Los secretos para estar delgado (en los que se creía hace 100 años)


El Confidencial

La creciente preocupación por mantenerse en el peso ideal comenzó a extenderse en el último cuarto del siglo pasado a raíz del problema del sobrepeso y la obesidad, pero sus orígenes se remontan a comienzos del siglo XX, principalmente entre las mujeres de clase alta. Los michelines y las curvas pronunciadas dejaron de ser sinónimo de saluda y de belleza estética para convertirse en los peores enemigos de las mujeres burguesas más exigentes con su físico.

La pionera en el cambio de estos cánones estéticos fue Follet Jameson, que en 1899 publicó The Woman Beautiful, un libro de consejos sobre belleza realmente transgresor para la sociedad de la época. “Las mujeres gordas que ajustan su cuerpo en un corsé hasta que no pueden respirar, no son ni elegantes ni guapas. Se tienen que acabar esas bolsas de grasa que parecen pequeñas jorobas”, se atreve a decir la autora, reinventando así los cánones estéticos de la época.La visión sobre la belleza femenina de Jameson causó más estupor que comprensión, lo que llevó a una aristócrata inglesa a publicar ya en 1901 un libro del mismo género, Beauty’s Aids: Or, How to Be Beautiful, de forma anónima bajo el acrónimo de ‘Condesa C’, para resguardarse de las posibles críticas personales. Sus tesis son un poco menos rotundas pero se asientan sobre la misma base: “Decimos que una mujer muy delgada no es hermosa, pero ¿seguimos pensando lo mismo de una dama entrada en edad que rebosa de tanta grasa que ya no tiene forma de mujer y, en definitiva, parece ridícula y vulgar?

La delgadez, una necesidad creada

La literatura sobre la belleza femenina dio un giro durante los primeros años del siglo pasado. Unos nuevos cánones estéticos que obligaban a estructurar los libros partiendo del análisis de la situación para concienciar a las mujeres de un problema que por entonces era casi una virtud. “¿Está usted gorda?” interpelaba a las atónitas lectoras Annette Kellerman en el libro Physical Beauty, How to Keep it publicado en 1918, y es que la delgadez era una necesidad de reciente creación.

La mejor forma para saber si estás gorda es comprobar que las rodillas y los tobillos están blandos e hinchados

Las lectoras ni siquiera tenían una respuesta a su pregunta sobre la gordura, por lo que la autora centraba su libro en ofrecer respuestas orientadoras, en forma de pruebas aclaratorias. Cada cual más naif, eso sí. Desde ponerse desnudas ante un espejo en diferentes posturas para ver si tenían “antiestéticas arrugas de carne” a tumbarse sobre la cama y asir con una mano la piel que sobresale de las caderas. “Si usted no es capaz de coger toda la carne que sobresale con una sola mano es que está gorda”, sentenciaba cómicamente Kellerman. Otro método infalible que describía la gordura, decía, eran los tobillos y rodillas blandas e hinchadas. La apología por los torsos esbeltos ya no tendría marcha atrás.

La delgadez se fue convirtiendo poco a poco en obsesión para una buena parte de la sociedad femenina y los consejos para alcanzarla surgieron por doquier. El paso del tiempo los ha revestido de comicidad, pero en aquella época se popularizaron diferentes “trucos” que iban del razonable “comer menos y hacer más ejercicio físico” a otros más delirantes como beber vino, como recogemos a continuación.

1. “No duermas más de dos o tres horas al día”

Para las coach de la época las horas de sueño y los kilos iban de la mano. En diversos libros se recomienda dormir lo menos posible, tanto, que para conservarse en un peso ideal en Beauty, Its Attainment and Preservation se limita a dos o tres horas diarias el tiempo máximo de sueño. Si una no es capaz, la autora se atreve a aconsejar que se cambie la cama “por otra más dura e incómoda”. Hoy en día los expertos han demostrado que es necesario dormir entre siete y ocho horas diarias para mantenerse saludables, tanto física como psíquicamente.

2. “La siesta engorda y anula la inteligencia”

Dormir la siesta ayuda a aumentar de peso y, encima, te hace menos inteligente, según se aseguraba en el libro sobre belleza femenina The Woman Beautiful.

3. “No seas perezosa”

La vida tranquila y cómoda, y en general “todos los hábitos relacionados con la pereza”, son sinónimo de sobrepeso. Una máxima que no está tan desencaminada si se traduce por sedentarismo. De hecho, en Beauty’s Aids: Or, How to Be Beautiful se habla directamente de hacer “ejercicio físico” como el mejor método para adelgazar.

4. “Bebe agua con limón”

La creencia de la época era que el agua engordaba, una tesis ampliamente contradicha por las reglas básicas de la nutrición. “No beba mucha agua”, decía Kellerman en su libro anteriormente citado. “En su lugar beba limonada porque quita mejor la sed y nos ayuda a reducir la ingesta de líquidos”, añadía. Un consejo que se apoyaba en las teorías que el científico Thomas King plasmó en Corpulence: Or, Excess of Fat During Pregnancy. Lógicamente, se han demostrado totalmente falsas.

5. “Consume bebidas alcohólicas”

Partiendo de las mismas bases científicas, en Beauty’s Aids: Or, How to Be Beautiful se asegura que “lo primero y más importante es beber poco, lo menos posible. “Lo mejor es beber vino, tinto o blanco, o en su defecto té y café con un chorro de licor”, recomendaba la condesa.

6. “Respira aire fresco”

La mayoría de los libros sobre belleza femenina de principios de siglo insistían en la idea de hacer actividades al aire libre, como caminar, montar a caballo o nadar. Aunque pudiésemos pensar que se recomienda por el hecho de hacer ejercicio físico el motivo era muy diferente: “Oxigenar el cuerpo con aire fresco es bueno para quemar las grasas del cuerpo”, aseguraba Lina Cavalieri en My Secrets of Beauty.

7. “Da 80 vueltas en el suelo al levantarte”

Se trata, sin duda, del consejo más disparatado, tanto por su inutilidad como por su estupidez. Una vez más, la ideóloga es Cavalieri, quien dice que para convertirse en una mujer delgada “comience su día estirándose en frente a la ventana y, una vez desperezada, ruede rápidamente sobre el suelo. Realice por lo menos 80 vueltas antes de detenerse”.

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