Hallan agua congelada y materiales orgánicos en Mercurio


El Confidencial

Mientras la ciencia miraba a Marte, Mercurio dio la sorpresa. Las observaciones realizadas por la cápsula de exploración planetaria Messenger han encontrado agua helada y materiales orgánicos en algunas regiones del polo norte de Mercurio, informó ayer la agencia espacial estadounidense NASA.

El artefacto de exploración, lanzado en 2004 para el estudio del planeta más cercano al Sol y de 485 kilos, llegó a las proximidades de Mercurio en 2008 y entró en su órbita en marzo de 2011. La misión formal de recogida de información comenzó un mes más tarde y, desde entonces, Messenger ha tomado más de 100.000 imágenes.

Las observaciones previas de Mercurio, hechas desde la Tierra y con telescopios y radar, indicaban que podría haber hielo en las áreas permanentes en sombras de los cráteres en los polos del planeta. Desde su órbita en torno al planeta, Messenger observó áreas brillantes y oscuras definidas con luz infrarroja en dichas regiones.

Los investigadores de la NASA, en una conferencia de prensa, explicaron que los datos de los instrumentos de la cápsula, incluido un altímetro por láser y un espectrómetro de neutrones, confirmaron que hay hielo en los cráteres del polo norte de Mercurio.

Los científicos creen que las áreas brillantes captadas en las imágenes representan el hielo que está cerca de la superficie de Mecurio, en tanto que las oscuras corresponden a regiones donde el hielo está cubierto por una capa de material rico en componentes orgánicos.

Los planetas podrían influir sobre la actividad magnética del Sol


La Vanguardia

  • “Nuestro estudio podría contribuir a entender mejor los intervalos de tiempo en los que el Sol no presenta manchas”, dice el físico Ferriz-Mas, miembro del equipo que ha efectuado este hallazgo
Imagen que muestra líneas de campo magnético del Sol GYI

Imagen que muestra líneas de campo magnético del Sol GYI

Es conocido que el Sol presenta un ciclo de once años, a lo largo del cual su actividad magnética (que se manifiesta en forma de manchas, explosiones que liberan energía y eyecciones de materia al espacio interplanetario) varía entre un mínimo y un máximo. Pero, además de este ciclo de once años, basado en el número de manchas que aparecen en la superficie del Sol, también se ha observado la existencia de otros ciclos de actividad magnética con periodos más largos de 88, 104, 150, 208 y 506 años.

Ahora un grupo de físicos, entre los que se encuentra Antonio Ferriz-Mas, miembro del Grupo de Física Solar del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) y profesor titular en la Universidad de Vigo, ha encontrado una coincidencia excelente entre los ciclos de periodo largo de actividad solar y los efectos de marea debidos a los planetas. Los resultados aparecen este miércoles destacados en la versión digital de la revista Astronomy & Astrophysics.

Se trata, cabe remarcarlo, de un artículo atrevido porque intenta contrarrestar la concepción clásica de que lo que ocurre en el interior del Sol lo determina exclusivamente el propio Sol.

“Nosotros no decimos que el periodo de las manchas de once años del Sol las cause Júpiter. De hecho, nadie sabe por qué el periodo de las manchas tiene 11 años”, dice a LaVanguardia.com Ferriz-Mas. “Nuestro estudio se refiere a la modulación de la actividad magnética solar a largo plazo (como, por ejemplo, la aparición de los llamados Mínimos de Maunder)”, añade.

Los Mínimos de Maunder son prolongados intervalos de tiempo en los que el Sol, prácticamente, no presenta manchas. Poco después de que Galileo Galilei observara las manchas solares, éstas dejaron de apreciarse. En concreto, entre aproximadamente 1645 y 1715 (Galileo murió en 1642) apenas se detectaron manchas solares. Eso coincidió -con un pequeño desfase temporal- con un periodo de enfriamiento de la Tierra (al menos en el hemisferio norte) que se conoce como la pequeña edad de hielo.

Esta pequeña edad de hielo comenzó poco después de que dejara de haber manchas. “Pero no dejó de haberlas durante un mes o dos, sino alrededor de 75 años. Y esos periodos de ausencia de manchas de entre 75 y 100 años o más es lo que se denomina Mínimos de Maunder”, aclara este profesor de Física de la Universidad de Vigo. “Nuestro estudio podría contribuir a entender mejor los Mínimos de Maunder y la distribución temporal de éstos”, añade.

Este equipo internacional (Suiza, España y Australia) ha reconstruido minuciosamente la actividad magnética solar de los últimos diez mil años analizando para ello la concentración de isótopos cosmogénicos (los isótopos berilio-10 y carbono-14) en testigos de hielo de la Antártida y de Groenlandia. La serie temporal obtenida muestra unas periodicidades, aparte del conocido ciclo solar de once años, para las cuales no existía hasta ahora ninguna explicación en el marco de la teoría dinamo (es decir, la teoría que intenta dar cuenta de cómo se generan los campos magnéticos solares y estelares).

La capa donde se almacena el flujo magnético

El Sol no rota rígidamente, sino que posee una rotación diferencial en latitud y en profundidad; en particular, las regiones en el ecuador rotan más rápido que las de los polos. Pero esta rotación diferencial se da tan solo en el 30% más externo del Sol, en la llamada zona de convección. Bajo esta zona se encuentra la zona radiativa, en la que la energía se transporta por radiación (fotones) y donde la rotación es casi rígida.

Justo entre las zonas convectiva y radiativa existe una delgada capa, la tacoclina, donde se produce una transición muy marcada entre ambas zonas. Esta capa es crucial para el almacenamiento y amplificación del campo magnético solar, puesto que en ella se localizarían inicialmente los intensos tubos de flujo magnético que en algún momento originarán las manchas solares que se observan en la superficie.

Si la tacoclina estuviera un poco achatada y se desviase ligeramente de la simetría axial -por ejemplo, porque rotase alrededor de un eje ligeramente inclinado con respecto al eje de rotación del Sol-, los planetas podrían ejercer pares de fuerzas sobre la tacoclina por efecto marea (similar al que la Luna ejerce sobre los océanos terrestres). El efecto de marea, aunque pequeño, y hasta ahora despreciado, podría ser suficiente para afectar la capacidad de la tacoclina para almacenar los tubos de flujo magnético, precursores de las manchas.

El efecto de los planetas, a través de las fuerzas de marea, podría modificar ligeramente la estabilidad de la estratificación del gas en la tacoclina. “Esta modificación podría ser de una parte en 10.000 a una parte en 100.000. Es como si a una persona que tiene 100.000 euros le quitamos uno, no se da cuenta. Pues esta modificación tan pequeña podría ser suficiente para modificar la capacidad de almacenamiento de tubos de flujo magnético dentro de esa capa”, relata Ferriz-Mas.

Muchos científicos suponen, desde los años 80, que las manchas solares son simplemente grandes tubos de flujo magnético que ascienden desde esa tacoclina hasta la superficie del Sol, atravesando unos 200.000 km de zona convectiva.

“Si la estabilidad de la estratificación del gas en la tacoclina fuese distinta, esos tubos, cuando entraran en la zona de convección para ascender, serían demasiado débiles. Eso quiere decir que la convección los destrozaría por el camino y a la superficie sólo llegaría campo magnético difuso, no estructurado en manchas”, argumenta este científico.

Este grupo de físicos supone que cuando hay un Mínimo de Maunder no significa que no llegue campo magnético a la superficie, sino que ese campo no llega en forma de manchas. “El origen de todo está en la tacoclina”, señala Ferriz-Mas. “Si no hay en esta capa solar tubos de flujo del orden de 100.000 Gauss que entren en la zona de convección y empiecen a ascender, no hay manchas”, agrega.

“El campo magnético en la superficie terrestre, que ponemos de manifiesto con una brújula, puede tener una intensidad de entre 0,25 y 0,65 Gauss. Si los tubos de flujo no llegan a alcanzar los aproximadamente 100.000 Gauss, porque la estabilidad de la estratificación del gas en la tacoclina ha sido perturbada por el efecto de marea de los planetas, entonces éstos no mantendrían su identidad al atravesar la zona de convección y no podrían llegar a la superficie en forma de estructura coherente que diese lugar a manchas solares”, explica Ferriz- Mas.

Si todo lo relatado aquí se cumpliera, deberían encontrarse los mismos periodos en la actividad solar que en el torque [fuerza que se le ejerce a algo para hacerlo girar] ejercido por los planetas, como precisamente ha descubierto el equipo en el que participa el investigador Antonio Ferriz-Mas (IAA-CSIC).

Como indican los doctores J. A. Abreu y J. Beer del ETH de Zurich (Instituto Politécnico Federal), coautores del artículo, la influencia de los planetas sobre el magnetismo solar a larga escala temporal es una hipótesis interesante, que daría una explicación natural a los periodos de entre ochenta y ocho y dos mil doscientos años presentes en el registro de la actividad magnética solar. Si esto fuese así, este estudio puede tener implicaciones muy importantes para entender mejor cómo funciona el Sol y, en particular, la actividad magnética solar.

La explosión más grande provocada por un agujero negro


El Mundo

Recreación artística de la explosión descubierta. | ESO

El Observatorio Austral Europeo (ESO, por sus siglas en inglés) ha descubierto la explosión más grande provocada por un agujero negro que se ha observado hasta ahora. Utilizando el telescopio VLT (Very Large Telescope), un equipo de astrónomos ha detectado un cuásar con la emisión más energética detectada hasta el momento, al menos cinco veces más potente que las que se han observado hasta hoy.

Los cuásares son los intensos centros luminosos de las galaxias distantes alimentados por enormes agujeros negros. Aunque algunos cuásares destacan por atraer material, muchos eyectan ingentes cantidades de material hacia sus galaxias anfitrionas, y estos chorros juegan un papel muy importante en la evolución galáctica. Pero, hasta ahora, los chorros de cuásares que se habían observado, no eran tan potentes como predecían los teóricos.

“La velocidad a la que es expulsada esta energía por la enorme masa de material eyectado desde este cuásar (conocido como SDSS J1106+1939) es, al menos, equivalente a dos millones de millones de veces la potencia que emana del Sol. A su vez, implica que es cien veces más potente que la producción energética total de nuestra galaxia, la Vía Láctea, — es una eyección verdaderamente monstruosa,” afirma el investigador principal del equipo, Nahum Arav (Virginia Tech, EEUU).

Numerosas simulaciones teóricas sugieren que el impacto de estas eyecciones en las galaxias del entorno puede resolver varios enigmas de la cosmología moderna, incluyendo cómo la masa de una galaxia está asociada a la masa de su agujero negro central, y por qué hay tan pocas galaxias grandes en el universo. Sin embargo, hasta ahora no se sabía con certeza si los cuásares eran capaces de producir chorros lo suficientemente potentes como para producir estos fenómenos.

Las eyecciones descubiertas se encuentran a unos años mil años luz de distancia del agujero negro que los genera. El análisis del equipo muestra que el cuásar pierde al año una masa de, aproximadamente, 400 veces la masa del Sol, moviéndose a una velocidad de unos 8.000 kilómetros por segundo.

El cuásar ha sido captado gracias al instrumento X-shooter del telescopio VLT que ha permitido obtener con el máximo detalle las imágenes. “Sin el espectrógrafo X-shooter del VLT no podríamos haber obtenido estos datos de alta calidad, que nos han permitido hacer el descubrimiento”, afirma Benoit Borguet (Virginia Tech, EEUU), autor principal del nuevo artículo. “Por primera vez, pudimos explorar la región que rodea al cuásar con mucho detalle“.

Al tratarse de típicos ejemplos de un tipo de cuásar muy común, pero poco estudiado, estos resultados podrían aplicarse a cuásares luminosos de todo el universo. Borguet y sus colegas exploran actualmente una docena de cuásares similares para ver si, efectivamente, esto es así. El Universo podría estar lleno de estos monstruosos agujeros negros.

El cambio climático amenaza la producción de trufa negra


El Mundo

Mientras los representantes políticos negocian en la Cumbre de Naciones Unidas de Doha los compromisos que asumirán para reducir el impacto del cambio climático, científicos de todo el mundo constatan cómo el aumento de las temperaturas está comenzando a afectar ya a cultivos en todo el mundo, reduciendo la producción de alimentos.

Desde el arroz a la trufa negra. Los cambios en el clima están teniendo consecuencias tanto en cultivos que constituyen la base alimenticia de millones de personas en todo el mundo, como en productos ‘gourmet’ que en las últimas décadas han impulsado la economía de algunas zonas rurales del Mediterráneo.

Un equipo internacional con participación española presenta esta semana en la revista ‘Nature Climate Change’ un estudio que vincula el declive en la producción de la apreciada trufa negra (‘Tuber melanosporum’) con el calentamiento del clima y una mayor frecuencia de sequías intensas.

Para llevar a cabo este estudio se analizaron las cosechas de trufa negra entre los años 1970 y 2006 en los principales países productores de Europa: Francia, España e Italia. La campaña de recogida de la trufa negra va de noviembre a febrero. Según explica a este diario Jesús Julio Camarero, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC) y uno de los autores de esta investigación, el análisis de los datos mostró que las mejores cosechas coincidían con los años en los que los veranos habían sido más húmedos y fríos: “El hecho de que haya un verano previo muy cálido y seco suele estar vinculado a una baja producción de trufa mientras que los veranos húmedos favorecían una producción elevada”, afirma en conversación telefónica.

En España se recogieron datos de Aragón; en Francia, de la región del Périgord y en Italia, de Piamonte y Umbría. La cosecha de trufa española es la más sensible a los efectos de las precipitaciones de verano, pues es la más seca de las tres, según señala este estudio.

Declive en la producción

Este trabajo también ha constatado un declive en la producción desde los años 70, a pesar de que durante los últimos años ha aumentado el número de plantaciones que se dedican a producir este apreciado manjar, que llega a cotizarse a 2.000 euros el kilogramo. Las sequías, advierten los investigadores, podrían influir de manera indirecta en la producción trufera, pues afectan al crecimiento de árboles como la encina, en cuyas micorrizas se desarrollan las trufas: “La trufa no puede existir sin el árbol. Es una relación simbiótica, los dos salen beneficiados. El árbol aporta al hongo azúcar y carbohidratos mientras el hongo le facilita al árbol que capte nutrientes del suelo”, explica Camarero.

Así, en los años 70 España, Italia y Francia producían conjuntamente entre 100 y 200 toneladas de trufa negra al año. En Francia e Italia ya era muy apreciada en aquella época y la producción española se dedicaba sobre todo a la exportación. A principios del siglo XXI se notó ya un descenso en la producción pese al aumento de plantaciones truferas. Según los datos facilitados por los productores, se situaba entre las 30 y las 100 toneladas anuales.

No obstante, Camarero subraya que buena parte la trufa negra se recoge en bosques salvajes lo que, unido al alto precio que se paga por ella y al secretismo que hay en este mercado, hace que las cifras facilitadas por los productores no sean tan fiables como las estadísticas de otros cultivos como el trigo.

“La tendencia en la cuenca mediterránea es que las temperaturas vayan en aumento a lo largo del siglo XXI, lo que puede conllevar dos efectos. Por un lado, que disminuya la producción de trufa negra en los países que tradicionalmente la producen. Por otro lado, especies como la trufa blanca (‘Tuber aestivum’), que tienen menor valor comercial, podrían comenzar a producirse en zonas en las que hasta ahora no se cultivaban, como Alemania o los Alpes”, continúa el científico.

Asimismo, en los últimos años otros países con un clima propicio, como Chile o Australia e incluso algunas zonas de China, se han convertido en productores de trufa negra a medida que la demanda y el precio de este producto aumentaba.

Adaptarse al cambio

Camarero cree que, en general, los políticos ya han aceptado que existe un problema y ahora están en la fase de intentar buscar medidas para paliar sus efectos. “Y si es posible, soluciones baratas”, señala.

En el caso de la trufa negra, una opción para adaptarse a los cambios causados por el aumento de las temperaturas sería utilizar variedades más resistentes a la sequía. Sin embargo, esta posibilidad no puede implantarse de la noche a la mañana, pues además de los conocimientos necesarios, hay que esperar alrededor de 10 o 15 años hasta que el cultivo comienza a dar sus frutos.

En España las principales regiones productoras son Aragón, Cataluña y algunas zonas de Castilla y León, como Soria: “Su cultivo es muy importante para algunas zonas rurales en las que hay poca población. Es una salida muy interesante para un desarrollo forestal sostenible, porque permite cultivar árboles y mantener una actividad económica”, señala el autor.

El ‘comecocos’ de una luna de Saturno


El Mundo

Los ‘comecocos’ de las lunas de Saturno (el último hallado ha sido Tethys). | NASA

‘Comecocos, la secuela’, así podría llamarse el nuevo descubrimiento de la sonda Cassini de la NASA. La nave ha captado una imagen muy similar al icono del famoso videojuego, que se hizo celebre en los años 80, en su análisis de Tethys, una de las lunas de Saturno.

Es una secuela, puesto que no es la primera vez que sucede. En 2010, identificaron una imagen similar en Mimas, otra luna de Saturno.

Este curioso ‘comecocos’ espacial ha sido obtenido gracias a los datos térmicos que ha arrojado el espectómetro infrarrojo de Cassini, en el que las zonas más cálidas forman la boca de esta curiosa silueta.

“Encontrar el segundo Comecocos en el sistema de Saturno, nos indica que los procesos que crean estas formas están mucho más extendidos de lo que pensábamos”, ha dicho Carly Howett, el autor líder del estudio publicado en la revista online ‘Icarus’. “El sistema de Saturno – e incluso el sistema de Júpiter – podría llegar a ser una verdadera galería de estos personajes”.

Según los científicos, los ‘comecocos’ se forman por el bombardeo de electrones de alta energía en el lado de la luna que mira hacia Saturno a medida que lo orbita. El bombardeo convierte además la superficie esponjosa de la luna en un suelo de hielo liso. De esta manera, la superficie alterada no se calienta tan rápidamente con el Sol ni se enfría tan rápidamente por la noche como el resto de la superficie de la luna. De esta manera, sus datos termales se alteran formando los comecocos. El ‘comecocos’ de Tethys ha terminado de confirmar esta explicación.

Los científicos vieron el nuevo ‘comecocos’ en Tethys en los datos obtenidos el 14 de septiembre de 2011, cuando se observó que las temperaturas en la boca del mítico icono del videojuego eran ligeramente inferiores. La temperatura má bajas que se captó fue de unos -150 ºC aproximadamente.

Para la captación de esta forma, por tanto, son esenciales los estudios infrarrojos: “nos dan una cantidad tremenda de información sobre los procesos que forman los planetas y las lunas”, ha explicado Mike Flasar, el investigador principal de espectómetros en la NASA. “Un resultado como este pone de relieve la importancia de este tipo de observaciones”.

n este último estudio parece claro que en un futuro se observarán nuevos fenómenos sorprendentes como éste. Los científicos esperan noticias del próximo ‘comecocos’ espacial.

¿Sería la vida en Marte parecida a la de la Tierra?


ABC.es

  • En nuestro planeta todo lo que respira cumple siempre las mismas reglas, pero quizás sea diferente ahí fuera

De existir, la vida en otros planetas podría no parecerse en absoluto a la que conocemos

Si hubiera vida en otros planetas, podría no parecerse en absoluto a la que conocemos. Es una limitación que, de hecho, hace extremadamente difícil su identificación. En Marte, sin embargo, las cosas podrían ser muy distintas, ya que el Planeta Rojo es muy parecido al nuestro y la vida, si es que alguna vez la hubo, podría ser muy similar a la que nos rodea.

¿Si hubiera vida ahí fuera, se parecería a la de la Tierra?

No necesariamente. La vida que conocemos, la de todas las criaturas de la Tierra, está basada en el carbono y en una serie de componentes y reglas que son siempre las mismas, no importa que se trate de bacterias, moscas, elefantes o seres humanos. En efecto, toda la vida terrestre procede de un único y lejano antepasado común, un organismo hipotético que los científicos llaman LUCA (Last Ultimate Common Ancestor), que “estrenó” la forma de estar vivo y al que debemos todas nuestras características, seamos de la especie que seamos.

Sin embargo, nada impide la existencia de seres vivientes que sigan otras reglas, o que estén basados en otros elementos diferentes al carbono. Lo que sucede es, hasta ahora, nunca se ha encontrado uno.

Si la vida extraterrestre no estuviera basada en el carbono, como en la Tierra, ¿sabríamos identificarla?

Probablemente no. La razón es que, al no conocer su bioquímica, sería muy difícil, por no decir imposible, diseñar los experimentos adecuados para que nuestros instrumentos detecten esas formas de vida fuera de la Tierra. Algunos piensan que estamos literalmente rodeados de formas de vida “diferentes” pero que, simplemente, no somos capaces de identificarlas.

Cuando una misión espacial busca vida fuera de nuestro planeta, lo único que puede aspirar a encontrar son formas de vida que “funcionen” exactamente de la misma manera que las terrestres, que son las únicas que conocemos. Los experimentos a bordo del Curiosity, por ejemplo, sólo pueden detectar los componentes biológicos (los “ladrillos de la vida”) que se conocen, que son los que hacen que nosotros mismos estemos vivos.

Otra cosa sería, por supuesto, toparse con una criatura compleja, que podamos ver o fotografiar, independientemente de cuál sea su bioquímica. Pero eso no es una aproximación realista al problema, ya que es mucho más fácil localizar microorganismos (o sus huellas o restos), que deberían ser, tal y como sucede aquí, mucho más comunes.

La Ciencia funciona por comparación y, en cuanto a la vida se refiere, sencillamente no tenemos nada con qué compararnos. Se está intentando buscar criaturas “diferentes” aquí mismo, en nuestro planeta. Recordemos, por ejemplo, el fallido anuncio de aquellos famosos microorganismos cuyo metabolismo se basaba, en teoría, en el arsénico, y que al final resultaron ser como todos los demás. La NASA dio entonces un gran patinazo, pero si realmente hubiera sido así, ahora tendríamos una forma de vida “alternativa” que nos serviría para ampliar nuestro abanico de búsqueda a una clase de criaturas completamente diferentes a las que conocemos.

Los esfuerzos en este sentido, sin embargo, continúan, y los científicos centran sus esperanzas en los llamados “extremófilos”, criaturas que, aquí en la Tierra, han logrado adaptarse y sobrevivir en lugares donde nadie, excepto ellos, podría prosperar. Se ha encontrado vida, en efecto, a más de 120 grados centígrados en las mismísimas calderas de volcanes; o a varios km. de profundidad, en la rocas viva, donde jamás ha llegado luz ni oxígeno; o bajo las gruesas capas de hielo de la Antártida, o junto a chimeneas termales submarinas, a varios km. de profundidad bajo las aguas oceánicas. Saber cómo logran sobrevivir estas peculiares criaturas nos servirá para poder buscarlas, también, fuera de nuestro planeta.

¿Vale todo eso también para Marte y el Curiosity?

Por supuesto que sí. Sin embargo, los investigadores creen que, en el caso de que la encuentren, la vida de Marte debería de parecerse mucho (o incluso ser idéntica) a la de la Tierra. La razón es que ambos planetas se parecen extraordinariamente y se formaron a partir de los mismos materiales y elementos. Además, con Marte existe la posibilidad de “contaminación” de formas de vida ya desarrolladas en planetas cercanos.

De hecho, la vida, la que conocemos, podría haber pasado de la Tierra a Marte sin demasiados problemas, a bordo de meteoritos. O incluso al contrario, podría haberse originado en Marte, que es algo más antiguo que la Tierra, y haber viajado después hasta aquí. En cualquiera de los dos casos, existen muchas posibilidades de que la vida terrestre y la marciana (si existe) sean muy parecidas.

El problema de la contaminación puede alcanzar, aunque con una probabilidad menor, también a otros candidatos a albergar vida dentro de nuestro Sistema Solar, como es el caso de varias lunas de Saturno y Júpiter.

Fuera de los dominios de nuestro Sol, sin embargo, la cosa cambia por completo. “Ahí fuera”, en efecto, podría haber formas de vida que, hoy por hoy, no seríamos capaces de identificar. Se ha confirmado ya la existencia de más de 850 planetas extrasolares, y algunos de ellos (unos cincuenta) con algunas características similares a las de la Tierra. Pero nadie nos puede asegurar que en esos mundos lejanos la vida haya surgido de manera completamente distinta a como lo ha hecho aquí.

¿Qué indicios se han encontrado hasta ahora?

La verdad es que no demasiados, aunque sí muy esperanzadores. Por ejemplo, ahora sabemos que el agua es un elemento bastante común en el Universo. Se han detectado inmensas nubes de vapor de agua en galaxias lejanas, e incluso se ha medido el espectro de varios aminoácidos y otros componentes esenciales para la vida a miles de años luz de distancia. Entre los exoplanetas conocidos, además, hay 7 que parecen ser especialmente favorables y que reúnen varias de las características que creemos necesarias para la vida.

¿Se puede pensar en la existencia de vida inteligente, incluso de civilizaciones avanzadas?

Dado que el Universo tiene 13.700 millones de años y que en él existen billones de planetas, parecería lógico pensar que en algunos de ellos la vida pudo desarrollarse hasta formar criaturas complejas y, por qué no, civilizaciones. Ahí está la famosa ecuación de Francis Drake, un ejercicio matemático que combina diversas variables para calcular, de forma aproximada y según la ley de probabilidades, cuántas civilizaciones podría haber ahí fuera.

Drake encontró que, sólo en nuestra galaxia, podrían existir 100.000 civilizaciones tecnológicas, aunque otros investigadores han llegado a cifras completamente diferentes (que van de las diez a los varios millones) con solo cambiar el valor de algunas de las variables. En todo caso, aunque esas civilizaciones existieran, para que podamos contactar con ellas deberían, por lo menos, estar desarrollándose al mismo tiempo que la nuestra.

Nuestra tecnología espacial lleva existiendo poco más de medio siglo, menos que un parpadeo en la historia del Universo. Otras civilizaciones podrían haber surgido hace dos mil, o cinco mil, o siete mil millones de años, haber durado un millón de años y haber desaparecido para siempre mucho antes incluso de que naciera el primer ser humano.

El desafío, pues, sigue abierto. Y los esfuerzos se doblan en campos científicos muy dispares, que van de la astronomía a la física y la biología. El premio, sin duda, merece la pena.

El MNAC exhibe en una exposición el trabajo de sus restauradores y científicos


El Periodico

  • ‘El museo explora. Obras de arte a examen’ desvela los secretos ocultos de las obras de la colección del centro, como cuándo y de qué manera fueron creadas y las vicisitudes que han pasado

¿Cómo se consiguió poner fecha a la talla románica ‘Cristo del 1147’? ¿Qué proceso creativo siguió Marià Fortuny para realizar su ‘Autorretrato’ del 1858? ¿La policromía de la ‘Majestad Batlló’ es la original? ¿Las tres palomas eucarísticas románicas de la colección del MNAC son auténticas o falsas? ¿Cómo se puede restaurar una escultura de plomo maltrecha como ‘El violinista’ de Gargallo? Estas son algunas de las múltiples preguntas que la muestra ‘El museo explora. Obras de arte a examen’ plantea y responde, desde mañana y hasta el 24 de febrero, en el Museu Nacional d Art de Catalunya (MNAC).

La exposición, realizada con piezas de la colección del museo, documenta y explica 32 casos de investigación y análisis de obras de arte llevados a cabo desde el centro, de la década de los 50 a la actualidad, y pretende explicar aspectos de las obras que normalmente quedan ocultos para el público, además de poner en valor el trabajo que se hace en la trastienda de la pinacoteca. “La muestra no explica el proceso de restauración sino que este actúa de telón de fondo para evidenciar el trabajo de los científicos del museo sobre la creación y las vicisitudes de las obras de arte”, aclara Mireia Mestre, comisaria de la exposición y responsable de restauración y conservación del MNAC.

Se trata de una exposición científica pero extremadamente pedagógica que requiere tiempo para ser vista, de ahí, de la intención de ser didáctica y de su tamaño, grande, que la entrada sea gratuita: “Queremos que el trabajo del museo llegue a todo el mundo”, afirma su director Pepe Serra. Y también se trata de una muestra con una disposición insólita de las obras: no están ordenadas cronológicamente, algunas están de espaldas y otras de cabeza abajo. Aunque también las hay que se exponen de la forma tradicional. El objetivo de todo ello es llamar la atención del aspecto a explicar. Y resolver preguntas.

Aquí van las respuestas a las planteadas en el primer párrafo: En el reconditorio del ‘Cristo del 1147’ había un pergamino con la fecha de la consagración de la pieza. Marià Fortuny calcó un dibujo propio para pintar encima el óleo con su retrato. Debajo de la policromía actual de la ‘Majestad Batlló’ hay otra anterior, de mediados del siglo XII. De las tres palomas eucarísticas que tiene el museo y que creía románicas solo una de ellas es de ese periodo, las demás son posteriores. Y para restaurar la escultura de Gargallo, el MNAC realizará un tratamiento de plasma y le cambiará el alma de madera por un alma de material inerte.

Europa colaborará con la NASA en la construcción de la nave ‘Orión’


El Mundo

Jean-Jacques Dordain y los representantes de los países de la ESA durante el consejo de Nápoles.| ESA

La grave situación económica que atraviesa Europa había creado incertidumbre sobre los compromisos que los 20 países que forman parte de la Agencia Espacial Europea (ESA) adoptarían durante el consejo ministerial celebrado en Nápoles del 20 al 21 de noviembre. Finalmente, han acordado asignar un presupuesto de 10.000 millones de euros para las actividades espaciales y los futuros programas durante el periodo 2013-2017. El próximo consejo ministerial se celebrará en la primavera de 2014.

El director general de la ESA, Jean-Jacques Dordain, ha calificado el encuentro como un éxito, pese a la difícil coyuntura económica que atraviesa Europa. En su opinión, los acuerdos alcanzados suponen un reconocimiento a las actividades espaciales y a la importancia de la “inversión, la innovación y la eficiencia” para lograr crecimiento y competitividad, según explicó durante la rueda de prensa posterior a la reunión, transmitida a través de la web.

Por lo que respecta a la contribución de los países, España, que adeuda a la ESA 164 millones de euros y hasta ahora era la quinta potencia europea del sector espacial, aportará a la Agencia la mitad del presupuesto que destinó en 2012, que ascendió a 200 millones de euros. A falta de conocer los programas opcionales concretos en los que España participará, su aportación rondará los 100 millones de euros.

La reducción del presupuesto destinado al sector aeroespacial ha sido criticado en los últimos días por científicos y empresarios, pues lo consideran insuficiente para mantener sus actividades. Cada país recibe de la ESA contratos para sus empresas y centros de investigación en función de lo que invierte, por lo que reducir el presupuesto supondrá en la práctica la pérdida de contratos, que serán asignados a las industrias de otros países.

Más de 12.500 personas han firmado ya una carta al ministro de Industria, José Manuel Soria, para pedirle que “no desmantele un sector clave para el futuro” de España. Según sostienen en esta petición, lanzada por dos investigadoras del centro E-USOC, asociado a la ESA, “el sector en España factura tres veces más que los retornos de la ESA y ha experimentado un crecimiento superior a la media europea”.

El ministro José Manuel Soria no acudió a la reunión de Nápoles “por razones de agenda”, según señaló un portavoz del ministerio a este diario. En su lugar acudió al consejo Luis Valero, secretario general de Industria.

A diferencia de España otros países han decidido aumentar su inversión. El de Reino Unido ha crecido en un 25%. También ha aumentado la aportación de Alemania, Irlanda, Bélgica y Portugal.

Todos los países se han mostrado a favor de seguir explotando la Estación Espacial Internacional (ISS) y han asegurado su financiación para los años 2013-2014. Reino Unido, que hasta ahora había declinado invertir en la ISS, se ha sumado este año.

Colaboración con la NASA

Los ministros también han dado luz verde a la participación de Europa en el desarrollo de la cápsula Orión (Multipurpose Crew Vehicle, MPCV), el próximo vehículo tripulado de la NASA. Tras la jubilación de la flota de transbordadores, los astronautas estadounidenses dependen de las naves rusas ‘Soyuz’ para viajar a la Estación Espacial Internacional hasta que termine el desarrollo de su nueva cápsula. En concreto, Europa financiará el módulo de servicio de esta nave. Una decisión estratégica que permitirá a los europeos contribuir de forma crítica a la construcción de un vehículo diseñado para las futuras misiones de exploración.

Uno de los aspectos que centró las negociaciones fue el debate sobre el futuro de los lanzadores Ariane. Había que optar por mejorar el actual cohete lanzador ‘Ariane 5’, como quería Alemania, o centrarse en el desarrollo de la nueva, ‘Ariane 6’, como pretendía Francia. Los lanzadores europeos van a tener como gran competidor al ‘Falcon 9’, desarrollado por la empresa privada estadounidense Space X. Este cohete estadounidense ofrecerá precios más bajos a los operadores de satélites y permitirá lanzamientos individuales (el alto coste de poner en órbita satélites con el ‘Ariane 5’ lleva a que normalmente se lancen dos satélites juntos, un requisito que en ocasiones retrasa en varios meses el despegue).

De momento las misiones de prueba del ‘Falcon 9’ que ha llevado a cabo con la cápsula espacial ‘Dragon’ han sido un éxito. Países asiáticos, como India, también se han convertido en rivales de la industria europea, pues están llevando a cabo lanzamientos de satélites a precios muy competitivos.

Finalmente, la ESA ha acordado continuar con el desarrollo de adaptación del ‘Ariane 5 ME’ e invertir en los estudios para definir el ‘Ariane 6’. La decisión sobre la continuidad de ambas lanzaderas se tomará en el consejo ministerial de 2014.

Los satélites de telecomunicaciones son el pilar de la industria espacial europea. Según datos de la ESA, en la última década han acaparado el 35% del mercado, frente al 20% de la década anterior. Los ministros han asegurado la financiación del programa ARTES (Advanced Research in Telecommunication Systems), que se encarga de convertir los resultados de los proyectos de investigación y desarrollo en sistemas y productos comerciales.

Por otro lado, los ministros de los 20 países miembros han respaldado todos los programas propuestos para la observación de la Tierra, como EOEP-4, GSC-3 y Metop-SG.

Programa científico

Por lo que respecta al programa científico, se ha confirmado la realización de la misión Gaia, que será lanzada en 2013 para realizar un mapa y un censo de estrellas de nuestra galaxia, de LISA Pathfinder y BepiColombo, una misión a Mercurio cuyo lanzamiento está previsto para 2015.

También se ha renovado la contribución de los estados miembros a los gastos de explotación del Centro Espacial de la Guayana francesa, el principal puerto espacial de Europa. Asimismo, se ha aprobado una declaración política para “definir cómo se puede obtener de la Agencia Espacial Europea el máximo beneficio para Europa”. Según indica la agencia en un comunicado, “el objetivo es capitalizar las capacidades y los logros de la ESA al tiempo que se aprovechan al máximo las políticas de la Unión Europea”.

Además de los 20 países miembros de la ESA y Canadá, que participa en algunos de los programas, asistieron al consejo de Nápoles observadores de siete de los 9 países de la Unión Europea que aún no forman parte de la ESA (Estonia, Hungría, Chipre, Letonia, Lituania, la República Eslovaca y Malta).

Hasta ahora la contribución de España a la ESA era de unos 4 euros por habitante y año. La media europea es de unos 10 euros. Si el cálculo se realiza por contribuyente, la inversión española es de 7,5 euros, frente a los 20 de media en Europa y los 83 de EEUU.

El sector aeroespacial español da trabajo a unas 5.000 personas, 3.200 de forma directa, y genera unos beneficios de 700 millones de euros anuales.

Una paloma mensajera pone en jaque a los servicios secretos británicos


El Mundo

El misterioso código hallado en una vivienda de Surrey en 1982.

El misterioso código hallado en una vivienda de Surrey en 1982.

  • El misterioso código hallado en una vivienda de Surrey en 1982.

Los servicios secretos británicos han pedido ayuda a la ciudadanía para descifrar un código atado a los restos de una paloma mensajera de la Segunda Guerra Mundial que, tras semanas de estudio, continúa “indescifrable” para los expertos.

El código fue descubierto en 1982 entre los restos de la chimenea de una casa en Surrey (sur de Inglaterra) por el dueño de la vivienda, que halló un pequeño escrito dentro de un tubo rojo atado a la pata de una paloma muerta, según informa la cadena británica BBC.

En la pieza de papel, bajo el título “servicio de paloma“, había escrito a mano hasta 27 códigos.

Desde el descubrimiento, hace un mes, el servicio de escuchas y decodificación de los servicios secretos en Cheltenham (oeste de Inglaterra), más conocido por sus iniciales en inglés GCHQ, ha estudiado sin éxito estos códigos, por lo que pide ayuda a la población para resolver un rompecabezas que les tiene “perplejos”.

Complejidad

Un historiador de este departamento, Tony, que prefirió no revelar su apellido, dijo a la BBC que todo indica que el mensaje se realizó durante la Segunda Guerra Mundial (1939-45), y ahí radica la complejidad para descifrarlo.

“Ese tipo de códigos creados para ser usados en operaciones fueron diseñados para que sólo pudieran ser entendidos por los emisores y los receptores del contenido”, explicó Tony.

Por este motivo, aseguró, a menos que tengan “una mayor idea de quién mandó el mensaje y a quién estaba dirigido” no averiguarán “qué se esconde tras los números”.

Los expertos barajan -además de esta opción de decodificación entre dos individuos, que haría al mensaje indescifrable- la posibilidad de que su contenido se base en un libro de señas utilizado en la época para una misión en concreto que ahora probablemente esté destruido.

‘Día D’

Entre las teorías sobre su cometido, algunos sugieren que fuera una prueba de mensajería de cara al llamado ‘Día D’, uno de los días claves en la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados desembarcaron en la costa francesa de Normandía.

Durante el conflicto bélico se utilizaron en el Reino Unido hasta 250.000 palomas mensajeras, cada una de ellas con un número de identificación único para cada mensaje que portaban.

Sin embargo, en este documento se han encontrado hasta dos series de números -NURP.40.TW.194 y NURP.37.OK.76- por lo que también se desconoce cuál de ellos corresponde a esta paloma.

La isla que solo existe en los mapas


El Pais

  • Una expedición no halla rastro de una franja de tierra registrada como Sandy en el mar del Coral

Imagen de la isla Sandy en Google Earth.

Aparece en varios mapas mundiales cartográficos y meteorológicos. Hasta el programa Google Earth, que ofrece imágenes del planeta procedentes de satélites y mapas, registra una isla de considerable tamaño entre Australia y Nueva Caledonia, en pleno mar del Coral, que lleva el nombre de Sandy. Pero un equipo de investigadores de la Universidad de Sidney acaba de descubrir que esta franja de tierra no existe en realidad, después de viajar a la zona donde la sitúan los mapas y no hallar ni rastro de ella.

¿Cómo es posible que durante más de una década haya pervivido un bulo como este en mapas científicos de todo el mundo? ¿Quién la puso ahí? A la segunda pregunta no parece haber respuesta, pero sí hay explicación para la primera cuestión. “Comenzamos a sospechar cuando nuestras cartas de navegación mostraban una profundidad de 1.400 metros en el área donde los mapas mostraban la existencia de esta isla, lo que era contradictorio”, explica la geóloga Maria Seton, directora de la expedición. “De alguna manera este error ha sido propagado al mundo a partir de un banco de datos que se utiliza en muchos mapas”, añade.

La isla fantasma aparece mencionada incluso en publicaciones científicas desde el año 2000, pero no hay ni rastro de ella en los documentos del Gobierno francés, que tendría jurisdicción sobre ella, ni tampoco en las cartas de navegación, que se elaboran a partir de mediciones de profundidad, según informa la prensa australiana.