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Corría el año 77 a.C. cuando Calagurris comenzaba a ganarse un destacado espacio en la épica historia romana. Entonces, las provincias hispanas de la Citerior y la Ulterior estaban en manos del rebelde Quinto Sertorio, a menudo presentado idílicamente como un líder que luchó por la independencia de Hispania, pero que la historia nos define en realidad como un patriota romano que buscaba restaurar el orden de la República, un partidario de Cayo Mario en la guerra civil que acabó encumbrando a Sila en una efímera dictadura.

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Decidido a mantener la resistencia, Sertorio se refugió en Hispania, una tierra que seguía oponiéndose a la ocupación romana. Primero encontró el apoyo de los lusitanos en el sur, en el año 80 a. C., y después de otros pueblos hasta lograr un control casi total del territorio peninsular romano y establecer su centro de operaciones en la zona del Ebro, gracias a la fidelidad de poblaciones como Osca (Huesca), donde Sertorio fundó un senado a semejanza del de Roma, o Calagurris (Calahorra).

Pero no todos se sometieron por voluntad propia a Sertorio, como Gracurris (Alfaro), cuyos campos fueron arrasados, o Contrebia Leucade (junto a Aguilar del Río Alhama), que defendía una estratégica posición entre el Ebro y la Meseta, y que fue tomada tras cuarenta y cuatro días de asedio en los que el rebelde romano perdió a un buen número de hombres. La anexión de Calagurris fue mucho más sencilla, mediante una alianza fundamental para emprender una serie de campañas contra los berones en las proximidades de la sierra Cantabria, cerca de Vareia.

En el 76 a.C., después cuatro años de conquista sertoriana y tras el fallecimiento de Sila, el Senado romano decidió intervenir con contundencia enviando a Hispania a Pompeyo ‘Magno’, uno de los hombres del momento gracias a una fulgurante carrera que le acabaría convirtiendo en el más poderoso de Roma. Pero Sertorio, que no vio menguada su fuerza, derrotó y arrinconó en la costa catalana a las legiones de Pompeyo, que replantearía después su estrategia para aprovechar el apoyo de su aliado Cecilio Metelo en el sur y dirigirse a la zona del alto Ebro.

A finales del año 74 a.C. Pompeyo y Metelo concentraron sus fuerzas a las puertas de Calagurris, una ciudad no solamente importante por sus aportaciones humanas y de suministros, sino también por su prestigio y su posición estratégica. Era un momento crucial para el desenlace de la guerra. Pero el asedio fue breve. Sertorio intervino con celeridad y sorpresa para romper el sitio y causar cerca de tres mil bajas bajas en el ejército senatorial, obligado a retirarse. Sin embargo, las consecuencias fueron serias para los calagurritanos que vieron como sus campos fueron devastados debido a una resistencia y a una fidelidad que acabarían por ser inútiles.

Desde entonces, Sertorio comenzó a perder terreno, tanto por el empuje de Pompeyo como por las numerosas deserciones o la pérdida de apoyo en Roma, hasta que en el 72 a.C. fue asesinado en Osca, víctima de una conspiración urdida por su lugarteniente Perpenna. En ese mismo año, Calagurris comenzó a sufrir su duro castigo. Puede que incluso ignorantes sobre la muerte de su líder, los calagurritanos, incorruptibles, se dispusieron a resistir el asedio al que les sometió Afranio, que había sido designado por Pompeyo para tal misión y que después celebraría el triunfo en las calles Roma.

Caída y reconstrucción
Los numerosos testimonios históricos relatan la extrema resistencia de Calagurris, igualándola con la que demostró Numancia, ante el castigo ejemplar que les pretendía infligir Pompeyo. Según varios autores, esa obstinación les llevó a alimentarse de cadáveres para sobrevivir, dando inicio a la famosa leyenda de la ‘fames calagurritana’, una historia seguramente exagerada más allá de la dura realidad por unos, para presentar a los hispanos como bárbaros, y por otros, para recrearse en la crueldad de Pompeyo.

Calagurris acabó siendo destruida. Algunos de sus supervivientes pudieron haber sido deportados hacia la Galia por Pompeyo, que dejaba en el 71 a.C. una Hispania pacificada, mientras que la ciudad sería reconstruida y quizás repoblada años más tarde. Pero la deseada paz finalizó en el 49 a.C. con una nueva guerra civil que enfrentó a dos antiguos amigos: Julio César y Pompeyo, el verdugo de Calagurris.

Entonces, los calagurritanos recordaron su reciente tragedia y no dudaron en apoyar al bando de Julio César, del que la ciudad tomó el sobrenombre de ‘Iulia’. Pompeyo Magno acabó siendo asesinado en Egipto por Ptolomeo XIII, hermano de la célebre Cleopatra, y a César no le costó demasiado poner fin a la guerra.  Su heredero, Octavio Augusto, el primer emperador romano, confió en un selecto grupo de calagurritanos para formar su guardia personal, licenciándolos tras derrotar a Marco Antonio en la batalla de Actium. Además, Augusto otorgaría a Calagurris el rango de ‘municipium’ y a sus habitantes la más alta distinción, la ciudadanía romana.

El asedio de Contrebia Leucade

Situada dentro del término municipal de Aguilar del Río Alhama, Contrebia Leucade jugó un papel estratégico en la guerra entre Pompeyo y Sertorio. Ciudad de origen celtibérico, cuya historia se remonta hasta la primera Edad de Hierro, la relevancia histórica de Contrebia quedó inmortalizada por autores latinos de la talla de Tito Livio. En su obra ‘Historia de Roma’, Livio escribió lo siguiente sobre aquella la campaña bélica: «Durante la noche siguiente, cuando estaba él (Sertorio) de guardia, fue levantada otra torre en el mismo lugar y, al amanecer, su presencia dejó sorprendidos a los enemigos.

Al mismo tiempo, también la torre de la ciudad, que había constituido su mejor baluarte defensivo, comenzó a cuartear en grietas enormes después de ser minada su base, y a continuación… por el fuego, y los contrebienses, aterrados por el miedo al incendio a la vez que al derrumbe, se retiraron del muro huyendo despavoridos, y la población en masa pidió a gritos que se enviaran parlamentarios para entregar la ciudad. El mismo coraje que lo había encolerizado como atacante lo hizo más aplacable como vencedor. Aparte de tomar rehenes exigió una módica cantidad de dinero y requisó todas las armas. Ordenó que le fueran entregados vivos los desestores de condición libre, y mandó que los propios habitantes de la plaza dieran muerte a los esclavos fugitivos, cuyo número era mayor.

Los arrojaron desde lo alto de la muralla después de cortarles el cuello. Tras haber tomado Contrebia en cuarenta y cuatro días con pérdida de gran número de hombres, dejó allí a Lucio Insteyo… y él condujo las tropas de vuelta hacia el río Ebro».

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