la leyenda.

Los físicos cómplices de Hitler


El Mundo

  • Un ensayo histórico de Philip Ball desvela cómo figuras tan fundamentales de la Física como Max Planck, Werner Heisenberg y Peter Debye se convirtieron en títeres del Tercer Reich

Einstein no sólo lo vio venir. También se lo pusieron fácil (pónganse aquí mil comillas) porque era judío y, en cierto modo, no tuvo que elegir. Cuando Hitler llegó a la Cancillería en enero de 1933, el Nobel de Física se encontraba de visita en el California Institute of Technology; dos meses después anunció que no regresaría a Alemania mientras no se restituyesen «la libertad civil, la tolerancia y la igualdad ante la ley».

Desde Oxford envió, a través de Max Born, una admonición a sus colegas físicos: «Nunca he tenido una opinión particularmente favorable de los alemanes (ni en lo moral ni en lo político). Pero debo confesar que su grado de brutalidad y su cobardía me han sorprendido un poco». No solo se refería a los nazis sino a sus antiguos amigos y compañeros de profesión, para quienes la huida de Einstein era curiosamente un acto de traición.

Philip Ball, físico, químico y destacado divulgador científico británico, explica en su libro más reciente, Al servicio del Reich. La física en tiempos de Hitler (Turner), las razones de que este mundo al revés fuera posible bajo un régimen que, ya en un comienzo, excluía a los judíos de la plena ciudadanía. Los físicos que se quedaron en Alemania -comenzando por su patriarca, Max Planck- creían en general que debía aceptarse la discriminación antisemita a fin de que ésta no se recrudeciese.

Como millones de conciudadanos, se oponían al Gobierno de Weimar y se sentían humillados por las indemnizaciones de guerra decretadas por la paz de Versalles. Y en cuanto hombres de ciencia, reconquistar el prestigio nacional de sus respectivas disciplinas devino para ellos un empeño obsesivo tras la humillación de la guerra.

Antes incluso de que Hitler se hiciera con el poder, consideraban «antipatriótico y de mal gusto» el internacionalismo de Einstein, quien concebía la ciencia como «una empresa sin fronteras e independiente de nuestro credo o país». Einstein «jugaba a la política» mientras que ellos eran, en tanto científicos, ajenos a ella. Pronto se vio cómo no tomar partido suele ser la forma más rápida e indeseada de tomarlo.

Para complicarlo todo, explica perspicazmente Ball, la teoría cuántica -mal entendida y revestida de un halo cuasimístico- empezaba a parecerse mucho al arte abstracto y a la música atonal -el famoso «arte degenerado» acuñado por los nazis- y a convertirse ella misma en «ciencia degenerada», enferma de los mismos males de la era de Weimar: «el comercialismo, la avaricia y la invasión de la tecnología». De todo eso eran culpables, cómo no, los judíos.

Equipo de alto voltaje montado por Debye en 1935 y confiscado por los nazis.TURNER NOEMA

La Ley de Servicio Público, de abril de 1933, suponía la separación de sus puestos de uno de cada cuatro físicos por ser no arios, entre ellos Max Born, James Franck, Lise Meitner o Einstein. La Universidad de Gotinga, joya de la física matemática alemana, quedó diezmada. Franck, por cierto, se exilió en Chicago y participó decisivamente en el Proyecto Manhattan de los aliados.

¿Qué hacían los físicos arios entre tanto? Es cierto que muy pocos, aclara Philip Ball, militaron en la administración nazi, «pero también fueron pocos los que se le opusieron de forma de forma activa», presos -en palabras de Ian Kershaw- de una «letal indiferencia» cuando se inició la persecución de los judíos.

Además del miedo a las represalias, además del deseo de no ver, otras dos razones explican aquel silencio cómplice: un excesivo sentido utilitario (protestar no serviría para nada y empeoraría las cosas) y la devoción, que en no pocos casos ocultaba una ilimitada soberbia personal, al bien sacrosanto de la ciencia y al estatus de la ciencia alemana en particular. Súmese a esto un innegable antisemitismo de fondo: cuando un científico escondía o ayudaba a un colega judío, lo hacía por ser colega y no por ser judío.

Max Planck, padre de la teoría cuántica y hombre apegado ciegamente al decoro y el respeto a la autoridad, llegó a verse con Hitler para interceder por Fritz Haber, pero ante todo buscando un pacto. «Si acatamos las leyes, ustedes nos dejarán en paz», vino a ser el arreglo, y de hecho la financiación era estatal en la KWG (Instituto Káiser Guillermo para el Avance de la Ciencia). Menos mal que «ninguno de los líderes nazis tenía idea de para qué podía usarse la ciencia». Todavía.

A Planck lo paralizaba la posibilidad de protestar contra las leyes cuando son ilegales, vale decir flagrantemente injustas, y prefería contemporizar, comportarse «como un árbol contra el viento». Werner Heisenberg, el físico más dotado de su generación, compartía ese criterio. En 1935 firmó el obligatorio juramento de lealtad al Führer, lo mismo que Peter Debye, director del Instituto Káiser Guillermo de Física (KWIP).

Según Mark Walker, «frente a la opción de poner en peligro la academia o tolerar la purga racista, los científicos entregaron su independencia y se volvieron cómplices» de ella. «Ningún científico no ario renunció como protesta». En 1934 la correspondencia académica adoptó el Heil Hitler a modo de despedida, luego llegó la elección de miembros del partido y, para 1938, una institución científica hasta entonces seria pasó a ser «un órgano del estado nazi». La docilidad de Planck, «hombre inflexible pero fundamentalmente decente y honesto» -escribe Ball-, no había servido de nada.

El divulgador inglés concluye que «esta historia desmantela el confortable mito de la ciencia como aislante contra la irracionalidad y el extremismo» que se enseñoreó de todo en Alemania. Los libros de Einstein ardían en las piras de las asociaciones de estudiantes nazis y un ejército de físicos partidarios de Hitler, encabezados por Philipp Lenard y Johannes Stark, denigraban la teoría de la relatividad y todo lo que les oliera a física judía.

Max von Laue fue sin duda uno de los más valientes entre los físicos arios, aunque reprochaba a Einstein su actitud política, que éste llamaba más bien «humana». No escondía su antipatía hacia los nazis, y se decía que siempre salía a la calle con un paquete debajo de cada brazo para no hacer el saludo hitleriano.

Peter Debye fue seguramente el más ambiguo. Pronazi según algunos, otros le atribuyen haber advertido a los aliados de la amenaza nuclear que se gestaba en Berlín a partir de que los jerarcas nazis supieron (hacia abril de 1939) del potencial que albergaba el núcleo del uranio. En agosto del mismo año, Einstein, Teller y Szilárd anunciaron al presidente Roosevelt que era factible producir una bomba nuclear.

Lo cierto es que Debye ayudó a huir a la física judía Lise Meitner, pero también que -según Ball- dejó Alemania cuando se decretó la militarización del KWIP no por «la naturaleza de los trabajos que iban a emprenderse allí» sino seguramente por su orgullo herido y porque se le obligada a nacionalizarse alemán (era holandés). Refugiado en EEUU, Debye despertaba tantas suspicacias que, para cuando el FBI lo investigó y las autoridades decidieron si le permitían intervenir en el programa nuclear americano, en abril de 1944, ya casi no importaba. Heisenberg, atacado en principio por Lenard y Starck, recurrió al mismísimo Himmler para «limpiar su nombre» y luego fue deslizándose progresivamente hacia más «claudicaciones y concesiones al régimen». Éste, que ya confiaba (aunque no demasiado) en el poder militar que ofrecía la energía nuclear, lo puso al frente del segundo Uranverein (Club Uranio), y él se dedicó durante la guerra a ejercer de embajador de la cultura alemana en territorios ocupados por Hitler.

Philip Ball asegura que ni los nazis ni los físicos alemanes creyeron que la construcción de la bomba atómica fuera factible antes de terminar la guerra, y de hecho el régimen dotó de más recursos al programa de cohetes de Wernher von Braun. Ciego de soberbia, Heisenberg no asumió nunca que los americanos les llevaban la delantera e incluso, tras tener noticia de Hiroshima, pretendió convencer al mundo de que él había saboteado la bomba alemana. Lo cierto es que ni él ni sus colegas -acaso equivocados en el cálculo de la masa crítica necesaria para provocar una reacción nuclear en cadena- fueron capaces ni siquiera de lograr un reactor que funcionase.

En una época normal, los de Planck, Debye y Heisenberg habrían sido «defectos menores en una naturaleza esencialmente decente», escribe Ball. Su desgracia fue que el tiempo de Hitler estaba trágicamente necesitado de héroes.

LAS CITAS Y EL LADO OSCURO DEL GENIO

Alice Calaprice, reconocida especialista en Einstein, ha completado el que se considera, al menos de momento, El libro definitivo de citas del gran físico teórico, que en España publica Plataforma Editorial. A diferencia de la antología publicada por Helen Dukas, secretaria y archivera de Einstein, la de Calaprice no se limita al gran hombre pletórico de buenos sentimientos y magnanimidad, sino que también muestra -sin enfatizarlo- su lado oscuro, egoísta o sencillamente equivocado en diversas cuestiones. En esta versión del Libro definitivo que añade al anterior unas 400 citas y las eleva hasta las 1.600, encontramos al Einstein pacifista, internacionalista, creyente «en el Dios de Spinoza» (no en un Dios personal), vegetariano a la fuerza -por problemas gástricos- y, por supuesto, divulgador aventajado de su teoría de la relatividad. Podía explicarla de forma canónica, mejor que nadie, pero también muy jocosamente: «Una hora sentado con una chica en un banco del parque pasa como un minuto, pero un minuto sentado sobre una estufa caliente parece una hora». La parte menos ejemplar de Einstein queda a la vista en sus descalificaciones de Mileva, su primera esposa, en el bloqueo que le hacía difícil incluso cartearse con su hijo Eduard, enfermo de esquizofrenia, en sus opiniones -que hoy consideraríamos sencillamente machistas- sobre la valía de las mujeres y acaso también en su visión cáustica de la vida en pareja: «El matrimonio es el intento fracasado de conseguir que algo dure a partir de un accidente». Sus colegas alemanes tan satisfechos de ser apolíticos deberían haber entendido lo que escribió a propósito de la oposición de Pau Casals al régimen de Franco: «El mundo está más amenazado por los que toleran el mal o lo apoyan que por los propios malvados».

Descubren un gigantesco laboratorio secreto usado por los nazis para construir armas atómicas


ABC.es

  • El complejo ha sido hallado en Austria y tiene una extensión de más de 75 hectáreas
Descubren un gigantesco laboratorio secreto usado por los nazis para construir armas atómicas

SUNDAY TIMES Uno de los corredores de la instalación

Una gigantesca instalación subterránea nazi formada por varios túneles y con una extensión de más de 75 hectáreas fue descubierta cerca de la ciudad de ST Georgen an der Gusen (en Austria) la semana pasada. Según publican varios diarios internacionales como el «Sunday Times», los expertos afirman que la construcción –edificada en territorio alemán en plena Segunda Guerra Mundial- habría sido usada por los científicos de Hitler para desarrollar armas atómicas durante la contienda.

Las excavaciones para descubrir esta gigantesca construcción comenzaron después de que los científicos hallaran niveles considerables de radiación en la zona. Este dato ha hecho pensar a los expertos que es realmente una central nuclear secreta nazi. De hecho, y según afirma el documentalista Andreas Sulzer (el director de la investigación) este lugar es «muy probablemente la planta de producción de armas más grande del Tercer Reich».

Además de los túneles como tal, en el lugar se han podido hallar restos de las tropas nazis tales como cascos de las SS y todo tipo de reliquias de la época. Con todo, se espera que aparezcan multitud de objetos más, pues el equipo de excavación todavía está eliminando las sucesivas capas de tierra que hay en los múltiples corredores, así como las placas de granito que fueron utilizadas para cubrir la entrada y evitar que los aliados pudieran descubrir el emplazamiento. Esto explicaría el por qué americanos y soviéticos no encontraron esta planta tras la caída del Tercer Reich.

A falta de poder descubrir todo el complejo, los investigadores consideran que esta zona podría estar conectada con el campo de concentración de Mauthausen-Gusen y la fábrica subterránea B8 Bergkristall, lugar de fabricación del conocidísimo Messerschmitt Me 262 -el primer caza a reacción del mundo operativo-. Ambos lugares, desvelados tras la Segunda Guerra Mundial por soviéticos y aliados.

Sin Embargo, no todo ha sido alegría y jolgorio en este importante hallazgo, pues la semana pasada las obras fueron detenidas a espera de un permiso extraviado. Se espera que se reanude el mes que viene.

Además, Sulzer considera que este complejo se construyó probablemente con prisioneros de los campos de concentración cercanos: «Los prisioneros fueron escogidos a dedo –físicos, químicos…- de los diferentes campos de concentración europeos para poner sus habilidades especiales al servicio de este monstruoso complejo. Se lo debemos a las víctimas». Para realizar esta afirmación, el experto se basa en la entrada de un diario de un físico que, como bien afirma en su texto, fue reclutado a la fuerza por los nazis.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón


ABC.es

  • En su primer viaje, este marino bordeó la isla de Cuba creyendo que era parte de Cipango, como se conocía entonces al territorio nipón
Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

ARCHIVO ABC Colón, frente a un globo terráqueo

Cristóbal Colón (genovés para muchos, español para varios, y catalán para algunos) es recordado en los libros de Historia por haber descubierto –casi sin pretenderlo- las Américas en el año 1492. O más bien por revelar su existencia a los Reyes Católicos pues, como bien señalan en la actualidad multitud de historiadores latinos, esas tierras ya se encontraban allí sin necesidad de que ningún europeo las encontrase por obra y gracia de su Dios.

Fuera como fuese, lo cierto es que este marino no buscaba nuevos mundos que desvelar, sino establecer una ruta hacia las indias y hallar en su travesía –con un poquitín de ayuda divina- la isla de Cipango (la actual Japón). La razón de este último propósito era sencilla: corría una leyenda popularizada por Marco Polo en el Siglo XIII que afirmaba que en este pedazo de tierra había ingentes cantidades de oro que sus habitantes no se molestaban en explotar.

Por ello, no es de extrañar que, cuando Colón divisó por primera vez una isla que se asemejaba a la descripción de Cipango, saltara de euforia al considerar que había arribado hasta territorio nipón. No era para menos su alegría ya que, si la región se correspondía con el actual Japón, sus bolsillos estarían pronto a rebosar de riquezas con las que dar en los morros a todos los reyes hijos de mala madre que habían rechazado sus proyectos en los años previos. Sin embargo, lo que no sabía es que lo que había descubierto era realmente Cuba, tierra de futuros líderes políticos tan reseñables como Fidel Castro.

En busca de un primitivo El Dorado

Para entender la llegada de este marino hasta Cuba es obligatorio retrasar el calendario muchas, pero que muchas páginas. Concretamente, es necesario regresar en el tiempo hasta 1485, año en que Colón disfrutaba de unas «vacaciones de trabajo» en Castilla provisto de una carta de recomendación que le había entregado el mismísimo confesor de la reina Isabel.

Su objetivo no era otro que llamar a la puerta del palacio de los Reyes Católicos e informar a los monarcas de sus planes: quería encontrar una nueva ruta hacia las indias (con las que el comercio a través del Mediterráneo era habitual) navegando a través de tierras inexploradas. Ahí es nada, que debía pensar, pero lo cierto es que no eran pocas las naciones que le habían dado un buen portazo en las narices ante ese descabellada propósito.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Estatua de Cristóbal Colón ARCHIVO ABC

Con todo, no era aquella la única idea que llevaba atesoraba bajo las mangas de su camisa. También partía con el objetivo de encontrar Cipango, una isla que bien se podría asemejar con la posterior «El Dorado» pues, como había contado Marco Polo en uno de los libros en los que narraba sus viajes a Asia, esta era una región con una gigantesca riqueza en oro. «La quimera del oro de Cipango (Japón) fue el objetivo principal del primer viaje de Colón de 1492. Donde quiera que iba, el almirante se informaba con mucho cuidado y diligencia sobre el dorado metal», corrobora el Museo Oriental de Valladolid en su página sobre el marino.

¿Era un avaro nuestro bien recordado Colón? Tampoco es que se pueda afirmar tal cosa… Más bien pobre, pero no tonto, que diríamos en la actualidad. Con todo, lo cierto es que no es de extrañar que Marco Polo le avivara los deseos de riquezas, pues el explorador definía Cipango en su texto «El libro de las maravillas» como una isla que «está a 1.500 millas apartada de la tierra en alta mar y (que) tiene oro en abundancia pero que nadie explotar, porque no hay mercader ni extranjero que se haya llegado al interior».

Sus siguientes descripciones tampoco es que favorecieran que los exploradores dejaran sus huesos en tierra frente a la lumbre: «Os contaré de un maravilloso palacio que posee el señor de la isla. Existe un gran palacio todo cubierto de oro fino, tal como nosotros cubrimos nuestras casas e iglesias de plomo, y es de un valor incalculable. Los pisos de sus salones, que son numerosos, están también cubiertos de una capa de oro fino del espesor de más de dos dedos. Es de una riqueza tan deslumbrante, que no sabría exactamente cómo explicaros el efecto asombroso que produce el verlo». Con unos precedentes así, quién podría resistirse.

El plan perfecto que nadie quería

Todas estas ideas tenía Colón en la cabeza cuando se presentó ante los Reyes Católicos después de tener una lista de rechazos más extensa que las guerras por el trono de Castilla. Y la verdad es que, por entonces, la cosa no le fue mejor por estos lares, pues andábamos a mandobles contra los musulmanes por recuperar Granada y todos los maravedís se iban en el pago de los soldados cristianos (ya que, aunque la fe mueve montañas, más las mueve una bolsa llena de monedas).

Por ello, los monarcas decidieron que –cual banco- no invertirían ni una sola moneda sin que su Comisión de teólogos y cosmógrafos hiciera un examen previo de la idea. Aunque, según explica Luigi Bossi en su «Vita di Cristoforo Colombo», más les valdría haberle dado aquellos papeles a un mono, pues quizás éste animal hubiera tenido más visión de futuro que ellos.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Recreación de la Pinta, la Niña y la Santa María en el Puerto de Palos efe

«El proyecto fue entregado al examen de hombres inexpertos que, ignorando los principios de la cosmografía y de la náutica, juzgaron impracticable la empresa.¡Los mejores cosmógrafos del reino! ¡Y qué cosmógrafos! Una de sus principales objeciones era que si una nave se engolfaba demasiado hacia el Poniente, como pretendía Colón, sería arrastrada por efecto de la redondez del globo, no pudiendo por lo tanto regresar a España», determina el experto.

Por suerte, y aunque su idea se oponía a las ideas preestablecidas por los científicos de la época, Colón se topó en 1491 con la reina Isabel, quien –armas de mujer mediante- convenció a Fernando para que abriera la cartera y ofreciera el patrocinio peninsular al marino. Con ello, se inició el proyecto que desembocaría en el descubrimiento de América y que terminó de planearse cuando los Reyes Católicos se bajaron los calzones ante Colón y sus exorbitadas condiciones. Y es que, el genovés afirmó que sólo llevaría a cabo el proyecto si se le otorgaba el título de Virrey y Capitán General de las tierras que descubriese, así como el 10% de las rentas que produjeran.

Empieza el viaje

Tras firmar el «contrato» con sus Majestades, Colón viajó hasta Huelva, donde comenzó a preparar los tres navíos que partirían de Palos en pleno verano. «Era un viernes, el 3 de agosto de 1492, cuando, después de haber confesado y comulgado devotamente todos los que se embarcaron en la nao Santa María y en las carabelas Pinta y Niña, dejaron el puerto», determina explica el historiador del SXIX Ramiro Guerra y Sánchez en su obra «Historia elemental de Cuba». Mientras, en la cabeza del marino rondaba una idea: era necesario encontrar oro con el que demostrar a los Reyes Católicos (y en espacial al desconfiado Fernando) que su viaje no había sido en balde. ¿Cuál era la forma más fácil de conseguirlo? Cipango.

Colón y sus hombres tardaron dos meses y nueve días en atravesar el Atlántico. Motines de por medio –pues los marinos estaban hasta el chambergo de no ver más que agua por aquí y por allá desde su partida de España- finalmente avistaron terreno firme al grito de «¡Tierra, tierra!» de Rodrigo de Triana. Por entonces el calendario se había detenido en el 12 de octubre, un día feliz para Colón, pues creyó que había llegado al fin a las tierras descritas por Marco Polo en sus libros. Sin embargo, se hallaba frente a Guanahaní (una isla cerca de Cuba a la que llamó San Salvador para dar las gracias a Dios el buen trayecto).

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Cristóbal Colón ARCHIVO ABC

Posteriormente, la expedición descubrió varias islas más, siendo las más destacadasSanta María de la Concepción(actualmente Cayo Rum), laFernandina(hoy conocida como Long) eIsabela(en la actualidad, Crooked). En varias de ellas se detuvo para explorar y dar parte de sus posibles habitantes a los Reyes Católicos, además de para ganarse el favor de los lugareños conpequeños cristales y baratijasque sorprendían sobremanera a los americanos.

«Andando […] fuimos a una población aquí cerca, adonde estoy surto media legua; y la gente de ella, como nos sintieron, dieron todos a huir […] Después se llegaron a nos unos hombres de ellos, y uno se llegó a quien yo di unos cascabeles y unas cuentecillas de vidrio y quedó muy contento y muy alegre, y porque la amistad creciese más y los requiriese algo, les hice pedir agua, y ellos, después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas llenas y holgaron mucho de dárnosla. Y yo les mandé dar otro ramalejo de cuentecillas de vidrio y dijeron que de mañana vendrían acá», sentencia Colón en su diario.

La ansiada Cipango que nunca llega

En esa misma anotación (realizada el 21 de octubre) el marino hace referencia a una isla que, según los datos que baraja, podría ser Cipango, su ansiado premio: «Luego me partiré a rodear esta isla […] y después partiré para otra isla grande mucho, que creo que debe ser Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la cual ellos llaman Colba, en la cual dicen que hay naos y mareantes muchos y muy grandes, y de esta isla otra que llaman Bofío que también dicen que es muy grande. Y a las otras que son entremedio veré así de pasada, y según yo hallare recaudo de oro o especiería determinaré lo que he de hacer». Sin embargo, no sabe que se dirige realmente hacia Cuba.

Días después, Colón nombró de nuevo Cipango en su diario, en este caso, casi salivando por las grandes riquezas que creía que va a encontrar. «Esta noche levanté las anclas […] para ir a la isla de Cuba, adonde oí de esta gente que era muy grande y de gran trato y había en ella oro y especierías […]. Creo que si es así, como por señas que me hicieron todos los indios de estas islas y aquellos que llevo yo en los navíos, porque por lengua no los entiendo, es la isla de Cipango, de que se cuentan cosas maravillosas, y en las esferas que yo vi y en las pinturas de mapamundos es ella en esta comarca».

Colón llega a Cuba

Finalmente, y tras vueltas para acá y nativos para allá, Colón obtuvo su recompensa el 27 de octubre cuando arribó a la isla que, según creía, era Cipango. Y es que, todas las anteriores habían sido unas regiones que, según anotó en su diario, eran «fértiles» pero carentes de oro. Al tomar tierra en Cuba, y considerando que él y sus soldados se hallaban en Japón, el marino envió a dos valientes a reunirse con el Gran Khan (la máxima autoridad política de la zona de Cipango) mientras el resto de la expedición exploraba la zona.

«Colón quedó encantado de la hermosa vegetación de Cuba y de la suavidad del clima de ésta. Creyendo que había llegado a algún punto de Japón, el Almirante envió algunos hombres a recoger noticias del interior del país», explica Guerra y Sánchez en su obra. Sin embargo, sus exploradores no hallaron las inmensas cantidades de oro que el capitán esperaba, sino a un desgraciado cacique local que –aunque no andaba falto de riquezas- no podía competir con lo que Marco Polo contaba en sus libros.

Japón, la isla «recubierta de oro» que quería saquear Colón

Representación del desembarco de Colón en Guanahani WIKIMEDIA

A pesar de todo, la fe de Colón en hallar Cipango siguió intacta. Así pues, el marino se limitó a pensar que él y sus hombres habían llegado realmente hasta otra región cercana y que Cipango no debía estar lejos. «El día 30 de octubre de 1492, Colón, que llevaba ya dos días en Cuba, modificó por primera vez su identificación de Cuba-Cipango. Pero no para reconocer la existencia de una tierra nueva y distinta, sino para sustituir la primera identificación con Cuba-Catai (China)», se explica en el libro «Lectura crítica de la literatura americana: Inventarios, invenciones y revisiones» editado por la Fundación Biblioteca Ayacucho.

Posteriormente, y a pesar de no haber encontrado Cipango, Colón regresó a España considerando que, en su siguiente viaje, lograría hallarla y hacerse rico. No obstante, este fue una idea que se desvaneció cuando los Reyes Católicos le patrocinaron su segunda travesía hasta el Nuevo Mundo. «El sentimiento de triunfo del Almirante antes los hallazgos del primer viaje está condenado a ser de corta duración. Porque, desgraciadamente para él, la realidad se resiste a coincidir con sus esquemas e intuiciones, y se le irá haciendo progresivamente más difícil materializar la verdad de sus fantásticas apreciaciones», se añade en el mismo texto.

Proponen un viaje a Marte más barato y sin esperas


ABC.es

Despues de unos días de desconexión total, volvemos a la carga, Feliz Navidad para todos.

  • El sistema, denominado captura de balística, podría ser eficaz para el envío de cargas y misiones no tripuladas
Proponen un viaje a Marte más barato y sin esperas

NASA/JPL-Caltech | Ilustración del aterrizaje del Curiosity sobre Marte

Dos científicos espaciales han propuesto una nueva forma de llegar a Marte a traves de la captura de balística, un enfoque que implica no apuntar al planeta directamente, sino a un punto por delante en su órbita alrededor del Sol y esperar a que el planeta lo alcance. Según los autores de la investigación, este enfoque resulta más barato y evita los tiempos de espera y las ventanas de lanzamiento.

Francesco Topputo y Edward Belbruno, que trabajan para Boeing -contratista de la NASA en sus planes de viaje tripulado a Marte-, sugieren en un estudio incorporado al servidor arXiv, que tal enfoque sería mucho más barato y permitiría eludir la necesidad de ventanas de programación de lanzamiento.

La manera tradicional de llegar a Marte es calcular que el planeta va a estar en un punto concreto en el tiempo y entonces lanzar un cohete que llegue al lugar en ese mismo tiempo. Esto se conoce como el enfoque de transferencia de Hohmann, e implica el uso de retrocohetes para el descenso, ya que el cohete viaja lo más rápido posible durante su viaje. Esos retrocohetes utilizan una gran cantidad de combustible que hace más voluminoso y caro el viaje al Planeta rojo.

El enfoque de transferencia Hohmann también involucra la programación de ventanas de lanzamiento óptimas cuando la Tierra y Marte están más cerca, pero también puede causar problemas si hay un retraso, y esperar a otra ventana de lanzamiento puede significar hasta dos años.

Adelantarse al planeta

En su artículo, Topputo y Belbruno sugieren tomar otro enfoque. En lugar de apuntar al planeta directamente, proponen viajar a un punto por delante del planeta en su órbita alrededor del Sol y esperar a que el planeta lo alcance, un enfoque conocido como captura de balística.

La captura de balística eliminaría la necesidad de retrocohetes, haciendo una misión a Marte mucho más barata, pero también añadiría un mes al viaje, lo que podría ser un problema para las misiones tripuladas. Por esa razón, los investigadores sugieren que podría ser más recomendable para enviar vehículos no tripulados al planeta, algunos con fines científicos y de observación, otros con carga para su uso por los seres humanos una vez que lleguen a Marte. Debido a que dichas misiones no serían críticas, podrían ser lanzados en cualquier momento, evitando la necesidad de ponerse en marcha durante las ventanas de lanzamiento.

Un inconveniente de la captura balística es que no conduce a una órbita baja alrededor de los planetas de destino, por lo que aún hay que plantearse cómo llegar a una órbita lo suficientemente baja para el estudio científico, o para bajar a la propia superficie. Estos vehículos pueden llevar combustible para ese propósito, pero no tanto como los retrocohetes utilizados en la transferencia de Hohmann.