La previsión del tiempo solar


El Mundo

  • La agencia meteorológica del Reino Unido emitirá en 2014 partes de tormentas solares
Tormenta solar captada por el observatorio SOHO. |

Tormenta solar captada por el observatorio SOHO. | AFP

Michael Fish, el más popular ‘hombre del tiempo’ en la historia de la BBC, tiene una mancha imborrable en su currículo. Las previsiones de la agencia meteorológica de Reino Unido (MET, en sus siglas en inglés) fallaron en octubre de 1987 y la tarde del 15 de esa ya mítica jornada el genial experto dijo a su audiencia: “no se preocupen, no viene un huracán en nuestra dirección”. Esa misma noche azotó una tormenta con vientos huracanados que provocó una veintena de muertes y destrozos en todo el país. Aún se recuerda como ‘la gran tormenta‘, la más intensa y destructiva en 300 años. El colosal error sigue siendo una auténtica pesadilla para Fish.

La MET opta desde entonces por la prudencia en sus partes meteorológicos. Ahora se embarca en una aventura galáctica para predecir el tiempo en el espacio con periódica regularidad. El gobierno ha destinado a la agencia una inyección de 4.6 millones de libras (unos 5,5 millones de euros), en un periodo de tres años, para la puesta en marcha de un sistema de predicciones de tormentas y otros fenómenos solares. Los pronósticos se realizarán diariamente y beneficiarán a las compañías eléctricas y los usuarios de tecnologías punta.

“Las erupciones solares, las tormentas espaciales y el viento solar pueden afectar a los satélites, GPS, redes energéticas y radio comunicaciones. Las previsiones del tiempo espacial ayudarán al gobierno y a los sectores comercial e industrial a tomar medidas para asegurar la continuidad en el suministro de servicios”, señala la MET en un comunicado difundido ayer. Los partes espaciales se emitirán diariamente a partir de la primavera de 2014.

Las tormentas solares se producen por la emisión de partículas altamente energéticas desde la corona o aureola solar. Estas partículas viajan a millones de kilómetros por hora en distintas direcciones. Cuando el recorrido apunta hacia la Tierra, el impacto puede demorarse entre 17 horas y tres días, dando margen a su detección a tiempo para evitar graves interrupciones o destrozos en las redes energéticas y de comunicación.

Funcionamiento a partir de 2014

El proyecto se desarrolla en asociación con el Servicio Nacional del Tiempo de la NOAA, siglas de la agencia estadounidense oceánica y atmosférica. También colaboran en la puesta en marcha del sistema de mediciones espaciales la Universidad de Bath y empresas privadas británicas. Dependiente del Ministerio de Negocios e Innovación pero con autonomía comercial, la MET ofrecerá su nuevo servicio tanto al gobierno como al sector privado. “El tiempo espacial se identifica entre los riesgos más importantes que pueden dañar nuestra infraestructura nacional. Hay dos riesgos cruciales: la red de transformadores y los sistemas de satélite”, explica Chris Willets, secretario de Estado para Universidades y Ciencia.

La creciente dependencia en las tecnologías por satélite ha acelerado el estudio y conquista de los fenómenos solares. Una macro tormenta espacial es un fenómeno raro pero altamente destructivo que, de acuerdo con los expertos, solo se produce cada cien o doscientos años. La más sonada aconteció en 1859, cuando cayó el sistema de telegrafía en todo el mundo.

“El tiempo espacial es una ciencia relativamente inmadura pero su comprensión está creciendo rápidamente“, señala Mark Gibbs, responsable en el área dentro de la MET. De acuerdo con el experto, la inversión gubernamental permitirá completar la capacidad previsora que británicos y estadounidenses vienen desarrollando en los últimos dos años de forma que en 2014 podrán comenzar a distribuir partes regulares y alertas a los sectores clave.

Hallan un enorme acuífero de agua líquida bajo el hielo de Groenlandia


El Mundo

  • Datos de la Operación IceBridge de la NASA
Científicos del proyecto IceBridge introducen una cámara en un...

Científicos del proyecto IceBridge introducen una cámara en un agujero escavado en el hielo. UNIVERSITY OF UTAH

Enterrada debajo de la nieve compactada y el hielo de Groenlandia se encuentra un gran depósito de agua líquida que ha sido descubierto por los investigadores con datos de la Operación IceBridge de la NASA.

Un equipo de glaciólogos encontró casualmente el acuífero durante una perforación en el sureste de Groenlandia en 2011 para estudiar la acumulación de nieve. Dos de sus núcleos de hielo estaban goteando agua cuando los científicos los perforaron a la superficie, a pesar de las temperaturas del aire eran inferiores a -20 grados centígrados.

Los investigadores después utilizaron los datos de radar Operación IceBridge de la NASA para confinar los límites de la reserva de agua, que se extiende más de 69.930 kilómetros cuadrados, un área algo inferior a Castilla La Mancha. El agua en el acuífero tiene el potencial de elevar el nivel global del mar en 0,4 centímetros.

El sudeste de Groenlandia es una región de alta acumulación de nieve. Los investigadores ahora creen que la gruesa capa de nieve aísla el acuífero de las temperaturas superficiales frías de invierno, lo que le permite permanecer líquido durante todo el año . El acuífero es alimentado por agua de deshielo que se filtra desde la superficie durante el verano.

Desenterrando al ‘Napoléon’ egipcio


El Mundo

  • Una española dirige las excavaciones del templo de Tutmosis III en Luxor
Vista aérea de las axcavaciones en el templo de Tutmosis III.

Vista aérea de las axcavaciones en el templo de Tutmosis III. Proyecto Tutmosis III

Un ejército de obreros, uniformados con galabiya (túnica) y turbante, surge repentinamente en el margen derecho de la carretera que bordea los campos verdes y las arenas del desierto camino del Valle de los Reyes. Es media mañana y la tropa se desparrama por las ruinas del templo funerario de Tutmosis III (1490/68-1436 a.C.), el faraón más grande de todos los tiempos. Algunas cuadrillas horadan el suelo del recinto en busca de nuevos hallazgos. Otras, en cambio, acomodan bloques de adobe sobre las malheridas tapias del complejo.

Todos, desde el capataz más avezado al peón más bisoño, rinden cuentas a Myriam Seco, la egiptóloga española que codirige desde 2008 la tarea titánica de recuperar el templo del Napoleón de Egipto 70 años después de las primeras y superficiales exploraciones llevadas a cabo por tres reputados arqueólogos europeos. A punto de concluir la sexta campaña, Seco reconoce que es capaz de ver la grandeza extraviada donde el ojo neófito solo halla restos. “Después de dedicarle tantas horas de trabajo te lo imaginas remontado. Con tres terrazas de grandes dimensiones y unos muros de adobe monumentales y encalados”, relata a EL MUNDO la arqueóloga sevillana.

La labor de estas seis temporadas es fácilmente perceptible desde la carretera que cruza el primer patio. Más aún si se recurre a la fototeca. Las instantáneas del lugar tomadas hace una década muestran el perímetro sepultado bajo un manto de tierra y sitiado por las construcciones ilegales. “Estaba totalmente cubierto de arena. Era muy prometedor porque había permanecido abandonado durante siete décadas”, recuerda Seco. El equipo ha retirado la capa de polvo y las autoridades han derribado la mayoría de las viviendas cercanas. Pero la misión de rescatar el templo de Millones de Años (como se denomina a los templos funerarios del Imperio Nuevo) dedicado a Tutmosis III ha superado cualquier expectativa. “Se ha triplicado el potencial inicial», asegura la codirectora de un proyecto financiado por el Banco Santander, la Fundación Botín y la compañía mexicana Cemex.

anapixel

“Fue como dar con un tesoro”

El pronóstico, incluso el más prometedor, saltó por los aires desde el minuto cero. “Al empezar a trabajar encontramos un almacén con más de 2.000 fragmentos de las paredes del templo. Fue como dar con un tesoro”, señala Seco, decidida a ampliar los trabajos efectuados en el recinto a finales del siglo XIX y principios del XX por los egiptólogos Daressy, Weigall y Ricke. “Fueron pequeñas campañas. En aquel tiempo se solía excavar parcialmente. El templo nunca ha sido cavado en su totalidad. Ése era nuestro objetivo”, detalla la mudira (directora, en árabe), como la llaman los 130 obreros que trabajan en una campaña que comenzó a principios de octubre y se clausura el lunes 30. Unos 30 especialistas de cinco nacionalidades completan la plantilla.

Bajo el sol suave de diciembre, el templo deja ver con precisión sus límites. Por si acaso, Seco dibuja el mapa del reciento sobre la arena. “Son 100 metros de fachada y 150 metros de largo”, explica. Sus muros de 5 metros de ancho y 12 metros de altura encierran un recinto varado en la frontera de dos paisajes opuestos: las tres terrazas construidas a diferentes niveles fueron horadadas en la montaña árida de la orilla occidental de Luxor, la antigua Tebas, mientras que el primer pilón (separado hoy del complejo por la carretera) se asienta sobre la fértil tierra del Nilo.

Es un templo diferente al resto de los de Millones de Años, aunque presenta similitudes con el de Hatshepsut al tener tres terrazas y estar dedicado a Amón y Hathor”, dice Seco. Una rampa principal, plantada en el centro del templo, conducía al recién llegado hasta un pórtico salpicado por una decena de pilares, probablemente decorados con estatuas osiríacas del faraón. Y, unos metros más adentro, el peristilo (un patio descubierto rodeado de columnas) se extendía hasta la sala hipóstila y al fondo el santuario, con una capilla consagrada a la Barca de Amón; otras dos capillas al norte y una al sur. “Debió ser una auténtica maravilla”, esboza el egiptólogo y miembro del proyecto Javier Martínez Babón, profesor de la Escuela de Egiptología del Museo Egipcio de Barcelona. “Hemos hallado inscripciones y relieves con una policromía que parecen haber sido pintados ayer”.

Sólo se ha excavado una tercera parte del templo

La campaña que consume estos días su último hálito ha resultado especialmente fructífera. El equipo ha descubierto un recinto religioso de la época de Ramsés II (1304-1237 a.C.) intramuros del templo, en el segundo patio. De sus estancias se han recuperado dos dinteles, con una representación del sacerdote Jonsu, y una estatua de Tutmosis III tallada en granito negro y partida a la altura de la cintura. “El hecho de que encontremos un complejo que rinde culto a Tutmosis III unos 200 años después de su muerte demuestra que su figura trascendió”, subraya Martínez Babón, fascinado porque sea precisamente en la época de Ramsés II, otro monarca de primer orden “que se divinizaba y no dejaba espacio para nadie más”. En el segundo patio, junto a la rampa principal, también se ha desenterrado una cabeza de estatua de granito negro. Los estudios preliminares apuntan a que se trata de la figura de una divinidad o un personaje privado.

Hallazgo a hallazgo, emerge la biografía de Tutmosis el grande, el joven que reinó tras el óbito de su tía y madrastra Hashetsup (1508-1458 a.C.) y que reunió la virtud del estratega militar y el gobernante brillante. “Es el gran faraón. Un militar hábil y un gran diplomático y gestor. No se limita a conquistar. También edifica la gran administración que funcionará durante 300 años desde Siria central hasta el norte de Sudán», puntualiza Martínez Babón.

De sus gestas castrenses, dan fe los relieves e inscripciones que un día adornaron los muros del templo. “Aunque fue el arquitecto del gran imperio egipcio, la documentación que se tenía no era demasiada. Hemos dado un paso hacia delante al descubrir la existencia de dos nuevas princesas”, confiesa el experto. ¿Cuántas sorpresas esperan bajo tierra? “Hemos excavado una tercera parte del templo”, barrunta Seco. Que cada cual haga sus cábalas.

Frenado por la revolución

Myriam Seco aterrizó en 2000 en la otrora turística Luxor, hoy vacía y deprimida por la inestabilidad política que habita Egipto desde hace tres años. Licenciada en Historia Antigua por la Universidad de Sevilla, llegó a Tebas como miembro del proyecto de excavación del templo funerario de Amenofis III. Una década después, coordina junto a Nur Abd el Gafar Mohamed la recuperación del templo de Tutmosis III. El reto carece todavía de fecha de caducidad. “Se necesitan cinco o seis años más para excavarlo completamente, y luego queda la restauración y la museización”, dice la arqueóloga, que se doctoró en el Instituto de Egiptología de la Universidad germana de Tübingen. Y es que su desafío, del que habla con un entusiasmo contagioso, es convertir en museo el complejo y abrirlo al público. “La idea es remontar algunas paredes del templo. Tenemos tal cantidad de material que hay que buscar la manera de exhibirlo en su contexto y darle vida”, reseña. Atractivos no le faltan al sueño. La excavación, por ejemplo, ha descubierto unos enormes agujeros en la tierra que sirvieron de gigantescos maceteros y que casan con la pasión del rey por la botánica y la zoología y con su afición a coleccionar fauna y flora de sus incursiones militares. “El segundo patio del templo era una zona ajardinada en la que había ocho árboles sembrados en esos orificios. Ese hallazgo cambia radicalmente la imagen del templo y nos da mucho juego a la hora de musealizarlo. Volveremos a plantar los árboles cuando sepamos de que variedad eran”, cuenta Seco, miembro de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla. Uno de los mayores obstáculos será desviar la carretera que cercena el templo y derribar las viviendas levantadas en el ala sur del pilón. “La revolución paralizó el proyecto”, cuenta. Lograrlo abriría nuevos horizontes y entregaría a Seco otro terreno ignoto. “El primer patio jamás ha sido excavado. Es tierra virgen, una auténtica joya”.

 

Un siglo de crucigramas


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Un siglo de crucigramas

WIKIPEDIA | El crucigrama con forma de diamante publicado por el «New York World» el 21 de diciembre de 1913

Ni el más conocido «dios egipcio» ni el socorrido «río suizo de tres letras» aparecieron en elprimer crucigrama moderno que se publicó el 21 de diciembre de 1913 en el suplemento dominical del «New York World» que, en cambio, repetía en dos ocasiones la solución de «paloma».

El periodista británico Arthur Wynne, encargado de los enigmas, anagramas y frases ocultas de «Fun», necesitaba un rompecabezas para una de las páginas e ideó una rejilla en forma de diamante donde se cruzaban las soluciones a unas sencillas definiciones. Le llamó «Words-Cross puzzle», pero un error tipográfico lo transformaría tres semanas después en «Cross Words» («Palabras cruzadas»), el paso anterior al actual «crosswords».

Tuvo tanto éxito entre los lectores que a principios de los años 20 los principales diarios de Estados Unidos ya le habían hecho un hueco entre sus páginas. Del primer volumen de crucigramas publicado en 1924, «Cross Word Book», elaborados por la periodista Margaret Petherbridge, se vendieron más de tres millones de ejemplares en diez años.

Una década después de su aparición, Londres sucumbía a los encantos del crucigrama. «Desde hace unos meses, Inglaterra padece una nueva fiebre, causada por un pasatiempo importado de los Estados Unidos, un rompecabezas que se titula Cross Words -«Palabras cruzadas»-», escribía Antonio Luis en su crónica londinense«El rompecabezas de moda» publicada en «Blanco y Negro» en marzo de 1925.

El corresponsal apuntaba que esta diversión no era sino una variación de otros pasatiempos más antiguos, pero «para muchos ha llegado a ser una tortura avasalladora (…) Londres se ha vuelto loco».

«La gente se deshace los sesos tratando de imaginar palabras que desconocen, acude a las librerías para proveerse de enciclopedias, diccionarios, léxicos y tesauros y hasta consulta a los hospitales, museos, institutos y corporaciones científicas en su afán de vencer dificultades más técnicas», relataba.

El primer crucigrama español

Una semana después, el 22 de marzo de 1925, el mismo Antonio Luis presentaba en «Blanco y Negro» elprimer crucigrama publicado en España al que precedía una página completa de indicaciones para resolverlo. «Conviene dejar para el fin las palabras más larga», «conviene variar de sector cuando se tropieza con un obstáculo serio» o «háganse los primeros ensayos con lápiz» fueron algunos de los consejos dados a los primeros lectores para enfrentarse a una rejilla de 15 x 15 recuadros y definiciones como «todos los hombres han…» o «rinoceronte hembra». Los españoles tuvieron una semana para resolver el rompecabezas antes de conocer las respuestas («nacido» o «abada»), si no habían dado con ellas.

Las guías horizontales y verticales debieron complicarse tanto para algunos lectores que el 11 de diciembre del mismo año ABC reservaba más de una página a un «Problema elemental»dedicado «a los principiantes y a los escasos de erudición» para infundirles ánimo y confianza. El autor del crucigrama criticaba los datos «tan remotos, obscuros e imprecisos» de algunos laberínticos problemas de palabras cruzadas como «6. Segundo apellido de un ordenanza que hubo en el ministerio de la Gobernación en tiempos de Sagasta» o «14. Baile fúnebre egipcio en el siglo X, antes de Jesucristo». Por el contrario, se extendía con todo lujo de detalles en las definiciones de su problema elemental: «6. El animal que la tiene la lleva detrás. Solamente el elefante “parece” llevar otra delante: parece nada más. Las señoras la han suprimido en sus faldas. Hay personas muy arrimadas a ella. Pega». Incluso en la última, tras sus explicaciones, llegaba a dar la solución («Y no quiero hacer discurrir más al lector: mesita»).«Melitón González» (pseudónimo de Pablo Parellada) firmaba ese curioso crucigrama en una época en la que estos desafíos a la inteligencia y la paciencia solían ser anónimos.

En los años de la posguerra se generalizaría la costumbre de hacer crucigramas. Por aquel entonces Conchita Montes publicaría su primer Damero Maldito en «La Codorniz» y Pedro Ocón de Oroganaría el concurso de crucigramas del diario «Madrid» y comenzaría su larga trayectoria como crucigramista.

«Cova», un clásico

Un joven aficionado a rellenar crucigramas llamado Gonzalo Fernández de Córdoba probó a confeccionar los suyos propios y envió dos o tres al entonces director de ABC, don Torcuato Luca de Tena. «Parece ser que le gustaron», relató años después «Cova». El célebre crucigramista de ABC debutó en diciembre de 1952 y no faltó un día a su cita con el diario hasta su fallecimiento en 2010. El primero que firmó con la pronunciación infantil de su apellido Córdoba, «Cova», el 7 de enero de 1953 (los anteriores aparecen con la firma de «Cora») era curiosamente cuadrado y no con la forma de rombo al estilo de Wynne que le haría tan famoso. «Lo primero que hago es coger la palabra de once letras y a partir de ella voy haciendo el resto. Siempre que leo una novela o cualquier otro libro y veo una palabra de once letras que no he utilizado, tomo buena cuenta de ella. A mí me gusta mucho la caza y, en sentido figurado, también soy un cazador de palabras de once letras», señalaba en su 50 aniversario como crucigramista.

En 1953 se publicaba también el primer crucigrama firmado con el nombre de Herrero, el abuelo del autor actual del crucigrama blancoÓscar Herrero. Treinta años después José Juan Herrero rebautizaría los crucigramas con el actual «Por Óscar», como muestra de cariño a su hijo que creció «rodeado de crucigramas». «Es un hobby que engancha», asegura Óscar, para quien «hay un cierto toque romántico en los crucigramas».

Hoy el nieto de Herrero y el hermano menor de «Cova» mantienen la fidelidad familiar a las páginas de este diario con un desafío que «forma parte para muchos lectores de ABC de la liturgia de cada mañana». Así lo considera Enrique Fernández de Córdoba, «Cova-2», a quien divierte poner definiciones humorísticas», como «famoso constructor naval de la Biblia» o «sujeto que paseaba en cueros y la lió comiéndose una manzana».

En busca de la tumba del Inca Atahualpa


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En busca de la tumba del Inca Atahualpa

ABC | Enterrada en la selva estaba esta pared inclinada de sillares enormes, con un 60% de desnivel

Aquel 25 de julio de 1533, cuando el Inca Atahualpa fue ejecutado en Cajamarca, dicen que Pizarro lloró su muerte. Lo cierto es que elcadáver del último emperador Inca desapareció pocos días después de ser enterrado en la iglesia de dicha localidad. Es uno de losepisodios más misteriosos y crueles de la historia de Hispanoamérica. Por un lado, el rastro del cadáver de Atahualpa se desvanece en la selva cuando sus súbditos se lo llevaron paramomificarlo y enterrarlo junto a un inmenso tesoro, según la leyenda. Por otro lado, esa tumba ha sido uno de los lugares más buscados durante cinco siglos por los cazatesoros.

Hace apenas una semana un equipo multidisciplinar puede haber encontrado esa tumba. O lo que queda de ella. Si su intuición es cierta, los restos de Atahualpa no están en Cajamarca, ni Cuzco, ni Machu Pichu; ni siquiera en Perú. Se encuentran en Ecuador, en el lugar en donde la selva del Amazonas escala la vertiente oriental de los Andes. Allí, a pocos kilómetros de Baños de Agua Santa, en mitad de la nada, han encontrado una enorme pared inclinada de piedras talladas y ajustadas, de 80 por 80 metros, algo así como un lateral de una pirámide, con un desnivel del 60%. Se ha especulado con la misión que podría tener un entorno como este, incluso si tuviera relación con antiguos sacrificios incas.

El entorno es de una gran belleza, según relata a ABC Benoit Duverneuil, uno de los miembros destacados de este equipo que ha logrado documentar el hallazgo gracias a la ayuda de drones, desde el aire, y después de una difícil caminata entre los miles de torrentes que alimentan el nacimiento de la mayor selva del mundo. «Las forma de los sillares es problemática. Son enormes, algunos parecen sellados perfectamente, y otros erosionados. Es difícil determinar si todo el sitio ha sido construido por el hombre o en partes es natural. El sellado es impermeable, por lo que uno puede suponer que podría haberse enterrado algo debajo».

La leyenda de Atahualpa arraigada en Ecuador, está conectada con esta zona de la selva, llamada Llanganates. Sin embargo, hasta ahora casi todos los exploradores en busca de la tumba del Inca siguieron el llamado «Derrotero de Valverde», un texto que indicaba el camino seguido por las hordas de Atahualpa en su último viaje, supuestamente escrito por un español y descubierto por un botánico británico, Richard Spruce. Además la prestigiosa investigadora Tamara Estupinan afirmaque la tumba podría estar en otra provincia ecuatoriana.

«Hay también fuentes históricas que hemos descubierto y que validan nuestra nueva teoría, porque relatan el paso del cuerpo momificado de Atahualpa por la zona de Riobamba [la ciudad más importante y cercana a Baños]», según relata Duverneuil. Sin embargo prefiere ser prudente porque «no podemos decir que el lugar tenga alguna de las típicas características de una construcción incaica», asevera. Pero «las hipótesis están para ser verificadas y merece la pena que esta lo sea. La ciencia avanza así. De hecho, por eso no hemos tocado el sitio, hemos hecho una exploración no invasiva con el fin de contactar con el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural de Ecuador y aportar nuestros datos a esta y a otras instituciones». Ahora, según ellos, es necesario que geólogos y arqueólogos puedan estudiar la zona con todo detenimiento para desvelar su misterio.

En el inicio de esta investigacón, nada más conocerse el hallazgo, las posibilidades son todavía muchas. La tumba de Atahualpa es solo una hipótesis plausible. Pero lo cierto es que el yacimiento está en peligro. «Hemos visto restos de una explosión en uno de los laterales del muro y hay ‘Huáqueros’ y expoliadores locales profesionales rondando la zona. Algunos aparecen en los medios de comunicación con restos antiguos, casi todos preicolombinos, que dicen haber extraído de las proximidades de este yacimiento -afirma Duverneuil-. Es una carrera contrarreloj».

Afortunadamente, la denuncia de este equipo de historiadores, exploradores y especialistas en tecnología ha hecho reaccionar a lasautoridades quiteñas, que van a enviar una misión arqueológica en pocas semanas para un estudio completo que amplíe los datos recabados por ellos. Los datos que pusieron en marcha al equipo parte de las informaciones sobre un sitio misterioso en el interior de la selva cercana a Baños que les hizo llegar un veterano guía de la zona, Oswaldo Garcés. Su avisó les pilló construyendo un nuevo drone equipado con tecnología láser, con el que querían explorar zonas remotas y buscar restos (prestan servicios a arqueólogos de varios países) y pensaron que era perfecto para probar el nuevo equipo.

Duverneuil, emprendedor francés, trabaja codo con codo con un compatriota, el exmilitar Laurent Caravel, y con investigadores ecuatorianos como Manuel Barriga, y la familia formada por Germán, David y Danilo Molina, así como británicos (Bruce Fenton).

El viaje desde Baños fue difícil, atravesando tres montañas y la infinidad de ríos y torrenteras que alimentan la selva en la montaña, bajo lluvia casi permanente que, al final, dificultó también el trabajo de los drones. Parte de la estructura está cubierta por la maleza y hay una cascada en uno de sus lados. El difícil acceso de toda la zona hizo imposible una exploración completa de otras construcciones detectadas desde el aire. El equipo colaborará con la misión oficial ecuatoriana y para ello está diseñando otro drone que resista las condiciones de humedad cercana al 100% en la zona.

Drones que ayudan al arqueólogo

La arqueología aérea con drones está revolucionando la investigación del pasado. Al igual que las fotos de satélites, los drones ofrecen una herramienta perfecta para la exploración y geoposicionamiento de los yacimientos. Con los datos recabados por las cámaras que portan, termales y por láser (LIDAR) los arqueólogos realizan fotogrametrías posicionadas con GPS que luego convierten en imágenes 3D. Es una arqueología no invasiva, previa a la excavación y permite acceder a zonas difíciles (como esta selva) y preparar la intervención sobre el terreno.

La historia perdida del general Crespo: un héroe olvidado de la España del siglo XIX


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  • HISTORIA MILITAR / 1793-1869
  • Luchó contra Napoleón con 15 años, luego contra las huestes de Bolívar en Venezuela y en el bando isabelino contra los carlistas
La historia perdida del general Crespo: un héroe olvidado de la España del siglo XIX

Hay personajes que, por alguna razón, pasan injustamente de puntillas por la Historia. Héroes que, sin saber por qué, son misteriosamente olvidados y difuminados por el paso del tiempo. Precisamente uno de ellos es Manuel Crespo de Cebrián, un militar español que, al final de su vida, pudo presumir de no haber sido herido en ninguno de los 95 actos de guerra y 13 cercos de plazas en los que participó. Teniente general en el ocaso de sus días, este conquense demostró su valor en decenas de combates, llegando en muchos casos a salvar la vida a cientos de sus compañeros gracias a su capacidad estratégica.

Este héroe decimonónico fue condecorado a lo largo de su existencia con varias distinciones entre las que destacan las grandes cruces de San Hermenegildo e Isabel la Católica y dos cruces de San Fernando. Tras una vida prolongada de esfuerzo y lealtad en los campos de batalla recibió el título de capitán general de las Islas Filipinas. En Minglanilla, su pueblo natal, las calles y edificios emblemáticos del lugar hablan de su memoria.

La juventud de un héroe

La vida del teniente general Manuel Crespo de Cebrián es, en parte, una gran incógnita. Según su Hoja de Servicios, uno de los escasos documentos oficiales que se conservan y que se encuentra en elArchivo General Militar de Segovia, vino al mundo el 8 de Marzo de 1793 en la localidad conquense de Minglanilla, aunque el día y mes exactos de su nacimiento son un motivo de discusión, puesto que la partida de bautismo que se encontraba en la iglesia parroquial desapareció durante la Guerra Civil. Asimismo, otros documentos más modernos indican que nació el 30 de julio de 1793 y que era hijo de Manuel Antonio Crespo y Ana María Cebrián, quienes se ocuparon de su educación con esmero en una época oscura para las letras.

Unos años más tarde, mientras la escuadra franco-española era derrotada en Trafalgar, Manuel Crespo, que entonces tenía doce años, continuó su formación académica bajo la tutela de los padres Escolapios de Almodóvar del Pinar, una localidad cercana a su pueblo natal. A decir verdad, y salvo algunos detalles, resulta un misterio cómo fue la juventud de Manuel Crespo, y cuál fue el momento exacto en el que llegó a interesarse por la carrera militar. Los biógrafos no explican en sus escritos por qué lo hizo ni quien le alentó a recorrer este arduo camino. Sin embargo, algunos informes sí que señalan que cinco años después, el 15 de diciembre de 1809, el joven minglanillero estaba preparado para ingresar como distinguido en el Cuerpo Nacional de Artillería.

Crespo, contra Bonaparte

Apenas contaba Crespo con 15 veranos a sus espaldas cuando un tal Napoleón Bonaparte -Emperador de profesión, incordio de vocación-, puso la política internacional patas arriba al entrar en la Península con 60.000 soldados dispuestos a transformar nuestra España en su «Espagne». Concretamente, el calendario marcaba el año 1808 cuando los gabachos cruzaron con toda su pomposidad Barcelona y avanzaron a través de tierras hispanas bayoneta en mano.

Sin embargo, con lo que no contaba el «pequeño corso» era con que sus altivos generales -educados todos durante años en el arte de la guerra- se iban a dar de bruces contra el pueblo español, menos ducho en capacidad estratégica pero absolutamente decidido a dejarse las gónadas en expulsar al invasor. Así, se sucedieron a lo largo y ancho del territorio varias sublevaciones contra los franchutes usurpadores hasta que se organizó desde nuestro país un movimiento conjunto para combatir a Bonaparte. Se acababa de dar el arcabuzazo de salida a la Guerra de la Independencia.

Parece que esta corriente contra los franceses -así como la posibilidad de repartir alguna que otra bofetada a los soldados de Bonaparte- atrajo la atención de Crespo, pues no tardó en comenzar a disparar por su patria. «Cuando comenzó a combatir en la Guerra de la Independencia Crespo tenía 16 años y en su hoja ya aparecía la mención de “cadete distinguido”. Durante la contienda luchó principalmente a la altura deltercio oriental de Valencia, lo que era el bajo Aragón», señala Vicente Langreo, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Castilla la Mancha, en declaraciones a ABC.

Primeras batallas

Tras varias escaramuzas, este minglanillero tuvo su bautismo de fuego en el cerco que las tropas francesas pusieron a la ciudad de Valencia en 1810. En aquellos días, Crespo demostró en multitud de ocasiones su tenacidad a la hora de enfrentarse cara a cara con los soldados galos, ávidos de acabar con todo reducto español ubicado en la Península. A su vez, este conquense consiguió en dicho asedio una de sus primeras victorias, pues los gabachos, ante la imposibilidad de romper las defensas de la ciudad, levantaron el cerco y huyeron con todo su azul, blanco y rojo entre las piernas.

Después de Valencia, Crespo volvió a calar la bayoneta por España en múltiples terrenos. Con todo, fue en Tarragona donde su nombre comenzó a cobrar importancia entre los mandos pues, después de ser capturado por los fusileros de «la France», logró volver sano y salvo junto a sus compañeros.

«Fue hecho prisionero en Uldecona -cerca de Tarragona- pero cuando lo conducían a Francia huyó. Hay que tener en cuenta que en aquellos años hacían falta muchos guardias para vigilar una partida de prisioneros, y no era lo mismo vigilar a una docena de presos que a los miles que partieron hacia tierras galas. Por ello, Crespo logró escapar», señala el experto español.

Sagunto, la cruel derrota de Crespo

Tras lograr escapar de las garras de Napoleón -y a pesar de haber visto en primera persona las crueldades de la guerra- Manuel Crespo no lo dudó y volvió a reengancharse en su antigua unidad, la cual, en plena guerra, no tardó en recibir nuevas órdenes. Así pues, y en este caso, a Crespo se le mandó dirigir sus pasos nuevamente hacia tierras valencianas.

Corría entonces el año 1811 y la situación no era precisamente idónea para las tropas españolas pues, en un nuevo intento por conquistar la costa, un contingente francés al mando del Mariscal Suchet se dirigía cañón y fusil al hombro hacia la ciudad valencia de Sagunto. Y es que, hasta el imperial gorro como estaba Napoleón de la decidida defensa planteada por los hispanos en el este de la Península, no dudó en enviar a la lucha a 20.000 de sus mejores infantes, 2.000 jinetes y una cincuentena de piezas de artillería.

De nada sirvió que al encuentro galo salieran las cuantiosas tropas del malagueño Joaquín Blake (entre cuyos soldados se encontraba Crespo), pues los gabachos hicieron gala de toda su capacidad en el arte de la guerra y se mantuvieron firmes ante los más de 25.000 fusileros y 5.000 caballeros hispanos. No hubo rival y los franceses, tras lanzar una lluvia de fuego sobre los defensores, pudieron vanagloriarse de haber acabado con más de mil españoles y haber apresado a otros tantos. Sin embargo, Manuel –que formaba parte del Regimiento de Cazadores de Valencia-, logró huir antes de ser capturado.

Tras Sagunto, este nativo de Minglanilla siguió combatiendo en la parte este de la península, donde volvió a ser capturado. «En el asedio de Valencia le hicieron prisionero de nuevo, pero volvió a escaparse. En ese momento volvió a buscar a su unidad por la provincia de Cuenca y se volvió a reenganchar», completa Langreo.

«Au revoir» a «la France»

Con todo, mientras Crespo continuaba dando sablazos contra los franceses en Valencia, el calendario fue corriendo hasta detenerse en 1812, año en que, según parece, el «petit corso» se cansó de España y puso rumbo a Rusia. Encaprichado como estaba ahora de la tierra de los zares, sacó de la península a una buena parte de su «grande armée» -más de 50.000 hombres- y la puso en camino hacia el norte.

Crespo tenía 15 años cuando comenzó la Guerra de la Independencia

No pudo cometer un error mayor. Espoleados ahora por la falta de enemigos, nuestros soldados se enfrentaron a los restos del ejército galo logrando grandes victorias como la deVitoria, en la que se obligó al hermanísimo de Bonaparte (nombrado rey español por obra y gracia del molesto Napoleón) a recoger sus pertrechos y volver con los restos de su ya «pequeña armée» a Francia.

Pero lo que se le había olvidado al «pequeño corso» era el odio que había generado en el pueblo español durante los últimos 6 años, el cual provocó que un ejército hispano cruzara la frontera y le enseñara al emperador lo poco divertido que es una invasión. Precisamente en esta fuerza de castigo iba Manuel Crespo quien, aunque no había tenido el gusto de combatir en las batallas que, a la postre, serían recordadas por la Historia, sí había derramado mucha sangre por su querida España. «Manuel Crespo no estuvo en grandes batallas como la de Zaragoza, Bailén u Ocaña, pero combatió en otras contiendas que también marcaron el destino del país», completa el experto español.

La historia perdida del general Crespo: un héroe olvidado de la España del siglo XIX

Correspondencia particular del general Crespo desde La Habana

Camino a las Américas

Para Crespo, la lucha contra el francés llegó a su fin en 1814, momento en que se firmó la paz con el ya no tan poderoso Napoleón. Durante ese mismo año, este minglanillero fue ascendido a teniente y destinado en Cádiz tal y como se explica escuetamente en su hoja de servicios:«1814: De guarnición en Cádiz y la Isla de San Fernando».

Por aquel entonces ya habían cambiado las cosas en España ya que, entre otras cosas, Fernando VII había logrado por fin su sueño de volver al trono. A su vez, llegaban también a la península jugosas novedades desde América pues, durante la invasión francesa, los territorios de ultramar habían decidido poner su granito de arena en la playa de discordia que se había generado en nuestro país iniciando una revolución.

La insurrección de los vecinos americanos no agradó demasiado al Rey Fernando, quien ordenó al militar y marino Pablo Morillo organizar una expedición con la que atravesar el océano y acabar con la insurrección. «En esa expedición viajaba Crespo. En 1815 se embarcó voluntario, y con apenas 22 años, para ir a América con el general Morillo. En aquella travesía viajaron entre 10.000 y 15.000 hombres en una escuadra que estaba en muy malas condiciones», destaca el profesor.

Contra Bolívar

Meses después de su partida, y tras un viaje plagado de peligros y enfermedades, Crespo desembarcó junto a otros tantos militares españoles en la Isla de Santa Margarita -ubicada en el norte de la actual Venezuela-. Sus órdenes estaban claras: debían aplastar la rebelión organizada por Simón Bolívar, recuperar el control de aquellas ciudades y fuertes que se hubieran declarado en rebeldía y socorrer a las villas aún leales a la metrópoli. En las américas fue donde este joven pasó a convertirse en un verdadero militar ya que, además de verse obligado a combatir contra un ejército superior en número, tuvo que hacer frente a la escasez de alimentos, agua y municiones.

«No es posible enumerar las acciones de guerra en Isla Margarita, en Tierra Firme, en La Guaira, en la ciudad de Asunción… En América resistió sitios, rompió cercos y llevó convoyes para auxiliar a sitiados y forzó el paso de ríos caudalosos. (…). Por ejemplo, cercado en la ciudad de Cunamá, resistió ataques de hasta 4.000 soldados de infantería y 400 caballos», destaca Langreo en su artículo «Síntesis biográfica de los generales Crespo».

El combate de Calabozo

Sin embargo, hubo varias actuaciones durante su estancia en las américas en las que Manuel demostró su gran capacidad militar. La primera se sucedió en una ciudad cercana a Caracas. Habían pasado ya tres años desde que el contingente de Morillo pisó por primera vez tierras venezolanas, y la situación no era del todo ventajosa para los «realistas» (como allí se conocía a los españoles) pues sus fuerzas estaban diseminadas a lo largo y ancho del país y las tropas de Bolívar amenazaban en cada llanura.

En aquellas jornadas Crespo se encontraba junto a su regimiento -presumiblemente el Unión- apostado cerca de la villa de Calabozo (en el norte de Venezuela) cuando un contingente formado por 4.000 infantes y 2.000 jinetes al mando de Bolívar atacó su posición por sorpresa.

La batalla se auguraba difícil, pues los españoles contaban con un número de hombres muy inferior al de Bolívar. «El jefe español (…) tenía a sus órdenes 2.230 hombres repartidos de la siguiente manera: Los húsares de Fernando VII (dos escuadrones de 250 jinetes), apoyados por los cazadores del regimiento de infantería de Navarra (100 peones). (…) el batallón Castilla (450 hombres), y en la ciudad dos batallones del regimiento Navarra (700 plazas), uno del Unión (600 hombres) y varios piquetes de caballería y artillería (130 hombres)», explica Francisco Javier Vergara y Velasco en su obra «1818 (Guerra de Independencia)».

Desprevenido como estaba, Morillo tuvo apenas tiempo para organizar a sus hombres cerca de Calabozo, donde pretendía, en principio, plantar una heroica batalla al contingente enemigo. Sin embargo, cuando lanza en ristre llegaron las primeras cargas de los jinetes de Bolívar, el líder español prefirió ser más cauto y retirarse, con un considerable número de heridos, hasta la seguridad que le ofrecían los muros de la ciudad.

Dos días después de encerrarse en Calabozo la situación era dantesca para los hombres de Morillo debido a la falta de alimento y agua. A su vez, el español sabía que era imposible recibir refuerzos en un corto periodo de tiempo. Por ello, el líder peninsular tomó una dura decisión: al auspicio de la noche, sus tropas abandonarían la villa en dirección a otra ciudad realista ubicada a 250 kilómetros. Era un plan arriesgado, pero no se podía llevar a cabo otra estrategia.

La historia perdida del general Crespo: un héroe olvidado de la España del siglo XIX

Simón Bolívar

«A las 11 de la noche del 13 al 14 (de febrero) se dio en Calabozo el primer toque de marcha, y a las doce se emprendió el movimiento; el ejército realista formaba una especie de enorme cuadro, o mejor, grupo de columnas de infantería que custodiaban y cubrían la emigración, que era numerosa, los enfermos, los equipajes etc. El Unión caminaba detrás, y lo que restaba de húsares de Fernando VII cubría la retaguardia», sentencia Vergara y Velasco en su obra.

La marcha, que en un principio transcurrió sin problemas, no tardó en convertirse en un infierno cuando Bolívar, decidido como estaba a no dejar escapar con vida a los españoles, inició su persecución. De hecho, no pasaron muchas horas hasta que los jinetes americanos, montados en caballos más descansados, interceptaron el convoy español.

Fue precisamente en ese momento cuando el regimiento, al mando del cual estaba Crespo, cubrió al resto de españoles al combatir cara a cara contra los caballeros enemigos. Concretamente, su unidad hizo uso de la formación en cuadro, una estrategia que consistía en constituir un cuadrado de bayonetas imposible de atravesar por la caballería. De esta forma, y a pesar de que fueron muchos los hispanos que murieron aquel día a manos de los jinetes de Bolívar, la pericia de este minglanillero permitió a los hombres de Morillo llegar sanos y salvos hasta su destino.

Un breve retorno

Pero la actuación de Crespo no se detuvo en Calabozo, sino que este militar llegó a estar presente en batallas tan determinantes para el provenir del ejército español en América como la de Carabobo. «El momento más difícil y que inclinó la guerra a favor de los independentistas fue el 24 de julio de 1821 cuando, reorganizadas las fuerzas de Bolívar, fue deshecho casi por completo el pequeño ejército español en los llanos de Carabobo. Apenas pudo salvarse un batallón de 600 hombres, que mandaba Crespo, huyendo en columna cerrada, perseguidos por 3.000 caballos enemigos y haciendo nueve veces el cuadro», destaca, en este caso, Langreo.

 

Litografía del general Manuel Crespo

Así lo cuenta, de su puño y letra, el propio Crespo en su hoja de servicios: «1821. En la batalla de los llanos de Carabobo (el 24 de junio) combatimos contra fuerzas enemigas de ambas armas, creadas y reunidas por Bolívar, que obtuvo la victoria, quedando en el campo muerto y prisionero casi todo nuestro pequeño ejército, excepto mi batallón de Valency, que con fuerzas de 600 plazas, en columna cruzada, cargado y perseguido por tres mil caballos enemigos y formando nueve veces el cuadro en un terreno muy llano por donde se retiraba, logró salvarse y entrar en la plaza de Puerto Cabello, aunque con bastantes pérdidas».

Algo similar sucedió en la ciudad de Maracaibo, donde se vio obligado a capitular junto a sus hombres ante el poderío del ejército de Bolívar. «Tras rendirse, los venezolanos le llevaron a Cuba junto con el resto de los prisioneros y, al parecer, allí se casó o se juntó con alguna nativa, pues tuvo un hijo cuya partida de nacimiento indica que nació en Maracaibo. Según este documento, el niño, al que llamaron Romualdo, era hijo de una tal Francisca de Antequera. Una vez que Manuel volvió, no queda constancia de lo que sucedió de aquella mujer», completa el experto español.

El teniente general salvó a su unidad formando varias veces el cuadro

Así, entre batallas, hambre y heroicidades, fue pasando el tiempo hasta que, en 1824, Manuel Crespo decidió volver a Españacomo gobernador militar y político de Ferrol. Por entonces este valeroso militar podía presumir de haber participado en nada menos que 60 acciones de guerra en tierras americanas e, incluso, de no haber sido herido nunca. Con todo, bien parece que tenía cierta morriña por los territorios de ultramar, pues en 1826 se trasladó de nuevo a Cuba, donde pasó 10 años haciendo las veces de gobernador.

A las armas contra Carlos

Mientras, en España, el siglo XIX se convertía en una época de conflictos y desencanto. El broche final al reinado de inestabilidad de Fernando VII tuvo su cénit en 1830. Ese año, la cuarta esposa del rey, María Cristina de Borbón, se quedó encinta y el acontecimiento generó un gran revuelo entre los españoles que pensaban que el hermano del rey sería el nuevo dirigente de España. Por su parte, Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción, una normativa que abolía la Ley Sálica de 1713 y que permitía que su futura hija pudiera reinar.

Tras la muerte del monarca en 1833, España se dividió en dos partes: los carlistas, que apoyaban las aspiraciones del pretendiente Carlos María Isidro, y los liberales o isabelinos, que creían en la figura de Isabel II como reina. Así comenzó la Primera Guerra Carlista, un conflicto entre hermanos que se prolongaría durante siete años y que abriría la puerta a dos enfrentamientos más.

Así estaban las cosas en España cuando el coronel Manuel Crespo regresó a la Península a principios de 1837 para servir de apoyo al ejército isabelino. Durante esos primeros meses participó en algunos combatas destacados como la toma del convento extremeño de Guadalupe el 28 de enero de 1838, que era un enclave más que sagrado por su valor estratégico para los carlistas. Además, esa misma noche los liberales también consiguieron dispersar una facción de 1.200 soldados en la villa de Alia; un encuentro que se saldó con más de 200 prisioneros y que abrió la puerta a nuevas hostilidades como la acción del puerto de Andino, donde las tropas del coronel Crespo vencieron a 500 infantes que intentaban proteger ese punto a toda costa.

A lo largo de la contienda, los carlistas se hicieron fuertes en las zonas rurales, aunque no llegaron a dominar las grandes ciudades que formaban parte de su zona de influencia. Después de participar en los enfrentamientos señalados, el héroe minglanillero se encargó de perseguir a algunos de los cabecillas absolutistas más importantes que recorrían con batallones el centro de España y que, a la postre, suponían un grave peligro para el bando isabelino. Uno de ellos fue don Basilio García y Velasco, un militar que había sido hombre de confianza durante el reinado de Fernando VII y que fue protagonista de algunas empresas destacadas como el incendio de una de las iglesias de Calzada de Calatrava, en Ciudad Real, donde perecieron más de 100 personas entre miembros de la milicia nacional y sus familias. Sin embargo, las tropas del general Flinter, entre cuyos hombres fuertes se encontraba Manuel Crespo, consiguieron vencerle en Valdepeñas, donde la moral de la tropa carlista quedó mermada.

Este conquense participó en la toma del último gran bastión carlista

Una vez que finalizó su intervención en Extremadura, el coronel Crespo fue enviado a la ciudad de Ávila, donde recibió la orden de perseguir a otros cabecillas de renombre como La Perdiz, a quien derrotó el 13 de julio de 1838 en la villa de Navamorcuende en una batalla épica que terminó con 64 fallecidos y en la que el propio La Perdiz fue gravemente herido de una bala que le rompió la pierna. Este acontecimiento fue decisivo en la vida del ilustre manchego, ya que a partir de ese momento ascendió a brigadier y gozó de la confianza suficiente para emprender nuevas acciones militares como la persecución del coronel Calvente y de Felipe Muñoz, más conocido por el nombre de «Felipe el Faccioso».

A finales del verano de 1838, el recién nombrado brigadier se trasladó a la provincia de Toledo para seguir de cerca las andanzas de la Partida de Palillos, el último gran estandarte del infante don Carlos en las tierras de La Mancha. Allí se produjeron varios enfrentamientos como el que sucedió el 6 de septiembre, cuando las tropas liberales batieron a 80 hombres y consiguieron devolver 150 pares de bueyes y 50 de mulas a los vecinos de Talavera de la Reina y otros pueblos cercanos. Unos días más tarde, después de un nuevo encuentro en la Puebla de Montalbán, el ejército isabelino también socorrió la localidad de Navaloncillos tras realizar una marcha a pie durante más de cinco horas. Al llegar a este punto concreto de la geografía manchega, las tropas de Crespo consiguieron armar con notable éxito a la población, que según relatan las crónicas fue proeza suficiente para dispersar a las partidas carlistas y propició un gran reconocimiento por parte de los ayuntamientos y personas respetables del lugar.

Por este tipo de acciones, Manuel Crespo fue nombrado a principios de 1839 comandante general de La Mancha hasta Almadén, y poco tiempo después comandante general de Cuenca, en cuya provincia participó en una delicada operación que consistió en trasladar un convoy de 200 cargas con toda clase de víveres desde la capital hacia el castillo de Moya, en la frontera de Aragón, mientras estuvo rodeado durante gran parte del trayecto por la brigada carlista de Forcadell.

El avance continuo de los liberales consiguió debilitar a las fuerzas leales a don Carlos, que durante los últimos años de la contienda se dividieron en dos facciones irreconciliables: los llamados transaccionistas, que eran partidarios de un pacto que pusiera fin a la guerra, y los intransigentes, que apostaban por la continuidad del conflicto. Los acontecimientos se precipitaron, y el 29 de agosto de 1839 tuvo lugar en Guipúzcoa el Abrazo de Vergara entre los generales Baldomero Espartero y Rafael Maroto. Por su parte, don Carlos no aceptó el acuerdo y el conflicto se prolongó durante un año más, especialmente en la zona del Maestrazgo, donde el general Ramón Cabrera se convirtió en la última esperanza de los absolutistas.

En 1854 fue nombrado capitán general de las Islas Filipinas

Así las cosas, el 18 de mayo de 1840 el ejército del general Espartero se aproximó al castillo de Morella, que había sido conquistado por las fuerzas carlistas en 1838. Hasta allí también se desplazó Manuel Crespo acompañado de su hijo Romualdo, que en aquellas fechas tenía quince años y era su ayudante. Morella, sin duda, significaba el último destino del ilustre manchego tras varios meses de continuos sitios y victorias en lugares hostiles como Alcalá de la Selva, Villahermosa y Cantavieja donde la muerte acechaba en cualquier instante y la vida representaba un papel trágico de sangre y desesperanza al final del día.

La historia perdida del general Crespo: un héroe olvidado de la España del siglo XIX

Tumba del general Crespo en Minglanilla, pueblo conquense donde nació y murió

Los soldados isabelinos, en medio de una gran nevada, destruyeron a su paso las fortificaciones avanzadas de San Pedro Mártir y la Querola, y una vez llegaron a Morella comenzaron a sitiar la ciudad sin pensar en el asalto. Baldomero Espartero, el héroe de Luchana, ordenó instalar la artillería y durante los días sucesivos, Manuel Crespo y el resto de los militares se encargaron de arrojar alrededor de 19.000 proyectiles sobre el ejército que se encontraba en el interior de la fortaleza; unas bombas que destruyeron multitud de calles, edificios y el almacén de municiones, cuyo estallido provocó la muerte de numerosos soldados y civiles. Al final, tras un intento frustrado de fuga y nuevos enfrentamientos, los sitiados optaron por la rendición definitiva. De esta manera, la conquista del castillo de Morella significó el final de la guerra en el Maestrazgo y la dispersión de los carlistas.

Tras la toma del fuerte de Morella y otros conflictos que sucedieron en Aragón y Valencia, Manuel Crespo se trasladó a Cataluña, donde participó de forma activa en la toma de Berga y en la de Coll de Gosen durante los primeros días de julio de 1840. Una vez que estos lances finalizaron, el ilustre manchego recibió el mando de la línea desde la ciudad de Lérida hasta el pueblo de Esparraguera; una nueva posición que le permitió expulsar a las últimas partidas carlistas que se concentraban en aquella zona, y a su vez, conseguir el ascenso a mariscal de campo. Por último viajó a Barcelona, donde se hizo responsable de la primera división del quinto cuerpo de ejército con el que cubrió el servicio de las dos Castillas.

De retiro político

La vida política de Manuel Crespo comenzó el 14 de mayo de 1841 cuando fue nombrado gobernador militar de Cartagena; un cargo que alternó con sus obligaciones castrenses en defensa de los valores liberales que siempre había profesado y que le hicieron empuñar las armas de nuevo para dirigir la segunda división del ejército de operaciones del Norte contra un grupo de insurrectos que se había hecho fuerte en Navarra durante los últimos meses de 1841.

En aquellos años, según explica el profesor Vicente Langreo, era común que los militares ocuparan puestos clave dentro de la política nacional. Sin embargo, a lo largo de esta etapa ocurrieron dos episodios que todavía hoy se encuentran dentro de las brumas de la incertidumbre. Uno de ellos tuvo lugar en el mes de julio de 1845 en Madrid cuando varios guardias sorprendieron a Crespo mientras dormía y le condujeron a un lóbrego calabozo donde estuvo retenido durante tres meses sin que nunca haya trascendido la causa de su detención.

Asimismo, una situación similar volvió a producirse el 28 de marzo de 1848 cuando fue deportado a las Islas Baleares por un periodo de diez meses. No obstante, estos episodios no tuvieron al parecer ninguna consideración en la vida del militar conquense, ya que tan sólo un año después tomó asiento en el Congreso para representar al distrito valenciano de Requena y a partir de 1850 se le nombró teniente general y capitán general de las Islas Filipinas, cuyo puesto ocupó desde 1854 hasta su dimisión en 1856.

El teniente general Manuel Crespo de Cebrián falleció el 6 de agosto de 1869 a la edad de 76 años en Minglanilla, el lugar donde nació y donde finalmente fue enterrado con todos sus honores. Allí, en el Ayuntamiento, se alza su memoria imperecedera a través de varios cuadros que dan forma a su figura y a algunas de las batallas en las que participó, mientras que la tradición popular también cuenta que su propio fajín fue legado a la imagen del patrón del pueblo, el Santísimo Cristo de la Salud.

Y es allí, en el cementerio de la localidad conquense, donde el curioso testigo de la historia podrá encontrar los restos mortales de un hombre valiente que participó en 95 batallas, 13 cercos de plazas y que por sus hazañas se convirtió en personaje relevante de la Historia Militar de España. Esta es la vida del ilustre manchego; el hombre que jamás fue herido en un campo de batalla.

Pedro José Sáez Rivera, alcalde de Minglanilla: «Parece que tenemos un poco olvidados a los militares españoles»

-¿Qué significado tiene en Minglanilla el apellido de Crespo?
-Bueno, de niño siempre oí hablar de los generales Crespo. De hecho, siempre han estado presentes en la historia de Minglanilla porque sus cuerpos se encuentran en el cementerio del pueblo, También conocí su vida gracias a los datos gráficos que tenemos. Sin embargo, cuando más se dio a conocer el personaje fue cuando celebramos el quinto centenario de la fundación de Minglanilla, en la que se llevó a cabo una charla sobre la vida del general y sobre los hechos más destacables de su carrera. Con todo, la verdad es que antes de organizar esta celebración se conocía poco su historia.
-¿Habría que recordar más a este tipo de personajes olvidados por la Historia?
-Sí, parece que tenemos un poco olvidados a los militares españoles debido a la última época de nuestro país, pero personajes como este no tienen nada que ver con aquello y son individuos que allí donde estuvieron dieron la vida por España. Sí habría, a pesar de que los tenemos un poco olvidados, dar un pequeño reconocimiento a este tipo de héroes.
-¿Se plantea desde el ayuntamiento rendir su memoria de alguna forma?
-De momento no nos lo hemos planteado, pero en el sitio más noble del ayuntamiento tenemos un cuadro suyo que rememora que es una de las personas más ilustres de Minglanilla.

Un astrofísico de Harvard sugiere que pudo existir vida justo después del Big Bang


ABC.es

  • Cree que durante un breve período de tiempo pudieron formarse planetas rocosos capaces de albergar agua líquida
Un astrofísico de Harvard sugiere que pudo existir vida justo después del Big Bang

Archivo | La vida pudo haberse formado en planetas rocosos solo 15 millones de años después del Big Bang

Abraham Loeb, astrofísico de la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachussetts (EE.UU.) sugiere en una investigación teórica publicada en arXiv que la vida podría haber existido justo después del Big Bang, la gran explosión que, según la teoría generalmente aceptada, dio origen al Universo. Los cálculos del científico apuntan a que el agua líquida, un requisito indispensable para la vida tal y como la conocemos, pudo haberse formado en planetas rocosos solo 15 millones de años después del estallido.

Hoy en día, la temperatura del fondo cósmico de microondas, el resplandor del Big Bang, es de solo 2,7º kelvin , pero en sus comienzos, apunta Loeb, podría haberse mantenido mucho más caliente, a unos 300ºkelvin. En ese momento, en los lugares del Universo donde la materia es excepcionalmente densa, podrían haberse formado estrellas masivas, de corta vida, que habrían enriquecido el ambiente con elementos más pesados necesarios para hacer planetas. Según el astrofísico, durante 2 millones o 3 millones de años todos los planetas rocosos habrían sido capaces de mantener agua líquida, independientemente de la distancia a la que se encontraran de su estrella. «Todo el Universo fue una vez una incubadora para la vida», afirma Loeb en la web de la revista Nature. Lo llama «la época habitable».

Según Loeb, en esa época la materia era tan densa que incluso si la energía del vacío hubiera sido un millón de veces más fuerte, no habría impedido la formación de estrellas y planetas rocosos, y el surgimiento de la vida.

Nature ha preguntado a varios científicos qué les parece la propuesta de su colega de Harvard, y las respuestas varían. Christopher Jarzynski, biofísico de la Universidad de Maryland, pone en duda que la vida hubiera podido existir en una forma uniforme en un Universo cálido. Alexander Vilenkin cosmólogo de la Universidad de Tufts en Medford, Massachusetts, asegura que unos pocos millones de años es un tiempo demasiado corto para producir vida inteligente. Sin embargo, Freeman Dyson, físico en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, Nueva Jersey, apunta que la vida podría ser más adaptable de lo que pensamos.

Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios


ABC.es

  • En 1547, un grupo de soldados atravesó el río Elba bajo el intenso fuego enemigo para garantizar un paso seguro a sus compañeros
Mühlberg, donde once heroicos españoles decidieron el destino de los Tercios

Cuadro de Carlos I en la batalla de Mühlberg pintado por Tiziano

Según la tradición, la Historia atesora los nombres de los reyes y oficiales, pero nunca los de los soldados que luchan en las batallas. Así pues, para ganarse un sitio en la memoria, los combatientes anónimos tienen que protagonizar alguna proeza que les garantice un hueco en los libros. Precisamente eso es lo que sucedió en la batalla de Mühlberg –antigua Sajonia- durante 1547, donde el ejército del Sacro Imperio Romano Germánico obtuvo la victoria gracias a once soldados españoles que, arriesgando sus vidas, cruzaron el río Elba bajo el intenso fuego enemigo para garantizar un paso seguro a sus compañeros.

Era rey entonces del trono hispano un entrado en años –y en achaques- Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico, quién, desde 1519, lucía también orgulloso el título de Emperador. Eran, en definitiva, buenos tiempos para el joven rey, pues había conseguido unir bajo su ornamentado cetro los territorios de la actual Austria, Alemania, parte de Italia e, incluso, Bélgica (Flandes).

Un problema celestial

Con todo, y a pesar de que disponía casi de tantas regiones, su Majestad no disfrutaba de un minuto de respiro al tener que velar constantemente por su imperio. Así pues, ya fuera bajando los humos a «la France» en batallas como la de Pavía, o luchando en representación del catolicismo contra los turcos, lo cierto es que este belga de nacimiento siempre viajaba cargado con la espada, la armadura y el escudo.

Carlos I se encontraba también hasta su real bastón de mando de los problemas de culto que, desde Alemania, llegaban a su palacio día sí y tarde también. Y es que, a comienzos del siglo XVI se había extendido a lo largo y ancho de la región teutona el protestantismo, una escisión de la tradicional religión europea (el catolicismo) que rápidamente cautivó a una buena parte de la población germana y provocó varios enfrentamientos contra las tropas del emperador.

Sin embargo, estos pequeños combates no fueron más que el inicio de lo que, con el paso de los meses, se convirtió en una sangrienta guerra a espada y arcabuz entre los príncipes alemanes partidarios de Martín Lutero –el fraile que, mediante su dura crítica a la iglesia católica había motivado la aparición del protestantismo- y su Majestad Imperial.

Finalmente, la situación terminó de recrudecerse cuando los protestantes formaron una alianza defensiva en contra del catolicismo. «La intransigencia de los protestantes imposibilitó todo acuerdo con el Emperador, y la situación escaló cuando en (…) 1530 varios príncipes pro-luteranos se reunieron en la ciudad de Esmalcalda (Schmalkalden) y (firmaron) un tratado (…) que marcó el nacimiento de la llamada “Liga de Esmalcalda”», explica Mario Díaz Gavier en su obra «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V» de la colección «Guerreros y batallas» editada por «Almena».

No hubo nada más que apuntar. Hasta las fosas nasales como estaba, su imperial realeza declaró proscritos a Lutero, a los príncipes alemanes de la Liga y a todo bicho viviente notorio amante del protestantismo para después pertrecharse e iniciar camino hacia Alemania. De nada valieron los posteriores tratados; Carlos había tomado la decisión de derramar sangre.

«Cuando el emperador estuvo en condiciones de hacer frente a este problema –que hasta entonces sólo había podido atacar con conversaciones y acción política– (inició) una acción militar que pusiera freno a la imparable expansión de Lutero en Alemania. Para ello (…) ordenó la marcha de los suyos, desplegados por todos sus dominios», señala Andrés Más Chao en el volumen titulado «La infantería en torno al Siglo de Oro» de la obra conjunta «Historia de la infantería española».

Primeros combates

Para dirigir a su ejército en esta aventura alemana, el emperador seleccionó en primer lugar a su hermano, Fernando I –rey de Hungría y Bohemia– y, en segundo término, al Duque de Alba (Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel).

La expedición imperial pisó Alemania varios meses después, aunque no en su totalidad, lo que provocó que el Duque de Alba tuviera que ingeniárselas para plantar cara y espada a los protestantes hasta la llegada de refuerzos. «Alba, nombrado generalísimo, inició una serie de marchas y contramarchas por las orillas del Danubio que consiguieron mantener en continua situación de inferioridad operativa al enemigo, que no se atrevía a presentarle batalla. Tras la llegada de los efectivos de los Países Bajos pasó a la ofensiva, ocupó varias ciudades y mantuvo un continuo hostigamiento sobre los protestantes», destaca Chao. Tal fue la efectividad del ejército de Carlos (formado, entre otros, por varios tercios españoles) que, en principio, los seguidores de Lutero se disolvieron.

Con todo, no hubo que esperar mucho hasta que los protestantes dieron de nuevo el arcabuzazo de salida a la guerra contra las tropas del Emperador. Concretamente, fue en 1547 cuando la Liga de Esmalcalda desenvainó de nuevo la espada bajo las órdenes de uno de sus miembros más destacables: el orondo príncipe elector de Sajonia, Juan Federico. Este, consiguió reunir bajo su mando un ejército de entre 20.000 y 25.000 infantes y unos 5.000 jinetes.

Con sus tropas a punto y dispuestas para derramar sangre católica, Juan Federico avanzó sobre los territorios de Mauricio de Sajonia, un antiguo miembro de la Liga Esmalcalda que había traicionado a sus aliados y había acudido a refugiarse entre las enaguas del emperador bajo promesa de tierras, oro y quién sabe qué otras cosas. Fuera como fuese, lo cierto es que, en su marcha, el elector puso en serios aprietos los territorios del bando imperial.

Pero atacar fue el gran error de Juan Federico, pues el emperador, cansado de sus problemas con el protestantismo, enfundó su espada y reunió a su ejército para acabar de una vez por todas con las pretensiones de aquella insistente Liga de Esmalcalda. Carlos se movilizó decidido, esta vez, a no dejar viva a su presa y cortar el problema de raíz con su sable.

Así, entre marzo y abril de ese mismo año, el ejército imperial (en el que se encontraba también el resentido Mauricio) inició la marcha para dar caza a los protestantes en plena Sajonia. Al parecer, esto no gustó demasiado a Juan Federico, quien decidió poner botas en marcha con su ejército e iniciar la retirada desde Meiben (una pequeña ciudad ubicada a orillas del Elba en la zona sur-este de Alemania) a lo largo del cauce del popular río teutón.

Los ejércitos, orilla a orilla

Para desgracia del ancho Juan Federico, la huida no tuvo el efecto deseado y el contingente imperial terminó dando caza a los protestantes en Mühlberg, un minúsculo pueblo ubicado en la orilla derecha del Elba (a menos de 8 kilómetros de Meiben). No obstante, la suerte no fue del todo esquiva con el elector de Sajonia, ya que ambos ejércitos se encontraron separados por el ancho río germano.

Con su enemigo en la orilla contraria, el protestante sabía que tendría una gran ventaja en la batalla que se avecinaba, pues si los soldados católicos trataban de cruzar el Elba se verían sacudidos por ráfagas constantes de plomo provenientes de sus arcabuceros. Sin embargo, esta superioridad estratégica no suplía la falta de soldados que sufría el bando luterano.

Juan Federico ordenó una veloz retirada ante la superioridad imperial

«En vísperas de la batalla la desproporción numérica entre los adversarios no podía ser más patente. Mientras queel príncipe elector contaba con 6.000 efectivos de infantería y 3.000 de caballería, el ejército imperial totalizaba 20.000 infantes y 6.000 caballos. Juan Federico había colaborado a crear tal desproporción enviando a la frontera (…) a (varios) contingentes y destacando guarniciones en distintas plazas (…), cayendo así en uno de los errores más fatales para un comandante: querer protegerlo todo con el resultado de dispersar sus fuerzas», explica Gavier en su obra.

Ante la superioridad insultante de los imperiales, el elector de Sajonia prefirió no apelar al honor y continuó con la estrategia que había usado durante las últimas jornadas: el sálvese quien pueda. Por ello, dictaminó en primer lugar destruir todos los puentes cercanos para evitar que los soldados enemigos pudieran cruzar el Elba y, a su vez, ordenó a un contingente de sus mejores arcabuceros tomar posiciones en un dique cercano al río y detener el avance enemigo en caso de que Carlos atravesara el agua con sus hombres.

Por otro lado, dispuso que las carretas de provisiones, la artillería y la infantería iniciaran una huida acelerada en dirección a un bosque cercano, lugar en el que los soldados imperiales tendrían serias dificultades para perseguirles. Finalmente, el orondo Juan Federico dio órdenes de que se desmontara y quemara un puente provisional de pontones que su ejército transportaba.

La heroicidad que valió una batalla

El calendario marcaba el 24 de abril cuando el contingente imperial, en el que se destacaban varios tercios españoles, marchó al son de los tambores y flautines en dirección al Elba. Concretamente, las primeras unidades en abrir fuego fueron la artillería y los arcabuceros que, bajo la bandera del águila imperial de Carlos I, avanzaron hasta la orilla del río e iniciaron un bombardeo constante sobre las tropas enemigas ubicadas en la orilla contraria.

En cambio, y a pesar de que este fuego provocó varias bajas entre los protestantes, el bando católico seguía cargando a sus espaldas con un gran problema: era imposible cruzar el río. Y es que, la falta de puentes provocaba que la única forma de atravesar el Elba fuera zambulléndose en sus aguas, lo que suponía morir amargamente ante los arcabuceros enemigos.

Varios españoles robaron el puente de pontones protestante

Fue precisamente en ese momento de incertidumbre cuando varios arcabuceros españoles, haciendo acopio de toda su valentía y gónadas, tomaron una decisión que, a la postre, decantaría la batalla del lado imperial. «Al constatar que el fuego enemigo menguaba (…) once españoles se desnudaron y “con las espadas en las bocas” cruzaron a nado el río, apoderándose de los pontones enemigos tras doblegar a los defensores y apagar el fuego. En medio de la aclamación de sus camaradas, aquel puñado de valientes remolcó su presa a la orilla izquierda, poco después, el puente se hallaba armado un kilómetro aguas abajo», destaca el autor de «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V».

Así recordaba Carlos I en sus memorias este valeroso hecho: «Entonces el Emperador mandó a su General que hiciese adelantar los arcabuceros susodichos, que él encontró; los cuales luego volvieron al río, donde muchos entraron bien dentro, y se dieron tanta mano en disparar, que los adversarios, pese a la resistencia que hicieron con su arcabucería y artillería, fueron constreñidos a dejar los puentes que algunos arcabuceros españoles, lanzándose a nado con las espadas en las bocas, trajeron a la orilla donde estaban Sus Majestades».

Una sangrienta persecución

Horas después, el ejército imperial atravesó en su totalidad el río y, tras acabar con los escasos soldados protestantes que prefirieron combatir y morir por sus creencias a huir, el contingente aliado inició la persecución de Juan Federico. «La vanguardia (…) –integrada por 400 caballos ligeros italianos, y españoles, 450 húngaros, 100 arcabuceros a caballo españoles, 600 lanzas y 200 arcabuceros a caballo de Mauricio de Sajonia y 220 hombres de armas de Nápoles- avanzaba paralelamente un par de kilómetros al este (de los protestantes). En cuanto al grueso imperial, seguiría (…) la ruta tomada por el enemigo», completa Gavier en su obra.

Perseguidos y acosados, sólo era cuestión de tiempo que los soldados de Juan Federico perecieran a manos de la vanguardia católica, por lo que, en un intento desesperado de retrasar el avance enemigo, el elector de Sajonia ordenó a su caballería hacer una última carga contra el contingente imperial. Así pues, con las lanzas en ristre y el convencimiento de que era imposible vencer, los jinetes protestantes se abalanzaron contra los hombres del Duque de Alba y Mauricio de Sajonia. Sin embargo, poco pudieron hacer ante una fuerza superior en número y, tras perecer a cientos de sus camaradas, acabaron girando las riendas de sus caballos y huyendo. Con todo perdido, los restos del poderoso ejército de la Liga de Esmalcalda fueron capturados por los hombres de Carlos I.

Aquella jornada fue, además, infausta para los protestantes, pues tuvieron que llenar entre 2.000 y 3.000 ataúdes con los cadáveres de sus compañeros. Mientras, el bando imperial apenas tuvo que lamentar una veintena de fallecidos y pudo jactarse de haber apresado a casi todos los supervivientes enemigos tras la contienda. Tan abrumadora fue la victoria, que provocó el fin de la guerra entre ambos bandos.

El curioso destino del elector

m. p. villatoromadrid
Durante aquella infausta batalla fueron muchos los oficiales protestantes capturados por el bando católico pero… ¿Qué sucedió con el príncipe elector de Sajonia? Una vez finalizada la contienda, y después de que los soldados protestantes fueran capturados y despojados de sus riquezas y armas, Juan Federico trató de salvar la vida huyendo a lomos de su rocín. Sin embargo, su oronda figura se lo impidió.
«El (…) príncipe elector (…) intentó huir (…). Sin embargo, su obesa figura (y la armadura talla extra grande destinada a protegerla) era demasiada carga para su sufrido frisón; en el bosque de Schweinert (…) Juan Federico fue interceptado por una partida de caballería y, tras ofrecer dignamente un conato de lucha durante el que sufrió una cuchillada en la mejilla izquierda, terminó rindiéndose», señala Mario Díaz Gavier en su obra «Mühlberg 1547. El apogeo de Carlos V». Finalmente, el líder de la Liga Esmalcalda fue encarcelado por su traición al Emperador.

Espectaculares ‘géiseres’ en una luna de Júpiter


El Mundo

  • ASTRONOMÍA Chorros de vapor de agua de 200 km. de altura en Europa
Recreación artística de un chorro de vapor de agua en la superficie...

Recreación artística de un chorro de vapor de agua en la superficie helada de Europa, con el Sol al fondo. K. RETHERFORD, SOUTHWEST RESEARCH INSTITUTE.

Se llama Europa y es la más pequeña de las cuatro principales lunas del planeta Júpiter. Un mundo misterioso y helado que cuenta con un océano subterráneo que intriga a los científicos y del que, según han detectado ahora, parecen emerger enormes chorros de vapor de agua. Así lo asegura un equipo liderado por Lorenz Roth tras analizar las imágenes obtenidas por el telescopio espacial Hubble en noviembre y diciembre de 2012 y compararlas con otras más antiguas captadas en 1999.

Según detallan en su investigación, publicada esta semana en la revista Science, si se confirma que se trata de géiseres significaría que el agua del océano subterráneo de este satélite puede salir fácilmente a su superficie, al menos en algunas ocasiones. Y es que sólo han podido detectar estos chorros de vapor de agua durante un periodo de siete horas.

El hallazgo, añaden, podría ser decisivo a la hora de planificar futuras misiones de exploración para determinar si Europa, que cuenta con una tenue atmósfera, es potencialmente habitable. “El descubrimiento de vapor de agua expulsado desde el Polo Sur refuerza la posición de Europa como el candidato con más posibilidades para que sea potencialmente habitable”, afirma Lorenz Roth, investiador el Instituto de Investigación Southwest de San Antonio (Texas, EEUU), en una nota de prensa de la Agencia Espacial Europea (ESA). Según aclara, no saben si estos chorros están conectados con el agua líquida que creen que hay bajo su superficie.

El estudio detalla que los chorros de vapor de agua miden nada menos 200 kilómetros de altura. Fueron observados solamente en el Polo Sur de este cuerpo celeste helado durante un breve periodo, siete horas, coincidiendo con el momento en el que está orbitando a mayor distancia de Júpiter. Según creen, los chorros se desvanecen cuando la luna pasa muy cerca de su planeta.

El planeta Júpiter y su satélite, Europa, en el que se muestra el lugar donde se detectaron los géiseres

SOUTHWEST RESEARCH INSTITUTE

Los investigadores creen que los géiseres de Europa podrían ser parecidos a los géiseres que la nave espacial Cassini observó en 2005 en Encélado, una de las lunas del planeta Saturno. Según sostienen los científicos, serían emisiones de vapor a alta presión que escapan de grietas muy estrechas.

Otro estudio presentado esta semana durante el congreso otoñal que la Unión Geofísica Americana en San Francisco (California, EEUU) ha revelado la presencia de minerales arcillosos en la luna Europa, cuyo origen podría estar en el choque de este objeto con un asteroide o cometa. En este caso, el estudio se realizó con los datos recabados por la sonda espacial Galileo, que fue lanzada por la NASA en 1989 y se prolongó hasta 2003. Esta nave espacial se sumergió en el interior de la atmósfera de Júpiter hasta que fue destruida, revelando información muy valiosa sobre su composición química, su campo magnético y sus principales satélites, entre ellos Europa.

La detección de agua en estos pequeñas lunas las convierte en uno de los principales objetivos que buscan potenciales mundos habitables en nuestro Sistema Solar. La Agencia Espacial Europea (ESA) prevé mandar en el año 2022 su misión JUpiter ICy moons Explorer para explorar Júpiter y tres de sus lunas principales: Ganímedes, Calisto y Europa. La sonda no tripulada tardaría ocho años en llegar a Júpiter, donde permanecería durante tres años, estudiando en profundidad y realizando mapas del planeta y de estas tres lunas.

Una momia egipcia en un cubo de basura en París


El Mundo

  • ARQUEOLOGÍA Un hallazgo insólito que precisa ser restaurado

Una momia egipcia rescatada de la basura protagoniza estos días la última campaña para recaudar fondos de la Fundación del Patrimonio Nacional francés. Conocida como la momia Ta-Iset de Rueil-Malmaison, por el hecho de haber sido descubierta en 2001 en dicho suburbio parisino, se trata de una antigüedad que los expertos datan entre los siglos I y III antes de Cristo y que precisa ser restaurada de urgencia.

¿Cómo fue a parar a la escombrera? ¿Quiénes han sido sus propietarios durante los últimos años y por qué se deshicieron de ella? ¿Quién la trajo a Francia y cuándo? Son algunos de los misterios que rodean la venerable mortaja de lo que aparentemente es una niña de 5 años que habría nacido entre la época de Ptolomeo y la llegada de los romanos a orillas del Nilo.

Según los habitantes de Rueil-Malmaison (en el departamento de Hauts-de-Seine, al oeste de la capital gala), la historia de su momia es digna de las más fantásticas leyendas egipcias. Al parecer, una mujer desconocida llegó en 2001 al Cuartel Guynemer, enfrente del cual hay contenedores para el reciclaje, y preguntó a los presentes dónde podía tirar un voluminoso paquete alargado. «¿Es un muerto?», bromeó alguien. «No, es una momia», explicó la anónima ciudadana.

Para los agentes de Protección Civil, que ya entonces ocupaban esta antigua sede de la guardia suiza, aquello supuso «un auténtico engorro», como bien recuerda Jean-Louis Parichon, presente aquel día y hoy adjunto al jefe del servicio. «Enseguida nos dimos cuenta de que era un objeto extraordinario. Algunos pensaron que podría ser de verdad un cadáver y dudamos en llamar a la Gendarmería. Otros se preguntaban si era una falsificación. Hubo incluso quien sugirió ponerla a la venta en eBay… Al final, decidimos entregarla al Museo de Historia Local», explica Parichon.

Una restauración de 15.000 euros

Durante meses, los eruditos del Museo del Louvre analizaron el hallazgo para determinar que era auténtico. En el pequeño ataúd de madera clara, la radiografía reveló un cuerpo entero de 92,5 centímetros de altura, envuelto en vendas y con el esqueleto bien conservado. Algunas inscripciones funerarias permitieron a los egiptólogos incluso darle un nombre a esta niña que debía de pertenecer a la clase media: Ta-Iset, que en el idioma de los faraones significa La de Isis, en honor a la diosa protectora de la mitología egipcia.

Según las especulaciones de los historiadores, este tesoro podría haber sido traído de Egipto por el General Noël Varin-Bey: un oficial de Napoleón Bonaparte que luego serviría durante dos décadas al servicio del virrey de Egipto, Mehmet Ali, llegando a fundar en Gizeh una escuela de caballería. De vuelta al Hexágono en 1857, el veterano militar se había instalado en Rueil-Malmaison trayendo consigo a Ta-Iset como recuerdo de su larga estancia en aquel país. Luego sus herederos, no sabiendo qué hacer con tan excéntrico souvenir, se habrían deshecho de él.

«Llamada a filántropos: ¿quiere usted contribuir a restaurar una auténtica momia egipcia?», pregunta la web de Patrimonio Nacional. En el site, se explica que los gastos de reparación de tan curiosa antigüedad ascienden a 15.450 euros, de los cuales el municipio correrá con 5.000 euros y la región de Ile-de-France con otros 4.000. El resto habrá de cubrirse con suscripción popular y con dinero de la Fundación, que se ha comprometido a aportar el capital que falte siempre que la iniciativa ciudadana cubra al menos un 5% del coste total presupuestado.

«Esta es la primera vez que abrimos una suscripción para una momia. No tengo duda de que va a ser un éxito dada la historia tan curiosa del objeto», señala Mary Tozer, gerente de proyectos de Patrimonio Nacional. La restauración consistirá en consolidar el cartón y reforzar los textiles del vendaje, además de una limpieza general, y correrá a cargo del Centro de Investigación y Restauración de los Museos de Francia (C2RMF) con sede en Versalles.

Para cuando se complete a finales de 2014, el Museo de Rueil-Malmaison ya tiene preparada una sala especial con todos los requisitos para la óptima conservación de la antigüedad. «Las momias son frágiles y necesitan unas condiciones de almacenamiento óptimas: humedad del 50%, temperatura de entre 18 y 20 grados», comenta a AFP Marie Aude-Picaud, la directora de la institución. Arrancada de su tierra natal hace más de 3.000 años, Ta-Iset podrá entonces descansar en paz. La única diferencia es que dormirá a orillas del Sena, en vez de al borde del Nilo.

Momia hallada en un contenedor en Francia.

Momia hallada en un contenedor en Francia. FONDATION DU PATRIMONIE