¿Qué ocurriría si cayésemos por un túnel a través de la Tierra?


El Confidencial

  • depende de su orientación respecto al eje

Una dolina en Guatemala.

Partamos de la premisa de que en ciencia no hay, a priori, preguntas absurdas, sobre todo si se trata de aprender. Jordi Pereyra, estudiante ibicenco de ingeniería mecánica de 24 años, lo sabe bien. No tanto por su faceta de alumno, sino como por su papel como divulgador. Es el autor de Ciencia de Sofá, un blog en el que explica cuestiones científicas con lenguaje cotidiano y accesible para todos.

Pero no solo explica: también responde. Pereyra dedica muchos de sus posts a responder preguntas que le envían los lectores. “¿Cómo sentiríamos la presión si nos sumergiésemos en una piscina en lo alto del Everest?”; “¿es posible aprovechar la energía de los rayos?”; “si la Luna solo pasa una vez, ¿por qué hay dos mareas altas al día?”.

¿Y si me tiro por un agujero excavado a través de la Tierra?” Se trata obviamente de una cuestión irrealizable en la práctica: el centro de la Tierra está compuesto por magma a altísimas temperaturas y las dificultades técnicas para construir un túnel en esas condiciones serían insuperables. Pero por el afán de divulgar, Pereyra se arremanga y responde a la pregunta.

Si el túnel va de un polo a otro polo

Lo primero a tener en cuenta es el movimiento de rotación de nuestro planeta sobre su propio eje: no será lo mismo si el túnel va de un polo al otro que si une dos puntos del ecuador.

Pereyra comienza con el primer caso. “Al estar excavado de polo a polo, en este túnel la rotación de la Tierra no nos va a molestar”. Solo hay que saltar por el extremo del polo norte y empezar a caer y caer y caer… Al principio, como si estuviésemos en cualquier otro punto de la superficie terrestre, tenemos toda la masa del planeta bajo nosotros atrayéndonos hacia abajo por efecto de la gravedad y acelerando nuestra caída a un ritmo de 9,81 metros por segundo cada segundo.

A medida que caemos, la masa de la Tierra deja de estar toda debajo y pasa a estar a nuestro alrededor. Puesto que parte de ella tira de nosotros hacia arriba, la caída acelera cada vez más lentamente. “Ojo, esto no significa que nuestra caída se esté frenando, porque la mayor parte de la masa del planeta sigue estando bajo nuestros pies, sino que se acelera a un ritmo menor”, señala Pereyra.

Unos 20 minutos después de saltar al interior del túnel, alcanzaríamos el centro de la Tierra. Este sería un punto de inflexión, ya que ahí tendríamos la misma cantidad de masa rodeándonos en todas direcciones y tirando de nosotros con la misma fuerza. Si en ese momento pudiésemos pesarnos, la cifra resultante sería 0 kilos. A esa altura dejaríamos de acelerar, lo que significa que habríamos alcanzado la velocidad máxima de la caída, unos 7.900 metros por segundo.

Una velocidad que no mantendríamos durante mucho tiempo porque, una vez sobrepasado el centro, tendríamos más masa por encima de nosotros que por debajo, y por tanto la fuerza gravitatoria tiraría más de nosotros hacia arriba que hacia abajo, y la caída empezaría a desacelerar.

Depende de lo bien que te lo hayas pasado, podrías dejarte caer cuantas veces quieras y repetir el proceso infinitamente

Según nos vamos acercando al final y cada vez más masa está sobre nosotros, la caída es cada vez más lenta hasta que al llegar a la salida del túnel en el polo sur, ésta se detiene por completo. Aquí tendríamos dos opciones: sujetarnos con fuerza al borde e impulsarnos para poder salir, o quedarnos quietos y dejarnos caer de nuevo hacia abajo (lo que antes era arriba), y repetir el proceso. “Depende de lo bien que te lo hayas pasado, podrías dejarte caer cuantas veces quieras y repetir el proceso infinitamente”, explica Pereyra.

Si el túnel conecta dos puntos del ecuador

Esta es la manera bonita de hacerlo, dice, porque si el túnel es en horizontal, la cosa cambia. “Si saltas a través de este túnel vas a enfrentarte a la influencia de tu amigo el efecto Coriolis, pero la amistad probablemente durará poco”.

El efecto Coriolis es el efecto que se observa en un sistema en rotación cuando un cuerpo se encuentra en movimiento respecto a este sistema. Consiste en la existencia de una aceleración relativa del cuerpo en cuestión, siempre perpendicular al eje de rotación del sistema y a la velocidad del cuerpo. Vamos, que la rotación de la Tierra (en este caso, el sistema) tendrá un efecto sobre nosotros (en este caso, el cuerpo), modificando nuestra trayectoria, algo peligroso si tenemos en cuenta que estamos dentro de un túnel.

La Tierra rota sobre sí misma una vez al día. Puesto que la línea del ecuador mide 40.000 kilómetros, cualquier punto de esa línea se mueve a una velocidad de 1.667 km/h. Pero si empezamos a excavar en dirección al centro de la Tierra, a medida que avanzamos describimos una circunferencia menor en torno al eje de rotación. Puesto que tardaríamos lo mismo en hacerlo, un día, eso quiere decir que nos moveríamos más despacio.

Es decir, que nuestro túnel rotará [respecto al eje de la Tierra] a distinta velocidad según la altura a la que se encuentre la sección en la que nos fijemos, siendo máxima en las aperturas del túnel y nula en su punto medio

Cuanto más avanzamos, más lento iríamos, hasta llegar al centro, en el que la velocidad de rotación sería nula. “Es decir, que nuestro túnel rotará [respecto al eje de la Tierra] a distinta velocidad según la altura a la que se encuentre la sección en la que nos fijemos, siendo máxima en las aperturas del túnel y nula en su punto medio”.

Esto en la superficie no es problema, pero al saltar dentro sí lo es, y bastante gordo, porque las paredes que te rodean estarían moviéndose más despacio que tú. Y es que cuando un cuerpo se separa de otro que está en movimiento, conserva temporalmente su dirección.

De forma que al saltar al túnel en el ecuador no solo nos movemos en vertical hacia abajo, sino también llevamos esa aceleración horizontal a 1.667 km/h que llevábamos en la superficie sin ser conscientes de ello. La entrada del túnel se mueve a esa velocidad, pero a medida que caemos, la circunferencia en torno al eje es menor, y la velocidad es más lenta y, dependiendo de lo ancho que sea el túnel, antes o después nos estrellaremos contra sus paredes.

Seguramente no pasaría mucho tiempo antes del golpe. La superficie del planeta está a 6.137 kilómetros del eje de rotación y se mueve a 1.667 km/h. A 10 kilómetros bajo la superficie, la velocidad de rotación es de 1.604 km/h, es decir, 64 km/h más lenta que en la superficie. “Teniendo esto en cuenta, atravesaríamos los pocos metros de ancho que tendría el agujero mucho antes de alcanzar una profundidad de 10 kilómetros.”

Al golpear la pared por primera vez, continúa Pereyra, nuestra velocidad se reducirá, igualándose a la que lleve el túnel en esa profundidad. Durante unos cuantos metros llevaríamos la misma velocidad que las paredes, pero al poco tiempo volveríamos a chocar. “En realidad, una vez nos damos contra la pared, seguiremos cayendo prácticamente rozándola a menos de pegásemos un empujón para separarnos de ella”.

Esto es otro factor clave que diferencia éste del caso anterior. Al llegar al centro de la Tierra, donde su masa está repartida a nuestro alrededor de forma uniforme y tira de nosotros con la misma fuerza en todas direcciones, no llevaríamos velocidad suficiente y quedaríamos prácticamente parados. Estaríamos atrapados en el centro de la Tierra.

Escepticismo y conocimiento contra la credulidad

Pereyra ha comentado a Teknautas que lleva ya 52 de estas particulares clases de ciencias (entre sus preferidas, cuántas anguilas eléctricas harían falta para iluminar una ciudad y por qué el mar no es cada vez más salado), en las que se implica porque quiere devolver a la gente su fe en el conocimiento. “La gente parece estar perdiendo la confianza en la ciencia, y por otro lado, la educación científica que recibimos en nuestra infancia tampoco brilla por su capacidad de marcarnos y acompañarnos durante toda la vida”.

Pretendo dar a la gente las herramientas necesarias para que tengan información con la que contrastar las ideas de todos estos estafadores y decidir si les convence la patraña de turno que les están presentando

Esto ha hecho, dice, que proliferen una legión de fraudes y cantamañanas dispuestos a aprovecharse de la situación para sacarle el dinero a la población más vulnerable a sus patrañas. “Me refiero a vendedores de productos milagro, astrólogos o autores de documentales catastrofistas o de conspiraciones absurdas, muchas veces creadas por gente que hace referencia constantemente a la física cuántica sin saber realmente qué está diciendo pero a los que no les importa mientras puedan venderte unos cuantos DVDs”.

Así que, frente a la credulidad y la ignorancia, este veinteañero quiere poner conocimiento y escepticismo: “Pretendo dar a la gente las herramientas necesarias para que tengan información con la que contrastar las ideas de todos estos estafadores y decidir si les convence la patraña de turno que les están presentando”.

El día que la Tierra deje de rotar, más vale que te pille en un avión


El Confidencial

  • una hipótesis de consecuencias catastróficas

En este momento, si está usted leyendo este artículo desde España, se está desplazando a una velocidad aproximada de 1.180 kilómetros por hora aunque no lo note. La velocidad exacta dependerá de la latitud en la que se encuentre, que es la distancia que le separa del Ecuador. En el mismo Ecuador, el paralelo más largo de la Tierra y por tanto donde más recorrido hay que hacer para completar una rotación, la velocidad alcanzaría prácticamente los 1.700 km/h, mientras que en los Polos se reduciría hasta casi anularse.

El movimiento de rotación de la Tierra, aunque no lo percibamos a través de nuestros sentidos, es una de las características que condicionan nuestro mundo y nuestra vida. ¿Qué pasaría por tanto si ese movimiento cesase? ¿Si pudiésemos pisar un freno imaginario y parar la Tierra? Se trata de una situación totalmente hipotética, y vistas las predicciones de los científicos, menos mal que es así, porque las consecuencias serían catastróficas.

Lo que llamamos la Tierra no es un bloque macizo, piensa en las rocas, o la arena. La superficie, la corteza terrestre, se desplaza sobre una capa líquida

Para empezar, Fernando Jáuregui, astrónomo del Planetario de Pamplona, explica que habría que determinar qué parte de la Tierra frenaríamos: “Lo que llamamos la Tierra no es un bloque macizo, piensa en las rocas, o la arena. La superficie, la corteza terrestre, se desplaza sobre una capa líquida”. Por tanto, el efecto sería distinto si detenemos toda la Tierra o si solo paramos el núcleo.

En el segundo caso, si solo frenásemos el centro de la Tierra, todas las capas superiores seguirían girando a causa de la inercia, aunque se detendrían poco a poco a causa del rozamiento. En este escenario, los efectos del frenazo no serían tan inmediatos, aunque la recolocación de las placas tectónicas al disminuir la fuerza centrípeta terminaría provocando grandes terremotos.

Saldríamos despedidos por la inercia

Si en cambio detuviésemos la Tierra al completo, el impacto en ese mismo momento sería enorme. Michael Stevens, divulgador británico muy popular en las redes sociales, ha publicado un vídeo en el que hace recuento de las catástrofes que seguirían al parón.

Para empezar, al frenarse la Tierra, saldríamos despedidos a causa de la inercia. Sería un efecto similar al que sentimos cuando vamos en coche y damos un frenazo: no notamos que estamos en movimiento hasta que el automóvil se detiene y nosotros seguimos con el impulso. Solo que en este caso, el impulso sería enorme, haciéndonos volar en dirección este a miles de kilómetros por hora. Las personas que en ese momento se encontrasen viajando en aviones por la atmósfera, y los astronautas de la Estación Espacial Internacional tendrían alguna oportunidad de sobrevivir (un poco más), los demás nos convertiríamos en proyectiles voladores.

Si algo aguantase, sufriría el impacto de fortísimas corrientes de aire, similares a las generadas por la explosión de una bomba atómica, que arrastrarían todo lo que pillasen a su paso, generando una erosión y una fricción que provocaría grandes incendios

Y no solo los humanos saldríamos volando. “Todo lo haría”, asegura Jáuregui, “incluidos nuestros edificios, que no tienen fuerza suficiente para aguantar un impacto así”. Si algo aguantase, sufriría el impacto de fortísimas corrientes de aire, similares a las generadas por la explosión de una bomba atómica, que arrastrarían todo lo que pillasen a su paso, generando una erosión y una fricción que provocaría grandes incendios. Estos vientos además formarían tormentas de gran violencia.

La Tierra, cada vez más redonda

Al pararse el planeta, desaparecería la fuerza centrífuga que da a la Tierra su forma elipsoide (achatada por los polos), redistribuyendo la gravedad y por tanto alterando la configuración de los océanos y los continentes. De hecho, es probable que enormes olas se tragasen prácticamente toda la superficie terrestre en un primer momento, para después ir migrando hacia las zonas polares, donde la gavedad es mayor. Así, la Tierra quedaría configurada en dos grandes océanos polares y un gran continente en la franja del Ecuador.

Pero eso cambiaría poco a poco, ya que sin fuerza centrífuga, la Tierra adoptaría una forma de esfera cada vez más perfecta, volviendo a distribuirse la gravedad de forma más uniforme, de forma que las aguas volverían a moverse y las zonas más elevadas sobresaldrían del nivel del mar.

Aunque no quedaría nadie en la Tierra para observarlo, al detenerse la rotación también parecería deterse el tiempo, ya que es este movimiento el que marca el paso de los días

Aunque no quedaría nadie en la Tierra para observarlo, al detenerse la rotación también parecería deterse el tiempo, ya que es este movimiento el que marca el paso de los días. Si nuestro planeta siguiese girando en torno al Sol (un movimiento con el que no nos hemos metido), esa sería toda nuestra percepción temporal. Así, un día (es decir, un ciclo de día y noche completo hasta volver a observar el Sol en la misma posición en el cielo) duraría lo mismo que un año, alterando el ciclo vital de todos los seres vivos que, a estas alturas, pudiesen existir.

Pero la relación de la Tierra con el Sol se volvería problemática también por otra razón. Al detenerse la rotación de la Tierra, el campo electromagnético que la cubre desaparecería, dejándola expuesta a enormes cantidades de radiación provenientes del espacio, fundamentalmente de nuestra estrella, y aquí ni los pasajeros de los aviones podrían sobrevivir. Ese campo electromagnético nos protege entre otros de erupciones de masa solar que el Sol lanza en nuestra dirección de forma esporádica, y sin él estaríamos totalmente expuestos.

Desvelan el origen del «Océano de las Tormentas» de la Luna


ABC.es

  • Es la planicie más gigantesca de nuestro satélite natural, un «mar» casi tan ancho como EE.UU.
Desvelan el origen del «Océano de las Tormentas» de la Luna

Kopernik Observatory/NASA/Colorado School of Mines/MIT/JPL/Goddard Space Flight Center La Luna llena, como se ve desde la Tierra, con el borde del Océano de las Tormentas marcado en rojo

Cuando los antiguos astrónomos comenzaron a observar la Luna se dieron cuenta de que su superficie tenía unas manchas oscuras que confundieron con mares. De la equivocación se quedó el nombre para referirse a esa grandes planicies lunares en la cara visible de nuestro satélite. La mayoría de ellas, como el Mar de la Serenidad (Mare Serenitatis) o Mar de la Lluvia (Mare Imbrium), son el resultado del violento impacto de asteroides. Muestras recogidas durante las misiones Apolo y los datos obtenidos por distintas sondas espaciales así lo confirman.

Desvelan el origen del «Océano de las Tormentas» de la Luna

Portada de Nature

 Pero existe una planicie, la mayor de ellas, cuyo origen no ha estado tan claro hasta ahora, principalmente porque su aspecto difiere del de las demás, más parecida a una herradura que a un círculo. Se trata del Océano de las Tormentas (Oceanus Procellarum), una gigantesca cuenca de unos 3.000 km de diámetro, casi tan ancha como Estados Unidos, en el oeste de la cara vista lunar. A partir de nuevos datos obtenidos por la misión Grail de la NASA, unas sondas gemelas que orbitaron la Luna de enero a diciembre de 2012, un equipo de científicos ha conseguido explicar cómo se formó. Según explican los autores en la revista Nature, esa inmensidad no pudo ser provocada por el choque de una roca espacial, sino que surgió de una gran columna de magma del interior del satélite.

Los investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), la Escuela de Minas de Colorado y la Universidad de Brown (EE.UU.) han creado un mapa de alta resolución de esta misteriosa región -también conocida como el «hombre en la Luna» por su similitud con una figura humana, y encontraron que, en efecto, su frontera no es circular, sino poligonal, compuesta por ángulos agudos que no podrían haber sido creados por un asteroide masivo. En su lugar, los investigadores creen que el contorno angular fue producido algún tiempo después de que la Luna se formara, por grietas de tensión gigantes en la corteza al enfriarse alrededor de un penacho de afloramiento de material caliente que fluyó del interior.

A medida que se produjeron las grietas, se formó un «sistema de cañerías» en la corteza de la Luna a través del cual el magma podría deambular a la superficie. Finalmente, llenó las cuencas pequeñas de la región, creando lo que vemos hoy en día como puntos oscuros en el lado cercano de la Luna.

Desvelan el origen del «Océano de las Tormentas» de la Luna

La Luna, como se ve con luz visible, su topografía (rojo es alto y azul bajo) y sus gradientes de gravedad NASA/Colorado School of Mines/MIT/JPL/Goddard Space Flight Cente

Misión Grail

El equipo llegó a esta conclusión utilizando datos obtenidos por la misión Grail. Los investigadores midieron la distancia entre las sondas mientras se perseguían la una a la otra alrededor de la Luna. Cuando la sonda pasa sobre una región de menor densidad, se desacelera brevemente, capturada por la atracción gravitatoria de esa región. A medida que las sondas rodeaban la Luna, se trasladaban en forma de acordeón, estirando y contrayendo la distancia entre ellas en respuesta a la variación de la atracción gravitacional debido a las diferencias de masa en el interior de la Luna.

A partir de la distancia variable entre las sondas, el equipo determinó la fuerza de la gravedad sobre la superficie de la Luna, creando un mapa muy detallado que se utiliza para determinar el lugar en el que se espesa y adelgaza la corteza lunar. Así, los investigadores observaron que el borde de la región del Océano de las Tormentas se compone de bordes que colindan en ángulos de 120 grados. Como los impactos de asteroides tienden a producir cráteres circulares o elípticos, esta cuenca no podría haber sido causada por un impacto.

El comandante del Apolo 15, David R. Scott, ahora profesor visitante en la Universidad de Brown (EE.UU.), ya se dio cuenta de las diferencias del Océano de las Tormentas cuando sobrevolaba la Luna en 1971. «Estaba muy claro que difería en muchas maneras de los mares circulares», dice Scott, que no ha participado en la investigación. «Después de varios años de desconcierto, Grail ha provisto los datos que nos muestran la razón de esas diferencias».

Y Cristo resucitó en Cástulo…


El Mundo

Desde la calle, nada presagia lo que esconden las salas de restauración del Museo Arqueológico de Linares (Jaén). Pero sólo el hecho de subir a la segunda planta de la casona palaciega que alberga las joyas arqueológicas, sobre todo iberas y romanas, que han salido en los últimos años de las excavaciones de la antigua ciudad de Cástulo ya asdasdaugura un gran descubrimiento. Los arqueólogos y restauradores recorren los laboratorios empeñados en las piezas que sostienen entre sus manos con la delicadeza que requiere el paso del tiempo. Están deseosos de mostrar al mundo el hallazgo de la última campaña que aún no ha terminado. De pronto, una de las técnicas de restauración aparece ante nosotros portando una caja de plástico de color azul. «Aquí la tenemos», dice sentenciosa. Apoya el cajón sobre una de las mesas de trabajo y levanta la tapa en la que un dibujo ya revela lo que va a aparecer en el interior. Una tela negra en el interior del arcón hace resaltar los grabados, pero lo primero que llama la atención es el maravilloso estado de conservación y lo completa que está la pieza de vidrio que lleva oculta más de 1.600 años, desde la segunda mitad del siglo IV.

Es necesario fijarse bien para percibir que está formada por pequeños pedazos pegados con gran habilidad usando una resina de restauración llamada Paraloid. Pero los puntos de unión no distraen para que la imagen de un Cristo arcaico, imberbe y con estética de filósofo griego, sosteniendo una cruz gemada, emerja con claridad ante todos los presentes. Son apenas 175 gramos de vidrio de unos dos milímetros de espesor. Es una patena, un plato de 22 centímetros de diámetro con una función muy clara en la liturgia del cristianismo: sostener el pan, la metáfora del cuerpo de Cristo, en la celebración de la eucaristía. No obstante, no es una pieza más.

El excelente estado de conservación de una pieza tan delicada ha permitido a los arqueólogos del proyecto Forum MMX, que realiza las excavaciones de la antigua ciudad monumental de Cástulo, recuperar hasta el 81% de la patena original, algo realmente excepcional en piezas de vidrio tan antiguas. Pero, además, el modo de representación de Cristo y la cronología del edificio y el estrato en el que se encontraba la patena evocan la época fundacional del primer cristianismo y prometen remover las cronologías arqueológicas de este tiempo, al menos en la Península Ibérica.

Imágenes de Cristo CARLOS GARCÍA POZO

«Cuando lo encontramos hubo una gran discusión dentro del equipo de arqueólogos», reconoce a EL MUNDO Marcelo Castro, director del proyecto Forum MMX que lleva a cabo las excavaciones en Cástulo. «Teníamos miedo a defender lo que veíamos, porque obligaba a revisar las cronologías del primer cristianismo en España», asegura el arqueólogo.

Pero el hallazgo de la patena ha supuesto un enorme espaldarazo para las hipótesis del equipo dirigido por Castro. Durante las excavaciones en la zona donde aparecieron los vidrios que fueron presentados ayer por la Junta de Andalucía en Linares, varios especialistas mantenían que se trataba de un edificio paleocristiano. «A medio camino entre las catacumbas y casas clandestinas de culto y las primeras arquitecturas cristianas de Roma», explica el director del yacimiento. Pero sólo con las estructuras de piedra no iba a ser fácil defender esa postura ante la comunidad internacional. «Aunque hay que irse a Mesopotamia para encontrar una arquitectura parecida», dice Castro. Sin embargo, la campaña de este verano les ha hecho un regalo de un valor incalculable.

El cristianismo fue una religión clandestina y perseguida durante los siglos II y III. Por ese motivo se extendió en esa época la representación del hijo de Dios a través de alegorías como la figura del pez, cuya palabra en griego era el acróstico de «Jesucristo, hijo de Dios, salvador». No fue hasta el siglo IV, con el edicto de Milán del año 313, cuando al acceder al trono el emperador Constantino -cuya familia se convirtió al cristianismo- legaliza y permite su culto sin cortapisa alguna.

“El hallazgo obligará a revisar las cronologías del primer cristianismo en España”, dice Castro

Y, según han podido fechar los arqueólogos de Cástulo gracias al análisis de materiales cerámicos y al estudio de monedas asociadas -una de ellas acuñada en tiempos del emperador Constancio II-, la patena que acaban de presentar al mundo coincide cronológicamente justo con ese momento histórico en el que el cristianismo deja de ser practicado en secreto en catacumbas y casas de culto -‘Domus Ecclesiae’- a espaldas de la sociedad de la época. Es decir, el hallazgo contiene una de las primeras representaciones de Cristo después de la dignificación del culto cristiano, conclusión apoyada por algunos de los mayores expertos del mundo en este tipo de arte como Anastassios Antonaras, del Museo de Cultura Bizantina de Tesalónica (Grecia), Lucía Seguí, de la Universidad de la Sapienza de Roma o Ángel Fuentes, de la Autónoma de Madrid.

De hecho, la propia representación del hijo de Dios imberbe, con el pelo corto y rizado al estilo alejandrino y ataviado con una toga de filósofo, revela una iconografía perteneciente a la época anterior a la estabilización del cristianismo. Y lo mismo sucede con los personajes que le acompañan en la escena tan común en el arte paleocristiano de la ‘traditio legis’, la entrega del mensaje evangélico a los apóstoles Pedro y Pablo. Ambas figuras portan un pergamino -‘rotulus legis’- y también están togados, pero carecen de los caracteres distintivos de ambos apóstoles -la barba y el gallo o la calva- que aparecerán posteriormente con la consolidación definitiva de esta religión.

Tanto es así, que el deán de la Catedral de Jaén, Francisco Juan Martínez Rojas, uno de los mayores expertos en iconografía paleocristiana, recomendó a los arqueólogos, después de examinar la patena hallada en Cástulo, que no atribuyesen esos personajes a Pedro y Pablo por si en la representación arcaica este tipo de escenas se representaban con apóstoles no identificados. El crismón presente en la patena representa el Alfa y el Omega, el principio y el fin, y realza la idea de inmortalidad, realeza y divinidad que se pretendía obtener con este Cristo en majestad. «Yo soy el Alfa y el Omega -dice el señor Dios- el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso» (Libro del Apocalipsis 1, 8).

Imágenes de Cristo 2 Marcelo Castro CARLOS GARCÍA POZO

El otro elemento arcaico de la pieza es el propio material. Tanto la elaboración del plato litúrgico, como el trazo del grabado han llevado a los expertos a pensar que fue elaborada en el taller del puerto de Ostia, en Roma, y no en otros talleres de menor importancia como el de Colonia, del que procede otra de las piezas de similar fabricación expuesta en el Metropolitan de Nueva York.

En los textos de Tertuliano, el único padre de la Iglesia que no fue canonizado, ya se habla de cálices y patenas decorados con la figura del buen pastor en el siglo III. Y en el ‘Liber Pontificalis’, la obra que compila las biografías de los primeros papas, se hace referencia a la presencia de patenas de vidrio durante el papado de Ceferino, en los siglos II y III. Pero una disposición del siglo IV atribuida al papa Urbano I, que ordena cómo tenían que ser los objetos de liturgia, obligó a abandonar la fabricación de cálices y patenas de vidrio, madera o cobre y a utilizar para ello metales preciosos, como el oro o la plata. De nuevo, la pieza hallada en Cástulo se encuentra en un espacio de transición entre el paleocristianismo y la consolidación como la religión de las elites vinculadas al poder.

El mosaico de los amores está a un par de metros del lugar donde apareció la patena

Pero Cástulo es mucho más que un ejemplo del primer cristianismo de la Península Ibérica. «El perfil arqueológico de Cástulo es un tesoro continuo desde la Edad del Bronce hasta el Renacimiento, cuando se abandonó definitivamente la ciudad», como explica Yolanda Jiménez, una de las arqueólogas del proyecto. Apenas se ha arañado un uno por mil de la tierra que cubre esta antigua ciudad amurallada. Pero los tesoros de los primeros siglos de nuestra era que ya han visto la luz en estas excavaciones permiten imaginar la gran urbe que se esconde bajo el promontorio. Cástulo era, a través del río Guadalimar, el último puerto de entrada a la zona desde el Mediterráneo. Y los mosaicos del siglo I que se han descubierto en este rincón de Andalucía desde 2011 dan idea de la potencia económica y el poder político de la ciudad.

El mosaico de los amores, elegido como uno de los hallazgos del año 2012 por ‘National Geographic’, era el suelo de la sede del culto imperial de Domiciano, un emperador autócrata y despiadado condenado al olvido a través de un ‘damnatio memoriae’ emitido por el Senado romano. Quizá por eso las 750.000 teselas de 24 colores traídas desde los confines del imperio hayan llegado casi intactas hasta nuestros días. «A Domiciano le cortaron la cabeza cuando se estaba construyendo el edificio, y tras la condena al olvido, se derribaron los muros sobre el propio mosaico», cuenta Marcelo Castro.

Mientras trabajan los arqueólogos, los visitantes curiosean las excavaciones y escuchan las explicaciones del equipo de Forum MMX. «En lugar de cerrar el yacimiento, hemos establecido un régimen de abierto por obras», cuenta el concejal de Patrimonio del Ayuntamiento de Linares, Daniel Campos. Además, se ha querido implicar a la población local para que se identifique con su pasado arqueológico y cientos de vecinos ya han participado como voluntarios en la excavación. «Queremos que Cástulo se convierta a través del turismo en el motor económico de una ciudad en proceso de desindustrialización», dice Juan Fernández, alcalde de Linares.

Los éxitos recientes se deben en buena parte al trabajo durante más de 20 años del arqueólogo José María Blázquez, catedrático emérito de la Complutense, quien consiguió en los años 70 que se expropiaran las 80 hectáreas de olivar que forman parte hoy del Conjunto Arqueológico de Cástulo. Por eso es él quien firma la primera referencia científica del mosaico de los amores, publicada en la revista Siete esquinas, del Centro de Estudios Linaerenses.

Cástulo es una ciudad que se devora a sí misma. Un lugar donde una joya romana del Bajo Imperio, el mosaico de los amores, y un testigo único del primer cristianismo de la Península Ibérica, una patena de vidrio tres siglos posterior se daban la mano situadas a apenas un par de metros de distancia.