Fernando «el Católico» falleció por abusar de un potente afrodisíaco


ABC.es

  • En su intento de tener un heredero con su segunda esposa, Germana de Foix, el aragonés recurrió a un producto llamado cantárida con numerosos efectos secundarios. De haber tenido un hijo, Castilla y Aragón habrían quedado desvinculados
Fernando «el Católico» falleció por abusar de un potente afrodisíaco

wikipedia Retrato de Fernando «el Católico»

Si esta mañana hablabamos de como murío Isabel La Catolica ahora descubrimos de que murió su marido.

La muerte de los reyes es terreno abierto para la fábula y para que sus enemigos venguen con palabras lo que no pudieron hacer con hechos. Más mito que realidad, se ha dicho que Felipe «el Hermoso» falleció por un corte de digestión, que Carlos I murió por la picadura de un mosquito –sí es posible que contrajera el paludismo de esta forma–, que Felipe II claudicó por un ataque de piojos, o que Felipe III falleció por el exceso de calor de un brasero cuando se encontraba febril. Todas estas historias son verdades a medias, en el mejor de los casos, cuando no completas mentiras. No en vano, el caso de Fernando «el Católico, el último Rey de la dinastía Trastámara, si tiene más visos de ser cierto. En su intento desesperado por tener un heredero con su segunda esposa, Germana de Foix, el rey aragonés abusó de un producto afrodisiaco llamado cantárida que pudo causarle graves daños en la circulación sanguínea.

Tras la muerte de Isabel «la Católica» probablemente por un cáncer de útero, el Rey quedó en una situación muy delicada en la corte castellana. Su matrimonio con su prima segunda Isabel había permitido unificar muchas cuestiones, como la política exterior o la creación de una única hacienda real, pero había mantenido las instituciones de cada reino separadas. Así, aunque el testamento de la Reina nombraba a Fernando de Trastámara regente de Castilla hasta que Carlos –el futuro emperador del Sacro Imperio Germánico– alcanzara la mayoría de edad, la falta de apoyos entre la nobleza local y la llegada de Felipe «el Hermoso» a España obligó al monarca a retirarse a Aragón. Precisamente la decisión de Isabel buscaba evitar que un rey extranjero se hiciera con la corona y que Juana «la Loca», que había mostrado los primeros síntomas de demencia durante la enfermedad de su madre, fuera usada como una marioneta por su esposo.

A la espera de recuperar la regencia, Fernando neutralizó el apoyo francés a su yerno Felipe por el Tratado de Blois y se casó con Germana de Foix, sobrina del Rey Luis XII. Sin embargo, Felipe I reinó pocos meses puesto que falleció en un suceso que sigue envuelto en el misterio. Entre el pueblo no tardó en prender la sospecha de que Fernando había envenenado a su yerno. De una forma u otra, cuando el aragonés regresó a Castilla, encerró a su hija –quien durante el cortejo fúnebre de su marido evidenció que su salud mental se había resentido aún más frente a aquella escalada de muertes– en Tordesillas y asumió la regencia hasta 1507.

Pese a todo el afecto que guardaba a Isabel «la Católica», retratado en la frase «su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…», lo cierto es que el monarca no esperó mucho tiempo antes de volver casarse. Un año después del fallecimiento de la Reina, el 19 de octubre de 1505, Fernando II de Aragón, de 53 años, se casó con Germana de Foix de 18 años de edad. En los pactos con el Rey de Francia, tío de la esposa, este cedió a su sobrina los derechos dinásticos del Reino de Nápoles y concedió a Fernando y a los descendientes de la pareja el título simbólico de Rey de Jerusalén. A cambio, el Rey Católico se comprometió a nombrar heredero al posible hijo del matrimonio. Es decir, todos los puntos quedaban a expensas de que el veterano rey fuera capaz de engendrar un hijo con la francesa.

El Rey acude a la cantárida: un escarabajo

En su momento, el matrimonio levantó las iras de los nobles de Castilla y de la dinastía de los Habsburgo, enemiga tradicional de la Monarquía francesa, ya que lo interpretaron como una maniobra de Fernando el Católico para impedir que el hijo de Felipe «el Hermoso», Carlos I, heredase la Corona de Aragón. Y así era, pero todo pasaba porque el matrimonio tuviera hijos. Precisamente con ese propósito, Fernando recurrió supuestamente a la cantárida (también conocido como mosca española), un escarabajo verde brillante que una vez muerto, seco y reducido a polvo, se empleaba desde la antigüedad como sustancia vasodilatadora, cuyos efectos son muy parecidos a los que produce la «viagra». El abuso en el consumo de este afrodisíaco pudo provocarle graves episodios de congestión al monarca, lo que derivó en una hemorragia cerebral.

Según Jerónimo Zurita, cronista del Reino de Aragón, el Rey sufrió una grave enfermedad ocasionada por un «feo potaje que la Reina le hizo dar para más habilitarle, que pudiese tener hijos. Esta enfermedad se fue agravando cada día, confirmándose en hidropesía con muchos desmayos, y mal de corazón: de donde creyeron algunos que le fueron dadas yerbas». Si bien nunca se ha podido demostrar científicamente, sus contemporáneos no tenían dudas de que el cóctel de afrodisíacos, en especial por la cantárida, era el culpable del progresivo empeoramiento en la salud del anciano rey.

A los 63 años de edad, Fernando falleció en Madrigalejo (Cáceres) cuando iba a asistir al capítulo de las órdenes de Calatrava y Alcántara en el Monasterio de Guadalupe. El consumo frecuente de cantarína y otros productos, como testículos de toro, pudieron influir directamente en la hemorragia cerebral que sufrió en la localidad extremeña. De hecho, algunos cronistas han apuntado que la noche anterior a su muerte había ingerido una dosis muy elevada del «feo potaje». Tras ser confesado por el fraile Tomás de Matienzo y solicitar 10.000 misas por su alma, el Rey murió el 23 de enero de 1516.

Un heredero habría cambiado la historia

Los esfuerzos por engendrar un heredero varón parecieron llegar a puerto en 1509. El niño, llamado Juan, falleció a las pocas horas de nacer, evitando que el Reino de Aragón se desvinculara dinásticamente de Castilla. Por el contrario, el Rey no tuvo más hijos y dejó todas sus posesiones a su hija Juana, Reina de Castilla, que al encontrarse inhabilitada para reinar cedió la Corona de Aragón, incluidos sus reinos italianos y una parte de Navarra, a Carlos de Gante, futuro Carlos V de Alemania. Hasta su llegada a España, Fernando nombraba a su hijo natural Alonso de Aragón regente de los reinos aragoneses y al Cardenal Cisneros, regente de Castilla. El aragonés se vio obligado a dejar la regencia a Cisneros en contra de su primera voluntad, que era concedérselo a su nieto favorito, Fernando de Habsburgo, quien había sido criado por él. Expresó en el documento, además, su voluntad de ser enterrado en la Capilla Real de Granada, junto a su primera esposa, Isabel de Castilla.

Y una de las pocas instrucciones que Fernando «el Católico» dirigió a su nieto Carlos fue para que se encargase de que Germana de Foix viviera holgadamente, «pues no le queda, después de Dios, otro remedio sino sólo vos…». Y el futuro emperador alemán se lo tomó al pie de la letra puesto que mantuvo una relación amorosa con la francesa. Carlos I, con 17 años, quedó prendido desde el primer día de su abuelastra, de 29 años, una mujer discreta y afectuosa que aún no padecía los problemas de obesidad que tendría en su vejez.

Según Fernández Álvarez, la pareja tuvo una hija, Isabel, y aunque nunca fue reconocida oficialmente por Carlos, Germana de Foix se refiere a ella en su testamento como la «infanta Isabel» y a su padre como «el emperador». La niña residió y fue educada en la Corte de Castilla. No obstante, Germana se casó dos veces más: la primera de ellas con Johann de Brandenburgo, del séquito personal de Carlos I, y la segunda con Fernando de Aragón, duque de Calabria.

Por su parte, el uso de la cantárida como afrodisíaco cayó en desuso a partir del siglo XVII a consecuencia de sus muchos efectos secundarios –producía irritaciones gastrointestinales y molestias urinarias, con erección espontánea del pene– y del gran número de envenenamientos del que fue responsable. En el lujurioso siglo XVIII volvería a estar de moda, en la mayoría de casos empleado directamente como veneno.

El agua de la Tierra podría proceder de asteroides, y no de cometas


ABC.es

  • Los datos obtenidos por la misión Rosetta en el cometa 67/P Churyumov Gerasimenko revelan que su agua no se parece a la de nuestro planeta
El agua de la Tierra podría proceder de asteroides, y no de cometas

ESA/Rosetta/Philae/DLR El módulo Philae captó esta imagen del cometa durante su aproximación

Un equipo internacional de científicos dirigido por Kathrin Altwegg, investigadora principal del instrumento ROSINA, un espetrómetro de masas a bordo de la sonda Rosetta, acaba de publicar en Science las primeras conclusiones del análisis del agua del cometa Churyumov Gerasimenko. Un agua que, al parecer, es diferente de la que tenemos en la Tierra.

Uno de los objetivos principales de la misión Rosetta es, en efecto, averiguar si el agua de la Tierra, la que llena nuestros océanos, fue o no traida a nuestro mundo por cometas. Y las medidas directas de la proporción entre hidrógeno y deuterio en el agua del cometa 67/P Churyumov Gerasimenko tomadas por Rosetta parecen indicar que no. O por lo menos, no por cometas de la misma clase que el primero en el que el hombre consigue hacer aterrizar un módulo. [Así te lo contamos en directo].

Se sabe que, hace más de 3.000 millones de años, cuando el Sistema Solar era aún muy jóven, Júpiter se desplazó desde su lugar de origen hasta su órbita actual. Al hacerlo, el planeta gigante arrastró en su avance a millones de cometas y asteroides, lanzándo a muchos de ellos directamente contra los planetas interiores. La Tierra sufrió en aquella época lo que se conoce como “El gran Bombardeo”, y recibió el impacto de un gran número de meteoritos y cometas de todos los tamaños. Muchos científicos mantienen la hipótesis de que fue así, precisamente, cómo pudieron llenarse las cuencas oceánicas.

Pero el instrumento ROSINA de la nave Rosetta, un espectrómetro de masas que ha analizado la huella química de los gases que envuelven el núcleo del Churyumov Gerasimenko, ha demostrado que el agua del cometa no es como la de la Tierra. Desde hace años, investigadores de todo el mundo han estado estudiando la composición del agua que contienen asteroides y cometas para determinar si fueron los unos o los otros los que aportaron las reservas originales del agua terrestre.

“La procedencia del agua y de los compuestos orgánicos de la Tierra y de otros planetas terrestres -dicen los investigadores en su artículo de Science- lleva discutiéndose desde hace largo tiempo sin que se haya llegado a un consenso. Y una de las mejores maneras de distinguir entre los diferentes escenarios posibles es determinar las proporciones de hidrógeno y deuterio en las reservas de agua de los cometas y en los océanos terrestres”.

La proporción hallada por los investigadores en el agua del cometa es tres veces superior a la que existe en la Tierra. “Mediciones cometarias anteriores -prosigue el artículo- junto a nuestros nuevos datos sugieren un amplio abanico de proporciones entre hidrógeno y deuterio en el agua contenida en el interior de los objetos jupiterinos y excluye la idea de que este agua sea la única que compone los océanos terrestres”.

En muchos casos, el agua suele contener átomos regulares de hidrógeno (con un solo protón y un único electrón), pero en otros casos el hidrógeno es sustituido por uno de sus isótopos más pesados, el deuterio (que incluye también un neutrón). En el agua que contiene 67/P Cguryumov Gerasimenko, la proporción entre hidrógeno y deuterio es tres veces superior a la que se da en el agua de los océanos terrestres, y también mucho más alta que la encontrada en otros cometas similares.

En el cometa 103/Hartley 2, por ejemplo, se descubrió hace unos años que la proporción entre hidrógeno y deuterio era tan baja que llevó a muchos científicos a considerar seriamente la idea de que las reservas de agua de la Tierra procedían exclusivamente de los cometas.

Pero los nuevos datos recién obtenidos del 67/P Churyumov Gerasimenko podrían inclinar la balanza, de nuevo, a favor de los asteroides como depositarios de esa reserva original. Los datos también sugieren que las proporciones de hidrógeno y deuterio en la familia de los cometas jupiterinos es mucho más diversa de lo que se pensaba hasta ahora. Una variedad que, posiblemente, refleja lugares de nacimiento diferentes de los cometas y a distancias muy variables del Sol, como son por ejemplo el cinturón de Kuiper, cerca de Plutón, o la nube de Oort, en los confines extremos del Sistema Solar.

La Casa de las Siete Chimeneas, la leyenda del palacio maldito de Madrid


ABC.es

  • Una mujer que se pasea por sus tejados y la muerte de la amante de Felipe II en su noche de bodas alimentan una historia de fantasmas
La Casa de las Siete Chimeneas, la leyenda del palacio maldito de Madrid

La conocida como Casa de las Siete Chimeneas se encuentra en la Plaza del Rey, a pocos pasos de la fuente de la Cibeles. Este edificio fue el nido de amor del capitán Zapata y de su esposa Elena. Pero la felicidad de su maridaje duraría poco, ya que Zapata falleció en la guerra de Flandes. Poco después, la mujer apareció muerta en su dormitorio. Jamás se aclararon las causas de su fallecimiento. Tampoco ayuda que el cadáver desapareciera sin dejar rastro. Desde entonces, se dice que el fantasma de una mujer camina entre las siete chimeneas que coronan el tejado del palacete. Pero no es la única fantasmagórica historia.

Pasados los años, éste sería también el hogar de un anciano rico y su mujer, ambos unidos a raíz de un matrimonio de conveniencia. La relación se truncó cuando la misma noche de bodas la joven se suicidó. A partir de entonces, se rumorea que por las noches su espíritu, despechado, se asoma por los balcones de la casa, tintineando unas monedas. Parece ser que regalo del rey Felipe II de quien fue amante.

¿Cuál era la comida favorita de Hitler, Mussolini y otros dictadores?


ABC.es

  • Un nuevo libro recoge los gustos culinarios de los líderes más destacados del SXX
¿Cuál era la comida favorita de Hitler, Mussolini y otros dictadores?

ARCHIVO ABC | Entre los platos favoritos de Hitler estaba la paloma rellena

Muchas veces pensamos que ya se ha escrito o dicho todo sobre determinados personajes, pero hay noticias que no dejan de sorprendernos, un libro que habla cobre los gustos culinarios de diferentes dictadores…. increible.
Hitler, Mussolini, Gaddafi y otros tantos. Todos ellos fueron crueles dictadores que acabaron con la vida de miles de personas y dirigieron la existencia de millones. Sin embargo, también eran humanos y, como tal, tenían sus predilecciones a la hora de sentarse a la mesa. Pero ¿Existe, a día de hoy, constancia de cuáles eran sus comidas favoritas?

Al parecer sí, o eso afirman las investigadoras Victoria Clark y Melissa Scott en su nuevo libro «Dictators’ Dinners: The Bad Taste Guide to Entertaining Tyrants» -analizado por la versión digital del diario «The Telegraph»-. Y es que, en este texto las escritoras se sumergen en las predilecciones culinarias de los grandes dictadores del Siglo XX (algunos de ellos tan actuales como Fidel Castro o Kim Jong-il).

1-Adolf Hitler

A pesar de que el Führer era conocido por ser vegetariano, las investigadoras afirman que -durante 1930- se «saltó» varias veces sus convicciones para comer el que era su plato favorito: paloma rellena con nueces, lengua, hígado y pistachos. Al parecer, declaró en varias ocasiones que no había «nada mejor que una buena bola de hígado» al sentarse a la mesa. Esta afirmación corroboraría la teoría de que el líder nazi no ingería carne debido a un problema gástrico que le provocaba una flatulencia crónica, pero no por ideales.

2-Benito Mussolini

El dictador italiano sentía auténtica debilidad una sencilla ensalada elaborada a base de ajo crudo, aceite y limón (todo ello mezclado en una especie de pudding). «Solía comerse un plato entero al día. No podía ir a ninguna parte con él después de eso», explicaba –según los datos recogidos por el «Telegraph»- su mujer a la cocinera de la familia. Además, las investigadoras afirman que únicamente ingería pasta fabricada de forma especial y no le gustaba la carne –aunque no le importaba meterse entre pecho y espalda un buen pedazo de ternera marinada en todo tipo de hierbas-.

3-Muamar Gaddafi

Al igual que Hitler, las investigadoras consideran que el libio sufría de flatulencia crónica, por lo que tuvo que renunciar a una de sus bebidas preferidas: la leche. Entre sus comidas favoritas se encontraban los macarrones –no se especifica la salsa con las que acompañarlos.- y el cuscús con carne de camello. Según sus más allegados, solía disfrutar con alimentos sencillos.

4-Fidel Castro

En palabras de Clark y Scott, la íntima amiga de Fidel Castro, Celia Sánchez, ha revelado en varias ocasiones que éste siente auténtica devoción por la sopa hecha con una tortuga en peligro de extinción.

5- Kim Jong-Il

Al parecer, el líder norcoreano fue un auténtico gourmet. De hecho, y siempre según las autoras, poseía una biblioteca entera llena de libros de cocina e instruyó a sus embajadores para que le informaran de las especialidades culinarias locales de las regiones que visitaban.

Así conoció desde el caviar iraní hasta la carne de cerdo danesa pasando por los mangos tailandeses. Sin embargo, las comidas por las que sentía debilidad eran la sopa de aleta de tiburón y la elaborada a base de carne de perro (la cual, según creía, le proporcionaba inmunidad ante las enfermedades y virilidad).

Un cáncer de útero acabó con Isabel «la Católica», la reina más poderosa de su tiempo


ABC.es

  • La castellana es la prueba de que el poder y las responsabilidades excesivas, tampoco ayudaron las infidelidades de su marido, desgastan a nivel físico. A su muerte con 53 años, la Reina aparentaba mucha más edad de la que tenía
Un cáncer de útero acabó con Isabel «la Católica», la reina más poderosa de su tiempo

Museo del Prado | «Doña Isabel la Católica dictando su testamento», pintura de Eduardo Rosales

Isabel de Trastámara llevaba reinando en Castilla durante treinta agotadores años cuando le alcanzó la muerte en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504. Tenía 53 años y había ocupado el trono desde 1474, después de superar numerosas dificultades, guerra contra los partidarios de Juana «la Beltraneja» mediante. En el momento de su muerte, los obstaculos del reinado y su insistencia por desplazarse siempre montada a caballo por los lugares del reino habían afectado gravemente su salud, tanto a nivel físico como psicológico –sobre todo a raíz de la prematura muerte de dos hijos y un nieto en torno a esas fechas–. Según los síntomas descritos por las fuentes de la época, la castellana falleció de una hidropesía (retención de líquido en los tejidos) a consecuencia probablemente de un cáncer de útero.

Sin embargo, nunca es sencillo hacer un diagnóstico solo con fuentes escritas, como no es fácil hacer un perfil psicológico de personajes históricos. Todavía en la actualidad existen dudas sobre la dolencia que consumió a la Reina en un plazo de tres años, desde que se mostraron los primeros síntomas. La descripción de la enfermedad que hace el humanista Pedro Mártir de Anglería respalda la versión de que fuera este tipo de cáncer: «El humor se ha extendido por las venas y poco a poco se va declarando la hidropesía. No le abandona la fiebre, ya adentrada hasta la médula. Día y noche la domina una sed insaciable, mientras que la comida le da náuseas. El mortífero tumor va corriéndose entre la piel y la carne».

Antes de encontrarse en este estado, Isabel I de Castilla llevaba dos años sufriendo episodios de fiebre prologada. Además, la castellana creyendo que se trataba de los achaques de la edad vio como por esas fechas se le hincharon las piernas, aumentó de peso y le aparecieron úlceras en las extremidades, las cuales fueron atribuidas a sus viajes a caballo. Todo ello hizo que la Reina tuviera dificultades para caminar y se viera obligada a usar una litera para desplazarse. Cuando ya no pudo subir ni a la litera y tuvo que permanecer en el lecho, apareció «la sed insaciable», señalada por Mártir de Anglería en su texto. Un síntoma asociado normalmente a las alteraciones del eje hipotálamo-hipofisiario o a una lesión renal crónica. En el primer caso, las causas más frecuentes de lesión son las traumáticas y los tumores selares y paraselares.

Un tumor «en las partes vergonzosas»

Con sed insaciable, insomnio, fiebres y dolor en un costado, los médicos de la Reina dejaron escrita una pista reveladora pocos meses antes de su fallecimiento. Habían localizado un tumor visible, pero no concretaron su localización ni el carácter de la lesión. A juzgar por estas informaciones, el secretismo en torno a la ubicación del tumor evidencia que probablemente se trataba de un cáncer de útero o de recto que, a causa del histórico recato de la Reina, se negó a poner bajo el tratatamiento debido y a hacer pública su naturaleza. Un contemporáneo, el doctor Álvaro de Castro, que no llegó a tratar a la monarca directamente, fue más allá en sus estudios y afirmó que «la fístula en las partes vergonzosas y cáncer que se le engendró en su natura» estaba provocado por cabalgar en exceso durante las campañas militares en Granada. Un ejercicio de especulación médica que va más allá de las pruebas disponibles.

Pero la hipótesis del cáncer, la más aceptada entre los historiadores, no es la única que se ha barajado. A los 41 años de edad, Isabel I sufrió de fiebres tercianas (malaria o paludismo) que, aunque tratadas en su momento, pueden provocar posteriormente sed abrasadora, convulsiones (la Reina registró al menos una, fechada en octubre de 1504), palidez y cambios metabólicos. El paludismo, sin embargo, no explica todo el cuadro clínico y se deben considerar más posibilidades sobre la enfermedad que afectó a la Reina Isabel, por ejemplo: una vasculitis, primaria o secundaria, como sopesa el doctor Jaime G. Gómez en «Historia Clínica de la última enfermedad de la Reina»; las complicaciones de una diabetes sin tratar, o incluso la peste, puesto que en la villa de Medina del Campo y sus alrededores sufrieron durante aquel año un rebrote de la terrible pandemia.

Si bien no tuvo influencia en los orígenes de la dolencia, cabe recordar que la paciente tenía graves problemas emocionales desde las prematuras muertes de su hijo Juan, el príncipe heredero, de su hija mayor Isabel y de su nieto Miguel, que también había sido nombrado heredero, en el transcurso de pocos años. La depresión reactiva o trastorno de ánimo deprimido se produce como respuesta a un acontecimiento negativo de la vida del sujeto, no teniendo por qué brotar inmediatamente después del acontecimiento desencadenante, y puede entorpecer el tratamiento de otras enfermedades.

La depresión agravó su salud

Las infidelidades de su marido, Fernando «el Católico», tampoco ayudaron a que la Reina templara sus nervios. Fernando tuvo al menos tres hijos extramatrimoniales, porque el aragonés «amaba mucho a la reina su mujer, pero dábase a otras mujeres» –como dice el cronista–, entre ellos uno que se convirtió en arzobispo de Zaragoza. Algo que la castellana nunca pudo soportar y le provocó varios arranques de celos. Así y todo, los historiadores coinciden en que la pareja mantuvo un afecto mutuo hasta los últimos días de Isabel. «Su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…», escribió entonces el aragonés.

La incipiente enfermedad mental de su hija Juana, que en el lecho de muerte de la Reina ya mostró un comportamiento extraño, fue otro de los quebraderos que hostigó la salud de la castellana. En el testamento de la Reina se estipula que, si bien la heredera del trono era su hija Juana, el Rey Fernando administraría y gobernaría Castilla en su nombre hasta que el Infante Carlos cumpliera veinte años. Las continuas discusiones de Juana con los Reyes Católicos –a causa del malsano amor que profesaba a su marido– y su inestabilidad mental habían convencido a Isabel de ceder la regencia de Castilla a Fernando. No en vano, la falta de apoyos entre la nobleza castellana y la llegada del marido de Juana, Felipe «el Hermoso», hicieron que Fernando no pudiera cumplir con la voluntad de su esposa.

Su testamento además disponía que la enterraran en Granada, en la iglesia de San Francisco, mientras se construía una Capilla Real en la catedral de esa ciudad. Allí serían trasladados sus restos en 1521 por su nieto Carlos I, donde descansan junto a los de su esposo Fernando, su hija Juana y su nieto Miguel.